jueves, marzo 05, 2009

Delitos a largo plazo, de Jake Arnott


Delitos a largo plazo es la primera parte de una trilogía, a la que seguirán Canciones de sangre y Crímenes de película (de próxima publicación). Es uno de los primeros títulos de la nueva colección de Mondadori, Roja & Negra, seleccionados y prologados por Rodrigo Fresán. En esta primera entrega, Arnott hace un recorrido por los años 60 y 70 de Londres siguiendo a un criminal de los de lujo, traje y corbata, Harry Starks (inspiró una serie de televisión: The Long Firm, protagonizada por el gran Mark Strong). Starks, elegante, psicópata y homosexual, está basado en uno de los famosos Hermanos Kray, gángsters que también inspiraron algunas películas. Pero también aparecen los Kray como secundarios.
La primera novela está contada por cinco personajes distintos que merodean en torno a Starks: uno de sus amantes, un aristócrata depravado, uno de sus hombres, una actriz de serie B y un criminólogo. Cada personaje narra una parte, para componer el retrato fragmentado del gángster, con varios saltos en el tiempo (de ahí la referencia a Pulp Fiction en las notas publicitarias). Yo he disfrutado mucho y ya estoy esperando las siguientes entregas. Os dejo con unas palabras que pronuncia Starks:
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Para serte sincero, Lenny, la mayor parte de esas reformas no han hecho que la vida de los condenados sea necesariamente más fácil. Sólo han sido beneficiosas para los jodidos liberales como tú, que así podéis dormir tranquilos pensando que vivimos en una sociedad civilizada. Para vosotros golpear con una fusta un culo desnudo es una barbarie, pero encerrar a un pobre cabrón durante años y pretender que lo están rehabilitando, eso es perfecto. Todo perfectamente apartado y olvidado. Bueno, fíjate en mi caso. Si alguien me debía una pasta y no pagaba a tiempo, yo iba y le daba un buen repaso. Oh, sí, eso es terrible. Pero mira lo que ocurre en la sociedad normal cuando alguien está endeudado. Lo desahucian o aparecen los alguaciles en su casa para arramblar con todo lo que hay dentro. ¿Tú qué escogerías?

Trailer de Public Enemies




Trailer en varios formatos: aquí.

Hoy, en Barcelona


Leído en Facebook

Pues sí, creo que el Facebook es una herramienta con más peligro que un mono suelto con una navaja. Voy estudiando poco a poco su funcionamiento y sus consecuencias. Para quien no lo conozca, dentro del perfil de cada usuario hay una pestaña llamada “Muro”. En la parte superior viene una casilla en la que pone: “¿Qué estás haciendo?”, y ahí todos ponemos, algunos con más frecuencia y otros cuando se acuerdan o tienen tiempo, lo que estamos haciendo. Pero no es así, en realidad. Porque ponemos lo que hemos hecho hace un rato (“Fulano viene del cine”), o lo que estamos haciendo en ese instante (“Fulano está merendando”), o lo que haremos después (“Fulano se va a dormir dentro de unos minutos”). Es decir, citamos nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. De tal manera que ya no somos capaces de dar sorpresas a nuestros amigos y conocidos. Imagino a un usuario que comete un crimen después de poner en el Facebook que se va a dar una vuelta por ahí: si es muy activo en su “Muro”, no serán necesarias demasiadas investigaciones. En su perfil lo contará todo. Lo que hizo, lo que ha hecho, lo que hará. Aunque omita la comisión del delito, quizá sepamos sus pasos diarios, con lo cual las coartadas se caen por su peso.
Lo que nadie se imagina es que el usuario quiera mentir. Sería interesante como experimento sociológico. Antaño nos creíamos sólo lo que salía en los periódicos y en los telediarios: “Sí, hija, sí, es cierto: lo han dicho en la tele”. Y hoy nos creemos lo que ponen en el Facebook: “Fulano se ha ido de la ciudad: lo he leído en su perfil de Facebook”. Pero, ¿y si Fulano mintiera? Entonces, supongo, no sabríamos qué hacer. La realidad de ahí fuera estaría en contra de la realidad digital. Imagina que alguien que vive en la misma ciudad que nosotros escribe en su perfil que estará a partir de hoy y durante una semana en otro país, en Alemania por ejemplo. Y que al día siguiente nos lo encontramos en un bar al lado de casa. Seguro que le diríamos: “No puede ser, es imposible que estés aquí. Dijiste que estarías en Alemania”.
Lo peor es que, al final, la gente te agobia un poco cuando sales por ahí. “Eh, ya sabía que estabas de juerga de fin de semana porque te lo leí en el Facebook”. Si te descuidas, tus huellas en ese portal sirven para que los demás te sigan la pista. “Mira: Fulano está ocioso en la oficina porque acaba de poner una frase en Facebook”. O “Fulano está en casa porque acaba de escribir que está en casa”. Ya, pero, ¿a nadie se le ha ocurrido mentir? Vendría muy bien para despistar a los pelmazos. Para que te dejen tranquilo: “Fulano dice que no vengan a buscarle a casa porque se va ahora mismo a la calle y no regresará hasta la noche”, y Fulano se queda en casa, con total tranquilidad. El Facebook es la pera. En serio. A mí me gusta porque recibo noticias de recitales y de presentaciones literarias y tengo contacto con gente a la que había perdido la pista. Pero tiene peligro. También puede ocurrir que alguien escriba algo inconveniente sobre ti y tus amigos lo lean y se te ponga la cara colorada. No me ha pasado, pero sé de otras personas a las que sí les ha sucedido: “Fulano dijo algo sobre mí en el Facebook que no me gustaría que fuese público”. Lo que está pasando, pues, es que la gente le da más crédito a lo que ponemos en nuestros muros que a lo que uno hace o dice en persona o por teléfono. De tal manera que estamos viviendo una especie de realidad paralela. Una cosa muy rara. Digna de análisis y de estudio. Seguro que alguien está escribiendo un ensayo sobre Facebook. ¿Apostamos?

miércoles, marzo 04, 2009

Cartel de Public Enemies


La película de Michael Mann sobre John Dillinger, con un reparto excepcional.

Autobiografía breve

Nací en Zuera en el mes de abril del año sesenta.
Fui a una guardería de monjas y a las escuelas
(las secuelas vendrían luego) franquistas.
Más tarde, como España, me hice adolescente
y comencé la Transición.
Todavía no sé si alguno de los dos la ha terminado.
Ahora soy, casi, un padre cincuentón
que aprende a vivir mirando a los ojos de sus hijos,
y que todavía sueña mientras cuenta horas de oficial
y sacos de cemento.


Antonio Pérez Morte, Inédito

Cartel de Los abrazos rotos


Guantes negros, de Fede Durán


El barrio, la ciudad y el país ya no eran lugares tranquilos. Cada esquina era un volcán potencialmente activo. Se había perdido el arte de la discusión civilizada; ése era quizás el principal cambio. Los últimos tiempos le habían acostumbrado a las venas a punto de explotar, formando deltas en las frentes y amazonas o nilos yugulares. Sus propios amigos se inflamaban en las cafeterías, lanzándose miradas asesinas sólo por un pequeño matiz. Odiar se había convertido en un deporte, en una disciplina, hasta el punto de que el gremio de restauradores, apremiado por la autoridad, sugirió durante un tiempo a la clientela sustituir el alcohol y el café por bebidas neutrales como el agua con gas o la limonada.

Reediciones

La reedición es oportuna porque los libros tienen una vida cada vez más corta. No recuerdo a quién se lo dije el otro día: que me apresuro a comprar las novedades literarias que me interesan porque luego, pasados unos meses, sólo se pueden encontrar en alguna que otra librería de viejo. Salvo los best-seller, claro. Las librerías no tardan en retirar ciertos títulos. Las editoriales los sacan de su catálogo. Algunos libros quedan olvidados en los almacenes de las distribuidoras. Le pregunté una tarde a uno de los libreros del barrio: “¿Cómo consigues todos estos títulos, si son imposibles de encontrar ya por ahí?”. Me respondió que visita muchas distribuidoras y que los ve en sus almacenes y se los lleva. Gracias a eso le compré el primer libro de Virginie Despentes y varios títulos de los setenta del catálogo de Anagrama. Me sucede con frecuencia que, después de buscar durante meses tal o cual novela, cuando por fin obtengo un ejemplar y la leo, la reeditan. Me pasó con “Locos”, de Felipe Alfau; con “El día de la langosta”, de Nathanael West; con “Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias. Historias de Ruanda”, de Philip Gourevitch. Lo que ocurre es que este último aún no lo he leído, pero dispongo de la edición del noventa y nueve. Me pasó con otros tantos que ahora no recuerdo.
En este párrafo voy a hablar de las segundas ediciones y de las reediciones de los libros de unos cuantos amigos. El viernes pasado llegué a Zamora, no había nadie en casa y me tumbé a releer, de una sentada, la segunda edición de “Ola de frío”, de Karmelo C. Iribarren. Ha salido dos años después de la primera. No hace demasiado que a Karmelo le reeditaron su antología “La ciudad”, y aviso: en las últimas páginas aparecen nuevos poemas. Todo ello bajo el subtítulo “Antología 1985 – 2008”. La primera lectura de un libro que te acaba gustando supone un feliz descubrimiento. La relectura te deja muy satisfecho porque lo que haces es recrearte, disfrutar lo que ya conoces. Se parece un poco al sexo, sí. Unas semanas atrás releí los relatos que Vicente Muñoz Álvarez ha reunido en “Mi vida en la penumbra”, de reciente publicación. Casi todos estaban incluidos en otros libros, hoy ya muy difíciles de encontrar. Así que la reedición de esos textos me parece muy oportuna. Y no olvido la incorporación de algún que otro relato que estaba inédito. Tal vez mi favorito del conjunto sea el último, una versión corregida de “Beatitud”, cuento que me acompañó en mi viaje a Lisboa, este verano. No olvido tampoco otra relectura: la de “El demonio te coma las orejas [1997 – 2008]”, de David González, en edición ampliada. Uno de los libros más importantes de su autor, que otro colega, Eloy Fernández Porta, analiza en su texto para el catálogo de una próxima exposición en Barcelona: “Quinquis y macarras de los años ochenta” (a partir de mayo). Por cierto, Ana Pérez Cañamares reedita en breve, y en otra editorial, “En días idénticos a nubes”, su libro de cuentos sobre la adolescencia. Esa es la obra que fue a presentar en Zamora años atrás, conmigo de torpe maestro de ceremonias. Estuvimos en la Biblioteca Pública y asistieron, no sé, media docena de personas. Pero no olvidaron a Ana ni a sus relatos.
Un portal de internet donde cuelgan poemarios ya descatalogados o difíciles de encontrar es la biblioteca del “Manual de Lecturas Rápidas para la Supervivencia” o “MLRS”. Ahí se pueden descargar libros de algunos de los colegas arriba citados. Una de las últimas incorporaciones es “El cielo de Bagdad”, de Ángel Petisme, que ya era difícil de encontrar. Libros gratuitos, que no es poco.

martes, marzo 03, 2009

Próximamente: En la carretera. El rollo mecanografiado original


En la próxima temporada Anagrama publicará el célebre The Original Scroll de On the Road. Copio y pego la información de la editorial:
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El Sal Paradise de todas las ediciones conocidas de esta novela mítica es aquí, al fin, Kerouac. Y también Cassady, Ginsberg y Burroughs aparecen con sus verdaderos nombres. Con la publicación del rollo original, la gesta viajera y existencial de En la carretera se vuelve autobiográfica de pleno derecho y a plena luz del día, sin censura alguna. Y el relato adquiere toda su potencia narrativa. El lector tiene en sus manos una suerte de manifiesto de la beat generation. Seguimos a Kerouac y a toda la cáfila que desfila por estas páginas en toda su desnudez y penuria. Precursores del movimiento hippy y la contracultura de finales de los años sesenta, los personajes de esta novela pululan sin rumbo por Norteamérica. La sed vital insatisfecha, la búsqueda de horizontes de sentido, de dicha y de conocimiento y los atisbos místicos se estrellan contra una realidad inhóspita y desesperanzada. Un vívido compendio de los grandes temas, y al tiempo una apasionante aventura humana y una metáfora de la existencia. «El rollo original de On the Road es una de las más veneradas y enigmáticas reliquias de la literatura moderna... Un texto fascinante» (James Campbell, The Times Literary Supplement).

Martin Scorsese. Un recorrido personal por el cine norteamericano, de Martin Scorsese y Michael Henry Wilson


MARTIN SCORSESE: “El cine es una enfermedad”, dijo Frank Capra. “Cuando te infecta la sangre, se convierte en la hormona más importante; controla las enzimas; dirige la glándula pineal; domina la psique. Igual que con la heroína, el antídoto contra el cine es más cine”.

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Von Ellstein: (…) Una película llena de clímax es como un collar sin broche, se pierde. [Escena de Cautivos del mal]

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MARTIN SCORSESE: (…) El cine negro mostraba con qué rapidez un hombre normal podía perderlo todo cuando se desviaba de su camino. Atraído por placeres pecaminosos, acababa sufriendo el castigo del infierno.

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Voz del Dr. Soberin: Ha muerto.
Voz del gángster: Voy a intentar reanimarla.
Voz del Dr. Soberin: Si consigues revivirla, ¿sabes lo que sería? Una resurrección, es lo que sería. ¿Y sabes lo que significa la resurrección? Significa levantar a los muertos. ¿Y tú quién te crees para pensar que puedes levantar a los muertos?
[Escena de El beso mortal]

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MARTIN SCORSESE: (…) A menudo hay directores más jóvenes que me preguntan: ¿Por qué tengo que ver películas antiguas? La única respuesta que les puedo dar es que yo me considero un estudiante. Sí, he hecho bastantes películas en los últimos veinte años, pero cuantas más hago, más cuenta me doy de lo poco que sé.

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Humbert: Estabas en una mesa con dos chicos. Te dije que nada de citas.
Lolita: No era una cita.
Humbert: Era una cita.
Lolita: No era una cita.
Humbert: Era una cita, Lolita.
Lolita: No, no era una cita.
Humbert: Era una cita.
Lolita: No era una cita.
Humbert: Bueno, hicieses lo que hicieses ayer por la tarde, no quiero que lo vuelvas a hacer. Y ahora que hablamos de eso, ¿cómo es que el sábado llegaste tan tarde?
[Escena de Lolita]

***

MARTIN SCORSESE: (…) No creo que haya un conflicto entre la Iglesia y el cine, entre lo sagrado y lo profano. Es obvio que las diferencias son muchas, pero también veo muchos parecidos entre una iglesia y el cine. Los dos son sitios en donde la gente se junta para compartir una experiencia común. Creo que el cine tiene espiritualidad, incluso si ésta no consigue suplantar la fe.

Che: Guerrilla


El primer error es haberla estrenado tanto tiempo después de Che: El argentino. Recordemos que no es una secuela, sino la segunda mitad de una misma película, lo cual es distinto. El retraso en su estreno influye: al principio el espectador está un poco perdido, le cuesta entrar en la historia. Esta continuación se hace un poco monótona por los constantes silencios, porque el guión se debilita, porque son demasiados minutos viendo a hombres barbudos atravesar las montañas. En El argentino había más diálogo, más política, más trama, más miga. Sólo después de una hora logré entrar en el filme e interesarme. Salen un montón de actores españoles (y de USA, como Matt Damon), pero su presencia es más bien anecdótica. Benicio del Toro sigue estando fantástico, en el pellejo de un hombre consumido por la enfermedad y por sus ansias de revolución.

Primer cartel de Ágora


Página web, donde puede verse el trailer: aquí.

Algunos actos de esta semana





Espectro

Vuelvo a mi ciudad y repito mis actos de siempre. Veo las mismas calles, los mismos bares, las mismas caras. La visita a mi peluquería. La rutina habitual: salir de noche hasta que el cuerpo aguante, hasta que den las cinco o las seis o las siete de la madrugada y a la mañana siguiente me arrepienta. A veces me siento como en “Atrapado en el tiempo” o “El día de la marmota” (su título en inglés). Pero no me quejo: es justo lo que quiero. Necesito volver a Zamora de vez en cuando para instalarme en una rutina de fin de semana que me gusta: me gustan mis bares de cabecera, las caminatas por los mismos lugares, la lectura sosegada en el sofá, el regreso en la noche cuando ya no queda gente por ahí. Siempre que lo hablo con algunos de los zamoranos que viven en Madrid dicen más o menos lo mismo: no regresan allí en busca de nuevas emociones, sino para repetir un patrón de conducta. Para comerse unas patatas bravas por la tarde, para dar un garbeo y encontrarse a conocidos sin necesidad de utilizar el metro o el coche, para regresar a los garitos donde no hay garrafón y el precio de las copas no es abusivo.
Cada vez que vuelvo es como si, en vez de haber estado fuera uno o dos meses, me hubiera ido un día. La prueba está en que apenas cambian las cosas, en que la vida no parece avanzar allí. En casa ocurre igual: dejo una película en un estante y dos meses después sigue en el mismo sitio. Y entonces me maravillo: parece que fue ayer cuando me piré. No parece haber pasado el tiempo. No se registran demasiados cambios. Es curioso comprobar el baile de parejas: ves a la misma gente, pero éste ya no sale con aquella, sino con esa otra a la que conoces de vista. Y la ex del primero se va a casar con aquel tipo al que conoces de siempre, o cuya cara te suena aunque nunca os hayan presentado. Es un decir: no hablo de nadie en concreto, no sean malpensados. En esta ocasión no he pasado por Santa Clara, pero cuando lo hago suelo ver una situación que se repite: a uno de los músicos gemelos, tocando ahí como si el tiempo no transcurriera. Se habla de la crisis en la ciudad, pero yo veo las cosas parecidas. Un zamorano, mi colega David Refoyo, lo escribió en su blog: “Aquí no se nota la crisis pues nunca hubo buenos tiempos”. La provincia no ha cambiado mucho con la crisis. Lo que ha ocurrido es que el resto del país se ha colocado a la altura de Zamora, que nunca fue tierra de riquezas ni de grandes repartos ni de oportunidades.
En esta última visita la ciudad me ha recordado a esos pueblecitos que salen en algunas películas americanas: agradables, pequeños y pacíficos, donde todos se conocen y no se producen cambios muy importantes. La localidad a la que va a parar el protagonista de “The Majestic” tras su accidente y su pérdida de la memoria. O la ciudad de “Pleasantville”, donde el conjunto es perfecto. También me recuerda a Espectro, localidad ficticia que aparece en “Big Fish”, ese grandioso filme de Tim Burton. El héroe, Ed Bloom (Ewan McGregor), llega a un pueblo llamado Espectro. Allí todo es tan perfecto que sus habitantes no quieren salir del lugar. Por eso se quitan los zapatos y los lanzan a los cables del tendido eléctrico. Si buscan información sobre la película en Google verán que Espectro es descrito por los analistas como “un paraíso aburrido”. Quienes viven allí suelen decírmelo: se está muy bien, es una ciudad cómoda, hay calidad de vida; pero a veces es aburrido. No se puede tener todo. No creo que ninguna ciudad lo tenga. Espero que a nadie le parezca mal la referencia a Espectro: es más un halago que una crítica.

lunes, marzo 02, 2009

Ola de frío. 2ª edición


Un buen amigo, Karmelo C. Iribarren, acaba de publicar la segunda edición de su imprescindible poemario Ola de frío, que ha variado el color de su portada. Aprovecho, así, para releerlo, para volver a recomendarlo y para colgar aquí otro poema:
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TRENES

Miro el tren de cercanías.
Es azul, pero entre la niebla
parece gris. Pronto
se meterá en el túnel
y desaparecerá de mi vista.
Dentro de una hora y media
volverá. Pero ya no será
el mismo tren. Será otro,
con muchísima más
luz. En ese tren vendrás
tú, leyendo una revista.

Una del Oeste: Clint Eastwood, francotirador





Documental dirigido por Michael Henry Wilson, autor de libros y reportajes de cine. Fue tras los rodajes de Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima. Clint Eastwood recibe a Wilson en su propiedad y habla sobre su vida y sus películas. Para disfrutar a tope con su lucidez y algunas de las escenas más célebres de su carrera.

Nosomostanraros.cómo??






Gritos en la madrugada

Me despertaron los gritos de una mujer. Parecía como si la fuesen a matar o alguien la estuviera apaleando. Me desperecé. Luego tuve esta sensación: que la víctima corría al mismo tiempo que gritaba. La cosa pintaba seria y opté por levantarme de la cama. Era de noche. Alrededor de las seis de la madrugada, y el despertador suena a las siete y media. Me puse las gafas y salí al balcón. Vi un contenedor volcado en la calle. Los gritos femeninos, a los que se sumaban insultos de voces masculinas, provenían de la Plaza de Lavapiés. Pero los árboles me tapaban la escena. Veía gente pasar de aquí para allá. Mujeres chillando. Puñetazo va, puñetazo viene. Fulanos separando. Un tío en el suelo. Estaban las ramas de los árboles y estaban también mis ojos: la somnolencia me impedía abrirlos del todo. Incluso veía borroso. Me froté los párpados. Cerca de nuestro portal vi a otra mujer, llamando a una de las puertas de enfrente. Salió de allí otra chica y la primera le dijo: “Mira a ver, que se están matando ahí”. La segunda empezó a correr hacia el lugar de la reyerta. Vi fragmentos de la lucha: un cuerpo cayendo, gente moviéndose, gritos, algún “hijo de puta” de añadidura. Creo que en el “fregao” había varias razas: blancos, negros, pero no logré ver a los terceros, que hablaban con acento. Había dormido algo menos de cinco horas, y no era capaz de discernir la gresca en su totalidad desde mi punto de observación. Me extrañó que la policía no estuviera por allí. Alguna de las voces del lío gritaba que iba a llamar a la poli o que la había llamado ya, no sé. Fue el miércoles pasado.
Decidí volver a la cama. Mientras lo hacía, la noche se llenó del ruido de las sirenas. Ya estaban ahí. Y venían como balas. Regresé corriendo a la ventana. No quise salir más al balcón: el aire estaba helado. Ante el mismo portal de donde había salido la última mujer (blanca) se encontraba ésta y, a su lado, un hombre (negro). Trataban de entrar en el portal, pero alguien les cerraba la gruesa puerta de madera por dentro. Es decir: el lío se había trasladado en unos segundos hasta aquel edificio de enfrente. Cerraron la puerta de madera y el hombre negro no logró entrar. Después trató de abrirla a puntapiés. En esto se detuvieron junto a él cuatro coches de policía. Los polis de Madrid son un poco como “Los hombres de Harrelson”: jóvenes, atléticos, fuertes, bien entrenados. Un agente con una porra en la mano le dijo que se apartara, que ya se encargaba él. Y abrió la puerta con un par. De huevos y de patadas. Y los policías entraron dentro. No sé qué pasaba en el portal, pero todo esto (desde las sirenas) duró unos pocos segundos. La mujer gritó que estaban pegando a su hermano, que iban a matarlo, o eso me pareció entender. El negro dijo que era senegalés y que él había llamado a la policía. Explicó la gresca: que si a uno lo tiraron al suelo, que si empezaron a darle, que si tal y cual. Con el jaleo sólo entendí trozos de su monólogo. Contó que, por suerte, había grabado el asunto con el móvil. A la plaza llegaron más coches y un furgón. Me fui a la cama sin esperar a ver si detenían a alguien. Vi gente adormilada en los balcones y una señora en bata en la misma calle, mirando el paño.
Llevaba demasiado tiempo sin que una gresca me despertara. Ya no pasa tan a menudo como antes. Es curioso: cuando vivía en La Marina, en Zamora, muchas noches de fin de semana (en los años ochenta) me despertaban las broncas de los bares. O sea, que pocas cosas han cambiado. No sé cuánto tardé en dormirme. No lo lograba. Sé que, cuando empezaba a soñar, sonó el despertador. Con las luces del día, los hechos de la madrugada parecían un sueño. Pero no lo eran.

domingo, marzo 01, 2009

Carteles de The Edge of Love



Creyendo en las canciones

Estuve tomando una cerveza con Raúl Delgado, de La Sonrisa de Julia, y me dijo que llenaron el Teatro Apolo de Almería. No se lo esperaban. Al parecer, fue un espectáculo para recordar: lleno absoluto y un público muy entregado que se sabía las letras de las canciones. Es una buena noticia para la música de este país. Me dijo que Zamora es una ciudad con magia, con un encanto especial. Y estoy de acuerdo. Lástima que tanta gente deba hacer la maleta para buscarse los garbanzos en otras tierras. Raúl y yo recordamos entonces la primera vez que tocaron en Zamora, en El Café de Ordax. Sólo estábamos los amigos y poco más. Cómo cambian las cosas. Parece que el público prefiere esperar a que los músicos de este país alcancen la fama antes de ir a verlos o apostar por ellos. En España, si no sales primero en la televisión la gente no se fía, no se atreve a gastarse los cuartos. Recuerdo las frases que oía en el instituto: “Tengo que pillar ese disco: lo han anunciado en la tele” y “Me gustaría ver esa película que anuncian mucho en televisión, aunque no sé de qué va”. Estamos demasiado sometidos a prejuicios. Hace unos pocos años decías que ibas a ver un concierto de La Sonrisa de Julia o de Vetusta Morla y te miraban igual que a un loco. “¿Quiénes? No me suenan”. Pues hay que investigar un poco, hombre. Se debe apostar también por quienes empiezan, por quienes no son famosos. Aprende a fiarte del olfato, de la intuición y no sólo de los anuncios y los cantos de la fama.
Hablando de buenas noticias para la música, el jueves pasado los chicos de Vetusta Morla ganaron tres Premios de la Música, en las categorías de “Autor Revelación”, “Artista Revelación” y “Mejor Álbum de Pop Alternativo”. La suya es una historia de sacrificio y tesón, de esas que gustan mucho en Norteamérica porque simbolizan un poco lo que es el sueño americano: la gesta de quienes creyeron en sí mismos y avanzaron durante años, contra viento y marea, hasta lograr lo que esperaban. Pero no la voy a repetir aquí porque ya la he contado una o dos veces. En los últimos meses he visto a ambas bandas salir en los telediarios y esa es buena señal. No es fácil mantenerse en racha en estos tiempos de crisis y vender discos cuando el personal quiere descargárselos de internet. No es fácil seguir llenando salas de conciertos ni que la peña se aprenda las letras de los temas. Es un logro en esta época.
Pese a las circunstancias la música se mueve, hombre. Es necesaria para el ser humano, e incluso para las fieras y para las plantas. Dicen que está demostrado. Uno de los mejores inventos de estos tiempos es el canal de radio de iTunes, que cité antaño: me permite descubrir temas alternativos, música de lugares remotos y exóticos, de todo un poco. Y, para acabar, me gustaría traer aquí unos cuantos versos de Dave Alvin, aún mejor poeta que cantante. Son unos versos sobre el poder de las canciones. En el poema, Alvin habla de un concierto de Curtis Mayfield, del que salió creyendo en la magia de la música. Pero que siga él: “Creyendo en que las canciones / son aún capaces de sacarte de la cama por la mañana / cuando no encuentras una razón para hacerlo. // Creyendo en que las canciones / son aún capaces de curar la soledad y un corazón roto. // Creyendo en que las canciones / son aún capaces de enseñarnos a no matarnos los unos a los otros, / aunque sólo sea durante tres minutos. // Creyendo en que las canciones / aún compensan todas las frustraciones / y las decepciones / y las alegrías / de una vida tocando en bares de carretera”. Ahí queda eso, Alvin.

Otro cartel de Disgrace


Veintiún días

Imaginen, por un momento, que llegan a la orilla de un río y encuentran a un hombre muerto de hambre, mirando a los peces mientras se relame de gusto porque le encantaría comerse uno, asado a la lumbre. El tipo no sabe pescar. Tampoco tiene con qué hacerlo. Se revuelve inquieto, sin apartar la vista del agua, igual que los animales hambrientos que detestan mojarse y renuncian a la presa que huye por el río o por el lago. Según un viejo y conocido proverbio chino, si a ese hombre le regalas un pescado, lo alimentarás sólo un día. En cambio, si le enseñas a pescar, podrá alimentarse para el resto de su vida. Dicho proverbio aboga por la enseñanza. Una limosna o una simple ayuda solucionan un día. El método de enseñanza soluciona el problema durante más tiempo, si el aprendiz se lo toma en serio.
Ahora veamos otra variante que nos ha descubierto la televisión. No se trataría de darle un pez para que comiera y matase el hambre durante un rato, ni de suministrarle la caña y enseñarle a pescar, sino de darle una palmada en el lomo, decirle que quieres comprender su padecimiento, que te vas a mojar con él y luego sentarte a su vera, a pasar hambre los dos. Una estupidez. Mira, le dirás, quiero saber lo que se siente así, viendo a los peces pasar y sin poder pescarlos para saciar el hambre que te atormenta el estómago. Y luego le dices que te vas a quedar junto a él, sintiendo ambos lo mismo. Si te pregunta cuánto tiempo te quedarás padeciendo a su lado, respóndele que sólo veintiún días, bajo tutela médica, y que luego te largas a casa, a comer y a contárselo a la gente. Pues eso es, más o menos, lo que para mí representa el programa de Cuatro titulado “21 Días”. Se trata de la piedad mal entendida. De ir con los mendigos, con los hambrientos, con las anoréxicas, con las bulímicas, sufrir unos días y luego decirles: “Hala, majos, que os vaya bien. Yo me vuelvo al hogar”.
Supongo que la idea parte de lo que hizo Morgan Spurlock en su documental “Super Size Me”. Es decir, sufrir algo en sus carnes. Pero la diferencia es fundamental: Spurlock no se dedicó a los demás, sino a sí mismo. No se fue con quienes padecen, sino que se atiborró de grasas y dulces. Sin que luego le vieran partir a su casa. La intención de Spurlock no era apiadarse de quienes sólo se alimentan de fast food, sino atacar a las empresas que suministran las mismas, demostrando que su comida es muy sabrosa y crea adicción, pero te deja molido el organismo si abusas de ella. En el programa de Cuatro se trata de hacer un reportaje totalmente subjetivo, en el que el reportero viva y sufra lo mismo que aquellas personas a las que entrevista. Existen otros métodos mejores. Uno de ellos sería el reportaje tradicional, o sea: visitas cada día a los protagonistas y tratas de mostrar su realidad, sin más, sin pasar hambre ni durmiendo en el suelo. Llegas, haces tu trabajo y te vas. ¿Se imaginan si Truman Capote, en vez de entrevistar a los reos de su libro “A sangre fría”, hubiera pedido que lo encarcelaran a él también para ver qué se siente? Ya se lo digo yo: que, cuando pasaran los veintiún días y Truman se largara de la prisión, Perry Smith y Dick Hickock le dirían: “Oiga, amigo, no vale irse ahora. Quédese hasta el final, como todos: o sea, hasta que la horca nos apriete el cuello, incluyéndole a usted”. Creo que eso demuestra lo que digo. El otro modo es sacarles del atolladero. O intentarlo. Truman Capote, además, hizo lo contrario que hacen en el programa de Cuatro: en vez de convertirse en protagonista mártir, se hizo invisible en el libro. Desapareció. Este “docudrama” nuevo no me convence. Y creo que muchos pensamos lo mismo.

viernes, febrero 27, 2009

Cartel de Hunger


Hunger ha sido otra de las sorpresas de estos últimos meses. Galardonada en varios festivales de cine, es el debut de un tipo inglés que se llama igual que un mito de Hollywood: Steve McQueen. Pero no tiene nada que ver con el actor de Bullit. El protagonista es Michael Fassbender, uno de los bastardos de la próxima película de Quentin Tarantino, Inglourious Basterds. Copio el argumento de FilmAffinity:
Hunger describe la vida en la Maze Prison, una cárcel de máxima seguridad de Irlanda del norte, a través de los emotivos acontecimientos que tuvieron lugar en 1981 con motivo de la huelga de hambre del IRA, liderada por Bobby Sands. Desde un punto de vista épico, la película narra lo que ocurre cuando se obliga al cuerpo y a la mente a actuar por encima del límite. Aclamada ópera prima del director y guionista Steve McQueen.

Una del Oeste: Sin Piedad




Si os gusta el spaghetti western, os recomiendo bajaros del emule los dos reportajes que emitió la semana pasada TVE dentro de un especial de La Noche Temática: Una del Oeste: Sin Piedad y Una del Oeste: Clint Eastwood, francotirador. De momento, he disfrutado de Sin Piedad, en el que aparecen tres de los grandes, los Sergios: Sergio Leone, Sergio Solima y Sergio Corbucci. En el que podemos ver a Eastwood, Tomás Milian, Franco Nero, Gianni Garko, Terence Hill & Bud Spencer, Gian Maria Volonté y otros duros del oeste italiano. Especialmente recomendable para mi amigo Javier Das, otro amante del género como yo. [De arriba abajo: Lee Van Cleef en El bueno, el feo y el malo; cartel turco de Cara a cara; cartel japonés de Django].

El lobo, de Joseph Smith


Y me pregunto qué sentirá la bestia al mirarme a los ojos, porque yo sé de dónde vengo y lo que soy, porque soy un lobo, el que quita vidas: el predador. Ataco con los ojos abiertos y veo la muerte intensa y feroz en la mirada de mi presa. Yo soy el lobo, la sombra que trae la luz de la muerte, la vida que reparte libertad a los rebaños trabajadores y temerosos y pone fin al sufrimiento de sus miembros más débiles. He acompañado a muchos para escuchar sus últimos estertores, sujetarlos, abatirlos, desgarrarlos mientras gimen y pelean por una vida de la que se han desentendido, que han olvidado vivir, para calentarlos y por fin despertarlos de nuevo entre las llamas de su final.

La Vida Rima en Barcelona


Pegando la hebra

Tengo observado que, en las librerías de viejo, en los videoclubes de segunda mano, en los puestos callejeros, a los vendedores les encanta pegar la hebra. Te aconsejan. Te preguntan qué es lo que te gusta. Algunos de ellos incluso te cuentan algo de su vida. A mí no me disgusta, pero se me hace raro porque me cuesta abrirme a los demás, sobre todo si son desconocidos y no hay confianza. A muchos de estos vendedores les encanta opinar. Compré una vez “Reservoir Dogs” en El Rastro y el tipo insistía en que era muy buena. A mí me lo iba a decir, que la vi en el cine en un estreno casi de tapadillo. En Zamora sólo se proyectó un día. También la vi en Salamanca. El año pasado encontré en otro videoclub de segunda mano una copia de “Heat”, que me flipa. El vendedor dijo: “Esta es muy buena, ¿la ha visto?”. Pues claro que la he visto, buen hombre. No me recorrería los videoclubs de la zona en busca de una película que no he visto. El otro día íbamos de paso por Malasaña, a hacer recados. Estaban abiertos los tenderetes de la plaza donde venden discos viejos, libros, colgantes y películas en dvd. Encontramos un librito en el que George Harrison habla del mantra y el tipo empezó a hablar del ejemplar. Que tenía que venderlo un poco más caro. Que era una rareza. Que había despachado ya un par de ejemplares. Que era un título que no se veía todos los días. Que lo entendiéramos. Lo entendemos, no se apure.
Por lo general es gente muy abierta, simpática. Tratan a diario con el público, pero también pasan varias horas sin hablar, mirando su mercancía o al personal que pasa por delante porque no siempre se acercan los curiosos. A muchos de ellos se les notan las ganas de conversar, de compartir. En esos mismos puestos donde topamos con el libro de George Harrison vi una copia en dvd de “El hombre tranquilo”, ya descatalogada. Llevaba buscándola no sé cuánto tiempo porque es una obra maestra de John Ford y un título imprescindible. La mujer que la vendía dijo: “Ay, es mi película favorita”. Y se puso a hablar de las veces que la había visto. De las veces que se la ponía a sus hijas para que la vieran y luego para que la redescubrieran. La tuvo en vhs y la veía. Luego consiguió la copia en dvd y la revisa cada poco. Pero, si la pasaban por televisión y ella estaba en casa, volvía a verla. Argumentó que era una película que siempre le hacía sonreír. Que, si estaba triste, le bastaba con verla de nuevo para recuperar la alegría. El cine como medicamento. Eso hacía Guillermo Cabrera Infante. Lo dejó escrito. Cuando lo acosaban las depresiones y el insomnio, se pasaba la noche viendo tres clásicos, uno detrás de otro, y se recuperaba. A mí me sucede a menudo: no lo de pasar la noche viendo películas, sino lo de recuperar el ánimo tras verlas.
El otro día fui a alquilar un dvd a un videoclub del barrio. Confieso que me he hartado de la mula y de los programas de intercambio porque al final es una lata: las películas pierden calidad en el ripeo; si quiero verlas en versión original, me toca bajar un archivo de texto que sólo el Gom Player o el BSPlayer pueden incorporar; cuando meto un dvd con varios archivos en el reproductor doméstico, éste se atasca y no los lee; y no me entusiasma ver cine en la pantalla del ordenador. El caso es que fui a coger “Spider” y el tío me dijo que en su base de datos constaba que ya la había alquilado tres años atrás. No importa, le dije, quiero verla otra vez. Me contó que no era de las que más le gustaban. El día anterior entré en otro videoclub y el vendedor había puesto la banda sonora de “West Side Story” y estaba cantando las canciones a grito pelado, mientras yo buscaba entre los anaqueles. Luego empezó a hablarme.

jueves, febrero 26, 2009

Vetusta Morla: 3 Premios de la Música


Vetusta Morla ha sido la gran vencedora de la XIII edición de los Premios de la Música. La banda madrileña ha obtenido los galardones al Autor Revelación (con su tema 'Copenhague'), Artista Revelación (por 'Un día en el mundo' compartido con Pitingo y su 'Soulería') y Mejor Álbum de Pop Alternativo ('Un día en el mundo').
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Enhorabuena, tíos. Y un abrazo para todos.
[Foto: El País. Texto: Europa Press. Más: aquí]

Otro cartel de X-Men Origins: Wolverine


Hugh Jackman no es sólo un gran actor y "el hombre más sexy" del momento, sino también uno de los mejores (o quizá el mejor) presentadores que ha tenido la ceremonia de entrega de los Oscar: cantó, bailó, fue elegante, moderado y un caballero, sin caer en el mal gusto. No nos imaginamos ya a otro tipo en la piel de Lobezno. El de arriba es otro de los carteles de la película sobre los orígenes del personaje.

Elogio de la calvicie, de Sinesio de Cirene


Sinesio de Cirene (370 - 413 d.C.) debió ser un tipo cachondo. Eso se desprende del texto que hoy comentamos. No, no me estoy quedando calvo; pero todo llegará con los años, seguro. Me regalaron este libro y no he resistido la tentación de leerlo. En sus páginas, el filósofo trata de rebatir el breve Elogio de la cabellera de Dión de Prusa. Y lo que ofrece es una mezcla entre la ironía y el cabreo. Recuerda un poco a los piques entre los poetas del Siglo de Oro.
Los dos autores se sirven de ejemplos de héroes de la mitología para reforzar sus tesis: Ulises, Héctor, Aquiles... Dión dijo en su tratado que Aquiles tenía largos cabellos. Pero Sinesio argumenta que sólo era melenudo en la nuca porque el resto de su cabeza estaba calva. Los filósofos, a veces, son como niños. Sinesio afirma que la alopecia es un rasgo humano que nos aleja de los animales, y que es frecuente en sabios, profetas, soldados y maestros; mientras que la melena es propia de adúlteros, afeminados y hombres de poco juicio. Hombre, yo ahora mismo me pongo en el bando de Dión; pero, con el tiempo y la caída capilar, supongo que cambiaré de chaqueta. Así es la vida.

Cartel de Red Cliff



La superproducción de John Woo, que dura unas 4 horas y se estrenará en dos partes. Creo que Woo tiene películas entretenidas y películas malas, pero el cartel merece un vistazo.

El zumo de tu boca

No me olvides, mi niña
a todos los sitios vienes conmigo desde ahora,
viajo mucho pero te quiero más.

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Y si algún día se cruzase una puta bala
y me sesgase la vida en Bagdad, Palestina o el fin del mundo,
recuerda que tu nombre viajaba en mis labios,
y que te quise como hacía siglos
que no quería a nadie.

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Te amo en secreto y sin conocerte,
(¿cuándo se acaba de conocer?)
y ya vale la pena para mí
morir añorando
el zumo de tu boca.



Ángel Petisme, El cielo de Bagdad

Mutaciones de la carne

Me ha costado meses, pero al fin encontré un ejemplar de “La nueva carne. Una estética perversa del cuerpo”, en edición de Antonio José Navarro y con colaboraciones de especialistas en el género como Rubén Lardín, Ángel Sala, Antonio Weinrichter o Jesús Palacios. Es uno de esos libros de la colección Intempestivas de Valdemar. Muchos de ellos son de lectura obligatoria para los amantes del cine y la literatura. “Monster Show”, “Danza macabra” o este de “La nueva carne” se devoran, crean adicción. Aún tengo unos cuantos pendientes de lectura, pero todo se andará. Los ensayos reunidos aquí, acompañados de fotografías en blanco y negro, analizan la obra de artistas en diferentes lenguajes: el cine (David Cronenberg, Clive Barker y David Lynch), la literatura (Clive Barker, William S. Burroughs y J. G. Ballard), el cómic (Charles Burns) o el arte gráfico y el diseño (H. R. Giger), entre otros.
Nunca había reparado en el concepto de “nueva carne”, que acuñó David Cronenberg en “Videodrome”, con la frase “¡Larga vida a la nueva carne!”. En “Crash”, la película del año noventa y seis basada en el magnífico libro de Ballard, Vaughan, quizá el personaje más extremo de todos, está fascinado por la remodelación de la carne humana mediante la tecnología. El concepto de “nueva carne” alude a una serie de procesos físicos (y también de orden mental: el aspecto exterior como metáfora del aspecto interior de un hombre) en los que el cuerpo es transformado por deformidades, mutaciones, injertos, enfermedades, torturas, pústulas, llagas, metamorfosis, etcétera. Tal y como apunta Jesús Palacios, “La ciencia misma, centrada en las últimas décadas en el estudio de la genética, la biología, la nanotecnología y la cirugía, es el mayor y más claro exponente de la Nueva Carne”. Y, en el prólogo, Antonio José Navarro apunta que faltan capítulos dedicados a otros cambios corporales, con lo cual podrían incluirse en el concepto los tatuajes, los piercings o “las performances más atroces”. Las obras que abordan esta estética perversa del cuerpo no son fáciles de digerir para públicos acostumbrados a historias menos sórdidas y enfermas. Por eso, se citan numerosas veces “Hellraiser”, “Crash”, “Agujero negro”, “Rabia”, “eXistenZ” o “El almuerzo desnudo”, obras nada complacientes con ese público que se espanta si lo sacas de la comedia romántica y la novela histórica. “La mosca”, en versión Cronenberg, es una referencia ineludible: en ella, el protagonista primero muta y, mientras desarrolla esos cambios, va perdiendo partes de su cuerpo. Convirtiéndose en algo distinto que deberá aceptar. En un hombre-insecto.
“La nueva carne” es una guía muy útil sobre los aspectos más extremos y siniestros de esa cultura que aboga por presentar anomalías, mutaciones y cambios corporales tras los accidentes. Su lectura abre los ojos. Te invita a leer ciertos libros y cómics y a ver ciertas películas bajo otro prisma. Ahora entiendo mejor el “Agujero negro”, de Charles Burns, espeluznante cómic por entregas reunidas ahora en un único volumen. Tras la lectura de este título de Valdemar, me he propuesto repasar la filmografía de Cronenberg. Veo otra vez sus películas, las reviso. Me ha fascinado “eXistenZ”, que en su estreno me gustó, pero no tanto como esta vez. Volveré a ver esta semana “El almuerzo desnudo”. Hace meses vi el filme y releí la novela de Burroughs. El concepto de “nueva carne”, por cierto, se acopla a la perfección a estos tiempos, en los que imperan los cambios regidos por cuestiones estéticas: piercings, cirugía, trasplantes, tatuajes, colágeno y silicona.

miércoles, febrero 25, 2009

Hijo de Dios, de Cormac McCarthy


Lester Ballard es uno de esos personajes de Cormac McCarthy que, como el de Sutree, se dedican a vivir en soledad. Y no está bien de la cabeza. Un día encuentra un coche con los cadáveres de una pareja y decide tocar el cuerpo de la mujer y luego se lo cepilla. Arrastra a la chica a su cabaña y allí la viste con ropa nueva comprada en una tienda. No será la primera vez. En la próxima es él mismo quien mata a otra chica para saciar su necrofilia.
McCarthy deslumbra, como es habitual, en esta espeluznante novela corta. En algunos pasajes recuerda al Faulkner más sórdido. Una de las virtudes del libro es que, mediante elipsis, el autor sólo nos muestra algunas de las fechorías del protagonista, un hijo de Dios más o menos como tú: unos pocos crímenes, una cueva donde agrupa los cadáveres... De tal manera que el lector debe rellenar los huecos repletos de horrores que McCarthy nos ha hurtado. En la primera parte del libro, además, hay algunos monólogos de otros personajes, a la manera de Mientras agonizo. He aquí una muestra de las atrocidades de Ballard:
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El muerto lo observaba desde el suelo del coche. Ballard le soltó una patada a uno de sus pies para quitárselo de en medio y recogió del suelo las bragas de la chica, las olió y se las metió en el bolsillo. Miró a través de la luna trasera y se quedó escuchando. Arrodillado entre las piernas de la chica se desabrochó la hebilla y se bajó los pantalones.
Un gimnasta enloquecido entrenando sobre un cadáver frío. Le susurró por aquella oreja blanca como la cera todo lo que le habría dicho a una mujer. ¿Quién diría que ella no le oyó? Cuando acabó, se levantó y miró otra vez por la luna trasera del coche. Los cristales se habían empañado. Cogió el dobladillo de la falda de la chica para secarse el sudor. Estaba encima de las piernas del muerto y este todavía tenía el miembro en erección. Ballard se subió los pantalones, se subió al asiento, abrió la puerta y salió fuera a la carretera.

Vals con Bashir


Documental de animación. Un hombre trata de recordar su participación en la guerra del Líbano, en los 80. Trata de recordar la masacre de palestinos en los campos de refugiados. Para ayudarse a rescatar su memoria, va a visitar a antiguos colegas del ejército. Todos ellos tienen sueños recurrentes y visiones alucinatorias. Entre unos y otros van recordando las batallas y lo que hicieron en ellas. La hostia fuerte llega al final, cuando el director israelí, Ari Folman, decide incluir imágenes reales de la matanza de civiles.

Mañana, en Madrid




Cachondeo y carnaval

Muchos años antes de trasladarme a Madrid, cuando vivía en Zamora, aprovechaba el carnaval hasta sus últimas consecuencias. En los carnavales parece que la gente se excita. Hay ganas de cachondeo, de golfería y de mamoneo. Un chaval dice cosas que, de otro modo, sin la máscara, no se atrevería a decir a una mujer. Ibas por Los Herreros y las chicas andaban de aquí para allá con sus disfraces y se las notaba revolucionadas. Se jugaba mucho al baile de máscaras de la alta sociedad. Quiero decir que alguien tomaba una copa en la barra de un bar y se le aparecían dos o tres personas disfrazadas que jugaban con él o ella, instándole a que adivinara la identidad de los ocultos bajo las caretas, los antifaces o las capuchas. En los carnavales se juega a todo eso y a más. El personal se desinhibe, se suelta el pelo. Hay juego en la calle. El pueblo no tiene miedo a conversar y a juntarse. En aquellos carnavales de entonces, en Zamora o en La Bañeza, te ocurría que ibas conociendo gente sólo si llevabas disfraz. Me gustaba ese plan, pero el disfraz cansa mucho. Mortadelo debe estar exhausto las veinticuatro horas del día, tras tanto cambio de atuendo. El carnaval deja agotado. Pasas el doble de calor que en condiciones normales, y siempre te agobia algo: una costura, la goma de la careta, la espada que se cae, el maquillaje que se emborrona, las botas que no te sientan bien. Lo pasas en grande, pero pagas un precio.
En Madrid, que yo recuerde, apenas he salido en noches de carnaval. El sábado anterior fuimos un rato por ahí, no mucho, lo justo para que en un garito nos timaran: lo cuento luego. Hay algo de lo que quisiera dejar constancia aquí y ahora: Madrid es una ciudad llena de gente tan extraña que no sabes si un tío va disfrazado o si es así de verdad. Nos metimos en un local y jugamos a las adivinanzas: “¿Tú crees que ese fulano de allí va con disfraz o es su pinta habitual?”. A mi lado, en la barra, había un chaval de gafotas, camisa de cuadros rojos metida por dentro del pantalón, piercings en la nariz, rostro sin afeitar, corbatín, pantalón estrecho, tupé… Al principio pensé que era un disfraz. Un disfraz de algo. No quedaba muy claro. Luego me di cuenta: era su indumentaria habitual. Así estuvimos un rato: “Mira, yo creo que esa chica va vestida de Angus Young”. “Bueno, a mí no me queda claro que sea un disfraz”. Como lo cuento. Nos cruzamos con tipos de rostro tan difícil que dudábamos: “¿Es una careta o es su cara? ¿Lleva peluca o es su pelo de verdad? No sé si el bigote es postizo o real”. Madrid es así. Es una ciudad muy divertida y sin límites. En Zamora no pasa eso. En Zamora te pones un sombrero y te señalan con el dedo. En nuestra ciudad llamas la atención si te sales de lo establecido. Se distingue al disfrazado del no disfrazado.
Estuvimos en un local próximo a Montera, por donde las prostitutas jóvenes aún rondaban a la caza de clientes. Para evitar garrafones, opté por un mojito. Me soplaron ocho euros. Por un mojito con tamaño de móvil de Nokia, que es el que yo uso. Sin apenas alcohol. Le echan mucho hielo picado, unas ramas de menta, lo agitan y, “voilà”, ocho euracos. Luego pedí una cerveza, porque el mini mojito te dura diez minutos. Tras la cerveza, optamos por ir a casa. Sentado en la acera, cerca del portal, había un negro risueño que nos pidió fuego. Nos pidió perdón cien veces sólo por preguntarnos si llevábamos mechero. Tenía un bote de Coca-Cola con una grieta en el lomo. Lo puso en horizontal y acercó los labios a la abertura por donde se bebe. Con el encendedor, aplicó la llama a la grieta. Y aspiró. No entiendo mucho de esas historias. Supongo que estaría fumando un chino, pero a lo barato. El bote era la pipa.

martes, febrero 24, 2009

La nueva carne. Una estética perversa del cuerpo, de Varios Autores. Edición de Antonio José Navarro


Superada la mórbida fascinación victoriana por la carne deforme y tumefacta de los freaks que, de feria en feria, se exhibían ante los ojos de un público aún marcado por el puritanismo religioso –los freaks eran “el fruto del pecado original”, tal y como puede verse en un efectista pasquín publicitario durante una secuencia de El hombre elefante (The Elephant Man, 1980), de David Lynch–, la Nueva Carne es una monstruosidad que reniega del folclore y de la mitología, de la moralidad y de la lógica. La Nueva Carne, ya sea a tarvés de las pinturas de H.R. Giger, las fotografías de Joel-Peter Witkin o las viñetas de Charles Burns, acomodándose en los films de David Cronenberg o en los cuentos de Clive Barker, hace que el infierno sea algo físico, no imaginado. Así pues, uno de los principales méritos de la Nueva Carne consiste en su habilidad para crear monstruosidades creíbles y tangibles. Sus monstruos son posibles, tienen las proporciones adecuadas. Ninguna sensibilidad artística anterior se ha arriesgado tanto en el camino de la realidad grotesca. Todas esas contorsiones, caras bestiales y muecas diabólicas son profundamente humanas. En una palabra, es difícil precisar el punto en que la realidad y la fantasía se confunden.

Saymon Ediciones


El editor Luis Sábat me ha puesto al corriente de su nueva andadura editorial. De Elipsis pasa a Saymon Ediciones, que apostará por la literatura española. Empiezan con un libro de cuentos: Guantes negros, de Fede Durán. Estaremos al tanto y deseamos a Luis lo mejor en esta etapa profesional.

Dos cuentos en Lunula (Especial "La risa")



El número 23 de la revista Lunula es un especial sobre el humor. Especial La risa. La risa de Dios, la risa mágica, la risa cotidiana, etc. Incluye dos de mis cuentos breves: Currículum (que se publicó en la antología Grageas. 100 cuentos breves de todo el mundo) y Licántropo (que se puede encontrar en mi libro El hilo de la ficción, además de en otras publicaciones). El número ha quedado de lujo. Gracias a Roxana Popelka por contar conmigo. Y gracias otra vez a David González, quien me puso en contacto hace un par de años con la gente de la revista.

Creatura nº 37


En este número encontramos un texto de mi colega Mario Crespo, una entrevista con El Cangrejo Pistolero (quien dice que su mayor éxito editorial ha sido La Venganza del Inca, la antología sobre la cocaína que preparó otro amigo: David González), poemas de Félix Chacón y el comienzo de la galería de personajes del Creatura, además de los contenidos habituales. Este es el índice.

142

Uno de los libreros de mi barrio me da una buena noticia: aunque “Majareta” (Anagrama), el libro de textos de John Waters, está descatalogado, van a reeditarlo en breve. Waters es un tío divertido, un inadaptado. Y quiero leer algo suyo.

Pocas sorpresas

Este año he conseguido ver todas las películas nominadas al Oscar en la principal categoría antes del reparto de premios. Me decepcionaron las nominaciones, en general. Para mí, los mejores largometrajes de producción americana de la temporada no estaban entre los candidatos: “El intercambio”, “Revolutionary Road”, “El caballero oscuro”, “Perdidos en Brujas” o “The Wrestler”. Cintas más notables que “The Reader” o “Frost contra Nixon”. Incluso “Tropic Thunder” es mejor que “El lector”, aunque me interesa por el trabajo de Kate Winslet y la historia. Winslet ha rodado de una tacada “The Reader” y “Revolutionary Road”. Y es la segunda la que merecía más nominaciones y más premios. Pero en Hollywood interesa todo lo relacionado con el nazismo y prefieren apartar la mirada cuando les ofrecen el retrato de un matrimonio en crisis. “El caballero oscuro” está basada en cómics y pertenece al fantástico, lo cual la imposibilita para aspirar a grandes premios, excepto el merecidísimo a Heath Ledger. Y tal vez crean que con Clint Eastwood ya han cumplido bastante. Una pena.
Lo admito: salí muy satisfecho de “Slumdog Millionaire”. Es una película que logra el equilibrio entre la tristeza y el júbilo, entre lo miserable y lo festivo, entre lo horrible de las chabolas y lo milagroso del amor. Gusta en Hollywood porque es colorista, exótica, porque antepone la búsqueda del amor verdadero a la obtención de dinero. Es un filme que se ajusta a los tiempos de crisis. Que revela que la economía no es tan importante si dispones de amor y salud. Me gusta la dirección de Danny Boyle. Pero digámoslo ya: no es una cinta tan notable como para recibir ocho premios en una misma edición. Danny Boyle ya hizo algo mejor que “Slumdog Millionaire”, y sólo nominaron a su guionista: me estoy refiriendo a “Trainspotting”, una obra de culto. “El curioso caso de Benjamin Button” me gusta más que la ganadora. Pero su director, David Fincher, también hizo mejores películas en el pasado. Por ejemplo, “Zodiac”, injustamente olvidada en los Globos de Oro y en los Oscar. Ha sorprendido que en el apartado de película de habla no inglesa no ganara una de estas dos favoritas: “La clase” o “Vals con Bashir”. El premio ha sido para Japón. En cuanto al actor principal, se esperaba que fuese para Mickey Rourke por “El luchador”, donde está perfecto. Se lo dieron a Sean Penn. Se lo quitaron a un rebelde que empieza a reformarse (Rourke) para entregárselo a un rebelde que ya se ha reformado (Penn). Su Oscar por interpretar a Harvey Milk es un símbolo para la comunidad gay. Era su quinta nominación y su segundo Premio de la Academia. Creo que lo merecía Rourke. Porque, aunque Sean Penn está increíble, es un actor que siempre sobresale. Siempre roza la maestría en todos sus papeles. Ya no necesita premios. Por eso debieron darle la oportunidad a Rourke. Es en el apartado de actores secundarios donde veo un reparto justo: Penélope Cruz y Heath Ledger. Penélope Cruz es muy buena cuando cae en manos de grandes directores y pasable cuando la dirigen tipos más pendientes de la producción que de ayudar a los intérpretes. De Ledger ya hemos escrito mucho.
En estos repartos de Hollywood pesan cuestiones como la política, la moral o la presión de las productoras (los Weinstein tienen fama de dar la brasa a los académicos para promocionar sin descanso sus películas). Entre otros factores. Estos días se ha hablado de los viejos errores de la Academia. El tiempo lo demuestra. “Munich” perdió frente a “Crash”. “Chicago” ganó a “Gangs of New York”. “L.A. Confidential” fue derrotada por “Titanic” y “Pulp Fiction” por “Forrest Gump”. Y así.

lunes, febrero 23, 2009

Próximamente: Relatos de Kolimá. Volumen II


Para quienes adoramos a Varlam Shalámov, esta es la noticia del año: Minúscula va a editar, por fin, la segunda parte de sus Relatos de Kolimá. Os dejo con toda la información que me ha pasado la editorial:
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En librerías a partir del 6 de marzo de 2009.
La orilla izquierda reúne veinticinco cuentos en los que Varlam Shalámov continúa su cabal aproximación literaria a la vida de los confinados en los campos de trabajo siberianos, en el terrible desierto blanco de Kolimá. Con su dominio absoluto del relato breve y su admirable maestría para narrar lo que no puede ser narrado, el autor se enfrenta al reto de encontrar las palabras que traduzcan el inmenso dolor de aquellos hombres y mujeres que experimentaron el vacío de la pérdida del lenguaje y se vieron arrastrados al borde de la deshumanización. Relatos de Kolimá constituye una de las más grandiosas y desgarradoras epopeyas del siglo XX. Este volumen es el segundo de los seis que forman el ciclo general, que ahora se publica íntegro por primera vez en castellano y de acuerdo con la estructura que Shalámov dio a su obra.
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Varlam Shalámov
Relatos de Kolimá
Volumen II
La orilla izquierda
Traducción de Ricardo San Vicente

Azken bala / La última bala, de Hasier Larretxea


Aprovecho mi última oportunidad.

Porque la palabra tiene tanta fuerza como una bala.

Ahora es tu turno.

A pesar de que yo muera,
este poemario me sobrevivirá.
Este poemario será mi heredero.
Mi recuerdo.

Me puedes matar,
pero nunca asesinarás,
nunca destruirás la poesía.

Porque la palabra permanecerá en el tiempo.

¿Y la violencia?

Oscar '09: Lista de premiados


Best Motion Picture of the Year
Winner:
Slumdog Millionaire (2008) - Christian Colson

Best Performance by an Actor in a Leading Role
Winner:
Sean Penn for Milk (2008/I)

Best Performance by an Actress in a Leading Role
Winner:
Kate Winslet for The Reader (2008)

Best Achievement in Directing
Winner:
Danny Boyle for Slumdog Millionaire (2008)

Best Performance by an Actor in a Supporting Role
Winner:
Heath Ledger for The Dark Knight (2008)

Best Performance by an Actress in a Supporting Role
Winner:
Penélope Cruz for Vicky Cristina Barcelona (2008)
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[Enhorabuena a Penélope Cruz. Lista completa: aquí]

Palabras contra las balas

La palabra permanece para siempre, pero la violencia se diluye. Esa es una de las claves que sustentan los poemas del poeta navarro Hasier Larretxea. El jueves pasado presentó su libro “Azken bala / La última bala” en el Hogar Vasco de Madrid. En la calle Jovellanos, detrás del Círculo de Bellas Artes. Lo ha publicado en edición bilingüe: en euskera y en castellano. Tenía algunas referencias de Hasier gracias a los blogs (ya sabemos que, hoy, las grandes apuestas culturales están en las bitácoras), sobre todo los de dos amigos poetas: David González e Iñaki Echarte Vidarte. Tras mi artículo sobre el último atentado del terrorismo etarra, Hasier me escribió un correo electrónico. Me invitó a acudir a la presentación. Aquella tarde de jueves tenía un montón de colegas dispersos por la capital en numerosos actos literarios: Carlos Salem, José Naveiras, Kike Babas, Gsús Bonilla, etcétera. Pero primero me comprometí con Hasier. Acudir al recital poético/teatral fue la mejor excusa para comprarme “La última bala” y conocer al autor en persona.
Llegué tarde por culpa de mi nulo sentido de la orientación. Me fui en dirección contraria a la calle del Hogar Vasco. No es culpa de Madrid. Es culpa mía. Creo recordar que hace años me perdí en algún barrio limítrofe de Zamora. Soy como el doctor Marcus Brody (compañero de Indiana Jones), que una vez se perdió en su propio museo. Pero vamos con el recital: Hasier Larretxea leía los poemas en euskera; el actor Zuri Negrín los leía, a continuación, en castellano; la actriz Zuriñe Fernández recitaba algunos versos y ponía en práctica ciertos gestos implícitos en el libro. En el salón de actos vi a tres amigos: Déborah Vukušić, Esteban Gutiérrez Gómez y María Jesús Silva. Compré un ejemplar, Hasier me lo dedicó y ya he devorado sus páginas. Se tarda una media hora en leerlo en castellano (no los he leído en euskera, aunque debería), pero su fuerza perdura dentro de uno. Perdurará mucho tiempo.
En “La última bala” hay una respuesta al terrorismo etarra. Donde otros optan por las bombas, la violencia y el tiro en la nuca, Hasier apuesta por la palabra, por el respeto a la vida, por el verso. Palabras frente a bombas. Es un poemario crudo, directo, que va al grano. Como a mí me gusta: “Usaré hoy mi última bala. // Te tirotearé, / ¡¡Bang!!, / con mi arma / más útil, / eficaz. // Con mi única arma, / con la palabra. // Con la única que llega al tuétano. / Con la poesía”. Un poemario esencial. Valiente. Una crítica a la situación de batalla constante en el País Vasco: “Lo único que se puede hacer aquí / es ver cómo caen cada día las bombas. / No me enseñes / cómo disparar a quien odio”. Un grito de rabia continua: “He perdido a un hermano. / He perdido media vida. / Perder, he perdido la risa. / La esperanza”. Podría citar el libro completo: “Lo sentimos, no os servimos. / Queremos seguir riéndonos. / Vivos”. En algunos textos utiliza el sarcasmo: “Construyamos un pueblo / haciendo explotar tres o cuatro bombas diarias / en cascos históricos” o “Construyamos un pueblo, / aunque para ello / tengamos que destruirlo todo”. En otros, la crítica directa a la cobardía de quien sólo sabe infligir el terror: “Insúltame. / Golpéame. / Grítame. / Escúpeme. // Hazme / lo que tan bien sabes hacer. / Porque es lo único / que sabes hacer: // Meterme miedo”. No se lo piensen más: busquen este poemario, léanlo, subráyenlo. Es una manera de luchar, de no callarse, de no bajar la cabeza. Hasier es joven y demuestra un coraje envidiable: “Al parecer somos el pueblo más viejo de Europa. / Y el único que, para seguir viviendo, mata. // Ese parece ser nuestro hecho diferencial”.