domingo, abril 13, 2008

Frank Miller's Robocop



Portada del cómic del que hablo en el artículo de hoy, o en enlace directo: aquí. Abajo, carteles de las dos películas protagonizadas por Peter Weller.


Librería Tres rosas amarillas


Ayer fue un buen día. Estuve en Fnac disfrutando de la visión de los ejemplares de Hank Over en un estante de novedades. Estaban juntos los dos primeros tomos del Proyecto Nocilla y Resaca. Nocillas y resacas juntas. Luego fui a Malasaña y busqué esta librería, a tiro de piedra de la Plaza del Dos de Mayo: Tres rosas amarillas, como en el libro de Carver. Es una maravilla de local. Como diría Hemingway, un lugar "limpio y bien iluminado". Vi libros muy difíciles de encontrar en la actualidad: Los que vienen detrás, de Vicente Muñoz Álvarez, el primer Circular de Vicente Luis Mora, el Proust Fiction de Juan José Cantavella, la Dinamo estrellada de Miquel Silvestre, etcétera. Charlé con el dueño, José Luis Pereira, le felicité por el local. Compré Otros libertinos, un libro de cuentos de Anagrama de un autor italiano llamado Pier Vittorio Tondelli, de aroma bukowskiano; y la antología Los nuevos góticos, que llevaba tiempo buscando y que incluye relatos de Martin Amis, Robert Coover, William T. Vollmann y Patrick McGrath, entre otros. Acabé la noche en un garito de Lavapiés al que han bautizado como Dr. Resaca. Y hoy me levanto con buenas noticias sobre Hank Over, que se pueden leer en el blog. Gracias a todos, y especialmente a mi paisano Mario Crespo.

Robocop

Después de buscarlo sin éxito en algunas librerías, finalmente di con un ejemplar del cómic en un tomo (o novela gráfica, como prefieran) del “Robocop” de Frank Miller. Ya va por la segunda edición. De Miller hay que leerse “300”, pero sobre todo la que para mí es su obra maestra, la serie de “Sin City” en siete volúmenes. Tuvo una buena adaptación al cine. Tengo ganas de ver la segunda parte de la película, aunque parece que Robert Rodríguez se demora más de lo esperado. Antes de nada, conviene aclarar la aportación de Miller al filme “Robocop”. Según parece, a él se le ocurrió la historia para la segunda parte y fue uno de los guionistas de la misma (otro era el gran Walon Green, quien siempre tendrá un hueco en el corazón de cada cinéfilo porque fue uno de los responsables de esa obra maestra titulada “Grupo salvaje”). El cómic, que ahora se presenta en un volumen, contiene el germen de su historia y algunas portadas dibujadas por él. La adaptación corre de la mano de Steven Grant y los dibujos son del español Juan José Ryp.
Aún recuerdo el primer “Robocop”, de Paul Verhoeven. Me parece que cometí la torpeza, en su estreno, de ir a verla con mi panda de amigos, y rondábamos los quince años, lo cual supuso que la mayoría se dedicara a hablar durante la proyección y a mí se me llevaran los demonios por culpa de los cuchicheos. De “Robocop” me quedo con la dirección de Verhoeven, con la tragedia del policía mitad humano mitad máquina y con la banda sonora de Basil Poledouris. Y con el cartel. Aquel afiche inolvidable de Robocop saliendo del coche patrulla me tuvo obsesionado durante mucho tiempo por su claridad expositiva, por el brillo metálico del robot, por la consistencia de aquel ser violento, fascista y ejecutor. Irving Kershner dirigió la secuela, sobre la base de la historia de Miller. Kershner había dado muestras de habilidad en “El imperio contraataca” y “Nunca digas nunca jamás”, una de las mejores entregas de James Bond con Sean Connery, a pesar del peluquín que le encasquetaron. Pero esa habilidad apenas se nota en “Robocop 2”. No guardo un buen recuerdo de ella. Debería revisarla, no obstante. Quizá ahora me guste más. En cuanto a “Robocop 3”, no soy capaz de recordar si la vi o no. Me parece que sí, porque vislumbro en la memoria al sustituto de Peter Weller como policía: Robert John Burke, que venía de hacer “Simple Men” a las órdenes de Hal Hartley. La tercera la dirigió Fred Dekker. “Robocop”, pues, es una saga que ha ido empeorando. Ahora es el turno del cómic.
Se dice que no respetaron toda la violencia y el humor que Miller quería para la secuela. Que en el cómic por fin podemos asistir al origen sin censuras. Y el cómic es violento, excesivo, salvaje, sangriento, barroco. Rondan por ahí algunas críticas que dicen que el cómic no ofrece tanto como uno esperaba. Una vez leído, comparto esa opinión. Miller está presente: la furia, los derramamientos de sangre, el gusto por las mujeres de cuerpos rotundos, la alusión a la Batalla de las Termópilas (germen de “300” y alusión que también aparece en “Sin City”), etcétera. Sin embargo, la historia se queda en una lucha entre Robocop y los partidarios de sustituirlo por otro hombre-máquina más deshumanizado. Los dibujos de Ryp son extraordinarios, y el color es para quitarse el sombrero, pero hay una pega, y es que la mayoría de las viñetas están tan recargadas de elementos, de detalles, de movimiento, de formas, que el lector se pierde un poco y a veces no sabe muy bien qué le están contando. Es un buen cómic, aunque no alcanza el nivel de, por ejemplo, “Sin City”.

Asesinos de mujeres

No pasa una semana sin que tropecemos en los medios con una noticia terrible sobre una mujer asesinada por un hombre. Por su marido, por su ex marido, por su novio, por su ex novio, por su compañero sentimental. Lo escribe Kike Babas en su libro “El engranaje de las mariposas”: “Matan más mujeres los maridos que la heroína, pero no está prohibido casarse”. Una verdad dolorosa y auténtica. Es así. Se acosa a los traficantes de droga y a los fumadores, pero la palma en muertes se la llevan los accidentes de carretera y los hombres celosos y paranoicos. De momento, no se ha prohibido el matrimonio, tampoco los coches; o, mejor dicho, los conductores irresponsables, ya que los coches, las armas, la heroína, no tienen culpa de nada, la culpa es de quien hace cierto uso de los mismos.
Leemos tantas veces este encabezamiento en los periódicos: “Un hombre mata a su ex pareja”, que a menudo tenemos la sensación de estar viviendo siempre el mismo día, como en “Atrapado en el tiempo” (que todo el mundo conoce como “El día de la marmota” por su título original, “Groundhog Day”), y sólo cambia el escenario, y a veces el arma homicida. Un día es en Guadalajara y al siguiente en Madrid y la próxima semana en Ciudad Rodrigo. Por lo general al asesino no le importa que le vean. Si le ven y lo denuncian, llega la policía y lo detiene. Si no lo ve nadie, a menudo es el propio asesino el que se entrega a las autoridades. Parece que les da igual ir a la cárcel, que les da igual matarse. Porque muchos se suicidan tras cometer el crimen. Lástima que no se peguen el tiro antes de decidir llevarse consigo a la mujer. Que se vayan solos y dejen en paz a los demás, especialmente a las mujeres. También cambia el arma, como hemos dicho. Los hay que emplean el cuchillo, no les importa sacarle las tripas a la pareja en plena calle. Otros tiran de pistola, algunos de escopeta, los demás se conforman con arrojarlas por un balcón. Algunos las queman vivas. Otros las estrangulan, y se la sopla que los vean incluso los hijos de ambos, que asistan atónitos y horrorizados a su ejecución. Hay numerosos métodos y ninguno es premeditado, quiero decir que no preparan una dosis de veneno durante días ni planean el crimen perfecto. Lo que hay es fruto del calentamiento de la sangre, del arrebato de locura y rabia. Ellas ya lo saben, saben que algún día la sangre llegará al río porque reciben sopapos y palizas. Los maltratadores dicen, tras las agresiones, que van a cambiar, que ya no serán los mismos, como en “Te doy mis ojos”, pero ellas no tienen la culpa de creérselo: a la mujer se la conquista, sobre todo, por el oído, y por ahí es por donde entran ellos, los muy canallas, los agresores y demás ralea. “Que te quiero mucho, pichurri, que voy a cambiar, de verdad, te lo juro por éstas, y que me muera ahora mismo si miento, que baje Dios y me fulmine con un rayo”. Pero parece que Dios está muy ocupado en sus labores. Y el tipo nunca cambia. Y la mata.
Hace tiempo salió un estudio de la Fundación “La Caixa” titulado “Violencia: Tolerancia cero”, dentro del programa de prevención de la Obra Social de esta entidad. Leo al azar algunos párrafos. Hablan de las diversas modalidades de sometimiento y de la violencia del hombre contra la mujer, y les asignan nombres a cada una de ellas: “Violencia física”, “Violencia psíquica de desvaloración”, “Violencia psíquica de control” y “Violencia sexual”. Sé que este tema lo he tratado en más artículos, y para mí sería deseable no volver a tratarlo: eso significaría que dicha violencia contra la mujer se ha erradicado.

viernes, abril 11, 2008

Resaca / Hank Over. Un homenaje a Charles Bukowski





Treinta y siete voces literarias se reúnen en un libro para rendir un homenaje a uno de los escritores más emblemáticos de nuestra contemporaneidad. Cada cual a su aire: cuento, poema, carta, reflexión. El próximo 11 de Abril estará disposición de todos ustedes. Un Caballo de Troya a todo color, con una ilustración en portada de Miguel Ángel Martín. Patxi Irurzun y Vicente Muñoz Álvarez pusieron la idea, la selección y los prólogos.
AVISO DE LECTURA (Texto de contraportada interior):
No sé si este libro es el camarote de los hermanos Marx. Tampoco sería mala cosa si lo fuere, que siempre publicar un libro marxista es un placer añadido (con permiso del patrón y el respetable público, a quien tanto quiero y a quien tanto debo). En todo caso es mucho más: la punta de lanza de una ola narrativa que reclama un lugar en las playas literarias mientras lucha contra la pertinaz indiferencia de los alicatados acantilados del canon.
Resaca: ese estado de semifelicidad flotante en el que uno o una se despierta después de una noche de viaje hasta el fin de la noche.
Resaca: movimiento de retirada del mar que en su retroceso deja su rastro sobre la arena: conchas, algas y treinta y siete botellas con el mensaje de treinta y siete náufragos: salid de vuestra isla, venid a buscarnos, estamos aquí, entre la noche y las mareas, en las tierras rebeldes de Charles Bukowski. Voces que quieren ser oídas. Ni marx ni menos.
Pues eso: a leer y a ver si nos suben el sueldo.
Lista de autores:
Hernán Migoya, Miquel Silvestre, Eva Vaz, Raúl Núñez, Vicente Luis Mora, David González, Sergi Puertas, Alfonso Xen Rabanal, Karmelo Iribarren, José Ángel Barrueco, José Daniel Espejo Balanza, Nacho Abad, Vicente Muñoz Álvarez, Lluís Pons Mora, Javier Marroquín, Agustín Fernández Mallo, Josu Arteaga, Pablo Casares, Kike Babas, Kike Turrón, Pablo G. Bao, Ignacio Escuín Borao, Ana Pérez Cañamares, Kutxi Romero, José Manuel Vara, Lucas Rodríguez, David Murders, Manuel Vilas, Roxana Popelka, Salvador Gutiérrez Solís, Sofía Castañón, Sor Kampana, Ángel Petisme, Safrika, Patxi Irurzun, Eloy Fernández Porta y Abel Debritto
[Nota: Hoy sale a la venta la antología. Aún no tengo ejemplares, así que he tomado las fotos de la portada y contraportada de la camisa del libro (las de la ilustración de Miguel Ángel Martín) de mis archivos, y la portada y la contraportada interiores del blog de David González. Lean los prólogos. Lean las bibliografías de los autores: Parte 1 / Parte 2. Busquen el libro en algunas librerías. Y para el resto de noticias, lo de siempre: Hank Over Blog.]

Huellas de sangre

Salgo de casa para ir al centro, a pie. Son las tres de la tarde, la mejor hora para ir a hacer recados. Contamos con la suerte de tener algunos comercios abiertos a horarios intempestivos. Es la única manera de no aguantar largas colas para pagar en Fnac y en otros establecimientos. Hacia el final de la Calle Lavapiés, marchando cuesta arriba, empiezo a divisar en el último cruce bastante movimiento. Grupos de curiosos parados en la acera. Un coche de policía. Una ambulancia del Samur parada junto a la tetería árabe del último tramo de la calle. Otra ambulancia llegando al cruce, por la Calle de la Cabeza que la corta y atraviesa. Se detiene allí mismo. La gente se para en las esquinas, estira el cuello, pretende ver lo que sucede. En la puerta de la tetería hay varios sanitarios arrodillados, presuntamente atendiendo a alguien sentado o tendido en el escalón de entrada al garito. Con tanto vehículo, tanta luz de emergencia, tantos mirones, tantos hombres y mujeres atendiendo a quien sea que está allí, casi a ras del suelo, es imposible ver de lejos qué está ocurriendo. Al pasar por la acera de enfrente, donde están los curiosos, no puedo evitarlo y quiero mirar aunque el cerebro me pide, me ordena, que no lo haga. Que uno, en ocasiones, se lleva sustos con estas cosas: gente recién salida de un accidente, hombres a quienes les ha caído algo del cielo (quiero decir, de algún edificio), sangre en las cabezas y visiones por el estilo. El cerebro dice “No mires”, pero quiero mirar. Y miro.
No es tan desagradable como había pensado, pero no es plato de gusto. Es un vistazo de apenas unos segundos, pero me da tiempo a registrar la escena. En el escalón de la tetería está sentado un hombre joven, creo que es árabe. Los sanitarios atienden una de sus piernas. Se la están curando, cortando la hemorragia copiosa que lo inunda. La pierna está empapada de sangre. Hay sangre en su pierna y en la zapatilla y en el suelo y en los vendajes húmedos y rojos. Le han cortado o roto el pantalón por encima de la rodilla, y por ahí parece manar la sangre. Sigo mi camino y, unos pasos después, llego a Tirso de Molina. Pero en ese tramo he encontrado las huellas de la sangre y las sigo con la mirada. Suben por Lavapiés, dan la vuelta a la esquina de Tirso de Molina, siguen junto al teatro donde se representa un musical sobre el Dúo Dinámico, pasan frente al kiosco, salpican unos cuantos metros y, entonces, se pierden, acaban. O sea, se inician allí. Demasiados metros de sangre. Demasiados metros caminando con una herida en la pierna. Le habrá costado horrores alcanzar la tetería.
La sangre ha bajado por la pierna y empapado una de las zapatillas, y resbalado hasta la suela, de modo que las huellas aparecen por tramos y con esta forma: una huella de puntera de una zapatilla ensangrentada y, al lado, una salpicadura irregular de sangre. Y así se suceden durante todos esos metros: suela y salpicadura, suela y salpicadura. El rastro de un hombre cojo y herido y desesperado y quizá a punto de perder la conciencia por tanta pérdida de hemoglobina. Al primer vistazo pienso que debe tratarse de un accidente, que un tío se ha caído en la calle y ha caminado unos metros. Pero esa explicación no es lógica. Nadie sangra tanto tras una caída, salvo que se haya caído de un quinto piso, pero habría rotura y no tanta sangre, supongo. Es mucha sangre. Entonces me hago la composición de lugar, una vez vistas las huellas, la calle, el entorno. Tal vez se trate de una puñalada en la pierna. No es raro, sucede a diario, con una frecuencia espantosa. El hombre ha ido a pedir auxilio a la tetería. Porque allí estaban los suyos o porque es su lugar de trabajo. Quién sabe.

jueves, abril 10, 2008

El engranaje de las mariposas, de Kike Babas (Enrique Suárez Caycedo)


Esta semana encontré, por casualidad, ejemplares de esta obra en La Libre de Lavapiés. Su autor es Kike Babas, pseudónimo de Enrique Suárez, uno de los colaboradores de Hank Over. Me revienta que libros tan buenos como El engranaje de las mariposas queden al margen, que sea difícil topar con ejemplares (aunque se pueden encargar en la web de Kike Babas y Kike Turrón: Kingputreak), que queden relegados a los círculos minoritarios, que no se les dé cancha... Algo a lo que ya nos hemos acostumbrado los llamados Hijos de Satanás: a estar en los márgenes, en los bordes, en las afueras.
El engranaje... contiene tres textos. El primero (Nos están creciendo alitas) es la carta o narración que Kike le escribe a su hija, aún en proceso de gestación. Un recital en el que desvelarle algunos aspectos de su vida y de su barrio, de sus amigos y de sus andanzas, del alcohol y de las drogas, del curro y del alquiler, del pasado y del futuro. Me parece una narración asombrosa, en la que hallamos ternura sin caer en la sensiblería (algo parecido dijo Nacho Vegas en el prólogo no incluido en el libro), en la que el autor hace universales y necesarias las cosas pequeñas y cotidianas de la vida, en la que asistimos al análisis de un trozo del distrito obrero de Hortaleza, con sus bares, sus panaderías, sus vecinos que se cambian de piso sin salir jamás de allí, los amigos que mueren o acaban en prisión. Hay una honestidad brutal en las confesiones, en esta carta/diario/canción, en estas declaraciones de amor a dos mujeres (una madre y una hija que aún no ha nacido), de la que deberían aprender muchos consagrados.
El segundo texto (Las grandes cosas) habla de lo que contaba antes. Las pequeñas actividades cotidianas que resultan ser las mejores, las más grandes, las que necesitamos para vivir: Y le hablo de eso, de las grandes cosas, del zumo de naranja y la colada, del yogur líquido y la limpieza de la casa. Del mar que, indefiniblemente, me empuja hacia ti. El tercero (Zugarramurdi) es un relato sobre las brujas, muy breve. Os dejo con un fragmento del primer texto; mañana en el blog de Hank colgaremos otro:
Con la soledad afloran los miedos. Que estoy embarazado es un hecho, fui a por ello, pero de la preparación y madurez que exijo para ese hecho emana una inquietante cascada de dudas. Las tengo globales, profundas, demagógicas. ¿Sabré quererte? ¿Sabré cuidarte? ¿Me querrás? ¿Estarás sana? ¿Saldrás sana? Las tengo nimias y cotidianas. ¿A cómo estarán los pañales? ¿Cómo se ponían? ¿Andamos bien de bodis? ¿Y de pijamas? ¿Cuántas horas dormirás de seguido por la noche? ¿Será duro ese insomnio? Me dé la respuesta que me dé, hago nudos marineros con los dedos para que todo salga bien. La primera preocupación, si es que tiene algún sentido ponerles orden, es que nazcas bien. La preocupación última es el abismo, conocí una vez su sonido y yo no lo quisiera reproducir.

Mañana, en Zaragoza


Presentación de Resaca / Hank Over (Caballo de Troya, 2008) en la Librería Antígona, a las 20:00 h., y después fiesta en honor a Charles Bukowski en el pub Interferencias (C/ Benavente 11), a las 22:30 h., con lecturas de Octavio Gómez Millán & Pablo Malatesta, Sofía Castañón, Alba González, Raúl García, Ignacio Escuín, Diego Palmath, Eduardo Fariña y de todo el que desee participar con poemas en lectura colectiva.
[Nota: en cuanto a la presentación en Antígona, aún no he confirmado los nombres de los participantes. En principio se supone que asistirán Patxi Irurzun, Ignacio Escuín, Sofía Castañón, Manuel Vilas y Constantino Bértolo.]

Llanto de cocodrilo

Navego por los periódicos y veo una imagen de George W. Bush echando la lágrima. Busco el cuerpo de la noticia. Llora en el homenaje a un soldado que murió en Irak y cuya familia recibe ahora la Medalla de Honor, por haberse tirado sobre una granada para evitar la muerte de otros compañeros. Que me perdonen, pero morir para que otros vivan no me parece un acto de valentía, sino de estupidez. Pero el soldado merece el homenaje, sin duda. Miro la foto de Bush con la humedad empapándole las mejillas y trato de creerme que son lágrimas. Si no lo dijeran en el titular y en el texto no pensaría en llantos: creería que había una gotera en el techo y que al presidente le habían caído unas gotas de agua de lluvia o de cañería rota en los pómulos.
No me creo las lágrimas de Bush. Son lágrimas de cocodrilo. Lágrimas artificiales, de mentira, impostadas, puro teatro. Seguramente será un consejo de sus asesores: “Nos va mal en Irak, señor presidente, peor que nunca. Eche unas lágrimas en el acto, que parezca que usted es el que más sufre”. Pero su llanto no vale nada. No compensa a nadie. Es moneda falsa. Un hombre capaz de ordenar tantos bombardeos no puede estremecerse, no puede conmoverse, no puede albergar un corazón. Cada vez que veo a Bush, además, me río aunque no tenga gracia. Me río porque siempre recuerdo los montajes de sonido que le hacían en la sección de “Versión Original” de la Noche Hache: Bush salía hablando, dando una rueda de prensa, y le ponían subtítulos en los que contaba chistes o conversaba con taxistas. Los asesores saben que las lágrimas vienen bien, y engañan a los ingenuos, a las señoras que verán en sus televisores a un presidente llorando, y que pensarán: “Pobrecito, él también sufre. América es grande”. Me recuerda a una película hoy casi olvidada pero que, en su momento, fue muy célebre y ganó algunos premios: “Al filo de la noticia”. En ese largometraje hay un locutor de televisión al que interpreta William Hurt y al que vemos llorando durante una entrevista, estremecido por un testimonio ajeno. El personaje de Holly Hunter también se emociona viéndole a él emocionarse. Pero luego descubre que es un montaje. Que, entre dos tomas, el locutor forzó las lágrimas para ganar audiencia porque el llanto queda bien en pantalla y mueve a todo el mundo a picar el anzuelo.
Leo algunas noticias más al respecto y me cuentan que Bush, el presidente, en enero de este mismo año estuvo visitando un museo en memoria de las víctimas del Holocausto, y que también allí derramó algunas lágrimas. Las lágrimas siempre venden, lo mismo da que las eche un presidente que una maruja desconsolada en un programa de entresijos rosas y sensacionalistas. Alguien dijo de esa visita de Bush al museo: “En dos ocasiones vi lágrimas en sus ojos”. Es probable que incluso hayan tenido que explicarle qué pasó en Auschwitz antes de entrar al museo. Sólo así se explica que él preguntara por qué su país no bombardeó los campos de concentración de aquel terrible lugar. “Debimos haberlo bombardeado”, añade el presidente. Este hombre lo resuelve todo a cañonazos y por eso, entre otras muchas razones, no nos creemos su llanto de plástico. Bush es el hombre que talaría los bosques para evitar que se incendiaran. Bush es el tío que hubiera arrasado Auschwitz, tirando tantas bombas que no hubiese quedado ni un superviviente judío para contarlo. Sólo él puede tener esa idea: bombardear los campos de concentración para que los nazis no masacren a los judíos, pero cargándose así a todos, a nazis, a judíos, a los doctores e incluso al apuntador.

miércoles, abril 09, 2008

El canto, de C. K. Williams


Bartleby vuelve a deleitarnos con la publicación (en edición bilingüe, y en estupenda traducción de Jaime Priede, que conserva la música y el ritmo de los versos) de otra obra del extraordinario poeta norteamericano C. K. Williams, como ya lo hiciera anteriormente con Reparación. El canto obtuvo el National Book Award en 2003. Aquí volvemos a encontrar el poema como flujo de la conciencia, en sólidos versos largos que se desparraman por la página y que nos hablan de memoria, de infancia, de muerte y de situaciones cotidianas.
Se divide en cuatro partes. En la primera, Williams se adentra en un territorio cotidiano y familiar: observaciones de lo que sucede fuera de casa, encuentros en el exterior o apuntes sobre el escritor Harold Brodkey y sobre Rembrandt le sirven de excusa para la reflexión. En la segunda, es la propia infancia el territorio que delimita los poemas: el miedo, el deseo de lo prohibido, el primer amor, los juegos, la tristeza, la masturbación. La tercera parte constituye una elegía al amigo muerto, en este caso el pintor Bruce McGrew: Williams es incapaz de despedirlo porque aún lo necesita a su lado para hacer determinadas cosas, hay lamento y dolor y recuerdos por aquel hombre desaparecido. La cuarta representa el impacto del 11-S en el poeta, las heridas y la inquietud, el alma cruel del hombre y su obstinación por la guerra, el análisis de cómo el mundo ha cambiado. Pero vamos con un poema de los más breves:
ESCALA: II

Una vez, al oírte a mis espaldas, me volví,
estabas desnuda, no lo habría podido saber,

y algo fue mal con mi sentido de la proporción,
porque tu cuerpo, el volumen de tus hombros y caderas,

la extensión del pecho ante los senos
y su largo, suave deslizamiento entre ellos

parecía, todo ello, en aquel instante, más amplio–
generosa, intimidante, un diluvio de presencia.

Deseaba tocarte, pero desvié la mirada;
no era deseo lo que sentía, o no sólo deseo,

no quería que se reanudase la vulgar existencia,
como si contigo allí pudiera existir algo así.

94

Robert Duvall dice dos refranes en “La noche es nuestra”, que sirven de explicación para el tema policíaco, y que me aprendí mientras veía la película: “Si te meas encima, sólo estás caliente un rato” y “Si vives con monos, acabas oliendo a bananas”.

Terrazas

Hemos pasado de ir abrigados hasta las cejas a tener que salir a la calle en manga corta y, aún así, asarnos gracias o por culpa de un sol abrasador. Un par de semanas atrás, en Zamora, me dolían los dedos del frío cuando estaba más de diez minutos en la calle. Y el fin de semana pasado, al menos en Madrid, a uno le sobraban las camisetas y las zapatillas. Aprovechando el buen tiempo, las terrazas de Lavapiés se llenaron durante el fin de semana. Cuando hablo de estas terrazas me refiero, principalmente, a las de la Calle Argumosa, por detrás de la salida del metro. Pero también a las terrazas de la Calle Lavapiés, las que ponen los dueños de los restaurantes hindúes para que uno coma o cene al aire libre, bajo los árboles cuyas pequeñas flores se caen de vez en cuando, si la brisa agita las ramas, y quedan dispersas dentro de las copas, dentro de los platos, en el pelo y en la ropa. Cuesta encontrar un hueco libre. Cuesta encontrar una mesa con cuatro asientos y una sombrilla. Daba igual la hora, siempre estaban ocupadas las mesas: por la mañana, a mediodía, por la tarde, por la noche. Y es que, con el buen tiempo, a uno le revienta quedarse encerrado en casa y tiene que salir, sentarse a la sombra y beberse una cerveza helada o un café con hielo o una granizada de limón.
Por esas circunstancias relacionadas con el clima y con la visita al barrio de varias amistades, he pasado varias horas del viernes, del sábado y del domingo en estas terrazas. Disfrutando del sol y a ratos de la sombra. Disfrutando de la visión de la gente que pasa, que va y viene, que se sienta y se levanta, que se toma algo y paga. Sentarse en una de las sillas de Argumosa y observar a la gente es como un documental sobre la vida en la calle. Abundan los perros. Perros con dueño, que los llevan con la correa. Perros sin dueño, que vagabundean por entre las mesas a la búsqueda de un trozo de pan o de los restos de una tapa que se le haya caído a algún cliente. Perros con dueño que no necesitan correa para que los animales les obedezcan. Perros que te observan con ojos comprensivos que requieren una caricia y piden en silencio algo de comer. Te sientas en una terraza y ocurre que, cuanto más cutre es el bar y más feo el camarero o la camarera, mejor te trata, más te sonríe, más chascarrillos suelta. Se les ve felices porque el negocio de las terrazas vuelve a prosperar con el calor. Pasan dos chavales, dos golfillos que no llegarán ni al metro de estatura, controlando las mesas, a ver si alguien en un descuido se deja la cartera o el móvil o mira hacia otro lado. Uno de ellos lleva un pitillo encendido entre los dedos; el pitillo, en la mano de un crío, queda igual que un bebé con un habano en los labios, como el Baby Herman de “¿Quién engañó a Roger Rabbit?”. Es una cosa grotesca. Pero cualquiera le dice nada o le reprende: lo más seguro es que el chaval se ofenda y saque la cheira del bolsillo. A veces hay canijos por ahí que les piden un cigarro a quienes fuman; rectifico: no lo piden, lo exigen.
En el entorno de estas terrazas se ve de todo. Perros con dueño y sin dueño, eso ya lo hemos dicho. Raperos. Hippies. Actores. Poetas. Matrimonios. Familias con niño. Pandillas de jóvenes. Ancianos. Vendedores ambulantes. Abuelas con bastón. Tipejos. Locos. Guiris. Turistas. Sablistas. Vagabundos. Buscavidas. Parejas de hombre/mujer. Parejas de hombre/hombre. Parejas de mujer/mujer. Veo a dos chicas darse el lote y me parece muy bien porque eso en mi tierra, en Zamora, supondría el escarnio público, el escándalo y la quema en las hogueras. Aquí cada cual va a lo suyo y hace lo que quiere y nadie se asusta ni se ofende, y por eso me encanta Madrid.

martes, abril 08, 2008

El dios de la risa oscura, de Michael Chabon


Este cuento de regalo, escrito por Michael Chabon e ilustrado por Adrià Fruitós, sólo puede conseguirse comprando en Fnac la nueva novela de su autor, El sindicato de policía yiddish. Edición exclusiva para Fnac y traducida por Javier Calvo. Inédito hasta ahora en castellano, se incluyó en una antología norteamericana de relatos de horror y fantasía. Es breve (44 páginas) y admirable, así que no quiero desvelar mucho, salvo que presenta a un policía tratando de descifrar un caso de asesinato, y que contiene ecos de Conan Doyle y de Poe. He aquí un fragmento del principio:
Otro kilómetro más al este y les habría tocado a mis colegas del Condado de Fayette resolver el interrogante de quién había disparado a aquel tipo y le había desollado la cabeza de la barbilla a la coronilla y de clavícula a clavícula, llevándose las orejas, los párpados, los labios y el cuero cabelludo en un solo colgajo espantoso, como la monda combada de una naranja pelada.

Ropa tendida, de Eva Puyó


Cuando me fui de casa mi madre sacó una ristra de objetos que me quería dar: vasos, platos, fuentes... "Llévatelo todo, que me quiero quitar mierda." La mayoría eran regalos suyos de boda, o juegos incompletos de los que se había desprendido alguna de las señoras para las que mi madre trabajaba. Yo le dije que me apetecía ir de compras y estrenar cosas. Rodearme de objetos bellos, en lugar de trastos usados y tarados. No acepté casi nada de lo que me ofrecía. "¿Lo quieres o no lo quieres? Pues a la basura. He dejado de ser una sentimental", me decía mi madre mientras hacía limpieza de armarios. Parecía haber acumulado durante años un ajuar imperfecto del que ahora se quería deshacer.
Ropa tendida es la primera novela de Eva Puyó y posee la frescura y la cercanía propias de un debut literario. Son historias que giran en torno a la familia, a las locuras y a las rarezas y a las intimidades domésticas de personas con las que, de algún modo, el lector se identifica. Uno sabe de lo que Eva habla: las excentricidades de los padres, los hermanos que no se hablan, la independencia y el primer piso, el carnet de conducir, la ropa que una madre tiende en los radiadores cuando afuera llueve... Y todo está muy bien contado, en poco más de 100 páginas y con un humor sabroso que nos recuerda un poco a Mi abuelo, de Valérie Mréjen. La magnífica portada, por cierto, es de Miriam Reyes.

Shine A Light


Cartel de la película/documental de la que hablo abajo, o en link directo: aquí.

Algo más que un directo

Ese grandioso documental titulado “No Direction Home: Bob Dylan”, que capitaneaba Martin Scorsese, no se estrenó en salas comerciales, probablemente debido a su duración (alrededor de doscientos minutos, sin contar con los extras), sino en dvd, en una edición muy completa y recomendable. En su momento hablamos de dicha edición. Más suerte ha tenido el nuevo trabajo de Scorsese, el rodaje de un concierto de The Rolling Stones en el Beacon Theatre de Nueva York, dentro de su gira “A Bigger Bang”. Titulado “Shine A Light”, igual que una de sus más célebres canciones, se ha estrenado en algunas salas de España. Se puede ver en V.O., como la he visto yo en el cine, o en versión doblada, algo que no tiene mucho sentido pues apenas hay líneas de diálogo y doblar la voz de un cantante es como fusilar sus cuerdas vocales.
Leí en alguna parte que la banda había pedido a Scorsese que no hiciera una retrospectiva nostálgica, como en su película “El último vals”, ni tampoco un recorrido por la vida de los artistas, como en el citado trabajo “No Direction Home”. Querían algo actual, sobre el presente, sobre la gira que les ha llevado por numerosas ciudades, entre ellas Madrid, donde tuve la suerte de verlos y escucharlos el año pasado. Cualquier seguidor de la obra de Scorsese estará al corriente de su gusto por la buena música. En sus cintas sobre la mafia hay un recorrido por el pop, el rock, el blues, el soul y otras tendencias. Nunca faltan temas de Lennon, Dylan, George Harrison y, sobre todo, The Rolling Stones. Entre sus próximos proyectos está la preparación de un documental sobre George Harrison, y se rumorea que podría hacer lo mismo con Bob Marley. Y cualquiera que conozca a fondo las películas (e incluso los anuncios y los documentales) de Scorsese sabrá que éste no iba a conformarse con pasear la cámara por el escenario. El director quiere tenerlo todo controlado; en los primeros minutos de “Shine A Light” muestra su preocupación por conocer con antelación la lista de canciones que tocará el grupo, para así saber si debe enfocar las manos de un guitarrista o al batería o al público: la lista definitiva la recibirá sólo cuando los Stones salgan al escenario. Además de la filmación, que incluye estupendos planos rodados sin ensayos, a las bravas, en directo, Scorsese inserta de vez en cuando algunas secuencias de viejas entrevistas en blanco y negro, de manera que el concierto se convierte en algo más. En una celebración del rock, en una fiesta de músicos legendarios que jamás pensaron que iban a durar tanto “on the road”, en una demostración de lo que el paso de tiempo y el abuso de sustancias hace en las rostros, en un homenaje al poder rejuvenecedor de una mente rebelde (a sus años, ahí siguen). Una fiesta con estrellas invitadas cuyas apariciones nos gustan: Jack White, Buddy Guy y Christina Aguilera.
“Shine A Light” no es una experiencia tan rompedora como asistir en persona a sus directos. Hay algo que no puede capturar una cámara y es la energía y la emoción que se palpa en el ambiente, ni el sonido puro que te envuelve al pie del escenario. A cambio, ofrece la visión personalísima de Scorsese y nos permite ver y conocer más de cerca a estos cuatro supervivientes. Gracias a Scorsese comprendemos mejor a la banda, o, mejor dicho, confirmamos lo que ya sabíamos acerca de estos maestros. Que Mick Jagger es el fibroso hombre espectáculo que dirige el cotarro. Que Charlie Watts y Ron Wood son dos profesionales siempre en sus puestos. Que Keith Richards es un genio que parece no enterarse, pero se entera: él vive en otro mundo, en una burbuja, y se conecta al nuestro sólo cuando toca la guitarra.

lunes, abril 07, 2008

Resaca en La Noche de los Libros


23 de Abril. NOCHE DE LOS LIBROS
21:30 h.: RESACA / HANK OVER. Presentación del libro y gran fiesta de homenaje a Charles Bukowski, con lecturas, documentales, cuentacuentos, una performance y actuación de Ángel Petisme.
[A continuación actuará Najwajean, con mi musa favorita del cine español: Nawja Nimri. Pincha en la foto para ver los detalles de la agenda que ya se puede recoger en los establecimientos Fnac]

Los falsificadores


Ganadora del Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa, Los falsificadores supone un acercamiento diferente al tema del Holocausto y los campos de concentración: el punto de vista de unos prisioneros judíos obligados a falsificar dólares y libras esterlinas para el gobierno alemán. Está basada en una historia real y resulta muy interesante, aunque no es tan buena como la obra que ganó en la edición anterior (La vida de los otros).

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En mi tierra sé pillar a quienes me mienten, tal vez para adularme. Es fácil. Primero me saltan: “Siempre te leo. A diario”. Y a continuación dicen: “Oye, ¿estás viviendo aquí o en Madrid?”. Pues eso, que no me leen nunca.

Revival

Si hay algo que está muy de moda es el revival. Las viejas bandas vuelven a la carretera, a tocar otra vez en los escenarios. Cada día se preparan más remakes de clásicos, y pronto habrá remakes de remakes, y reconstrucciones de las propias películas de uno mismo, pero rodadas con equipo norteamericano (véase Michael Haneke y “Funny Games”). El vinilo vuelve, a pesar del lavado de cerebro que nos hicieron para que nos desprendiéramos de nuestros viejos discos; yo no lo hice, y aún conservo mis cintas de vhs y mis lp’s de vinilo. E incluso por ahí, en algún cajón o quizá en una caja, tengo las cintas de casete. El mercado sabe cómo manejarnos. Convence a la gente para que venda o regale o tire su material viejo, o lo recicle, y le vende algo nuevo (el compact disc, el dvd, el libro electrónico) para, apenas unos años después, relanzar el material viejo convertido ya en objeto de lujo, de culto, de nostalgia. Cuando el libro sea una reliquia, y el personal se haya acostumbrado al Kinder, volverán a lanzar libros de papel en edición de coleccionista y cosas así. Todo vuelve, ya digo. Y voy a dar otro ejemplo curioso y agradable.
Deambulaba por la sección de bolsillo de Fnac, echando un vistazo a las mesas de novedades, cuando vi un ejemplar de “Las mil y una noches” y otro de “Sandokán” (del gran Emilio Salgari: ese hombre sí que sabía hacernos disfrutar), ambos encuadernados en pasta dura de un color entre marrón y cobrizo, con dibujos en la portada, con el sello de Bruguera en la parte inferior. Destacaba entre las novedades del mismo modo que si pusiéramos en la sección de televisores de pantalla plana una vieja tele en blanco y negro de veinte años atrás. Para refrescarles la memoria a quienes son de mi generación o algo más mayores: se trata de la colección de narrativa “Historias selección” que muchos disfrutamos en la infancia. Novelas de Julio Verne, Mark Twain, Walter Scott, Alejandro Dumas, etcétera. Novelas juveniles que aunaban la prosa y el tebeo. Cada pocas páginas de prosa, había una página completa con viñetas de cómic. Los niños que no estaban acostumbrados a leer el texto, o que aún no sabían leer, podían dirigir la mirada hacia los dibujos y seguir el desarrollo de la historia. Nunca tuve un ejemplar de estos libros. Siempre los leía en la casa de mis primos de Zamora, cuando iba a visitarlos. También los leía en la sección infantil de la Biblioteca Pública. Recuerdo con especial deleite mi lectura, en la sala habilitada para los niños, de “Miguel Strogoff” y el momento en que lo dejan ciego, circunstancia que me impactó. Los libros tenían en el lomo los retratos en color de los principales personajes de cada novela. Al llegar a casa busqué información: Bruguera ha decidido recuperar algunos de esos títulos clásicos y emblemáticos. Y lo bueno es que no ha introducido cambios, o a mí no me lo pareció.
Durante esa búsqueda de información descubrí que Bruguera y Ediciones B también han rescatado las “Joyas literarias juveniles”, o al menos unos cuantos de sus títulos. Lo divertido del asunto es que hace meses escribí un artículo sobre esta colección de tebeos, de cuando también iba a leerlos a casa de mis primos, que los almacenaban en un par de cajones cuya apertura, para mí, suponía asomarme a una cueva de tesoros. Sí, una cueva de tesoros: o sea, de historias protagonizadas por piratas, corsarios, buscadores de oro, aventureros, soldados británicos, caballeros, científicos, príncipes y pistoleros.

domingo, abril 06, 2008

Charlton Heston (1924 - 2008)



Making of, de Óscar Aibar


Portada del libro del que hablo en el artículo de abajo, o en link directo, aquí.

Así se hizo

En el año noventa y cinco Óscar Aibar, guionista de cómics, se propuso adaptar al cine su propio tebeo, ilustrado por Miguel Ángel Martín: “Atolladero, Texas”. Su primera película como director se convirtió en “Atolladero”, a secas. No vi el filme, recuerdo que su distribución fue limitada y que todo el mundo lo consideró un fracaso y le dieron palos a mansalva. No es fácil conseguir una copia y alguna vez he topado con unos minutos en la televisión, en horario de madrugada: lo que vi no estaba mal. Me quedan dos recursos: bajarla de la red o esperar a esa edición en dvd con el montaje del director que anuncia Aibar. También recuerdo que Aibar fue uno de esos cineastas obsesionados con cambiar las directrices más clásicas del cine español (ya saben: dramones, guerra civil, posguerra) y hacer cine de género como hicieron Álex de la Iglesia, Amenábar o, antes que ellos, Jess Franco. Películas diferentes, de terror, ciencia-ficción, western hispano. Aquí estas aventuras suelen saldarse con críticas, aunque a menudo la taquilla los apoya, lo cual significa que el público quiere algo más que historias de guardias civiles y hambrientos en época del franquismo.
El rodaje de “Atolladero” (y su posterior estreno) deparó lágrimas y sufrimientos e insomnios a su director, y lo dejó en el dique seco durante años. Tardaría ocho años en volver a poner en pie otra película. Toda esa experiencia la cuenta ahora en una novela autobiográfica, “Making of”, que acaba de publicar Mondadori. Si alguien tiene dudas sobre qué es verdad y qué es ficción, que busque las recientes entrevistas que le han hecho a Aibar, donde explica las pequeñas alteraciones de la realidad. Es una novela, de modo que están justificadas las licencias. Y, además, una novela autobiográfica, con lo que esto comporta: digamos un cinco por ciento de ficción. Así debe hacerse, no hay otro modo. “Atolladero” fue bautizado como un western de ciencia-ficción, y rodado en las Bardenas Reales. A todo el mundo le asombró y despistó el reparto: Pere Ponce, Joaquín Hinojosa, Félix Rotaeta, Iggy Pop, Carlos Lucas y Benito Pocino (luego haría de Mortadelo), entre otros. Las noticias de aquel rodaje me recordaron a otro director que gusta del riesgo y del equilibrio en la cuerda floja: Alex Cox.
Compré el libro y lo leí en una tarde. Tras disfrutar del mismo, trataré de leer el cómic de Aibar y Martín y hacerme con una copia de la película. Pienso que los tres podrían conformar un lujoso pack para coleccionistas. No puedo juzgar “Atolladero” por no haberla visto, pero me quito el sombrero ante la valentía de alguien capaz de meter en el mismo cartel a dos personas tan opuestas y dispares como el rockero Iggy Pop y el actor Carlos Lucas. “Making of” transcurre en dos tiempos distintos: la mayor parte se ambienta en el desierto, durante el rodaje de la película y la posproducción; el resto, en un pueblo llamado Alcantarilla en el que, años después, Aibar es homenajeado en un festival de cine y le suceden varias desventuras. El lector puede jugar a descubrir los nombres de los famosos, aquí encubiertos pero fáciles de adivinar (ej.: Jim Rock es Iggy Pop). Y puede adentrarse en lo que significa un rodaje Made in Spain, plagado de anécdotas divertidas y/o amargas: el actor que no para de meterse farlopa, el tipo que se gasta los cuartos en el teléfono erótico, el equipo que trabaja sin haber cobrado, la muerte de Rotaeta durante el rodaje, los cambios de guión sobre la marcha, las imposiciones de los productores, los tijeretazos de montaje. “Making of” deberían leerlo esas personas que critican al cine español y lo consideran una fiesta de jetas, cuando en realidad es una suma brutal de sacrificios, decepciones y agonías.

sábado, abril 05, 2008

Teaser y primer cartel de Blindness (Ensayo sobre la ceguera)


Basada en la novela de José Saramago. Dirige Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel). En el reparto, Julianne Moore, Mark Ruffalo, Alice Braga y Gael García Bernal. Teaser: aquí.

Próximamente: nuevo libro de Diego Medrano


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Ficha y fragmento de la obra.

Revista alex_lootz: número 11


Copio y pego este mail sobre los contenidos de esta estupenda revista, alez_lootz (puedes desgartarte el número en pdf):
En éste número once (abril 2008) ocupan las sillas rosas la "diva destroy punk de las letras francesas" y autora de Teoría King Kong, Virgine Despentes, que charla animadamente con Carolina Meloni, el "poeta oral, divino clochard, obra en marcha" Cuqui Cueto, compartiendo cartones de vino con el imprevisible Diego Medrano. Los poetas Daniel Montoly y Aldo Novalli, nos recitan sus poemas.
Eduardo Nabal, con su cuento Paola y los perros y la presentación de su libro El marica, la bruja y el armario, al que dedicamos una reseña. Y, en su silla habitual, mirándolo todo, entre un quiero-y-no-puedo, África se toma el enésimo café.
Además, en la habitual sección de reseñas se han sentado autores como Agustín Gómez Arcos, de quien se cumplieron el pasado 20 de marzo el décimo aniversario de su muerte en París, Stefan Zweig, Gonzalo M. Tavares, Zigmunt Bauman o Eric Jourdan.
Las sillas rosas se llenan y se vacían sin darnos cuenta. Gente que se sienta, que comparte sus palabras, gente que, al mismo tiempo escucha. Gente que viene y se va. Gente que vuelve. También hay una silla rosa para ti.

Cambio de hora

A algunas personas les afecta el cambio de hora, en especial este último en el que convertimos las dos de la madrugada en las tres, como método de ahorro energético. A otras personas, por el contrario, dicho cambio no les afecta en absoluto. A mí me trastorna lo de adelantar los relojes, no tanto lo de atrasarlos. Tal vez porque prefiero ganar una hora a perderla. Leo ahora un titular que dice: “Un 31% de españoles confiesa que el cambio de hora le afecta negativamente”. Lo leo un viernes, pero llevo toda la semana dándole vueltas al tema en la cabeza.
Cuando cambiamos la hora en la madrugada del sábado al domingo pasado, aquello no me afectó. Me fui a la cama en torno a las dos, y en ese momento el reloj marcaba las tres. En cualquier caso, una franja horaria a la que me gusta ir a dormir cuando es fin de semana: entre las dos y las tres. Fue al despertarme cuando empecé a sentirme cansado, como si ocho horas en cama no hubiesen servido más que para dejarme molido. En la noche del domingo, cuando mi reloj marcaba las doce y media, me preparé para meterme entre las sábanas, lo que supone varios minutos entre que me despojo de las lentillas, superviso a ver cómo va el emule, me pongo el pijama y bebo un poco de agua (lo cual me obliga muchas noches a levantarme a orinar en mitad de la noche y aún aturdido por el sueño, igual que si fuera un viejo prematuro). Una vez dentro del sobre, los minutos empezaron a transcurrir con una densidad intolerable. Ya sabes a lo que me refiero: cuando no logras dormirte aunque estés agotado y el tiempo se te hace espeso y la noche se convierte en algo larguísimo, soporífero, aburrido y desasosegante. Hacía semanas, no sé si meses, que no tardaba tanto en dormirme. Pasaban las horas y yo daba vueltas y vueltas entre las sábanas, tratando de recurrir a los diversos trucos que se suelen emplear en estos casos (salvo el de tomar pastillas y similares, porque lo tengo claro: prefiero conciliar el sueño a palo seco): pensar en algo aburrido, dejar la mente en blanco, concentrar la vista en la oscuridad, contar ovejas, ponerme boca arriba si estaba boca abajo y viceversa, entre otros inútiles remedios. Tenía una impresión de falta de acomodo, de extrañeza. Como si fuesen las siete de la tarde y me hubiera ido a la cama y estuviera totalmente despabilado. Entonces reparé en que la hora se había adelantado en la víspera. Así, cuando yo me preparaba para irme a la cama a las doce y media, en realidad eran las once y media y a esa hora es imposible que yo tenga sueño. Bostezo más a las seis de la tarde que a las doce de la noche: será por la costumbre de tantos años de noctambulismo.
No sé cuánto tardé en dormirme. Horas, supongo. Cuando sonó el despertador a las ocho de la mañana noté el cuerpo molido. Las ojeras habían duplicado su tamaño y acentuado su negrura. Los párpados pesaban una tonelada. En las comisuras se habían formado las clásicas legañas con consistencia de cemento que nos salen cuando dormimos mal y poco. La cabeza empezaba a doler. Desde entonces, me ha costado adaptarme al cambio de ritmo. Desde entonces, todo ha ido mal. Me acuesto más tarde de lo que debería (a la una, o una y pico) porque no tengo sueño. Me despierto agotado. Bajo el titular que citaba al principio se cuenta que los trastornos que lleva aparejados el adelanto de la hora y que afectan a algunos españoles son los siguientes: cansancio, alteraciones del sueño, mayor dificultad para levantarse por las mañanas. Poco a poco nos iremos adaptando. Al menos aprovechamos una hora más de luz. Más luz equivale a un estado de ánimo más jubiloso y optimista.

viernes, abril 04, 2008

Portadas exquisitas


Kings of Infinite Space, novela de James Hynes. Inédita en España.

Próximamente: Tres rosas amarillas


Esta buena noticia la leí en el blog de Juan Carlos Márquez: la apertura de una librería especializada en relato, Tres rosas amarillas (en alusión a uno de los libros del maestro Raymond Carver). En Madrid, en el nº 34 de la calle San Vicente Ferrer, en una de las esquinas de la Plaza del Dos de Mayo (Malasaña). La inauguración será el jueves, 10 de abril. Para saber más, pinchar aquí.

En la azotea

En mi barrio, entre las calles de Tribulete y Mesón de Paredes, se ubica el edificio de las Escuelas Pías de la UNED. Puede accederse al mismo desde Tribulete o desde el otro lado, en la Plaza de la Corrala. Cuando cruzo esta plaza, a menudo veo gente que entra en tropel al edificio, y a veces supongo que todas esas personas van a la biblioteca. Pero no tienen pinta de ir a la biblioteca, ni de entrar a clase. La otra tarde entendí, por fin, el motivo. Unos amigos de Madrid nos llevaron al Gaudeamus Café, que es un local situado en la azotea de la cuarta planta de dicho edificio. Mientras caminábamos hacia allí, nuestro guía dijo que había una terraza desde la que podían verse los tejados de Lavapiés. Supo de su existencia porque lo había visto en un reportaje de televisión de una cadena local. A mí ni me sonaba, y es obvia la razón: no está anunciado en la puerta. Parece que uno entra a estudiar o a coger libros, pero luego sube en el ascensor (o por los peldaños de madera) y se topa con un local amplio y una gran terraza. Desde allí se ven los tejados del barrio y se disfruta del crepúsculo y a menudo se ven aviones que cruzan el cielo. Se divisan los tejados con su tristeza de barrio mestizo y las fachadas con su ropa tendida. El edificio fue rehabilitado unos once años atrás: aún quedan ruinas que han acoplado al paisaje de manera magnífica, y de cuyas vistas se puede disfrutar desde esa terraza.
Cuando la noche se cierne sobre la ciudad, en las mesas de la azotea apenas se ven las caras. Tuvimos que pedir velas porque algunos querían comer algo y eran incapaces de ver lo que había en los platos. Siento predilección por los sitios en los que puedo gozar de la penumbra. Cuanta menos luz tiene un bar, más me gusta. Sólo el frío de finales de marzo nos impedía disfrutar del todo. Es un sitio estupendo para conversar. El amigo que nos llevó es asturiano de nacimiento, madrileño de adopción y militar de profesión. Recuerdo que estuve en su boda, y que los compañeros le hicieron el pasillo de sables en alto al salir de la iglesia. Es sargento, como mi colega de Zamora del que hablo a veces. Nos contó que, dentro de unos meses, lo enviarán a Afganistán. Pertenece al Ejército de Aire. Le dije que ese amigo mío acababa de regresar de allí, y que no recomendaba a nadie la visita; que había estado cerca de Herat. Él me respondió que a su tropa la enviarían al norte del país, y que creen que verán algunas de las ruinas en las que los talibanes convirtieron las esculturas que consideraron prohibidas y pecaminosas. Tengo amistades distribuidas en distintas profesiones (de la medicina, informática, derecho, diseño gráfico, desarrollo de videojuegos, aeronáutica, música, funcionariado de prisiones, etcétera), pero son aquellas en las que mis colegas se juegan la vida las que me merecen más respeto y admiración: las profesiones de soldado y policía. Cuando alguien te dice que va a ir a Afganistán o que regresa de allí en calidad de militar en misión de paz, ya no puedes superarlo.
En otra de las conversaciones, una amiga me preguntó si en el barrio ya reinaba la tranquilidad. Es una pregunta que me hacen a menudo. Es difícil de contestar. Sí y no. Sí en el entorno en el que vivo, porque ha sido tomado por la policía (a diario están por la plaza y alrededores, lo cual rebaja las tensiones y las peleas). No en el resto del barrio, del que a veces llegan noticias de apuñalamientos y disturbios. Me dijo que así era mejor, que al menos la plaza quedaba libre de camellos, de alcohólicos y de basura, pero que era una pena tener que vivir en un sitio tomado por las patrullas para evitar altercados. Desde allá arriba, el cielo de Lavapiés era formidable.

jueves, abril 03, 2008

Una oración por la lluvia. Historias de Afganistán, de Wojciech Jagielski


El reportero polaco Wojciech Jagielski no tiene nada que envidiarle a Ryszard Kapuściński (quien, además, alabó este libro y la labor de Jagielski). Una oración por la lluvia es el resultado de sus viajes a Afganistán entre 1992 y 2001: una crónica apasionante e imprescindible para conocer el laberinto de situaciones y tribus y gobiernos de aquel país. Jagielski se entrevistó con líderes, guerreros, políticos, campesinos, peluqueros... Y lo que nos ofrece no tiene desperdicio, pues estas crónicas se devoran: la invasión soviética, los muyahidines, los tayikos, las guerras fraticidas, los talibanes, las cuevas y refugios de las montañas, las continuas prohibiciones y mandatos, la búsqueda de la libertad de los afganos. Por el libro desfilan figuras históricas de las que los medios siempre nos han ofrecido información sesgada: el legendario Masud, el saudí Osama bin Laden, Omar el tuerto, el heredero Sayed Jafar (cuya consigna era: "Mi religión es sexo, drogas y rock and roll"), etc. Vamos con un fragmento:
Las puertas del palacio presidencial, el palacio Argh, que se levanta en mitad de un parque centenario, todos los puestos de guardia, y en realidad media ciudad, quedaron cubiertos de cintas marrones procedentes de casetes de audio y vídeo. Estas guirnaldas de celuloide que susurraban al viento, así como los televisores colgados con cuerdas de los árboles y las farolas, como si se tratara de criminales atrapados in fraganti, habrían de convertirse en el símbolo de la nueva época. La "ejecución" de los televisores, el silencio absoluto que se apoderó de la ciudad tras anunciarse la prohibición de escuchar la música que los talibanes consideraban pecaminosa, la obligatoriedad de ir a rezar a las mezquitas, y la marginación social de las mujeres, tratadas a veces de un modo que iba más allá de la marginación, fueron el precio que los habitantes de Kabul estuvieron dispuestos a pagar a cambio de lo que, en su opinión, habían conseguido: la paz y una vida tranquila.

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Leído en los Comentarios del blog de Manuel Vilas: Una cosa es segura: nunca como ahora había leído tanta literatura española contemporánea. Me gusta la frase, me alegra la tarde. Me hace creer que estamos en el buen camino. Que algo está cambiando en el anquilosado panorama de la literatura española.

Lhardy

Nadie lo duda a estas alturas: Lhardy es un restaurante mítico, un clásico, una parada obligatoria. Está en la Carrera de San Jerónimo y yo he pasado por la acera en muchas ocasiones mirando con envidia de pobre el escaparate repleto de tartas y demás comestibles. Y recordando ese reportaje en el que a Francisco Umbral le servían un cocido madrileño y argumentaba que el escritor debe comer bien una vez a la semana. Y en Lhardy se come bien, se come de maravilla. Pude comprobarlo días atrás, cuando me invitaron a degustar allí un cocido. El pudor me impide decir quiénes me invitaron, porque de lo contrario la columna correría el riesgo de convertirse en un rincón de marujeo, y a mí el marujeo no me va. Baste decir que ellos se darán por aludidos y desde aquí les agradezco ese convite: soy de esas personas que sólo saben expresar su gratitud mediante la palabra escrita y no mediante la palabra dicha.
Leo en la web de Lhardy, en la que escarbo para que le dé consistencia a este artículo: “Lhardy es el primer restaurante español creado tal y como hoy se concibe la restauración pública”. El edificio consta de varios salones y estancias, con adornos del siglo XIX. Parece como si se retrocediera en el tiempo y, sentado a la mesa, allá entre camareros de finos modales y lámparas de araña y cuadros sombríos y espesos cortinajes y alfombras de lujo, a uno le entran ganas de ponerse un sombrero de copa y un monóculo y apoyarse en un bastón de empuñadura de plata. Madrid estaba aún a medio hacer cuando se inauguró Lhardy. Antes de la comida, los camareros retiran los abrigos y se los llevan a los percheros del pasillo. Ponen unos entrantes (aceitunas sin hueso, croquetas, rizos de mantequilla) y más tarde sirven el cocido en dos tandas. En la primera, la sopa acompañada de jamón y de fideos. Una sopa muy nutritiva, admirable. Quieren las rarezas de la vida que los alimentos que antaño fueron para los pobres hoy sean comida lujosa, como las migas, el cocido o las gachas. Cuando yo era niño, a mi abuelo, que luchó en la guerra civil en el bando republicano, no le agradaba que mi abuela hiciera gachas para toda la familia porque le recordaban los tiempos de hambre y penuria, en que sólo podía alimentarse de esa receta y poco más.
En Lhardy todo lleva su sello: ofrecen vino elaborado por la empresa, y las copas, los platos, las tazas, lucen la inicial del restaurante. El aceite para condimentar ensaladas o para echarle a los garbanzos viene en pequeñas botellas, del mismo tamaño que las de los minibares, con una etiqueta del restaurante en el lomo. Mientras degusto la sopa trato de imaginarme allí, cenando, a Cela y a Umbral, y a González-Ruano. Cuando sirven el resto del cocido mi plato se convierte en una montaña de alimentos: garbanzos, col, chorizo, morcilla, tocino, gallina, zanahoria, patata, salchicha blanca, pollo, relleno, salsa de tomate natural. Y no sé si se me olvida algo. Lo acompañamos con un vino de la casa. No pude acabármelo, a pesar de mi otrora voracidad, legendaria entre mis amistades (uno ya no es el que era). Cuando me retiraron el plato, el camarero preguntó si deseábamos repetir. Lo hubiera hecho por gula, pero me salía la comida por las orejas y me negué. Tampoco pude terminar el exquisito soufflé de postre que nos sirvieron, y que es una de las especialidades de la casa. Una delicia de bizcocho, helado y merengue. Sale uno tan alimentado tras comerse el cocido de Lhardy que debe ayunar durante las siguientes veinticuatro horas. Y eso es lo que hice yo: no volví a probar bocado hasta la comida del día siguiente y, poco antes de la misma, sólo pude desayunar media aceitada que habíamos traído de mi tierra.

miércoles, abril 02, 2008

Noticias Chabon / Eggers



Dos de las novelas más esperadas del panorama norteamericano (Qué es el qué, de Dave Eggers, y El sindicato de policía Yiddish, de Michael Chabon) están a punto de publicarse en España bajo el sello Mondadori. En su web se han puesto al día y pueden verse sendos vídeos de promoción e incluso podemos leer las primeras páginas del libro de Eggers: en el menú de la derecha, en la sección de agenda y noticias.

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Mis hermanos y yo somos muy distintos. Pero tenemos en común, al menos, tres cosas: un padre cruel, una madre maravillosa y una voluntad de hierro.

Noticias sobre The Tracey Fragments





La nueva película de Ellen Page. En su web oficial encontramos acceso al trailer, imágenes y el cómic basado en el filme. En el blog, más contenidos. Tiene buena pinta.

Por muchas razones

Vetusta Morla es un cohete directo a las estrellas y ya no hay quien lo detenga. Por muchas razones. Por talento. Por trabajo. Por convicción. Por vocación. Por sacrificio. Por no abandonar el ring y seguir peleando, día tras día, noche tras noche, semana tras semana, escenario tras escenario, bolo tras bolo. El público se ha dado cuenta de su potencial. Quiero decir que contaba con numerosos seguidores desde años atrás, pero el número se amplía de manera parecida a la multiplicación de un virus benigno. Pude comprobarlo la otra tarde. Una tarde de domingo, en mi barrio, en el edificio de La Casa Encendida, que celebraba su fiesta anual junto con Radio 3, lo cual significa un día completo consagrado a las actuaciones en directo y supone varias colas de espera para entrar en los lugares habilitados donde las bandas tocan: el patio y el salón de actos. De siete y media de la tarde a nueve de la noche estaba programado “Discogrande”, a cargo del locutor Julio Ruiz, con las siguientes actuaciones: Vetusta Morla, los franceses de Soy un Caballo, y Lucas 15 (la suma de Nacho Vegas y Xel Pereda, que hace poco actuaron en el Museo Etnográfico de mi tierra). Los dos primeros grupos tocaban en el salón de actos; el tercero, en el patio. Entrada libre.
Horas antes del concierto busqué por los foros de internet, para enterarme de a qué hora iría la gente a guardar cola. Al final decidimos ir a las seis y pico, y ya había unas cuantas personas junto a la puerta de acceso a dicha sala. Cinco o diez minutos después, cuando apenas pasaban de las seis y media, una hora antes del directo, la cola daba vueltas como una serpiente y subía por las escaleras y se ramificaba por aquí y por allá. Me habían dicho en Información que abrirían en torno a las siete y veinte, pero la prudencia aconsejó a los encargados de La Casa Encendida permitirnos la entrada hasta la sala. De otro modo, la cola se hubiera ramificado hasta la calle. Y hubo gente que se quedó fuera, sin sitio. Cuando entramos, aún estaba probando sus instrumentos la pareja de franceses de Soy un Caballo. Vetusta Morla tenía unos “veintisiete o veintiocho minutos” de actuación, y los aprovechó al máximo. El problema estuvo en los dos primeros temas. Ellos entraron como siempre, cantando y tocando como un huracán, con la misma fuerza, pero los técnicos llevaban todo el día trabajando, pasando de una banda a otra, y hubo algunos problemas de sonido. Yo tardé en advertirlo, pero lo notamos en que los músicos intentaban darle instrucciones a un técnico. Con esos problemas no acababan de congeniar entre ellos, de darlo todo. La cosa cambió a partir del tercer tema, en que los errores se arreglaron y los componentes de la banda se encontraron cómodos. Entonces volvió el huracán. La gente se volvía loca. A pesar de ser una sala en la que estábamos sentados, el público terminó en pie, con ovaciones y ganas de que repitieran tras el último tema que tocaron, el fabuloso “La cuadratura del círculo”. La próxima cita será en la Joy Eslava y yo ya compré mi entrada.
Además de este furor, del público que llegó una hora y pico antes para coger sitio, sabemos que “Un día en el mundo”, su disco, se agota cada poco en las tiendas, circunstancia insólita en estos tiempos. Es un disco impecable, en el que ciertas versiones varían respecto a las demos que conocíamos. Un trabajo que escucho todas las semanas. Para quienes se perdieron este breve directo, o su inolvidable actuación en Zamora, recomiendo no perderse lo de la Joy Eslava, que se prevé espectacular. Allí se congregarán un montón de seguidores y, por supuesto, los miembros de la banda: Pucho, David, Álvaro, Jorge, Guillermo y Juanma.

martes, abril 01, 2008

Jules Dassin (1911 - 2008)


Jules Dassin dirigió a Richard Widmark en Noche en la ciudad y ha muerto unos días más tarde que el actor. Hollywood prepara remakes de sus películas, que no superarán las originales.

Portadas exquisitas


Calle 20.es


Ya está en la red el reportaje sobre algunos colaboradores de Resaca/Hank Over en Calle 20. Se puede bajar el número completo en pdf o, si se prefiere, bajar sólo las páginas escogidas por el internauta. La revista merece la pena, así que es de recibo echarle un vistazo completo. La ilustración de arriba es de Miguel Ángel Martín. Pinchar aquí.

Viaje americano

En los últimos tiempos suelo ir a las presentaciones de libros porque me interesa comprar el título que presentan y/o porque conozco al autor. Otras personas van a matar la tarde. Las presentaciones sirven para dar publicidad y para convencer al público de las virtudes de la obra. Cuando asisto a estos eventos ya estoy convencido de antemano de comprar el libro (si no, no iría), o puede que ya lo haya leído. Lo más común es que me acerque a saludar al autor. Acudí a la presentación del poemario “Americana”, de Ignacio Escuín, por doble motivo: hasta entonces no había encontrado por ahí ejemplares y aproveché para saludar a Escuín, con quien pude charlar una vez, hace un año, en otra presentación de Madrid. “Americana” es un libro que yo llevaba un tiempo buscando por la ciudad, sin éxito. Es un asunto de la distribución. Lo publica Ediciones Leteo y está muy bien editado. Por fortuna en la actualidad gozamos de los blogs, y yo conocía algunos poemas colgados por los lectores habituales de Nacho.
Dicha presentación fue el sábado por la mañana en La Librería Central del Reina Sofía de Madrid, uno de mis refugios habituales, donde soy capaz de pasarme horas buscando tesoros entre los anaqueles. Me sorprendió que muchos de los poetas a los que saludé no la conociesen. Nacho Escuín apareció en la librería tal y como lo recordaba: con una amplia sonrisa por delante, como una bandera de su humanidad, de su cercanía. Minutos antes de la presentación le pasaba lo que nos pasa cuando hay que subir al estrado, lo que suele ocurrir: estaba hecho un flan. No es lo mismo presentar el libro de otro, hacer de maestro de ceremonias y esquivar las posibles preguntas del debate, que ser el protagonista y tener que lidiar el toro hasta las últimas consecuencias. Les aseguro que la gran tortura para un autor es someterse a las presentaciones de sus libros, donde se suda, se quiebra la voz y tiembla el pulso. Quien lo probó, lo sabe, etcétera. Por allí estaban los poetas Nacho Abad, con quien alguna noche compartí farra por Lavapiés; Inma Luna, a quien conocí en otra presentación del barrio; Lucas Rodríguez Luis, a quien veo con frecuencia en este tipo de actos del centro (sospecho que somos vecinos); y Roxana Popelka, con quien había intercambiado algunos correos electrónicos sin habernos visto las caras antes. También estaban el poeta Jorge Riechmann, y el editor Rafael Saravia, y los encargados de la presentación del libro: Elena Medel y Juan Marqués. Saravia, de Leteo, hizo la introducción. Juan Marqués aportó la nota humorística y desenfadada, que es algo que a los espectadores de estos eventos nos acomoda mucho, nos relaja y distrae de las formalidades propias de esta clase de actos. Elena Medel habló de los anteriores libros y del viaje y del significado del poemario. Ignacio Escuín recitó algunos poemas, que es lo que debe hacerse, aunque ciertos problemas con el micrófono interrumpieron la lectura.
Me gustan las presentaciones de La Central: uno está entre libros, rodeado por todas partes de volúmenes y del grato olor a papel, como si las mesas de novedades fuesen islas de páginas hacia las que se nos van los ojos. Compré un ejemplar, le pedí a Nacho que me lo firmara. Lo leí al día siguiente, con calma, saboreando los poemas. “Americana” cierra una trilogía, que comenzó en “Pop” y “Couleur” (aún no los he podido conseguir, pero estoy en ello). Es un viaje a aquel continente, que nos deslumbra con la noche americana del norte y sus embrujos de neón y nos asusta con la pobreza del sur y sus miserias, pero también un viaje interior, del que el poeta sale más seguro de sí mismo, más solo, pero más fortalecido.