domingo, septiembre 17, 2006

Ediciones de Michael Chabon


Un día, merodeando por la sección de libros en inglés de la librería de mi barrio, vi este título: Astonishing Stories. Está editado por uno de los mejores escritores americanos contemporáneos, Michael Chabon. Recoge cuentos de otros autores. Entre ellos: David Mitchell, Jonathan Lethem, Stephen King, Heidi Julavits, Roddy Doyle, Poppy Z. Brite y Peter Straub. La edición es asombrosa: las páginas interiores incluyen dibujos, diferentes tipos de letra, símbolos, etcétera.

El otro día me encontré, en el mismo sitio, con este otro cuya portada aparece a la derecha, Thrilling Tales. También es una edición de Michael Chabon. Algunos de los autores reunidos son: Jim Shepard, Glen David Gold, Elmore Leonard, Neil Gaiman, Nick Hornby, Stephen King, Dave Eggers, Michael Moorcock, Rick Moody, Sherman Alexie y el propio Chabon. La edición, del mismo estilo. Y, además, los relatos aparecen a varias columnas, como si fuera un periódico o una vieja revista pulp.

Me parecieron, ambos, una gozada. Pero al final no los compré. Soy consciente de que, dado que mi manejo del inglés es un poco pobre, jamás los leeré. Sin embargo, a veces le doy vueltas al asunto: quizá un día me acerque allí y me los lleve. La originalidad de los dos volúmenes vale la pena. Mi pregunta es: ¿Los editará alguien, alguna vez, en España? Y, de ser así: ¿Tendrán la valentía de incluir esos dibujos, símbolos, columnas y diferentes tipos de letra? Rezo para que Mondadori, que ya publicó los cuentos reunidos en las antologías de McSweeney, lo haga.

Bardem y Tosar (La Opinión)

Cuentan que Michael Mann, el maestro que dirigió “Ladrón”, “El último mohicano”, “Heat” o “El dilema”, por citar unas cuantas joyas de su filmografía, vio a Javier Bardem y a Luis Tosar en “Los lunes al sol”, donde ambos están inmensos. Le impresionaron tanto que, primero, le dio un papel de temido y respetado traficante a Bardem en “Collateral”, y después eligió a Tosar para otro papel de temido y respetado traficante en “Miami Vice”. En “Los lunes al sol”, donde había dos hombres interpretando a tipos barbudos en paro, arrastrados al fango de la miseria, con caras de soportar el dolor y el fracaso, Mann vio la posibilidad de convertirlos en sus contrarios, o sea, individuos perversos, montados en el dólar, rodeados de lujo, de matones, de tías buenas y de armas sofisticadas. Es una de las habilidades que me maravillan de quienes se dedican al cine: ver a un actor haciendo una comedia, y saber al instante que el personaje de su vida estará en un drama; y viceversa. No hace falta citar ejemplos, aunque recuerdo algunos célebres: las conversiones de Woody Harrelson y Jim Carrey (especializados en papeles cómicos) en individuos lastimados en el bodrio “Una proposición indecente” y en la inolvidable “El Show de Truman”, respectivamente. O sea, el paso de la comedia al drama. Y al revés: cuando actores acostumbrados a papeles serios dan el salto al humor, como Gene Hackman o Robert DeNiro.
Pero estábamos hablando de españoles. En concreto, de Bardem y Tosar. Bardem “aprobó con nota alta” (eso suelen decir los críticos pedantes) en “Collateral”. Y Tosar está a la misma altura en “Miami Vice”, que por fin vi hace unos días. Serio, frío y cortante, con una barba boscosa, los ojos fijos en el horizonte y rodeado de boato, tiene pocas apariciones en pantalla. En cada una de ellas, sin embargo, borda su papel de tipo calculador que hace millones en cada operación clandestina. Su actuación ha sido, además, reseñada por los críticos norteamericanos: dicen que es lo mejor de la película. Por fortuna, y fiel a mi costumbre en el barrio en el que vivo, acudí a verla en versión original subtitulada. Pude apreciar que maneja bien el inglés.
A pesar de lo que digan los columnistas de derechas, el cine español aún cuenta con valores que saben apreciar mejor en el extranjero. Nadie es profeta en su tierra, etcétera. El inconveniente es que, en Estados Unidos, suelen darles papeles secundarios. No así en Francia, donde les preocupa menos el tono comercial de la obra. Y cuando hablo de valores me refiero a los actores y actrices. Algunos se salen de la pantalla, como Bardem y Tosar. Creo que la primera película que vi de este último fue “Flores de otro mundo”: estaba perfecto en la piel de un hombre de pueblo callado, herido, silencioso, resignado a su suerte. La cara contraria de esa interpretación es la que ofrece en “Te doy mis ojos”. En la primera da pena y en la segunda da miedo. Esto sólo son capaces de hacerlo los más grandes. Es una lástima que todos estos actores, por culpa de la situación catastrófica del cine español, tengan que ganarse las habichuelas de otros modos: series de televisión, papeles secundarios en otros países, obras de teatro. Debemos aplaudir la valentía de directores como Michael Mann, que fichan a los actores nacidos en España. No recuerdo que antaño eso fuera así: quizá porque no había tantos talentos como ahora o quizá sea cosa de la globalización. Alguien decía, en su blog, que los españoles, no obstante, siempre terminan haciendo de narcos en el cine americano. Mejor eso que nada, ya que el cine ibérico es un barco que se hunde y a los náufragos les toca agarrarse a donde pueden.

sábado, septiembre 16, 2006

Revolución de letras

El literato ultimaba una novela escrita a ordenador cuando se produjo la revolución.
Las letras del teclado, comenzando desde los extremos (la cu, la a y la zeta en la izquierda; la pe y la eñe en la derecha), ascendieron en orden por las yemas de sus dedos. Como un veneno disuasor de avance veloz, contaminaron sus venas con la negrura de sus signos, prosiguiendo su discurrir por los antebrazos, los hombros y el cuello, regiones en las que iban depositando palabras completas que fueron engordando su piel hasta conferirle la apariencia de un viejo pergamino sepia. La acumulación de frases y oraciones formaron sobre su carne un libro maldito de sentencias y anatemas, de referencias cruzadas que trató de leer en vano en el papel que era su cuerpo. Pero un hombre no puede ser libro y la tinta clausuró su respiración.
El literato expiraba en la alfombra, enfermo de literatura y saber, cuando las letras regresaron obedientes al teclado, al acecho de otra víctima.

La postura (La Opinión)

Cuando comenté el musical de “Los productores”, hace unos días, no me quedó espacio suficiente para contar dónde y cómo estaba sentado. Porque aquello requirió un gran esfuerzo de voluntad y un auténtico sacrificio físico. En seguida me ocuparé de referirlo y despejar las incógnitas que les hayan podido surgir. Antes prefiero señalar lo curiosa que resulta la vestimenta que suele utilizar la mitad del público cuando va al teatro: algunos se visten como si fueran de invitados a una boda (aunque les juro que no todo el mundo asiste de rigurosa etiqueta a estas celebraciones de maridaje: tengo amigos que suelen ir en zapatillas y vaqueros y con barba de dos días). Se ve, en los teatros madrileños, mucho vestidito con tirantes y mucho zapato de tacón, mucho traje, mucha corbata, y laca y demasiada brillantina. Allá cada cual, pero yo creo que, para ver un espectáculo, el hombre y la mujer deben sentirse cómodos. Al teatro va uno a mirar, no a que le miren, aunque eso explíqueselo usted a los pimpollos que aprovechan el intermedio para pasear su atavío recién comprado por el vestíbulo.
Teníamos invitaciones para el Teatro Coliseum. Me gusta sentarme en las primeras filas, cuanto más cerca del escenario, mejor. También reservo esta fea costumbre para el cine, no sólo para el teatro. Sí: uno de ese modo va perdiendo vista, pero no tiene que tragarse la visión de veinte filas llenas de cogotes; justo lo contrario que hacía cuando era estudiante, optando por los pupitres más alejados del profesor y de la pizarra, como si con la distancia pudiese librarme de ambos o parecer invisible. Sin embargo, las invitaciones consignaban que nos había tocado la última fila, atrás del todo. Exactamente, en dos asientos próximos al pasillo central. Al sentarme en mi butaca, junto a unas personas que hablaban en inglés, la fila se venció hacia delante. Mi asiento quedó inclinado, me escurrí, parecía bajito, el respaldo me apretaba en la cabeza, las rodillas bajaron. Me sentí igual que deben sentirse los astronautas en sus naves espaciales. Miré hacia mi derecha. El muchacho de la butaca de al lado estaba en idéntico brete, pero con menor inclinación de asiento. Temí que la fila se resquebrajara y se cayera al suelo, y que hiciéramos el ridículo delante de la gente peripuesta. Así que, aunque faltaba un minuto para el comienzo de la función, me levanté a hablar con la señorita que conducía a los espectadores a sus localidades. Mientras me hacía caso y no, observé el daño: faltaban varios tornillos en la parte inferior de las primeras butacas de nuestra fila, y la falta de sujeción era el motivo por el cual nos inclinábamos hacia delante. Le expliqué el problema a la chica. Me aconsejó que nos levantáramos y que buscásemos otra butaca vacía cuando empezara la obra. Pero no nos movimos del sitio, por si acaso. Al apagarse las luces, sonar la música y alzarse el telón, buscamos entre las cabezas. Pero pronto todos los huecos fueron ocupados. Lleno.
Cada vez que movía un poco el culo o la espalda, para liberar del dolor a mis riñones, o cada vez que trataba de tirar hacia atrás después de haberme escurrido casi hasta el suelo, la madera de los asientos crujía, y con ese estrépito es difícil concentrarse y no molestar al público. Minutos después descubrí la manera de soportar las tres horas de función sin que aquello supusiera un suplicio: apoyé ambas rodillas en el respaldo de la butaca delantera. De ese modo hice tope con las piernas, encontré una postura cómoda y aguanté sin rechistar. Gracias a que este musical es una ceremonia del humor, pronto olvidé mis calamidades. Sólo al terminar la obra y salir a la calle, advertí que andaba muy encorvado, como una viejecita sin bastón.

viernes, septiembre 15, 2006

Libro: Hijo de Jesús, de Denis Johnson


Se vivían muchos momentos por el estilo en el Vine: llegabas a pensar que hoy era ayer, ayer era mañana, y así todo el tiempo, dice el narrador de esta novela-de-relatos (en acepción de Rodrigo Fresán) que acabo de releer. Es la mejor manera de definirla.
Son once historias independientes, pero con un nexo en común: los desvaríos de su protagonista, enganchado a las drogas y al alcohol. Cuando lo leí por primera vez, hace unos dos años, no advertí por completo lo asombroso de su estilo: Denis Johnson describe las alucinaciones, hace que el narrador altere su percepción del tiempo y del espacio, que esté sometido a continuas amnesias, que no sepa muy bien si lo que cuenta pertenece al presente o al pasado o si se lo imagina, y el resultado es una vuelta por el lado oscuro de la vida. Es, para quien no lo sepa, una obra de culto. Creo que todavía se pueden encontrar algunos ejemplares por ahí.

Mientras atravesaba el parque (La Opinión)

El martes pasado encontraron el cadáver de una muchacha sin identificar, de entre veinte y veinticinco años, en el Parque Quinta de los Molinos de Madrid, según desvela la prensa. La policía está investigando el homicidio, ya que la hallaron con síntomas de haber sido golpeada en la cara y en la cabeza. Estaba vestida y no tenía documentación, pero sí dinero encima. Se supone, pues, que el móvil no es el robo y quizá tampoco el abuso sexual. Leemos en un periódico: “La joven estaba tendida boca arriba en un camino de tierra en una zona recóndita y apartada del parque y junto a una valla que lo separa de una obra de rehabilitación de un edificio”. Y, más abajo, el horario de apertura del recinto: desde las seis y media de la mañana hasta las diez de la noche. Sin embargo, cuentan que por las noches no es raro que la gente salte la valla y se cuele, lo cual no sorprende a nadie porque esta circunstancia no sólo se da en los parques cerrados al público por la noche, sino también en los cementerios. En las noticias añaden, acaso para que la gente que vive en la ciudad se ubique, que el parque está en el distrito de San Blas y que uno de sus accesos es el que queda junto a la parada de metro de Suances, o sea, en la larguísima calle de Alcalá.
Después de leer esto he hecho memoria, y he buscado por ahí información acerca de ese parque. En efecto: es el mismo que un día de hace meses tuve que utilizar como atajo, porque había quedado con alguien al otro lado del recinto. Lo atravesé, más o menos, a la hora de comer. Recuerdo mis impresiones, y por eso las traigo aquí a colación. Un sitio pacífico, sereno, sin ruidos, con abundante vegetación, fuentes, caminos de tierra, bancos en el paseo central, jardines, etcétera. Para que me entiendan quienes conocen Zamora: algo parecido al bosque de Valorio, pero muy bien cuidado. Mientras caminaba bajo la espesura, iba mirando en torno, con recelo. Había algún corredor solitario, parejas paseando al perro, ancianos sentados en los bancos. Poca gente, poco movimiento, en definitiva. En la prensa he leído que algunos inquilinos de los edificios próximos al parque aseguran que el sitio donde encontraron el cadáver de la chica es “una zona tranquila”. Precisamente por eso resulta más fácil que sucedan asuntos turbios. Quiero decir que, por ejemplo en el Retiro, a plena luz del día y con tanta gente deambulando por allí es más difícil que alguien mate a una persona a golpes (pero no es imposible). Una zona tranquila en una ciudad pequeña no suele traer problemas a los ciudadanos, salvo viejos y tristes casos que todos conocemos. Pero una zona tranquila en una ciudad grande y con tan alto índice de criminalidad, es un asunto distinto: trae calamidades. Recuerdo que la travesía por el parque se me hizo eterna. Hacia la mitad del recorrido tuve que apartarme de los paseos centrales y caminar por entre la hierba y los senderos. E iba pensando: “Aquí podría ocurrirme cualquier cosa y nadie se enteraría”. Me dio repeluzno, para que lo entiendan. Uno, metido en ese ambiente bucólico y sereno, y sabiendo lo que se cuece en la capital, no tiene temor a que le asalten yonquis o ladrones, sino a la aparición de algún psicópata.
Luego regresé por el mismo sitio, esta vez en compañía de alguien. Mirando hacia las zonas de arbustos y maleza, dije una frase que acostumbro a soltar en estas ocasiones: “No sería raro que descubriéramos un cadáver”. Mis amistades creen que suelo decirla en broma. Y no es cierto. La enuncio en tono de chacota para quitarle hierro al asunto, pero la digo totalmente en serio. Sólo es cuestión de azar o mala suerte que te toque encontrar un pastel caminando por un lugar así.

jueves, septiembre 14, 2006

Libro: Maderos, de Ken Bruen


Aunque está catalogada como novela negra e incluso cumple algunos requisitos del género (narración en primera persona, predominio del diálogo, frases secas y cortantes, estilo directo, tipos duros, una mujer que encarga un caso), Maderos (The Guards) no es, en sentido estricto, una novela negra. Podríamos decir que va más allá: se escapa de las convenciones y acaba siendo una historia sobre un ex policía y detective en su paseo por los infiernos del alcoholismo, sus recaídas, sus lagunas, sus actos desesperados, sus rehabilitaciones y los problemas que se causa a sí mismo y a los demás. Hay un caso, sí, pero termina siendo secundario. Jack Taylor es un irlandés alcohólico y obsesionado con los libros, y su búsqueda guarda más relación con las tabernas irlandesas y las pintas de cerveza que con el mundo de corrupción que investiga: Te das cuenta de lo mal que estás cuando el dueño de un bar se alegra de que no bebas, dice en una ocasión. En suma, una obra interesante, amena y atípica. Copio uno de los más sabrosos diálogos del libro:
Como ya he dicho, mi padre trabajaba en los trenes. Le encantaban las novelas del Oeste. Siempre llevaba un maltrecho volumen de Zane Grey en su chaqueta. Luego empezó a pasármelas. Mi madre decía:
-Le vas a convertir en un mariquita.
Cuando ella no podía oírle, él susurraba:
-No hagas caso a tu madre. Tiene buena intención. Pero tú sigue leyendo.
-¿Por qué, papá?
No es que tuviera intención de dejarlo, ya estaba enganchado.
-Te dará opciones.
-¿Qué son opciones?
Aparecía en sus ojos una mirada ausente y entonces decía:
-Libertad, hijo.

Corazonadas (La Opinión)

Les habrá sucedido con otros objetos que dudaron en comprar, pero yo lo ejemplifico con libros porque me resultan cercanos e imprescindibles. Que cada cual sustituya la palabra libro por la que más le plazca. Una tarde, o una mañana de sábado, sales de compras. Entras en una librería, o en unos grandes almacenes con sección de literatura. Vas buscando un título concreto. Quizá lo hayas apuntado en un papel, junto a otros títulos y autores, por si se te olvida. Mientras repasas los anaqueles, buscando aquello que motivó tu salida, tropiezas con un volumen atractivo. La portada te llama la atención y el apellido del autor te resulta vagamente familiar. Lees el argumento de la contraportada, los méritos del escritor y su bibliografía. Te gusta. Abres el libro por las primeras páginas, absorbes los primeros párrafos. Pero los comienzos siempre son buenos, o deberían serlo, de modo que te saltas unos capítulos y lees otro fragmento, al azar. Te place. Sin embargo… dudas. Es un gasto no incluido en tus propósitos previos a la salida de casa. Es un gasto no programado. Y temes que, al ser un autor y una obra de la que apenas has oído hablar, a la postre sea un fraude o, peor, un libro aburrido. Lo dejas en su estante, pero permanece en tu cabeza. Coges aquello que ibas buscando y, antes de pagar, decides volver al anterior anaquel. Sacas otra vez el libro de marras. Vuelves a hojearlo. Crees que deberías llevártelo. Por si acaso. Porque las corazonadas no deberían ser ignoradas. Te lo pones debajo del brazo. Y vuelves a dudar. Te dices que, en cualquier caso, ya regresarás otro día a por él. Que puede esperar. Mañana, o tal vez pasado, o la próxima semana. Lo abandonas allí, sin saber que quizá no lo vuelvas a ver jamás. Sales de la tienda.
Al día siguiente, o un par de días después, repasas la prensa, las revistas digitales, las bitácoras donde comentan novelas y poemarios, algún que otro foro. Y compruebas que muchos críticos, escritores y aficionados comentan aquel libro que abandonaste: lo tachan de obra de culto, lo alaban, lo califican casi de obra maestra. “Una lectura que nadie debería perderse”, escribe alguien. Para colmo, dicen que jamás será un best-seller, que lo ha editado una editorial pequeña e independiente y que la tirada es corta y corre el peligro de agotarse y no ser reeditado. Sales con urgencia. Vuelves a la librería. Pero, antes de entrar, tienes otra corazonada: el libro ya está agotado. Buscas entre los anaqueles, preguntas al encargado, quizá éste lo consulte en el ordenador. La respuesta siempre es idéntica: “Lo siento, se agotó ayer”. Empiezas una búsqueda desesperada por las librerías de tu ciudad. En tres o cuatro horas has visitado las librerías grandes y las pequeñas, y las de viejo, y los grandes almacenes, incluso has preguntado en esos kioscos en los que también venden algunas novelas. Pero nada. Luego buscas esa obra en internet. Aún está registrada en dos librerías digitales. La pides. La pides a los dos sitios, si estás muy desesperado. Aguardas una semana. Entonces te anuncian, por correo electrónico, que ese título ya no les queda, que incluso lo pidieron a la editorial y allí no quedan ejemplares y creen que no lo van a reeditar. Te maldices. Todos los lectores compulsivos y los cazadores de pequeñas rarezas se lo están leyendo. Menos tú. Y en la biblioteca siempre está prestado.
La búsqueda, delirante y detectivesca, concluye. Pero no la obsesión. Sueñas con toparte con ejemplares en algún cajón de saldos. Algún día. A mí me ocurre con los libros, y con las películas, los cómics, las camisetas, algún antojo. Ese objeto del que dudas, chico, ese es el que debes llevarte.

miércoles, septiembre 13, 2006

Hallazgos



Ayer, dando una vuelta por las casetas de libros de saldo, junto al Retiro, encontré novelas de género negro de la desaparecida Editorial Thassàlia. A 1 euro cada una y en buenas condiciones. Me llevé cinco, las de autores que había leído en la bibloteca durante mi adolescencia.

Las de Marc Behn, Rubem Fonseca y Jerome Charyn (en la foto). Los amantes de la novela negra no deben perderse, al menos, a este último.

Libro: Error humano, de Chuck Palahniuk


Error humano (Stranger than Fiction, en el original) es un libro atípico en la bibliografía de Palahniuk. Recoge crónicas, ensayos, entrevistas; vemos de dónde saca el autor los materiales para sus novelas.
Se divide en tres partes: "Gente reunida" trata sobre luchadores amateur, tíos que construyen castillos, la vida en un submarino, batallas de cosechadoras, etc. Aborda temas interesantes, pero algunas crónicas se hacen algo pesadas. "Retratos" incluye entrevistas o descripciones del trabajo de Juliette Lewis, Marilyn Manson, Ira Levin o la escritora Amy Hempel. Esta parte es muy atractiva, se devora.
"Personal" es el mejor tramo del libro. Palahniuk, en estos textos, aborda varios aspectos de su vida: sus trabajos antes de convertirse en escritor, las muertes violentas de sus abuelos y de su padre (los tres por arma de fuego), cómo era su mundo antes de El club de la lucha y cómo es ahora, cómo utilizó materiales de la realidad para elaborar su ficción y cómo esa ficción ha ido volviéndose real (los clubs de lucha que se crearon después del éxito de la película, las invitaciones de los camareros a la comida, como si él fuera el Edward Norton del filme de David Fincher). El último tramo resulta, pues, impresionante. El mejor.

El futuro inmediato (La Opinión)

Algunos de mis amigos contemplan ya con agrado cómo sus mujeres están en estado de gestación. Dado que mi generación, y probablemente las posteriores, alumbra a sus hijos mucho más tarde de lo que se hacía antes, casi todos ellos serán padres mayores. Nosotros tuvimos padres muy jóvenes y estos, los muchachos del futuro, contarán por el contrario con progenitores más maduros o viejos. Ignoro si esta circunstancia será, a la larga, beneficiosa o perjudicial. Aunque contábamos ya con un par de casos de amigos cuyos hijos han nacido en nuestra tierra, o sea, Zamora, los próximos niños van a cobijarse en la cuna de Madrid. Porque casi todo nuestro grupo de amistades vive y trabaja en la capital, lugar muy rico en empleos, pero también en socavones, polvo, suciedad, oportunidades, delincuencia y cantos de sirena de coches policiales. Ha sido un éxodo que ha ocupado pocos años: más o menos, desde el fin de nuestro paso por las universidades hasta ahora. Antes nos juntábamos alrededor de veinte personas en algún bar de la ciudad y hoy cuesta, cuando uno regresa a su provincia, encontrar por allí a alguien de los nuestros.
Lo cierto es que, detrás de estos amigos con futuros bebés bajo el brazo, llegarán sin mucha tardanza otros. Es inevitable: la llamada de la naturaleza, el instinto materno, las ganas de formar una familia al completo y demás excusas. Pero, principalmente, la edad. Sin embargo, me estoy desviando un poco del tema: prefiero centrarme en algo que, hasta hoy, no se me había ocurrido pensar. Y es que esos niños, y los próximos, no sé si nacerán en Zamora (supongo que así lo harán los padres, porque es lo que suele hacer la gente, es decir, procurar que sus hijos nazcan donde ellos nacieron y se formaron), pero sin duda crecerán y vivirán en Madrid, salvo nueva orden. Esto también es inevitable, y pesa como una losa en la identidad de quien emigra. Porque el emigrante, con el tiempo, procrea y tiene descendencia, y sabe que no le queda otro remedio que colgarle a los suyos, a los que vendrán, el mismo destino. Digan lo que digan, la provincia zamorana continúa desangrándose. Me traen sin cuidado las encuestas y los estudios: la realidad es otra, la que yo veo en la calle, la que me cuentan las personas. Lo que yo veo es que, cuando voy a mi ciudad en período de vacaciones o en fines de semana, muchas de las personas que me encuentro no viven allí. Viven fuera. Y son demasiadas. Hasta el punto de que tengo más colegas en Madrid, Barcelona y Tenerife que en la propia Zamora.
Este es el futuro inmediato que le aguarda a la ciudad: observar cómo los hijos que se marcharon engendran otros hijos que crecerán en una provincia distinta a la de sus padres y a la de sus abuelos. Pienso en esos niños y sé que no les queda otro remedio: sus padres necesitan trabajar, y el trabajo suele estar fuera, y volver sería dar un paso atrás y quizá meterse de cabeza en el paro. Y así no se puede criar ni educar a un niño. Lo más probable es que mi generación haga dentro de unos treinta años lo que hizo la precedente: al obtener la jubilación, comprarse una casa en su tierra natal y regresar allí a vivir, lejos de tanto ruido y de tanta gente joven. Al menos esos hijos tendrán a sus abuelos, por lo general, en Zamora. La conexión es vital, imprescindible. Es la única manera de que no perdamos nuestras raíces y nuestra identidad. Por otro lado, quizá las generaciones más jóvenes que la mía tengan suerte y se afloje algo el flujo migratorio. Veo un atisbo, aunque leve y frágil, de esperanza. Me da la sensación de que la ciudad se va moviendo. Tímidamente.

martes, septiembre 12, 2006

Y van dos...


El País: "El psicólogo Jorge Castelló demanda a Lucía Etxebarría por plagio". Aquí.
El Mundo: "Lucía Etxebarría, demandada por copiar". "En 2001 fue acusada de plagiar al poeta Antonio Colinas". Aquí (contiene ejemplos).

Los productores (La Opinión)

Este jueves se estrena la adaptación española del musical “Los productores”, originalmente escrito y compuesto por Mel Brooks. Será en el Teatro Coliseum, en la Gran Vía de Madrid. El sábado tuve la fortuna de asistir, con invitación, a un pase previo de dicha obra: uno de esos pases de prueba en los que, a la salida, las azafatas realizan encuestas para conocer las reacciones del público.
Pero, antes de comentar el musical, conviene hablar de sus orígenes. “Los productores” fue la primera película dirigida por Brooks, allá por el sesenta y ocho. Sus actores: Zero Mostel y Gene Wilder. El éxito de crítica fue inmediato, como lo atestigua el hecho de que, entre otros galardones, su director lograra el Oscar al mejor guión original. Treinta años después, el magnate y productor David Geffen propuso a Brooks transformar aquella modesta y cómica película en un espectacular musical. Tres años más tarde la estrenaron en Broadway, con el consabido éxito: doce Premios Tony, ocho Premios de la Crítica de Nueva York... Entre el público también arrasó. Luego se representaría en Londres. El año pasado, en Hollywood convirtieron el musical en otro filme. Protagonizado por Nathan Lane, Matthew Broderick y Uma Thurman, resultó un incomprensible fracaso de taquilla. La trama de “Los productores” no puede ser más disparatada, y esa es precisamente una de las claves de su triunfo: Max Bialystock (Santiago Segura), un productor teatral, descubre a través de su contable, Leo Bloom (José Mota, el moreno de Cruz y Raya), que podría ganar más dinero con un fiasco que con un éxito, colándosela a los de hacienda, que no revisarían las cuentas si la obra sólo durase un día en cartel. Max y Leo se alían, entonces, para intentar producir la peor obra jamás estrenada en Broadway. Comienzan a urdir su plan: la financiación vendrá de los préstamos de las viejecitas que adoran a Bialystock; el guión, de un neonazi que cría palomas y ha titulado su obra “Primavera para Hitler”; la dirección, de un afamado director gay, decidido a darle su toque rosa y feliz a la historia; los intérpretes, elegidos entre los peores cantantes y actores que se presenten al casting.
“Los productores” es un musical a la antigua usanza: canciones de corte clásico, propias de los años cincuenta, numerosos bailarines, espectaculares coreografías, escenarios móviles y un montón de decorados y luces. Pero sobre todo destaca su humor: juegos de palabras, situaciones cómicas, chistes y ocurrencias que hacen que el público se desternille. No haría falta enumerar los méritos de Mel Brooks, un as de la comedia, pero citaremos algunos títulos para los olvidadizos y para los despistados: creador de Maxwell Smart (el agente 86), director de “El jovencito Frankenstein”, “La última locura”, “Máxima ansiedad” y “La loca historia del mundo”, entre otras; y actor en algunas de sus películas. Y vayamos a los actores principales: Santiago Segura resulta muy eficaz en su papel de magnate gruñón y avaro; se las arregla para componer un personaje alejado de su Torrente y, además, cantar e impostar la voz, lo cual supone la confirmación de su versatilidad; José Mota es una agradable sorpresa, interpreta con todo el cuerpo y se convierte en la revelación de la obra. Entre los secundarios sobresalen otros intérpretes cuyos personajes devienen lo mejor del musical: son los encargados de dar vida a la secretaria de los productores, a los gays y al dramaturgo chiflado y neonazi. Dura tres horas que pasan volando, e incluso uno se aflige cuando, tras tantas carcajadas y alegrías, debe salir a la realidad del exterior. Si no me equivoco, y lo dudo, va a ser un exitazo. Merece la pena.

lunes, septiembre 11, 2006

El pase previo


El sábado me invitaron al pase previo del musical Los productores (de Mel Brooks). El estreno oficial es este jueves. Me gustó mucho, va a ser un exitazo, y de ello os hablaré en un próximo artículo.

Un lustro de luto (La Opinión)

Cinco años después, y sin las trabas, censuras y cortapisas de entonces, se recobra el interés por el once de septiembre. Documentales, ensayos, novelas, películas, telefilmes acerca del tema nos invaden, y es sólo el principio. En “Días que marcaron al mundo”, un documental de la BBC sobre el atentado contra el World Trade Center, analizan con minuciosidad el derrumbamiento de las Torres Gemelas tras chocar contra ellas los dos aviones secuestrados por los terroristas. Se preguntan cómo dos edificios tan altos, sólidos y preparados para soportar los infortunios terminaron desplomándose. Entrevistan al arquitecto que las diseñó y analizan el material con el que estaban construidos los soportes, las columnas, las paredes; explican al espectador, mediante croquis informáticos, lo que el impacto de los aviones hizo añicos. Y la respuesta es que algunos de los materiales eran demasiado frágiles, como el revestimiento de módulos secos, placas de yeso que evitan la propagación del fuego pero resultan endebles como el papel; otra de las respuestas es que el primer avión afectó al núcleo que soporta el peso del edificio, mientras que el segundo afectó a las columnas externas.
Los responsables de dicho documental conservan el sentido común de no ofrecer imágenes de heridos ni de cadáveres. Sólo de los hombres que estuvieron allí dentro y salvaron milagrosamente el gañote, entrevistados en la actualidad: aún traumatizados, relatan su huida de un ascensor atascado, de una oficina derruida, de una escalera quebrada. Una y otra vez se investigan los planos en los que los aviones se estrellan contra los rascacielos, en los que éstos arden y luego se derrumban en medio de las cenizas, el humo y el polvo. Vistas hoy, esas imágenes parecen salidas de una pesadilla, o de una película de ciencia-ficción, se nos antojan fantasmagóricas, irreales. En aquel entonces, cuando sucedió todo, nos costó creérnoslas y asimilarlas. Pero también nos ocurre en la actualidad. Parecen escenas de una superproducción de Hollywood, como “El coloso en llamas” o “La guerra de los mundos”. Lo curioso es que el terror y la locura de los atentados de septiembre terminan contagiándonos de cierta fascinación morbosa. Es terrible, pero no podemos dejar de mirarlas. Además, como no muestran víctimas, resulta más fácil sostener la mirada. En este trabajo de la BBC asistimos a imágenes que yo, al menos, no había visto, lo cual confirma la teoría de que, en estos tiempos, cuanto ocurre es filmado. Siempre hay unas cuantas cámaras de fotos que lo registran para la posteridad.
Pasado este lustro de luto y asimilación, parece que en Occidente vamos comprendiendo, aunque despacio, que los atentados del once de septiembre suponen una mina de oro para ensayar, crear y recrear. Es lógico, pues la concepción del mundo cambió desde entonces, como hábilmente demuestra el escritor británico Ian McEwan en su novela “Sábado”: el hombre soporta el miedo y la incertidumbre, no sabe cuándo ni de dónde vendrán las nuevas amenazas del terror, sólo sospecha que habrá más. Procuro agenciarme los documentales que traten el tema, y he leído ya algunas novelas que conectan con aquel día fatídico y el miedo posterior: la citada “Sábado” y la mágica “Tan fuerte, tan cerca”. Si estos acercamientos se realizan con respeto y sin sombra alguna de amarillismo, como son los casos, el resultado puede beneficiarnos. Las dos novelas que digo nos obligan a reflexionar. También lo hace “United 93”, gran película que muestra objetivamente cuanto sucedió a bordo del último avión siniestrado, aquel en el que los pasajeros se amotinaron.

domingo, septiembre 10, 2006

El gran auge del microrrelato


En la revista Qué Leer hay un reportaje sobre el microrrelato.
Mencionan, además, el libro Por favor, sea breve (Páginas de Espuma), antología en la que se incluyó mi cuento Revolución de letras. Aquí.

Crónicas musicales (La Opinión)

Cada vez que asisto a un directo, como el que les comentaba ayer, a la mañana siguiente busco las reseñas y las críticas del mismo en los periódicos. Me guían varias razones: comprobar si al enviado especial de cada medio le gustó, asegurarme de si se me ha escapado algún detalle al estar tan lejos del escenario, enterarme del título de esa versión de un tema clásico de otro cantante. Suele ser entonces, en la mayoría de los casos, cuando compruebo la desconexión entre lo que todos los miembros del público vimos y oímos y lo que el tipo que escribe la crítica dijo ver y oír. No coincide casi nunca. A veces citan temas que la banda ni siquiera ha tocado durante su hora y media o sus dos horas de espectáculo: esto no sólo lo digo yo, basta con leerse los comentarios de la gente del público en los foros y en las bitácoras de la red. Por lo general, estos enviados especiales, que probablemente tengan asientos privilegiados, suelen tirarse el rollo vanguardista: casi siempre te cuentan que estuvieron mejor los desconocidos teloneros (a quienes luego, cuando sean famosos y vendan muchos discos y entradas, criticarán tras asistir a sus directos, alabando en cambio a sus teloneros), y que el grupo estrella en cuestión no estuvo a la altura, y se dedican a llamar a los vocalistas de todo, menos guapos, a calificarlos de anticuados, bordes, monótonos, fríos, aburridos, pasados de moda, poco innovadores, a decir que no hubo sorpresas y a inventarse que el público apenas estuvo entregado a ellos. Lo que no sé, de verdad, es de dónde salen estas patrañas. Tal vez el tipo que tiene el asiento gratuito y privilegiado ve otras cosas que los miembros del público no vemos. O eso, o se ha visto una parte del concierto y se ha ido antes de que acabe, a hacer la crónica. Y esto último no les extrañe: esas y otras servidumbres entraña el oficio periodístico.
El fallo llega no sólo cuando la gente que fue a ver la misma actuación discrepa (en las tertulias de los bares, en los foros y en las bitácoras) con lo que ha escrito el redactor, sino cuando al espectáculo sólo ha acudido un único reportero que distribuye su crónica a los medios a través de una agencia. Entonces todos los periódicos sirven las mismas palabras, los mismos errores, el mismo latazo vanguardista mediante el cual se prefiere a los desconocidos teloneros que a los célebres ídolos del rock o del pop por cuyas canciones la gente ha pagado. Es el inconveniente de tener éxito en este país: que probablemente la crítica te arroje sus dardos.
Y aún veo otro problema. Pero esto no se me ocurrió a mí, me lo dijo algún amigo: que quizá los jefes se equivocan cuando mandan a hacer la crónica de un directo de rock a un individuo que odia el rock o no tiene ni idea del tema o prefiere el flamenco o la salsa. Es como si yo asistiera a un concierto de la Pantoja o de alguna de esas folclóricas: probablemente las pondría a parir, pero el problema no sería de ellas, sino mío, por no gustarme esa música ni entenderla. Suscribo lo que dice ese amigo: tal vez han enviado a ver a los Guns N’ Roses a un chaval que prefiere a los Hombres G, o han enviado a Red Hot Chili Peppers a un tipo que hubiese preferido que lo mandasen al espectáculo de Shakira o de algún pelmazo de Operación Triunfo. Por ende, lo que obtenemos suele ser algo de desinformación. Y las frases que te dicen por ahí, de este pelo: “He leído en los periódicos que el concierto de Dylan fue una basura y que no conectó con el público”. No suele ser verdad. No se fíen nunca: mejor vayan a ver a las bandas por su cuenta, si pueden. Tampoco se fíen de mí, claro.

sábado, septiembre 09, 2006

Pearl Jam (La Opinión)

Corría el año noventa y uno. Durante las noches de los fines de semana, mientras mis compañeros de generación se emborrachaban, yo pinchaba discos en el pub que tenían mis padres en La Marina. Y cuando digo discos me refiero a vinilos. Vinilos con solera, que iban ganando rayones que a la aguja del aparato le parecían fosos. Algunos de los clientes habituales me alimentaban con su cultura discográfica, llevándome discos y cintas, prestándomelos por un tiempo, descubriéndome el sonido de bandas y cantautores que, en lo sucesivo, para mí serían emblemáticos. Mi principal proveedor, un argentino llamado Alejandro (he olvidado su apellido, y lo lamento, porque caigo en la descortesía de escribir su nombre incompleto), una enciclopedia musical andante, me llevó un disco titulado “Ten”, de Pearl Jam, un grupo por entonces desconocido. En vinilo, insisto: quiero decir que oí y pinché a la banda cuando casi todos sus seguidores actuales aún iban al colegio; pero esto no lo considero una ventaja: sólo me hace parecer más viejo. Alejandro me prestó el disco con el entusiasmo de quien acaba de hallar un tesoro. Y lo era. Después de tantos años, sigo pensando que es mi elepé favorito de la banda; es como cuando uno descubre “La guerra de las galaxias”: quizá la secuela sea mejor, pero el impacto de la primera es insuperable.
Solía poner, en el pub y por las noches, algunos temas de aquel disco: “Once”, “Black”, “Deep”, “Jeremy” y, especialmente, “Alive”, que entre aquellas cuatro paredes amarilleadas por el humo de tabaco se convirtió en una especie de himno. Pearl Jam fueron, sin duda, los grandes triunfadores del grunge, los que alcanzaron mayor calidad, los que sobreviven y todavía innovan. Poco después me regalaron un reproductor de compact disc y compré “Ten” en cd, uno de los primeros de mi colección en este formato. También vi la película “Singles”, en un cine de Salamanca: en ella aparecían Eddie Vedder y sus muchachos, interpretándose a sí mismos junto a miembros de Alice In Chains y Soundgarden. “Singles” representa los valores y la música de aquella época. Tantos años después de estos felices hallazgos, he conseguido ver a Pearl Jam en directo. En el Palacio de los Deportes de Madrid. He pisado ese recinto en varias ocasiones, pero juro que nunca lo había visto tan lleno, tan caldeado, con tanta gente jubilosa y emocionada como en la noche del jueves.
Vedder demostró ser un caballero: se esforzaba por hablar algunas frases en español y en spanglish, prometió que la próxima vez no tardarían tanto tiempo en regresar a Madrid y, en lugar de dedicarse sólo a promocionar el nuevo disco, optó por cantar temas legendarios, en especial los de sus dos primeros trabajos, “Ten” y “Vs.” Por esa razón tuvo al público al límite, cantando las letras y coreando las canciones. Tras una hora y pico se retiraron del escenario, y volvieron en un par de ocasiones, hasta ofrecer un total de dos horas y diez minutos. Confieso que al principio estuve quemado: la primera hora de los directos suele ser en la que los botarates del público se dedican a saltar y a quitarse la camiseta para mostrar las lorzas al respetable. Cuesta ver al grupo y concentrarse. Pero luego se tranquilizaron y pude disfrutar de un espectáculo musical grandioso. El repertorio resultó tremendo: “Black”, “Rearviewmirror”, “Man of the Hour”, “Better Man”, “World Wide Suicide”, “Daughter”, “Even Flow”, versiones de Hendrix, Pink Floyd y Neil Young. Pero fue “Alive” la canción que me puso el vello de punta y me provocó escalofríos de euforia de principio a fin, y me trajo, además, esos recuerdos gratos y amargos de cuando rondaba los diecinueve años.

viernes, septiembre 08, 2006

Reseña: Inquietud en el Paraíso, de Oscar Esquivias

Unos meses atrás me encargaron, para una empresa de medios de comunicación, la reseña o la crítica de esta novela, de mi amigo Oscar Esquivias. La envié y no he vuelto a saber nada desde entonces. Algo habitual en el mundillo literario, esto de la descortesía. Supongo que el suplemento al que iba destinada no vio la luz. Así que ahora la cuelgo aquí, para advertir a los lectores de que no deben perderse este libro, e incluyo un fragmento de la obra:



Aunque sabía que no era lo más prudente (las últimas noches se habían enfrentado cuadrillas de las juventudes socialistas y fascistas que salían a las calles a armar jaleo y a desafiarse), tenía ganas de pasear y de estar solo. De momento apenas se había cruzado con nadie: casi todos los cafés y las cantinas habían cerrado antes de su hora, seguramente por el temor a los altercados que podían producirse cuando se difundiera la noticia del secuestro de Calvo Sotelo. Sólo las tascas más miserables estaban abiertas y allí permanecían algunos viejos alcoholizados y tristes, escuchando la música zarzuelera que sonaba en la radio. De más lejos llegaba el sonido de un piano flamenco y algún tosido cavernoso de un gitano que no se sabía si cantaba o se arrancaba flemas. Paisán caminaba deprisa, como si llegara tarde a algún lugar: esa era su costumbre, incluso cuando paseaba sólo para despejarse y poder vaciar la cabeza de todos los pensamientos y temores que le perturbaban.
Burgos. Verano de 1936. Don Cosme Herrera, canónigo penitenciario de La Catedral, sostiene en una conferencia celebrada en el Salón Rojo del Teatro Principal que el Purgatorio de Dante no es, al contrario que el Infierno o el Paraíso, un género literario, sino que supone una “crónica, relato exacto de la realidad”, y el lugar que espera a los mortales cuando sus almas entren en el Reino de los Cielos. Su intención es encontrar el Purgatorio, partiendo del sepulcro de La Catedral de Burgos donde está enterrado el arcediano don Pedro Fernández de Villegas, primer traductor de la Divina Comedia al castellano. Mientras dispone los preparativos de su inverosímil viaje, en la ciudad se cuece, a fuego lento y clandestino, la sublevación militar que habrá de derrocar al gobierno de la República. En torno a estos dos hechos arrebatadores se mueven los personajes, entre brutales y humorísticos, que la pueblan.
Inquietud en el Paraíso es la primera parte de una anunciada trilogía del autor, que continuará con La ciudad del Gran Rey y Viene la noche. A la espera de que Ediciones del Viento publique las otras dos, el comienzo, o sea la novela que aquí nos ocupa y conocemos, no podía ser más arriesgado, literario y sorprendente.
Debemos apuntar que es posible que el lector con animadversión a un tema algo trillado, un poco manoseado (la guerra civil española), sea reacio a ahondar en sus páginas. Sería un grave error, ya que Oscar Esquivias (Burgos, 1972) despliega una narración absorbente que, como ha señalado con certeza el académico José Antonio Pascual, engancha desde el principio. Porque aquí el lector percibirá diversos registros: horror, ironía, angustia, lirismo, crudeza. Pero, por encima de todo, frescura. La frescura propia de quien, ducho ya en las artes literarias y con un gobierno maduro de la narrativa, aún convoca en sus palabras la lozanía que tienen los escritores jóvenes. El Premio de la Crítica de Castilla y León a esta novela confirma este juicio, y abre un nuevo camino en la trayectoria de su galardón.
En Inquietud en el Paraíso Oscar Esquivias coloca a sus personajes en un escenario que recrea el Burgos provinciano y conservador de la época y los maneja con una soltura envidiable, pintándolos con los trazos justos, haciéndolos partícipes de diálogos que resultan, a un tiempo, socarrones e implacables. En el racimo de esos personajes, entre los que hay figuras reales y figuras inventadas, hallamos militares, poetas, sacerdotes, relojeros, seminaristas, músicos, damas, milicianos, prostitutas.
Novela coral, fresco de una ciudad pequeña y hermosa, en sus páginas se van anudando dos tramas hasta formar una cuerda narrativa fina y de ambicioso pulso literario, un todo en el que el lector percibe esa inquietud del título, la inquietud y el desasosiego de una época que va a cambiar, la venida de otros tiempos crueles y sangrientos, la muerte del Paraíso en el que los personajes conviven.
Acaso se pregunten los lectores cuál de las dos tramas paralelas y presentes en la novela movió la maquinaria del libro, cuál fue el motor de Esquivias al concebir esta obra dividida en tres partes. Es decir, ¿qué fue primero: el huevo o la gallina? ¿La idea de la aventura disparatada del canónigo Herrera o la idea del golpe militar en Burgos? Esquivias apunta, en una entrevista, que “la ambientación histórica está al servicio de la trama novelera (el proyecto del viaje al Purgatorio) y no al revés”. Primero, pues, Dante y Herrera. Luego, el capítulo histórico que proporciona entidad y significado: la analogía entre el antes, el durante y el después de la guerra civil española y el Paraíso, el Purgatorio y el Infierno dantescos que les tocó vivir y padecer a los españoles de entonces, cuyo desarrollo y conclusión veremos en las dos siguientes entregas de la trilogía. Algo que los lectores que hemos habitado las páginas de este Burgos del 36 esperamos con impaciencia.
Los lectores avezados olfatearán las influencias literarias que inspiraron al autor. En relación al argumento histórico, hallamos ecos de otras novelas célebres sobre la guerra civil y ecos de Luis Mateo Díez o Miguel Delibes (el autor ha declarado su deuda con ambos). En relación al argumento viajero, el disparate del canónigo que consiste en llegar hasta el Purgatorio partiendo de un sepulcro en La Catedral de Burgos, advertimos la huella de las novelas de aventuras, principalmente de las obras de Julio Verne, repletas de profesores y científicos obstinados en emprender viajes, en principio, demasiado quiméricos o irrealizables.
Antes de cerrar este análisis, debo apuntar un aspecto que no sé si alguien ha señalado con anterioridad: sospecho que, para quienes nacimos en una ciudad de provincias, sea Burgos, sea Zamora, sea Salamanca, sea Ávila, etcétera, la narración se nos antoja aún más deliciosa. Porque conectamos en seguida con el ambiente característico de las urbes pequeñas y que tan magistralmente está descrito en la novela, conocemos los secretos y enigmas que las mueven, sus conspiraciones y rumores, sus revoluciones sentimentales. Aunque hayan transcurrido setenta años, las ciudades de provincias continúan gozando de un aroma inconfundible, de un encanto que no cesa, de una atmósfera en la que nos vemos identificados. Leyendo esta narración sobre Burgos trataba de evocar lo que, al mismo tiempo y en ese azaroso verano del 36, ocurría en otras ciudades de Castilla y León. El placer de leer me condujo al placer de fantasear. Este es uno de los grandes poderes de la literatura. Oscar Esquivias, quien, por si no lo he dicho, es autor de las novelas El suelo bendito, Jerjes conquista el mar y Huye de mí, rubio, se consolida aquí como uno de los mejores autores de su generación.

Muy distintos (La Opinión)

En un lapso de alrededor de quince minutos, o quizá menos, constaté en la calle la diferencia entre dos trotamundos, el auténtico y el impostor. Ambos estaban situados en lugares estratégicos y populosos, en calles paralelas. Me pareció que uno de ellos amaba a los animales y que se desvivía por sus gatos y por su perro, volcando en sus compañeros todas sus atenciones. El otro, en cambio, supuse que era un farsante, uno de esos tipos que se agencian un par de perros con la única finalidad de exhibir sus proezas o su indumentaria y piensan más en ellos como un medio para obtener limosna.
El primero era un joven de pelo corto y revuelto, con gafas, sin afeitar, tumbado en el suelo. Tenía unos tres o cuatro gatos, todos ellos cachorros, deambulando por su cuerpo y por los alrededores. Felinos despeinados y con apenas unos días de vida. A su lado, un perro negro. Otro cachorro. Los animales se dedicaban a juguetear con el dueño o entre ellos, saltaban desde las piernas del hombre y se introducían en los cacharros de plástico con comida y agua que él había dispuesto por allí, junto a sus escasas pertenencias. No sé si este chico indigente es el mismo del que escribí hace tiempo, quien le dijo a un matrimonio que sus animales eran suyos y que no estaban en venta, no podía venderlos, no quería hacerlo. Le eché unas monedas. El sonido de la calderilla, al chocar contra el fondo de la caja de limosnas, distrajo su atención hacia mí y me dio las gracias. Resultaba difícil sacarlo de su ensimismamiento: miraba a los cachorros dispersos como una madre orgullosa de su camada. Poco después volví a pasar por aquel sitio. En esta ocasión se había incorporado algo, y trataba de librarse de las uñas de dos de los animales. Uno de los gatos escalaba por su espalda, y el perro se había encaramado a sus hombros, persiguiendo al felino para jugar con él. Bastaba observarlos durante unos segundos: el hombre parecía un niño entretenido con sus juguetes, feliz por la compañía.
El segundo hombre despertó en mí algo de rabia pasajera. Se había encargado, él solito, de robarles la dignidad a los tres o cuatro perros echados a sus pies. Les había comprado esas cajas de juguetes baratos que venden en los bazares chinos, custodiadas por un plástico que se adapta a la forma de los objetos. Ya saben: el equipo del patrullero, del médico, del soldado. A uno de los perros le había encasquetado en la cabeza una gorra de policía, y para colmo se la había ladeado un poco, o sea, como los padres modernos visten a sus niños, con la gorra torcida, a lo rapero americano. El mismo animal llevaba al cuello un cinturón negro, del que pendían unas esposas de plástico, una porra de juguete y una pistola. Los otros chuchos también iban disfrazados con gorras de policía, sombreros, adminículos varios e incluso una o dos prendas de vestir, del mismo modo que algunas señoras abrigan a sus mascotas. El propio fulano sujetaba una metralleta de juguete. La sostenía en alto, con la culata apoyada en una de sus rodillas. Todo era ridículo: las porras, los revólveres, la metralleta, los pobres animales con sombrero. Me pareció un individuo totalmente falso. Capaz no sólo de echar por la borda su dignidad, sino la de los perros. Con un espectáculo visual de circo. Me dirán que todos tenemos que ganarnos las lentejas y que el hombre hacía lo que estaba en su mano para conseguir una limosna. Pero quien más atención y monedas recibía era el otro tío, el de los gatos y el perro, ajeno a cuanto ocurría a su alrededor. Igual también era una pose. Pero digna. La diferencia es que el primero no vendería a sus animales; el segundo, probablemente.

jueves, septiembre 07, 2006

Próximas adaptaciones

En el estupendo blog "El rincón de Alvy Singer" (la foto de la derecha es la que aparece en el About Me, y pertenece a la muy recomendable película de Wes Anderson Rushmore, protagonizada por Jason Schwartzman), acaban de colgar un post titulado "Upcoming books, upcoming movies", en el que se enumeran los proyectos de adaptaciones al cine de novelas de escritores norteamericanos. No os lo perdáis. Los autores que, con mayor o menor fortuna, adaptarán en los próximos meses, son: Paul Auster, Michael Chabon, John Cheever, Philip Roth, Jonathan Franzen, David Foster Wallace, Jonathan Lethem, Nicole Krauss, Jonathan Safran Foer, Don DeLillo, Charles Baxter, Jack Kerouac, Dave Eggers, Kurt Vonnegut, F. S. Fitzgerald, A. M. Homes, Ken Kalfus y Melissa Bank. Casi nada. Este es el post.

Libro: Sábado, de Ian McEwan


Sábado, como los medios se encargaron de anunciar, es una novela a la sombra de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Lo que nos viene a decir el autor es que los tiempos ya no son iguales: sobre el hombre occidental pesa la incertidumbre, la posibilidad del terror, el miedo constante, el desasosiego. Comienza con su protagonista, el neurocirujano Henry Pewrone, levantándose de la cama la madrugada del viernes al sábado. No puede dormir. Se asoma a la ventana y ve un avión en llamas, cruzando la ciudad. Antes del 11-S, hubiera pensado en un simple accidente. Pero ahora no, ahora sólo calcula que se trata de un atentado terrorista. Los sucesos cotidianos los vemos bajo otra luz.
McEwan ha escrito una gran novela, que mantiene conexiones con Joyce y Ulises (al igual que en este clásico, la historia sucede a lo largo de un día) y con Bellow y Herzog (la extensa cita del principio). El sábado se erige, así, en metáfora de la vida. Un día en el que todo puede suceder, y donde se analizan o se tocan varios temas: el sueño, el trabajo, la música, el sexo, el amor, la descendencia, la literatura y la poesía, la guerra, la indigencia, los viejos lazos familiares, la genética, el terrorismo, la enfermedad, la cocina, la política, la vida y la muerte, etcétera.
Sólo le reprocharía una cosa: su obsesión por los detalles. La minuciosidad de las descripciones, a veces, se vuelve agotadora para el lector: ya sea en un partido de squash o en una intervención quirúrgica.

Las tres preguntas (La Opinión)

Se hace raro pasar, de un día para otro, en un abrir y cerrar de ojos, de patearse las calles a ritmo de saludo a los conocidos, familiares y amigos, a transitar por aceras sucias en las que uno sólo ve podredumbre, marginación y delitos a mansalva. El cambio es brutal, y eso lo saben los demás habitantes de mi tierra, cuando terminan sus vacaciones y regresan a la capital.
Al pasar junto a un par de jóvenes moros que se cobijan bajo las sombras de un andamio, en una calle poco iluminada, uno de ellos, el grueso de talle, ancho de cogote y simiesco de rostro, nos hace tres preguntas. La primera de ellas, cuando distamos un metro de él; la segunda, justo al pasar a su lado; la tercera, finalmente, cuando nos hemos alejado un metro o quizá menos. Las tres preguntas son: “¿Costo? ¿Coca? ¿Pistola?” Quien conmigo va se pregunta si el fulano en cuestión estará bromeando acerca del revólver. Lo dudo, digo. Lo descarto por completo. Estos muchachos no suelen aprender palabras para bromear, estos camellos de baja estofa asimilan sólo las palabras españolas necesarias para la supervivencia, el pillaje y la venta de sus productos. La situación cambia, así, de un día para otro: de estar saludando en cada esquina a los amigos y conocidos, en mi ciudad, paso a que en otra ciudad sólo me ofrezcan folletos publicitarios, periódicos baratos y mal cosidos y peor diseñados, hachís, cocaína y pistolas. A plena luz del día veo, en otras calles angostas, a hombres solitarios caídos en el suelo y en desgracia. Uno aquí, otro allá, etcétera. Uno sostiene una lata de cerveza, está sentado en el suelo y parece sumido mental y físicamente en el peor de los infiernos en la tierra. Otro sostiene una botella, camina a trompicones, hace eses, se golpea contra las esquinas de los coches aparcados, grita que lleva cuatro días sin dormir. Probablemente, a ese ritmo, con tanto sueño y tanto alcohol, morirá pronto. En el mismo día puedes asomarte por la ventana y ver: a una pareja que se está metiendo rayas en el escalón exterior de tu portal, con un cochecito de niño al lado (no veo al bebé, pero lo presiento); a un negro al que sorprendes meando el lateral de un coche, no la rueda, como acostumbran a hacer los perros, sino una de las puertas; a alguien que yace en plena acera, inmóvil, inconsciente, colocado, borracho o muerto de cansancio; a otro que arrastra un colchón viejo hasta la plaza y se tumba en él. Todas estas historias, leídas en los cuentos sobre perdedores, vistas en las películas de pandillas, olfateadas en los periódicos, se hacen realidad en la capital del reino, a diario, sin tregua, dejándole a uno asqueado para las próximas horas.
En mi ciudad me hacen otra clase de preguntas cuando camino por la calle: “¿Qué tal en Madrid? ¿Cómo te va todo? ¿Cuánto tiempo estarás por aquí?” Las hacen los conocidos, sí, pero los desconocidos me sueltan otras muy diferentes a las de los moros que me ofrecen cocaína y chocolate: “¿Tienes hora? ¿Sabe cómo puedo llegar al Parador? ¿No tendrás fuego?” Cuesta, de manera radical, pasar de unas preguntas a otras. Y más si uno viene de provincias, donde se escuchan a todas horas los saludos entre sus habitantes. Lo anterior es sólo una manera de mostrarles el cambio. Porque demasiados paisanos míos viven en otras ciudades que no son las suyas. En busca de trabajo, de otros aires, de lo que sea. Este verano me pidió uno de mis lectores que no escribiera tanto sobre Madrid. ¿Por qué no?, pensé. Si ya hay más zamoranos fuera que dentro. Si la mayoría está en Madrid, y sabe de sobra de lo que hablo. Mis penas y mis alivios son, probablemente, similares a los suyos.

miércoles, septiembre 06, 2006

Lo próximo de Vicente Muñoz Álvarez

He aquí un adelanto de su nuevo libro de poesía:
ARTE DE LA ENSOÑACION
Vivir como sólo quien sabe ser libre puede hacerlo
consumir el tiempo las horas los minutos
embriagado hasta lo más profundo por la vida
ser siempre distinto
y evitar en lo posible el tedio
dar a cada nuevo día un sentido pleno
y magnífico a las cosas
y seguir las pulsiones frenéticas del corazón
mirar solamente al cielo cuando esplenda
dejar de ser tan tremendista
esforzarse en el arte ambiguo de la ensoñación.
Vicente Muñoz Álvarez, Parnaso en llamas

Huellas de dominguero (La Opinión)

Sumergidos en el agua hasta la cintura, a veces veíamos un reflejo en el fondo del río Tera. Algunos rayos de sol se colaban por entre las ramas de los árboles que bordeaban la orilla, alumbrando varias zonas del lecho del río, saturado de largas raíces, piedras del tamaño de una pelota de fútbol y pedazos rotos de ladrillo rojo. Cuando algo brillaba allá abajo lo tanteábamos con la punta de un palo, para probar su resistencia, y a continuación intentábamos cogerlo con la mano. A menudo se descubren objetos extraordinarios: una piedra cuya tonalidad el verdín y el agua han aclarado, logrando un aspecto similar a esas “piedras milagrosas” que utilizaban en “La selva esmeralda” y que volvían invisibles a los indígenas; un trozo de plástico en el que puede leerse, inscrita en su reverso, una fecha antigua; una zapatilla ya carcomida y prisionera de las raíces y de la arena, que apenas puede uno arrancarle a las entrañas del río. Entonces alguien, uno de nosotros, advirtió que, junto a una roca cuya parte superior sobresalía del agua y se calentaba al sol, había dispersos varios cristales.
Hicimos lo de siempre: tantear con los palos, remover el fango, levantar el objeto de su sitio. Luego, con cuidado, sacamos una botella. Una botella de cerveza. Por fortuna no estaba rota. La apartamos de allí. Los cristales rotos pertenecían a una copa. Imaginé a tipos brutos, beodos y bobalicones, entre la breña de la orilla, arrojando al agua la botella de cerveza y el vaso de cristal; éste estallaría al chocar contra la roca, para luego hundirse. Sacamos el cristal más grande, pero del resto no pudimos encargarnos: eran trozos minúsculos y no teníamos gafas de bucear, que hubieran sido necesarias para observar con nitidez el légamo y extraer los pedazos sin cortarse los dedos. Tuvimos la precaución de meternos por el río con zapatillas o chanclas de agua, y de ese modo nadie corrió el peligro de abrirse las carnes. Una semana antes habíamos visto por ese claro del Tera a un par de chavales, y juraría que iban descalzos. Los imaginé pasando allí otro día, con el agua por el pecho, hundiendo los pies en los cristales, y el río tiñéndose con su sangre. Maldije en voz baja a quienes habían tirado por allí los envases de su borrachera. Mis amigos los maldijeron en voz alta, mediante insultos que prefiero no reproducir aquí. Unos metros más adelante, río arriba, descubrí una botella de vidrio con siglos de edad. Alguien la había puesto en la orilla, tumbada, metida entre la espesura, cautiva ya de las ramas. Una raíz entraba por el gollete del casco y se perdía en su interior. Me hice una pregunta: la raíz, ¿había entrado por iniciativa propia en el agujero del envase, o algún chalado la había introducido allí a la fuerza, para ver quién era más poderoso, si el vidrio o la rama?
Cuando abandonamos el río, en busca de los coches, preferimos tomar un atajo por el bosque. Es un bosque al que ya he aludido y en el que los domingueros acostumbran a plantarse con sus vehículos, las mesas, las sillas, la nevera portátil, el transistor, la abuela, el perro, etcétera. Como era martes, sólo había un individuo solitario, sentado en una silla plegable a la sombra. Mientras caminábamos empezamos a ver el rastro inhumano e incivilizado de los domingueros: envoltorios arrojados entre la hierba, papeles enganchados en las ramas de los arbustos, paquetes vacíos de tabaco, envases de polos y de helados. Uno de mis amigos se ocupó de recoger los desperdicios dispersos aquí y allá, mientras blasfemaba mentando a las madres de los responsables. Luego los depositó en un contenedor, cerca de La Playa de los Enanos. Nos hubiera gustado hacérselos comer a los culpables.

martes, septiembre 05, 2006

Libro: Vieja escuela, de Tobias Wolff


Esta es la portada del libro del que hablo en el artículo de abajo.
Menuda prosa la de Wolff, qué maestría y qué pureza al narrar...
Argumento, entrevista con el autor y primeras páginas en pdf, aquí.

Vieja escuela (La Opinión)

Algunos muchachos, cuando empiezan a escribir sus primeros cuentos y sus primeros poemas, se aventuran en un borroso camino de desorientación. No saben qué deben hacer, no saben a qué maestros imitar y, sobre todo, necesitan una maleta repleta de consejos que nadie les da respecto a la literatura. Es entonces cuando unos cuantos se deciden por las escuelas de escritura, o se compran manuales donde presuntamente les guían en aspectos como el estilo, el tiempo, el punto de vista. Allá cada cual, pero yo no los aconsejaría. Uno aprende a escribir, o al menos a encontrar su propio camino, de dos únicas maneras: leyendo mucho y escribiendo mucho. Pero sí aconsejaría, amén de otras muchas lecturas, la soberbia novela autobiográfica de Tobias Wolff, “Vieja escuela”. Me la habían recomendado un par de personas y resulta cierto cuanto me dijeron: es una maravilla. Su autor cuenta con algunos prestigiosos libros de memorias como “Vida de este chico” y “En el ejército del faraón”; el primero aún no lo he leído, pero sí el segundo, y cuenta la intervención del autor en la guerra de Vietnam. Pero, sobre todo, Wolff es autor de cuentos: entre otros, los de “De regreso al mundo” y “Cazadores en la nieve”. Es uno de los mejores cuentistas norteamericanos, con influencias de Raymond Carver, J. D. Salinger o Ernest Hemingway. Pero él no se erige en una mera imitación: está a la altura de sus maestros.
En “Vieja escuela” entramos en uno de esos colegios para pijos de los años sesenta, en el que el narrador y protagonista se siente fuera de lugar, un impostor al que no le sobra el dinero y subsiste allí gracias a las becas. No es rico y lo calla, es judío y lo oculta, y esas son precisamente las imposturas iniciales que marcarán su estancia en dicho colegio. Las primeras páginas de la novela recuerdan un poco a “El guardián entre el centeno” y a “El club de los poetas muertos”: en el primer caso, por el ambiente entre los compañeros y la descripción de los estudiantes, las habitaciones y el recinto en general, y, en el segundo caso, por la pasión que desarrollan los alumnos por la literatura y la poesía, una pasión fomentada por la competitividad y el honor (“Al no poder competir por una chica, competíamos por el honor literario”, afirma el narrador). Es decir, nos revela un ambiente en el que los muchachos soñaban con ser Fitzgerald, Faulkner o Hemingway y no, como ahora, famosos de “Operación Triunfo”.
La escuela, donde el prestigio de la literatura sobrepasa al derivado de las competiciones deportivas, programa cada año la visita de tres famosos escritores. Pero antes establece un concurso de cuentos y poemas entre los alumnos. El escritor visitante elige, con antelación, su texto favorito de entre los presentados. El ganador, así, tiene derecho a una charla privada con el escritor. Los invitados son Robert Frost, Ayn Rand y Ernest Hemingway. En los tres casos, el protagonista se desvelará por escribir algo que esté a la altura de sus ídolos. Tales escritores, creo, no están elegidos por Wolff al azar: Frost y Rand son los polos opuestos, el talento y la infamia, y Hemingway estaría en el punto medio de ambos. “Vieja escuela” toca, entonces, una diversidad de temas que atañen al escritor primerizo: el miedo al folio en blanco, la necesidad de escribir algo auténtico y sincero (“No se equivoquen, nos dijo, algo escrito con autenticidad es una cosa peligrosa. Puede cambiar sus vidas”, dice el director del colegio), el hallazgo de las heridas físicas y morales de los personajes, la huida del maniqueísmo, el aprendizaje, la culpa, la imitación y el plagio, las fronteras entre la verdad y la mentira, la leyenda y la realidad, la literatura con mayúsculas.

lunes, septiembre 04, 2006

Hablando de poesía (La Opinión)

Estábamos inmersos en la madrugada, en un pub zamorano, acodados en la barra, y me encontré con un tipo al que hacía tiempo que no veía. Mientras me despachaba una cerveza al chaleco, la última de aquella noche, él comenzó a hablar de poesía. No hay nada que me llene más que la poesía, no hay nada que me produzca tanta satisfacción, me dijo. Yo le recordé que él me había descubierto el poema “La ciudad”, de Cavafis, un año y medio antes, en otro garito nocturno. Él se sabía muchos versos de memoria, de otros poetas, además de Cavafis. Me recomendó algunos autores, y yo traté de recomendarle a otros. Estábamos allí, no sé si serían las siete de la mañana o quizá más tarde, y me pareció fascinante que a esa hora, y mientras alrededor todo era ruido y confusión, ebriedad y bailes modernos, estuviéramos charlando de algo tan atractivo y sólido como la poesía. No hay nada que le siente mejor a un tipo duro que la poesía. Un tipo duro que sepa construir un poema es invencible. Y, si no, miren a Quevedo: tan diestro en la espada como en la rima. O recuerden a Cyrano de Bergerac en la película que protagonizó Gerard Depardieu: eran más salvajes, más afilados, más sangrantes, sus versos, que sus estocadas. Y son más contundentes los poemas de Charles Bukowski sobre los infiernos de la existencia que los puñetazos que daba a otros borrachos en los callejones mugrientos y anexos a los tugurios en los que se bebía el mundo. Aquella madrugada, pues, fue así: hablando de poesía aunque la horrible música nos conminó a gritar para oírnos y entendernos. Al final se fue, mi viejo conocido, diciéndome: “No te doy más la paliza”. Al contrario, le aseguré, me encanta hablar de literatura.
Siempre me he considerado poco entendido en poesía. Estoy más acostumbrado a la prosa, al cuento y a la novela. Sin embargo, oí una vez que no hace falta entender el poema para que te guste. Por eso durante esta primavera, y sobre todo en este verano, he procurado alimentarme de poesía. Una vez que entras en la rueda, ya no puedes librarte. Tienes que seguir leyendo poemas, descubriendo autores. He tenido, además, la inmensa fortuna de no leer en los últimos tiempos poetas que me decepcionen. Los he leído en manuscritos inéditos, en bitácoras, en libros, en antologías, en revistas. Como si estuviera sediento o enfermo.
Voy a permitirme, pues, mencionar a los poetas que he leído en los últimos tiempos. A algunos autores los conozco personalmente, con otros sólo he contactado a través del correo electrónico, con otros será imposible mantener algún vínculo porque son extranjeros o porque están muertos. Los cito por dos razones: para agradecerles sus poemas y para que el lector que no los conozca procure descubrirlos. Así, he leído últimamente a los zamoranos Tomás Sánchez Santiago y “El que desordena”, Jesús Losada y sus versos para el catálogo de una exposición, el inédito David Refoyo y su aún no editado “Odio”, además de los textos que cuelga en su blog. A Vicente Muñoz Álvarez y su “Privado”, a David González y su “Ley de vida”, a Karmelo C. Iribarren y su antología “Seguro que esta historia te suena”, a Miriam Reyes y su “Espejo negro”, a Manuel Vilas y su “Resurrección”, a Antonio Pérez Morte y los poemas que de vez en cuando pone en su bitácora. Y a Charles Bukowski y sus “Poemas de la última noche de la tierra”, a Sharon Olds y “Los muertos y los vivos”, a José María Fonollosa y su “Destrucción de la mañana”. En breve llegarán a las librerías Raymond Carver y su viuda Tess Gallagher, con sendos libros de poesía. Al fin. Mientras tanto, creo que releeré la “Poesía completa” de Claudio Rodríguez.

domingo, septiembre 03, 2006

Salinger en Hermano Cerdo

Hermano Cerdo es una revista digital que dirige Mauricio Salvador. Yo suelo bajarme al disco duro todos los números. Incluye relatos, ensayos, crónicas.

En el nuevo número aparecen dos relatos traducidos (e inéditos) de J. D. Salinger. Son Ya aprenderé y Apuntes de un soldado de infantería. Ambos ambientados en el ejército; el primero recurda ligeramente a Bartleby y su frase repetida hasta la saciedad. Podéis leerlos aquí o aquí.

Es difícil encontrar los cuentos inéditos de Salinger. Yo me los bajé de internet hace tiempo, pero están en inglés y me da pereza leerlos, de momento. Pero poco a poco, y gracias a este tipo de iniciativas, van traduciéndose sus cuentos en las revistas: tengo por ahí algunos traducidos por Javier Marías y otros por Juan Bonilla.

Cosas sencillas. Placeres mundanos (La Opinión)

Últimos días en Zamora: me dediqué a aprovechar el tiempo y los paisajes, la gastronomía y algunos de mis rincones favoritos. Cosas que uno no puede hacer en Madrid. Sorbiendo en mi tierra hasta la última gota de paz. Cosas sencillas. Placeres mundanos. Las rememoro ahora, ante el teclado de mi ordenador, que ya me echaba de menos (o yo a él). Observar a mi gato asomado a la ventana, que a su vez observa ávido y con su instinto de cazador a los pájaros que cruzan por delante; atender a la maravilla y la precisión de cada uno de sus movimientos, de los paseos de su cola, de sus orejas percibiendo todos los ruidos de la habitación y de la calle, el modo en que se lava la cara o me espera para que lo persiga, la manera en que tiene de jugar con las moscas que se cuelan en la casa. Visitar Sanabria una vez más, sentir su brisa en el pellejo, remojarme en las aguas del Tera y del Lago, mirar cómo saltan las ranas desde las piedras y cómo los peces surcan el fondo, meterme por los rápidos y salir de allí premiado con golpes y magulladuras, visitar al gato rubio de la vez anterior y darle para comer el atún de otra lata de conservas, buscar moras y luego llevarme tres o cuatro a la boca, no perderme el sol mientras nos dice adiós antes de esconderse tras las montañas, atender a la carretera, ya de vuelta y por la noche, por si se cruza algún animal, y sí, se cruza, a lo lejos, un zorro agazapado que, por fortuna, se salva.
Cosas sencillas. Placeres mundanos. Pasear por el entorno del Castillo, en la ciudad, y probar los almendrucos, para averiguar si aún pueden comerse o si su interior ha adquirido ya dureza, la dureza de la cáscara de la almendra. Detenerme en algún mirador, con los barrios bajos a mis pies, y entretener la vista con el río, su superficie que parece inmóvil, que refleja los cielos, que desde lejos parece un espejo de hielo, contar una vez más los ojos del Puente de Piedra y, una vez más, olvidar cuántos son al reanudar la marcha. Pasear la vista por los tejados, oler los muros y las piedras, meterme por caminos en los que la arena cruja bajo mis pies. Caminar por una orilla del Duero, escuchando a los patos, atisbando los agujeros de las paredes, por ver si diviso alguna lagartija apresurada o muy quieta. Todo esto, por supuesto, debe hacerse con ojos nuevos, como si viéramos el río, los tejados, las lagartijas, los patos, por primera vez. Quien hace a diario estas rutas termina por no ver nada, deja de fijarse en los animales y en el modo en que el viento mueve las ramas.
Pasar una tarde en la piscina de Villaralbo, la piscina de mi adolescencia. Recorrer la carretera vieja que va hasta el pueblo, recordar sus curvas, sus campos de maíz, las fincas y las casas antiguas de los agricultores, comprobar que los baches donde rebotaba con la bicicleta o con el coche ya no existen. Cabrearme un poco al verificar, en persona, la cantidad de casas que están construyendo a un paso, a sólo un paso, de la piscina. De tal modo que desde las viviendas tendrán una buena vista, pero no desde la propia piscina. Incluir, en el último día en la ciudad, unos minutos de tapeo: patatas bravas, perdices con salsa, tiberios, pinchos morunos que piquen. Todas estas cosas que uno repite, casi apresuradamente, en los pocos días que pasa en la ciudad, son las que suelen hacer quienes viven fuera y vuelven de vez en cuando. En la calle, encontrarme gente con la que hablar de la ciudad. Están los que viven en ella y desean mudarse. Los que viven en ella y no abandonarían su tierra por nada del mundo. Los que ya no viven en ella y están deseando regresar, quizá cuando se jubilen. Los que ya no viven en ella y no quieren volver. Cosas sencillas. Placeres mundanos.

sábado, septiembre 02, 2006

Dos textos de Tomás



En el blog Club Leteo aparecen dos textos breves de Tomás Sánchez Santiago. Aconsejo leerlos. Aquí.

Si alguien, por cierto, no ha leído su libro ¿Para qué sirven los charcos?, no sé a qué espera.

Libro: 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff


Me habían recomendado un par de veces este libro y este verano me lo regaló una de mis tías. Tiene pocas páginas y está escrito bajo la forma epistolar, pero resulta genial la manera en que, a través de un puñado de cartas, nos cuentan tantas cosas: la pasión por los libros, el hambre después de la guerra, la soledad, el racionamiento de productos básicos, la familia, el contrapunto entre la cultura inglesa y la americana, el paso del tiempo y sus huellas, etcétera. En los ochenta vi la película basada en esta obra (la protagonizaban Anthony Hopkins y Anne Bancroft), La carta final, pero apenas la recuerdo. La novela se lee de una sentada y constituye una delicia para los lectores compulsivos.

Orgullo de Buscarini (La Opinión)

Algunos escritores, algunos poetas, obtienen su recompensa literaria muchos años después de su muerte. Es entonces cuando una o dos manos piadosas exhuman su obra del olvido y nos la dan a conocer, repasan la vida del autor maldito, escarban en las hemerotecas, lo resucitan. Hace un par de meses, quizá menos, apareció en las librerías “Orgullo. Poesía (in)completa”, volumen que reúne casi toda la producción poética de Armando Buscarini, ese niño loco de la bohemia que, a juzgar por los versos escritos en los dos hospitales psiquiátricos en los que estuvo recluido, no estaba tan chiflado. Que su obra está incompleta es debido a la dificultad de hallar ejemplares de algunos de sus libros, en algún caso inaccesibles, en algún caso ya perdidos, como se nos aclara en el oportuno prólogo. Buscarini fue uno de esos hombres cuya desgraciada vida resulta más interesante que su incomprendida bibliografía: la venta ambulante de sus libritos por los cafés y las tabernas, la miseria que lo mantuvo siempre al filo de la navaja, su reclusión en los manicomios, su falsa defunción anunciada en los periódicos, su arte de sablista de escritores tocados por la fama, su acopio de enfermedades.
El presente volumen, publicado por Ediciones del 4 de Agosto, ostenta una factura impecable. Una portada que aúna bohemia (esa capa de Buscarini, ese sombrero echado hacia atrás, ese rostro propio de las postales en sepia) y modernidad (el diseño y los colores), y unas primeras páginas que incluyen una introducción de Juan Manuel de Prada, quien ha rescatado al poeta en varias ocasiones, tanto en su novela “Las máscaras del héroe” como en artículos, semblanzas y antologías sobre Buscarini, e incluyen un prólogo de los hermanos Rubén y Diego Marín A., quienes se han encargado de la edición. Un trabajo exhaustivo que ha requerido entrevistas con expertos en los tortuosos años de la bohemia del poeta, búsquedas en las hemerotecas, investigaciones en aquellas universidades y bibliotecas en las que aún se conservaban ejemplares originales, e incluso consulta de sus expedientes médicos. Los hermanos Marín se han tomado la molestia, además, de preparar un diccionario onomástico de las dedicatorias, numerosísimas, que Buscarini endosaba a todo bicho viviente. En tal diccionario se nos informa brevemente de la identidad de esos homenajeados, entre los que se cuentan empresarios, poetas, escritores, periodistas, dramaturgos, toreros, actores y actrices, médicos, contertulios, profesores y cronistas, entre otros muchos que, merced a las dedicatorias estampadas en los libritos que vendía en los cafés, al menos comprarían un ejemplar o le servirían de mecenas: César González Ruano, los hermanos Álvarez Quintero, Emilio Carrere, Santiago Alba, Valle-Inclán, etcétera.
Armando Buscarini fue, por lo general, un poeta llorica y muy contaminado por el romanticismo becqueriano, obsesionado con el fracaso, con la gloria que se le escurría de las manos, con flores que se marchitan y lápidas bajo la luna, con mujeres vivas y sobre todo muertas, a las que llora en sus ataúdes. A sus versos les sobraban lamentos, amores, pajaritos y rosas, pero, como dice Prada en el introito, entre esa morralla “Buscarini deslizaba de vez en cuando algún poema vibrante de emoción, estremecido de una belleza maltrecha y aterida”. En este sentido, resulta cierto que, en esos poemas en los que se olvida de su condición de perdedor y dirige su mirada a otros ámbitos, y los describe, alcanza una altura envidiable. Sirvan de ejemplo “El cafetín. Los parias”, “Pesadilla”, “Poema rústico”, “Una calle”, “Castilla” o “Barrio de pescadores”. El esfuerzo de los hermanos Marín es encomiable.

viernes, septiembre 01, 2006

Libro: Incendios, de David Means


Los cuentos de David Means son, ciertamente, un poco extraños. En la mitad de ellos siempre hay alguien que muere, o alguien que recuerda a un muerto que no puede quitarse de la cabeza. Y justo entonces, hacia la mitad del libro, el narrador dice: No quiero que en mis cuentos muera nadie más. Y los restantes textos me gustan menos, o se me antojan aún más extraños. Me quedo, pues, con los primeros: Incidente en la vía férrea, agosto de 1995, con la imagen de un hombre que camina descalzo y de noche junto a la vía, para encontrar el destino fatídico que tal vez andaba buscando; Coito, con un tipo que no puede olvidar a su hermano muerto mientras hace el amor con una mujer; Lo que hicieron, con la tragedia que causa el afán de urbanizarlo todo; Lamento en el Oso Dormido, en la que un tipo rememora a un perdedor de su infancia, ya fallecido; La reacción, la de un individuo atrapado entre dos vagones de un tren en marcha; La interrupción, que cuenta cómo un mendigo se cuela en un banquete de boda para pillar algo de comida; o El cazador de gestos, que comienza así: Me interesa cómo se desenvuelve la gente en su vida cotidiana.

Desconectar (La Opinión)

Creo que fue en los primeros días de agosto cuando un político catalán, durante una entrevista para un diario nacional, soltó la siguiente declaración: “El verdadero descanso consiste en no leer los periódicos”. Cito de memoria, porque al día siguiente de hojear ese mismo periódico lo arrojé a la basura, para desatascar la casa de tanto papel. La frase, que el redactor de la entrevista subrayaba en letra negrita, me ha acompañado durante el mes de agosto. La he recordado a diario. Yo la extendería, no obstante, a todos los medios de comunicación: internet, radio, televisión. Y, aunque soy un fanático de los medios, especialmente de la prensa, la he comprendido en toda su dimensión. Sobre todo porque la practiqué: a menudo, durante estas semanas de agosto, compraba algún periódico y apenas repasaba los titulares. Como he estado de aquí para allá, escribiendo en ordenadores sin conexión a la red, o realizando consultas rápidas y breves en los cibercafés, apenas he tenido contacto con los medios digitales, con las bitácoras, con la tele, con los periódicos. Y es cierto que eso supone un descanso. Un descanso del mundo, claro.
Irse a un paraje deshabitado, por ejemplo, no tiene sentido si uno no abandona los telediarios, el periódico de su ciudad o los informativos de la radio. Porque, al abandonarlos, uno se pierde los incendios terribles que han torturado la fauna y la flora de Galicia, se pierde las imágenes de guerra, los planos de los prisioneros que ruegan por su vida, las habituales catástrofes veraniegas, los accidentes de coches y aviones, el discurso pocho de los políticos que interrumpen sus vacaciones para endosarnos una frase que desprestigie a su contrario, las detenciones de los maltratadores, la violación de una niña a manos de unos muchachos, los asesinatos de las mujeres durante esos brutales episodios de violencia doméstica, el careto del presunto asesino en serie que tiene el mismo rostro de enajenado y de ido que todos los psycho-killers americanos, las pateras atestadas de negros que se mueren, los trenes que descarrilan, los edificios que se derrumban, los ajustes de cuentas entre bandas, las tensiones entre algunos países, las declaraciones de quienes gobiernan y manejan el mundo. Resulta una tarea agotadora soportar todo este peso de desgracias y calamidades durante un año completo, día a día, sin volverse loco. Por eso el verdadero descanso consiste ya no en alejarse y ver otros paisajes y sentir aires nuevos (aunque también), sino en desconectar. De la radio, de la prensa, de la tele, de internet, del correo electrónico, e incluso del teléfono móvil, si fuéramos capaces. Ya digo que no me he alejado completamente de los medios; siempre había un vínculo, esa columna que mandar, ese diario al que echar un vistazo. Pero, en los días en que no he tenido ningún contacto con el exterior, es cierto que fui más feliz que en otras ocasiones. Una operación, en cualquier caso, similar a la del avestruz cuando esconde la cabeza y no quiere saber nada de nadie. Un engaño, sí, una huida del mundo, sí, pero que nos alivian durante unos días.
Algunas personas, recién terminadas sus vacaciones, te lo confiesan: se fueron a un pueblo y pasaron de los medios, aislándose de las noticias y del contacto exterior. No saben qué ha ocurrido en las últimas semanas. Mejor así. Sin desvelos, sin informaciones desgarradoras, sin ver cómo hacen pedazos el mundo. Aún existe gente que prefiere no descansar nunca, dedicarse a ayudar a los demás y sufrir con ellos. Es encomiable, no lo niego, pero de ese modo no se vive. Y, como dijo alguien, sólo tenemos una vida y hay que aprovecharla. Sólo una oportunidad.