jueves, agosto 10, 2006

Libro: Privado, de Vicente Muñoz Álvarez


Los sueños rotos, los malos tragos, el tiempo perdido, los caminos que no escogimos, las vidas paralelas que pudimos vivir, la batalla y la derrota, la poesía como único refugio, la dificultad de mantenerse vivo y en pie, y también la rutina de los días configuran los poemas del último libro, espléndido, de Vicente Muñoz. Es el primero que leo, pero desde luego no será el último.

miércoles, agosto 09, 2006

Gijón (La Opinión)

Gijón, la ciudad donde pasé el fin de semana, ha sido siempre para mí una antesala del paraíso. Si alguien la menciona, o simplemente me viene a la memoria su nombre, evoco un mar picado de olas, el vuelo casi irreal de las gaviotas, pastos verdes envueltos en adorables jirones de niebla, humedad repleta de aromas a salitre y a sidra derramada, las vistas azules, glaucas y grises del cerro de Cimadevilla (azules por el océano, glaucas por la hierba, grises por los cielos nublados), el sabor del pastel de cabracho, de las parrochas y del queso de cabrales servido con rodajas de manzana y unas gotas de miel, camareros que escancian la bebida sin mirar al vaso y a la botella, las calles próximas al Paseo Marítimo, la vista del puerto que es, para el ojo, como un blues para el oído. Gijón ofrece, además, otras ventajas: es pequeña y acogedora y, gozando de su ubicación en la costa, aún no está lastrada por los excesos urbanísticos de ciudades como Benidorm. Muchas personas dicen que Zamora es el sitio ideal para vivir. Yo añadiría que le falta el Cantábrico bañándola.
Llegamos el viernes por la noche, demasiado tarde para cenar en los restaurantes y demasiado tarde para que los bares del entorno de la Plaza Mayor nos sirvieran sus tapas y raciones. La solución fue meterse en un diminuto local del Paseo Marítimo, donde ya habíamos cenado en las madrugadas de otros veranos, y comprar bocadillos de escalopines al cabrales, muy suculentos y alimenticios. Los garitos de sidra ya cerraban, pero contamos con la suerte de topar con una taberna cuyo camarero tuvo la amabilidad de ponernos unas botellas para entonar el gaznate. Proliferaban las despedidas de soltero y abundaban los visitantes y los viajeros. Corría la brisa, la piel notaba el relente de la noche, pero aquello fue un alivio, tras un mes y pico sudando en Madrid. Porque en Madrid, en verano, se suda durante veinticuatro horas al día. Aquel aire fresco supuso un respiro y nos trajo la bendición de no empapar la camiseta.
La playa, a la mañana siguiente, estaba abarrotada de gente. Aún más por el hecho de que, cuando pusimos los pies en la arena, la marea había subido, dejando apenas unos metros de playa seca donde se apilaban las toallas, los cuerpos y las sombrillas. Como no me entusiasman las aglomeraciones, y menos aún en la playa, me pasé casi todo el tiempo en el agua, un agua fría y saludable aunque saturada de algas. El domingo, además de volver a bañarnos y de contemplar el horizonte luminoso y erizado de velas, vimos las acrobacias de las avionetas y de los paracaidistas que descendían, como muñecos de trapo o de juguete, sobre los bañistas. Aviones que realizaban piruetas, que hacían un vuelo bajo y atronador, que dejaban una estela de rizos blancos en el aire. Vimos a los gaiteros y escuchamos su sinfonía, y observamos algunos bailes folclóricos, y comimos todos los manjares que he citado al principio y algunos más: calamares con limón, chorizo a la sidra, entrecot con langostinos al jerez, quesos variados, navajas a la plancha, fabes con almejas. El punto y final lo dimos en el Cerro de Santa Catalina, en el barrio de Cimadevilla, en domingo por la tarde, muy cerca de la escultura de Chillida “Elogio del horizonte”, que al parecer los asturianos bautizaron también como “El Váter de King-Kong”, sobre la hierba, echados en la ladera y mirando el cielo y el mar, escuchando la música del aire y del agua, satisfechos de la visita. Lo mejor de todo, no obstante, fue la noche del sábado, que pasamos recorriendo los bares en compañía de David González, amigo y poeta con magníficas dotes de anfitrión y cicerone. Pero eso lo escribo ya mañana.

martes, agosto 08, 2006

Jim Thompson


Continúan reeditando a ese grandísimo escritor que fue Jim Thompson. Suyas son las novelas La huida, 1280 almas o Los timadores. Acaba de aparecer Un cuchillo en la mirada. Sin embargo, todavía falta su mejor obra (junto a 1280 almas): El asesino dentro de mí. La leí hace años, gracias al préstamo de la Biblioteca Pública de Zamora. Su protagonista inspiró a uno de mis personajes, canallesco él. El día en que la reediten, la compraré y, desde luego, volveré a leerla. Rezo para que la espera no sea larga.

Cambiar de aires (La Opinión)

El fin de semana pasado unos cuantos zamoranos residentes en Madrid nos propusimos salir de la ciudad. Escapar de la capital, pues durante los meses de julio y agosto es difícil no agobiarse por culpa de la mezcla de calor y polución. Y queríamos playa, pero se conoce que es lo mismo que buscaba toda España. Nuestra primera intención era pasar el fin de semana en Gijón, que hacía años que no visitábamos (antaño, cuando vivíamos en Zamora, nos acostumbramos a ir todos los veranos). Mis amigos intentaron reservar un par de cabañas en el Camping Deva. Fue imposible. Estaba todo reservado hasta el próximo mes. Llamaron a pensiones, hostales, casas rurales y campings con cabañas, y no sólo de Gijón: también de Santander, de San Sebastián y, en general, de casi todo el norte de España. Y no había manera.
A esas alturas, cuando se espera salir de la ciudad y no se encuentra sitio en ninguna parte del norte, uno empieza a desesperarse, empieza a sentir la comezón de la impotencia y cierta claustrofobia urbana. Tampoco quería adelantar los planes del resto de agosto: pasar unos días en Zamora y otros en Sanabria. Nos planteamos incluso ir a alguna casa rural de Guadalajara o de cualquier otro sitio cercano y sin playa. Pero en pleno agosto, y con el tiempo que hace, resulta imposible reservar alojamiento con apenas unos días de antelación. En Asturias, por ejemplo, no nos dimos cuenta de todas las celebraciones del fin de semana: el descenso del Sella, los últimos días de la Semana Intermedia y los primeros de la Semana Grande, que incluyen muestras folclóricas, encuentros de gaiteros, conciertos, festivales, etcétera. Tuve la impresión de que media España había decidido lo mismo este verano: huir al norte. La explicación es sencilla, como expuso uno de mis amigos: este año está haciendo demasiado calor para quedarse en el interior o para ir a pasar unos días en Levante o en el sur. Se echa uno a la carretera y aquello es una locura: parece que se multiplican los viajeros, los turistas y los coches, que sale gente de debajo de las piedras, gente con mochilas y vehículos, gente que no quiere quedarse en el lugar en el que vive. También tengo la impresión de que a todos nos basta con cambiar de aires aunque sea durante dos días: el que vive en Madrid se va a las ciudades con playa; quienes están en la costa optan por ir a su pueblo, lejos de la playa; los del norte se largan al sur y los del sur al norte; quienes están en Zamora se van a Sanabria; quienes viven en zonas casi desérticas buscan el bullicio de las ciudades costeras y quienes viven en ciudades costeras y bulliciosas sólo anhelan la paz del campo o de los lugares donde apenas haya gente y tengan tranquilidad y silencio. Y en ese plan. El caso es que todos queremos cambiar de aires. De ese modo siempre hay tráfico en las carreteras, atascos interminables, accidentes, y las gasolineras y los bares de carretera siempre están llenos, con personas que entran y salen para beber algo, estirar las piernas, alimentarse un poco, orinar y llenar el depósito de gasolina, que cada vez está más cara.
Al final optamos por una solución: comprar tiendas de campaña, sacos de dormir y colchones hinchables e ir a la aventura, a intentar meternos en un camping. En algunos no reservan el espacio para plantar la tienda. Le toca a uno arriesgarse, viajar hasta allí y rezar para que haya un hueco. Eso hicimos, y tuvimos suerte. Pasamos el fin de semana en Gijón, como habíamos planeado desde un principio, y pusimos las tiendas de campaña en el Deva, que es un camping que yo ya conocía y uno de los mejores que he visitado. Lo contaré durante los próximos días.

lunes, agosto 07, 2006

Ruido de fondo


El domingo apareció un fragmento de Ruido de fondo en El País. Dicen que Seix Barral la editará el próximo otoño. Más bien tendrían que haber dicho que la reeditarán: se trata de una imprescindible novela de Don DeLillo que apareció en Circe Editorial hace años. Recomiendo la lectura de este fragmento y de la novela. No la olvidaréis. El fragmento, aquí.

Otro de los propósitos (La Opinión)

Como si entrar en este mes equivaliese a entrar en un nuevo año, otro de mis propósitos consistió en no madrugar. Basta de madrugar, me dije, al menos durante agosto. De ese modo recuperarás el sueño atrasado (algo que, dicen algunos, jamás se recupera) y suavizarás esas ojeras que te emboscan el rostro y que, junto al pelo un poco largo y la barba de varios días, provocan el sentimiento de desconfianza de todos los guardias de seguridad de los supermercados y las grandes superficies cuando te paseas por los dominios que deben vigilar. Dormir más, como propósito agosteño (¡qué palabra más horrible: agosteño!), pues durante años le he dado muchas palizas a mis hábitos nocturnos: acostarme, durante los fines de semana, en torno a las siete u ocho de la mañana, y levantarme, durante los días laborables, en torno a esa misma hora, con lo cual el reloj biológico termina averiado. Un pariente me dijo hace poco: “Siempre que nos vemos estás bostezando”. Debe ser cierto.
Pero el primer día me salió mal: a las ocho de la mañana ya estaba despierto, con los ojos abiertos en actitud de lechuza, fiel a la costumbre de levantarme temprano. Lo cual me recuerda que hace años tuvimos en casa una lechuza, a la que llamamos Margarita: era simpática, entretenida, esponjosa y con un interés especial en las diversas formas de evasión de las jaulas y de los edificios. Me desperté, pues, sin proponérmelo. Así que me levanté de la cama y me puse a las teclas. En verano se entiende uno mejor con el ordenador a horas tempranas, cuando el sol aún no ha repartido sus puñetazos más fuertes sobre la fachada de la casa. El segundo día me ocurrió exactamente lo mismo: a las ocho de la mañana se me abrieron los ojos, los párpados se alzaron con esa resolución y esa misma contundencia con la que nuestras madres, en la infancia, nos levantaban la persiana del cuarto para que la luz de la mañana se filtrase dentro y no perdiéramos el día pegados a las sábanas. Si el cuerpo pide levantarse, tampoco hay que forzarlo a lo contrario. Así que me levanté y fui a por el periódico y luego me puse a las teclas. El tercer día decidí poner el despertador a las nueve. Intentaba ganar una hora de sueño. A mitad de noche, dado que duermo con la ventana abierta para que entre un poco de aire, me despertaron los gritos de un chaval español: daba grandes voces, denunciando que le habían robado (no entendí si le habían robado la vespa o sólo el combustible de la vespa), llamando, si ustedes disculpan el lenguaje, “ladrones” e “hijos de puta” y “cabrones” a los culpables, que a esas horas ya estarían a mil millas del lugar del crimen. Aquella interrupción me desveló. Debí tardar en dormirme diez o quince minutos. Y eso es lo que necesitaba: la interrupción hizo que no me despertara a las ocho, sino a las nueve. Vamos consiguiéndolo, me dije.
La ventaja de dormir menos y dedicar casi toda la mañana al ocio es que uno puede leer el doble o el triple de lo que acostumbra. Puede que no tengas una piscina privada, ni siquiera una piscina pública a mano, y puede que no tengas una playa para refrescarte, y puede que sólo tengas edificios, polución, jaranas y tráfico, pero la lectura te salva la mañana. Lo expresaba mejor que nadie (mejor que los intelectuales, en todo caso) un preso de ese programa de presidiarios cantores que ponen ahora en Televisión Española: decía que cuando lee un libro en su celda se olvida de todo, se evade del mundo, y durante la lectura no está en la cárcel, sino muy lejos de allí, y que leer es como dormir y soñar, que durante el sueño no eres consciente de estar en prisión, sin libertad. No duermo cuanto quisiera, pero la lectura me salva.

Dos estampas (La Opinión)

Cuando viajo en un transporte público o camino por la calle suelo presenciar diversas estampas curiosas, múltiples escenas de la vida cotidiana. Procuro memorizar sus ingredientes. Hoy traigo aquí un par de ellas, y espero que gusten.
En un vagón de metro. Estoy sentado en un banco; no suelo hacerlo, pero hay sitios de sobra. Junto a la puerta más próxima se apoya un tipo joven y grandullón, de espaldas anchas y pelo al cepillo. Cuando el tren se detiene en la siguiente parada, entra una familia. Padre, madre e hija. Primero pasan ellas. Detrás va el padre, cargado con dos descomunales maletas con ruedas. Cuando franquea la puerta, y justo al pasar al lado del grandullón, se revuelve como si una serpiente le hubiese mordido en el lomo. El padre se vuelve hacia el otro y se encara con él. Pero antes me gustaría describirlo: también es grandote, gasta gafas de miope un poco caídas sobre la punta de la nariz (como si fuese un profesor de matemáticas), le calculo cincuenta y tantos años, cabello corto y cano, cara de buena persona, de tío en el que confiarías, de hombre al que podrías contarle un secreto. Parece español y a uno, al primer vistazo, le parece que es eso: un señor de Cuenca o de Salamanca, que trabaja de maestro y se va de vacaciones y está de paso en Madrid. Entonces se encara con el otro, y resulta que es mexicano: “¡Cuidado, amigo, que te veo! A ver lo que hacemos, ¿eh, amigo?” El mexicano se protege la cartera, y luego lo deja estar y se va a la puerta de enfrente. Le pide a la hija que agarre mejor su bolso de mano. Y tú vas y te haces las cuentas: el grandullón ha intentado sisarle el billetero, ya que el otro tenía las manos ocupadas. Miras al joven y tiene pinta de guiri panoli que no se entera, o que hace como que no se entera. El padre, mientras llegan a la siguiente parada, no deja de mirarlo por encima de sus cristales, entre desafiante y calculador. Se notan las tensiones en el vagón y los pasajeros las advertimos. Resulta que la parada en la que se baja la familia es la misma en la que yo me bajo, y veo el desenlace. El padre permite que su mujer y su hija salgan delante de él y, con una fuerza que me parece prodigiosa, levanta a pulso los maletones, los levanta del suelo y sale del vagón. Al pasar junto al tipo le dice: “¿Qué pasa, eh, amigo? Mucho cuidado con lo que haces, cabrón”. Fuera del vagón se da la vuelta y le invita al baile: “¿Qué pasa? Ten mucho cuidado. Ven aquí, amigo, ven, ¡que te rompo toda tu madre!” Pero el otro no entiende su idioma o se hace el tonto y las puertas se cierran y la familia sigue su camino. Y a mí la escena me fascina por varios motivos: porque he visto a un padre defender su terreno con uñas y dientes, a un hombre con pinta de pacífico que no duda en meterse al trapo si le tocan la moral, y por su jerga mexicana.
En la calle. Un chico con aspecto de viajero trotamundos, uno de esos individuos flacos pero con buena salud, que tal vez vagabundea por mero capricho, tiene dos cachorros: una perra negra y un gato siamés. El gato debe tener apenas unos días de edad. No deja de mimarlos y les ha colocado, junto al bulto de ropa y mochilas donde descansan, sendos cuencos de comida para perros y para gatos. Me acerco y echo unas monedas. Observo a los animales. Un matrimonio se detiene y alaba la belleza de la perra y el gato. “Esto es un buen negocio, ¿eh? ¿Y cuánto pide por ellos?”, pregunta el señor. Responde el chico: “No, estos animales no se venden. Van conmigo, son míos. No los vendo”. El chico parece un padre orgulloso de su prole, y observo cómo el gato se dispone a saltar, como si el perro fuera una presa, y ambos juegan y se empujan. La gente se para y el chico se infla, repleto de orgullo y felicidad.

Residuos (La Opinión)

Lo he escrito en varias ocasiones, tal vez demasiadas, pero vuelvo a repetirlo: cuando Zamora sale en la tele es debido a una mala noticia, a una noticia vergonzosa o a una noticia que nos saca los colores. Lo de esta edición de la Europeade, aunque repetitivo (ya van dos ediciones en la ciudad, y aún quieren una tercera para dentro de unos años), no lo vi en ningún telediario: era una buena noticia para la provincia, ya que, se supone, genera ingresos, buena fama y publicidad gratuita. Pero no salió o, si lo dieron en los telediarios, apenas tuvo trascendencia. Lo del alcalde de Peque, en cambio, ha aparecido en todas partes. Uno está sentado a la mesa, comiendo o cenando, y entonces el presentador del telediario que uno está viendo anuncia que se ha preparado un revuelo porque el alcalde de un pueblo de Zamora ha ofrecido su municipio para albergar los residuos nucleares de todas las centrales de España. Y, qué quieren que les diga, se le cae a uno la cara de bochorno. Literal. Principalmente porque en todos los medios del país están haciendo burla de la cuestión (y no es para menos). El mensaje que uno obtiene tras leerse los periódicos y ver los telediarios es el siguiente: “Anda, que ya le vale al pobrecico éste…”
E insisto en que no es para menos, cuando en entrevista a tal alcalde los espectadores escuchamos la siguiente declaración: “Yo no sé si esto de los residuos es bueno o malo, pero…”. Empezamos mal, pues. Lo peor del asunto, sin embargo y a mi juicio, no es que el citado alcalde/pastor nos ponga en evidencia. Lo peor es que no cuente con el pueblo cuando se supone que estamos en democracia. Por eso los habitantes de Peque están que arden. Por eso y por la idea descabellada de amontonar residuos en una zona que será pobre y estará desatendida, pero no necesita ser el basurero del reino, por muchos puestos de trabajo que la puesta en práctica de la idea proporcione a la zona. El alcalde, sí, ha llamado la atención de toda España y todos los medios y las miradas se han volcado sobre el pueblo y su edil. Ha conseguido mucha publicidad. Pero seamos sinceros: ¿cuánto durará dicha atención? Apenas unos días, el tiempo justo hasta que otra noticia bochornosa se erija en carnaza para los medios. Dentro de un mes nadie recordará el nombre de Peque, salvo quienes somos oriundos de la provincia y ya conocíamos la existencia del pueblo. Dentro de unos días, incluso, habrán agotado las mofas respecto a este hombre. Los miembros de su partido, el PP, se han puesto en contra y lo miran como a una oveja descarriada. Alguien ha dicho que no lo demonicemos. Y creo que tiene razón. Me parece que el alcalde de Peque, a tenor de sus declaraciones a la televisión y a la prensa, no es un mal hombre, sino un hombre ignorante; lo cual, en casos como el que nos ocupa, puede ser incluso más perjudicial para un municipio. Una célebre frase reza que no hay nada más nocivo que una gran idea en un cerebro estrecho. En este caso, no creo que sea una gran idea.
Lo único que demuestra esta historia, aparte de esa ignorancia y de ese gesto de mal gusto y poco democrático consistente en no consultar a quienes le han votado, es el modo en que los pueblos se agotan, se abandonan, se apagan, se marchitan. En una palabra: mueren. Se extinguen. El del alcalde es un grito desesperado. Pero también es un grito erróneo. Porque la provincia ya no sólo sería el culo del mundo (así nos ven las administraciones), sino el basurero nuclear del país. Y, pese a nuestro conformismo habitual y a nuestros continuos lamentos, no es lo que merecemos.

viernes, agosto 04, 2006

Rattus norvegicus


Apenas unos metros de cloaca y habré llegado. El último tramo representa mi calvario particular: desde aquí alcanzo a discernir la bulliciosa cantidad de ratas, cucarachas y otros insectos que me repugnan y que lo pueblan. Oigo el deslizar del pelo sucio y el arrastre de los caparazones.
El doctor, ese chiflado de caletre anacrónico que me recuerda a un moderno Mabuse, me susurró en los procesos previos a la transformación: «Cuando no sepa a qué tenerle miedo, rebusque entre sus sueños más negros; allí encontrará la respuesta a mis plegarias».
Así comienza mi cuento (Rattus norvegicus) para el Especial Literatura Gótica 2, coordinado por los responsables de las revistas Literaturas.com y Prima Littera, y del que ya os había hablado. El mes pasado la revista salió en papel. Este mes tenéis la oportunidad de leerla on-line, en Literaturas. Se incluyen ensayos, entrevistas y cuentos de León Arsenal, Ana María Shua, Pilar Pedraza, Norberto Luis Romero y Elia Barceló, entre otros.
El Especial, aquí.

La movida (La Opinión)

Quería ver alguna exposición, ya fuese de pintura o de fotografía, pero no me apetecía gastar dinero. Ese es el problema de las exposiciones de por aquí. Pongamos que la muestra que uno quiere ver está lejos de su barrio. Es necesario coger algún transporte público: metro, autobús o taxi. Quedémonos con el metro. Será un viaje de ida y vuelta, lo cual requiere emplear dos de los viajes del bono que uno suele llevar encima. Parece poco, pero cada bono cuesta algo más de seis euros, e incluye diez viajes, y esos diez viajes se los puede uno fundir en tres días o menos, dependiendo de sus hábitos. A finales de mes eso ya supone una pasta. En el museo elegido es posible que le cobren a uno por entrar. Por ejemplo, en la retrospectiva de Picasso, que puede verse en el Museo Nacional del Prado y en el Centro de Arte Reina Sofía, cobran seis euros en taquilla, pero nueve euros si es venta anticipada (sumado al euro de los auriculares, si uno pretende agregarse a las visitas guiadas de grupos). Dado que dicha exposición hay que verla en los dos museos, para conocerla al completo, hagan cuentas: los gastos de los cuatro viajes de metro, de ambas entradas, de los auriculares, y la caña o el refresco que uno se tomará al salir de cada edificio, pues en verano no se puede recorrer la ciudad sin quitarse el polvo de la garganta cada ciertos minutos. La cultura, una vez sumados los dispendios, le ha dejado a uno temblando la cartera. Aún no había cobrado, así que, por esa razón, decidí ir a una muestra gratuita: las fotografías de “Mi movida madrileña”. Otro día visitaré las exposiciones de Picasso; merecerá la pena, a pesar del gasto. Pero me niego a ir el domingo, el día de la semana que no cobran entrada: lo más probable es que las colas sean históricas.
“Mi movida madrileña”, que reúne algunas de las fotografías que hizo Pablo Pérez-Mínguez entre el setenta y nueve y el ochenta y cinco, puede visitarse en el Museo Municipal de Arte Contemporáneo de Madrid. Reconozco que no sé mucho de la movida madrileña, más allá de lo que vi en algunas películas españolas de la época y de la música que tardaría unos años en gustarme: en ese tiempo era aún un muchacho, y la movida quedaba lejos de mi universo. Casi todas las imágenes de la retrospectiva reflejan las sesiones hechas para las portadas de revistas, de carteles de fiestas o de conciertos. Luego están las “fotosporo”, retratos y primeros planos de rostros, de luz tan cruda y objetivo tan próximo al retratado, que se les notan los poros de la piel. Lo que uno se lleva en la memoria tras esta exposición es un conglomerado de maquillaje abusivo, plataformas, hombreras, pantalones y faldas de cuero, pelucones altos y retorcidos y espesos como merengues de tarta, toneladas de brillantina, tacones de aguja, hombres y mujeres travestidos, gafotas de la época, rostros de actores, cantantes, directores de cine, poetas, diseñadores. Sin embargo, el cartel ya resume la movida de forma cristalina: Alaska, Almodóvar y McNamara. Ellos son la movida. Condensan todos los aspectos básicos del funcionamiento de la movida.
Mucho petardeo, en definitiva. A mí el petardeo no me entusiasma. Reconozco, eso sí, que contiene su punto de rebeldía y de curiosidad sociológica. Pero, digámoslo claro: soy más partidario de ver, por ejemplo, una exposición de fotografías de tipos duros y femmes fatales del cine, de Bogart, Bacall, Eastwood, Mitchum, Verónica Lake, de jetas afiladas, revólveres, pitillos, humo, mujeres en sombra. De los ochenta me entusiasman su música y su cine, pero estéticamente me parecen el colmo de la horterada. Y de Almodóvar prefiero sus últimas películas.

jueves, agosto 03, 2006

Everyman, en septiembre


En España se titulará Elegía. La publicará Mondadori. Es la nueva novela de Philip Roth. Lo contaban en El Cultural de la semana pasada: "Tras el éxito de La conjura contra América (2005), Roth se ha embarcado en Elegía en una aventura mucho más personal y dramática, de tintes casi autobiográficos y sorprendente amargura. Se trata de la historia de un publicitario de éxito –hijo de joyero y relojero, y despreocupado padre de familia– que se va derrumbando ante la certeza de la muerte". El resto, aquí.

El goce de cumplir un objetivo (La Opinión)

Primer día de agosto. Desde hace unos años, y durante todo el mes, es habitual que algunos periódicos incluyan suplementos de verano en sus páginas centrales. Otros años me he conformado con leer dichos suplementos en internet. Pero esta vez tengo pensado alejarme un poco del ordenador, ponerme a las teclas el tiempo justo para cumplir con la columna, al menos hasta que septiembre asome sus melancólicos filos. Decidí comprar cada día el periódico y, guiado por este propósito, bajé a la Plaza de Lavapiés. Podría haberlo cogido a las nueve de la mañana, o incluso antes, pero no: me dio por bajar a por él en torno a la una y media. Y el primer día de agosto se convirtió en el primer día del pardillo. El verano anterior lo pasé, casi todo, en tierras zamoranas. Por esa razón no conozco el funcionamiento de la capital en agosto. Por ejemplo: resulta casi imposible encontrar un kiosco abierto. Y, si topas con uno, será difícil que tengan lo que quieres. Por lo general, cuanto pides se ha agotado.
El kiosco más próximo a casa, que había permanecido cerrado durante el mes de julio, por fin abrió sus puertas. Pero cuando llegué a por la prensa apenas les quedaba nada: sólo algunos ejemplares de un periódico deportivo y unos cuantos de un periódico de derechas. Mal asunto. Casi todos los estantes de revistas estaban vacíos, como si una turbamulta hubiera saqueado el tenderete, como en esos disturbios callejeros de las películas de terror apocalíptico, cuando los negros hurtan televisores y los blancos roban cajas de cerveza. Así que me dirigí al kiosco donde había efectuado mis compras de julio. Estaba cerrado por vacaciones. Lo lógico, me di cuenta luego, hubiera sido tirar hacia el centro, subir a Sol, donde no suele haber carteles de “Cerrado por vacaciones” y los proveedores dejan cargamentos más voluminosos de prensa. Pero no: fiel a mi torpeza y a mi ingenuidad fui alejándome hacia el sur. Recorrí barrios y calles que al lector probablemente no le suenen a nada: Argumosa, Ronda de Valencia, Glorieta de Embajadores, etcétera. Durante mi trayecto comprobé que casi todos los kioscos tenían bajada la trapa. Encontré, sin embargo, dos de ellos abiertos: pero toda la prensa había sido vendida ya. Llevaba media hora caminando, con el sol derritiendo las pocas ideas que me quedan en la cabeza y sin apenas hallar una sombra que aliviase mi búsqueda, cuando decidí dar la vuelta. Me propuse ir a Sol. Pero, una vez en las inmediaciones del centro, topé con dos kioscos cerrados. Dichoso cartel de “Cerrado por vacaciones”: puede amargarle la existencia a cualquiera.
Estaba tan desesperado, tan empapado por la caminata y el bochorno, que el diario en cuestión me importaba una higa. Que le dieran por retambufa al periódico. Lo único que me quedaba era el orgullo, el hecho de obcecarme en lograr algo sólo por el goce de conseguirlo (como esos donjuanes que se ligan mujeres no por el placer del sexo, sino por el de la conquista). Les habrá sucedido alguna vez; el ciudadano de a pie que sale a comprar una bombilla y no lo logra: una hora después la bombilla le da igual, él lo que quiere es salirse con la suya, ganarle la batalla a los infortunios. Un empeño personal. Iba tan decidido a regresar a casa con el periódico bajo el brazo que, en un arrebato probablemente provocado por el principio de insolación y la sed, fantaseé con la posibilidad de, una vez comprado y leído el diario, untarle mermelada, mojarlo en el café y comerme hasta la última letra, para que me aprovechara. Al final conseguí un ejemplar en Sol. He aprendido la lección: en Madrid, en agosto, baja a comprar la prensa a las nueve de la mañana. Y eso he hecho hoy.

miércoles, agosto 02, 2006

Ya sabemos que hace calor (La Opinión)

La noticia más importante de los telediarios estivales, la noticia con la que abren a veces sus ediciones de sobremesa, el tema al que dedican entrevistas callejeras y reportajes de investigación y consultas con expertos, suele ser el calor. Que hace calor en verano. Que hace mucho calor. A mí me habían enseñado en la facultad que, en julio y en agosto, un bochorno brutal no era noticia, no era la excepción, sino la norma. No comprendo por qué en invierno, en mitad de enero, no abren los telediarios diciendo que la cosa está falta y hace mucho frío, enchufándole el micrófono a la gente, para que diga que sí, que hiela en todas partes y que combate dichas heladas mediante abrigos, bufandas y caldos de pollo. O sí lo sé: que en julio y agosto hay sequía de noticias (por las vacaciones de los políticos, la desidia veraniega, la frivolidad propia de la época, la falta de exposiciones y espectáculos, el letargo del mercado), y les toca tirar de lo más sencillo: salir a la calle y comprobar que el sol pega duro.
Me paseo por los telediarios y se me revuelve el estómago. El mundo va de culo, pero la cabecera de los informativos consiste en un análisis del calor. Ya lo mencioné de pasada en un artículo, pero hoy quiero entrar a fondo en el tema. Lo peor no son esas cabeceras de los telediarios, sino las entrevistas a quemarropa o a quemaboca que les hacen a los transeúntes. Las preguntas, obvias y patéticas: “¿Usted tiene calor?”, “¿Qué opina de estas temperaturas?”, “¿Cómo combate el calor en la playa?”. Las respuestas, del mismo pelo: “Pues sí, mire usted, es que hace mucho calor y así no se puede estar”, “Uy, hija, la calor a mí me marea, ¿qué voy a opinar?”, “Pues en la playa bebo agua, beber mucha agua, sí, y también me meto con la mujer bajo la sombrilla y, de vez en cuando, pues nos bañamos, ¿sabe usted?”. Este es el país en el que vivimos.
El colmo fue en un informativo del lunes. A un equipo de reporteros le dio por ir a una obra de Madrid, a entrevistar a los peones. Uno de ellos, cuando le preguntaron por el sol que le cae encima mientras está currando, ganándose los garbanzos en un infierno de cemento, grúas, polvo y botijos, contestó (no es literal): “Sí, aquí hace mucho calor, cuando estás trabajando, y no hay quien resista con este calor, y es lo que hay, que hace mucho calor”. Pero, ¿qué esperaban que contestara el buen hombre? A preguntas obvias, respuestas obvias. Aún fue peor cuando salió la experta de turno. Consejos de la experta: “El obrero debe llevar al trabajo una garrafa de dos litros de agua, tenerla junto a él y beber cada poco, hasta que se la acabe. Es la cantidad recomendada”. ¿Acaso nos hemos vuelto locos? Decirle a un currante de obra, que lleva años enfrascado en sus labores constructoras, sufriendo altas y bajas temperaturas, cómo tiene que hidratarse es tan ridículo como recordarle a un nadador profesional que debe sacar la cabeza del agua, cada poco, para tomar oxígeno. Alguien saldrá diciendo que un obrero murió hace días. Sí, de acuerdo: pero aquel hombre trabajaba en un infierno más duro, o sea, en un horno industrial. Menos mal que, durante el reportaje de los obreros, le preguntaron a un currante negro. Con sus palabras y media sonrisa en la cara puso los puntos sobre las íes. Llevaba el casco ladeado, como si fuese la gorra de rapero, y flipaba con la pregunta, tras venir de África, donde soportan un sol más terrible que el nuestro y no los sacan en la tele por eso, y donde no sólo se los come el calor sino también las moscas, y dijo algo como: “Sí, bueno, hace mucho calor, aquí, pero hay que ganarse la vida, hay que comer, hay que trabajar, ¿no?”. ¿Alguien se imagina a un reportero preguntándole a un esquimal cómo aguanta trabajar con ese frío?

martes, agosto 01, 2006

Sobre la narrativa estadounidense


Rodrigo Fresán (en la foto), escritor y crítico literario, es mi cicerone en el terreno de la narrativa contemporánea de Estados Unidos. Siempre procuro hacer caso de sus recomendaciones. Lector incansable, suele ventilarse los libros en su idioma original y en cuanto salen al mercado. Le envidio por ello. Una de las guías que suelo repasar de vez en cuando es su artículo El aquí y el ahora en veinticinco libros cardinales.
Muchos de los autores que recomienda los he buscado, comprado algunos de sus títulos y leído. Jamás me decepcionaron. Autores como Melissa Bank, Charles Baxter, Jonathan Safran Foer, Dave Eggers, Michael Chabon, Jonathan Lethem, Matthew Klam, Jeffrey Eugenides, David Foster Wallace, Jim Shepard, David Sedaris, Denis Johnson, George Saunders o Jonathan Franzen, brillan en mi biblioteca gracias a él.
Y libros tan potentes como (cito uno por cada autor) Manual de caza y pesca para chicas, El festín del amor, Todo está iluminado, Una historia conmovedora, asombrosa y genial, Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, Huérfanos de Brooklyn, Sam el Gato y otros relatos, Las vírgenes suicidas, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, Proyecto X, Mi vida en rose, Hijo de Jesús, Pastoralia o Las correcciones. Además, Fresán es un experto en Cheever y en Dylan. Ahora sólo me falta leer dos de los libros que tengo por ahí de su cosecha: Mantra y La velocidad de las cosas. El artículo-guía, aquí.

Un musical (La Opinión)

El musical “Mamma Mia!” lleva representándose en Madrid casi dos años. Jamás se me ocurrió ir a verlo: en principio porque tenía cierta reticencia a los musicales cantados en español (no así a los cantados en inglés), y porque la entrada de patio cuesta unos cuarenta y cinco mangos. Pero a veces ocurre así: le regalan a uno boletos para conciertos, o para preestrenos cinematográficos, o para fiestas de alto copete. Nos dieron, pues, entradas para el musical. A mí no me interesaba verlo, ya digo, pero a caballo regalado… sigan ustedes el refrán. Viernes, diez de la noche, platea, fila ocho, asientos centrados, el teatro lleno de público. ¿Quién lo rechazaría? Por si no lo saben, representan el musical en el Teatro Lope de Vega, en la Gran Vía, edificio donde hace meses vi actuar a La Sonrisa de Julia.
Admito que suelo ir algo preparado cada vez que entro en un espectáculo, que me miro la sinopsis, que me entero del reparto, que averiguo incluso la duración. En esta ocasión, sin embargo, no me molesté: sólo sabía que estaba basado en las canciones de ABBA. Y a mí ABBA no me disgusta, me recuerda el sabor de la infancia, me sabe a kitsch, a los buenos tiempos de Eurovisión (si es que alguna vez los hubo). Cuando se abrió el telón y una de las protagonistas se puso a cantar un tema pasteloso que me remitió a los temas de las heroínas de Disney, me dije: “Uy, Dios, me hará falta paciencia para afrontar esto hasta el final”. Pero no ocurrió así: es sólo la introducción, aportando una nota tranquila que luego, durante el resto del espectáculo, se encargan de desmentir. Disfruté, no sólo por la alegría de los temas y el entusiasmo del reparto, sino también, y como decía antes, porque las canciones me empujaron a un tiempo ya lejano en mi memoria. Para quien no conozca los tintes trágicos de su argumento (tintes pasados, no obstante, por el filtro de la comedia), los despacho en unos segundos: en una isla griega disponen los preparativos para la boda de Sophie y Sky (sí, sí, Sky, han leído bien); un día Sophie husmea en el diario de su soltera madre y descubre que ésta se soltó la melena en los tiempos del amor libre y tuvo ayuntamiento con tres hombres, y por separado, con lo cual nadie sabe quién de los tres podría ser el padre de la moza. Así que la hija se las arregla para invitarlos a la boda y, mediante la treta, descubrir quién de ellos la concibió y quién está dispuesto a asumir responsabilidades.
Otro de mis temores me asaltó nada más sentarnos en las butacas. Alguien me dijo que creía que la protagonista era la profesora aquella de “Operación Triunfo”, pero no: tuvimos suerte y, en esta función, la sustituía Ángels Jiménez. Jiménez encarna a Donna, la madre, y Mariona Castillo a Sophie, la hija. Repito que disfruté. El musical despide cierto delirio pop y festivo que obliga a salir del teatro con una sonrisa en la boca. Se me borró, además, la aversión hacia los musicales en español, y lamenté no haber visto otros célebres y recientes espectáculos exhibidos en Madrid, como “Cabaret” o “El Fantasma de la Ópera” (al de Mecano, en cambio, no iría gratuitamente ni tampoco por recomendación del médico). La única pega vino al final, cuando todos los actores se despiden del público cantando un par de temas: de sus butacas se levantaron dos o tres espectadores y se pusieron a menear el esqueleto en el pasillo, a un palmo del escenario. A mí, que la gente baile en un teatro o en un cine me pone de los nervios, despierta mi lado salvaje, y para colmo me embarga la vergüenza ajena. Si yo fuese otro, me hubiera levantado a darles un par de hostias, para que regresaran a sus asientos. Pero claro, odio el deporte y la violencia.

lunes, julio 31, 2006

Un problema veraniego (La Opinión)

La cuestión es la siguiente: tenemos a un padre, a una madre y a los hijos de ambos. Lo que se viene llamando una familia normal o tradicional. Pero los hijos, en este caso, deben ser pequeños, deben ser niños. Cuando llega el verano el padre y la madre, que están hasta la coronilla de trabajar y de vivir en tierras secas, ponen en práctica sus planes conjuntos: han esperado durante meses este momento y logran que sus vacaciones coincidan y deciden, entonces, viajar a alguna zona costera. Durante diez o quince días, quizá más o quizá menos, dependiendo de los posibles de la familia y de las ganas, van a estar entre playas, sombrillas, hamacas, aceites para el sol, “pescaíto frito”, cielos azules y sin nubes, brisa marina, toallas de baño, paellas, tintos de verano, cuerpos semidesnudos y proclamas publicitarias de vendedores ambulantes guiris con el soniquete en los labios de “Coca-Cola-Lemon-Orangsh-Servesafresca”. Pero, sobre todo, el padre y la madre buscan el alivio marítimo. Las olas, el baño refrescante, el horizonte azul, el salitre curativo, y los pies hundiéndose entre la arena y las algas de la orilla. Pero los hijos, que aún son niños, no quieren eso. De hecho, mire usted, por lo general odian el mar. Y ahí empieza el problema.
El problema empieza cuando toca, por la mañana, acaso muy temprano, preparar los bolsos e ir a la playa después del desayuno. Si el hotel o el apartamento en el que se aloja la familia no es muy malo, dispondrán de piscina, entre otros servicios. La piscina atrae a los niños como la luz a las polillas y la sangre a las moscas. Y los niños, en cuanto ven sus aguas ricas en cloro y sus orillas con cemento y sin arena, sólo quieren zambullirse dentro. Los padres comienzan siendo permisivos. “Venga, meteros un rato, pero en cuanto me tome una caña nos vamos a la playa”. Los críos, que se las saben todas, dicen que sí, sí, jefe, sí, papá, lo que tú digas. Dicen que sí con la boca y niegan con el cuerpo. Cuando los padres regresan de efectuar alguna compra o de beberse una caña fresca en el chiringuito más próximo, no hay manera de sacar a los chavales de la piscina. Con suerte, incluso habrán hecho amigos, otros niños de su edad a quienes, además, ponen de excusa: “Es que, si salgo, dejo solo a Manolín”. Entonces uno observa esa escena típica del verano y de las familias de interior que pasan sus vacaciones en la costa: los padres caminando por el bordillo, pidiendo a los chavales que salgan ya, oye, que ya está bien, que no hemos venido a Torremolinos para pasarnos el día en la piscina, y que piscina hay en nuestra ciudad e incluso en el pueblo de la abuela, y que uno no puede gastarse el dinero en hacer tantos kilómetros para que los hijos se pasen las horas en una piscina que encima esté llena de cloro y en la que todo el mundo se mea, oye, que el mar está ahí en frente, y fíjate que pureza y qué color y qué frescura, y que esto no hay padre que lo aguante, etcétera.
Los chavales, tras el rapapolvo, dirán: “Que sí, que sí, que ahora vamos. Un minuto más, sólo un minuto”. Y la mañana y la tarde transcurren, ante las miradas impotentes de la madre, que quiere que todos estén contentos pero juntos, y los visajes furiosos del padre, que observa compungido cómo se le van las vacaciones en ver a sus chavales bañarse en la piscina, una piscina de mierda, coño, oye, que encima es más pequeña que la del pueblo de la abuela, hasta dónde vamos a llegar. El padre se hace cruces y jura que no volverá. Mediada la tarde, los chavales ceden. Pero al día siguiente la escena se repite. Esa es una de las razones por las que algunos padres vuelven de vacaciones con los nervios triturados.

domingo, julio 30, 2006

La redención del patán (La Opinión)

Me he enganchado a algunas series de televisión: los dibujos animados de Superman, Batman y Spiderman, el Doctor House, “Cuentos de la cripta”, etcétera. Sin embargo, hoy quería hablarles de la primera (y única, de momento) temporada de una serie que no tardarán en emitir en La Sexta: “My Name Is Earl”, que traducirán, supongo, como “Me llamo Earl” o “Mi nombre es Earl”. Dado que mi antena no coge La Sexta, alguien me ha pasado la serie en versión original con subtítulos en español. Y es una auténtica delicia, una comedia de mala leche y buenas intenciones, humor gamberro y duelo entre el bien y el mal, una mezcla de los iconos freak, “Amelie” y los primeros filmes de Kevin Smith, especialmente “Mallrats”. Supongo que, cuando la estrenen en España, hará furor. Lo ha hecho en otros países. Este año fue nominada en un par de categorías importantes de los Globos de Oro y de los Emmys. Pero, si por algo quise ver la serie, es debido a la interpretación de su protagonista, Jason Lee, un divertido actor a quien los cinéfilos recordarán por sus papeles en “Persiguiendo a Amy”, “Dogma”, “Casi famosos”, “Vanilla Sky” o la citada “Mallrats”.
El episodio piloto es esencial. Earl Hickey (Jason Lee) es un patán de patillas, bigotazo y camisa de leñador, habituado desde niño a robar, mentir, emborracharse en los momentos menos indicados, pegar puñetazos a los jefes de sus esporádicos empleos, entre otras lindezas. En el piloto, Earl comete su última fechoría: roba a un hombre un billete de lotería premiado. Pero lo atropella un coche y lo envían al hospital. Allí reflexiona acerca de su vida, descubre el karma y éste se convierte en su máxima: “Haz cosas buenas y te sucederán cosas buenas; haz cosas malas y te sucederán cosas malas”. Earl elabora una lista con las atrocidades que ha cometido desde su infancia, y asume que le ha jodido la vida a medio pueblo: a sus padres, novias, ex mujer, hijastros, hermano, amigos, policía, vecinos, trabajadores. Una vez cobrado el dinero de la lotería, decide emplearlo para ayudar a las personas (de ahí mi referencia a “Amelie”) y recomponer las vidas que ha truncado. Porque todo cuanto hace origina una catástrofe. Si, por ejemplo, roba un coche, no sólo deja a un ciudadano hundido por el robo, sino que el tipo, al serle arrebatado el vehículo, llega tarde al trabajo, es despedido al día siguiente y como consecuencia se queda sin dinero y sin casa, y luego sin novia y sin futuro. El más afectado, probablemente, es su padre, a quien desde crío arruinó de todas las maneras posibles. Uno de los aspectos más divertidos es que, en cada capítulo, tenemos una dosis de mala leche (cuando, en flashback, nos muestran las locuras de Earl) y una dosis de buenas intenciones (el calvario que está dispuesto a pasar para devolver su dignidad y su vida a las personas a las que perjudicó).
Eso se completa con situaciones hilarantes y la compañía de estupendos personajes secundarios: Randy, su hermano, un muchacho no muy distinto de Forrest Gump, quien posee un modo de discurrir que suele salvarles la papeleta; una ex mujer dura y de barrio que tuvo dos hijos ilegítimos con Earl (uno, además, negro); el marido actual de ella, un camarero afro que vive con una sonrisa perenne en la boca; una hispana que limpia el motel donde se aloja Hickey; y un par de ladronzuelos. A ello debemos sumar las estrellas invitadas de algunos episodios, como Beau Bridges, Giovanni Ribisi o Juliette Lewis, y la banda sonora, con canciones de Lynyrd Skynyrd, George Thorogood, AC/DC, The Doors, Bob Marley, Creedence Clearwater Revival, Nilsson, Steppenwolf, Nancy Sinatra y Queen, entre otros.

sábado, julio 29, 2006

Talento, ambición y un poco de suerte

Así se titula el artículo sobre Raymond Carver de Revista de Libros.

Aprovecho para recomendar este suplemento, perteneciente al Diario El Mercurio, y el suplemento Radar Libros, del periódico Página 12. Ningún sábado me pierdo sus contenidos.

Estilo femenino (La Opinión)

Me fascina ese don que tienen casi todas las mujeres para que cualquier prenda u objeto les siente mejor que a todos los hombres. Lo llamo don, pero igual es una cualidad estética o, simplemente, un toque de estilo femenino. Vayámonos, para que ustedes comprendan lo que quiero decir, a una fiesta de Nochevieja, donde no faltan los disfraces, los matasuegras, los gorros de cartón y de papel y los afeites excesivos. Si un hombre (yo mismo, dado que ahora necesitamos voluntarios) aparece en la fiesta con un sombrero en la cabeza, ya sea hongo, de copa o de cowboy, entre el público que festeja suelen darse dos reacciones: uno, reírse de quien lo lleva; dos, hacerle fotos para que otro día él mismo vea lo ridículo que iba. Es posible que la idea de ponerse un sombrero para una fiesta sólo sea el enésimo intento de hacer el gamba. Ahora bien, en cuanto una mujer le pide el sombrero al voluntario y se lo pone, alrededor todo son parabienes, piropos masculinos y también femeninos, múltiples cámaras de fotos para que luego, ella, vea lo guapa que estaba. En las bodas y en las fiestas en las que los hombres llevamos corbata, en conjunto parecemos ejecutivos, tipos fríos y elegantes, pero estéticamente quedaríamos igual si nos sustituyesen la corbata por la soga. Cuando han corrido el champán y la alegría durante un par de horas, algunas mujeres toman prestadas esas corbatas y se las ponen. Y, oigan, no hay color. Aúnan elegancia con erotismo y una gota de vanguardia, ya que no se ajustan el nudo al cuello. No lo digo sólo yo, por ser heterosexual. Seguro que muchas mujeres me dan la razón.
Cuando la mujer se puso pantalón, el hombre supo de inmediato (exceptuando a los conservadores de siempre y a los beatos de turno) que le sentaba mejor que a él. Es una verdad descomunal, aunque en el fondo duela. No ha ocurrido así con la minifalda: a nosotros nos sienta como un tiro entre las cejas. Basta con ver a quienes se disfrazan de fulanas durante el carnaval (no olvidemos que, en carnaval, los caballeros no se disfrazan de damas, sino de meretrices). Y, ¿qué decir de la playa? En la playa, una chica en tanga es una diosa. Un tipo en tanga, en cambio, provoca deserciones masivas y gestos de repulsa. En cuanto las mujeres les ven el culo peludo al aire y la marcazón paquetera casi vomitan, las pobres. Un hombre que sujeta un revólver da una imagen de peligro y heroicidad; en una mujer sucede todo lo contrario, o sea, que no nos llega el peligro de la inminente matanza o del atraco, sino el peligro del morbo. Basta con ver las películas de cine negro, donde un asesino con pistola da miedo y una femme fatale empuñando una cuarenta y cinco nos embarga de cierto placer. O las gafas de sol que ocultan media cara. Con ellas puestas, un hombre parece un hampón con millones y una mujer parece una modelo en prácticas. Un millonario con un cigarro puro en los labios tiene pinta de ladrón, de vividor y de sinvergüenza, y una millonaria con el mismo vicio tiene aspecto de duquesa erótica.
Podríamos hablar de las pelucas. Si me pongo una peluca en una fiesta provocaré la hilaridad del personal, ya sea la peluca de buena factura o de imitación pobre. Si una chica se coloca la misma peluca sabrá cómo hacerlo, cómo llevarla, y en consecuencia le harán fotos y verterán en sus oídos el elixir del requiebro. Todos estos ejemplos pueden verse en las fotografías de estudio, en los reportajes de las revistas chic y de gran tirada, en los anuncios que van a la última: se contrata a una fémina, se la viste con aperos y trapos y adminículos de hombre y siempre sale como una reina. Y da igual de qué la vistan: de minero, de indio, de labriego, de pastor…

viernes, julio 28, 2006

Un hallazgo


Aparte de las librerías de viejo y de Fnac, La Casa del Libro y El Corte Inglés, de vez en cuando visito dos librerías estupendas de Madrid: El Bandido Doblemente Armado, propiedad de Soledad Puértolas, y la Librería Hiperión. Pues bien: ayer, en El Bandido, fui a buscar una revista literaria y acabé encontrando Los Ángeles del Infierno, de Hunter S. Thompson, en una reedición del 98 a cargo de Anagrama.
Curiosamente, es un libro del que me habló una compañera de clase cuando estábamos estudiando en Salamanca. Recuerdo que entonces lo busqué y lo pedí a la Librería Cervantes. No hubo manera de conseguirlo y ni siquiera llegué a ver un ejemplar. Con el tiempo, olvidé la existencia del libro. Hasta ayer.

De culto y peregrinaje (La Opinión)

Acabo de leer que el Gobierno de Zapatero va a respetar el Valle de los Caídos por ser “lugar de culto” de la Iglesia Católica; y de la derecha más rancia, añadiría yo. Todo esto guarda relación con el famoso anteproyecto de la “ley de extensión de derechos a los afectados por la guerra civil y la dictadura”. El Valle de los Caídos, cuyo escultor murió hace unos veinte días, es hoy un sitio al que peregrinan los turistas para hacerse la foto y los carcas franquistas a los que aún les entra el calentón (con sus diversos significados, sí) cuando ven la cruz a un palmo de sus narices y entran en ese sitio donde duermen el sueño de los justos y de los injustos dos de sus gloriosos, ejem, héroes. A mí, ya lo dije aquí alguna vez, me parece que se debe conservar todo como está, dado que es una huella de la historia; aunque sea de una de las historias más tristes de esta España tan empapada en la salsa de la sangre, el odio y la envidia. Eso sí, colocaría un cartel en la entrada del Valle que rezara “Museo de los horrores”, pues sólo de ese modo pueden calificarse las infamias y las tumbas donde anidan los dictadores. Parece que Izquierda Unida no está de acuerdo con estas premisas, dado que no habría reconversión del Valle de los Caídos. No creo que esté de acuerdo, tampoco, el Partido Popular, porque su oposición se basa en el no, el no a cuanto diga el contrario. Y ese es el problema de Zapatero, que quiere quedar bien con todo el mundo y eso no siempre es posible: a veces hay que mojarse.
Un amigo mío está empeñado en que visitemos el Valle de marras, y supongo que, al final, me convencerá. Él es más rojo que la sangre que fluye, pero le gusta visitar de vez en cuando ese sitio de escalofrío porque ama la historia en general y las historias derivadas de la guerra civil en particular. Lo conozco. El sitio, digo. Ya les conté que, de niño, los mandamases de la escuela nos llevaron de excursión allí. Mi colegio (entonces, no sé ahora) pertenecía a esa derecha rancia que citaba al principio, y por esa razón nos llevaban a visitar el Valle de los Caídos y por esa razón algunos profesores nos arreaban sopapos y collejas y azotes y nos daban tirones de patillas: la letra con sangre entra, etcétera. El caso es que sí, que al final volveré, a ver si supero el miedo que me entró la primera vez, de crío, un temor que no tenía relación con la historia ni con los muertos ni con los dictadores, sino con la altura de la cruz, la majestuosidad siniestra de sus estatuas y el vacío del sepulcro. Supongo que hoy día no sólo me desagradarán esos iconos, sino también cuanto hay detrás. Lo único que temo es que, con el escalofrío, se me aflojen los esfínteres y tenga que quitarme de encima lo que le sobre al organismo en ese instante, o sea, y para que me entiendan, que tenga que hacer de cuerpo, como se decía antes, en la misma losa del enanote cabezón.
Y que me perdonen los abuelos cebolleta, aunque la facultad para el perdón no sea una de sus virtudes, pero viene al caso comentar cómo ven hoy día las nuevas generaciones al pequeño caudillo. No lo ven como el gran individuo que nos pintan una y otra vez los nostálgicos de la dictadura, sino todo lo contrario: un fantoche de otros tiempos. Basta con darse una vuelta por internet y ver el conglomerado de chistes y montajes que lo tienen a él de protagonista. Provocan mucho regocijo. Hablaba el otro día de YouTube, la web de los vídeos. Pues bien: allí han colgado un documento en el que el generalísimo habla en inglés. Su pronunciación es de este pelo: “Zanks tu di zousan of sou ju folou ai güan muviman”. Impagable.

jueves, julio 27, 2006

Libro: Manteca colorá, de Montero Glez


Esta era una de mis lecturas atrasadas. Montero Glez, una vez más, no defrauda. Mediante su prosa torera y siempre al filo de la navaja nos ofrece una verdadera fiesta del lenguaje en esta novela corta. Si el lector entra, le vendrán a los ojos, como puñetazos, las onomatopeyas, los narcotraficantes, las golfas, los tiros y los navajazos, las canciones de Camarón, las metáforas, una hembra que quita el hipo, un protagonista salido de prisión y conocido como el Roque, polis corruptos, escatología, animalización de personajes, sarcasmos, sexo salvaje, jerga de barrio. Arturo Pérez-Reverte tiene por ahí un artículo, sobre el libro, que conviene leer.

El idioma común (La Opinión)

Cerca de casa, esperando a un amigo a la salida de una parada de metro, le comento a un colega que el barrio tiene sus inconvenientes. Que a mí hasta ahora no me ha ocurrido nada, pero que, en el fondo, hay mucho peligro: atracos, drogas, trapicheos, broncas, redadas, detenciones, jaleos nocturnos. Mientras le cuento algunas historias, he aquí que dos individuos con trazas de alcohólicos o de toxicómanos (ya sé que los estragos que causan el alcohol y la droga son distintos, pero estábamos a unos cuantos metros de distancia), dos individuos, digo, empiezan a discutir. Le cuento algunas cosas y recuerdo otras. Esa misma mañana, sin ir más lejos, cuando el ruido exterior y el zumbido de las sirenas de la policía me hicieron abandonar los quehaceres y asomarme a la calle. Y vi lo típico, en estas lides: un coche y dos motos de la nacional, un nota con careto de cuero tirado en el suelo y con las manos a la espalda, y un par de polis jóvenes que le calzan las esposas y lo meten en la parte trasera del vehículo.
Mientras esperamos a la salida del metro, los dos caballeros (es un decir) abandonan la discusión, porque uno sale por piernas y el otro comienza a perseguirlo. No es una carrera de atletas, precisamente. Las adicciones varias han perjudicado sus músculos y su velocidad. Una vieja con bastón y buena salud, si se lo propusiera, podría darles caza. Se persiguen y le narro alguna otra historia reciente a mi amigo. Hace unas semanas, cerca de allí, tuvo lugar un atraco en el que casi muere una chica china. La cosa fue así, me lo contó mi vecina: domingo, alrededor de las diez de la mañana, una calle cualquiera del barrio. Dos hombres de la morería sostienen, entre dos coches, a una muchacha. Uno la estrangula por detrás, y el otro trata de quitarle el bolso. Tres mujeres los ven y advierten el paño: una señora asomada al balcón, una chica que pasa cerca y mi vecina, que es la que grita llamando a la policía. Los dos cacos se dan a la fuga, con el bolso en las manos y el culo prieto de quien escapa. La china cae a la acera, se desploma, parece un cadáver reciente, le salen burbujas de la boca, no le notan la respiración. Poco a poco vuelve en sí. No entiende una palabra de español, sólo sabe que estuvo bailando un rock and roll con la muerte y que ha escapado por los pelos del pasaje a otro barrio. A una de mis amigas zamoranas le sucedió algo peor, meses atrás y un barrio más allá del mío: iba a trabajar a las siete de la mañana y un fulano latino le salió al paso, le puso un cuchillo en la garganta y la obligó a entrar en un cajero y sacar pasta. Estas cosas, sea uno el testigo o la víctima, dejan huella y causan un trauma que no se quita jamás. Lo peor es que siempre son los mismos quienes pagan el pato, los inocentes y los ciudadanos ejemplares: chicas, mujeres solas e indefensas, trabajadores de madrugada, señoras con bolso bajo el brazo que vuelven de misa.
Los dos ejemplares de cerca del metro se alcanzan, y se empiezan a dar una mano de bofetones y puntapiés. Se arrean bien, muy lejos de donde estamos nosotros. Y recuerdo una escena de esa misma tarde, sobre las siete, o así: en el escalón de entrada al portal del edificio en el que vivo veo a dos árabes, sentados y preparándose con sumo cuidado y deleite una raya de cocaína o speed o lo que sea. Cuando introduzco la llave en la cerradura uno de ellos levanta las manos en son de paz y dice: “Disculpa. Disculpa”. Asiento con la cabeza, seca y brevemente, como diciendo: “Me hago cargo, mientras a mí no me la preparéis parda”. Los dos individuos del metro siguen pegándose, y en esto aparece la policía y termina la pelea. Aquí siempre hay guerra. Aquí siempre es así. Aquí, la violencia es el idioma común.

miércoles, julio 26, 2006

Cajeros automáticos (La Opinión)

Estaba tomando algo en un bar, con unos conocidos de Madrid, cuando salió el tema de los cajeros automáticos. Ya saben que los cajeros automáticos crecen como champiñones en las ciudades y en los pueblos y en cualquier lugar por donde exista la posibilidad de que pase un hombre adosado a una tarjeta de crédito; otra cosa, muy distinta, es que el cajero funcione cuando lo necesita uno, o que esté disponible la cantidad que uno pide (a mí me cuesta muchas caminatas encontrar un cajero que emita sólo billetes de diez euros). Entonces alguien, en mitad de la conversación, dijo que había estado recientemente en una despedida de soltero. En las despedidas de soltería, al menos en las despedidas masculinas, suele terminarse el trayecto nocturno en un hogar de mala reputación, salvo que quienes oficien de comparsas del despedido pertenezcan a ese gremio de juerguistas que se conforman con una capea, un torneo de tiro con arco y una copa en el pub más finolis de la ciudad. Pero continuemos: dijo que había estado en una despedida y que, hacia la madrugada, entraron a ver un strip-tease en una célebre casa de lenocinio. Casa, según me han informado, en la que menudean los famosos que entran por la puerta trasera (futbolistas, cantantes, etcétera) a darse un revolcón de alquiler. No cito el nombre del club por si acaso se entera alguien y vienen a partirme las piernas un par de hombres empapados en crack, que en la red todo se sabe. Hacia la mitad de la función decidieron ver otro de esos bailes, pero en privado. Y, al caminar por los pasillos que conducían a los cuartos, se toparon con un cajero automático. No me han dicho de qué entidad era, y olvidé preguntarlo. Aquello me dejó helado, amigo. Un cajero automático en el interior de un lupanar. Para tener a mano los billetes de la cuenta, en caso de apuro y necesidad. Para que el fulano con picores inexcusables no pueda argumentar falta de efectivo en la cartera y las chavalas lo conminen a sacar el dinero fresquito y crujiente.
Eso no fue todo. Cuando aquel tipo terminó de contar la historia, hubo otro que dijo: “Eso no es nada. Yo he visto algo aún más alucinante”. Habló de una catedral de Madrid. Se conoce que entró un día, a verla y a hacer unas fotos, y tropezó con una especie de cajero automático en la pared. Es lo que llaman el cepillo electrónico de las iglesias. “Donativos con tarjeta”, pone en una placa, al lado. Y según declaraciones del cabildo: “El llamado cepillo electrónico facilita una colaboración más generosa de los fieles (…)” Esto no es óbice, según leo y me cuentan, para que siga pasándose el cesto de mimbre por entre los bancos de los feligreses. Pero dentro de poco ya nadie pondrá calderilla en esos cestos: simplemente, dejarán caer un cheque.
La existencia de cajeros automáticos en dos edificios tan concurridos y propios de la historia de las ciudades me dejó estupefacto. Comprendan que mis paseos sólo suelen tener tres metas posibles: las librerías, los cines y las tascas. Lo cual quiere decir que no voy ni a misa ni a la mancebía. Vaya por delante (lo digo antes de que alguien se escandalice) que ninguno de aquellos conocidos que me contaron la historia tuvo la intención de atacar el funcionamiento interno y económico de los lupanares y de las iglesias, y aún menos compararlos. Tampoco es esa mi intención. No tienen nada que ver entre ambos: en unos se busca consuelo físico y, en las otras, consuelo espiritual. Lo que sí quisimos poner todos de manifiesto es el modo en que en algunos lugares se adaptan a los nuevos tiempos y a los adelantos tecnológicos. Se adaptan a la perfección; siempre, eso sí, que al final haya talegos.

martes, julio 25, 2006

Libro: Ciudad del hombre: Barcelona, de José María Fonollosa


Por fin encontré este poemario.
Fue Fonollosa, desde luego, un hombre obsesionado con el fracaso, un hombre muy pesimista. En este libro de ochenta y dos poemas, titulados según el callejero de Barcelona, despliega el poeta sus obsesiones más arraigadas: la huida del amor y de la gloria, el nihilismo, la extrañeza de poseer un cuerpo que habitan parásitos y que se va muriendo y desgastando poco a poco, el cansancio de vivir y su (a veces) inutilidad, la furia de convivir con la gente.

Portal de vídeos (La Opinión)

Los periódicos nacionales empiezan a dedicar reportajes al portal de vídeos YouTube (escrito así: todo junto, formando una sola palabra, con la y la t en mayúscula). No es para menos. Los inventos que van apareciendo en internet se convierten, en pocos días, en auténticos fenómenos. YouTube es gratuito y fácil de usar y esa gratuidad redunda en beneficio del aumento de visitas. Hay gente que cree que encuentra la gallina de los huevos de oro en la red cuando trata de cobrar al internauta por acceder a sus páginas y a sus servicios, y luego se demuestra que el público quiere sólo aquello que no le cueste un céntimo, porque ya paga religiosamente por su conexión diaria; tal vez sí exista algo en la red que amase millones al poner un precio a la navegación por sus páginas: la pornografía.
Se conoce que YouTube fue un invento de dos chavales norteamericanos cuya máxima ambición era compartir un vídeo con sus amigos. Como mandarlo por correo electrónico era un engorro, se inventaron una página donde colgarlo. Lo único que debe hacer el internauta es pulsar el play y ponerse a mirar. Ni siquiera hace falta descargar el archivo. Según desvela El País, en este escaparate más de seis millones de personas ven unos cien millones de vídeos al día. Yo mismo renegaba de este portal hasta hace unas semanas, y creo que comenté algo al respecto en un artículo. Parecía que todas las bromas y grabaciones caseras y un poco chorras confluían en la web. Sin embargo, en cuanto uno se dispone a navegar por el sitio, no tarda en hallar acomodo para pasar el rato. A mí me sirve para buscar ciertos fragmentos históricos de televisión y volver a verlos, años después: el inolvidable cabreo de Fernando Fernán Gómez con Pablo Carbonell (“¡Es usted muy gracioso, muy ingenioso! Dígaselo a su madre, y que le dé dos besos, ¡pero a mí déjeme en paz!”), el legendario aviso de Francisco Umbral en un programa de Mercedes Milá (“Yo he venido aquí a hablar de mi libro”), la embriaguez de Fernando Arrabal en una tertulia cultural y su dicción entre apocalíptica y beoda (“¡Hablemos del mineralismo! El mineralismo va a llegaaaaar”). Me sirve para recuperar escenas de ciertas películas y trozos de episodios: los mamporros a mano abierta que Terence Hill y Bud Spencer propinaban a los gañanes de turno, el kárate de los filmes de chinos de los setenta, las cabeceras de las series.
Pero, aunque la mayoría busquemos el ocio, aunque pretendamos sólo reírnos un rato, YouTube se está convirtiendo en algo más. En cuanto un invento funciona y atrae al público, no son pocos quienes mueven sus fichas para sacar partido. Un analista de The Washington Post ya ha dicho que, en las próximas campañas electorales, habrá que ir pensando en recurrir a YouTube. Está el caso de quienes asisten a un acontecimiento, lo graban y lo cuelgan en el portal, cuelgan su propia versión: por ejemplo, la visita del Papa a Valencia. También puede ser un arma de doble filo: semanas atrás alguien puso los vídeos de una presentadora de La Sexta que, en horario de madrugada, hablaba como si viniese de beber una cuba de vino. Los vídeos tuvieron tanta repercusión en la red que sus jefes apartaron a la muchacha del programa. Ella alegó que no estaba borracha, sino que era culpa del jet-lag del viaje previo a la grabación del espacio. Ahora bien, ¿esta fama, estos vídeos rescatados en la madrugada, la van a convertir ahora en una apestada de la televisión o, por el contrario, en una celebridad? Ahí está el debate. YouTube es un pasatiempo, pero también una fuente caudalosa de información. Dicen que ya sólo les falta averiguar cómo obtener ingresos.

lunes, julio 24, 2006

The Feast of Love, al cine


Acabo de enterarme: van a rodar la adaptación de The Feast of Love, o sea, El festín del amor, magnífica novela de Charles Baxter que leí hace unos años y que aprovecho para recomendar en este espacio.
Más información sobre la película, aquí y aquí. Esperemos que esté a la altura del libro.

El creador de Mike Hammer (La Opinión)

La semana pasada fallecía Mickey Spillane, el escritor de novelas baratas de bolsillo que creó la figura del implacable detective privado Mike Hammer. Es posible que a la mayoría de la gente el nombre de Hammer le suene por aquella serie que protagonizó Stacy Keach. Sobre él, sobre el autor, circulan unas cuantas leyendas y un puñado de verdades. Entre estas últimas, que él mismo se encargó de interpretar a Hammer en una película titulada “The Girl Hunters”, que sus novelas estuvieron en la lista de las diez más vendidas en Estados Unidos, que a su producción novelística él mismo la tachaba de basura. La leyenda dice que su primer libro sobre el famoso detective, “Yo, el jurado”, lo escribió en nueve días. Este es el título que me he leído en dos tardes, como homenaje a Spillane y mina de información para esta columna.
Mi primer encuentro con el detective Hammer data de principios de los ochenta, cuando vi la violenta y algo erótica película “Yo, el jurado” (existe otra versión que no conozco, de los años cincuenta). El actor que hacía de Hammer era Armand Assante. La acción, sin embargo, la trasladaban a los ochenta, en vez de ambientarla en los cuarenta. Este filme irregular apenas aparece citado en las necrológicas que estos días he leído en la prensa. Poco después estrenarían la serie de Stacy Keach, de la que sólo he visto los anuncios y algún capítulo suelto. Y hace unos tres años me hice con “Kiss Me, Deadly” (“El beso mortal”), una cinta del cincuenta y cinco dirigida por el maestro Robert Aldrich, y una de las favoritas de Guillermo Cabrera Infante. A Hammer le daba vida Ralph Meeker. Por supuesto, hay otras adaptaciones de libros de Spillane, pero no me interesan. Durante el último año me he dedicado a buscar alguna de sus novelas por los rastros y las librerías de viejo y de ocasión. En España se editaron varias, y prácticamente están todas ya agotadas: “La venganza es mía”, “Mi pistola es veloz”, “El gran crimen”, “Amanecer sangriento”, etcétera. Mi intención era encontrar “Yo, el jurado”. Hace un par de meses lo logré: en un puesto del Rastro donde se apilaban novelas de kiosco vi aquel título. Lo tenía, pues, en la mesilla, listo para leer este verano. La muerte de Spillane me ha empujado a leerlo ya, como particular homenaje a uno de esos tipos de tecla rápida y fácil, tan rápida y fácil como el gatillo de las criaturas que pueblan el libro.
“Me llamo Mike Hammer, guapa. Soy detective privado”. Así se presenta el personaje. Se trata de un tipo de naturaleza fría y fascista, empeñado en consumar una venganza. Para llevarla a cabo con éxito, anuncia desde el principio de la historia (la novela está narrada en primera persona) que prescindirá de abogados y juicios si atrapa al asesino. Él mismo se erige en jurado, y su veredicto será una bala en el vientre del culpable. Hammer (que significa “Martillo”) no se anda con chiquitas. Durante la narración se pasea atando cabos, pegando puñetazos a los sospechosos, bebiendo copas en los bares, disparando y recibiendo tiros, y, sobre todo, seduciendo a mujeres o siendo seducido por ellas. He leído por ahí que Hammer es machista. Me temo que no, o esa no es mi impresión: es un mujeriego, no un machista. La novela es entretenida y depara diálogos secos y brutales, propios de las obras de misterio. No obstante, a Spillane le falta la resolución matemática de Dashiell Hammett, el ingenio irónico de Raymond Chandler y la dureza de Jim Thompson. Por lo demás, está por encima de la media de las pulp fiction. Sólo he podido ponerle un rostro a Hammer, mientras leía el libro: el de mi adorado Robert Mitchum. Hubiese sido el actor perfecto.

domingo, julio 23, 2006

Los viejos trucajes (La Opinión)

Semanas atrás estuve viendo en mi ordenador “Las Crónicas de Harryhausen”, documental televisivo de sesenta minutos de duración que ignoro si llegó a estrenarse alguna vez en alguna cadena española. Data del noventa y ocho. La mención a Ray Harryhausen me sirve para el tema que hoy quiero tratar: los efectos especiales. Pero antes, debemos aclarar quién es (tiene ochenta y seis años y aún vive), porque no dudo que a muchos lectores no les sonará de nada el nombre, sobre todo si son menores de treinta años. Ray Harryhausen, digámoslo ya, es un mago, un maestro, un creador de criaturas sobrenaturales y mitológicas, un forjador de sueños, un artesano de las ilusiones infantiles. Él es el hombre que hizo las animaciones de tantas películas de serie B con cuyas reposiciones muchos alimentamos nuestra infancia: “Hace un millón de años”, “Furia de titanes”, “Simbad y la princesa”, “El viaje fantástico de Simbad”, “Simbad y el ojo del tigre”, “Jasón y los Argonautas” (que vi en Benidorm, hace siglos), entre otras. Su técnica, la stop-motion, consistente en filmar los movimientos de los muñecos fotograma a fotograma, fue homenajeada por Tim Burton en “Pesadilla antes de Navidad” y “La novia cadáver” (si se fijan bien en ésta última, el piano que toca el protagonista tiene inscrito en la madera el apellido Harryhausen). Si han disfrutado de estos filmes recordarán esqueletos manejando espadas y escudos, cíclopes, centauros, cangrejos y escorpiones gigantes, trogloditas, dinosaurios, y especialmente a Talos el hombre de bronce y a esa Medusa de rostro terrorífico.
Quizá a las nuevas generaciones estas técnicas se les antojen meras antiguallas, a las que se les nota el truco porque las figuras se mueven como a trompicones. Pero confieso que prefiero los viejos efectos especiales antes que todo el ordenador que le están metiendo a las películas, y que lo desvirtúa y deshumaniza todo. Salvo, eso sí, que los efectos digitales estén al servicio de la trama y de los personajes (como los competentes trabajos de Spielberg y Peter Jackson) y no al revés. Hombres colgados de cables, héroes luchando contra leones que estaban dentro de una pantalla, muñecos a los que se les veían las costuras y las cremalleras, trucos por doquier: pero aquello se lo creía uno. Coppola lo sabía y por eso, en su genial revisión de “Drácula”, prefirió utilizar murciélagos de goma, maquetas, sobreimpresiones, relámpagos de traca. Tomemos el caso de “La guerra de las galaxias”: los recientes primeros episodios, a pesar de la tecnología empleada, resultan menos creíbles, más fríos, tan digitales que se ve el ordenador pero apenas el alma de los personajes; me gustan esas tres películas, sí, pero menos que las antiguas. Tomemos de ejemplo al nuevo Superman. Aparte de que esta especie de secuela, que plagia casi por completo el clásico de los setenta, me ha decepcionado, hay que señalar el tema de sus efectos especiales: son tan perfectos, tan digitales, que uno no se los cree. Es decir: prefiero ver a un hombre colgado de un cable y con una pantalla detrás que un dibujo informático volando por un cielo digital. En el primer caso observo a un hombre de carne y hueso pero, en el segundo, a un conjunto de programas. Siempre es más conveniente y creíble que el peso de la trama recaiga en el guión y en los personajes que en el ordenador y las explosiones.
Todo esto no significa, por supuesto, que reniegue de los modernos efectos. Si no, sería uno de esos tipos que nos amargan el día con discursos retrógrados. Y por fortuna no lo soy. Mi única intención es señalar el daño que está causando el empleo abusivo del ordenador en el cine. Donde esté Harryhausen…

sábado, julio 22, 2006

Libro: Ley de vida, de David González


Me ha costado innumerables pesquisas conseguir este libro. Al final, y por correo electrónico, logré que me lo mandaran desde la espléndida Librería Víctor Jara de Salamanca. Leer a David siempre es un placer. Aquí se mezclan poemas y relatos, ofreciendo al lector esa mirada dura y propia del superviviente. Baste decir que anoche, en un botellón casero, les pasé algunos libros del autor a mis amigos, para que leyeran varios fragmentos mientras tomábamos una copa. Por supuesto, en seguida se engancharon.

Curativo o dañino (La Opinión)

Creo firmemente, aunque a algunos les pueda parecer un disparate o una broma (los intelectuales dicen “boutade”, pero no soy intelectual, de modo que dejémoslo en disparate), en el poder curativo de la cultura. O al menos en su poder relajante. Muchos de los dolores y fatigas que uno pueda padecer en su devenir cotidiano es más conveniente distraerlos con la cultura que anestesiarlos con la medicina. Hay gente que dispone en su casa de un auténtico botiquín para casos en que nota alguna dolencia y opta por no ir al médico. Se llama automedicación y desde Sanidad suelen alertarnos, continuamente, sobre sus peligros. Salvo casos de dolor extremo (una muela picada que empieza a molestar, una reciente intervención quirúrgica, una fiebre infernal) rehúyo siempre la ingesta de pastillas, jarabes, grageas y demás farmacología. Prefiero distraer la cabeza. Por ejemplo, ya lo habrán adivinado, leyendo un libro. A mí me da resultado, salvo, insisto, en casos de dolor extremo. Para estas cosas, pueden llamarme raro, convendría recetar unas páginas de “La isla del tesoro”, unos párrafos de “Don Quijote”, un capítulo de “Tan fuerte, tan cerca”, un cuento de “Nueve cuentos”. Por el contrario, no conviene leerse un ladrillo, si uno padece de ciertas dolencias. El ladrillo, o sea los libros escritos con argamasa, acentuarán los padecimientos.
También distrae uno mucho la cabeza viendo una buena película o una buena serie de televisión. A veces me he sentado, ante la pantalla, roto y descosido por culpa del sueño, la resaca, el cansancio y la preocupación. Si lo que veía era digno, o si a mí me gustaba (no oculto que disfruto, a menudo, revisando bodrios antiguos y subproductos de serie Z), la preocupación, el cansancio, la resaca y el sueño se mantenían apartados, al menos hasta el final del filme o del capítulo. Luego me levantaba como nuevo. Reparado, liviano y contento. Se conoce que los dolores y aflicciones del cuerpo y del alma están casi todos en nuestra cabeza, y que se pueden controlar y distraer. Cada vez que caía enfermo, en cama, y mi madre me recomendaba no leer para que no subiese la fiebre o aumentara el dolor de ojos, yo hacía lo contrario. Es la única manera de estar en este mundo sin estar, o sea, de estar con los pies en el suelo y la mente en otro universo, el de la fantasía, tal vez.
Si la cultura, o cuando menos aquella cultura que nos gusta y nos satisface y nos aplaca, tiene cierto poder curativo, también lo que nos disgusta y nos vacía y nos irrita tiene el poder contrario, o sea, el poder dañino o perjudicial. No sé si les habrá pasado, pero a mí me ocurre continuamente. Cuando entro a ver una película y no me entusiasma, transcurrida una media hora de proyección, o así, comienza a dolerme el estómago. Se me concentra todo en la andorga, que no es sino otra forma de decir vientre, pero en fino. Lo mismo me sucede con los libros que a mí me parecen malos o tediosos. Cuando llevo unas páginas y compruebo que aquello no tiene salvación, me embarga una mezcla de dolor estomacal y desasosiego. Pero no me salgo del cine ni apago el televisor ni cierro el libro ni lo tiro a un rincón. Opto por llegar hasta el final, guiándome por dos motivos: la posibilidad de que la sorpresa esté en las últimas páginas de la novela o en la última media hora del filme y la espera merezca la pena; la certeza de que el esfuerzo invertido por sus creadores bien vale una oportunidad. Tuve un profesor que decía lo contrario: nos recomendaba huir con urgencia de aquellas obras que no nos satisfacían, para no perder el tiempo.

viernes, julio 21, 2006

Messenger (La Opinión)

Dicen que los españoles encabezamos el uso del messenger, que levanta pasiones entre los muchachos de doce a veinticuatro años. Los estudios revelan esos datos y a mí me parece muy bien. Cualquier forma de comunicación es necesaria y benefactora, aunque sea una comunicación de teclado, soledad y pantalla. ¡Lo que hubiera dado Robinson Crusoe por tener el messenger y chatear mientras preparaban su rescate! Personalmente esta herramienta de comunicación la utilizo de guindas a brevas. Porque el messenger contiene una trampa: en cuanto te enredas un poco, se te pasan las horas volando. Ya digo, a mí no me parece mal. Es más provechoso para una persona pasarse el día conversando por el ordenador (y de ese modo practica algo la escritura, aunque la mayoría adorne sus mensajes de feas abreviaturas y de espeluznantes faltas de ortografía) que mantenerse ante el televisor tragando cuanto le echen.
Los muchachos de entre doce y veinticuatro años son quienes más lo utilizan, pues. Pero en España no podemos estarnos quietos, y, así, tengo leído, ya hay expertos, padres y educadores preocupados por dicha fiebre mensajera. De tal manera discurre la vida contemporánea: cualquier gesto del adolescente es revisado con lupa por unos cuantos expertos y educadores, analizado hasta las últimas consecuencias, puesto en tela de juicio y, luego, no recomendado o prohibido. Hoy les incomoda que los alumnos y los hijos se pasen horas liados en este “sistema de mensajería instantánea”, pero mañana les quitará el sueño otra cosa: la webcam, los fotologs, el eMule, los blogs. El caso es no dejar a los muchachos vivir en paz. Si ven la tele, porque no aprenden. Si salen de farra, porque vuelven a casa de madrugada. Si hacen botellón, porque se maman y ensucian las calles. Si se entretienen con los videojuegos, porque no estudian nada. Si estudian demasiado, porque no conocen el mundo exterior. Si leen los libros de Harry Potter, porque eso no es auténtica literatura. Si ven películas violentas, porque la violencia de la ficción les puede inocular el virus de la violencia real. Si cogen el monopatín, porque molestan a los peatones. Si se montan en una moto, porque son unos vándalos. Si salen con la pancarta, porque son unos revolucionarios y unos gamberros. Si no salen a la calle a reivindicar sus cosas, porque carecen de ideales y de ideas propias. Hombre, no sé, no me hagan mucho caso, no soy un experto, pero esto alcanza ya unos límites que podríamos calificar de persecutorios. Es como una caza de brujas, pero disfrazada mediante encuestas, normas, estudios, consejos y prohibiciones. Algunos padres, sin embargo, dicen: “Ahora tenéis más libertad”. Otros añaden: “Menudo golfo era yo en mis tiempos: me emborrachaba en los guateques, tenía una novia en cada puerto, fumaba mis porros y las preparaba pardas”.
Deberían dejar a los jóvenes que vayan aprendiendo por sí mismos los caminos convenientes. Sí, hoy leen a Harry Potter, ¿y qué? Mañana tal vez se harten y se metan con “La metamorfosis” y “La náusea”. Sí, hoy hablan por el messenger, pero mañana quizá se den cuenta de que nada puede suplir una conversación cara a cara. Y si nunca se dan cuenta, pues tampoco pasa nada. De hecho, mucha gente hoy encuentra pareja gracias a los chats. Dos personas conversan por la pantalla, pero, un mes después, se citan y se hacen novios. Cantaba Dylan: “Venid padres y madres / alrededor de la tierra / y no critiquéis / lo que no podéis entender, / vuestros hijos e hijas / están fuera de vuestro control / vuestro viejo camino / está carcomido, / por favor, dejad paso al nuevo / si no podéis echar una mano / porque los tiempos están cambiando”.

jueves, julio 20, 2006

En Benidorm (La Opinión)

No sé cuándo fue la penúltima vez que estuve en Benidorm. Supongo que hará ya unos veinte años. Probablemente. Las ciudades cambian mucho en dos décadas. En aquellos años, los ochenta, era un lugar al que todos los españolitos íbamos de veraneo, y de allí veníamos cargados de collares de marfil, muñequeras de cuerda o plástico, bañadores ceñidos y, en general, cosas que no se veían en Zamora y que aún tardarían unos años en comercializarse en la provincia. Recuerdo muchos complejos hoteleros, apartamentos y edificios. Pues imaginen hoy, veinte años después: paseamos por las playas y sólo se ve, desde la arena, un bosque terrorífico de mal gusto, de casas de distintos colores y tamaños, cada una de su padre y de su madre, cada una más horrible que la anterior, sin que los constructores hayan guardado cierta línea estilística. Aquello es un jaleo de edificios, un cruce entre Manhattan y la España profunda.
Lo primero que buscamos es un sitio para comer, cerca de la playa. Los restaurantes baratos de la zona están acondicionados para turistas británicos y alemanes, con pizarras escritas en inglés y cartas de copiosos desayunos que incluyen bacón, café, zumos, bollería, huevos fritos, y en ese plan. Entre uno de mis amigos y la camarera de un garito se da el diálogo que aquí reproduzco: “Hola, ¿hay mesa para comer?”, “No, ahora mismo no; hasta las cinco, nada”, “Vale. Pero, para las cinco, ¿nos reservará fijo una mesa?”, “No, a esa hora está cerrada la cocina y ya no damos de comer”, “O sea, que era una frase hecha”, “Pues sí”. Por fin nos preparan una mesa en el interior de una casa de comidas hogareña y económica, con el padre, la madre, el hijo, la hija, currando entre los comensales, en la cocina, la barra y las terrazas del exterior. La comida no es una maravilla, pero tampoco es mala. Observamos el interior del local. Tres mesas, tres familias. La primera familia es patética. El padre gasta bigotazo y gafas, cara de mala hostia y una camiseta con los hombros al aire, como si fuera un chaval forzudo; a la mujer se le nota el tedio y el hastío; las hijas, una niña y una adolescente, se aburren como ostras; no cruzan una palabra entre ellos en ningún momento. Se nota que son de fuera y que hacen lo que pueden. A su lado, en la mesa vecina, el panorama es idéntico o peor. El padre, ibérico y moreno como el jamón de pata negra, un tipo con gesto de asco y de indiferencia, viste otra camiseta igual, sin mangas, y usa una gorra, colocada en plan yanqui, un poco echada hacia atrás, y me pregunto si sabe que, en España, sentarse a una mesa sin descubrirse la cabeza es de mala educación; su esposa es un calco de la otra mujer, se la ve harta, ha engordado demasiado y se aburre; el mozo de la familia es un niño de gafas que viste un polo de un equipo de fútbol, con el pelo muy corto y una coletilla kilométrica que le sale de la nuca, una coleta que parece cola de ratón; tampoco intercambian una palabra. El panorama lo salva la gran familia de la tercera mesa: hablan, ríen, la abuela conversa con los nietos, etcétera. Un alivio: la familia feliz y tradicional no ha muerto por completo. Aún queda una esperanza.
Del resto no hay mucho que contar. En las salas de fiestas anuncian actuaciones de María Jesús y su acordeón y otros artistas de ese pelaje. Nos bañamos en la Playa de Poniente, que goza de menos público que la de Levante, donde se amontona todo el mundo. Las aguas le vienen bien a uno y disfruta del baño con sencillez y provecho. El Mediterráneo da calor al entrar, pero eso sirve para que no se nos congelen los huesos a los frioleros. Y a media tarde, domingo, regresamos a Madrid, metidos en la caravana de los domingueros. Atrás quedan algunos capítulos de mi infancia.