miércoles, diciembre 07, 2005

Recomendación: Los inquilinos de Moonbloom, de Edward Lewis Wallant



La editorial Libros del Asteroide nos ofrece, con la traducción de este libro, otra joya de la narrativa norteamericana. Su autor, Edward Lewis Wallant, murió joven, cuando era una firme promesa de las letras.

Existen muchas formas de analizar esta novela imprescindible. La más obvia es que supone un retrato de las comunidades de vecinos, con sus miserias, sus caprichos, sus obscenidades, su galería de personajes raros y misteriosos, a la manera de los habitantes de aquel edificio de El quimérico inquilino, de Roman Polanski. Pero también es una metáfora de cómo a las personas nos afectan los deterioros domésticos, o de cómo creemos que nuestra salud depende de los mismos: uno de los personajes está convencido de que su salud es precaria porque no defeca bien, y culpa de esto a la enorme mancha de humedad de su cuarto de baño y, por ende, al protagonista. Podemos analizar la obra desde otra perspectiva: la necesidad del hombre de confesar sus intimidades a un oyente, aún mejor si es casi un desconocido. Moonbloom, encargado de cobrar cada semana el alquiler a sus inquilinos, siempre les hace la misma pregunta: "¿Por qué me cuenta usted todo eso?" Sin embargo, de escoger una vía de análisis me quedaría con esta otra, para mí la más jugosa del libro: la crónica de las flaquezas y rutinas de un ser humano durante un corto período de tiempo, el viaje interior en el que ese personaje (afectado por cuanto sucede a su alrededor) muta, evoluciona, se adapta sin remedio a los infortunios; la certeza de que hay un punto de quiebra en su vida, ese punto sin retorno en el que uno sabe, y asume, que debe cambiar las cosas. El instante en que hay que elegir la risa, y un objetivo fijo, antes que el llanto y el vacío.

Norman Moonbloom es un personaje gris y adormecido, un tipo sin pasiones ni sueños, que casi conecta con el célebre Bartleby de Herman Melville. Pero, allí donde el escribiente sufría una metamorfosis consistente en ser alguien y convertirse en nadie, en nada, aquí Moonbloom realiza el camino inverso: alguien insignificante y casi invisible que acaba luchando por ser alguien, aunque se trate de alguien que sólo cuenta para él mismo y para los inquilinos de tres pisos. Prueba de ello es lo que ocurre con su apellido, escrito en los cristales de su despacho que dan a la calle: cada vez que lo mira la última letra se ha borrado un poco más. Pero al final de su periplo ya no cree que eso signifique que él mismo se está diluyendo en la nada, sino algo diferente que no pienso desvelar al lector.

En estado de gracia (La Opinión)

No soy ningún entendido en música, y a la misma suelo llegar por accidente o por recomendación de alguien. La otra tarde, en carretera, puse en el equipo del coche una de esas bandas sonoras que aglutinan no menos de doce temas variados de grupos ingleses o norteamericanos. Entonces sonó un tema de Jeff Buckley, una especie de ángel con guitarra que cantaba en estado de gracia; no en vano, su único disco en vida se llamó “Grace”, título de una de las canciones de aquel LP, cuya letra incluía algunas alusiones a la muerte. En el coche, pues en los viajes por carretera la música se disfruta el doble, me puse a recordar cómo llegué a Jeff Buckley. En aquellos tiempos trabajaba, durante las noches de los fines de semana, en un bar que regentaron mis padres. Algunos clientes me llevaban discos de vinilo, cintas de casete y, años después, compactos. Querían que sonaran por los altavoces, pero también que yo descubriese el poder de sus temas. Y descubrí, gracias a sus recomendaciones, a Jesus & Mary Chain, a Neil Young, a David Bowie, a Pearl Jam (tuve entre las manos su primer disco de estudio en vinilo, que hoy será una joya de gran valor), y a muchas otras bandas y cantautores que hicieron que aquellas noches fueran más placenteras.
Entre esos hallazgos estaba el “Grace” de Jeff Buckley. Poco tiempo después me enteré de que Buckley había fallecido a la edad de treinta y un años, el veintinueve de mayo del noventa y siete. Nunca supe, sin embargo, y tampoco lo pregunté, de qué había muerto el cantante y guitarrista. Pero aquel disco sonó mucho en casa mientras escribía algunos relatos en una vieja máquina de escribir maltrecha y amarillenta. También encontré, no recuerdo dónde (tal vez en una librería), uno de esos libritos de Celeste Ediciones en cuyas páginas venían las letras de los discos en inglés y en español. Compré de oferta el de “Grace”. De la introducción del mismo destaco una frase que sirve para explicar el sonido celestial del cantante: “Es como un viaje de aventuras a través del interior de uno mismo, un viaje incluso peligroso por llegar donde llega”. Durante mi trayecto en coche de la otra tarde quise saber cómo había muerto Buckley, quien, por otra parte, ha sido una de las influencias más notables en numerosos músicos de los últimos años. Al parecer, mientras preparaba su segundo disco de estudio, aquel chico fue a nadar al río Wolf, afluente del Mississippi; entró en sus aguas vestido, y cantando un tema de Led Zeppelin (había un testigo), y desapareció. Unos días después encontraron su cadáver. Se había ahogado, claro. Curiosamente, su padre, el cantante Tim Buckley, también había muerto de manera trágica, y aún más joven que la edad a la que se fue su hijo: cuentan que por sobredosis de drogas.
La muerte prematura de Jeff Buckley, del que por supuesto han sacado a la venta varios discos en estos últimos años (temas de sus directos, canciones de estudio), me recordó en aquella carretera a otro tipo de talento inmenso y cadáver joven: Elliot Smith. A Smith, aunque lo había oído con anterioridad, no lo había escuchado: hay una diferencia. Fue el verano pasado: un amigo me recomendó la banda sonora de canciones de “El indomable Hill Hunting”, con cinco o seis temas de Smith. Lo habían nominado al Oscar por una de esas composiciones: “Miss Misery”. El disco me empujó a buscar más grabaciones suyas. Entonces leí que se había suicidado a los treinta y cuatro años, clavándose un cuchillo en el corazón, en octubre del dos mil tres. Existe una versión alternativa: asesinato. Hoy las canciones de ambos, oscuras y melancólicas, las escucho sobrecogido, como cánticos que anunciaran sus respectivas muertes.

martes, diciembre 06, 2005

Bar de carretera (La Opinión)

De viaje por La Mancha nos detenemos en un bar de carretera. Se trata de uno de esos lugares de paso para camioneros y turistas, cuya decoración resulta más entretenida que ver la televisión. Lo que uno hace, en ese tipo de tascas, es observar el paisaje interior mientras se toma un refresco o un café. En ésta, en la que entramos a tomar un tentempié, hay tantas mercancías, adornos, objetos, comestibles y artilugios que los ojos, ávidos de novedades, no descansan, posándose aquí y allá, como abejas en busca de flores o buitres en pos de carroña. No hay demasiados clientes, sólo una pareja jugando en una máquina y un grupo de amigos en la barra, aliviando la sed.
De estos bares surgen canciones y literatura. No es para menos. Tienen, por ejemplo, un par de expositores: con discos compactos de cantautores con caspa y con películas de dvd. El ochenta por ciento de esas películas son bodrios y el resto no están nada mal. Recuerda uno otros tiempos: antes de que los compactos y el dvd sustituyeran a las cintas de casete y a las cintas en vhs. Al cambiar esos formatos, los expositores de esos bares pierden un poco de su viejo espíritu, igual que si a una casa de madera le instalamos puertas de acero. En una esquina reposa una máquina inmensa, una especie de globo repleto de bolas de chicle, esas bolas de tamaño de pelota de futbolín que, de niños, ni siquiera nos cabían en la boca. Junto a la barra han puesto una vitrina; los comestibles que hay tras el cristal, a la venta, logran que a uno se le caiga la baba: casi todos son quesos manchegos. Sirven tapas y raciones variadas: anchoas, porciones de queso, cachuelas, tortilla… En la pared, junto a un televisor en el que retransmiten uno de esos programas en los que las parejas que ya no se quieren salen a contarlo con el culo en un sofá, vemos un cartel de comidas y sus correspondientes precios. Todo está bien escrito, salvo venado; leemos: “Venao en su salsa”. Lo cual nos hace mucha gracia, y lamenta uno no tener una cámara de fotos para retratar el cuadro al completo. Los dueños venden mecheros con forma de guitarra, de coche, de camión, cada uno más horrible que el anterior. Entre las múltiples mercadurías vemos, sorprendidos, unos cuantos zapatos, y algunas botas, que han colocado encima de sus correspondientes cajas, a más o menos un metro de distancia de los quesos de la vitrina. Es extraño ver los zapatos y los quesos, unos cerca de otros. Pero, ¿qué mejor receta para un caminante, para alguien que recorre el país a pie, que salir con un par de botas nuevas y un queso manchego bajo el brazo?
De camino al servicio, en una esquina, contempla uno otro expositor, en el que han sujetado, con gomas elásticas, un muestrario de carteras de piel, o quizá de imitación. Cada recoveco ha sido bien aprovechado por los dueños para colgar los objetos a la venta. Detrás de la barra la vista se pierde, saltando de una mercancía a otra. Junto al televisor cuelga una pantalla que muestra lo que ven dos o tres cámaras de vigilancia. Las cámaras recogen imágenes del exterior: de los rincones oscuros de la maleza próxima al bar, de una camioneta aparcada, de un camino polvoriento. Si han colocado cámaras de vigilancia es porque habrán sufrido algunos robos, pues en estos bares de paso entra gente de todo tipo, desde la pareja de novios hasta el grupo de amigos de excursión, pasando por viajantes, vendedores, camioneros, vagamundos, ladrones, ex convictos, estafadores, familias haciendo turismo. Ahora lo que se lleva son las gasolineras-bares-supermercados. Pero no son tan auténticas, no tienen la solera de estas tascas de paso, ibéricas y excesivas.

lunes, diciembre 05, 2005

El lenguaje de los puños (La Opinión)

Dado que es invierno, y cierro las ventanas para no helarme con el frío de la calle, me pierdo la mayoría de las peleas, escaramuzas y contiendas del barrio. Pensaba que, con este tiempo devastador, la gente había olvidado el odio y la violencia. Pero me equivocaba: sigue ahí, sólo que no lo oyes porque tienes la música puesta y las ventanas cerradas. Pero algunos días los gritos y los escándalos son tan altos que traspasan el sonido de los discos o de las películas que pongo. Aquí, en Lavapiés, se pegan personajes de toda clase, a horas diferentes, en estado sobrio o etílico.
Una noche escucho algo y me asomo. Hay escándalo justo debajo del balcón. Miro: un negro enorme, tranquilote y con cara de buen tío, con un gorro de lana en la cabeza y una manga, de su camisa, llena de sangre. Pero no se altera. Una vecina llama a la policía, y supongo que varios vecinos también lo hacen. Igual que en la ficción, de repente aparecen cinco coches, con dos agentes en cada vehículo. Copan la calle. Le rompen la camisa al hombre, para supervisar la herida. No sé de qué arma es, ni quién se la hizo, ni por qué. Sólo veo cómo toman declaración a la gente y se ocupan del negro, que posee esa mansedumbre en el rostro de quienes han asumido que los africanos están destinados a pasarlo mal, vayan donde vayan. Otra noche, más temprano, oigo otro jaleo. Vuelvo a asomarme: dos árabes jóvenes y delgados se empujan. Los amigos, no sabemos si porque se cansan de sujetarlos o porque están sedientos de ver ríos de sangre, los sueltan, como se libera a los gallos de pelea en las apuestas clandestinas, o a esos chuchos salvajes de la inolvidable “Amores perros”. Los chavales, con su catadura de camellos moros de cada esquina del barrio, se lanzan a untarse los hocicos. No está uno acostumbrado a presenciar una pelea callejera en la que nadie separe o contenga a los luchadores. Y se nota una cosa: un minuto después pelean agotados, sin fuerzas. Las peleas largas sólo son las profesionales. Al final tienen que venir corriendo los parias de la plaza, a separarlos.
Un rato antes de escribir estas líneas, y mientras leo algunas noticias de los periódicos, me llegan rumores de gresca. No los oigo con claridad por la música y las ventanas. Salgo al balcón: en la plaza, alrededor del banco del que siempre cuento tantas anécdotas, hay lío. Veo el epílogo: un fulano con un palo en la mano sale corriendo, y un chico español regresa a sentarse. Tiene media cara ensangrentada. Dicen que le han abierto la cabeza con el palo. Una chica llora y llama a la policía desde el móvil. La gente se aproxima a curiosear, a dar su opinión, a comprobar el estado físico del chico. Aparecen los policías. El banco se llena: quince personas, luego unas veintitantas, y más tarde unas cuarenta, y entonces pierdo la cuenta. Y sólo son las tres de la tarde: muy temprano para sangrar. Parece como si ese cruce de calles, esa plaza y ese banco, fueran el punto donde se encuentran siempre los violentos. Pero no sólo hay violencia aquí. En la última visita a mi ciudad presencié un par de altercados, y me contaron historias que nunca salen en la prensa: historias de palizas, de intentos de suicidio, de broncas. En un famoso pub zamorano el gorila encargado de echar a la gente nos “invitó” a salir de malas maneras, sin modales. “¡Venga, fuera, que esa cerveza te la puedes llevar a la calle! ¡Has tenido tiempo de acabártela!” Y, cuando recuerdo esos modales, y asisto a esas peleas, y veo tanta sangre, pienso siempre en lo podrido que está el personal, y que los individuos violentos deben llevar toda esa violencia metida en el culo, y son hombres estreñidos que por alguna parte han de reventar.

domingo, diciembre 04, 2005

Manos a la obra (La Opinión)

En tres días conocí a dos tipos de técnicos, o de obreros, o de “ñapas”. El lunes apareció el primero. Venía a revisar la calefacción. Me sonaba su rostro y entonces advertí que ya había pasado por el piso un par de veces. Era un individuo joven que tiró de destornilladores y de un móvil para comunicarse con su jefe. Desmontó un aparato con ágiles y hábiles dedos, lo destripó hasta dejarlo en los huesos metálicos. Estuve pensando, mientras lo hacía, que si yo lo hubiera intentado no habría sabido devolver cada pieza a su sitio original. Bastante lío me parece, de vez en cuando, desmontar el ordenador y recomponerlo. Luego tuvimos que esperar unos minutos, para saber si cuanto había supervisado funcionaba. Empezamos a hablar de conexiones a la red, de velocidad de navegación, de ordenadores y de sus partes (monitor, torreta, altavoces y demás). No supe seguir el diálogo: le dije que no entendía mucho, y que no era capaz de distinguir las tarjetas gráficas, ni todos los modelos que nombraba. El suyo era un ordenador tan antiguo como el mío, al que había ido haciendo apaños, añadiéndole otras partes y extensiones (por llamarlas de alguna manera), convirtiendo su máquina desgastada, mediante chapuzas e ingenio, en un potente bicho que funcionaba a pleno rendimiento. Me dio algunas soluciones. Pero las deseché: insistí en que, de informática, sabía lo justo. El técnico fue una sorpresa, pues no estamos acostumbrados a que se presenten en las casas tipos con mono de trabajo y las manos llenas de polvo que nos podrían dar cien lecciones de informática.
El otro apareció por el piso el miércoles. He de señalar que no se parecía nada al anterior. Donde allá presencié el ingenio y la habilidad, aquí tuve que ver a una especie de Otilio sin bocata, dotado con las luces justas para caminar sin hacerse un nudo con los pies. Habían dejado las pequeñas puertas de la parte superior de un armario sin los tiradores oportunos. El hombre venía a ponerlos. De entrada me fijé en su fisonomía: su peluquero era su peor enemigo, alguien que lo peinaba a mano y con los dedos llenos de aceite de coche. Exhalaba tosquedad. Pero a mí eso me importa un bledo. Lo importante es que sepa hacer su trabajo. Le dije que estaría en mi cuarto y que, si necesitaba algo, me llamase. Me llamó a los dos minutos. Había desmontado una de las puertas. ¿Dónde quiere el tirador? En el medio, ¿no? Me preguntó. Y veamos si logro explicarme: todas las puertas de esos armarios tienen su asidero en la parte inferior, encima de una chapa, y justo en la mitad de la misma. Es lo lógico: las puertas deben tener el pomo, siempre, junto a los bordes: sea en uno de los laterales, sea en la parte inferior. Cuando dijo que lo mejor era ponerlos en el medio no imaginé lo que tramaba.
Volvió a avisarme minutos después. Esto es lo que he hecho, etcétera. Lo cierto es que casi me caigo de espaldas: el tío ingenioso había instalado el tirador justamente en mitad de la puerta. Es decir: no en mitad de la chapa de la parte inferior, igual que estaban colocados los otros, sino en mitad del panel. Le dije que aquello no valía, y que lo había puesto tan arriba que no llegaba ni aun poniéndome de puntillas. El pavo se defendió: Hombre, como dijo en medio… Ya, pero en medio de la chapa inferior; igual que el resto. Pues no se puede cambiar, soltó. No hay vuelta atrás. Menudo adoquín. Jamás había visto ninguna puerta del mundo con el tirador en medio. ¿Se imaginan que la cerradura y el pomo de las puertas de nuestras casas estuviesen en mitad de las mismas? El sentido común y el buen gusto indican que eso sólo debe hacerse en los cajones. Me pregunto de qué caverna habrá salido aquel chapucero.

Más heridas (La Opinión)

Casi todas las semanas alguna noticia respecto a mi ciudad natal sale del ámbito de la provincia y recorre los medios nacionales. Suelen ser malas noticias, principalmente para quienes nacimos, o hemos vivido, o vivimos, allí. Basta echar un vistazo a la prensa. Habrá quien llame a esto “pesimismo”; pero no confundamos las cosas: esto es “realismo”. Aún diría más: “realismo trágico”. Y, si analizamos actitudes políticas relacionadas con aquella tierra, tendríamos que decir: “surrealismo”. No es pesimista calificar Zamora de trágica, olvidada y herida.
Veamos algunas de esas noticias. Supresión de los dos trenes semanales que hacían el trayecto de ida y vuelta a Barcelona, argumentando la empresa ferroviaria la escasa ocupación de ambos. Como consecuencia de esto pierde la conexión directa con Burgos y Palencia; y, leemos: sólo hay enlaces directos, sin necesidad de transbordos, con Valladolid y Ávila. Sigamos. Porque la ciudad, nos acaban de revelar las estadísticas, es la segunda provincia con mayor descenso de población. La otra es Palencia. Se refieren al año pasado. El mayor aumento de población del país lo registra Madrid, lugar al que llegan tantos emigrantes con sus maletas repletas de esperanza. Otra noticia fresca: una empresa de tabaco cerrará dos de sus fábricas. Una en Cáceres. La otra, ¿adivinan? Acertaron: en Benavente (donde hace tiempo le pusieron el candado a una azucarera). Lo cual significa despidos, pérdidas de dinero y, posiblemente, más maletas nuevas para quienes les toque buscarse un empleo en otra parte. La cosa no termina aquí. Aún hay más noticias, como ésta: la provincia mantiene la tendencia al aumento del sida en un cuatro por ciento anual. O ésta otra: los agricultores han tenido que manifestarse para protestar por la subida del gasóleo agrícola. Y, por supuesto, los escándalos en torno al legado de León Felipe. Pero conviene detenerse aquí y no tender más titulares. También es cierto que tenemos buenas noticias. Aunque en el caso que nos ocupa no me refiero a las noticias que aparecen en los medios locales, sino las que traspasan las fronteras de la provincia. Uno, un suponer, va a la sección de actualidad de Google, y escribe el nombre de la ciudad, y lee los titulares recientes que aparecen, y su ánimo termina rozando la depresión. Casi todo es desfavorable. Quizá porque las noticias malas venden más que las buenas.

Años atrás, un profesor al que entonces admiraba me dijo: “Me marcho de la ciudad. Esto ya no da más de sí”. Recuerdo ahora que mi ingenuidad me condujo a pensar que aquel hombre estaba equivocado, que su actitud era pesimista o vencida y bla bla bla. No obstante, el propio paso del tiempo le va dando la razón a aquel hombre: si nos descuidamos, esto ya no va a haber quien lo levante. La provincia, no me cansaré de repetirlo, es una herida abierta por la que escapan muchos de sus habitantes (jóvenes y en busca de trabajo y un futuro digno), y esa sangre la reciben y la transforman en beneficios las ciudades como Madrid. La provincia se parece a uno de esos púgiles que están destinados a aguantar los puñetazos del campeón, que se ejercita en este tipo de combates falsos para lucirse y seguir ganando puntos y celebridad y beneficios. Lo que ocurre, si conocen los entresijos del boxeo, es que un día el púgil ya no aguanta más y cae roto y agotado, no sólo en ese asalto, sino para siempre. Y piensa, mientras se desvanece: “Hala, que se busquen a otro para encajar los golpes”. Menos mal que aún queda allí alguna gente, poca, con espíritu de lucha.

viernes, diciembre 02, 2005

La luz en el cristal (La Opinión)

A veces me resulta fascinante viajar en los trenes del metro y, en otras ocasiones, soporífero. Todo depende: si uno lleva prisa, y si además el vagón estrangula a los pasajeros de calor, y si va repleto, y si no hay ningún personaje interesante a quien observar de reojo, el trayecto se convierte en una tortura. Pero si sólo es un viaje de rutina, no alterado por la urgencia, y en el vagón hay buena temperatura, y no le meten a uno un codo en el ojo ni le plantan un sobaco bien cocido en la nariz, ni le tosen en la nuca, y, aparte de eso, entre los asientos y las barras verticales de sujeción se mueve una variada pero no abundante fauna, entonces merece la pena.
Mis primeros paseos en metro los di años atrás. Recién llegado de Zamora en un autobús de asientos incómodos y películas malas, no me atrevía a cruzar sin compañía de algún familiar o amigo madrileño los pasadizos subterráneos (que para mí conformaban una suerte de laberinto de ruido y sudor); al observar el mapa de líneas cruzadas, como arterias de diversos colores, pensaba que sólo entendería sus destinos tras estudiar un cursillo. Luego uno de mis primos dijo que el metro era demasiado fácil, tan fácil que parecía diseñado para tontos. En la actualidad, ya digo, me fascina y me aburre, dependiendo del momento. Por las mañanas viaja en los vagones gente cansada de madrugar; por las tardes, pedigüeños, solitarios, niños, gente de compras, hombres y mujeres que se dirigen a una cita, trabajadores que vuelven a casa con el doble de ojeras y de extenuación física (y mental, si el jefe es un tirano); por las noches, individuos que se caen a pedazos y mendigan, chavales que se mueven con una copa en la mano, pandillas que hablan a gritos. Y mucha, mucha más fauna.
Pero fundamentalmente me asombra, en el metro, observar los cristales de las puertas cuando el vagón está en marcha. En la película “The eye” encontramos una de las secuencias más escalofriantes del terror contemporáneo asiático: la protagonista viaja en un tren de cercanías, está sentada en uno de los bancos, y a veces percibimos en el cristal que tiene a su espalda el reflejo de un fantasma que está sentado frente a ella. Dura apenas unos segundos, pero se le hiela a uno la sangre. Es evidente que, cuando miro los cristales de los vagones, no estoy buscando huellas de espíritus ni reflejos fantasmagóricos. Lo que hago es pensar, y mirarme las facciones en busca de los cambios del tiempo. He descubierto que los cristales de los vagones del metro engañan. La primera vez que reparé en este hallazgo miraba hacia ninguna parte, o hacia ese abismo nocturno de los pasadizos, acaso meditando. Después enfoqué hacia el reflejo. Ahí estaba mi cara. Pero me surcaban el rostro algunas arrugas, a ambos lados de la boca y de la nariz, y bajo los ojos. ¿Cómo no me he dado cuenta de esto antes? Pensé. Y, ¿cuándo empezó a adueñarse de mí el primer atisbo de la madurez? Y, ¿por qué no he visto esas líneas de la edad en otros espejos? Al llegar a casa corrí a observarme en otro azogue. No había ni rastro de esas suaves arrugas. No pretendo hacerle creer a nadie (y menos aún a mí mismo) que esos cristales muestran un futuro cercano, aunque como idea para un cuento no está mal. Así que he creído que obedece a un engaño de la luz del techo, pues casi todo depende de la luz: la belleza, el misterio, el ánimo, el destino, y hasta la vida. Muchas personas jamás se hubieran dado un beso entre ellas de haber estado flirteando bajo el sol matutino de una playa, y no en una discoteca penumbrosa y con dos copas de más encima. La luz, a veces, devuelve la imagen de quien no eres, y en otras ocasiones la imagen de quien podrías ser.

jueves, diciembre 01, 2005

Variedades

  • El miércoles estuve en La Casa Encendida de Madrid, en la presentación de Blanco y Negra (Historias africanas), de Javier Puebla. Ver: http://www.javierpuebla.com/
  • Hoy, jueves, mi estimado Braulio Llamero presenta su novela El beso del tiempo en El Club La Opinión - El Correo, en Zamora, a las 20:30 horas. Ver: http://llamero.blogspot.com/
  • Mañana, viernes, mi querido Tomás Sánchez Santiago presenta su edición de Los cuadernines (1936 - 1968), los hasta ahora inéditos diarios de la pintora Delhy Tejero, en la librería "El Bandido Doblemente Armado", en Madrid, a las 20:00 horas. Ver: http://www.elbandidodoblementearmado.com/
  • En la red el número de diciembre de Literaturas.com, con los contenidos habituales y, además, entrevista a Guillermo Arriaga. Ver: http://www.literaturas.com/
  • Correos y agradecimientos gatunos: Montse tiene un gato que se llama como un felino que tuve hace años, y se parece a uno que tengo ahora. Ver: http://www.lacoctelera.com/migatocalcetines
  • Correos y agradecimientos literarios: Luis Solano me agradece mi artículo sobre la espléndida novela Los inquilinos de Moonbloom, que ha publicado en Los Libros del Asteroide, una delicia de editorial para los cazadores de rarezas y exquisiteces. Ver: http://www.librosdelasteroide.com/

Literatura y vida literaria (Literaturas.com)

Lo escribía en La Vanguardia Antón M. Espadaler, a propósito de la polémica suscitada por los últimos premios literarios en España, y también Quim Monzó, entre otros, tocó el tema, tras la declaración honesta y valiente de Juan Marsé: la diferencia entre la literatura y la vida literaria, entre quienes sueñan con escribir y quienes sueñan con ser escritores.
Uno está de su parte. La figura del escritor se asemeja en la actualidad a un espectáculo circense. Los medios audiovisuales lo desvirtúan todo. Por eso un adolescente, hoy, no sueña con ser un músico de carretera, entendiendo por tales quienes pasan años peleando por su vocación, tocando en garitos de mala muerte, haciendo bolos y ganando una miseria hasta que alguien los descubre; pero, para entonces, ya tendrán el callo del músico anónimo o poco conocido: el callo que sale tras tocar durante siglos. Los adolescentes y los niños no sueñan con emularlos porque, aparte de los inconvenientes de la pobreza y el anonimato que ello supone, lo que se lleva ahora es algo de índole distinta: prefieren ser personas que van a cantar a un concurso y de ahí, tras unos meses de aprendizaje, ingresan directamente en el territorio de la fama, las giras y el dinero. Sin pasos intermedios. Sin sufrimiento.
Lo mismo sucede con otros ámbitos de la cultura: nadie quiere ser ese tipo que crea a solas y sumido en la tristeza, casi olvidado del mundo y olvidándose del mundo.
En la literatura, los medios proporcionan una imagen del escritor demasiado parecida a una estrella del rock, aunque a ello contribuyen las editoriales poderosas y algunos de esos literatos. Obedeciendo a esa imagen entenderíamos que el escritor, entonces, es aquel personaje que sale mucho en la televisión, y que continuamente es invitado a fiestas, sonríe mucho en la caseta de las ferias del libro, salta incansable de sarao en sarao, y comparece en tertulias y llena, con los ejemplares de su última novela, el escaparate de una librería. Necesitamos que le devuelvan al mundo la imagen de lo que supone dedicarse a escribir sin descanso: un individuo solitario y desconocido, con la espalda llena de nudos de permanecer sentado escribiendo, con los ojos tristes y oscuros de someterse tantas horas al escrutinio de las letras, con el alma rota de las sacudidas de sus pequeños éxitos y fracasos literarios, un tipo que sale a la calle y nadie reconoce porque su cara no asoma en televisión. Alguien, en suma, que sólo se dedica a escribir, alejado de los focos y los oropeles.
No obstante, conviene aquí matizar una cosa: los autores que denuncian esta banalización del mundo literario están en un lugar privilegiado, y desde ahí les resulta más fácil teorizar. Ya no tienen que agotarse en la búsqueda de editoriales, ya no necesitan gastarse tanto dinero en enviar manuscritos que probablemente una secretaria despache con una carta modelo, ya no viven con el corazón en la garganta dado que les ofrecen colaboraciones bien remuneradas, ya no necesitan ayudas y premios. Porque está muy bien consagrarse sólo a la literatura y olvidar todo lo demás. Pero, por desgracia, el escritor de hoy también necesita (cuando ya tiene el callo del músico anónimo de carretera) la vida literaria. De lo contrario, siempre tendrá dificultades para publicar y para vivir de cuanto escribe.
Estoy totalmente de acuerdo con Marsé, Espadaler y Monzó. Pero no olvidemos que, tal y como funciona la sociedad, quien no acaba pasando por el aro de esa vida literaria de saraos y premios, no mama. Y no se puede vivir del aire.
(Este texto pertenece al número de diciembre de http://www.literaturas.com/)

Acoso (La Opinión)

Se comenta que, en la capital del reino, van a perseguir a los compradores del top manta, ya saben: ese muestrario de discos piratas que los africanos ponen encima de una manta, o de un paño, antes de salir corriendo tras la aparición de los agentes en una esquina. A quienes adquieran estos discos la policía secreta podrá, si los pilla con las manos en la masa, tomarles nota del carnet de identidad, arrebatarles la copia recién comprada y ficharlos, por si en adelante los llaman a declarar contra los vendedores de la manta (que casi nunca es manta, sino paño). El Ayuntamiento de Madrid reconoce que el cliente del mercado pirata no incumple ninguna ley. Pero, no obstante, se quiere dedicar a perseguirlo. Lo mismo sucederá en Barcelona. Se han inventado este acoso como remedio a la piratería, para que desciendan las ventas. O sea.
Respecto a la prostitución de esquina parece que la medida es similar: una cruzada contra el cliente, para avergonzarlo y pararle los pies. En Barcelona también habrá acoso del mendigo, como si no tuviera ya bastante con dormir a la intemperie, pasarlas canutas y tocar canciones desafinadas con el sonido de sus tripas hambrientas. Hay algo en todo esto que se me escapa. ¿Por qué, en vez de perseguir al comprador de discos y películas piratas, y al esclavizado negro que trabaja para las mafias, no se persigue a los mafiosos, o se lucha para que baje el precio de los discos en el mercado? ¿Por qué, antes de multar al cliente de la fulana que hace esquina, no se actúa entre los proxenetas, los chulos de medio pelo, los gángsters que rigen la vida de las meretrices? ¿Por qué no acorralan a los políticos que mangonean, y a los responsables de que haya tanto vagabundo durmiendo en la calle, y a quienes mueven entre países las grandes partidas de droga? ¿Por qué esa obsesión con los adolescentes que participan en los botellones, y no con los hosteleros que venden a precio de oro ese veneno de garrafón, colado en tantos pubs de madrugada? ¿Por qué no se insiste en desbaratar a las tabacaleras, pero sí al fumador? Porque es menos peligroso, más fácil, menos violento, más cómodo, menos comprometido darle la tabarra al putero, al cliente del top manta, al mendigo inofensivo, al negro sin posesiones, al fumador de tabaco, al camello de la esquina, a la prostituta que trabaja en solitario y sin chulo.
En Barcelona, por otra parte, podrán multar al cliente del top manta con la misma receta que al vendedor. Lo curioso es que no parece que vayan a sancionar a nadie relacionado con otras piraterías: y me refiero a esos puestos en los que comercian con las falsificaciones de colonias, perfumes, desodorantes, ropa de marca, etcétera. El presidente de los Estados Unidos dijo una vez, si no me equivoco, que la manera más rotunda de extinguir los incendios de sus bosques era talar los árboles. Es decir: acabar con la rabia matando al perro rabioso. Algo parecido empieza a ocurrir aquí: disminuyamos la piratería cazando al comprador, y la mendicidad y el paro poniéndoles multas al mendigo y al parado, y las borracherías de fin de semana vigilando al adolescente que se va de botellón, y el vicio del tabaco prohibiendo al fumador ponerse un pitillo en los labios en numerosos lugares. Acaso piensen que, con esas medidas, los poderosos y las mafias que controlan los mercados (tanto los mercados legales como los ilegales) verán disminuidos sus beneficios y caerán en la bancarrota. Grave error, a mi juicio: siempre habrá otros mercados, otras vetas donde buscar, otras mercancías con las que ejercer el tráfico, otras influencias y mangoneos.

miércoles, noviembre 30, 2005

En el Café Gijón (La Opinión)

Después de años de leer maravillas sobre el Café Gijón por fin tengo una excusa para visitarlo. Un conocido nos envía un correo electrónico, en el que cuenta que un grupo de tertulianos habituales le ha invitado a recitar sus poemas. Yo había pasado por la acera del emblemático local en un par de ocasiones, y visto, a través de sus cristales, a algún maduro actor sentado en un rincón. Así que aprovecho la ocasión y acudo con un amigo, para escuchar la lectura y empaparnos del lugar.
Nos acodamos en la barra, que es demasiado alta, y en la que los bajitos deben de tenerlo crudo para que les vean los camareros. Pido una tónica y luego una caña y, como suele ocurrir en los establecimientos de la ciudad, lo acompañan con algo de picar. En este caso unas banderillas, y después unas gambas. A uno de los veladores está sentado un actor entrañable y clásico, Manuel Alexandre, bigote blanco y sonrisa de buena persona. Hay pequeños grupos alrededor de cada mesa. Me fijo en el puesto de tabaco, junto a la entrada, y en la placa que los asiduos al local le regalaron (exquisito gesto, por otra parte) al cerillero legendario. En la placa pone: “Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso, cerillero y anarquista. Sus amigos del Café Gijón”. Bebemos unos tragos y miramos alrededor. Suponemos, ya que había un recital, que en breve aparecerá algún grupo ruidoso de poetas y de mirones, y que pondrán un atrio o una mesa más alta, para que todos escuchen. Transcurre una media hora y no hay asomo de recital. Ni una sola voz se eleva por encima de las demás. Entonces me fijo en un par de mesas al fondo, en un rincón. Siete u ocho mujeres y algún hombre están sentados junto al poeta que me envió el correo electrónico. Caemos en la cuenta. Todo depende de cómo se anuncien los eventos. Y esto no tiene nada de evento: se trata de un grupo de amigos que se han juntado para que uno de ellos lea poemas. No es nada público, sólo un acto tan íntimo, tan en petit comité, que nos da apuro acercarnos hasta allí. De manera que seguimos a lo nuestro, codo en barra y bebida en mano.
El Café Gijón es lugar bello, elegante y fino. Por aquí han pasado tantas viejas glorias que lo han convertido, con sus tertulias y conspiraciones, en un santuario para actores y literatos. Pero esas historias es mejor que las cuente algún abuelo cebolleta. Debo decir, aun a riesgo de que me caigan collejas, que una vez visto y frecuentado el café… me embargó un liviano poso de decepción. Si lo despojamos de las leyendas y de los famosos se queda como uno de esos establecimientos para la gente que peina canas, muy elegantes y muy finos, pero aburridos. Los tiempos cambian. Y había oído decir por ahí que el Café Gijón ya no es lo que era. Uno, por otra parte, confiesa que prefiere otro tipo de locales (rozando la categoría de tugurio, si puede ser): garitos más canallas, con menos luz, con camareros que tengan menos de ochenta años, con gente joven en las esquinas, con más humo en el ambiente. Esperaba magia y me encontré una especie de Castillo del Jubilado. Tal vez dentro de un par de décadas me entusiasme el sitio. Pero ahora no es el momento. He estado a punto de buscar en mi biblioteca unas cuantas citas de los maestros que escribieron acerca del Café Gijón, pero me ha entrado la apatía. El hecho de que a otros les haya maravillado no significa que deba doblar el espinazo ante los mismos recodos. No sé, quizá elegí mal día: lunes, ocho de la tarde. Es posible que tenga que volver en ocasión más venturosa, y entonces sienta el aroma de las leyendas y de la literatura flotando en el ambiente. Pero no sería erróneo sospechar que se le ha pasado el arroz al lugar.

martes, noviembre 29, 2005

Recomendación: La trilogía de Nueva York



Paul Auster mezcla la confusión de identidades, las novelas de Chandler y Hammett, el homenaje a Cervantes y a Don Quijote, el clásico del cine negro Retorno al pasado, la locura, Walt Withman, su propia vida, los cuentos de Nathaniel Hawthorne, la búsqueda, la pérdida de uno mismo, la escritura como vida y la muerte y la disolución como viajes al final de un libro, y lo agita todo, añadiéndole esas gotas que configuran su literatura (personajes que se cruzan, metafísica y azar, vidas escritas a mano en misteriosos cuadernos rojos, tramas complejas como telas de araña, obsesiones e historias insólitas).

El resultado es su célebre La trilogía de Nueva York, formada por Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada. Una vuelta de tuerca al género de novela negra, del que se sirve para teorizar sobre la condición humana y abrir más interrogantes que cerrar respuestas.

Un género en auge (La Opinión)

Un género en auge, el documental, sirve en estos últimos años, principalmente, de mecanismo de denuncia. Otros intereses de los responsables de los documentales es el retrato o biografía de algún personaje célebre (y aquí debemos citar, de nuevo, el “No Direction Home: Bob Dylan”, pero también “El chico que conquistó Hollywood”, análisis de la trayectoria del productor Robert Evans, entre otros ejemplos). Hace unos meses llegó a España “CSA. Estados Confederados de América”, una especie de falso reportaje que partía de la idea de cómo sería Estados Unidos si la Guerra de Secesión la hubieran ganado los estados sureños: o sea, un sistema esclavista.
Pero es la senda apuntada al principio (la denuncia) el ejemplo más claro de cuanto significan hoy los documentales. Michael Moore no lo inventó, pero sí podemos asegurar que a raíz de sus éxitos el género ha cobrado relevancia. ¿Y qué denuncian estos directores? Lo hemos ido adelantando en algunos artículos anteriores: temas espinosos como la venta de armas y los escándalos políticos (“Bowling for Columbine” y “Fahrenheit 9/11”, respectivamente), la pederastia y la pedofilia (“Capturing the Friedmans”), los nocivos efectos en el organismo de la comida basura en general y de McDonalds en particular (“Super Size Me”), el terrorismo etarra (“Trece entre mil”), la moralidad que condenó a la hoguera del descrédito a los responsables de una famosa película porno (“Dentro de Garganta Profunda”), o la situación actual de una África devorada por los monstruos de la globalización y el consumismo de los países ricos (“La pesadilla de Darwin”). Son sólo algunas de las propuestas más brillantes. El propio Moore prepara nuevos cartuchos para disparar con su cámara a la sociedad bienpensante: una segunda parte de “Fahrenheit” y un análisis de los chanchullos de la industria farmacéutica en “Sicko”. El problema de este género es doble: siempre cuenta con escasos seguidores, con una minoría a la que no le importa asistir a vertiginosos montajes que incluyen entrevistas, material de archivo, fotografías, imágenes de viejos telediarios, etcétera; y, además, con el lastre de su pobre distribución. Esta distribución, en España, es pobre porque el público suele dar la espalda a estos documentales. De modo que el seguidor incondicional del género debe arreglárselas como puede: recorriendo salas para minorías en Madrid y Barcelona; frecuentando videoclubs en los que no sólo alquilen lo más comercial, sino también lo raro e independiente; recorriendo la programación nocturna de los canales de televisión de pago; trasteando por la red a la búsqueda de las descargas. No es fácil. Otro problema añadido serían las cortapisas que ponen, a esos directores, las empresas y los magnates criticados en dichas imágenes: así ocurrió con “Super Size Me”, y sucederá el próximo año con “Sicko”, y con cualquiera que se atreva a denunciar a las empresas más poderosas del planeta (propietarias de refrescos, vehículos, marcas de tabaco).
Uno de los documentales más impactantes, ya lo conté en este rincón, es el de Hubert Sauper: “La pesadilla de Darwin”. Todo ciudadano occidental debería verlo. Los habitantes de mi ciudad, esta noche, cuentan con esa ocasión. El Comité Ciudadano Antisida de Zamora, con motivo del Día Mundial del Sida, y entre otros actos para esta semana (cursos de voluntariado, campañas de difusión en los bares, sensibilización en centros educativos, mesas redondas), ha programado para hoy esa pesadilla de Darwin, el escalofriante documento sobre las consecuencias de la introducción de la perca del Nilo en África y sobre la corrupción, la pobreza y el sida.

lunes, noviembre 28, 2005

Estancado (La Opinión)

En algunos momentos la vida parece haberse estancado, como si por algunos lugares, y personas, no pasara el tiempo. Sirva de muestra el supermercado al que acudo una vez a la semana. Al principio iba por la tarde, en viernes o en sábado. Pensé que era un error ir a esas horas y en esos días, cuando la gente ya ha salido de trabajar o realiza sus compras para el fin de semana: las colas ante las cajas son interminables. Así que cambié de táctica: elegí otras horas y otros días. Fue en vano. Aunque entre uno por la mañana, a mediodía, a primera o a última hora de la tarde, aquello está lleno. Siempre suele haber varias colas de blancos, de negros, de hindúes, de chilenos, de gente de todas las edades. Lo único que cambia es el poli de la puerta: a veces es un armario negro y a veces es un armario blanco. En las colas a las que me refiero son frecuentes las disputas entre quienes esperan: “Oiga usted, que iba yo primero”, “Señora, no tenga morro y no se cuele”, y en ese plan. Un día me tocó, detrás, un señor que no hacía más que quejarse a su mujer: que si esto, que si lo otro, que si la cola no avanza, que si esto es un cachondeo, que así no se puede, que la cosa está fatal… Pero adornaba cada frase con varias blasfemias y resoplidos. Un tipo poco paciente.
Otro sitio por el que no parece correr el tiempo es una especie de tienda grande, o supermercado diminuto, regentada por un chino imperturbable, con un rostro serio y seco que viene de la tradición de los actores superduros (Lee Marvin, Charles Bronson, John Wayne). Cuando la gente entra y sale, y le saluda, el tendero sólo suelta algo como “Grrrññ”. Si alguien le pregunta por un determinado artículo él ahorra movimientos y frases de una manera sorprendente: para hablar utiliza las palabras justas y lo dice en voz tan baja que los clientes tienen que repetir la pregunta, creyendo que no ha dicho esta boca es mía; si no es necesario hablar, entonces levanta un brazo y con el dedo índice señala despacio el producto, como los protagonistas de las películas de kung fu de mi infancia indicaban el rincón donde atizarse. Si entro por la mañana, pongamos un lunes o un miércoles o un sábado o un domingo, el chico está allí, taciturno y con expresión de rama de árbol. Si esos mismos días voy a mediodía también está. Igual sucede si voy a media tarde, o cuando se aproxima la medianoche. No sólo albergo la impresión de que la tienda jamás cierra, sino de que el chino es un clon, un robot, un cyborg o algo así. Nadie curra tanto como los orientales. Los tíos aguantan lo que les echen, horas y horas tras el mostrador. ¿Cuánto trabajará este hombre al día? ¿Tal vez quince, dieciséis horas? Multipliquen eso por siete días a la semana. Con razón no tiene ganas de hablar, y procura no salir de la economía de saliva y de acción. Aunque también las causas podrían ser distintas: alguna especie de concentración zen y cosas por el estilo. Lo curioso es que, cada vez que entro allí a comprar algo (y suelo ir a menudo, a buscar un paquete de azúcar, o una caja de bolsas de té, o galletas), el hombre no se ha movido. Y salgo creyendo que vivo instalado para siempre en el mismo día. Por fortuna mis variados planes diarios desmienten esto.
Me recuerda a una extraordinaria película: “Atrapado en el tiempo”, en la que Bill Murray soporta durante todo el metraje vivir un único día, una auténtica pesadilla (el Día de la Marmota, tradición que celebran en un pueblo, y de la que debe informar para el medio en el que trabaja), que para él deviene en un infierno interminable: las mismas personas en la calle, las mismas canciones en la radio, los mismos charcos… Una metáfora, en clave de comedia, de nuestras vidas.

domingo, noviembre 27, 2005

Moonbloom (La Opinión)

Ocurre esto: que uno lee un determinado número de libros al mes. Y ocurre también que hay tres clases de libros, según mi propia escala: los que me decepcionan, los que me entusiasman y los que se alojarán para siempre en algún rinconcito del corazón. Hallar estos últimos es cosa que sucede muy de vez en cuando. Uno lee y lee, y se maravilla. Pero entonces, una tarde, encuentra el hallazgo: ese libro inolvidable, cuyas palabras, más que leerse, se paladean, se sorben, se mascan, se chupan con la lengua, se intentan recordar o se apuntan en un folio.
No tropiezo con muchos libros que me decepcionen: me tengo por lector avisado, y casi toda la basura que se encarama a las listas de superventas, esas tramas de enigmas, aventuras, historia sagrada y tal, me la trae un poco al pairo. Para leer aventura acudo a la aventura, el peligro y la emoción que subyacen en las novelas de Alejandro Dumas, Joseph Conrad, Robert L. Stevenson. Y, en nuestra época y en nuestro país, las aventuras de Arturo Pérez Reverte y Albert Sánchez Piñol (al menos, de éste último, la que conozco: “La piel fría”). Lo demás me parece baratija. Así que, ya digo, es difícil que me equivoque. Sin embargo en los últimos meses me ha decepcionado el “Perro callejero” de Martin Amis. Y eso que su novela “Dinero” se me antoja fascinante. Tras la lectura de ese libro me he empapado con las críticas de los suplementos culturales acerca de esta obra, y en algunas se percibe ese poso de decepción. Que no se me malinterprete: la novela está bien escrita y en sus páginas corroboramos que Amis posee un oído finísimo para personajes al borde del abismo, y para el lenguaje ortopédico y cojo de las nuevas tecnologías (mensajes de móvil, correos electrónicos, chats), que rescata con eficacia. Pero quizá sea el abuso de temas y situaciones rocambolescas lo que despista: violencia, pornografía, periodismo amarillo, monarquía, escándalos, incesto, matones… Uno devora el libro, porque entretiene. Pero al cerrarlo le queda un regusto demasiado amargo, como después de un empacho de comida mejicana, tartas de chocolate y martinis. Los títulos que me han entusiasmado este mes: “Proyecto X”, de Jim Shepard, y “Retorno 201”, de Guillermo Arriaga, y “Manual de caza y pesca para chicas”, de Melissa Bank, y “Los girasoles ciegos”, de Alberto Méndez, y “La trilogía de Nueva York”, de Paul Auster, entre otros.
El chispazo, la revelación, el hallazgo, ha llegado con un libro de autor desconocido y antiguo: Edgard Lewis Wallant. Murió en el sesenta y dos, a los treinta y seis años de edad. Tenía por delante una carrera prometedora como escritor. La novela es “Los inquilinos de Moonbloom”, y la compré tras leer las críticas favorables que en días pasados aparecieron en los periódicos. Lo ha rescatado del olvido, y publicado por vez primera en España, Libros del Asteroide, cuya labor consiste en la recuperación de autores raros, proscritos o descatalogados. Apenas llevo leídas noventa páginas, pero no importa: la prosa de Wallant es magnífica. Narra con la precisión y limpieza propias de los autores norteamericanos. Y cuenta cómo Norman Moonbloom (agente inmobiliario, y el hombre más gris, solitario, cansado y entristecido de Manhattan) debe recorrer los edificios a su cargo para cobrar el alquiler. Asistimos a sus cómicos encuentros con inquilinos a quienes tiene que soportar su repertorio de chistes, quejas, provocaciones, desvaríos. Cada pocas páginas aparecen personajes nuevos, a los que Moonbloom trata de persuadir para que le paguen. Un retrato perfecto del ser humano, de la soledad, de una vida sin esperanzas ni sueños ni horizontes.

sábado, noviembre 26, 2005

En Florida Park (La Opinión)

Consigo invitaciones para acudir a la fiesta de presentación de Calle 20, la nueva revista del diario 20 Minutos, el número uno de los periódicos gratuitos. La revista, de contenidos culturales y muy atractivos, goza de una factura impecable y se regala en establecimientos públicos. La fiesta se celebra en Florida Park, o sea, dentro del Parque del Retiro. Es curioso embarcarse en una celebración nocturna en un edificio que está en medio de un bosque, que a su vez está en medio de una ciudad. Hay algo mágico en la propuesta. Mientras nos extraviamos por el inmenso Parque del Retiro, y tenemos que preguntar a una pareja de policías que hacen ronda, alrededor se oyen susurros, voces y pisadas fuertes: son las criaturas de la noche de esta jungla, a saber, camellos, reprimidos sexuales, mendigos, drogatas y deportistas. Florida Park me trae gratos recuerdos; estuve allí hace cinco años y medio, con motivo de un festejo literario al que me invitaron: la presentación de la editorial De Bolsillo, de Plaza & Janés. Pero los gratos recuerdos no sólo guardan relación con conocer el sitio, distinguir a los famosos y probar los canapés y las bebidas, sino que aquel evento fue la materia de base o la argamasa para cocinar mi primer artículo para este periódico.
Cinco años y medio atrás (fui con un par de amigos) hicimos unas quitadas de boina salvajes: no sabíamos si darle la tarjeta de invitación al fulano de la primera puerta, no sabíamos si era barra libre o si había que abonar las consumiciones, no sabíamos qué hacer ni cómo conducirnos en sociedad. Esta vez, pues repitió visita uno de esos amigos, íbamos avisados. Después de todos estos años el Florida Park ha cambiado, o yo no lo recordaba así: nos hacen pasar a un elegante salón con lámparas y alfombras de lujo y una barra para las bebidas. Avanzamos. La estancia desemboca en una especie de discoteca con bar y gradas, en las que han dispuesto mesas para los canapés y las cervezas, los refrescos y los vinos. Al fondo hay una pista y varias pantallas. Lo asociamos a Ramsés II, aquella discoteca de mi tierra a la que acudíamos en las fiestas del instituto.
Tanto el salón como las barras de bar y la discoteca (salvo la pista, vacía al principio) están llenos de gente. Gente importante. El despliegue, la fiesta que han montado, impresiona. En Madrid puedes convocar a una amplia cantidad de público en eventos literarios y artísticos siempre y cuando haya barra libre y se cene de gorra. Lo he comprobado varias veces. Luego, en la pista, hablan de la publicación. Las personas del fondo no se callan. Hay ejemplares dispersos de dicha revista en cada rincón. El azar cuenta con sus mecanismos de sorpresa: encuentro a un zamorano con el que hacía siglos no me topaba. Su mujer trabaja en la revista. Siempre lo he dicho: en todas partes hay, como mínimo, un zamorano. En este caso somos varios. También veo a mi “jefe” de Literaturas.com, Ignacio Fernández, a quien ya se conoce en el mundillo como Nacho Faroni (Faroni es un personaje de la novela “Juegos de la edad tardía”). Corre esta leyenda por Madrid: si estás en los ambientes literarios, y Faroni no conoce tu nombre, probablemente no existes. Llevo años comprobándolo: te presenta a este, al otro, te dice nombres de editores, poetas, literatos y críticos, te enumera sus premios, recita los títulos de los libros. Conoce a todo el mundo. Esta vez me presenta a la escritora Eugenia Rico, al periodista Peio Hernández y a la directora de Escuela de Escritura Marta Sanuy. Cuando nos vamos de la fiesta la gente, algo excitada por la ebriedad, ya ha invadido la pista para bailar.

viernes, noviembre 25, 2005

En cualquier otro lugar (La Opinión)

Ignoro bajo qué prisma ven los habitantes de Zamora el asunto actual sobre el legado de León Felipe, pero desde fuera, desde los emigrados, la imagen que nos llega es patética. Muy patética. Polémicas, amenazas, acusaciones, denuncias. Mientras la obra del tabarés permanece archivada, criando polvo, arrumbada durante años, el albacea y el concejal de cultura del Ayuntamiento de la ciudad cruzan sus espadas, se emplean en un duelo lamentable. Pero el museo prometido no ve la luz, y el fantasma de León Felipe probablemente se espanta tras contemplar la canallada. Porque dejar en cajas, metidas en un archivo, los manuscritos, las cartas, los objetos personales, etcétera, mientras los años van pasando, sólo puede calificarse de canallada, o de injuria a la memoria del poeta. Ya nos dijeron que los proyectos no cuajan en un día, que estas cosas van despacio, que requieren mucho trabajo y paciencia. De acuerdo. Pero el tiempo corre. Lo último que uno sabe es que pretenden adecuar el edificio de Ramón Álvarez para poner allí el museo, pero hay que esperar entre seis y ocho meses para acondicionarlo (plazo que uno, por cierto, no se cree).
La imagen, insisto, es bochornosa. En cualquier otro lugar del mundo, si me apuran, ya estaría funcionando no sólo el museo de León Felipe, sino también el de Baltasar Lobo; en cualquier otro lugar del mundo estarían obteniendo beneficios, no únicamente económicos, hay otros beneficios necesarios para la ciudad: el prestigio, la oferta turística, la cultura; en cualquier otro lugar del mundo, además de funcionar dicho museo, sus responsables estarían pregonando por varios países que allí existe una colección imprescindible (evitemos la palabra “irrepetible”, tan mal usada en la publicidad actual, que ha abusado de ella hasta el hartazgo, logrando que pierda su sentido), un archivo de objetos que reflejan la vida y circunstancias del poeta, pues la mitad de una biografía consiste en esos objetos que acompañaron a un ser humano, en los cuales se pueden rastrear las huellas y las sombras de cuanto uno fue; en cualquier otro lugar del mundo la población habría salido a la calle a pedir cabezas, harta de retrasos, promesas vacuas, espectáculos deleznables y polémicas pecuniarias. Pero no lo olvidemos: estamos hablando de Zamora, esa ciudad bella y triste, sometida siempre al infortunio, la dejadez y la incompetencia. Incluso en un sitio como El Rastro cualquiera de esos objetos sería oro puro, una auténtica fortuna.
No digo que el albacea esté en lo cierto y las malas condiciones de conservación hayan perjudicado varios documentos, y tampoco digo que el concejal tenga razón y estén en perfecto estado. Lo único que apunto es que desde fuera (y supongo también que desde dentro, aunque pocos hagan algo) la escena que nos ofrecen resulta de un patetismo inaceptable. Mientras tanto, casi todos callan. Tal vez si León Felipe hubiera sido futbolista en vez de poeta las cosas serían muy distintas: habría ya una revolución en las calles de mi ciudad. Esto lleva camino de convertirse, y espero equivocarme, en una vieja canción que ya aburre: que al final un partido de la oposición alcance el poder y que quienes estaban en la poltrona y no resolvieron nada durante años exijan al nuevo gobierno que agilice los trámites y ponga una casa-museo en dos días. En estos casos es conveniente cerrar el artículo con unas palabras del aludido: “(…), quiero preguntar a todos: ¿Qué vale lo que hace un poeta? Porque yo no tengo una cátedra ni una clínica ni un laboratorio; ni recojo ni investigo. Y quiero preguntar en seguida: el dolor y la angustia de un poeta, ¿no valen nada?”

jueves, noviembre 24, 2005

Recomendación: Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez



Alberto Méndez (Madrid, 1941 - 2004) se hizo famoso tras su muerte con este libro de relatos. Los girasoles ciegos ha supuesto una de las sorpresas del año (aunque fue publicado en 2004, ha sido en estos últimos meses cuando se han disparado las ventas y el fervor de los lectores).

Ha recibido el I Premio Setenil de Cuentos, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa. Y, desde luego, su lectura no defrauda. Se trata de cuatro relatos, que transcurren respectivamente en 1939, 1940, 1941 y 1942, sobre la posguerra civil, sobre el fracaso de los vencidos y también de los vencedores. Cuatro historias con algunos personajes relacionados entre sí, que pintan el desolador y gris panorama tras la contienda: presos que mienten para posponer su fusilamiento, una pareja aislada en una cabaña y sometida al hambre y a una muerte segura, un maestro religioso con apetito sexual por la madre de uno de sus alumnos, hombres huidos, soldados, madres que buscan a sus hijos... Al final, cada uno de ellos, agarrotado por la derrota, se diluye en la nada, en suicidios y abandonos, en renuncias y fracasos.

A pesar de que algunos lectores estamos cansados del tema de la guerra y la posguerra, Méndez deja un testamento precioso, que se devora de un tirón.

Coldplay en directo (La Opinión)

Estoy otra vez en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid, no para ver partidos, pues soy alérgico al deporte, sino para asistir al espectacular directo de Coldplay, sin duda una de las bandas de moda en el mundo. ¿Por qué? Basta escuchar un par de temas y acudir a sus conciertos para saber la respuesta. El grupo es arrebatador. Es una banda que toca, principalmente, canciones más bien “lentas”, pero las convierte en el escenario en puras explosiones de pop rock, luz, vitalidad, ritmo y melodía. Chris Martin (voz, piano, guitarras) contagia al público su entusiasmo: se mueve incansable de aquí para allá, habla casi siempre en español al dirigirse al auditorio, y tan pronto está detrás de una guitarra como acariciando las teclas de un piano con esas manos que sedujeron a su pareja, la actriz Gwyneth Paltrow.
Antes de entrar en el abarrotado Palacio de Deportes, vendidas hace tiempo todas las entradas, observo el despliegue de los alrededores: gente joven esperando para entrar o preguntando si uno tiene localidades para vender, chicas repartiendo publicidad, furgones de policía y ambulancias, numerosos camiones y autobuses de la banda. Nunca había visto tantas personas juntas en un martes laboral. Una vez dentro, así es el azar, encuentro a varios amigos de Zamora: algunos de los chicos del imprescindible Popanrol, de Los Herreros. A ambos lados del escenario hay sendas pantallas, en las que indican varias veces que está prohibido fumar. Como para contradecir esa prohibición todo el mundo se pone a fumar más. Pende por encima del auditorio una inmensa campana de humo. Empieza el concierto. No cabe un alfiler, al menos donde estoy yo, a la izquierda si se mira hacia el escenario. Apenas hay sitio para mover los pies y apesta a sobaco y a canuto, pero la música compensa estos padecimientos. Chris Martin, ataviado de negro, se dirige a nosotros entre canción y canción en un español que probablemente le haya enseñado Gwyneth Paltrow: “¿Todos contentos?”, “Muchísimas gracias”, “Ahora toca bailar”, “¡Joder, gracias!”, “Hasta pronto”... Lo cierto es que en muy pocas ocasiones he visto a un público tan entregado, aplaudiendo, brincando, palmeando, cantando las letras de las canciones. En suma, ofrecen un directo brutal, lleno de nervio, de sorpresas, con una pantalla que enseña algunos planos del grupo e imágenes variadas de letras, animales o personas.
La sorpresa final nos deja helados. Poco antes de que termine el concierto una hilera de guardias de seguridad forma un pasillo, muy cerca de donde estoy situado, es decir, a la izquierda del Palacio. Nos empujan y almacenan como sardinas en lata. Entre ese pasillo y yo hay un par de metros. Nadie lo entiende y algunas personas protestan. Será que va a pasar por allí alguien importante, pienso. Y, durante una de las canciones, oscurecen el escenario. Antes de que lo advirtamos Chris Martin está corriendo por ese pasillo, micrófono en mano, y un tsunami de guardaespaldas como armarios avanzan junto a él, para protegerlo de fans, locos y fieras sexuales. Ahí mismo. A tres metros de donde soporto el calor y la trituración. Sube corriendo por las escaleras que conducen a las gradas, unas escaleras despejadas por los de seguridad, y allí continúa cantando, como si estuviera poseído, enfermo de júbilo, dando alguna mano al público, con una energía y un entusiasmo envidiables, mientras la gente se vuelve loca de emoción. El gesto es suicida y sublime, porque indica que no tiene miedo a nada y que ha bajado a la tierra y le importa la proximidad con sus admiradores. Los gorilas, protegiéndole, sudan lo suyo. Luego regresa al escenario y toca el piano. Chapeau.

miércoles, noviembre 23, 2005

Recital en el Club (La Opinión)

A dos o tres calles de distancia de casa abrieron hace poco el Club Literario, Artístico y Psiconáutico Amargord (sí, acabado en -d: una palabra inventada y hermosa, la suma de Fellini y de la hiel). En realidad la sede ya existía hace tiempo; pero en septiembre la trasladaron de lugar. Es, sin duda, un sitio extraño, curioso: una editorial, una librería, un café o bar, un club para recitales de poesía, monólogos y conciertos. Es todo eso a la vez. Una de las paredes está cubierta de estantes con libros, tarjetas, folletos, revistas. En otra, frente a la puerta y las cristaleras desde las que se ve la calle, hay una pequeña barra, y una escalera hacia lo que supongo los despachos del Club. Predominan los tonos azules y rojos. He pasado por allí algunas veces. Y siempre está Gonzalo Torrente Malvido (hijo de Gonzalo Torrente Ballester), un hombre que parece tener cien años, de melena blanca alborotada, y gafas de gruesos cristales, y andares algo erráticos. Amargord ha publicado su último libro, y también el de Javier Puebla, quien fue finalista del Premio Nadal en el año dos mil cuatro. Quince días atrás acudió Antonio Escohotado a este café, a dar una conferencia titulada “Ciencia, Conciencia y Psiquedélicos”. Lamentablemente no pude ir: un viaje me lo impidió. Me hubiera gustado escuchar a Escohotado: no he probado las drogas, pero sí he probado algunos capítulos de sus libros sobre las mismas.
La otra tarde me acerqué: programaban en Amargord un recital de poesía de Javier Lostalé. Perdonarán mi ignorancia, pero antes de ir no sabía quién era. Así que hice los deberes oportunos: Lostalé ha publicado varios libros de poesía y obtenido varios premios, y es una de las voces de Radio Nacional. Para entrar en materia voy a permitirme copiar, aquí, un fragmento de uno de sus poemas en prosa: “Todos vivimos en la frontera, a un paso de la felicidad y a otro del abandono y el desamparo. Somos unos refugiados sin territorio que estamos pendientes de que alguien nos nombre para sentirnos habitantes de algún lugar. Nos vestimos cada día sin saber cuántos grados de soledad seremos capaces de alcanzar, o si, por el contrario, nos sucederán tantas cosas que hasta nuestra chaqueta se sentirá extraña. Y al arribar la noche no sabremos dónde estamos, cuánto nos queda para llegar a la maravilla o al precipicio”. Entré cuando el recital ya había empezado. He aprendido, en la ciudad madrileña, a no ser puntual en los eventos, pues suelen comenzar media hora tarde. Pedí en la barra un botellín de cerveza y me puse a escuchar. La dicción de Lostalé es espléndida. Se nota que está cultivada en los micros y en los recitales. La pena es que yo estaba tan cansado de trasnochar y de dormir tan poco durante el fin de semana que a veces no conseguía escuchar, ni siquiera entretenerme en algún pensamiento: algunas palabras me atravesaban sin que las pudiese atrapar. Demasiado sueño es mal compañero de la poesía. Al menos para oírla. Cuando terminó el acto algunas personas hicieron preguntas, pero unos minutos después me marché: se me hacía tarde para ir a un recado.
En el entramado de calles del barrio hay múltiples propuestas artísticas: el Club Amargord, la Sala Artépolis, el Centro Cultural, la Escuela de Escritores, la Sala Triángulo, etcétera. Aunque, cuando me muevo por alguno de estos sitios siempre encuentro escaso público, al menos hay distintas ofertas, diversas posibilidades. Constato, una y otra vez, que la poesía, la literatura, el cine independiente, lo raro, son asunto de cuatro locos. Aquí o allá siempre nos citamos los mismos. Son los únicos lugares de la ciudad donde es difícil ver colas a la puerta.