viernes, septiembre 27, 2024

Una sombra ya pronto serás, de Osvaldo Soriano

 

Nunca me había pasado de andar sin un peso en el bolsillo. No podía comprar nada y no me quedaba nada por vender. Mientras iba en el tren me gustaba mirar el atardecer en la llanura pero ahora me era indiferente y hacía tanto calor que esperaba con ansiedad que llegara la noche para echarme a dormir debajo de un puente.

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Tantas veces empecé de nuevo que por momentos sentía la tentación de abandonarme. ¿Por qué si una vez conseguí salir del pozo volví a caer como un estúpido? “Porque es tu pozo”, me respondí, “porque lo cavaste con tus propias manos”.

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Esa vida cerrada, plagada de chismes y miedos, los volvía hostiles a lo desconocido.

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-¿De verdad estuvo en Montecarlo?
-De verdad. Hay una playa y un príncipe.
-¿Y qué hace acá?
-Cosas de la vida.
-Usted es un impostor, ¿verdad?
-De algún modo todos lo somos. ¿Le interesa la filosofía?

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Yo también me alejé porque se me estaban aflojando las tripas. Allí, agachado entre los pastos, tuve la sensación de que ya no existíamos para nadie, ni siquiera para nosotros mismos. Nos conformábamos con la promesa de un desplante o con un cheque inútil. Lo que nos atraía era mirar nuestra propia sombra derrumbada y quizá pronto íbamos a confundirnos con ella.



[Grijalbo Mondadori]

The Apprentice: 2 carteles

 



Here: 2º cartel

 


En Aleteia: Remando como un solo hombre (The Boys in the Boat)

 

Aquí

Cartel de Goodrich

 


viernes, septiembre 20, 2024

Los descalzos. Poesía completa (1976 – 2023), de Francisco Javier Irazoki

 

 

GENTE QUE CAMINA EN MI MENTE

De noche suenan los teléfonos y escucho las voces que llaman desde el país donde nací.
Me anuncian la muerte de una persona que conocí en mi infancia o juventud e, inmediatamente, siento la desaparición de un paisaje. La superficie que se desgaja deja en la niebla un torso, los brazos, los pies que fueron dos caminos paralelos. El roble y la higuera son ojos borrados cuando las frases salen del teléfono y entran en mis oídos.
En mis visitas a Lesaka, compruebo que los terrenos se han encogido. Las púas de los alambres que delimitaban las praderas sujetan ahora unos retales blancos, y el viento bate esos jirones de las ropas de los ausentes.
Otras llamadas siguen despegando las calles del pueblo, y aumenta el grupo  de hombres y mujeres que pasean en mi memoria al despedirse de una patria de huecos.
Pronto seré el viejo que lleva en un bolsillo toda la extensión de su tierra.

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Algunos miembros de mi familia murieron después de largas enfermedades. Cuando aún era adolescente, vi la agonía de mi padre y de un tío materno. Las imágenes de su dolor me convirtieron en un hombre viejo antes de llegar a la edad adulta. Mi juventud fue la de un anciano sin amargura. La contemplación temprana de la muerte me había apartado del lujo de las lágrimas. Quise exprimir el tiempo. Y la queja, el hastío y la ira me parecieron diferentes formas de comodidad. Pero no me rendí a la dureza de carácter, sino que todo resultó suave: dejé a un lado ciertas trampas. Percibí que el resentimiento poda los días o acelera los relojes. Han pasado décadas. Las he vivido con una intensidad lenta. O con un asombro que encierra partes perdidas de la adolescencia y juventud. A menudo regresan los sonidos y las palabras últimas de mi padre. Terminan de construir una muralla que me sirve de filtro. La gratitud es el tamiz que me separa de lo oscuro. Y con las humillaciones del dolor he moldeado mi respuesta: celebrar la vida contra las amenazas de su sufrimiento.

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SUBIR A LA INFANCIA

De noche subo a mi infancia.

Voy desenterrando animales,
palabras,
ropa deshecha
o embarrada por los años.

Cerca del camino,
un arbolado con mis raíces:
el ramaje de hombres trashumantes,
hielo, madrigueras,
astillas del padre solitario,
una mujer que ha envejecido
escondida en la elegancia.

Sigo subiendo sin luces.
Un río es mi colegio
y escucho las lecciones
de futuro
en sus sonidos:
los países extranjeros
serán mi sanatorio;
no aceptaré el fracaso
de morir con amargura.



[Ediciones Hiperión]

Trailer de Brothers

 

Aquí

Cartel de Woman of the Hour

 


Cartel de Small Things Like These

 


Nosferatu: primer cartel

 


En Aleteia: La joven y el mar

 

Aquí

The Outrun: 2º cartel

 


Cartel de Conclave

 


Trailer de Here

 

Aquí

Cartel de Blitz

 


En Aleteia: The Bear [Temp. 3]

 


Aquí

Trailer de Heretic

 

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martes, septiembre 17, 2024

Próximamente: Películas que erizan la piel [Edición ampliada]

 

De Vicente Muñoz Álvarez. 

En Underdog Ventures. 

Más datos: aquí.

viernes, septiembre 13, 2024

Obras completas, de Wolfgang Borchert

 

Supe de este libro hace muchos años y gracias a David González. En seguida lo compré aunque no lo leí. Con el tiempo otro colega, Salva Rubio, escribió sobre el autor en su perfil y en un reportaje.

Por fin me dio por sacarlo del estante y leerlo y os garantizo que es magnífico. La historia de Borchert tiene tela porque le hicieron enrolarse en las tropas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, estuvo en prisión, sufrió heridas en combate y padeció enfermedades y murió a los 26 años, dejando unas obras completas breves en las que había relatos, poemas y una obra teatral.

Los relatos demuestran una madurez excepcional, tanto personal como literaria. Borchert escribía deprisa, con el tiempo sobre la nuca y sin detenerse en florituras, y el resultado es una prosa que impacta y va al grano. Los poemas me parecieron más endebles; incluso a él mismo no le parecían gran cosa. La obra teatral está bastante bien y fue llevada al cine en varias ocasiones.

También recomiendo leerse el epílogo de Fernando Aramburu: además de traducir todos los textos, aporta datos puntuales. Unos fragmentos:

¿No lo sabes? ¿No sabes lo horribles que son los gritos que crecen en el mundo, que crecen llenos de angustia en el mundo que sube por dentro de ti y brama? Que brama en el silencio de la noche, brama en el silencio del amor, brama en la muda soledad. Y los gritos dicen: ¡Escarnio! Dicen: ¡Dios! Dicen: ¡Vida! Dicen: ¡Miedo! Y nosotros estamos a su merced con toda la sangre que contenemos.
Nos reímos. Y nuestra muerte está prevista desde el principio.
Nos reímos. Y nuestra putrefacción es inevitable.
Hoy al atardecer. Pasado mañana.
Dentro de nueve mil años. Siempre.
Nos reímos, pero nuestra vida ha sido arrojada, entregada fatalmente al azar. A lo casual, ¿comprendes? Lo que en el mundo cae, puede caer sobre ti y aplastarte o dejarte intacto. Según la casualidad decida casualmente. Y nosotros: a merced de ella, arrojados para que nos devore.


[Del relato “Conversación por encima de los tejados”]

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No, la vida es algo más que correr bajo la lluvia y asir picaportes. Es algo más que pasar por delante de caras y recordar olores. La vida es: tener miedo. Y tener alegría. Tener miedo de caer bajo el tren. Y alegría porque no hemos caído bajo el tren. Alegría de poder seguir adelante.

[Del relato “La ciudad”]

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El canadiense no podía parar de reír. Reía y reía. Pero no se reía de alegría ni tampoco de placer. Se reía. Reía por incredulidad, por sorpresa, por asombro, por duda. Reía porque no era capaz de imaginar. Reía porque le parecía imposible. Reía porque era monstruoso. Reía porque le daba escalofríos, porque estaba paralizado, porque sentía horror. Sentía horror y reía.

[Del relato “Billbrook”]



[Laetoli. Traducción de Fernando Aramburu]

En Aleteia: The Convert

 

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