lunes, noviembre 15, 2021

Cartel de Adrienne

 


Silent Night: 2 carteles

 


The Hand of God: 2º cartel

 


miércoles, noviembre 10, 2021

martes, noviembre 09, 2021

Dean Stockwell (1936 - 2021)

 


lunes, noviembre 08, 2021

El discurso vacío, de Mario Levrero

 

 

Hay un gran reloj oculto que marca el mismo tiempo para todos los días, todos los meses, todos los años; un reloj que marca el ritmo de la sangre en las venas, de las palpitaciones del corazón, de los deseos prohibidos, y a veces –si el reloj lo dispone– permitidos con cuentagotas. La Vida, con su propia lógica, sus propios anhelos y necesidades, transcurre en alguna parte, pero no aquí. Aquí transcurre la improductiva soledad del preso, el frío interior que el verano no disipará. El tiempo no corre junto a nosotros ni nosotros sabemos jugar con el tiempo; el tiempo es sólo un asesino, lento pero seguro, que nos mira con un dejo de burla por debajo de su guadaña, y nos permite ir disfrutando en cómodas cuotas del frío que nos está esperando en la tumba que lleva nuestro nombre.

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Todo lo que tengo que hacer es indefinidamente postergable; lo que no puedo postergar un instante más es tratarme bien a mí mismo.

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Me pregunto cuánto tiempo más seguiré tolerando esta forma de “vida”, en la cual se ven desplazadas, postergadas indefinidamente, olvidadas –cuando no maltratadas– las cuestiones esenciales, profundas, verdaderas, auténticas –las razones por las cuales hemos sido creados. Me pregunto cuánto tiempo más seguiré esperando y desesperando. No estoy en una edad en que pueda permitirme el lujo de esperar demasiado –y hace ya demasiado tiempo que no me encuentro conmigo. Felices Fiestas.

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Así que estoy sin trabajo. No sé por qué es lo que más me perturba, si el hecho en sí de no tener trabajo, o la mirada de la gente que me rodea, la que de un modo u otro, por gestos, por comentarios, me hacen sentir que estoy en falta, que he pasado a ser
sospechoso.

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Cuando uno sabe que ha de abandonar un lugar para no volver, es imposible seguir viviendo en él cómodamente; por así decirlo, uno ya no está allí donde está, sino que vive proyectándose, cada vez con mayor fuerza, hacia el nuevo lugar donde va a vivir. Si miro mis libros es para pensar que debo hacer con ellos prolijos paquetes; y así pasa con todas las cosas. Si algo se pierde o se rompe, ya no se repone. Si un mueble está en un lugar inapropiado, ya no se cambia de lugar. Vivimos aquí provisoriamente, como en un hotel de paso, especulando todo el tiempo con los días y las horas que faltan para trasladarnos.


[DeBolsillo]  

Spider-Man: No Way Home: primer cartel

 


Trailer de Swan Song

 

Aquí

West Side Story: nuevo cartel

 


viernes, noviembre 05, 2021

Así se hacen las películas, de Sidney Lumet

 

 

Si hay un libro de cine que todo cinéfilo debería leer es éste, sin duda. No sé por qué he tardado tanto en comprarlo y, por fin, leerlo. Es uno de los mejores manuales sobre cómo se planifican, se escriben, se producen, se ensayan, se ruedan, se montan y se estrenan las películas en Norteamérica. Y lo cuenta, sin un ápice de tedio (al contrario: con el entusiasmo de un niño), Sidney Lumet, que para mí es uno de los grandes cineastas de todos los tiempos, cuyas películas suelen contener, salvo excepciones, la fuerza y la energía y la vitalidad propias del cine de los 60 y 70: un vigor que casi ya se ha perdido, y donde primaban siempre el guión, la historia y la honestidad de los personajes por encima de modas, tendencias y detalles políticamente correctos. Lumet fue el director de, entre otras, Doce hombres sin piedad, La colina, Serpico, Asesinato en el Orient Express, Tarde de perros, Network, La trampa de la muerte, Veredicto final, Un lugar en ninguna parte, Distrito 34: corrupción total, Antes que el diablo sepa que has muerto… ¿Sigo? El mismo Lumet reconoce que hubo algunas películas que le salieron mal, con las que no estuvo conforme por culpa de imposiciones o de prisas o porque no eran los proyectos adecuados para él.

El caso es que, mezclando anécdotas de su experiencia y aportando su sabiduría, Lumet escribió un libro que también deberían leer todos los espectadores, no sólo los cinéfilos. Así comprobarían lo difícil que es rodar una película, llevarla desde la idea que tiene un tipo (el guionista, al que luego irán relegando) hasta el estreno en el que todo el mundo quiere meter cuchara. No se lo pierdan. Aquí va un fragmento:   

La película final se forma con las tomas positivadas.
Pero y, ¿hasta qué punto me ocupo yo de la película? ¿Es
un Film de Sidney Lumet? Dependo del tiempo, del presupuesto, de lo que la actriz principal tenga de desayuno, de quién ande enamorado el actor principal. Dependo de talentos e idiosincrasias, estados de ánimos y egos, políticos y personalidades, de más de un centenar de tipos distintos. Y eso sólo al hacer la película. En este momento no mencionaré siquiera el estudio, la financiación, la distribución, el marketing…
¿Cuánta independencia tengo? Como cualquier jefe –y en el plató, yo soy el jefe–, lo soy sólo hasta cierto punto. Y eso es para mí lo emocionante. Estoy al frente de una comunidad a la que necesito desesperadamente, y ellos a mí lo mismo. Ahí está la gozada: en la experiencia compartida.



[Ediciones Rialp. Traducción de José María Aresté] 

The Power of the Dog: 2 carteles

 



Próximamente: Desde dentro

 

De Martin Amis. En Anagrama.

House of Gucci: 2 carteles

 



miércoles, noviembre 03, 2021

Stone Arabia, de Dana Spiotta

 

 

Cada vez que hacemos una foto, nos olvidamos de grabar ese momento en la memoria, en nuestras neuronas. Cuando hacemos una foto nos libramos en cierto modo de tener que recordar. “Voy a sacar una foto para recordar este momento”. Pero lo que haces en realidad es dejar ese momento fuera de la jurisdicción del cerebro y relegarlo a una Polaroid, o a un papel Kodak, pequeños recuadros medio desintegrados, pegados en álbumes. Tan fáciles de perder, olvidados en cajas amontonadas en un garaje húmedo. O sepultado en alguna carpeta de un dispositivo digital enorme, a la espera de que alguien la abra. Lo que has hecho es posponer el acto de mirar y, con ello, la conexión real con el momento; lo único que te queda es un recuerdo de segunda generación, el recuerdo de un hecho que en realidad no es más que el recuerdo de una fotografía de ese hecho. No se trata de un recuerdo auténtico y profundo, sino de uno falso y fugaz, y tu cerebro ni siquiera nota la diferencia.

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Las experiencias de verdad, las que nos marcan, no se desvanecen. Quedan grabadas para siempre en la carne, en los nervios, en las yemas de los dedos.


[Blackie Books. Traducción de Carles Andreu]

Cartel de The Humans

 


Moonfall: primer cartel

 


viernes, octubre 29, 2021

En El Palomitrón: El extraño viaje de Fernando Fernán Gómez

 

Aquí

Violet: 2 carteles

 



El pato mexicano, de James Crumley

 

-Oiga, señor Pines –respondí–, cuando compruebe sus grabaciones telefónicas, verá que solo quería hacerle unas preguntas sin tener al FBI pegado a mí. Eso es todo. –Agité mis cadenas–. Mi auténtico nombre es C. W. Sughrue, y soy un investigador privado de Meriwether, Montana. He pasado parte de mi vida de sargento en la Primera División de Caballería Aérea, así que vamos a dejarnos de chorradas, ¿de acuerdo? Haga que me quiten los envoltorios de regalo, ofrézcame una copa como está mandado, y deshágase de estos memos a los que paga de más. Le haré mis preguntas, y podremos trabar amistad, como un par de veteranos hablando de los viejos tiempos, los buenos chuminos de Saigón y los malos ratos en la selva.


[RBA Libros. Traducción de Antonio Iriarte]

En Aleteia: Flannery O'Connor y Misterio y maneras

 

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West Side Story: 2 carteles

 



miércoles, octubre 27, 2021

La única certeza, de Donal Ryan

 

 

Donal Ryan, un autor irlandés que en España nos dio a conocer Sajalín Editores, suele presentarnos en sus novelas a unos cuantos personajes que atraviesan situaciones que te dejan mal cuerpo durante la lectura. Ya vimos de qué era capaz en Corazón giratorio (2019) y en Un año en la vida de Johnsey Cunliffe (2020) y ahora se confirma su destreza literaria en La única certeza (2021). La primera estaba construida con los monólogos de varios personajes, ofreciendo así una multiplicidad de perspectivas de una misma localidad irlandesa. En la segunda había un único narrador en primera persona: el Johnsey Cunliffe del título. En la tercera se mantiene la narración en primera persona, pero en esta ocasión Ryan se ha metido en la piel de una mujer: Melody Shee, un personaje inmenso que nos va a contar su historia durante más o menos el tiempo del embarazo.

Melody, casada con un mastuerzo llamado Pat, tras atravesar un matrimonio que no llega a ninguna parte se acuesta con Martin, un joven gitano al que enseña a leer, y el resultado es un embarazo y un muchacho enamorado de ella hasta los huesos. Cuando su marido se va de casa y Martin desaparece por rencillas entre clanes nómadas, Melody se encuentra sola, sin rumbo, sin saber si gestar al niño o decidirse por el aborto o incluso el suicidio. Durante ese tiempo, mientras la barriga y la indecisión van aumentando, conoce a Mary, una joven gitana en la que halla cariño y comprensión. El otro personaje en el que se apoya para salir adelante es su padre. Éstos son sus únicos pilares en una localidad en la que casi todo es hostil: las vecinas que cotillean sobre lo que hace o deja de hacer, los tipos agresivos que no quieren pasarle un desliz, el tal Pat que aparece de vez en cuando para contarle lo mucho que está sufriendo, sus suegros que ahora la detestan…

Mediante La única certeza, sirviéndose de la voz narrativa de esta mujer que vive sola y desesperada, Donal Ryan mete su bisturí en las vidas de unos personajes marginales que tratan de sobrevivir a la soledad y a la maledicencia en un entorno adverso y asfixiante. Dignifica a los gitanos nómadas (aquí denominados “travellers”) de una manera muy parecida a la de Guy Ritchie en Snatch: respetando sus reglas y sus disputas y al mismo tiempo humanizándolos. Y nos conmueve al mostrarnos el desarrollo de esa relación marital del pasado en la que todo se ha ido marchitando hasta conseguir que la ruptura sea lo mejor que le puede pasar a un matrimonio. Pero hay algo más, que convierte a Melody en un personaje aún más humano porque está pagando sus errores mediante su conciencia: la imagen de una amiga del pasado, ya muerta, a la que ella no ayudó cuando más lo necesitaba. Un fragmento:      

Joder, Melody, ¿qué coño pasa?
Quita, le dije, me das asco. Y me di la vuelta de golpe para mirarlo a la cara. Tenía la boca medio abierta y se estaba pasando despacio el dedo índice por el labio superior. La mente le enviaba palabras que no pronunciaba, pues se habían quedado atrapadas en un atasco sináptico de sorpresa, confusión y repentino dolor.
¿De verdad?, fue lo único que consiguió decir. ¿Lo dices de verdad? La pregunta era apropiada.
Le susurré la respuesta apretando los dientes. Sí, Pat, me das asco. Me das mucho asco. Y ahí se quedó: lo dije y lo oyó, fui sincera y lo comprendió. Y así, aquellas palabras perdieron la capacidad de sorprendernos; abrimos la puerta a la posibilidad de ser vulgares, depravados; nuestro lenguaje degeneró. Y nos regodeamos. Permitimos que la rabia se convirtiera en algo vivo y desenfrenado; permitimos que se convirtiera en nuestro hijo, en la encarnación de nuestro dolor.




[Sajalín Editores. Traducción de Ana Crespo]

Cartel de A Mouthful of Air



Cartel de The Unforgivable

 


martes, octubre 26, 2021

Para ser escritor, de Dorothea Brande

 

Este libro no es ni siquiera un acompañamiento de las obras de ese tipo: es un prólogo a ellas. Si funciona, enseñará al principiante no a escribir, sino a convertirse en escritor, cosa que es muy diferente.

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La imagen del artista como un monstruo construido a partes iguales de niño engreído, mártir sufriente y
bon vivant, es un legado del siglo XIX, y se trata de una herencia notablemente bochornosa. Existe una idea del artista anterior y más sana, la idea del genio como una persona más versátil, más empática y más estudiosa que sus congéneres, más universal en sus gustos, menos a merced de las ideas de la multitud.

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Sin embargo, todo autor posee un tipo de personalidad dual muy afortunada, y es este hecho precisamente lo que le convierte en una figura tan desconcertante, fascinante e irritante para el hombre corriente que gusta de pensar que él, al menos, no tiene doblez. Pero no hay escándalo ni peligro en reconocer que tu carácter tiene más de un lado. Los diarios y las cartas de los hombres de genio están repletos de admisiones de que sus naturalezas son duales o múltiples: siempre está el trabajador cotidiano que camina, y el genio que vuela.

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Hasta que no hayan visto tu nombre en letras de molde una y otra vez puede que no recibas más que burlas por tus esfuerzos, si anuncias prematuramente tus intenciones de escribir.

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Puede que te resulte de mucha ayuda, antes de empezar a escribir, decidir una primera y una última frase para tu historia. Así podrás usar la primera frase como trampolín desde el que sumergirte en tu trabajo, y la última como una balsa hacia la que nadar.


[Círculo de Tiza. Traducción de Eva Cruz]

The Worst Person in the World: 2 carteles

 



James Michael Tyler (1962 - 2021)

 


Spencer: nuevo cartel

 


sábado, octubre 23, 2021

El condominio, de Stanley Elkin

 

 

Treinta y siete años. Soltero. Con problemas cardíacos. Estudiante.
Era una persona que podía responder a ese tipo de preguntas hipotéticas de las que se suele hablar pero que jamás te llegan a preguntar. Podía contestar sin dudar, y razonando sus elecciones, los diez libros que se llevaría a una isla desierta; y las diez personas que podrían acompañarlo. Te podía explicar, justificando hasta el último penique, cómo se gastaría mil millones de dólares en un plazo de veinticuatro horas.

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Lo que la gente quería era el más elemental espacio habitable: el baño completo y el servicio, los dos dormitorios, la cocinita, y el salón-comedor donde colocar cuarenta años de muebles. ¡Ay, sí, ay, sí, ya lo creo! y quizá también una salita en la que pondrían un televisor en color y un balcón con macetas, por supuesto. Pero lo principal era el espacio, el apartamento en sí.
¡Un lugar donde vivir, donde estar!

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El lujo tenía un efecto curioso: la baja opinión que te hacía tener de ti mismo al no haber pensado en tus necesidades con la misma inteligencia que habían tenido otras personas que ni siquiera te conocían.


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Cuídense. Si no se goza de salud, ¿qué queda? ¿El buen nombre?


[La Fuga Ediciones. Traducción de Montse Meneses Vilar]

Cartel de A Hero

 


Ambulance: primer cartel

 


miércoles, octubre 20, 2021

Días sin huella, de Charles Jackson

 

 

He releído esta novela y me ha gustado más porque la traducción es superior a la edición que conseguí antaño. Ya hablé de ella hace años en este blog y no voy a repetir lo que dije entonces. El libro de Charles Jackson me parece tan bueno como la película de Billy Wilder, pese a las diferencias en su adaptación al cine. Aquí van unos extractos:

Suponía que sólo era uno de los varios millones de personas de su generación que había crecido y en algún momento de la treintena había realizado el desconcertante descubrimiento de que la vida no transcurría como esperabas que lo hiciera; le era imposible discernir por qué esa comprensión le confundió a él y no a ellos… o, al menos, no a demasiados de ellos. La vida no ofrecía ninguna de las promesas que habías esperado desde la adolescencia (él menos que otros, aunque, de todos modos, las había esperado tan sólo por curiosidad). La vida adulta llegó sin las promesas en las que de alguna manera te habían hecho creer, el futuro seguía siendo el futuro, ilusión: un período inexistente o una promesa en retroceso constante, que aludía a la satisfacción pero que siempre negaba las recompensas. En fin de cuentas, todas las cosas que jamás habían ocurrido jamás ocurrirían.


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(¿la literatura y el cine era para él más reales que los hechos?)

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Sólo pensar en él le inundaba de tanta tristeza que podría haberse echado a llorar. Nada duele tanto como ver caer a un espíritu que planea en las alturas.

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¿Por qué eran alcohólicos tantos hombres brillantes? La siguiente duda era: ¿por qué bebes?

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Hacía mucho que había dejado de importar el porqué. Eras un borracho y se acabó. Bebías, punto. Y una vez que tomabas un trago, una vez que arrancabas, ¿qué importaba el porqué? Había montones de razones y ninguna importaba. Quizá bebías porque eras desdichado… o muy feliz; porque hacía calor o frío; porque no te gustaba la Partisan Review, o porque te encantaba la Partisan Review. Así de infundado. ¡A la mierda con las causas! Padre ausente, choque en la fraternidad, demasiada madre, demasiado dinero o docenas de otros motivos a los que apelabas para justificarte. No significaban nada ante el hecho de que bebías y de que la bebida te estaba matando. ¿Por qué? Porque el alcohol era algo que no podías manejar, algo que te tenía dominado. ¿Por qué? Porque habías llegado al punto en que un trago era demasiado y cien insuficientes.




[Alianza Editorial. Traducción de Iris Menéndez]

Cartel de The Beatles: Get Back

 


Cartel de Ghostbusters: Afterlife

 


Being the Ricardos: primer trailer

 

Aquí

lunes, octubre 18, 2021

Sobre la fotografía, de Susan Sontag

 

 

La fotografía en un libro es, obviamente, la imagen de una imagen. Pero ya que es, para empezar, un objeto impreso, liso, una fotografía pierde su carácter esencial mucho menos que un cuadro cuando se la reproduce en un libro.

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Las fotografías son la prueba irrecusable de que se hizo la excursión, se cumplió el programa, se gozó del viaje. Las fotografías documentan secuencias de consumo realizadas en ausencia de la familia, los amigos, los vecinos. Pero la dependencia de la cámara, en cuanto aparato que da realidad a las experiencias, no disminuye cuando la gente viaja más.

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Esta es una época nostálgica, y las fotografías promueven la nostalgia activamente. La fotografía es un arte elegíaco, un arte crepuscular.

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Todas las fotografías son memento mori. Hacer una fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa. Precisamente porque seccionan un momento y lo congelan, todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo.

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La fotografía no es solo una porción de tiempo, sino de espacio. En un mundo gobernado por imágenes fotográficas, todas las fronteras (el “encuadre”) parecen arbitrarias.

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El fotógrafo es una versión armada del paseante solitario que explora, acecha, cruza el infierno urbano, el caminante voyeurista que descubre en la ciudad un paisaje de extremos voluptuosos.

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La cámara ha tenido tanto éxito en su función de embellecer el mundo, que las fotografías, más que el mundo, se han convertido en la medida de lo bello.

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No es del todo erróneo afirmar que no existe una mala fotografía, sino solo fotografías menos interesantes, menos relevantes, menos misteriosas.

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Una sociedad capitalista requiere una cultura basada en las imágenes. Necesita procurar muchísimo entretenimiento con el objeto de estimular la compra y anestesiar las heridas de clase, raza y sexo. Y necesita acopiar cantidades ilimitadas de información para poder explotar mejor los recursos naturales, incrementar la productividad, mantener el orden, librar la guerra, dar trabajo a los burócratas.

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Las cámaras definen la realidad de dos maneras esenciales para el funcionamiento de una sociedad industrial avanzada: como espectáculo (para las masas) y como objeto de vigilancia (para los gobernantes). La producción de imágenes también suministra una ideología dominante.  

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La razón última de la necesidad de fotografiarlo todo reside en la lógica misma del consumo. Consumir implica quemar, agotar; y, por lo tanto, la necesidad de reabastecimiento. A medida que hacemos imágenes y las consumimos, necesitamos aún más imágenes; y más todavía. Pero las imágenes no son un tesoro por el cual se necesite saquear el mundo; son precisamente lo que está a mano dondequiera que se pose la mirada. La posesión de una cámara puede inspirar algo semejante a la lujuria. Y como todas las variantes creíbles de la lujuria, nunca se puede satisfacer: primero, porque las posibilidades de la fotografía son infinitas, y segundo, porque el proyecto termina por devorarse a sí mismo.



[DeBolsillo. Traducción de Carlos Gardini; revisada por Aurelio Major]

The Batman: 2 trailers

 

 

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Próximamente: Los cerros de la muerte

 

 

De Chris Offutt. En Sajalín Editores.

The Tender Bar: primer cartel

 


Cartel de Bruised

 


jueves, octubre 14, 2021

Tres circunvoluciones alrededor de un sol cada vez más negro, de Grégoire Bouillier

 

 

Este volumen, de lo mejorcito que podréis encontrar en las librerías, es un compendio de 3 libros autobiográficos de Grégoire Bouillier relacionados entre sí: Informe sobre mi persona, El invitado secreto y Cabo Cañaveral. En realidad yo ya había leído los dos primeros, por lo que ésta es una relectura (mejorada, dado que las traducciones son nuevas). El primero salió en Zoela Ediciones con un título parecido: Informe sobre mí mismo, una memoria sobre la infancia y la adolescencia que desafía un montón de reglas y de ritmos, lo que la convierte en un catálogo de recuerdos bastante atípico donde no faltan los miembros de una familia disfuncional. El segundo, que incluye el momento en que el escritor conoció a Sophie Calle en su fiesta de cumpleaños y las reflexiones y cambios que acarrea aquella noche, lo publicaron en Mondadori en un tomo de formato pequeño y tapa dura. El tercero ocupa apenas 20 páginas, estaba inédito y narra el encuentro erótico del autor con una chica tras participar en una mesa redonda de literatura.

Releídos así, de continuo, cobran más sentido. El ritmo va variando de uno a otro texto, también la manera de narrar. Informe… presenta frases más bien breves, impactantes. En El invitado… cambian radicalmente: oraciones largas, sustanciosas y llenas de circunloquios. Mientras en Cabo Cañaveral leemos sentencias mínimas, entrecortadas, de telegrama. El tiempo narrativo se va minimizando en cada texto hasta llegar al último: anecdótico, sólo ocupa unas horas.

El volumen indaga en cómo un hombre vive, ama, sufre, desea, se sorprende, va cambiando, en cómo sus vicisitudes cotidianas contienen para él paralelismos con el cosmos (ese viaje de la sonda Ulysses hacia el sol) y con la literatura (Homero y Odisea, Virginia Woolf y La señora Dalloway). Bouillier se reconstruye a sí mismo narrándose, narrando sus cuitas infantiles, sus apetitos, sus encuentros, en los que suponemos habita cierta carga de invención (o, mejor, de exageración, de “literaturizar” cuanto ha vivido). La introspección que logra es fabulosa y a menudo su falta de piedad consigo mismo logra que el cuadro o el informe que ofrece sea más crudo, más cruel, y quizá por eso más auténtico.

Aquí van unas píldoras:

De Informe sobre mí mismo:

Me quedo perplejo. Estaba convencido de que mis recuerdos no podían engañarme ni inventarse cosas. No los míos. Mis recuerdos eran los únicos que podían dar testimonio de lo ocurrido. Y, mira tú por dónde, también ellos me habían traicionado. Como todo.

[…]

Ese día comprendí que la vida empieza justo donde terminan las imágenes. Justo donde era obligado improvisar, donde sólo podía contar conmigo mismo, huérfano de toda representación que pudiera preceder a mis actos para dictarles una conducta. En una habitación, la aventura era por una vez mi aventura: se trataba de inventar a partir de uno mismo, sin que importara tu estado. De hallarte, por fin, presente, en cuerpo y alma, entregado por completo a la aventura.

**

De El invitado sorpresa:

Fue el día de la muerte de Michel Leiris. A finales de septiembre de 1990 o nada más empezar octubre, no recuerdo la fecha exacta, poco importa, siempre habrá tiempo para verificarlo más adelante, en todo caso era un domingo porque estaba en mi casa en plena tarde y hacía frío para la época y me había dormido vestido, arrebujado en una manta como casi cada vez que me encontraba a solas conmigo mismo. El frío y el olvido, no deseaba otra cosa en aquel tiempo. No me preocupaba: sabía que un día llegaría el momento de volver a partir rumbo a la existencia y no tenía prisa. Había visto demasiado, me parecía. Seres, cosas, paisajes… Tenía material de sobra para rumiar uno o dos siglos y ¿a santo de qué salir en pos de otras historias? No quería más problemas.
Entonces me despertó el teléfono. El cuarto estaba casi a oscuras. Descolgué. Y al instante supe que era ella. Antes incluso de saberlo, supe que era ella. Era su voz, su respiración, casi su rostro, y con él, surgiendo del pasado, mil alegrías que se doraban al sol y me acariciaban la cara y me lamían los dedos y casi todas colgaban de una soga.


**

De Cabo Cañaveral:

De ahí tu presencia en esa ciudad desconocida. Con el tiempo justo para ir y volver. Con el tiempo justo para hablar a un micro sobre el patetismo en la literatura francesa contemporánea ante un público sentado en sillas plegables de plástico. A no ser que el tema sea el cinismo de esta época. Lo uno no va sin lo otro. Lo otro con lo uno. Siempre de la mano. Aunque fingiendo lo contrario. Bromeas. Te diviertes. Inventas. Pues el tema de la mesa redonda no era en absoluto irreverente. ¿Quién lo creería? Con los tiempos que corren. Si a eso se le llama correr. Sin embargo, habías aceptado participar. Como siempre que aceptas este tipo de invitaciones, con la esperanza, la única esperanza, de que te pase algo, cualquier cosa, un encuentro, aunque no necesariamente. Mejor un encuentro. Con tal de que no sea social ni interesante. Con tal de que sea desinteresado y personal. Que el tiempo se agite, que la vida se desquicie, que las nubes se reconcilien. Aunque sólo sea durante una fracción de segundo. Y lo que ocurrió fue V. Durante gran parte de la noche. Esta vez tu cita fue con ella. Con sus labios listos para cebarte.


[Hurtado & Ortega. Traducción de Ona Rius Piqué y Albert Fuentes]