jueves, julio 20, 2006

Libro: El que desordena, de Tomás Sánchez Santiago


Nuevo poemario de Tomás Sánchez Santiago, del que nos había ofrecido un adelanto en Lo bastante. Tomás maneja las palabras como pocos; las rescata, las nombra, las utiliza igual que si fueran piezas de orfebre. Es un libro en el que el poeta es consciente de su misión de desordenar el mundo de la burocracia, de desbaratar el reino de las normas, aunque sea a través del sigilo y el lenguaje. Os dejo aquí unos versos:
Ya no sé dónde dejar las palabras.
Sé
de dónde tomarlas
todavía:
del picor de las ortigas, del plasma
oscuro del aburrimiento, de las lágrimas
que cuelgan en los grifos mal cerrados.
Salvar estas palabras
como quien vigila sépalos de lejos.

miércoles, julio 19, 2006

En Villajoyosa (La Opinión)

Desde Alicante viajamos a Villajoyosa, a pasar la tarde. Avanzamos por un paisaje socarrado, como en casi toda la provincia, un paisaje desértico y arrasado por el sol y el polvo en el que pegaría más un pistolero a caballo que una caravana de coches con turistas. Pasamos cerca de un puente ferroviario de aspecto similar al que vuelan en “El bueno, el feo y el malo”. A lo lejos se ve bien la ciudad: demasiados edificios, demasiada manía de construir. Nuestro amigo y guía nos dice que pretende llevarnos a un sitio apartado que a él le gusta mucho. El azar es así: resulta que nos conduce al lugar en el que yo veraneaba en la infancia. La misma ciudad (Villajoyosa), el mismo recodo (al pie del Aparthotel Eurotennis: con dos enes, por favor), la misma cala (llamada La Caleta). Me parece asombroso. El edificio no ha cambiado en su parte exterior, y sigue teniendo sus diecisiete pistas de tenis, su piscina y su vegetación abundante y espesa. Pero sí ha cambiado el paisaje de alrededor: a la Partida Montiboli le han crecido más hoteles y más casas de particulares.
Llegamos a la playa de piedras y guijarros de La Caleta y el paraje en torno es soberbio: frescos jardines, nobles palmeras, edificios blancos que coronan la cima de las montañas, ribetes moriscos, acantilados siniestros, el mar que clarea y está más limpio que en Alicante, menos contaminado. La Costa Blanca, que dicen. Aquí, lo reconozco, me agrada más el agua en particular y la estancia en general: hay menos gente, menos suciedad o ninguna en la orilla, nada de arena, y se puede uno arrimar a los pequeños arrecifes y entretener la tarde viendo los movimientos urgentes de los cangrejos y los movimientos sigilosos de las lapas. Incluso puedo leer un rato, sin temor a que entre las páginas del libro caiga la arenilla. Así que dedico la tarde a leer poco y a bañarme mucho. A la entrada de la cala, he olvidado decirlo, un cartel prohíbe llevarse áridos. Y no me extraña: los guijarros son espléndidos, sus formas son suaves al tacto y provechosas para la vista (quiero decir que a uno le gusta mirar los guijarros y sus formas durante un rato).
Unos pasos por la playa me devuelven a la infancia. Empiezo a hacer memoria. Allí fue donde me clavé un erizo de mar en un pie: el médico, ante la imposibilidad de sacarme las espinas con unas pinzas, me recetó aplicaciones diarias de yodo; días o semanas después las púas desalojaron mi carne y se fueron a pudrirse a otro sitio. Allí, dentro del hotel, veíamos en televisión “Cuentos del Mono de Oro”, un viejo serial de los ochenta, aventurero y ameno, que creció a la sombra de Indiana Jones; en el salón público donde tenían el televisor no faltaban los chavales franceses y alemanes, especialistas en regüeldos y en dar la nota. Creo que también fue allí donde aprendí que la piscina es más cómoda que la playa, o al menos no te embadurnas de arenisca y salitre. De hecho, sólo existen dos clases de baño que me satisfagan de verdad: en una de estas calas, a salvo de tanta humanidad; y en un lago, y como sólo me he metido en el saludable Lago de Sanabria, diré que allí se da uno los mejores baños. Habrá quien me reproche saber lo justo de estas cuestiones y quien me acuse de haber viajado poco. No lo niego, pero cada cual está a gusto con sus circunstancias. Pero volvamos al presente. Buceo y trasteo en La Caleta, tanto que al final me palpo por detrás de las orejas, por ver si me han salido branquias como a Mariner, el héroe de “Waterworld”. Unas horas después, con la piel arrugada de tanta agua, nos vamos a Benidorm. Otro de los paisajes de mi niñez, en aquellos lejanos años setenta y ochenta.

Libro: A la pata de palo, de Camilo José Cela


En este libro se reúnen textos sobre personajes inventados y muy propios de la España profunda. Se divide en varias partes y en cada una de ellas hay un hilo conductor: los tontos, los ciegos, el frondoso árbol genealógico de una familia, etc. Resulta impresionante el ingenio y la fantasía de Camilo José Cela para poner nombres y apodos a sus criaturas, para elegirles vidas duras y oficios extraños, relaciones extraconyugales, muertes trágicas y manías. La última parte se completa con divertidos poemas sobre el viaje del autor a la ciudad de Nueva York.

martes, julio 18, 2006

En Alicante (La Opinión)

Durante el fin de semana estuve en la que llaman la playa de los madrileños, o sea, en la playa de San Juan, en Alicante. Contaré cuanto he visto en dos o quizá tres artículos, siempre que el lector sea capaz de armarse de paciencia y sepa perdonar mis desmanes. El viaje en coche desde Madrid a Alicante, sumando la operación salida, nos dura unas cinco horas. Nos alojamos en el piso de un amigo, Sergio Martín. Sergio es zamorano y tiene plaza en Radio Nacional. Compagina los informativos locales de la ciudad con intervenciones nacionales en el programa de Olga Viza, El Tranvía, donde Sergio Martín es El Polizón, apodo con el que todo el mundo lo conoce ya.
El sábado por la mañana, en cuanto nos vamos a la playa citada, empiezo a ponerme nervioso. Me gusta el mar y me place la música de las olas y me entusiasma bañarme, pero el resto es una suma de incordios; me desagrada la arena, que se cuela por todas partes e impide leer un libro; y los mejunjes y protectores solares que hay que echarse en el cuerpo para que no se carbonice; y la sensación angustiosa del salitre en la piel cuando uno se seca al sol; y la imposibilidad de lavarse las manos con agua dulce y jabón; y el calor apretando los tornillos de la cabeza; y lo guarro que es el personal, que deja de todo en el agua y yo me lo voy encontrando mientras nado: una compresa, una lata de cerveza, un ladrillo, un escupitajo, una chancleta llena de algas. Un asco, oiga. El día anterior ha habido mucho revuelo por el ataque de un pez, el golfar, a la mano de una niña. Tal vez eso explique que no haya tanta gente en la playa como me esperaba. Cuando llega la hora nos arrimamos a un chiringuito. Comemos a un paso de la arena, en la sombra, con el mar a mi derecha, con el cielo muy azul y los turistas metiéndose sangría y grandes paellas entre pecho y espalda. Nos atiende un camarero muy ibérico, típico de las tabernas de Madrid, un señor antiguo que se equivoca todo el tiempo de mesas y de pedidos y del que sospecho una pequeña embriaguez. Mis sospechas se confirman: cada vez que tiene un minuto libre se junta en una esquina con otro camarero y ambos se ponen a soplar cervezas de bote. Con el calor húmedo y tanto empinamiento de codo, es lógico que no sepa ni por dónde se anda. Pedimos un arroz a banda, que es manjar que entretiene, nutre mucho y obliga a chuparse los dedos. Por la tarde, tras la comida y el café con hielo, nos vamos a Villajoyosa, pero eso lo contaré mañana para no andar mezclando las cosas ni confundir al personal.
Mientras caminamos o viajamos en coche, nuestro amigo nos explica la ciudad: su pasado y su presente. He estado de niño en Alicante, pero apenas recuerdo cuatro cosas, anécdotas e imágenes. Al caer la noche nos acercamos al puerto. También se come bien allí: unas raciones de fritura y algo de marisco para entonar el estómago y acondicionarlo para las copas nocturnas. Mis ojos no pierden detalle, antes, durante o después del puerto: el Paseo de la Explanada, donde está la Feria del Libro y hay puestos de baratijas y ajorcas, y donde se ven sillas de madera para los jubilados, sillas que nadie roba y están siempre ahí; las placas que conmemoran a Gabriel Miró, escritor de quien por casa tengo algún libro que aún no he leído; un fulano con una serpiente amarilla y bien cenada encima del cuello, a modo de bufanda, para que la gente se haga unas fotos con ella y le dé unos euros al tipo; una cola de coches con argelinos en busca del Ferry de Argelia; bares, terrazas y calles repletas de gente, de turistas, de madrileños, incluso nos topamos con uno de Zamora en la puerta de un garito; negros del top manta o del top toalla; alegría, colorido y mucha juerga.

lunes, julio 17, 2006

Poesía reunida de Carver, en otoño


Según cuentan en Babelia, suplemento cultural del diario El País, "Este año la editorial Bartleby ha publicado el libro misceláneo Sin heroísmos, por favor. La misma editorial publicará en otoño Todos Nosotros (poesía reunida)". Es de suponer que la edición será bilingüe. También se incluye un poema, creo que inédito. Más, aquí.

Tragedias y miedos (La Opinión)

Aguardando en el andén de una estación de metro. En ese momento han transcurrido apenas unos días de la tragedia de Valencia. Hay dos señoras sentadas en uno de los bancos. Una de ellas, dicharachera y gritona, se pone a hablar a gritos con una muchacha que también espera a que llegue el tren. La señora y la muchacha distan como seis o siete metros, la una de la otra, y entonces la buena mujerica dice: “Hija, y pensar que yo iba a ir estos días a Valencia. Quería pasar allí el fin de semana. Pero ahora, con lo que ha ocurrido, lo del metro, ya no voy, ya no quiero ni pensar en ir. He cogido miedo. Menudo miedo me da ir”.
Todo esto, este miedo a los trenes del metro, apercíbase el lector, lo suelta mientras aguarda en el metro madrileño a que venga un tren. Ya sé que no son los mismos servicios los que presta Valencia que los que presta Madrid, pero yo ya me entiendo. A uno, con las manos en los bolsillos, estas charlas ocasionales a grito pelado le dan cierta satisfacción. A uno le hubiera gustado decirle: “Señora, usted no se preocupe y vaya a pasar el fin de semana a Valencia. Que lo que ha ocurrido no es como si la ciudad sufriera el empellón de los terremotos, o se viese inundada como en Nueva Orleáns. Que las catástrofes naturales son una cosa y los servicios de transportes son otra muy distinta. Y que, para moverse por Valencia e ir a la playa, no creo que sea imprescindible meterse en el metro. Que en las ciudades modernas tienen a su disposición el servicio de autobuses, y también puede usted recurrir a un taxi, aunque la broma y el paseo le salgan más caros. No se preocupe y disfrute”. Luego la mujer continúa su charla, y esta segunda parte de su monólogo no interesa para el artículo y para cuanto quiero decir, pero prefiero ponerla aquí para solaz de quien me leyere: “Yo ahora tengo que ir a quitarle las carroñas a un viejo. Ya ve usted. Eso tendría que hacerlo el Ayuntamiento, lo de quitarle las carroñas al viejo. Pero no, me toca hacerlo a mí. Está una harta de quitarle las carroñas al viejo”. Hay que anotar que quien lo dice ronda ya la tercera edad, con lo cual mi perplejidad es doble.
Este monólogo, oído en el andén del metro, expresa con exactitud el miedo. El miedo es libre y no entiende de detalles ni atiende a diferencias. Las señoras son siempre quienes más miedo tienen: de la noche, de las catástrofes naturales, del tráfico, del belicismo, de la violencia urbana, de los accidentes domésticos e inesperados. Si asesinan a alguien en una callejuela de un suburbio de Barcelona, pongamos por caso, la señora que iba a viajar a Barcelona, o incluso la que vive en esa ciudad, coge miedo para varios años: miedo de viajar allí y miedo de salir a la calle. Sucede esto, también, con las mujeres que sufrieron la dictadura franquista y vieron a sus maridos pasar una temporadita a la sombra, entre rejas. El miedo a la guerra, a la noche y a los dictadores, por ejemplo, jamás se le quitó a mi abuela materna, q.e.p.d., y tuvo siempre un temor infantil a la oscuridad urbana y a que subieran al poder los presidentes de rango conservador, como aquel de bigote que tuvimos y que anda ahora haciendo fortuna en las Américas. El miedo, digo, es libre y no atiende a razones. Por eso extiende sus tentáculos a otros órdenes de la vida y a otras circunstancias cotidianas. De niño, lo tengo contado por ahí, escuché el tiro que un ladronzuelo le pegó a mi abuelo paterno, q.e.p.d., y esto hizo que me costara conciliar el sueño durante meses o años. Que aquello ocurriese de noche no hizo que cogiera miedo a los fulanos con escopeta, sino a la noche. Por eso, en el fondo, comprendo a la señora del metro.

domingo, julio 16, 2006

La mirada de aquel viajero (La Opinión)

Me quejaba hace poco, y en este mismo diario, de la imposibilidad de encontrar una edición de "Nuevo viaje a la Alcarria", la segunda parte de aquel libro de Camilo José Cela que tanto me gustó y en el que nos contaba su ruta a pie por tierras de Guadalajara. Pues bien: una mano caritativa y amable, de cuyo nombre no voy a dar cuenta para que los carroñeros no saquen invenciones, lo puso a mi alcance. Aunque la identidad de quien me lo regaló no vaya aquí incluida, el agradecimiento es mucho y así se hace constar. Me leí este libro en unos días, dos o tres, devorándolo con la avidez de quien se da un festín tras una semana sin comer. Cela regresó, para otro viaje por la Alcarria, casi cuatro décadas después de la primera travesía.
La primera diferencia entre ambos libros es la constancia del paso del tiempo. Cuarenta años no pasan en balde, y de ello deja el autor apuntes sucesivos: los hombres y mujeres que conoció y ya han muerto, los niños que le acompañaron en el camino o que saciaron su sed y su hambre y ahora son hombres hechos y derechos y con cargo en la Diputación o en una hospedería, la mutación de los paisajes, el progreso y la emigración, que han ido dejando los pueblos vacíos. Incluso al principio, en la extensa dedicatoria, el autor, el viajero, el escritor, declara su vejez, su aumento de peso, su torpeza de movimientos, y cómo es forzoso trocar, por dichas circunstancias, el pinrel por el coche con chófer y la mochila por los juglares de compañía. Pero el viaje es igual. Con más años y más kilos, sí, pero con el mismo entusiasmo. Alguien me dijo una vez que, para conocer otras tierras, otras ciudades y pueblos, basta con conocer a los paisanos y su gastronomía; el resto llega solo. Don Camilo también lo sabe y lo anota todo, en un trabajo exhaustivo: los motes colectivos e individuales de las villas y de los vecinos con los que va topando, las coplas que cantan en cada lugar, la historia antigua, las personas célebres que allí nacieron o se alojaron, los productos típicos y las rencillas entre los habitantes e incluso sus empleos actuales. En esta ocasión, sin embargo, ya célebre en España y en el mundo entero, el viajero no tiene que buscarse la vida y el sustento, sino que la vida y el sustento le salen al paso y, así, van a recibirle en comitiva, le agasajan con pantagruélicos banquetes y deliciosos vinos, le ofrecen jergones para echar la siesta y conversación para resistir las sobremesas. En este libro se nota que el autor, aunque sigue siendo el mismo y escribiendo con idéntica maestría, ya domina los secretos del lenguaje a la perfección. Predominan el ingenio quevediano y el humor propio de la picaresca, y uno se ríe mucho con las ocurrencias de su prosa y la mirada que se posa en cada rincón y en cada rostro.
Véase la sutileza de esta descripción, pródiga en ironías: "En la carretera hay un apeadero para socorrer el apretón de las libídines desbocadas; ahora duermen a pierna suelta las socorredoras, porque el tajo es nocturno". Imprescindibles resultan las ágiles respuestas que suelta a los impertinentes. Un periodista pregunta: "Ahora, después de haber subido en globo, ¿le queda a usted algo por hacer?" A lo cual, vista la inquina del reportero, él replica: "Sí, pero no se lo digo para no darle a usted una pista y también para que no se le pongan los dientes largos". O esa vez en que, tras ponerlo en una balanza romana y anunciar su peso, un gracioso dice: "¡Anda, que para una novillada ya servía usted!" Su respuesta no se hace esperar: "¡Si me prestas tú los cuernos, cabrón!" No todo es humorístico: también hallamos descripciones de un lirismo sobrecogedor. Y es que la mirada de aquel viajero era limpia, metódica, milimétrica.

sábado, julio 15, 2006

Primer día de piscina (La Opinión)

Les hago una visita a mi primo y a su novia y decidimos bajar un rato a la piscina. La piscina de la comunidad de su edificio. Antes de ir, como ya me habían avisado del posible chapuzón, me compro una toalla, aunque no encuentro un bañador que me acomode. A mí me gustan los bañadores de pata larga y de un solo color: el negro. Se conoce que soy siniestro hasta para ir al agua. El caso es que me presta mi primo el bañador de marras, hasta que compre uno. Porque el equipo completo de bañista me lo dejé en Zamora, ya que hace unos dos años que no me meto en remojo (en piscinas, lagos, ríos, mares, embalses, pero sí en la ducha, no vayan a pensar mal y me tachen de poco higiénico), por recomendación del médico. Como están a punto de cerrar los comercios y no me da tiempo a ver toallas, entro en un bazar chino. Allí tienen la toalla más macarra, ibérica y casposa de todos los tiempos. Y la compro, desde luego: es roja y negra, y muestra la silueta del toro de Osborne, con sus cuernos, su cola y su bolsa escrotal. Estos chinos sí que saben. "Es la toalla que llevaría Torrente, si fuera a la playa", dice mi primo. No le falta razón. A mí estas actitudes casposas, estas venas que me entran de vez en cuando, me procuran gran contento. Pero no lo hago por mal gusto, sino por cachondeo y por humor. Aunque he de -admitir que la toalla se me antoja simpática: un amigo me enseñó hace tiempo que uno de los emblemas de España es el morlaco de Osborne que vemos en algunas cunetas. Y yo ya digo lo mismo.
Alrededor de la piscina se está cómodo, encima del césped fresco y cuidado y leyendo un cómic de Spiderman. El sol se esconde y no hace demasiado calor. Proponen que nos vayamos al borde de la piscina. A meter los pies en remojo. A mí no me dan ganas de bañarme, será por la falta de costumbre. Y eso es precisamente lo que hacemos: meter sólo los pies. Los chavales, claro, se ponen a lanzarse en bomba cerca de nosotros. Los niños deben ser un poco gamberros en sus primeros años, porque de lo contrario luego crecen como firmes candidatos a recibir todas las collejas en el colegio y eso no es bueno. Eso de trastear no les viene mal, pero sin pasarse. Hay un niño que se las sabe todas: su hermana, un renacuajo más pequeño que él, trata de nadar con los manguitos puestos. Y nada cerca de nuestra orilla. De modo que el chaval se tira en bomba encima de ella y logra dos objetivos: que la hermana casi se ahogue y que el agua nos moje a nosotros de pies a cabeza. Un niño listo, que se dice.
Pero la madre lo advierte, porque las madres están en todo y no pierden detalle (las madres poseen un sentido propio de superhéroes de cómic, sólo que el hombre machista, a través de la historia, ha querido cambiarles la capa por el mandil de cocina). La madre lo advierte y no para de reprenderlo, dando grandes voces: "¡José María, ten cuidado con tu hermana! ¡José María, como sigas así te castigo!". Entonces se da cuenta de que la criatura del infierno también nos está empapando a nosotros. Y suelta la frase: "¡José María, ten cuidado, no mojes a estos señores!". Ahí nos duele. "Señores". No duele tanto que nos llamen señores, sino que lo haga alguien que gasta unos diez años más que nosotros. Cuando a uno le empiezan a llamar señor, es que es más viejo de lo que creía. Yo, entre el calificativo y el chaparrón, empiezo a odiar a José María. Menos mal que su madre pone orden y lo castiga sin bañarse. Al final ni siquiera me hace falta meterme en el agua. No soy un bañista ideal. Soy fúnebre, nocturno, gruñón, etcétera. Ese ha sido mi primer día de piscina en años y así me ha ido, de culo. Si todo va bien hoy estaré en una playa de Alicante. Les cuento a la vuelta.

viernes, julio 14, 2006

Mundolavapiés, en marcha


He recibido este correo del director del proyecto del libro Mundolavapiés. Como ya os dije, yo mandé algún artículo. Estaría bien que todo aquel que conozca alguna anécdota la aportara. La foto que acompaña es una postal que me compré en una tienda del barrio. Os dejo el mail:

AMIGOS AMIGAS DEL LIBRO!
Quedan 55 días para participar en el libro! INVITA A TUS
AMIG@S!!
Hemos recibido 200 MAILS, 2000 VISITAS EN LA WEB Y MAS DE 40 proyectos!

NUEVA INICIATIVA! HABLA CON UNA PERSONA MAYOR Y DILE QUE TE CUENTE UNA HISTORIA! UNA ANECDOTA DE LAVAPIES! Y ENVIANOSLA!!!!!!!
EN EL LIBRO TODOS CUENTAN!!!!!

Rivalidad (La Opinión)

El día de los atentados en Bombay pasé varias horas en la carretera, de modo que no supe de la matanza con bombas en trenes hasta las tantas de la madrugada. Me habían comentado algo, pero no tuve conocimiento certero de cuanto había sucedido hasta meterme en la red y leer las noticias. En seguida advirtieron que era día once. Once de julio. Otro día para la infamia, etcétera. El terrorismo, cualquier terrorismo, ha hecho tan daño a lo largo de las décadas que dudo que un solo día se salve en el calendario, o sea, y para que me entiendan: dudo que haya un día que no esté en rojo. Rojo de sangre y de muerte.
Antes de acostarme, y mientras terminaba el rápido repaso a la prensa digital, miré por los cristales. Frente a la ventana donde trabajo al teclado, en el edificio vecino, hay una muestra babélica de lo que es el mundo y la sociedad actual. En el primer piso viven los argelinos musulmanes (yo los llamaba moros, porque no distingo bien a un marroquí de un argelino); en el segundo, los hindúes hacinados (duermen en el suelo, encima de las mantas que colocan sobre el parquet); en el tercero, los sudamericanos (probablemente sean bolivianos, pero no lo digo por si errare); y, en el cuarto, los españoles (tampoco sé si son madrileños, andaluces o sevillanos). Decía, sí, que miré por la ventana. Todos ya habían apagado sus luces, salvo los hindúes. Tenían las bombillas encendidas y tal vez estarían viendo las noticias, o comentando el tema, o sin poder dormir por culpa de la preocupación. Es lógico. Han atentado contra la India, la cosa está fresca, reciente, y no es plan de irse a dormir como si no pasara nada. Era tarde y no se habían acostado. Ese mismo día me explicaron la rivalidad entre los hindúes y los musulmanes de forma muy clara, muy precisa. Me lo explicaron con dos ejemplos que confluyen en uno: con el fútbol y con mis vecinos. No sé nada de fútbol, lo he dicho ya mil veces, así que cuanto sigue a continuación no son datos que yo conozca o me haya molestado en investigar leyendo el Marca.
La rivalidad entre los hindúes y los musulmanes. Bien. Cuando, en el Mundial de Fútbol, jugó España contra Túnez, los hindúes se compraron un par de banderas de España y las colgaron del balcón. Era una declaración de intenciones. En un restaurante hindú, próximo al edificio, hicieron lo mismo. Mientras los argelinos del piso de abajo animaban a Túnez, los hindúes del segundo aplaudían a España. Ganó España y estos lo celebraron. Poco después, siguieron aclamándola cuando jugó contra Francia. Zidane es argelino, así que los argelinos del primero se pusieron muy contentos con el triunfo de Francia. Entonces dieron el partido entre Francia e Italia. La rivalidad se oía por la ventana, aunque yo, por entonces, escuché sólo el final (venía del cine, por supuesto). Porque uno ni ve ni escucha los partidos, pero escucha al pueblo, lo que el pueblo tenga que decir, y entre el pueblo están mis vecinos. Háganse cargo: los hindúes, arriba, vociferando ánimos a Italia; los argelinos, abajo, vociferando ánimos a Francia. Cuando Italia obtuvo la victoria oímos los gritos de los de la India: “¡Italiaaaaaa! ¡Italiaaaaaa!” En ese plan. Ya no era una cuestión de fútbol. No se trataba de apoyar cada uno a un equipo, merced a los gustos, sino de una cuestión de ideologías, de rivalidades, de piques. En cada partido, unos y otros, según quién fuera el ganador, paseaban a sus vecinos la victoria por el morro. Un aspecto curioso, digno de observación. Por cierto: han atacado Bombay pero en los medios no le dan demasiada cobertura. Claro, aquello no es Nueva Orleáns, no es América. Porca miseria.

jueves, julio 13, 2006

Retratos apresurados (La Opinión)

Vuelvo por El Rastro. Hacía tiempo que no lo visitaba, pero esta vez no compro ningún libro. Tropiezo, no obstante, con dos o tres personajes dignos de figurar en algún texto, de modo que los traigo a esta columna, con la venia del lector y su paciencia. En una de las calles de este monumental mercado de los domingos y festivos hay siempre una señora tocando un organillo de manivela. La mujer parece una castañera, con sus arrobas, su pañuelo en torno a la cabeza, su vejez algo prematura, su espalda encorvada, pero es una organillera, y mueve el manubrio haciendo una música como de caja de muñecas. Permanece sentada en una silla, en medio de la carretera y del bullicio, entre el gentío que pasa y se queda mirando. Adorna el organillo, que es de colores muy vistosos y primarios, con estampas católicas de santos y vírgenes. Si buscan bien por la red incluso podrán encontrar alguna fotografía de ella. Pero no basta verla: hay que oír su música de juguete. Más arriba está el barquillero. Uno siempre mira a los vendedores de barquillos con nostalgia de un tiempo no vivido y con cierto cariño. En Zamora, en Santa Clara, siempre se ve apostado uno de estos barquilleros, con su oficina portátil, junto al edificio de Correos. El barquillero del Rastro, tocado de gorra chulapona y chaleco fino, piropea a una niña. La niña más guapa de Madrid, pregona. Esto, a poco que uno sea entendido en las suertes de la mercaduría, significa que echa el requiebro amable para que la niña vea los barquillos y los padres consientan el capricho.
Cerca de allí la gente se detiene a mirar a un mozo con guitarra. Está sentado en una caja de fruta o en una silla de tijera, que esto no lo recuerdo bien. Los acordes no suenan mal, y uno no entiende a qué viene eso de pararse en seco, con susto, mirar unos segundos y ponerse en marcha otra vez. El mozo guitarrista lleva la cara mancillada por viejas cicatrices, como si le hubiese estallado una mina en los morros. Da un poco de pena. Pero da más pena fijarse en lo que los curiosos se detenían a mirar. Porque la mano derecha que toca la caja de cuerdas del instrumento no es tal. No hay mano que valga. El muchacho tiene, en lugar de ese apéndice imprescindible, un garfio negro. Un garfio sin punta, o de punta roma. Con el gancho rasga las cuerdas, y más o menos se defiende. Con la izquierda, que sí está entera y con sus cinco dedos, maneja hábilmente los trastes del mástil. Lo cual demuestra que existe gente para todo, y que el impedimento físico no frena el aprendizaje de las artes. Uno tiene dos manos y no sabe tocar la guitarra, pero tampoco el violín, ni el piano, ni nada que se les parezca. A uno, en el colegio, le dieron unas clases de flauta, pero sólo llegó a arrancarle una nota: el do. Uno cree que le aprobaron la asignatura por compasión, que es otra manera nada vergonzante de sacar curso.
Un joven bravío, con el material desperdigado por el suelo, grita que vende muy barato. Pelotas de tenis usadas, camisas rotas, zapatos sin su pareja, cosas así. Dan ganas de decirle que, si vendiera esa basura a un precio caro sería un sinvergüenza y un ladrón. Pero uno no dice nada, por educación y respeto al prójimo y porque no gusta de afear el trabajo de los demás, que también deben llenarse el bandujo. Lo peor del mercadillo es la suciedad que deja el género humano: eso da poco deleite. Veo a una madre, tatuada en el brazo; el tatuaje pone: “Mamá, no te olvido”. La coma y la tilde las añado yo, porque la frase carece de ambas y las palabras están en mayúsculas. También pudiera ser que significara: “Mamá no te olvidó”, todo depende de cada cual. Por eso son tan importantes las comas y las tildes, fíjese usted.

miércoles, julio 12, 2006

Un cuento en Prima Littera Gótica (Especial 2)


Prima Littera Gótica, Revista de creación literaria nº gótico (Especial 2) Verano 2006, con la colaboración de Literaturas.com. Fue presentada hace unos días en la Semana Negra de Gijón.
Mi cuento se titula Rattus Norvegicus (o sea, Rata Común). Cuando tenga la revista, seguiré informando.
De momento, aquí dejo un link a una librería que la vende y al índice de cuentos y autores.

Como corderos (La Opinión)

Entre película y película decido coger el mando de la televisión y dar un paseo visual y auditivo por los canales. Constato lo de siempre: el televisor rige la voluntad de la masa y la guía por donde le da la gana o le conviene. El televisor es, ayer y hoy, el gurú a cuyas órdenes estamos. Nos señala los caminos y vamos detrás, como corderitos. Basta que salga por la tele un anuncio pegadizo o la canción de moda para que media España se dedique a imitar las palabras del anuncio y a tararear la canción de moda. Hay miles de ejemplos (aquel niño repelente que felicitaba la Navidad por teléfono, cualquier canción chorra que metan en la publicidad, una muletilla de algún personaje de una serie, un chiste malo de un cómico en horas bajas), pero recuerdo ahora mismo una anécdota reciente. Creo que nadie lo advirtió. Fue cuando anunciaban el filme titulado “Munich”, que se merecía el puñado de Oscar que no le dieron. En la televisión la voz del locutor nos instaba a ir a ver “Munich”, pero pronunciando así: “Miunik”, en plan guay y en plan europeo. Los españoles nos habíamos pasado la vida marcando la che, al soltar la palabra Munich. Con ese anuncio la gente se volvió estupenda y pronunciaba Miunik: “¿Has ido a ver la de Miunik?” “¿Mande?”
Pero, volviendo al principio: estuve paseando por los canales, ya digo. Y lo que vi me dejó turulato, cosas que harían vomitar a un arriero (esto del arriero no es de mi cosecha, es de “Don Quijote”). Para empezar, un montaje en el que algún listillo comparaba a un futbolista, el tal Zidane, con Fred Astaire, nada más y nada menos. No niego que sea bueno y eficaz en lo suyo, el fútbol y la destreza futbolera, pero no mezclemos churras con merinas. Por cada escena del fulano éste, dándole patadas a un balón o fintando al contrincante, ponían una imagen del bueno de Fred Astaire bailando claqué, moviendo los pies como un ángel con zapatos de charol y sombrero de copa. Algún avispado dijo que los movimientos del futbolista eran idénticos a los del actor y bailarín y ya tenemos servida la infamia, y encima nos la creemos, que es peor. Me parece una analogía demasiado torpe. Lo de uno es deporte y lo del otro es fútbol. En España, no obstante, estas chorradas nos las tragamos, comulgamos con ellas y nos vamos tan contentos a dormir. Nos anulan la capacidad de pensar.
Sacaron al nuevo Papa en otro canal. Desde que lo eligieron, no paran de circular por la red los montajes fotográficos que comparan su rostro con el del Emperador de la saga de “La guerra de las galaxias”. No dicen, ojo, que sean moral o personalmente iguales, ni que hagan lo mismo, como Zidane y Astaire, sino que son físicamente parecidos. El caso es que llegó el Papa y nos dijeron que el presidente Zapatero era muy mal chico por no acudir a la misa que aquel ofició en Valencia. Así que lo pusimos a parir, aunque tampoco asistió Aznar, a quien se le supone un catolicismo practicante. Pero este país es así: si el laico no acude a las misas oficiales se le apedrea. Me temo que no es una actitud muy respetuosa, oiga usted. Antes de apagar la tele vi un trailer. En una cadena de televisión en la que jamás han puesto una película de los años setenta en horario de máxima audiencia anunciaban “Superman”, la de Richard Donner, la de culto. Decían: “Muy pronto, Superman, el auténtico”. El auténtico, sí, pero el oportunismo televisivo da asco. Ahora se acuerdan en esta cadena del superhéroe, tras años de olvido. Ha hecho falta que rueden otra secuela para que le quiten el polvo a la vieja cinta. Y luego el runrún veraniego de los telediarios, la misma cantinela de siempre: la entrevista al ciudadano que tiene calor.

martes, julio 11, 2006

Hoy, martes, en la Semana Negra


01:00 h: Velada poética astur en la Carpa de Encuentros de la XIX Semana Negra de Gijón

"El Ateneo Obrero de Gijón publica y presenta en primicia mundial una antología trilingüe de poesía asturiana. (Presentación a cargo de Enrique Villagrasa e intervención de los poetas Pablo Antón Marín Estrada, Ana Vanessa Gutiérrez, Roxana Popelka, Aurelio González Ovies, David González, Inés Toledo, Nacho Vegas...). Esta velada será el acto de presentación pública del libro Poesía astur de hoy. Este libro es una antología trilingüe de poesía asturiana, en húngaro, castellano y asturiano. Es una obra única y original, editada por el Ateneo Obrero de Gijón dentro de su Colección Zigurat, dirigida por David González.

El responsable del libro, la persona que ha seleccionado tanto a los poemas como a los poetas, es el profesor húngaro András Keri. El libro lleva un prólogo de Enrique Villagrasa, poeta y crítico en las páginas de la revista Qué Leer. Los poetas incluidos son Ana Vanessa Gutiérrez, Jordi Doce, Nacho Vegas, Pablo Antón Marín Estrada, Berta Piñán, Inés Toledo, José Luis Piquero, Roxana Popelka, David González y Aurelio González Ovies. Se trata de una antología que reúne a poetas de las tres corrientes principales de la actual poesía asturiana, a saber: poesía del silencio o metafísica, realismo y poesía de la experiencia o poesía figurativa."

Un poeta con armónica (La Opinión)

Cuando fui a ver el directo de Bob Dylan en Alcalá de Henares, hace ya unos dos años, me sorprendió lo mucho que allí se esforzaron para que quienes llegábamos de fuera supiésemos encontrar la Huerta del Palacio Arzobispal. Carteles con su nombre escrito, y flechas que señalaban la dirección por la que seguir, aparecían casi en cada esquina; junto al recinto, además, recuerdo que había un parking. Aquello no tenía pérdida, y uno agradece que en las ciudades se lo trabajen de ese modo. El forastero que entra en una ciudad, en cualquier ciudad, no debería pasarse una hora al volante, tratando de hallar lo que busca. La mala señalización produce agobios y deserciones. Todo lo contrario a la situación ideal de Alcalá de Henares se dio el sábado en Collado Villalba (Madrid). Dylan estaba anunciado para las nueve de la noche, sin teloneros y por un precio módico. Fue a poner el broche al Festival Internacional Vía Jazz.
De modo que salimos una hora antes. Villalba no queda muy lejos. El problema es que, en el desvío hacia allí, se formó un atasco de vehículos, llenos de gente que iba a ver el concierto. A ese inconveniente se añadieron otros: nadie sabía dónde quedaba el Campo de Fútbol Municipal, no vimos ninguna señalización que lo aclarase, no había forma de encontrar un parking, el atasco crecía junto a las caras de decepción del público, a punto ya de abandonar la esperanza de entrar puntual al recinto. Me temo que la ciudad no estaba preparada. Por fin hallamos un hueco en el aparcamiento de un supermercado. He leído que aquella noche acudieron unas diez mil personas. Pues creo que la mitad aún estábamos fuera, haciendo cola, cuando el concierto empezó. La banda fue puntual. Así, nos perdimos un par de canciones. No dio tiempo a ir a los lavabos a orinar, ni a la barra a por un refresco que calmase las prisas y la sed que le había entrado a uno después de ir a paso ligero desde el aparcamiento hasta el Campo de Fútbol, ni a situarse cerca del escenario, en las primeras filas. No conviene meterse en un concierto estando cansado, furioso y arrepintiéndose de haber ido. Sin embargo, como si fuese el brujo de una tribu, un chamán capaz de aliviar las penas y los dolores de sus guerreros y campesinos, Dylan desplegó su magia sobre el escenario y se nos pasaron todos los males. Las tribulaciones, una vez más, merecieron la pena.
Llevaba un sombrero, traje negro y camisa blanca. Tocaba el piano y la armónica, pero sin encorvarse tanto como lo había hecho en el directo de Alcalá de Henares. Ofreció casi dos horas de concierto. Casi todas las canciones fueron clásicas: “Mr. Tambourine Man”, “Desolation Row”, en ese plan. También cantó algunos temas de su anterior disco (el nuevo saldrá en agosto). Lo curioso de Dylan, personaje misterioso y excéntrico, poeta de los escenarios, bardo hosco y genial, es que nunca canta una canción de la misma manera. Retuerce tanto sus clásicos, los improvisa tanto, que los temas siempre parecen nuevos y distintos. No sé cuántas versiones tendrá ya de “Highway 61 Revisited”. El caso es que las reinterpreta con su banda y sólo las adivina uno hacia la mitad, tras analizar la letra que ha desgranado la voz torturada de su compositor. Sus detractores dicen que su voz está tan rota que no canta, que berrea. No saben lo que se pierden. Su directo no tiene nada que ver con el de las bandas que he visto últimamente. Dylan se los come a todos con patatas. Él y sus músicos suenan tan bien, tan potentes, con tanto nervio, calidad y pureza, que uno regresa a los setenta, aquella época dorada. Terminaron, lógicamente, con “Like a Rolling Stone” y “All Along the Watchtower”. Dylan, un clásico con la fuerza de un dios.

lunes, julio 10, 2006

Visiones 2006, en la AsturCon


La Antología Visiones 2006 fue presentada en la AsturCon, tal y como anunciamos aquí.
Esta es la portada, obra de Manuel Calderón.
Más información, aquí.

Amores perros (La Opinión)

Lo hemos dicho alguna vez, en estas mismas páginas: los músicos callejeros, los vagabundos, los alcohólicos, los toxicómanos, gustan de aferrarse a un perro que les acompañe en su derrotado periplo. Ellos saben, mejor que nadie, que los animales fieles, las mascotas, los chuchos abandonados, te siguen a cualquier parte, aunque apenas tengas nada que ofrecerles para comer, aunque cada día sólo obtengan como recompensa a su fidelidad un hueso y una caricia. No se parecen en nada a los hombres. Su amistad, su alianza con nosotros, es mucho más sólida y férrea que la de cualquier matrimonio. No hay papeles, no hay ritos eclesiásticos, no hay un seguro de vida, y sin embargo esos animales hay están: acompañando al pobre, al yonqui, al desheredado, al solitario. A mi perro favorito de todos los tiempos, Trinitario (ya conté aquí su historia), lo trajimos de un pueblo por primera vez. Un pueblo zamorano, no recuerdo cuál era. Al día siguiente el animal aprovechó la coyuntura y regresó a su antiguo hogar, guiándose por el olfato. Recorrió varios kilómetros hasta llegar al regazo de sus viejos amos. Fuimos a buscarlo y volvió a escaparse. Al final logramos que se acostumbrara. Le dimos comida, agua, cobijo, libertad, caricias, palabras amables, paseos campestres y vespertinos, madrugadas de caza. Lo dejábamos salir cada día, solo y sin ataduras, y él vagabundeaba por la ciudad, a la búsqueda de perras y de despojos (aunque un perro esté bien alimentado, no dudará en hurgar en las basuras, a la caza de un trofeo). Por la noche volvía a casa. No hay mayor fidelidad posible.
Veo muchos perros por mi barrio. Perros que duermen en casas, sí, pero también perros que acompañan a los vagabundos, a los borrachos y a los miserables que citaba al principio. Jamás les ponen una correa, y seguramente ni estén vacunados, y es posible que apenas coman algunas sobras diarias. Pero ahí los tienen: a su lado, aguantando mecha, soportando marea, afrontando el hambre, al hombre, el dolor y la intemperie. Antes de ayer, al salir de casa, había gente en el escalón del portal. Por fuera del portal, digo. Dos rufianes de pelo algo crespo y muy graso, con la voz desgarrada que les sale a quienes pimplan siempre en la calle, con aspecto patibulario. Los dos clásicos fulanos de quienes las señoras se alejan, por miedo a que les roben el bolso. Se habían sentado en el escalón, no sé si liándose un cigarrillo o un canuto. A su lado, justo en la puerta, estaba el perro. Echado, tranquilo. Al abrir la puerta se levantó como un rayo, permitió la salida del portal, se echó a un lado, miró con respeto y algún miedo. Lo habitual es esto: si en tu puerta hay un zagal con litrona, o un belitre con mala pinta, apenas se aparta para que uno pase. Todo lo contrario hace el perro, hizo este perro bondadoso, de mirada lúcida y amable, de semblante franco y simpático. Me detuve, por supuesto, a recompensar su gesto animal (pero muy humano, propio de los modales que todo hombre debería aprender) con unas cuantas palmadas y caricias, que recibió como una bendición. Un chucho callejero, flaco y despeinado, vivaracho y respetuoso. Y fiel a dos tarugos, o eso me parecieron. Ya ven: la educación de un perro de la calle, hambriento y pulgoso, supera a la de algunos ciudadanos.
Algunas tardes, al asomarme al balcón para ver la plaza de Lavapiés, observo ese banco donde anidan los necesitados y los esclavos del alcohol. No hay ningún romanticismo en ellos. Se pelean, rompen botellas, la arman. Pero miro a sus perros. Ven pegarse a sus amos, aguantan sus curdas, duermen en el suelo a su lado, los siguen siempre. Si eso no es amor, que baje Dios y lo vea.

domingo, julio 09, 2006

AsturCon 2006


Este es el cartel de la AsturCon 2006, del 7 al 11 de julio, en Gijón.

Allí se presentó, esta mañana, a las 12:00 h., la Antología Visiones 2006, de la que hablé en un post anterior y de la que en breve formaré parte. Tienen intención de publicar el libro en noviembre de este año. El presentador fue Mariano Villarreal.

Libro: Paraíso matorral, de Mark Ostrowski



Interesante y curioso libro. Mark Ostrowski (Nueva Jersey, Estados Unidos) es fotógrafo, traductor, escritor y criador de ovejas en un pueblo asturiano (en La Collada, Siero). Es el autor de la magnífica foto de David González que aparece en su web. Él mismo afirma al principio que no tiene pelos en la lengua. Y es muy cierto. Así, Paraíso matorral se compone de breves piezas literarias que abordan diversos temas: los ganaderos y tratantes, el entorno rural, los abusos de Telefónica, los libros que acaban en las librerías de saldo y en los mercadillos... La mirada del extranjero siempre se agradece; por eso me gusta la visión del español que vive en Nueva York, la del norteamericano que vive en Asturias, la del irlandés que vive en Francia, etc.

Una historia de Brooklyn (La Opinión)

Es una lástima que ciertos libros, películas, obras de teatro, pasen desapercibidos para la mayoría del público. Mi cometido, no obstante, es el de encontrar algunas perlas y rescatarlas para el lector que no tuvo la suerte de toparse con ellas. La culpa, con toda probabilidad, es de los medios: nos dan la mierda envuelta en papel de regalo y apenas sacan a la luz lo verdadero, lo auténtico, la calidad, el talento. Uno tiene que enterarse leyéndose los periódicos, analizando las revistas, colándose en los foros, olfateando por aquí y por allá. La última maravilla que he visto en el cine, en una sala pequeña de Madrid, con muy poco público (ponían un partido de fútbol en televisión), y en versión original subtitulada, es “Una historia de Brooklyn”, incomprensible título con el que han bautizado a “The squid and the whale”, o sea, “El calamar y la ballena”, cuyo significado no voy a revelar por si alguien logra verla.
La ha dirigido el joven Noah Baumbach, quien cuenta en su currículum con tres largometrajes que pasaron sin pena ni gloria, pero que luego escribió con Wes Anderson el guión de “The Life Aquatic with Steve Sizou”. “Una historia de Brooklyn” fue rodada hace un par de años y acaba de llegar a España. De no haber sido porque el año pasado ganó innumerables premios de la crítica y del Festival de Sundance y fue nominada en algunas categorías a los Globos de Oro y a los Oscar, jamás la hubiéramos visto por aquí. Transcurre en los años ochenta. Al principio vemos a una familia jugando al tenis. Parecen felices: el padre, la madre, el hijo mayor y el pequeño. Pero pronto aparece la mierda que hay escondida bajo la alfombra. Los padres son escritores: él había empezado su carrera con buen pie, con éxito, pero al principio del filme ya no tiene agente literaria y no consigue vender su nueva novela a ninguna editorial; ella se aficionó a la escritura merced a la convivencia con su marido, y despunta y publica en las revistas de prestigio. Los celos laborales, claro, no tardan en surgir. Los padres deciden divorciarse, y a los pocos minutos del comienzo de la cinta así se lo hacen saber a sus hijos. Ese es el incidente que desencadena el resto: el padre es un fracasado que da malos consejos a sus chavales, la madre lleva años manteniendo relaciones con otros hombres, el hijo mayor se debate entre el odio a una madre infiel y la admiración a un padre hundido que representa el modelo de escritor que quiere ser en el futuro, el hijo pequeño bebe cerveza en su cuarto y extiende el semen de sus primeras pajillas por los rincones del colegio. Todo, en suma, se desmorona.
La película sigue ese camino: el modo en que la separación y la custodia compartida afectan a unos muchachos. La madre que sabe seguir su vida en solitario. El padre al que le cuesta hacerse una chuleta frita sin caerla de la sartén o construir un hogar acogedor para sus hijos. Los primeros escarceos sexuales de un adolescente que sólo quiere guiarse por los consejos paternos y machistas. El descontrol de un niño que idolatra a su madre. Por fortuna, Baumbach se apoya en el humor. De lo contrario, sería insoportable tanto drama. El humor logra que todo fluya y que nos guste el filme. Jeff Daniels, actor casi siempre desaprovechado, compone aquí su mejor personaje: un tipo de barba cana y ojos tristes, cuya vida se descoyunta, se hace pedazos; recuerda un poco a Michael Douglas en “Jóvenes prodigiosos”. Laura Linney es la madre; entrar en los cuarenta la ha vuelto más atractiva para el espectador, y además demuestra ser una gran actriz. Los muchachos cumplen con su papel. “The squid and the whale” es sincera, muy sincera, honesta y afilada. Por eso mismo quema.

sábado, julio 08, 2006

Hoy, sábado, en la Semana Negra


20:00 h: Presentación del Segundo Especial Literatura Gótica, editado por Prima Littera y Literaturas.com con Arturo Ledrado, Norberto Romero, J. A. Molina Foix, Francisco Torres Oliver. (Espacio AQ)

Polución (La Opinión)

Se espera un verano de calores brutales. Aún estamos a principios de julio y a uno le cuesta respirar. Estuve en Zamora en dos bodas de amigos y el traje que llevaba puesto llegó a parecerme un ataúd de agua. Como si me hubieran enterrado en una piscina vertical. Los hombres llegábamos ya empapados al convite, nadando en nuestra propia camisa, húmedos de pies a cabeza. En Madrid es aún peor. Aquí sobra polución, que forma una espesa capa que no puede cortarse ni con cuchillo. Durante las mañanas hay que bajar casi todas las persianas del piso. Permitir la entrada a un único rayo de luz supone un martirio. En esta ciudad uno sale sudando de la ducha, aunque el agua esté fría. Los habitantes de la capital caminamos por las calles igual que si todo a nuestro alrededor fuera un desierto. Al entrar en algunas tiendas, en los cines y en determinadas cafeterías, el golpe de la refrigeración es tan fuerte que no es raro salir con catarro. Por las noches es necesario dormir con las ventanas abiertas, y un poco antes del amanecer el cuerpo nota el calor del alba y se desespera. Si en Madrid se duerme lo justo en invierno, aún se plancha menos la oreja en verano.
Esto es especialmente insoportable y crudo en los transportes públicos. Qué les voy a contar que no sepan, vivan aquí o no. Cuando uno se agarra a las barras verticales de sujeción la palma de la mano toca el sudor viejo y manoseado de cientos de usuarios y viajeros anteriores, y se desliza como si agarrase una merluza o una anguila, en vez de un hierro. En el metro, el hedor a sudores propios y ajenos es tan desagradable que, cuando pasa por delante una mujer que conserva el perfume en su piel y en su ropa, todos alzamos las narices al aire, para recuperar la fragancia. Sólo un mínimo efluvio flotando por los vagones es una joya, y los pulmones luchan por agenciárselo. En estas últimas semanas he tenido la sensación agobiante de que me faltaba aire, de que no podía respirar, de que me ahogaba. Así, en las ciudades grandes uno aprecia ciertas cosas en lo que valen, aprende su valor: cuando pasamos por una zona en la que hay uno o dos árboles, o un miserable jardincillo, nuestro olfato lo detecta como nunca antes lo había hecho. En esos momentos deliciosos me paro y aspiro, me deleito en el aroma a verde y en el oxígeno.
Leo que la contaminación de Madrid ha empeorado. Contiene “más partículas y más dióxido de nitrógeno” de lo que permite la normativa. La sequía, la industria, las obras y el tráfico tienen la culpa. Y también la M-30. Tanto coche circulando por ahí, contaminando y metiendo ruido convierte a las ciudades en verdaderas cárceles de polución y bullicio. Hay gente que no tiene para comer ni dónde caerse muerta, pero usa coche y móvil. Es algo difícil de entender, pero es cierto. En la acera de la calle en la que vivo, a veces para por allí un indigente. Se le nota en el semblante, en las facciones, en la vestimenta raída. Pero los síntomas de la indigencia se notan aunque un pobre vaya vestido de lord inglés. Sin embargo, se mueve en un coche, y por las noches duerme en su interior, tumbado en el asiento del copiloto y tapándose con una manta apolillada (en invierno: supongo que durante el verano se echará la siesta bajo algún puente o junto a un árbol). Y dudo que se trate de un vehículo robado: la policía ronda por allí y el tipo suele aparcar siempre en el mismo sitio. Mientras el calor y la polución nos muerden a quienes vivimos en el interior de España, en la costa mediterránea son las manadas de medusas quienes muerden a los bañistas. Se cree que su proliferación se debe al daño que el hombre ha hecho en el ecosistema.

viernes, julio 07, 2006

Próximamente, en la Antología Visiones 2006



Me han escogido para formar parte de la Antología Visiones 2006, con un cuento inédito. Cuelgo aquí la información que me ha enviado Mariano Villarreal (y seguiremos informando):

Desde 1992 la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror edita una antología anual, «Visiones», cuyo objetivo es dar a conocer los nuevos valores del fantástico literario. Un año más se hacen públicos los relatos y autores seleccionados, que son los siguientes:

“Nacidos en el Estrecho”, de Fran Ontanaya (Valencia)
“Tiempo”, de Albino Hernandez Pentón (Cubano residente en Perú)
“Diagnóstico preventivo”, de Sergio Mars (Valencia)
“Entre las sábanas”, de Germán Amatto (Buenos Aires –Argentina)
“Invasión”, de Ismael Martínez Biurrun (Madrid)
“Después del último aliento”, de Tomás Donaire Mendoza (Madrid)
“El dios reflejado en el espejo”, de Jose Miguel Vilar Bou (Alfafar – Valencia)
“El coche rojo”, de Luisa María García Velasco (Almería)
“Su carne en mi carne”, de Alicia Sánchez Martínez (Barcelona)
“En su poderoso abrazo, tengo dueña y soy querida”, de Juan José Parera (Tres Cantos – Madrid)
“Violines en el cementerio”, de José Angel Barrueco (zamorano residente en Madrid)
“Esperando que mi vida comience”, de Carlos Mateos López (Zaragoza)
“Hijos del pantano”, de David Prieto Ruiz (Salamanca)
“El hombre del saco”, de Carlos Martí Mezquita (Valencia)

Catorce narraciones de muy distinto signo (ciencia ficción, fantástico, fantasía oscura, terror psicológico) que, espero, satisfagan las expectativas de un volumen de estas características. Este seleccionador se siente especialmente satisfecho de la calidad literaria de los relatos seleccionados, así como del medio centenar de historias pre-seleccionadas y que por razones de espacio y otros criterios no pudieron tener cabida en el presente volumen; relatos que a juicio del seleccionador merecen ser publicados y no duda en recomendar a otros medios.

El proceso de selección durante estos más de 5 meses ha sido extremadamente laborioso. Cuantitativamente, se han recibido un total de 297 relatos que, en conjunto, sumaron aproximadamente millón y medio de palabras (algo así como veinte volúmenes de tamaño similar al presente libro a editar). Todos los autores recibieron una comunicación personalizada en la que se detallaban las razones que, a juicio del seleccionador, motivaron la inclusión o exclusión dentro del presente del volumen, y se mantuvo correspondencia con aquellos que así lo desearon en aras de mejorar cada relato.

Por último, el libro será oficialmente presentado en la AsturCon 2006 a celebrar durante la Semana Negra de Gijón, el domingo 9 de julio por la mañana. Se intentará tenerlo editado para la HispaCon 2006 a celebrar en Córdoba (noviembre 2006), pero aquel interesado puede reservarlo ya enviando un correo electrónico a la siguiente dirección de la AEFCFT:
prensa@aefcft.com

Mariano Villarreal
Seleccionador del Visiones 2006

Libro: Los muertos y los vivos, de Sharon Olds


El año pasado, Sharon Olds escribió una carta a un periódico, en la cual rechazaba la invitación de Laura Bush a participar en el Festival Nacional del Libro y en la correspondiente cena con los peces gordos de la política. "El banquete de la vergüenza no es lugar para poetas", escribió, para demostrar su desacuerdo con la invasión de Irak. Sólo por ese gesto y esa carta Olds merece ser leída. No se trata de una pose. Basta con leer el libro que aquí nos ocupa: descarnado y lleno de metáforas, es un canto al ciclo de la vida, pero también un ajuste de cuentas con el pasado. Aquí, una muestra.

Se divide en varias partes. La primera atañe a los muertos, que la autora separa en muertos públicos (niños y mujeres víctimas de guerras y otras atrocidades, torturados por las dictaduras, etc) y privados (sus abuelos, su padre, aquella amiga de la infancia); hay mucha crudeza y algún rencor contra los opresores, entre los que se cuentan su padre y su abuelo, que no debieron tratarla muy bien. La segunda corresponde a los vivos y se divide en tres: la familia, los hombres y los niños. A medida que avanzamos, la autora va suavizando sus cuchillos; de tal manera que la última parte es lírica pura, una especie de altar para sus hijos. Un libro que empieza con rabia y dolor y muerte y acaba con esperanza y alegría y vida. Ya estoy deseando leer otro volumen de la autora, El padre, que compré hace poco. Por cierto, las ediciones son biblingües, lo cual se agradece mucho. (Llegué a este libro mediante la recomendación de David. Gracias, una vez más).

Olvidos y contradicciones (La Opinión)

He visto esta semana una reciente miniserie, de tres capítulos de una hora y veinte minutos de duración cada uno, titulada “El Triángulo de las Bermudas” y producida por Bryan Singer, el creador de “House” y “Sospechosos habituales”. El caso es que dos de los protagonistas se mueven juntos durante casi toda la trama. Uno se dedica a buscar niños desaparecidos gracias a sus intuiciones paranormales. El otro escribe para un periódico. Se acaban de conocer, se llevan bien, se entienden (en sentido amistoso, no bíblico). En un momento dado, el primero mira al segundo y le suelta: “Tú escribiste una vez sobre mí, sólo que ya no te acuerdas”. No sabemos si lo dice con rencor o con gratitud. Pero sabemos que el otro se queda perplejo, asombrado, y lo observa, intentando recordar su rostro o las palabras que le dedicó. Me ha gustado la escena porque sé, de sobra, a lo que se refiere. El ser humano es un animal repleto de olvidos y de contradicciones. Uno se huele que el reportero acaso puso a parir en un viejo escrito a aquella especie de médium, porque desconfiaba de sus habilidades, pero que ahora todo ha cambiado y no da crédito. No recuerda al hombre ni lo que escribió, y es posible que sus opiniones actuales sean distintas, pues en dicho episodio aprende a creer en él y en su trabajo.
Por eso digo que el ser humano está repleto de olvidos y de contradicciones. Lo comprendo perfectamente, ya que a mí me ocurre. A veces tengo que comprobar algún dato concreto en mi archivo de artículos guardados en el disco duro y entonces tropiezo con antiguas columnas que releo entre el rubor y el olvido, como si me acercara por primera vez a aquellas líneas y no fueran mías e incluso así me diera un poco de vergüenza leerlas. Y no es raro que encuentre frases y opiniones que había olvidado por completo, o frases y opiniones que se contradigan con lo que escribo y opino en la actualidad. Donde dije digo, etcétera. Pero le sucede a todo el mundo. Guardamos cosas de los demás en la memoria y luego se las espetamos a quienes las dijeron y no las recuerdan: “Tú opinabas lo contrario, hace diez años”, espetamos a nuestros allegados en las conversaciones. Pero olvidamos las nuestras.
Lo que pasa es que esto lo notamos más quienes nos dedicamos al noble y abnegado oficio de la escritura. Porque queda registrado, y eso no hay quien lo cambie. Si han leído unas cuantas entrevistas con literatos, no es raro que el entrevistador suelte la frase: “Usted escribió en una ocasión que…”, y que el entrevistado responda: “¿Yo escribí eso? Ah, pues no lo recuerdo. Pero ahora pienso lo contrario”. Si la memoria no me la juega, en el libro de entrevistas que le hizo Lawrence Grobel a Truman Capote sucede muy a menudo. Es lógico que las personas seamos así: olvidadizas, sometidas a cambios, contradictorias a lo largo del tiempo. De lo contrario seríamos meros muñecos de feria, unos personajes con matices blancos o negros de cualquier cuento infantil maniqueísta. Esta debilidad propia del hombre suele aprovecharla la prensa en el caso de los políticos. Sale a la palestra un político y nos endosa una sentencia. Los periodistas con más memoria o más años a la espalda se apresuran a rebuscar en la hemeroteca y no tardan en sacar a la luz algunas declaraciones de ese mismo político, que contrarían lo que en la actualidad sostiene. Y se le machaca. Pero son debilidades: olvidos, cambios de humor o de opinión, madurez o inmadurez. Aunque, en el caso de los políticos, se merecen ese ajuste de cuentas: no en vano ellos juegan con nosotros como si fuéramos muñecos.

jueves, julio 06, 2006

Montero

Hoy Montero Glez, a quien conocí hace tiempo en la Feria del Libro de Madrid, me recomienda en su blog. Mi gratitud, desde aquí. Además, su bitácora aparece hoy en El País. Pero no nos descubren nada nuevo: en los links de la derecha de esta página siempre ha figurado La Trinchera Cósmica. Hace años que recomiendo sus libros, pero ya sabemos que en España se descubren tarde los talentos.

Libro: ¡Que te follen, Nostradamus!, de Roger Wolfe


1999. Roger Wolfe escribe un diario en el que refleja sus gustos e impresiones cotidianas y las luchas, propias de la literatura, de quienes caminamos al margen del circo: las angustias derivadas de no cobrar colaboraciones o cobrarlas mal y tarde, los ninguneos de los grandes suplementos culturales, las mentiras de algunos editores, el esfuerzo heróico de ganarse los garbanzos a golpe de tecla... Por eso, y por la fluidez bukowskiana de la prosa, se siente uno cómodo leyendo este libro. Además, admito mi debilidad por los escritores que vivieron o viven en Asturias: algo especial impregna siempre su escritura, o a mí me lo parece.

Asfalto y hormigón (La Opinión)

Algún día la naturaleza nos pasará factura, y nos arrepentiremos. Me refiero a la fiebre de construir viviendas y urbanizar todos los paisajes naturales, una fiebre especulativa y millonaria que, en vez de rebajarse, con el tiempo aumenta. Greenpeace ha elaborado un informe que titula “Destrucción a toda costa”, y en el que denuncia que este año se ha duplicado el número de permisos para construir en la costa. Viviendas, campos de golf, puertos deportivos, mamoneo y especulación. No es que uno sea miembro de Greenpeace, pero la mayoría de las veces tienen razón. Como en el caso que nos ocupa. Si coges a un aborigen de una zona selvática y pura y le muestras la costumbre del hombre civilizado de cambiar el árbol y el jardín por el cemento y el asfalto, creerá que nos falta un tornillo. Y nos falta.
Coincide el informe con un reportaje en el suplemento dominical del diario El País. Se llama “Paisajes perdidos” y muestra unas cuantas fotografías de zonas verdes arruinadas por la mano del hombre. Dicen que el suelo urbanizado en España ha aumentado un veinticinco por ciento en diez años. Ve uno las imágenes y es para echarse a llorar: pueblos y bosques que ya no existen, zonas inundadas por los embalses, valles en los que han metido con calzador las estaciones de esquí, hoteles que afean y emponzoñan las playas, adosados que se han comido un monte, montañas abiertas por la mitad. El progreso, lo llaman algunos. Pues sepa usted que el progreso éste es peor que una plaga de langostas, o que una marabunta de hormigas. A veces se topa uno, en otras revistas, con fotografías de la costa mediterránea, donde van apiñando los edificios de viviendas y los complejos hoteleros. No se explica uno cómo puede vivir la gente allí, amontonada, en colonias asfixiadas de cristales y hormigón, con las playas devoradas por los rascacielos y las carreteras y los comercios, y cómo no se les cae la cara de vergüenza a los constructores y a los megalómanos (la respuesta es sencilla: numerosos fajos de dinero pueden lograrlo todo, desde diluir la culpa hasta quitarnos la vergüenza, pero no lograrán quitarle a nadie la conciencia, que es una cosa que suele perseguir hasta el lecho de muerte y la tumba y que, al final, pica como el aguijón de una avispa). Es completamente asqueroso; para ponerse enfermo. Le dan a uno ganas de irse a vivir al monte, antes de que vengan cuatro señores de corbata a mandar poner allí más ladrillos y asfalto. Le dan ganas a uno de irse por ahí, en busca de algún paisaje no mancillado por el hombre, e instalarse en una cabaña y olvidarse del mundo y del progreso y de la madre que los parió a ambos.
Y en todas partes cuecen habas. Si en Madrid no cesan de talar árboles y la ciudad es un bosque de grúas recortadas en el cielo, en Zamora nos van a preparar otra tremenda. Allí carecemos de mar y playa, pero se puede cercar el bosque. El bosque de Valorio, en este caso. Poca gente sabe que, en breve, se pondrá en marcha el Plan Parcial Alto de Valorio, aprobado por el Partido Popular, y que consiste en urbanizar el entorno del bosque. Cercarlo por varios flancos mediante la urbanización. No, no tocarán el bosque propiamente dicho, pero lo rodearán con unas setecientas viviendas, un porcentaje de ellas de protección oficial. Esto significará el estrangulamiento de Valorio. Imaginen que a una persona le atan un cinturón al cuello: al final termina sin aire, estrangulada. Pues eso es lo que le va a suceder al llamado pulmón verde de la ciudad. Eso, y la pasta gansa que algunos se van a embolsar a cuenta de la operación. Y mientras tanto nosotros, los zamoranos, callados.

miércoles, julio 05, 2006

Libro: Espejo negro, de Miriam Reyes


Un libro salvaje, de poemas construidos con dolor y desgarro, sobre la menstruación, el aborto, la maternidad, la tierra, el amor y la sangre. Ya conocía algunos poemas de Miriam Reyes, gracias a la antología La verdadera historia de los hombres. En Artépolis (una sala que me queda cerca de casa), el año pasado, asistí al recital de algunas de sus autoras. Pedí que me firmaran el libro. La dedicatoria de Miriam dice: "Para José Angel, estas palabras emborronadas saliendo de la jaula. Miriam".
Me lo recomendó hace tiempo David González y ahora os lo recomiendo yo a vosotros.

La psicosis del pitido (La Opinión)

Casi todos los comercios de Madrid disponen ya de detectores en la puerta, que emiten un pitido si alguien intenta robar algún producto, alertando de ese modo a los testigos, a los trabajadores y a los vigilantes de seguridad. Para evitar robos, pues, hay instalados detectores no sólo en las grandes superficies, supermercados y librerías, sino también en tiendas pequeñas, en locales de dimensiones tan reducidas que uno considera que es imposible cometer latrocinio. El problema es que estos cacharros a menudo funcionan mal, y empiezan a generar algo que a mí me ocurre y, supongo, agobia a más gente. Lo llamo la psicosis del pitido; psicosis, se entiende, con el significado de obsesión persistente. A nadie le gusta, por culpa de un fallo técnico o de la incompetencia de algún vendedor, ser sospechoso habitual de hurto.
Pero vayamos a los detalles y a los ejemplos. Cuando entro en el supermercado a hacer la compra y salgo cargado de bolsas no es raro que, justo cuando he franqueado las puertas, los sensores emitan ese molesto pitido. La primera reacción es enrojecer, luego detenerse de súbito, y esperar en la calle (si entras otra vez quizá pite de nuevo el invento), con cara de bobo y de sospechoso y con las bolsas colgando de las manos. Y esperar a que llegue el vigilante, quien, si no rondaba por allí cerca, vendrá corriendo, como si quisiera atrapar a un ladrón de latas de conserva o de quesos de oveja. El vigilante aparece y uno, aunque no haya robado nada, debe hacerle entrega de las bolsas y del recibo de la compra. De poco sirve alegar tu inocencia o jurar que has pagado todo cuanto acarreas. Da lo mismo. Su misión, su trabajo, es comprobarlo. El hombre suele ir sacando las mercancías, y comparando el número de productos anotados en el ticket con el número de productos de las bolsas. Mientras tanto, tú esperas, con cara de póquer y media docena de personas observándote, aguardando el desenlace, para saber si eres inocente o si eres culpable y, en este caso, contar con un rato de diversión. Siempre soy inocente. Al final el pitido obedece a uno de estos dos motivos: la cajera no pasó bien el código de barras, para desactivarlo; el detector no funciona como es debido. Suele darse la segunda. Esto me ha sucedido (y le sucede a mucha gente, al cabo del día: lo tengo observado) en los supermercados, en La Casa del Libro, en la Fnac, y en tiendas y edificios cuyos nombres no recuerdo o no me preocupé de recordar. Siempre es la misma historia: el pitido atronador, tu cara de sospechoso aunque no seas culpable, toda la tienda mirando, el guardia que se apresura y a veces corre para que no te escapes. Pero lo increíble llega cuando uno ha comprado un par de libros, pongamos por caso, en la Librería Hiperión. A continuación elige otra librería, para buscar un título que en los anaqueles de la anterior no encontró. Y se dirige a Fuentetaja. Al entrar en la librería el detector pita. En ese caso no parece uno un sospechoso, sino un culpable tonto que regresa al lugar del crimen. Inmediatamente te preguntan si llevas libros, y te requisan la bolsa (con libros comprados en otro comercio) hasta que salgas. Pero la otra tarde le pitó el bolso a una señora, mientras entraba, y dijo no llevar libros encima, y añadió: “Hija, yo siempre pito”.
Esto es tan embarazoso, tan incómodo, que a mí me embarga cierto terror, cierta psicosis, cuando entro o salgo de los comercios. Incluso aunque vaya sin compra, temo que suene el detector. Porque al final siempre pita. Y me convierte en el sospechoso número uno. Al menos no te someten a ese registro brutal de los aeropuertos. Eso no sólo produce psicosis, sino pánico a que te revisen hasta el esófago.

martes, julio 04, 2006

Un cuento en Cuadernos del Matemático

Ya salió el número 36 de Cuadernos del Matemático, la revista literaria que dirige el zamorano Ezequías Blanco. A pesar de la tirada (2.000 ejemplares), no es una publicación fácil de conseguir. Sé, no obstante, que en Madrid la tienen en la Librería Hiperión, un local muy recomendable y del que hablaré otro día.

Este número incluye mi cuento La tripulación del puente ferroviario, que ya apareció en la Renacimiento. Por si a alguien le picara la curiosidad, dejo aquí el principio:

Aquel puente ferroviario estaba tripulado por los cadáveres ahogados de la ciudad, pero sólo lo supe al soñarlo varias horas después, porque es en el sueño, entre la fiebre de las sábanas y la zozobra de lo onírico, donde hallamos la verdadera cara de esa moneda que es lo cotidiano. Reparé al despertar en que ella lo sabía pero no me lo advirtió, o sólo lo hizo veladamente para comprobar si aún me quedaba un rasgo de inocencia.

Regresaba yo a mi ciudad tras una breve temporada de viajes y reclusiones en barcos, una peregrinación o encarcelamiento por algunos lugares remotos en los que pensaba desenterrar tesoros inéditos y así extender la leyenda que habían forjado mis antepasados, casi todos aventureros y coleccionistas de piezas únicas y descubridores de regiones vírgenes, talentos que a mí me faltaban y me hicieron volver a casa, abatido y un poco avergonzado, consciente de mi inutilidad pero repuesto del fracaso.

La vena juvenil (La Opinión)

Si hay algo que me gusta de la vejez es, aparte de la sabiduría que las personas adquieren, la posibilidad de que algunos ancianos no agoten la vena juvenil que llevan dentro. Por ejemplo: cuando uno va por la calle y sorprende a una pareja de viejos agarrados de la mano. Rondan los ochenta años y, aún así, el hombre entrelaza sus dedos entre los de la mujer, y a veces se miran a los ojos como si tuvieran quince años, o sea, el amor de los quince años, que siempre es ingenuo y muy puro. Por ejemplo: en las fiestas de cumpleaños y celebraciones familiares de antaño, cuando mi abuelo materno escogía sentarse en la mesa de los nietos, en vez de encabezar la mesa de los adultos, aludiendo que se divertía más con los chavales, y optando así por su vena aún juvenil y buscadora de evasión. Por ejemplo: esos hombres y mujeres de la tercera edad que se conocen en una residencia de ancianos y se enamoran y escandalizan al personal contando sus proezas y escarceos sexuales en los programas de sobremesa en los que se narran historias divertidas y casi inverosímiles.
El último ejemplo lo he visto en una tienda de cómics. Una tienda pequeña, antigua y acogedora, ideal para coleccionistas, que está cerca de donde vivo. Entré para echar un vistazo a las novedades. En el interior había un señor de pelo blanco, un poco cascarrabias, recogiendo el pedido que le iba sirviendo (y que le había guardado previamente) el dueño del local. Pero el dueño no recordaba todos los tebeos por entregas que solía comprarse el cliente y, así, era éste último quien debía recordarle que le diera tal o cual número. Y se lo recordaba refunfuñando, pero sin cabrearse de verdad: “Siempre lo mismo, siempre me haces igual. ¡Menudo servicio! Al final soy yo el que tiene que andar buscando cada ejemplar porque tú no te acuerdas”. Etcétera. En cuanto el vendedor sacaba otro cómic, el anciano se calmaba. “¿Estás haciendo la colección de Conan por entregas?”, le preguntó al cliente, intentando, supongo, recordar todo lo que el otro acostumbraba a comprar. “Sí”, respondió, “pero esas entregas las compro en el kiosco de la plaza. A ti te compro todo lo demás”. Mientras yo me movía por el interior de la tienda, observando portadas y lomos, la cosa se calmó y el comprador preguntó: “¿Recuerdas aquel Quijote de Will Eisner del que hablamos una vez?” Para quien no lo sepa, Eisner es una de las máximas autoridades en la historia del tebeo, creador, además, del personaje The Spirit. El vendedor de cómics contestó: “Sí, claro que me acuerdo”. “Bueno, pues el otro día apareció mi nieto y me dijo: Abuelo, ¿recuerdas que me regalaste el Quijote de Eisner? Fíjate, lo tenía él”. El otro se apresuró: “Y tú dirías: Tráelo para acá, me lo quedo otra vez”. El señor respondió: “No, no. Si estas cosas, al final, son para ellos, hombre”. Luego le pidió la cuenta de lo que se llevaba. Fueron sesenta o setenta euros en cómics. Y el abuelo refunfuñó de nuevo, por supuesto: “¡Si es que me arruinas!” Pero se fue tan contento.
Para mí, toda esta escena es fascinante. Resume no sólo la manera de ser de un abuelo (colecciona tebeos y, pese a guardar joyas en sus estanterías, no duda en regalarle al nieto algunas de ellas, fomentando así en el crío la pasión por las historietas animadas), sino también demuestra ese espíritu que a algunos miembros de la tercera edad no les ha abandonado, ni lo hará jamás (no olvidemos que compra y lee cómics, cuando se supone que es un género denostado por algunos intelectuales y críticos y calificado como entretenimiento para niños y adolescentes). Me dieron ganas de felicitar al hombre. “Él sí que sabe”, pensé, cuando se marchaba.

lunes, julio 03, 2006

Cómic: Batman: Silencio, de Jeph Loeb y Jim Lee


Una joya del cómic. Batman: Silencio batió récords de ventas en su momento. Sin embargo, también le cayeron duras críticas: decían que el guionista, Loeb, había ajustado la historia a los fascinantes dibujos de Lee, cuando lo normal es lo contrario. No estoy de acuerdo: las viñetas, la armonía de los dibujos y el color son tan poderosos que nos da lo mismo; me hubiera gustado incluso si no contaran nada.
Además, este volumen incluye apariciones de personajes relacionados con Batman y con otros cómics: Supermán, El Joker, Catwoman, Lois Lane, Acertijos, Poison Ivy, Lex Luthor, Robin, El Espantapájaros... Tenemos, además, un Batman más oscuro, torturado y vulnerable, un solitario unido a la gente por múltiples lazos de amistad y antagonismo. Imagino que Christopher Nolan tomó bastantes elementos de Loeb y Lee para su Batman Begins.

De boda en bar (La Opinión)

Cada vez que se celebra una boda por la iglesia, los bares y cafeterías de alrededor de cada templo hacen más caja de lo habitual. Es un fenómeno que vengo observando desde hace unos años. Algunas personas incluso tienen ya calculados los tiempos, minuto arriba minuto abajo: aparecen un segundo antes de que la novia llegue a la puerta de la iglesia, se van cuando ella ha entrado y vuelven en el momento de lanzar el arroz. Se piran al bar más próximo, o a la cafetería que caiga más a mano. En todas las bodas a las que he asistido, cuando el rito era por la iglesia procuraba no perderme nada. Es decir, no largarme a un local a tomar un café o una caña. Siempre me quedaba a todo: a los entrantes (la aparición de la novia), a la comida (la homilía del cura) y a los postres (el lanzamiento de arroz y las fotos posteriores). Reconozco que no lo hacía por escuchar misa, sino por respeto a quienes se casan y a sus familiares. Pronto descubrí, no obstante, que al personal le da igual. No le molesta que uno aparezca sólo a la salida de los templos.
En la penúltima boda en la que estuve, en Zamora, por primera vez hice lo que casi toda la gente menor de cuarenta años hizo: buscar una cafetería. Había allí más gente, supongo, que en el interior de la iglesia. Probablemente a algunos sacerdotes esto les parezca mal, pero sólo estoy reflejando una realidad, la que suelo ver en estas celebraciones. Creo que no es sólo que, en los bares, encuentren los invitados la cerveza y los cafés que no hay en la iglesia, y que en verano refrescan el gaznate y la mañana, sino que la gente se aburre o no se interesa por la lectura de los evangelios y los consejos de quien casa a los novios. Y el que se decide a entrar (me estoy refiriendo a los católicos no practicantes, desde luego) se pasa la misa mirando de reojo su reloj de muñeca, para ver cuánto falta para que termine. Resulta más conveniente que a la homilía sólo acudan quienes de veras estén interesados en el asunto. Sentarse en los bancos de madera para mirar a las musarañas y pensar en sus cosas y desear que los casen y todo acabe de una vez resulta falso e impostado. Aquella vez, cuando me fui con toda la tropa a la cafetería más cercana, al principio sentí el aguijonazo de la culpa. Pero luego reparé en que soy de los que, durante una misa, se pierden entre los vericuetos de sus fantasías y pensamientos. Y por ello mismo mi papel era más realista, más acorde conmigo y mis circunstancias, si no interpretaba una impostura. A la iglesia no la benefician los impostores, debemos asumirlo.
No crean que esto solamente sucede con la lectura de los evangelios por parte del párroco. Alguna gente se aburre en las iglesias, pero también en los juzgados. He visto hacer lo mismo en las bodas por lo civil. Lo más socorrido es aguardar a la puerta o tomando un café. Si las parejas se casaran en los bares habría más afluencia de público, no lo duden. Por otro lado, tiene uno la impresión de que la mitad de las personas que aceptan el matrimonio lo hacen por el fasto y el álbum de fotos, por darle una alegría a la madre y a la abuela, por la posibilidad de juntar bajo un mismo techo a todos los familiares y amigos. En el mundo del espectáculo, por ejemplo, parece que se casan sólo por el placer de divorciarse un año después. Pero no se quejen: si durante las bodas muchos invitados buscan la sombra ruidosa de los garitos, en los divorcios nadie aparece para echar una mano a quienes se separan. Una mano de consuelo, o sea, una palmada en el hombro.

domingo, julio 02, 2006

Fruterías (La Opinión)

Un reciente informe de la Dirección General de Política Comercial asegura que comprar fruta en los hipermercados es menos económico que comprarla en las tiendas. Esta verdad la comprobé unas semanas atrás. Para empezar, los manjares de las fruterías de toda la vida no vienen aprisionados entre plástico y celofán, como si fueran pájaros enjaulados; las sirven dentro de sus cajas, expuestas al calor que se filtra por los cristales, al aire que se cuela por las puertas y a la humedad de los locales. Las rondan las moscas, pero no nos importa. Un hombre me dijo, de vendimia en Fermoselle, que la fruta buena es la que ha sido mordida por los bichos y picoteada por las aves. Esos ataúdes de celofán, con el precio y el peso inscritos en una etiqueta pegada en la superficie, no sólo salen más caros: también sus productos son algo insípidos. La última vez salimos cargados con varias bolsas de una de estas fruterías del barrio: hortalizas, verduras, frutas, y todo por algo menos de diez euros.
El muestrario de las fruterías del barrio resulta, así, una delicia para la vista, para el tacto, para el olfato, para el gusto, y sería una delicia para un oído fino si sus artículos colgaran aún del árbol y la brisa los meciera, igual que una mano materna mece la cuna. Son fruterías regentadas por pakistaníes, por turcos, por hindúes: sus pieles morenas, casi negras, casi marrones, contrastan con el colorido vivaz y festivo de los cajones de dentro y fuera de cada tienda. En algunas cajas revolotean las moscas y los mosquitos, ebrios del olor a dulce, mareados con el exotismo caduco de los plátanos maduros y de los melocotones. Son casos aislados. El resto de la fruta está impecable. Es un festín de verduras, de hortalizas, de hierbas, de frutos que uno jamás había visto y aún menos probado. Manojos de menta, una planta muy difícil de matar: vienen atados con una goma y se los llevan los sudamericanos para prepararse mojitos, esa delicia de verano. La primera vez que bebí un mojito fue en La Bodeguita del Medio, un local de Mallorca en cuyas paredes había fotos de Ernest Hemingway emborrachándose con este cóctel. Hielo picado, soda, zumo de limón, azúcar de caña, ron blanco: pero el toque maestro se lo dan las hojas machacadas de menta o de hierbabuena. Junto a los plátanos maduros, que amarillean y luego ennegrecen y se pudren con lentitud, están los plátanos verdes de medio metro de longitud, que los extranjeros cortan en rodajas y fríen en abundante aceite: son tan descomunales y grotescos que podrían venderlos en el sex shop. Limas apropiadas para echar su zumo en otros cócteles, o para decorar postres. Lechugas como cabezas melenudas de gigantes: pesan tanto, en la mano, que la muñeca se te dobla al coger una; lechugas de hojas muy verdes y sanas, muy doradas por el sol. Papayas y mangos, de diversos tamaños, colores y procedencias; los inmigrantes las utilizan en todo tipo de platos y de postres (una vez me sirvieron un helado de mango en un restaurante indio), pero yo sólo sé comerlos crudos y sin piel.
Y hay cerezas, piñas, tamarindos, cañas de azúcar, plátanos enanos, maracuyás, kiwis, chirimoyas, litchis, carambolas, melones, sandías, nísperos, guayabas, aguacates, limones y tantos otros productos que sólo sé identificar porque les han puesto el nombre en un cartel o porque me lo dice el tendero. Una macedonia de vitaminas y sabores agridulces, un espectáculo para los sentidos, un conglomerado de hechuras con connotaciones eróticas. A veces el dueño riega los cajones, para que el calor no las mate antes de que se las lleve el comprador. Así se mantienen frescas. Con este infierno de verano sólo respira uno bien en estas fruterías.

sábado, julio 01, 2006

Los mosqueteros (La Opinión)

Compro el Fotogramas, revista que empecé a adquirir allá por el año ochenta y tres, y regalan Clio, publicación de historia. Clio es interesante y ya la había hojeado algunas veces. El reportaje de portada se titula "La auténtica historia de D´Artagnan", y en la entradilla nos cuentan que todo el mundo conoce al personaje gracias a las novelas de Alexandre Dumas, pero pocos saben que fue un tipo real que acometió diversas misiones al servicio de sus majestades. Sin embargo, prefiero no continuar la lectura. No es culpa del reportaje ni de quien lo firma y ha investigado. Simplemente elijo quedarme donde estaba, es decir, en los territorios de la ficción (llámenlo ignorancia o ingenuidad de la ficción, me da igual). Me quedo con "Los tres mosqueteros" y "Veinte años después"; no he leído la tercera parte, "El Vizconde de Bragelone". Me quedo con Dumas, aunque me cuente mentiras. Tengo leído por ahí que la misión del escritor es encontrar la verdad que subyace en el corazón de la mentira.
Me parece una manía propia de estos tiempos. A algunos lectores y estudiosos no les vale con leer "Don Quijote" y "Los tres mosqueteros": quieren averiguar si el hidalgo y su escudero recorrieron los parajes que no salen en las dos partes de la novela, y quieren saber quién era en realidad D´Artagnan y si lo que escribió Dumas se aproxima a la verdad. No les basta con leer las magistrales obras de teatro de William Shakespeare: los estudiosos desafían su legado y buscan el presunto plagio. A mí me basta con las obras, y sólo me interesa el personaje en cuanto tal, como escritor o poeta o dramaturgo: si me vienen contando que era un impostor y tenía negros literarios, mejor que se callen. Uno es más feliz sin esos descubrimientos que, a mi juicio, traicionan la ficción. Y yo me siento cómodo en la ficción. A medida que abandonamos la niñez para ingresar en eso tan complicado que llaman la adolescencia, nos destruyen las ilusiones. Nos cuentan (o lo descubrimos nosotros solos) la verdad, la verdad adulta, sobre Papá Noel, el Ratoncito Pérez y los Reyes Magos. Y no nos gusta. Por eso muchos llevamos dentro, arraigado, prisionero, a ese niño, rencoroso aún con la pérdida de sus ilusiones infantiles. No nos entusiasma que nos digan que Robin Hood no era como lo pintaba Walter Scott ni como lo encarnó Errol Flynn, ni nos agrada descubrir que otros personajes no poseían las mismas cualidades que nos vendieron los novelistas. Nuestros héroes de infancia y adolescencia permanecen a buen recaudo en la ficción, y allí deben seguir. Que nos cuenten que el auténtico Buffalo Bill no fue fiel a su leyenda es como matar al niño que cobijamos dentro, como revelarnos que los Reyes Magos son tres señores del Ayuntamiento ataviados con disfraces y un maquillaje barato.
El año pasado leí, por fin, "Los tres mosqueteros" y "Veinte años después", tras leer cómics y ediciones abreviadas y ver películas y series de dibujos animados. No conocía la versión Dumas de las aventuras de D´Artagnan, Athos, Porthos y Aramis por carecer de una edición en condiciones. De niño compré las novelas. Aún las tengo: cuatro volúmenes de kiosco, con las páginas ya amarillas, las pastas blandas y la letra pequeña. No invitan a la lectura. Pero Ediciones Cátedra sacó a la venta un mamotreto imprescindible en cualquier biblioteca: las dos primeras novelas (falta la tercera, la de Bragelone), tituladas conjuntamente "Los mosqueteros". Es una edición de lujo. Con D´Artagnan regresé a la emoción aventurera de la infancia. Y eso sólo lo consiguen Dumas y pocos más. Por eso me niego a conocer al personaje histórico. Me quedo con esa mentira, en cuyo corazón subyace la verdad.