domingo, diciembre 01, 2019

Próximamente: Blanco


De Bret Easton Ellis. En Random House.

The Call of the Wild: 2º cartel


En Aleteia: The Movies


The Secret Garden: primer cartel


The Last Full Measure: 2 carteles



domingo, noviembre 24, 2019

El contador de gotas, de Francisco Javier Irazoki



VIGÍA DE PALABRAS

Cuando nos conocimos, él ya tenía canosas sus barbas y melenas.
Jorge G. Aranguren nunca fue un maestro altivo. Venía de su taller de artesano y nos mostraba las dudas. Inclinado sobre los papeles, componía poemas con idioma selecto. Los diccionarios, las obras de autores clásicos y los manuales de sintaxis eran sus herramientas de consuelo y suplicio. El trabajo de vigía de las palabras lo convirtió en un hombre suave.
Nacido durante la guerra civil española, tuvo que resistir contra un ambiente estricto y se vengaba mencionando sensualidades. La posguerra le inoculó el miedo a la escasez. Todavía evoca con nostalgia su adolescencia en Francia, donde se instruyó entre obreros, un abad, republicanos perseguidos y objetos de aluvión.
La orfandad ha sido su calendario. Lo acepta. Ni secunda los fervores de la tribu ni corea esclavitudes. Pero se yergue en cuanto oye la palabra gramática.
Otra vez regresa a sus estudios. Perseverante, elimina de sus páginas el sonido estridente, la imprecisión, los hierbajos de la moda. Sin ser un mendigo de la música, nos enseña a escuchar nuestras frases. Mitiga el desamparo buscando la belleza.
Su ética está concentrada en el oído.

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HERMANA DISTANTE

Ahora escucho a mi hermana nacida ciento veinticuatro años antes que yo.
Ella, Emily Dickinson, nace en Massachusetts, en una familia de jueces, y la fe protestante le impone sentencias inflexibles. Nuestro carácter opuesto aumenta la lejanía geográfica y temporal, pero un hijo rojo nos une.
El hilo surge cuando ella elige la poesía para tamizar su angustia.
Los versos son su telescopio, la huerta que cuidad, un piano. Sus poemas describen una sombra sobre el césped y nos aproximan el insecto, la montaña, el sicomoro. Emily dice que necesita calmar un dolor para no vivir en vano.
Parece que escribe con el fin de espiarse. Habla de amores sin mencionar los placeres del cuerpo. Leo en una de sus cartas: Trabajo en mi prisión y soy huésped de mí misma.
No terminada su juventud, mi hermana distante decide vestirse sólo de blanco y no salir de su casa.
Su soledad crece. Emily pasa los últimos tres años de su vida encerrada en un espacio reducido. Visito sus páginas y entiendo que las palabras sean su única habitación.

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GRIETA AMBULANTE

Me veo en una hilera de superficies quebradizas que llamo edad. Mi niñez pasa deslizándose sobre unos libros de hielo.
Mis compañeros abren sendas. Vagan por extensiones que terminan en un laberinto, en el declive de un barranco, en un desierto silencioso. Debajo de las grietas de los caminos intuyo enfermedades, violencia, penuria, incomunicación.
Sé que mis vecinos cierran con deseos, oraciones o ebriedad las hendiduras de sus superficies.
Con el paso de las estaciones, integro el camino en mi cuerpo. Soy una grieta ambulante. Me curvo y la grieta supura un líquido: es la alegría que va a deshacerme y esparcirme.


[Ediciones Hiperión]

Star Wars: The Rise of Skywalker: cartel alemán


Michael J. Pollard (1939 - 2019)


The Gentlemen: nuevo cartel


En Aleteia: The Virtues


Cartel de The Call of the Wild


Asunción Balaguer (1925 - 2019)


Cartel de Emma


miércoles, noviembre 20, 2019

Liberación, de James Dickey



-No crees en la locura, ¿eh?
-No, en absoluto. Esas cosas no son para tomarlas a broma.
-Así, lo que haces…
-Lo que uno hace es dejarse llevar. Lo que se hace es conseguir lo que se debe hacer. Y pocas veces, fíjate que digo pocas veces, es tomarlo a broma.
-Ya veremos –dijo Lewis, mirándome como si me hubiese convencido–. Ya veremos. Has tenido frente a ti todo ese mobiliario de oficina, mesas de despacho, librerías y archivos y lo demás. Has sido prudente. Pero cuando ese río esté por debajo de ti, todo eso cambiará. Nada de lo que hagas como vicepresidente de Emerson-Gentry va a cambiar nada, cuando el agua empieza a producir espuma. Entonces, no será lo que tu título dice que haces, sino lo que acabarás haciendo. Sabes: haciendo.

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-Llegué a construir un refugio antiaéreo –dijo–. Te llevaré allí alguna vez. Tenemos puertas dobles y reservas de caldo y carne de buey en conserva para un par de años por lo menos. Tenemos juegos para los chicos, un tocadiscos y una buena colección de discos, y toda una serie de discos sobre cómo tocar el tocadiscos y formar un grupo familiar de aficionados. Pero bajé allí un día y me estuve un rato sentado. Decidí que la supervivencia no estaba en los remaches ni en el metal, no en las puertas de seguridad dobles ni en las piezas de mármol del ajedrez chino. Estaba en mí. Era para el hombre y dependía de lo que éste pudiera hacer. El cuerpo es lo único que no se puede falsificar; tiene que estar allí, sencillamente.

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El olor del humo de la carne asándose era maravilloso. Todos bebimos de nuevo y nos sentamos en la orilla contemplando la lumbre vacilante e incierta al reflejarse en el agua. El miedo, la excitación y la perspectiva de comer se fundían en mi mente. Producía cierta tranquilidad saber que estábamos donde ninguna otra persona –ocurriera lo que ocurriese en otros sitios– podría encontrarnos, que la noches nos envolvía y nada podíamos hacer para evitarlo.

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Se acercaron los dos a Bobby y el delgado y alto llevaba esta vez la escopeta. El de la barba blanca y rala puso a mi compañero mirando hacia el río.
-Ahora, quítate los pantalones –dijo.
Bobby bajó las manos vacilante.
-¿Que me quite…? –comenzó a balbucir.
Se me contrajeron el recto y los intestinos. Dios mío.
El hombre desdentado (se le había caído su aparato de prótesis) puso los cañones de la escopeta bajo la oreja derecha de Bobby y empujó un poco el arma.
-Sí, quítatelos en seguida –dijo.
-Pero ¿qué significa todo esto…? –empezó de nuevo Bobby débilmente.
-Tú, a callar –le interrumpió el de más edad–. Y haz lo que te dicen.

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Ocurrió otra cosa extraña. El río y cuanto recordaba yo de él se convirtió en una posesión mía, una posesión personal, privada, más que nada lo hubiera sido en mi vida.
Ya sólo fluía el río en mi mente, pero de modo inmortal. Lo sentía fluir –aún lo siento– por diversas partes de mi cuerpo. En cierto modo me agrada mucho que no exista ya el río y que a la vez lo siga yo teniendo. Aún se halla en mí y seguirá estándolo hasta que me muera, verde, rocoso, profundo, rápido, lento y de una irreal hermosura.


[Ediciones Destino. Traducción de Rafael Vázquez Zamora]

Cartel de 40 Years of Rocky: The Birth of a Classic


Próximamente: Bajotierra. Un viaje por las profundidades del tiempo



De Robert Macfarlane. En Random House.

The Gentlemen: 6 carteles







En Aleteia: Héroes humildes


Cartel de Pinocchio


jueves, noviembre 14, 2019

La Costa de Chicago, de Stuart Dybek



La ruina era algo que se daba, como el acné o la vejez. […] La ruina, de hecho, podía verse como una especie de reconocimiento oficial, una admisión a regañadientes de que entre manzanas de fábricas, vías ferroviarias, muelles de carga, vertederos industriales, chatarrerías, autopistas y el canal de aguas residuales los habitantes de un barrio se las habían arreglado para llevar sus existencias.

[Del relato "Ruina"]

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Comparadas con las apariciones diurnas, las siluetas parecían casi invisibles, camufladas por la noche, sombras desprendidas de su contraparte corpórea que ahora vagaban libres, como sueños huidos de sus soñadores. Salían de viaductos las noches en que éstos exhalaban niebla y las tapas de las alcantarillas exudaban vapor. Oscurecían los portales ante los que se detenían. Cuando salían a la luz –siendo sombras, aunque sombras ya sin el respaldo de paredes ni rastro en las aceras– la lluvia, que caía oblicua entre el resplandor de farolas y letreros luminosos, rebotaba en ellas como perlas de electricidad fundida. Las luces de los faros de los coches se combaban en torno a ellas; los destellos de los relámpagos las perfilaban. El niño las sentía moverse por la calle y se preguntaba si esa sería la noche en que su despertar tendría sentido, la noche en que las siluetas entrarían por fin en el callejón, dejarían atrás la farola guardiana que giraba y se hundía, y se reunirían bajo su ventana, desde donde alzarían la mirada hacia su cara pegada al cristal salpicado de gotas, con ojos y bocas abiertas a una oscuridad semejante al agujero de una guitarra.

[Del relato 'Siluetas', contenido en "Noctámbulos"]

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Mis pintores favoritos eran los impresionistas. Los días en que tenía la sensación de que jamás encontraría trabajo, cuando desesperaba, me detenía ante sus pinturas y las contemplaba hasta casi tener la impresión de poder entrar en aquel mundo, de que si cerraba los ojos y luego los abría me descubriría despertando bajo la colcha roja del Dormitorio de Arlés de Van Gogh. Abriría los ojos en un cuarto de luz pastel para descubrir a la bailarina de Degas que había dormido a mi lado quitándose la combinación y metiéndose en la bañera. O despertaría ya entrando y saliendo sin preocupaciones de zonas de sombra delimitadas, uno más entre la multitud dominical que paseaba por la ribera de la isla de La Grande Jatte.
 
[Del relato 'Matar el tiempo', contenido en "Noctámbulos"]

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El insomnio es, hasta ahora, la única cuenta pendiente que tiene consigo mismo; es la pena que cumple cada noche por sus propias traiciones, sus pequeños fracasos, la mala suerte, la desesperación. Y el insomnio es también la amenaza de crímenes inauditos aún más amenazantes. Cuando oscurece, lo lleva junto al corazón, oculto como un arma. 

 
[Del relato 'Insomnio', contenido en "Noctámbulos"]

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El pasado se desplomaba a su alrededor; se descomponía, era demolido, arrasado. Caminaban junto a fábricas desoladas que ocupaban manzanas enteras, junto a muros de puertas descascarilladas, multicolores, levantados en torno a fosos inundados, pasaban el rato ante escaparates medio condenados de colmados que habían cerrado cuando ellos eran unos críos, aún con latas polvorientas en los estantes. Había cristales rotos por todas partes, acumulados en dunas en solares pequeños y hundidos en las alcantarillas. Hasta las vidrieras de la iglesia estaban remendadas con pedazos de contrachapado.
[…]
En ocasiones, al pasar junto a los huecos, se sentían como si ellos mismos ya no estuvieran allí del todo, medio perdidos pese a las conocidas marcas viales, sombras de sí mismos superpuestas sobre el presente, salvo que no había presente –todo eran escombros del pasado o futuro prometido– y caminaban como si flotasen, sin llegar a ninguna parte como si hubieran fumado demasiada hierba.
 
[Del relato 'Amnesia', contenido en "Hielo ardiente"]



[Pálido Fuego. Traducción de José Luis Amores]