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lunes, enero 18, 2016
viernes, enero 15, 2016
El nuevo Nuevo Periodismo, de Robert S. Boynton
Publicado por la Universidad de Barcelona en 2015, El nuevo Nuevo Periodismo incorpora este subtítulo que aclara el contenido: "Conversaciones sobre el oficio con los mejores escritores estadounidenses de no ficción". No creo que mucha gente sepa de su existencia, no es fácil de encontrar en las librerías y no se le ha dado bombo, y pese a todo debería ser una lectura de referencia para estudiantes de Ciencias de la Información y para quienes suelan escribir crónicas, artículos y reportajes (algo en lo que yo trabajé durante años, y por eso me sigue interesando el tema).
Más que el concepto que acuña Boynton (lo de "nuevo Nuevo Periodismo"), me atrajo del libro el índice, donde se agrupan nombres de reporteros y escritores de no ficción que ya conocía con otros que ni siquiera me sonaban y que el libro me ha ayudado a descubrir. Copio la nómina completa: Ted Conover, Richard Ben Cramer, Leon Dash, William Finnegan, Jonathan Harr, Alex Kotlowitz, Jon Krakauer, Jane Kramer, William Langewiesche, Adrian Nicole LeBlanc, Michael Lewis, Susan Orlean, Richard Preston, Ron Rosenbaum, Eric Schlosser, Gay Talese, Calvin Trillin, Lawrence Weschler y Lawrence Wright. Tal vez así, de sopetón, sólo el nombre de Talese (Honrarás a tu padre) le resulte familiar al lector. Pero, si uno examina las bibliografías incluidas al final de cada entrevista, comprobará que aquí están los autores de libros como Hacia rutas salvajes, El ladrón de orquídeas, La torre elevada, Zona caliente, Fast Food, Demanda civil o Novato: guardia en Sing Sing.
De todos los entrevistados podemos aprender algo: técnicas, métodos, trucos, rutinas, recursos, disciplinas… Se trata de la nueva generación de reporteros norteamericanos, y tienen en común la devoción y la admiración por alguien que no está entre los entrevistados porque pertenece a la etapa de los veteranos (como Tom Wolfe): John McPhee, de quien Dioptrías publicó Los niveles del juego, y de quien conseguí hace poco, a precio de saldo, su libro Buscando barco, que Mario Muchnik editó antaño. Pese a ser una figura central, y a que sus trabajos han inspirado a tantos periodistas, creo que sólo hay 3 de sus libros publicados en España.
Estos nuevos reporteros suelen ocuparse de la gente de la calle (la mayoría prestan más atención a ciudadanos corrientes que a celebridades), procuran acompañarlos en sus oficios y son capaces de trabajar en sus perfiles o en los reportajes de investigación durante años. 19 entrevistas gloriosas de las que me gustaría copiar aquí un montón de citas, pero no dispongo de tiempo para anotarlas en su totalidad (en Google Books se puede leer parte del volumen). Prefiero dejaros con algunos apuntes del concepto de Boynton:
Los "nuevos nuevos periodistas" aportan una serie distinta de inquietudes culturales y sociales a su trabajo.
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La sociedad es un fenómeno más complejo para los "nuevos nuevos periodistas" de lo que fue para sus predecesores inmediatos. Ellos consideran la clase y la raza, y no el estatus, los índices primordiales de la jerarquía social.
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Al contrario de los "nuevos periodistas", esta nueva generación experimenta más con la forma en que uno percibe la historia.
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Finalmente, el nuevo Nuevo Periodismo es la literatura de lo cotidiano.
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El reporteo sobre las minucias de lo común –a menudo durante un periodo de años– se ha convertido en su método característico.
[Universidad de Barcelona. Traducción de Joachim De Nys]
jueves, enero 14, 2016
American Noir, de Varios Autores. Edición de James Ellroy y Otto Penzler
American Noir es una selección del aún más voluminoso The Best American Noir of the Century, que Ellroy y Penzler prepararon en 2011. Por lo que su editor, Pere Sureda, nos ha contado en Twitter, el proceso de selección de la edición española se basa fundamentalmente en la calidad, y yo me fío de su criterio. Me quedo con ganas de descubrir a algunos de los autores poco conocidos que se reunían en el volumen original, pero esta selección vale su peso en oro: relatos de Cain, Spillane, Goodis, Thompson, Highsmith, Ellroy, Oates, Block, Lehane y Leonard. Casi nada. De todos ellos había leído ya algo (cuentos, novelas, ensayos). Tenerlos así reunidos, en bloque, es como irse de copas, no sé, con los Reservoir Dogs de Tarantino o con los Doce del Patíbulo de Aldrich: es decir, todos son la hostia y todos sacuden al lector con su dominio de la narrativa. Es noir, es puro y es americano, y la traducción es de un grande, ¿qué más podemos pedir? El propio Ellroy ya lo cuenta en la introducción:
Los relatos de este volumen son una gozada. Ponga a trabajar su malsana curiosidad y léalos todos. Encontrará repulsión y atracción. Soportará el abandono moral. La condena es diversión. Usted es un pervertido por leer esta introducción. Lea el libro entero y terminará muriendo en una camilla, con una aguja clavada en el brazo.
[Navona Editorial. Traducción de Enrique de Hériz]
martes, enero 12, 2016
Gallo de pelea, de Charles Willeford
Tras la agradable lectura que supuso Miami Blues, de Charles Willeford, en Sajalín han editado la que quizá sea la novela más celebrada de su autor. Puede que las peleas de gallos sean una de las cosas que menos me interesan del mundo, pero me interesa mucho este escritor y, tal y como esperaba, Willeford reconstruye un mundo en el que lo que de verdad nos interesa es su personaje central, y no quién gane o pierda cada lucha de aves. En el fondo, la novela no es muy distinta de otras historias sobre deportes como el boxeo, la lucha libre o las carreras de caballos: hay hombres obsesionados con ganar campeonatos, hombres cuyo máximo cometido es que no los dobleguen ni a ellos ni a sus combatientes (sean gallos o boxeadores), y un entorno machista y salvaje en el que casi siempre las mujeres quedan fuera (en parte porque ellas son lo bastante listas para no acudir a escaramuzas donde dos gallos se despellejan hasta la muerte).
Lo más interesante del libro, aparte de ese entorno que recuerda bastante a las películas de Sam Peckinpah (aunque en la novela no suele haber armas), es el narrador: Frank Mansfield, el gallero que nos cuenta sus andanzas para hacer dinero y triunfar en las peleas y sacar tajada de las apuestas ilegales. Frank lleva 3 años sin hablar porque, tras perder el Premio al Gallero del Año, se prometió a sí mismo que no volvería a proferir una palabra hasta que consiguiera dicho mérito. La promesa de silencio y sus continuas recaídas (como buen apostador, sabe que a veces uno se la juega y pierde todo, hasta el techo y la camisa, y debe empezar desde cero) convierten al personaje en un tipo frío, malhumorado, sin escrúpulos y sin compasión por los gallos que entrena. El retrato más certero del narrador lo esboza una mujer, al final del libro: le canta las 40 y le dice las verdades como sólo ellas saben hacerlo.
Charles Willeford sabía recrear esos paisajes sureños, pródigos en violencia y en comportamientos censurables, con la habilidad con que también lo hicieron otros autores por los que sentimos pasión, como Harry Crews o Larry Brown. Un extracto:
Tiene gracia. Uno puede hacerle una promesa a su Dios y romperla cinco minutos después sin pararse a pensar en ello nunca más. Uno puede faltar también a promesas solemnes hechas a su madre, esposa o ser más querido con un indolente encogimiento de hombros y, salvo por una punzada de mala conciencia leve y momentánea, tampoco preocuparse demasiado. Pero si alguna vez uno rompe una promesa consigo mismo, se desintegra. Toda su personalidad y carácter se hacen pedazos, y nunca vuelve a ser el mismo.
[Sajalín Editores. Traducción de Güido Sender]
lunes, enero 11, 2016
viernes, enero 08, 2016
Casino Royale, de Ian Fleming
ECC Ediciones está reeditando todos los libros sobre James Bond escritos por Ian Fleming, y además en nuevas y cuidadas traducciones. Para mí ha sido una de las más gratas noticias de 2015, pues aunque hace años no me interesé por los textos originales sobre 007 (un personaje ya mítico gracias al cine), en cambio unos meses atrás estuve intentando conseguir, al menos, la primera novela de la serie: pero fue imposible porque están agotados y descatalogados y Casino Royale sólo se podía conseguir a precio de oro. Tras las numerosas ediciones de Punto de Lectura o de las entregas de kiosco, era necesario que alguien las devolviera a las mesas de novedades de las librerías.
Casino Royale no sólo no defrauda, sino que supera las expectativas, al menos las mías. No he podido evitar leerlo con lupa: examinando las diferencias y las similitudes con las películas, no con afán comparativo, sino sólo para verificar qué han escogido los guionistas y qué han ignorado o inventado. La primera sorpresa es que este Bond es más próximo (en algunos aspectos) al reinventado por Daniel Craig y compañía: se enamora y sangra y pierde cuando antes no conocía la derrota en el amor y en el juego. Supongo que su fama de mujeriego empezará en otros libros, porque aquí sólo intima con Vesper Lynd. En otros aspectos, como el hábito del tabaco o el machismo, es más parecido al 007 de los filmes de antaño. En la novela no hay cambios de escenario ni inventos: sólo es la historia de un agente secreto en tiempos de la guerra fría, un hombre que debe derrotar en la mesa de juego al agente Le Chiffre. Pero es evidente que el cine supo recrear a un personaje que, como he comprobado, ya era inolvidable en los libros de Ian Fleming, un autor al que incluso estudió Umberto Eco. He disfrutado mucho de la lectura y no voy a perderme ninguno de los títulos. Aquí van 2 extractos de Casino… (la primera aparición de 007, en el segundo párrafo del primer capítulo; y un pasaje que nos muestra su modo de pensar):
James Bond comprendió de pronto que estaba exhausto. Siempre sabía cuándo su cuerpo o su mente no daban más de sí y actuaba en consecuencia, para evitar el anquilosamiento y la torpeza sensorial de la que nacían los errores.
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Por encima de todo, le gustaba que todo sucediese por culpa propia. Solo se podía elogiar o recriminar a uno mismo. La suerte era el criado, no el amo. La fortuna había de aceptarse encogiendo los hombros o aprovecharse hasta el final. Pero también debía comprenderse y reconocerse por lo que era y no podía confundirse con un imperfecto entendimiento de las probabilidades, pues, en el juego, el pecado mortal es confundir la mala jugada con la mala suerte. Para Bond, la suerte era como una mujer: o se cortejaba con delicadeza o se asaltaba con brutalidad, pero nunca se consentía ni se perseguía. Pero era lo bastante sincero como para reconocer que aún no había sufrido ni por culpa de las cartas ni por culpa de las mujeres. Un día, y ya lo había aceptado, lo doblegarían el amor o la suerte. Cuando aquello sucediese, sabía que a él también lo marcaría el letal interrogante que a menudo había reconocido en los demás, la promesa de pagar antes de haber perdido: la aceptación de la falibilidad.
[ECC Ediciones. Traducción de Sara Bueno Carrero]
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