viernes, febrero 13, 2015

Próximamente: Tan buenos chicos + Una juventud


De Patrick Modiano. En Anagrama.


Cartel de While We're Young


The Water Diviner: más carteles




2 carteles de Child 44



jueves, febrero 12, 2015

El infierno imbécil, de Martin Amis


De lo que he leído y de lo que sigo leyendo de la extensa obra de Martin Amis, prefiero sus ensayos, sus artículos, sus vivencias. Es decir, prefiero su faceta de cronista de no ficción, aunque no olvido lo mucho que me divertí en su momento con la grandiosa novela Dinero. También debo reconocer que no he leído muchas de sus novelas. 

El infierno imbécil es un complemento perfecto a dos libros de artículos ya recomendados por aquí, si mal no recuerdo (me refiero a Visitando a Mrs. Nabokov y otras excursiones y La guerra contra el cliché). En este volumen se recopilan opiniones y críticas muy precisas en torno a libros y películas de Gore Vidal, Truman Capote, Joseph Heller, Kurt Vonnegut, William Burroughs, Steven Spielberg, Brian de Palma, John Updike, Paul Theroux o Joan Didion. No siempre está uno de acuerdo con lo que dice Amis de tal o cual obra o de tal o cual autor, pero es una delicia asistir a sus análisis, y a esa manera tan inglesa de despedazar a alguien con una única frase. Amis siempre es elegante y mordaz. Lo que tienen en común estos artículos es su vinculación con USA, y de ahí el subtítulo que aparece en el interior: Y otras visitas a Estados Unidos. Yo disfruto mucho con las reseñas y los artículos de Amis; ojalá publiquen más.


[El Aleph Editores. Traducción de José Manuel Álvarez Flórez]

Cartel de Regression


Próximamente: Tiempo muerto para Alí


De David Benedicte. En Ediciones B.

Cartel de Spring


The Man from U.N.C.L.E.: primer cartel


miércoles, febrero 11, 2015

El quinto en discordia, de Robertson Davies


Una de las frases que definen el espíritu de esta novela la escribe el narrador y protagonista, Dunstan Ramsay: Ésa es una de las crueldades del teatro de la vida: todos pensamos que somos protagonistas, y cuando se hace evidente que somos simples personajes secundarios o figurantes, raramente lo reconocemos.

Porque Ramsay, aunque cuenta la historia y parece ser el protagonista absoluto de la misma, en realidad es y siempre ha sido, como se encarga de espetarle una mujer, el quinto en discordia… es decir, alguien cuya participación resulta esencial, pero sin que sea el actor principal de un drama, o el protagonista de una ópera.

Otra de las frases que resumen el alma del libro la dice uno de los personajes centrales: Todos olvidamos muchas de las cosas que hacemos, sobre todo si no encajan con el personaje que hemos elegido.

El quinto en discordia arranca cuando el narrador tiene unos diez años de edad y va caminando por la calle. En ese momento, y tras discutir con su "amigo y enemigo de toda la vida", Percy Boyd Staunton, éste le lanza una bola de nieve, pero el muchacho la esquiva y la pelota acaba golpeando la cabeza de una mujer embarazada. Ella se cae, el golpe la aturde y acaba teniendo un parto prematuro, y el niño nace endeble y enfermizo. Es ese incidente tan mínimo, en apariencia tan trivial, el que marcará el eje del libro y el rumbo de los personajes. Porque nadie (salvo Ramsay y Staunton) sabe quién le lanzó la bola a la esposa del reverendo, y, mientras Staunton procura olvidar el incidente, el narrador se siente arrastrado por la culpa y, por eso mismo, se ve responsable de la mujer y de su estado de ánimo, que a partir de entonces será errático e irá en declive (hasta el punto de que, en la localidad en la que vive, la considerarán loca).

Robertson Davies pone a estos personajes (el narrador que esquiva la bola de nieve, el niño que da el golpe involuntario a la mujer, la mujer que cae y el hijo que nace prematuramente) en el tablero de juego de la vida y los hace moverse a través del tiempo y del espacio, mezclándolos con los ambientes propios de su época (la Primera Guerra Mundial, los nómadas del circo, la crisis económica de la postguerra, la prosperidad de quienes saben ver negocio en tiempos difíciles…). Hasta llegar a un final que me parece asombroso porque cierra el círculo que ha abierto al inicio. Uno de los temas centrales de esta novela es el que luego ha retomado Paul Auster en sus historias: el azar. Cómo el azar abre una cadena de acontecimientos que van cambiando las vidas de las personas. Cómo un pequeño acto lo trastoca todo.

Tengo este libro más o menos desde que lo publicaron (en torno a 2006). Como luego salieron dos entregas más (El quinto en discordia es el primer volumen de una trilogía, que continúa con Mantícora y El mundo de los prodigios), fui aplazando su lectura, me dio pereza empezarlo, se cruzaron otros libros… Pero hace poco Mario Crespo me recomendó su lectura, y añadió que era una novela del estilo a Stoner: es decir, la vida más o menos vulgar de un hombre corriente, y entonces me decidí a leerla. Robertson Davies fue, como lo demuestra aquí, un escritor muy capacitado para construir narraciones sólidas y de estructura clásica. 

No quiero terminar sin apuntar algo que me ha gustado mucho: que el libro recuerda bastante a las películas norteamericanas de los años 40; sus personajes sueltan esas peroratas que eran la base, antaño, de los buenos guiones. Os dejo con un ejemplo, lo que le dice una mujer al narrador:

-No, Ramsay, no puedo prometerte algo así. Eres demasiado mayor para creer en los secretos. Los secretos no existen; a todo el mundo le gusta hablar y todo el mundo habla. Desde luego, hay hombres, como los curas, los abogados y los médicos, de quienes se espera que no cuenten lo que saben, pero lo cuentan. Por lo general, lo cuentan, y si no, se convierten en tipos extraños y pagan un alto precio por su discreción. Tú has pagado ese precio. Tienes el aspecto de un hombre lleno de secretos: labios fruncidos, estirados, de mirada dura y cruel, porque eres cruel contigo mismo. Contar lo que sabes te ha hecho bien; ahora ya pareces más humano. Tal vez un poco nervioso esta mañana, porque no estás acostumbrado a que te falte la presión de tus secretos, pero pronto te sentirás mejor.


[Libros del Asteroide. Traducción de Natalia Cervera]

Próximamente: Sexo tras unos días sin vernos


De Tao Lin. En Alpha Decay.

Suite française: cartel francés


lunes, febrero 09, 2015

Pórtate bien, de Noah Cicero


En mi segunda colaboración con It's Playtime hablaré un poco de Pórtate bien. Hasta que salga la reseña (mañana, creo), os dejo con algunos extractos, muy bien traducidos por Teresa Lanero:

Le hablé de volver a la universidad. Yo había ido de más joven. Lo dejé al cabo de cuatro semestres porque no quería hacer felices a mis padres. No les creía. No me parecía que la universidad importase. No les creía porque nada de lo que me decían tenía sentido, así que por qué iba a tenerlo aquello. Pero pasó el tiempo. Tuve empleos lamentables, uno tras otro. No eran trabajos duros. Normalmente cocinero o repartidor de pizza. Cocinar me hacía sudar en verano, aunque tampoco es que duela sudar algo de vez en cuando. Pero nunca había dinero. Tenía veintiocho años y nunca había ganado más de diez dólares la hora. Tardé años en tener una cuenta bancaria de verdad. El año anterior había ganado dos mil dólares escribiendo. No parecía que existieran razones para que yo ganase dinero. No me había casado ni tenía niños. No había nadie a quien mantener. Nadie me admiraba. Nadie me necesitaba. Por tanto un jueves, mientras me lavaba el pelo, decidí que me necesitaría a mí mismo. Era un reto volver a un estado de motivación. Como me había demorado en mis préstamos, tuve que pagar religiosamente nueve meses del tirón. Después de cumplir aquel requisito me permitieron regresar al ámbito académico con la ayuda del programa de Becas Federales Pell. Yo era tan pobre que el gobierno me lo pagaba casi todo. Volvía con diez mil dólares de préstamo para estudios. Era el cuento de nunca acabar: préstamos, dinero e intentar cumplir con las cosas.

**

No eran más que gente que se acostaba con otra gente. Ya está. Ningún deseo de relación ni de procreación. Estábamos solos y nos sentíamos olvidados. La mayoría no habíamos ido a la universidad pero tampoco éramos marginados. No éramos gente dada a los sueños; estábamos mal pagados y no se nos hacía ningún caso. Así que nos emborrachábamos y nos hacíamos caso entre nosotros.

**

Pero me gustaba ese trabajo. O tal vez lo que me gustaba era trabajar. Me proporcionaba algo que hacer. Algo irreflexivo. Una vía de escape. Ibas a un sitio y hacías cosas que no te importaban. Te decían qué hacer. Tenías un nivel de responsabilidad. No les importabas nada mientras realizaras las tareas como ellos querían. Sin trabajo me aburría. La verdad es que cuando era joven no me gustaba trabajar, comerme marrones y hacer cosas que no quería. Pero después de un tiempo me acostumbré. Uno aprende a sufrir después de una temporada metido en mierda. Acepté que eso es lo que hacen todos y lo que mantiene el mundo en marcha. Gente que va a trabajar. Cada uno poniendo su granito de arena; todos de acuerdo en que todos los demás necesitan encontrar algo que hacer. Cada uno con su tema.

**

Petra llevaba una vida bastante buena. Ella era feliz. Eso era lo que los medios republicanos y liberales decían a la población, que fuéramos felices. Decían, "Pueblo, sed felices. Porque no hay Dios". De siempre existió la creencia de que si nadie creía en Dios y éramos nihilistas, la gente iría por ahí matando a los demás. Pero no ocurría nada de eso; tan solo comprábamos un montón de cosas a crédito.


[Pálido Fuego. Traducción de Teresa Lanero]

Knight of Cups: primer cartel


Próximamente: La vuelta al mundo


De Juan Francisco Ferré. En Pálido Fuego.

Mr. Holmes: primer cartel


Cartel de Seymour: An Introduction


viernes, febrero 06, 2015

Angustia: más fragmentos


Angustia, Editorial Origami: aquí.

Cuando la ingresaron, aquella tarde, el brazo derecho se veía ya colosal, casi monstruoso, por culpa de la tumefacción de las glándulas de las axilas, que no permiten el curso natural del riego sanguíneo y del drenaje linfático y acumulan el agua en esas zonas del cuerpo. El brazo estaba tan inflado, con tantas protuberancias, que no parecía real, que no parecía ser la carne de mi madre, sino una prótesis de cómic, una extensión falsa, la de un villano de tebeo tras sufrir un accidente de laboratorio. Parecía un brazo que alguien hubiera inflado con una sobredosis de líquidos.

**

Me recuerdo caminando por San Carlos con el móvil pegado a la oreja, para obtener noticias sobre mi madre. En cada llamada, el corazón me daba de hostias en el pecho. Las palabras encerraban el miedo ancestral al cáncer. Palabras como células cancerígenas, quimioterapia, veneno, fármacos, biopsia… El cáncer es una película de terror.
Driblando charcos, cobijados bajo un paraguas endeble y barato que compramos en un kiosco para defendernos de la lluvia persistente, a mi memoria acudían, una y otra vez, en letanía feroz, los versos de los poetas que habían perdido a sus padres. Nuestra imagen exterior también era negra: negro el paraguas, negras nuestras ropas, sombríos nuestros semblantes. Negra y también tétrica era la escultura de Anna Chromy llamada “Il Commendatore”, en honor al Don Giovanni de Mozart. Cada rincón al que yo miraba lo cubría ya una sólida pátina de pesimismo. Veía la fatalidad en cada esquina, en cada gesto, en cada edificio. 

**

Nos invitaron a esperar en una sala atestada de pacientes. Hombres y mujeres que, en apariencia, soportaban con entereza ese trago de hiel, como si los tumores los hubieran jodido… pero no tanto como para abandonar la ilusión. Vendas, muletas, pelucas y gorras que ocultaban la caída del cabello. Personas infectadas que aún conservaban el empuje necesario para seguir adelante. Podía imaginar sus bultos, sus eczemas, sus laceraciones, sus pústulas, sus carnes y sus pellejos carcomidos por el avance imparable de las células malignas.

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Pienso en Verano, de Coetzee. Pienso en ese pasaje en el que le extirpan un tumor de garganta al padre del escritor y a éste le comunican que debe ocuparse de su convalecencia, pues ese cáncer le deja en manos de terceros. Y Coetzee admite que no puede, que eso significaría aplazar sus quehaceres. Sabe que sólo resta una de estas dos posibilidades: o se convierte en el enfermero de su padre, renunciando a su propia vida; o lo abandona, dedicándose por entero a lo suyo. No hay una tercera vía, concluye.
Y eso es lo que les ocurrió a mis hermanos: al vivir en la misma ciudad y, además, habitar el mismo piso, trataron de seguir con sus costumbres (trabajo, estudios, amigos), pero la enfermedad y los cuidados derivados del carcinoma infectaron sus vidas, dominaron sus rutinas, los consumieron despacio.

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Todo eso, y mucho más, constituyó parte del tratamiento domiciliario. Mis hermanos llevaban una agenda para evitar confusiones. Kitril: un comprimido antes del desayuno y la cena, durante dos días, comenzando después del ciclo de quimioterapia. Primperán: dos comprimidos antes del desayuno, la comida y la cena, durante tres días, comenzando después del ciclo. Dexametasona: ocho comprimidos en el desayuno y la cena el día anterior al ciclo, en la cena del día del ciclo y en el desayuno y la cena, al día siguiente del ciclo. Omeprazol: un comprimido diario en el desayuno, en los mismos días que la Dexametasona. Ratiograstim: una ampolla subcutánea cada veinticuatro horas durante siete días. Paracetamol: un comprimido, media hora antes del Ratiograstim. Primperán: dos comprimidos antes del desayuno, la comida y la cena durante dos días. Capecitabina: tres comprimidos de 500 mg, después del desayuno y la cena durante catorce días consecutivos, y luego suspender la dosis.
Cada cuatro o cinco días, analítica. Cada veintiún días, ciclo de quimio.
Así vivía ella, así vivían mis hermanos.     

Próximamente: La conspiración contra la especie humana


De Thomas Ligotti. En Valdemar.

Bluebird: 2 carteles