Hace 11 horas
lunes, septiembre 24, 2012
Trailer de Promised Land
Gus Van Sant ha contado con Matt Damon, John Krasinski, Frances McDormand, Rosemarie DeWitt y Hal Holbrook para su nueva película. Acá, el trailer.
viernes, septiembre 21, 2012
El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer, de Siddhartha Mukherjee
Este es uno de los libros que leí el verano pasado. Lo
compré en cuanto salió a la venta, pero quedó atrapado en “la pila” hasta que
un comentario de Luna Miguel sobre dicho libro, en su muro de Facebook, me
recordó que tenía pendiente su lectura. Se trata de una biografía (ya sé que suena
raro hablar de biografía en el caso de una enfermedad, pero así es) absoluta,
exhaustiva, necesaria. Y apasionante: describe casos, cuenta la historia de la
búsqueda de una cura, revela detalles que yo desconocía, aclara las cosas.
Debemos conocer el cáncer porque es uno de nuestros
mayores enemigos. Por eso hay que leer este volumen, pese a sus 700 páginas
(576 de narración; y el resto, notas, glosarios, bibliografía e índice
analítico). El cáncer mató a cinco miembros de mi familia (entre ellos, a mi
madre); de ahí nace mi obsesión por esta enfermedad. Como han pasado un par de
meses desde su lectura y no había escrito la reseña, y ahora me da un poco de
pereza, prefiero dejaros varios extractos del libro:
Hoy sabemos que el
cáncer es una enfermedad causada por el crecimiento sin control de una sola
célula. Este es desencadenado por mutaciones, cambios en el ADN que afectan
específicamente a los genes encargados de estimular un crecimiento celular
ilimitado. En una célula normal, poderosos circuitos genéticos regulan la división
y la muerte celulares. En una célula cancerosa estos circuitos se rompen, por
lo que esta no puede dejar de crecer.
El hecho de que este
mecanismo aparentemente simple –un crecimiento celular sin barreras– sea el
corazón de una grotesca y multifacética enfermedad es un testimonio del
insondable poder de dicho crecimiento. La división celular nos permite, como
organismos, crecer, adaptarnos, recuperarnos, repararnos: vivir. Y cuando se
distorsiona y se desata, permite a las células cancerosas crecer, prosperar,
adaptarse, recuperarse, repararse: vivir a costa de nuestra vida. Las células
cancerosas pueden crecer más rápido y adaptarse mejor. Son una versión más
perfecta de nosotros mismos.
El secreto de la
batalla contra el cáncer radica, entonces, en encontrar los medios de impedir
que esas mutaciones se produzcan en las células vulnerables, o en eliminar las
células mutadas sin poner en riesgo el crecimiento normal.
**
El cáncer forma
parte de nuestro genoma: los genes que sueltan las amarras de la división
celular normal no son ajenos a nuestro cuerpo, sino versiones mutadas y
desfiguradas de los genes mismos que llevan a cabo funciones celulares vitales.
Y el cáncer imprime su marca en nuestra sociedad: a medida que prolongamos la
duración de nuestra vida como especie, desencadenamos inevitablemente un
crecimiento maligno (las mutaciones de los genes del cáncer se acumulan con el
envejecimiento; así, la enfermedad tiene una relación intrínseca con la edad).
En consecuencia, si la inmortalidad es nuestra aspiración, también lo es, en un
sentido bastante perverso, la de la célula cancerosa.
**
El cáncer es una
enfermedad expansionista; invade los tejidos, establece colonias en paisajes
hostiles, busca un “santuario” en un órgano y luego migra a otro. Vive
desesperada, inventiva, feroz, territorial, astuta y defensivamente; por
momentos, como si nos enseñara a sobrevivir. Confrontar al cáncer es ponerse
frente a una especie paralela, quizá aún más adaptada que nosotros a la
supervivencia.
**
Cada generación de
células cancerosas crea un pequeño número de células que son genéticamente
diferentes de sus progenitores. Cuando una droga quimioterapéutica o el sistema
inmunológico atacan el cáncer, los clones mutantes que pueden ofrecer
resistencia al ataque se desarrollan. Las células cancerosas más aptas
sobreviven. Este amargo y despiadado ciclo de mutación, selección y crecimiento
excesivo genera células que están cada vez más adaptadas a la supervivencia y
el crecimiento. En algunos casos, las mutaciones aceleran la adquisición de
otras mutaciones. La inestabilidad genética, como una locura perfecta, no hace
sino dar mayor impulso a la generación de clones mutantes. De tal modo, el
cáncer explota la lógica fundamental de la evolución como ninguna otra enfermedad.
**
En la mayoría de las
sociedades antiguas la gente no vivía lo suficiente para tener cáncer. Hombres
y mujeres fueron durante mucho tiempo consumidos por la tuberculosis, la
hidropesía, el cólera, la viruela, la lepra, la peste o la neumonía. Si el
cáncer existía, permanecía sumergido bajo el mar de las otras enfermedades. En
rigor, su aparición en el mundo es el producto de un doble negativo: solo se
torna común con la eliminación de todas las otras enfermedades letales.
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Hasta un monstruo
antiguo necesita un nombre. Bautizar una enfermedad es describir cierto estado
de sufrimiento: un acto literario antes de ser un acto médico. Mucho antes de
convertirse en objeto del escrutinio médico, un paciente es, ante todo,
simplemente un cronista, un narrador del sufrimiento, un viajero que ha
visitado el reino de los enfermos. Para aliviar una enfermedad es preciso,
entonces, empezar por descargarle de su historia.
**
Cuando una
enfermedad se introduce de manera tan potente en la imaginación de una era,
suele ser porque afecta a una angustia latente en ella.
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Cada época da forma
a la enfermedad a su propia imagen. La sociedad, como el más consumado de los
pacientes psicosomáticos, adapta sus aflicciones médicas a sus crisis
psicológicas; cuando una enfermedad toca una cuerda tan visceral, a menudo es
porque esa cuerda ya estaba resonando.
**
En sus respectivos
artículos, Temin y Baltimore proponían una nueva teoría radical sobre el ciclo
vital de los retrovirus. Su postulado era que los genes de los retrovirus
existían como ARN fuera de las células. Cuando esos virus de ARN infectan las
células, hacen una copia de ADN de sus genes y la unen a los genes de la
célula. Esta copia, llamada provirus, hace copias de ARN y el virus se
regenera, como el ave fénix, para crear nuevos virus. Así, el virus cambia
constantemente de estado, saliendo del genoma celular y volviendo a entrar en
él –de ARN a ADN a ARN; de ARN a ADN a ARN–, ad infinitum.
**
Esa historia de la
génesis de un cáncer –de carcinógenos que causan mutaciones en genes internos,
que desatan una catarata de vías en células que luego recorren un ciclo de
mutación, selección y supervivencia– representa el esbozo más convincente con
que contamos acerca del nacimiento del cáncer.
**
Cuando la
quimioterapia elimina el grueso de las células cancerosas, una pequeña
población remanente de esas células madre, consideradas intrínsecamente más
resistentes a la muerte, regenera y renueva el cáncer y precipita así sus
recurrencias comunes tras la quimioterapia.
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Algún día, si el
cáncer vence, producirá un ser mucho más perfecto que su anfitrión, imbuido a
la vez de inmortalidad y de la pulsión de proliferar.
**
El cáncer, lo hemos
descubierto, está cosido a nuestro genoma. Los oncogenes surgen de mutaciones
en genes esenciales que regulan el crecimiento de las células. Las mutaciones
se acumulan en ellos cuando los carcinógenos dañan el ADN, pero también a causa
de errores aparentemente azarosos en sus copias cuando las células se dividen. El
primer aspecto podría preverse, pero el segundo es endógeno. El cáncer es un
defecto de nuestro crecimiento, pero ese defecto está profundamente arraigado
en nosotros. Solo podremos liberarnos de los procesos de nuestra fisiología que
dependen del crecimiento: envejecimiento, regeneración, curación, reproducción.
[Traducción de Horacio Pons]
Beautiful Creatures: primer trailer
Reparto: Alden Ehrenreich, Alice Englert, Jeremy Irons, Viola Davis, Emmy Rossum y Emma Thompson. Trailer: aquí.
jueves, septiembre 20, 2012
Piel roja, de Juan Gracia Armendáriz
La visita de los
nefrólogos no espanta ningún miedo; antes bien, los acrecienta: infiero que
están a la espera de los resultados que determinarán a qué nuevas pruebas deberé
someterme. El miedo es la vaguedad de sus explicaciones, la escasa información,
la actitud distante, la rapidez con que efectúan las visitas, a fin de evitar
las preguntas y dudas del paciente. Cuando me dejan solo, bajo a la calle, me
tomo un café de verdad y compro el periódico.
**
Todo diario tiene su
“contradiario”: aquello que permanece bajo la línea de flotación del texto y
que el escritor salvaguarda de la exposición pública. Es el contrapeso de una
narración liberada de lo íntimo. Se me figura que lo escrito y lo silenciado se
alimentan y conviven en un diálogo que el lector adivina. Quisiera que el
lector intuyera esos cimientos que, bajo tierra, sustentan estas páginas. Un
diario nunca es un desnudo integral, pues ciertos asuntos no deben ser
contados. Un diario es un relato. Tal vez quede en la superficie del texto
cierta temperatura humana, como el vaho que desprende el cuerpo de un caballo
tras una larga carrera invernal, el calor húmedo y un poco pegajoso que se
adhiere a los dedos del lector.
**
Día doscientos noventa y tres
Ella guarda secretos
que sólo conocen las campanas de una aldea de Galicia. Ella mantiene firme el
pulso a una casa que pesa tanto como el odio. Ella conoce el lenguaje de las
tortugas. Ella cría ratones rusos que se mueren de indigestión o abrasados por
el sol del verano. Ella tiene buen oído y canta en la ducha canciones de
Joaquín Sabina, que a mí no me gustan. Ella tiene un perro ciego. Ella quiere
ser feliz, busca amor y lo da a raudales. Ella teme al pasado, que la acecha en
forma de merodeador. Ella habla en sueños. Ella mantiene bajo la sombra de un
olivo centenario dos hijos que la quieren y protegen. Ella tiene sueños
premonitorios. Ella me hace un hueco en su corazón agrietado.
miércoles, septiembre 19, 2012
martes, septiembre 18, 2012
Peatón de Madrid, de Miguel Sánchez-Ostiz
El peatón de Madrid
no hace ninguna teoría de Madrid, porque está de paso y porque no sabe, porque
él sólo es un viajero que sabe que en otra estación, cuando cambie de verdad el
tiempo, estará en otra parte, y que este de hoy solo ha sido un lugar de paso.
Ni teoría ni tampoco guía, un poco de crónica personal, tampoco mucha, un poco
de deriva que es lo suyo, divagación ociosa de quien durante unos meses ha
hecho de paseante en corte tirando a ful, de flâneur o de algo que se le
parece, qué más dará.
De una ciudad hay
que escribir, creo, cuando se está de paso en ella, cuando todavía nos regala
con sus sorpresas, con su encantamiento, y no se ha hecho escenario de la
rutina, que es una de las mejores armas de la muerte, según decía Julio
Cortázar en algún lado, algo ya sabido, algo que se vive con desgana, cuando no
con irritación, porque es el espejo de nuestros humores más profundos.
**
El peatón de Madrid,
no es un erudito ni un estudioso, se asoma a las páginas literarias como lo
hace a la misma ciudad, sabe que hay páginas que se le van a quedar sin leer,
como hay rincones que no va a poder visitar, que ya no tiene por qué visitar,
porque no le da la gana, porque prefiere quedarse en esa destemplada taberna
cordobesa delante de una tortilla de camarones con su amigo Fermín Mugueta
repasando los secretos de la propia vida, sabe que en todas las ciudades hay
rincones que le van a ser desconocidos. Y es que hay días que la errancia es
circular, como los verdaderos laberintos, como hay otros en los que la desgana
se cobra pieza y los pasamos a parado.
**
Para poder apreciar esa
arquitectura escondida basta a veces con pararse delante de una de esas casas y
ponerse a imaginar en cómo fue su traza, adivinar lo que hay detrás del revoco
y los añadidos, y así, poco a poco, van apareciendo las casas de un tiempo de
espadachines y de carruajes, allí por Lavapiés o por Amor de Dios y cía, de
pícaros, las casas que pudo haber visto Diego de Torres Villarroel al tiempo
que pateaba un Madrid minúsculo plagado de pasadizos, callejuelas torcidas,
iluminado a trechos con candilones de aceite en el mejor de los casos, o con
nada. Un Madrid de capas, de máscaras, de muchos barberos y mozoputas, y poetas
que viven de blasfemar, estudiantones, soldados piojosos, profesionales de la
jácara.
**
En el tétrico Café
Comercial de la glorieta de Bilbao me reunía yo con un tipo excepcional, José
Luis Moreno Ruiz, que fue mi editor en su modesta casa editorial Moreno-Ávila
Editores, un tipo de verdad excepcional, músico, bárbaro, librero, poeta,
escritor, yo qué sé, uno de esos personajes generosos, vivos, radicales,
marginales también. Nunca me extrañó que hubiese llegado a hacer buenas migas
con aquel gran poeta que fue Leo Ferré, que pasó por Madrid y casi nadie fue a
escucharle, porque en años de movida si cantabas lo que cantaba Leo Ferré no
pasabas de ser un tocacojones, como lo ha venido siendo Sabina, hasta que
alguien, o varios, se han ido dando cuenta de la enjundia lírica, épica,
irónica de sus canciones. Algo más, bastante más que un divertido gamberro.
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