Hace 10 horas
lunes, agosto 27, 2012
sábado, agosto 25, 2012
El roce, de Victoria Pelayo
Cerró los ojos y
recordó la escena en el interior del restaurante. Miguel se había levantado
para saludar a unas personas, y al volver a su sitio y pasar justo por detrás
de su silla, había deslizado la mano sobre el respaldo haciendo que sus dedos
recorrieran la espalda de Manuela. No había sido una casualidad. No había sido
un roce sin querer. No. Había abierto su mano y había recorrido su espalda, a
través de la finísima blusa de seda, de derecha a izquierda con todos los dedos
extendidos, despacio, recreándose en el tacto, con suavidad, asegurándose de
que ella sentía esos dedos. Olivia no se había enterado de nada, además de
porque era imposible que lo viera ya que la espalda de su madre estaba
precisamente ahí, a espaldas de ella, y porque en ese preciso momento, ella se
entretenía en deshacer los pétalos de la flor de bacalao y salmón de su plato. Al
contacto con esos dedos había sentido un escalofrío por todo el cuerpo, su mano
quedçó congelada en el aire por unos pocos segundos, hasta que reaccionó y
continuó con su camino. Y qué podía haber hecho. Podía haberle pedido
explicaciones a Miguel por ese gesto. No quería imaginar la cara que habría
puesto su hija en esa situación, la hubiera mirado incréduda, habría dicho con
ese tono de reproche tan suyo, mamá, qué estás diciendo, qué te pasa.
viernes, agosto 24, 2012
miércoles, agosto 22, 2012
Un tiempo para callar, de Patrick Leigh Fermor
Patrick Leigh Fermor es una de mis asignaturas literarias
pendientes. Empiezo por Un tiempo para
callar, uno de sus primeros libros, resultado de sus observaciones tras
pasar algunas semanas en varios monasterios y abadías. El autor visitó esos
lugares, se recluyó en el silencio y escribió sin el estruendo propio de la
ciudad. Se trata de un libro breve, repleto de observaciones precisas y de descripciones
de las vidas de los monjes, sometidos a sacrificios y a dietas rigurosas que a
veces ponen los pelos de punta. Es un placer acompañar a Fermor dentro de esos
muros. Dos ejemplos:
Mis primeros
sentimientos en el monasterio cambiaron: dejé de sentirme rodeado por una
sensación de muerte inminente, aprisionado por error en una catacumba. Creo que
el cambio debió acontecer después de unos cuatro días. La impresión de abandono
persistió aún un tiempo; son los sentimientos de soledad y apatía que acompañan
siempre la transición de los excesos urbanos a una vida de rústica soledad.
Aquí, en la abadía, en un entorno totalmente extraño, este deprimente paso
fronterizo se extendía y magnificaba. Uno tiende a asumir la idea de la vida
monástica como un fenómeno que siempre ha existido, para apartarlo luego de la
mente sin posterior análisis o comentarios; sólo viviendo por un tiempo en un
monasterio se puede llegar a captar algo de sus asombrosas diferencias con la
vida ordinaria que llevamos.
**
Un monje trapense se
levanta a la una o dos de la madrugada, dependiendo de la estación. Pasa siete
horas diarias en la iglesia cantando en los oficios, arrodillado o de pie en
silenciosa meditación, a menudo en la oscuridad. El resto del día lo destina a
las labores del campo en sus formas más primitivas y agotadoras; en oración
mental, sermones y lecturas del Martirologio. El ocio y la diversión son una
rareza, y el tiempo que se dedica al estudio, en la práctica si no en la
teoría, es muy escaso. La dieta consiste casi enteramente en raíces y
tubérculos; la carne, los huevos y el pescado están vetados. Por si este
austero régimen fuera poco, durante seis meses al año se impone también una
regla de estricto ayuno. Los monjes están obligados a llevar el mismo ropaje pesado
durante todas las estaciones, norma casi insoportable durante los duros
trabajos en pleno verano. En las tardes de verano se retiran después de las
completas, a las ocho, y en las de invierno a las siete, para dormir unas
escasas seis horas.
[Traducción de Dolores Payás]
Trailer de Silver Linings Playbook
La nueva película de David O. Russell está protagonizada por Bradley Cooper, Jennifer Lawrence, Robert DeNiro, Jacki Weaver y Chris Tucker. Trailer: en este link.
martes, agosto 21, 2012
Tony Scott (1944 - 2012)
Tony Scott escribió una nota de suicidio, la dejó en su despacho y se subió a su coche. Condujo hasta un puente de la zona portuaria de Long Beach, en Los Ángeles. Abandonó el vehículo, trepó por la verja de tres metros y se arrojó hacia una muerte segura. Lo vieron algunos testigos. La policía identificó el cadáver y los rumores empezaron a dominar la red. Dijeron que padecía un tumor inoperable en el cerebro. Ahora su viuda lo ha desmentido: dice que estaba sanísimo. Con su fallecimiento hemos perdido a uno de esos directores de la cofradía de los "placeres culpables". Todos hemos disfrutado en alguna ocasión de alguna de sus películas (o de varias), aunque los críticos siempre le dieran palos. He visto muchos de sus filmes un montón de veces; algunos me los aprendí de memoria. Otros los aborrecí. Y un par de películas suyas fueron una influencia notable en mis libros: es el caso, por ejemplo, de Amor a quemarropa, que inspiró pasajes de Vivir y morir en Lavapiés.
La muerte de Tony Scott me ha pillado en mi tierra, sin posibilidad de conexión a internet hasta hoy mismo, y me ha sacudido, como suelen hacerlo los suicidios de Hollywood y los fallecimientos rodeados de circunstancias misteriosas o incomprensibles. No he podido anunciar aquí la noticia ni escribir al respecto. Y me gustaría comentar algo sobre sus películas, a modo de homenaje.
Descubrí El ansia gracias a mi madre. Como todas las de Scott, la vi en el cine. Vampiros, mujeres lesbianas y David Bowie: una combinación ganadora. No he vuelto a verla, y espero que mantenga su poder de seducción.
Confieso ahora que Top Gun me tuvo fascinado. Es comprensible: yo tenía 14 años. A las chicas que a mí me gustaban sólo les gustaba Tom Cruise. Compré la BSO (curiosamente, la estuve escuchando sólo unos días antes de la muerte de Scott), me aprendí los diálogos, tuve envidia de los protagonistas. No quería ser piloto, sino tener su estilo, su chulería: la clase de Cruise, Val Kilmer y compañía. No veo el filme desde hace años. Temo que me decepcione.
También me obsesionó un poco Superdetective en Hollywood II. No eran tan buena como su predecesora... sin embargo, fue una secuela digna. Recuerdo que Eddie Murphy lucía más cool que en Beverly Hills Cop I. Estuve loco por el cartel durante unos años e incluso me compré la BSO, llena de tracks ochenteros.
¿Y qué decir de Revenge? Una película repleta de altibajos narrativos, pero con algunas secuencias que me volvían loco: sobre todo desde el momento en que el personaje de Kevin Costner trama su venganza. La primera mitad, lo admito, era un pastel de merengue. Pero a partir del momento en que apalizaban al protagonista y se llevaban a la chica a un prostíbulo, Tony Scott nos metía en una de sus habituales montañas rusas.
True Romance (Amor a quemarropa): creo que es indiscutible que fue su mejor película, inspirada en un guión de Tarantino. No sé cuántas veces la he visto, cuántas he escuchado la BSO, cuántas he recitado los diálogos ante mis atónitos amigos (en especial el monólogo de Gary Oldman, imprescindible en VO). El duelo verbal entre Walken y Hopper, la paliza que Arquette recibe de Gandolfini, la aparición fugaz de Kilmer poniendo la voz a Elvis, el colocón de Brad Pitt... Amo esta película. Sigo viéndola de vez en cuando, y me sigue gustando.
No olvido las demás películas... Días de trueno tuvo su punto en su momento, pero no era Top Gun. El último boy scout es un divertimento especial, sobre todo con ese Bruce Willis sucio y herido y malhablado. En Marea roja también me enganchó, gracias a Gene Hackman y a Denzel Washington; pero no era El submarino, mi obra favorita sobre el tema. Odié Fanático; y Enemigo público me pareció del montón. Spy Game, Domino y Asalto al tren Pelham 1, 2, 3 son irregulares y se dejan ver por sus actores; cumplen, pero no me volvieron loco. Me dio pereza ir a ver Dèjá Vu e Imparable y son las dos únicas películas que me faltan de su filmografía. Creo que, en los últimos años, Scott se estaba estancando. Sin embargo... entre 1996 (después de Marea roja) y 2010 (estreno de Imparable) dejó una joya: El fuego de la venganza. Un filme brutal, violentísimo y extremo, con un Denzel Washington espléndido. Por estas películas lo recordaremos. Películas para divertirse, para emocionarse, nada que ver con las filmotecas.
Zamora mola mucho
zamora mola mucho
había un bar llamado ximeno
con una ensalada de aúpa
pero ximeno murió
no sé qué habrá ahora
de zamora:
las piernas de viriato
el vino bajoz
el merendero "pelambres"
te pones allí, miras la otra orilla
y, qué ves?
la primera imagen de la peli "el sur"
cuando dice "vivíamos en una pequeña ciduad del norte"
milagros del cine
besos
Isabel Bono, en un correo electrónico que me acaba de enviar
lunes, agosto 20, 2012
Rock of Ages
Rock of Ages es
la adaptación cinematográfica de un célebre musical inspirado en las canciones
del rock duro de los años 80. La película, dirigida por alguien que sólo parece
aceptar proyectos de encargo, supone un agradable entretenimiento y quizá sea
el filme con más altibajos que he visto en años. Lo explico a continuación:
Puntos bajos del largometraje. El germen de la historia es
típico: una chica de pueblo que recala en la gran ciudad, que quiere ser
cantante y empieza como camarera (recordemos, por ejemplo, El Bar Coyote, entre otras) y que encuentra a un chaval que
atraviesa las mismas circunstancias. La pareja (Julianne Hough y Diego Boneta)
es aún más sosa de lo que cabría esperar, y su único cometido es el de
enganchar a la audiencia adolescente. Cantan correctamente, pero les falta
oficio y carisma. Cuando acaparan las escenas en las que sólo aparecen ellos
dos, uno roza el bostezo, se incomoda porque quiere que pasen a otra cosa y nos
ofrezcan otra ración de las estrellas secundarias, que es donde reside el
magnetismo del filme, su gracia y su acierto. En una escala del 1 al 10, del
tedio a la diversión, dicha pareja está en torno al 2 (principalmente, no os
voy a engañar, porque ella está muy buena, aunque sea una Barbie).
Puntos álgidos del largometraje. Pero entonces, cuando más
nos aburrimos, llega lo accesorio. Y lo accesorio tiene nombres de stars en el
pellejo de los secundarios: dos cachondos Alec Baldwin y Russell Brand
(impagable su versión a dúo de “I Can't Fight This Feeling”); una Catherine
Zeta-Jones a punto de explotar de sexo reprimido (ver cuando canta y baila en
la iglesia, junto a otras beatas); un Paul Giamatti canalla y consciente de su
disfraz (el bigote postizo que lleva ya nos revela que la película es una gran
broma autoconsciente de serlo); sin olvidarnos del magnetismo y la fuerza de Malin Akerman, aquel bello
descubrimiento de Watchmen, ni de
Bryan Cranston, que aporta su carisma.
Lo mejor. Sin duda la estrella de la función es Tom
Cruise. Vaya por delante que nunca me pierdo una película suya (lo mismo me
ocurre con todos los actores que empecé a seguir en los 80 o a finales de los
70). Cruise, a mi juicio, suele ofrecer tres tipos de interpretaciones: las
flojas o directamente malas (Jerry
Maguire, La tapadera, Valkiria…), las buenas o simplemente
correctas (Nacido el 4 de julio, Minority Report, Collateral, La guerra de los
mundos…) y las sublimes (Magnolia,
Tropic Thunder, Austin Powers: Miembro de Oro…). En esta última categoría entra su
papel en Rock of Ages, es decir, la
de sus cameos y sus papeles secundarios, donde se suelta la melena, se ríe de
sí mismo y explota su talento. Lo sublime de su personaje y de su trabajo no es
sólo la transformación (atípica en una estrella de su calibre) en una especie
de sosias de Axl Rose con toques de Steven Tyler, sino que Cruise hace algo
parecido a lo que hizo en Magnolia (y
Rock… incluye un par de homenajes a
aquella película): crear a un tipo que utiliza su fama, su indumentaria y su
máscara (en este caso: el pañuelo, las gafas, el pantalón de cuero, el lujo,
etc.) para encubrir un gran dolor, una pérdida que lo ha convertido en alguien
despreciable para quienes miran más allá de los focos y que revelará su
verdadera cara hacia el final. Ese equilibrio entre la parodia y el dolor
merece algún premio. Uno de los momentos álgidos es cuando canta su versión del
“Wanted Dead or Alive” de Bon Jovi. Mi favorito es el dueto erótico que
mantiene con Malin Akerman a los sones de “I Want to Know What Love Is”.
Los primeros momentos señalados (coñazo total, con la
pareja protagonista) se alternan con los otros números musicales
(divertidísimos, y con el poder de la nostalgia que acarrea el revival de los
80 en quienes éramos adolescentes en esa década). En cuanto a los diálogos: a
veces combinan el chiste malo o sonrojante con ciertas perlas, como cuando la
rubia le dice a Tom Cruise: “Cuando murió mi hámster, tu música me ayudó a
superarlo”. Es en toques como ésos donde vemos que el director ha apostado por
parodiar su propio musical de amor. No esperéis Grease o Jesucristo Superstar,
pero os garantizo algunos ratos de diversión.
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