jueves, agosto 10, 2006

De bares con David González (La Opinión)

Quedamos el sábado por la tarde con David González, cuyo último libro “Reza lo que sepas” no me cansaré de recomendar. Nos vimos en una plaza, creo que se llama Plaza del Marqués, justo donde se levanta el monumento a Don Pelayo. Dicho enclave, y en general toda la ciudad de Gijón, bullía de gente. En las terrazas, por las calles, en los bares, en la playa. Una atmósfera festiva y entusiasta que acompañaba al buen tiempo. Guiados por el poeta recorrimos algunos lugares emblemáticos de su bitácora y de sus poemas: el garito en el que presta libros a un camarero y éste, a cambio, le invita a las cervezas; el bar donde hay una serpiente en su terrario o, mejor dicho, había una serpiente, pues se ha escapado, con lo cual me evité la posibilidad y el mal trago de verla engullir algún ratoncillo vivo; los dos muros frente a los dos bares, que aparecen en el poema “Berlín” de su libro “Ley de vida”; el barrio en el que vive; el pub que regenta su chica. En uno de esos lugares, frente a uno de los muros, nos recomendó que cenáramos sardinas, las mejores de todo Gijón, según él, y desde luego me lo creo: eran sardinas más largas que mis manos, que los cocineros asan sin despojarlas de las tripas ni de la cabeza, y que uno podría comer hasta empacharse y reventar; unas sardinas elegantes, hermosas, sabrosísimas, macizas, que alimentan incluso el alma. A partir de ahí empezamos a pedir sidra en los restaurantes y bares de tapeo. Nos enseñó (yo no lo sabía y tampoco lo imaginaba) que la sidra no es buena en todos los garitos y que, en algunas tabernas, la que sirven es el equivalente al garrafón o al vino barato. La resaca del día siguiente, claro, fue histórica.
Con David pude hablar de literatura. De los escritores que nos gustan y de los que nos desagradan. Hablamos de Hubert Selby jr., sin entender ninguno de los dos el motivo de que en España sólo hayan traducido dos de sus libros: “Última salida para Brooklyn” y “El demonio”, éste editado en los ochenta y hoy agotado. De Raymond Carver, de Tobias Wolf, de John Fante y su preciosa novela “La hermandad de la uva”. Hablamos de las diferencias entre los escritores norteamericanos y los escritores españoles, de lo mal que funciona el mercado editorial en este país y de los chanchullos de los suplementos culturales, vendidos siempre al mejor postor. Hablamos de cómo el circo literario y comercial está en manos de unos pocos que se reparten el pastel y se hacen la pelota mutuamente o se regalan premios. Y de esos autores ibéricos capaces de publicar dos o más libros al año, con el tiempo y el esfuerzo que supone cada obra, y conjeturamos dos posibles soluciones: o se los escriben negros o no tienen tiempo para cepillarse a la mujer (yo apostaba por esta opción). La madrugada fue volviéndose borrosa a medida que nos servían la sidra o la escanciaban él y mis amigos. Me presentó al jovencísimo escritor Miguel Barrero, quien el año pasado publicó su primera novela, “Espejo”, en Krk Ediciones, quienes editaron otro libro que compré hace unos meses y me gustó: “Lavapiés ultramarinos”, de Pérez-Rasilla.
Para mí supuso una noche inolvidable: amigos, diálogos sobre literatura, calles con buen ambiente, botellas de sidra, anécdotas e historias de muy diverso pelaje. David resultó ser, en persona, lo que ya anticipaban sus escritos: un tipo que se ha hecho a sí mismo, un hombre culto y de gozosa conversación, un cicerone amable y de rápidos reflejos. Me encanta su obra porque, en su germen y en su desarrollo, posee lo que les falta a tantos escritores actuales: vida. Vida, autenticidad, experiencia. Cada página respira por sí misma. Si no me creen, hagan la prueba.

Libro: Privado, de Vicente Muñoz Álvarez


Los sueños rotos, los malos tragos, el tiempo perdido, los caminos que no escogimos, las vidas paralelas que pudimos vivir, la batalla y la derrota, la poesía como único refugio, la dificultad de mantenerse vivo y en pie, y también la rutina de los días configuran los poemas del último libro, espléndido, de Vicente Muñoz. Es el primero que leo, pero desde luego no será el último.

miércoles, agosto 09, 2006

Gijón (La Opinión)

Gijón, la ciudad donde pasé el fin de semana, ha sido siempre para mí una antesala del paraíso. Si alguien la menciona, o simplemente me viene a la memoria su nombre, evoco un mar picado de olas, el vuelo casi irreal de las gaviotas, pastos verdes envueltos en adorables jirones de niebla, humedad repleta de aromas a salitre y a sidra derramada, las vistas azules, glaucas y grises del cerro de Cimadevilla (azules por el océano, glaucas por la hierba, grises por los cielos nublados), el sabor del pastel de cabracho, de las parrochas y del queso de cabrales servido con rodajas de manzana y unas gotas de miel, camareros que escancian la bebida sin mirar al vaso y a la botella, las calles próximas al Paseo Marítimo, la vista del puerto que es, para el ojo, como un blues para el oído. Gijón ofrece, además, otras ventajas: es pequeña y acogedora y, gozando de su ubicación en la costa, aún no está lastrada por los excesos urbanísticos de ciudades como Benidorm. Muchas personas dicen que Zamora es el sitio ideal para vivir. Yo añadiría que le falta el Cantábrico bañándola.
Llegamos el viernes por la noche, demasiado tarde para cenar en los restaurantes y demasiado tarde para que los bares del entorno de la Plaza Mayor nos sirvieran sus tapas y raciones. La solución fue meterse en un diminuto local del Paseo Marítimo, donde ya habíamos cenado en las madrugadas de otros veranos, y comprar bocadillos de escalopines al cabrales, muy suculentos y alimenticios. Los garitos de sidra ya cerraban, pero contamos con la suerte de topar con una taberna cuyo camarero tuvo la amabilidad de ponernos unas botellas para entonar el gaznate. Proliferaban las despedidas de soltero y abundaban los visitantes y los viajeros. Corría la brisa, la piel notaba el relente de la noche, pero aquello fue un alivio, tras un mes y pico sudando en Madrid. Porque en Madrid, en verano, se suda durante veinticuatro horas al día. Aquel aire fresco supuso un respiro y nos trajo la bendición de no empapar la camiseta.
La playa, a la mañana siguiente, estaba abarrotada de gente. Aún más por el hecho de que, cuando pusimos los pies en la arena, la marea había subido, dejando apenas unos metros de playa seca donde se apilaban las toallas, los cuerpos y las sombrillas. Como no me entusiasman las aglomeraciones, y menos aún en la playa, me pasé casi todo el tiempo en el agua, un agua fría y saludable aunque saturada de algas. El domingo, además de volver a bañarnos y de contemplar el horizonte luminoso y erizado de velas, vimos las acrobacias de las avionetas y de los paracaidistas que descendían, como muñecos de trapo o de juguete, sobre los bañistas. Aviones que realizaban piruetas, que hacían un vuelo bajo y atronador, que dejaban una estela de rizos blancos en el aire. Vimos a los gaiteros y escuchamos su sinfonía, y observamos algunos bailes folclóricos, y comimos todos los manjares que he citado al principio y algunos más: calamares con limón, chorizo a la sidra, entrecot con langostinos al jerez, quesos variados, navajas a la plancha, fabes con almejas. El punto y final lo dimos en el Cerro de Santa Catalina, en el barrio de Cimadevilla, en domingo por la tarde, muy cerca de la escultura de Chillida “Elogio del horizonte”, que al parecer los asturianos bautizaron también como “El Váter de King-Kong”, sobre la hierba, echados en la ladera y mirando el cielo y el mar, escuchando la música del aire y del agua, satisfechos de la visita. Lo mejor de todo, no obstante, fue la noche del sábado, que pasamos recorriendo los bares en compañía de David González, amigo y poeta con magníficas dotes de anfitrión y cicerone. Pero eso lo escribo ya mañana.

martes, agosto 08, 2006

Jim Thompson


Continúan reeditando a ese grandísimo escritor que fue Jim Thompson. Suyas son las novelas La huida, 1280 almas o Los timadores. Acaba de aparecer Un cuchillo en la mirada. Sin embargo, todavía falta su mejor obra (junto a 1280 almas): El asesino dentro de mí. La leí hace años, gracias al préstamo de la Biblioteca Pública de Zamora. Su protagonista inspiró a uno de mis personajes, canallesco él. El día en que la reediten, la compraré y, desde luego, volveré a leerla. Rezo para que la espera no sea larga.

Cambiar de aires (La Opinión)

El fin de semana pasado unos cuantos zamoranos residentes en Madrid nos propusimos salir de la ciudad. Escapar de la capital, pues durante los meses de julio y agosto es difícil no agobiarse por culpa de la mezcla de calor y polución. Y queríamos playa, pero se conoce que es lo mismo que buscaba toda España. Nuestra primera intención era pasar el fin de semana en Gijón, que hacía años que no visitábamos (antaño, cuando vivíamos en Zamora, nos acostumbramos a ir todos los veranos). Mis amigos intentaron reservar un par de cabañas en el Camping Deva. Fue imposible. Estaba todo reservado hasta el próximo mes. Llamaron a pensiones, hostales, casas rurales y campings con cabañas, y no sólo de Gijón: también de Santander, de San Sebastián y, en general, de casi todo el norte de España. Y no había manera.
A esas alturas, cuando se espera salir de la ciudad y no se encuentra sitio en ninguna parte del norte, uno empieza a desesperarse, empieza a sentir la comezón de la impotencia y cierta claustrofobia urbana. Tampoco quería adelantar los planes del resto de agosto: pasar unos días en Zamora y otros en Sanabria. Nos planteamos incluso ir a alguna casa rural de Guadalajara o de cualquier otro sitio cercano y sin playa. Pero en pleno agosto, y con el tiempo que hace, resulta imposible reservar alojamiento con apenas unos días de antelación. En Asturias, por ejemplo, no nos dimos cuenta de todas las celebraciones del fin de semana: el descenso del Sella, los últimos días de la Semana Intermedia y los primeros de la Semana Grande, que incluyen muestras folclóricas, encuentros de gaiteros, conciertos, festivales, etcétera. Tuve la impresión de que media España había decidido lo mismo este verano: huir al norte. La explicación es sencilla, como expuso uno de mis amigos: este año está haciendo demasiado calor para quedarse en el interior o para ir a pasar unos días en Levante o en el sur. Se echa uno a la carretera y aquello es una locura: parece que se multiplican los viajeros, los turistas y los coches, que sale gente de debajo de las piedras, gente con mochilas y vehículos, gente que no quiere quedarse en el lugar en el que vive. También tengo la impresión de que a todos nos basta con cambiar de aires aunque sea durante dos días: el que vive en Madrid se va a las ciudades con playa; quienes están en la costa optan por ir a su pueblo, lejos de la playa; los del norte se largan al sur y los del sur al norte; quienes están en Zamora se van a Sanabria; quienes viven en zonas casi desérticas buscan el bullicio de las ciudades costeras y quienes viven en ciudades costeras y bulliciosas sólo anhelan la paz del campo o de los lugares donde apenas haya gente y tengan tranquilidad y silencio. Y en ese plan. El caso es que todos queremos cambiar de aires. De ese modo siempre hay tráfico en las carreteras, atascos interminables, accidentes, y las gasolineras y los bares de carretera siempre están llenos, con personas que entran y salen para beber algo, estirar las piernas, alimentarse un poco, orinar y llenar el depósito de gasolina, que cada vez está más cara.
Al final optamos por una solución: comprar tiendas de campaña, sacos de dormir y colchones hinchables e ir a la aventura, a intentar meternos en un camping. En algunos no reservan el espacio para plantar la tienda. Le toca a uno arriesgarse, viajar hasta allí y rezar para que haya un hueco. Eso hicimos, y tuvimos suerte. Pasamos el fin de semana en Gijón, como habíamos planeado desde un principio, y pusimos las tiendas de campaña en el Deva, que es un camping que yo ya conocía y uno de los mejores que he visitado. Lo contaré durante los próximos días.

lunes, agosto 07, 2006

Ruido de fondo


El domingo apareció un fragmento de Ruido de fondo en El País. Dicen que Seix Barral la editará el próximo otoño. Más bien tendrían que haber dicho que la reeditarán: se trata de una imprescindible novela de Don DeLillo que apareció en Circe Editorial hace años. Recomiendo la lectura de este fragmento y de la novela. No la olvidaréis. El fragmento, aquí.

Otro de los propósitos (La Opinión)

Como si entrar en este mes equivaliese a entrar en un nuevo año, otro de mis propósitos consistió en no madrugar. Basta de madrugar, me dije, al menos durante agosto. De ese modo recuperarás el sueño atrasado (algo que, dicen algunos, jamás se recupera) y suavizarás esas ojeras que te emboscan el rostro y que, junto al pelo un poco largo y la barba de varios días, provocan el sentimiento de desconfianza de todos los guardias de seguridad de los supermercados y las grandes superficies cuando te paseas por los dominios que deben vigilar. Dormir más, como propósito agosteño (¡qué palabra más horrible: agosteño!), pues durante años le he dado muchas palizas a mis hábitos nocturnos: acostarme, durante los fines de semana, en torno a las siete u ocho de la mañana, y levantarme, durante los días laborables, en torno a esa misma hora, con lo cual el reloj biológico termina averiado. Un pariente me dijo hace poco: “Siempre que nos vemos estás bostezando”. Debe ser cierto.
Pero el primer día me salió mal: a las ocho de la mañana ya estaba despierto, con los ojos abiertos en actitud de lechuza, fiel a la costumbre de levantarme temprano. Lo cual me recuerda que hace años tuvimos en casa una lechuza, a la que llamamos Margarita: era simpática, entretenida, esponjosa y con un interés especial en las diversas formas de evasión de las jaulas y de los edificios. Me desperté, pues, sin proponérmelo. Así que me levanté de la cama y me puse a las teclas. En verano se entiende uno mejor con el ordenador a horas tempranas, cuando el sol aún no ha repartido sus puñetazos más fuertes sobre la fachada de la casa. El segundo día me ocurrió exactamente lo mismo: a las ocho de la mañana se me abrieron los ojos, los párpados se alzaron con esa resolución y esa misma contundencia con la que nuestras madres, en la infancia, nos levantaban la persiana del cuarto para que la luz de la mañana se filtrase dentro y no perdiéramos el día pegados a las sábanas. Si el cuerpo pide levantarse, tampoco hay que forzarlo a lo contrario. Así que me levanté y fui a por el periódico y luego me puse a las teclas. El tercer día decidí poner el despertador a las nueve. Intentaba ganar una hora de sueño. A mitad de noche, dado que duermo con la ventana abierta para que entre un poco de aire, me despertaron los gritos de un chaval español: daba grandes voces, denunciando que le habían robado (no entendí si le habían robado la vespa o sólo el combustible de la vespa), llamando, si ustedes disculpan el lenguaje, “ladrones” e “hijos de puta” y “cabrones” a los culpables, que a esas horas ya estarían a mil millas del lugar del crimen. Aquella interrupción me desveló. Debí tardar en dormirme diez o quince minutos. Y eso es lo que necesitaba: la interrupción hizo que no me despertara a las ocho, sino a las nueve. Vamos consiguiéndolo, me dije.
La ventaja de dormir menos y dedicar casi toda la mañana al ocio es que uno puede leer el doble o el triple de lo que acostumbra. Puede que no tengas una piscina privada, ni siquiera una piscina pública a mano, y puede que no tengas una playa para refrescarte, y puede que sólo tengas edificios, polución, jaranas y tráfico, pero la lectura te salva la mañana. Lo expresaba mejor que nadie (mejor que los intelectuales, en todo caso) un preso de ese programa de presidiarios cantores que ponen ahora en Televisión Española: decía que cuando lee un libro en su celda se olvida de todo, se evade del mundo, y durante la lectura no está en la cárcel, sino muy lejos de allí, y que leer es como dormir y soñar, que durante el sueño no eres consciente de estar en prisión, sin libertad. No duermo cuanto quisiera, pero la lectura me salva.

Dos estampas (La Opinión)

Cuando viajo en un transporte público o camino por la calle suelo presenciar diversas estampas curiosas, múltiples escenas de la vida cotidiana. Procuro memorizar sus ingredientes. Hoy traigo aquí un par de ellas, y espero que gusten.
En un vagón de metro. Estoy sentado en un banco; no suelo hacerlo, pero hay sitios de sobra. Junto a la puerta más próxima se apoya un tipo joven y grandullón, de espaldas anchas y pelo al cepillo. Cuando el tren se detiene en la siguiente parada, entra una familia. Padre, madre e hija. Primero pasan ellas. Detrás va el padre, cargado con dos descomunales maletas con ruedas. Cuando franquea la puerta, y justo al pasar al lado del grandullón, se revuelve como si una serpiente le hubiese mordido en el lomo. El padre se vuelve hacia el otro y se encara con él. Pero antes me gustaría describirlo: también es grandote, gasta gafas de miope un poco caídas sobre la punta de la nariz (como si fuese un profesor de matemáticas), le calculo cincuenta y tantos años, cabello corto y cano, cara de buena persona, de tío en el que confiarías, de hombre al que podrías contarle un secreto. Parece español y a uno, al primer vistazo, le parece que es eso: un señor de Cuenca o de Salamanca, que trabaja de maestro y se va de vacaciones y está de paso en Madrid. Entonces se encara con el otro, y resulta que es mexicano: “¡Cuidado, amigo, que te veo! A ver lo que hacemos, ¿eh, amigo?” El mexicano se protege la cartera, y luego lo deja estar y se va a la puerta de enfrente. Le pide a la hija que agarre mejor su bolso de mano. Y tú vas y te haces las cuentas: el grandullón ha intentado sisarle el billetero, ya que el otro tenía las manos ocupadas. Miras al joven y tiene pinta de guiri panoli que no se entera, o que hace como que no se entera. El padre, mientras llegan a la siguiente parada, no deja de mirarlo por encima de sus cristales, entre desafiante y calculador. Se notan las tensiones en el vagón y los pasajeros las advertimos. Resulta que la parada en la que se baja la familia es la misma en la que yo me bajo, y veo el desenlace. El padre permite que su mujer y su hija salgan delante de él y, con una fuerza que me parece prodigiosa, levanta a pulso los maletones, los levanta del suelo y sale del vagón. Al pasar junto al tipo le dice: “¿Qué pasa, eh, amigo? Mucho cuidado con lo que haces, cabrón”. Fuera del vagón se da la vuelta y le invita al baile: “¿Qué pasa? Ten mucho cuidado. Ven aquí, amigo, ven, ¡que te rompo toda tu madre!” Pero el otro no entiende su idioma o se hace el tonto y las puertas se cierran y la familia sigue su camino. Y a mí la escena me fascina por varios motivos: porque he visto a un padre defender su terreno con uñas y dientes, a un hombre con pinta de pacífico que no duda en meterse al trapo si le tocan la moral, y por su jerga mexicana.
En la calle. Un chico con aspecto de viajero trotamundos, uno de esos individuos flacos pero con buena salud, que tal vez vagabundea por mero capricho, tiene dos cachorros: una perra negra y un gato siamés. El gato debe tener apenas unos días de edad. No deja de mimarlos y les ha colocado, junto al bulto de ropa y mochilas donde descansan, sendos cuencos de comida para perros y para gatos. Me acerco y echo unas monedas. Observo a los animales. Un matrimonio se detiene y alaba la belleza de la perra y el gato. “Esto es un buen negocio, ¿eh? ¿Y cuánto pide por ellos?”, pregunta el señor. Responde el chico: “No, estos animales no se venden. Van conmigo, son míos. No los vendo”. El chico parece un padre orgulloso de su prole, y observo cómo el gato se dispone a saltar, como si el perro fuera una presa, y ambos juegan y se empujan. La gente se para y el chico se infla, repleto de orgullo y felicidad.

Residuos (La Opinión)

Lo he escrito en varias ocasiones, tal vez demasiadas, pero vuelvo a repetirlo: cuando Zamora sale en la tele es debido a una mala noticia, a una noticia vergonzosa o a una noticia que nos saca los colores. Lo de esta edición de la Europeade, aunque repetitivo (ya van dos ediciones en la ciudad, y aún quieren una tercera para dentro de unos años), no lo vi en ningún telediario: era una buena noticia para la provincia, ya que, se supone, genera ingresos, buena fama y publicidad gratuita. Pero no salió o, si lo dieron en los telediarios, apenas tuvo trascendencia. Lo del alcalde de Peque, en cambio, ha aparecido en todas partes. Uno está sentado a la mesa, comiendo o cenando, y entonces el presentador del telediario que uno está viendo anuncia que se ha preparado un revuelo porque el alcalde de un pueblo de Zamora ha ofrecido su municipio para albergar los residuos nucleares de todas las centrales de España. Y, qué quieren que les diga, se le cae a uno la cara de bochorno. Literal. Principalmente porque en todos los medios del país están haciendo burla de la cuestión (y no es para menos). El mensaje que uno obtiene tras leerse los periódicos y ver los telediarios es el siguiente: “Anda, que ya le vale al pobrecico éste…”
E insisto en que no es para menos, cuando en entrevista a tal alcalde los espectadores escuchamos la siguiente declaración: “Yo no sé si esto de los residuos es bueno o malo, pero…”. Empezamos mal, pues. Lo peor del asunto, sin embargo y a mi juicio, no es que el citado alcalde/pastor nos ponga en evidencia. Lo peor es que no cuente con el pueblo cuando se supone que estamos en democracia. Por eso los habitantes de Peque están que arden. Por eso y por la idea descabellada de amontonar residuos en una zona que será pobre y estará desatendida, pero no necesita ser el basurero del reino, por muchos puestos de trabajo que la puesta en práctica de la idea proporcione a la zona. El alcalde, sí, ha llamado la atención de toda España y todos los medios y las miradas se han volcado sobre el pueblo y su edil. Ha conseguido mucha publicidad. Pero seamos sinceros: ¿cuánto durará dicha atención? Apenas unos días, el tiempo justo hasta que otra noticia bochornosa se erija en carnaza para los medios. Dentro de un mes nadie recordará el nombre de Peque, salvo quienes somos oriundos de la provincia y ya conocíamos la existencia del pueblo. Dentro de unos días, incluso, habrán agotado las mofas respecto a este hombre. Los miembros de su partido, el PP, se han puesto en contra y lo miran como a una oveja descarriada. Alguien ha dicho que no lo demonicemos. Y creo que tiene razón. Me parece que el alcalde de Peque, a tenor de sus declaraciones a la televisión y a la prensa, no es un mal hombre, sino un hombre ignorante; lo cual, en casos como el que nos ocupa, puede ser incluso más perjudicial para un municipio. Una célebre frase reza que no hay nada más nocivo que una gran idea en un cerebro estrecho. En este caso, no creo que sea una gran idea.
Lo único que demuestra esta historia, aparte de esa ignorancia y de ese gesto de mal gusto y poco democrático consistente en no consultar a quienes le han votado, es el modo en que los pueblos se agotan, se abandonan, se apagan, se marchitan. En una palabra: mueren. Se extinguen. El del alcalde es un grito desesperado. Pero también es un grito erróneo. Porque la provincia ya no sólo sería el culo del mundo (así nos ven las administraciones), sino el basurero nuclear del país. Y, pese a nuestro conformismo habitual y a nuestros continuos lamentos, no es lo que merecemos.

viernes, agosto 04, 2006

Rattus norvegicus


Apenas unos metros de cloaca y habré llegado. El último tramo representa mi calvario particular: desde aquí alcanzo a discernir la bulliciosa cantidad de ratas, cucarachas y otros insectos que me repugnan y que lo pueblan. Oigo el deslizar del pelo sucio y el arrastre de los caparazones.
El doctor, ese chiflado de caletre anacrónico que me recuerda a un moderno Mabuse, me susurró en los procesos previos a la transformación: «Cuando no sepa a qué tenerle miedo, rebusque entre sus sueños más negros; allí encontrará la respuesta a mis plegarias».
Así comienza mi cuento (Rattus norvegicus) para el Especial Literatura Gótica 2, coordinado por los responsables de las revistas Literaturas.com y Prima Littera, y del que ya os había hablado. El mes pasado la revista salió en papel. Este mes tenéis la oportunidad de leerla on-line, en Literaturas. Se incluyen ensayos, entrevistas y cuentos de León Arsenal, Ana María Shua, Pilar Pedraza, Norberto Luis Romero y Elia Barceló, entre otros.
El Especial, aquí.

La movida (La Opinión)

Quería ver alguna exposición, ya fuese de pintura o de fotografía, pero no me apetecía gastar dinero. Ese es el problema de las exposiciones de por aquí. Pongamos que la muestra que uno quiere ver está lejos de su barrio. Es necesario coger algún transporte público: metro, autobús o taxi. Quedémonos con el metro. Será un viaje de ida y vuelta, lo cual requiere emplear dos de los viajes del bono que uno suele llevar encima. Parece poco, pero cada bono cuesta algo más de seis euros, e incluye diez viajes, y esos diez viajes se los puede uno fundir en tres días o menos, dependiendo de sus hábitos. A finales de mes eso ya supone una pasta. En el museo elegido es posible que le cobren a uno por entrar. Por ejemplo, en la retrospectiva de Picasso, que puede verse en el Museo Nacional del Prado y en el Centro de Arte Reina Sofía, cobran seis euros en taquilla, pero nueve euros si es venta anticipada (sumado al euro de los auriculares, si uno pretende agregarse a las visitas guiadas de grupos). Dado que dicha exposición hay que verla en los dos museos, para conocerla al completo, hagan cuentas: los gastos de los cuatro viajes de metro, de ambas entradas, de los auriculares, y la caña o el refresco que uno se tomará al salir de cada edificio, pues en verano no se puede recorrer la ciudad sin quitarse el polvo de la garganta cada ciertos minutos. La cultura, una vez sumados los dispendios, le ha dejado a uno temblando la cartera. Aún no había cobrado, así que, por esa razón, decidí ir a una muestra gratuita: las fotografías de “Mi movida madrileña”. Otro día visitaré las exposiciones de Picasso; merecerá la pena, a pesar del gasto. Pero me niego a ir el domingo, el día de la semana que no cobran entrada: lo más probable es que las colas sean históricas.
“Mi movida madrileña”, que reúne algunas de las fotografías que hizo Pablo Pérez-Mínguez entre el setenta y nueve y el ochenta y cinco, puede visitarse en el Museo Municipal de Arte Contemporáneo de Madrid. Reconozco que no sé mucho de la movida madrileña, más allá de lo que vi en algunas películas españolas de la época y de la música que tardaría unos años en gustarme: en ese tiempo era aún un muchacho, y la movida quedaba lejos de mi universo. Casi todas las imágenes de la retrospectiva reflejan las sesiones hechas para las portadas de revistas, de carteles de fiestas o de conciertos. Luego están las “fotosporo”, retratos y primeros planos de rostros, de luz tan cruda y objetivo tan próximo al retratado, que se les notan los poros de la piel. Lo que uno se lleva en la memoria tras esta exposición es un conglomerado de maquillaje abusivo, plataformas, hombreras, pantalones y faldas de cuero, pelucones altos y retorcidos y espesos como merengues de tarta, toneladas de brillantina, tacones de aguja, hombres y mujeres travestidos, gafotas de la época, rostros de actores, cantantes, directores de cine, poetas, diseñadores. Sin embargo, el cartel ya resume la movida de forma cristalina: Alaska, Almodóvar y McNamara. Ellos son la movida. Condensan todos los aspectos básicos del funcionamiento de la movida.
Mucho petardeo, en definitiva. A mí el petardeo no me entusiasma. Reconozco, eso sí, que contiene su punto de rebeldía y de curiosidad sociológica. Pero, digámoslo claro: soy más partidario de ver, por ejemplo, una exposición de fotografías de tipos duros y femmes fatales del cine, de Bogart, Bacall, Eastwood, Mitchum, Verónica Lake, de jetas afiladas, revólveres, pitillos, humo, mujeres en sombra. De los ochenta me entusiasman su música y su cine, pero estéticamente me parecen el colmo de la horterada. Y de Almodóvar prefiero sus últimas películas.

jueves, agosto 03, 2006

Everyman, en septiembre


En España se titulará Elegía. La publicará Mondadori. Es la nueva novela de Philip Roth. Lo contaban en El Cultural de la semana pasada: "Tras el éxito de La conjura contra América (2005), Roth se ha embarcado en Elegía en una aventura mucho más personal y dramática, de tintes casi autobiográficos y sorprendente amargura. Se trata de la historia de un publicitario de éxito –hijo de joyero y relojero, y despreocupado padre de familia– que se va derrumbando ante la certeza de la muerte". El resto, aquí.

El goce de cumplir un objetivo (La Opinión)

Primer día de agosto. Desde hace unos años, y durante todo el mes, es habitual que algunos periódicos incluyan suplementos de verano en sus páginas centrales. Otros años me he conformado con leer dichos suplementos en internet. Pero esta vez tengo pensado alejarme un poco del ordenador, ponerme a las teclas el tiempo justo para cumplir con la columna, al menos hasta que septiembre asome sus melancólicos filos. Decidí comprar cada día el periódico y, guiado por este propósito, bajé a la Plaza de Lavapiés. Podría haberlo cogido a las nueve de la mañana, o incluso antes, pero no: me dio por bajar a por él en torno a la una y media. Y el primer día de agosto se convirtió en el primer día del pardillo. El verano anterior lo pasé, casi todo, en tierras zamoranas. Por esa razón no conozco el funcionamiento de la capital en agosto. Por ejemplo: resulta casi imposible encontrar un kiosco abierto. Y, si topas con uno, será difícil que tengan lo que quieres. Por lo general, cuanto pides se ha agotado.
El kiosco más próximo a casa, que había permanecido cerrado durante el mes de julio, por fin abrió sus puertas. Pero cuando llegué a por la prensa apenas les quedaba nada: sólo algunos ejemplares de un periódico deportivo y unos cuantos de un periódico de derechas. Mal asunto. Casi todos los estantes de revistas estaban vacíos, como si una turbamulta hubiera saqueado el tenderete, como en esos disturbios callejeros de las películas de terror apocalíptico, cuando los negros hurtan televisores y los blancos roban cajas de cerveza. Así que me dirigí al kiosco donde había efectuado mis compras de julio. Estaba cerrado por vacaciones. Lo lógico, me di cuenta luego, hubiera sido tirar hacia el centro, subir a Sol, donde no suele haber carteles de “Cerrado por vacaciones” y los proveedores dejan cargamentos más voluminosos de prensa. Pero no: fiel a mi torpeza y a mi ingenuidad fui alejándome hacia el sur. Recorrí barrios y calles que al lector probablemente no le suenen a nada: Argumosa, Ronda de Valencia, Glorieta de Embajadores, etcétera. Durante mi trayecto comprobé que casi todos los kioscos tenían bajada la trapa. Encontré, sin embargo, dos de ellos abiertos: pero toda la prensa había sido vendida ya. Llevaba media hora caminando, con el sol derritiendo las pocas ideas que me quedan en la cabeza y sin apenas hallar una sombra que aliviase mi búsqueda, cuando decidí dar la vuelta. Me propuse ir a Sol. Pero, una vez en las inmediaciones del centro, topé con dos kioscos cerrados. Dichoso cartel de “Cerrado por vacaciones”: puede amargarle la existencia a cualquiera.
Estaba tan desesperado, tan empapado por la caminata y el bochorno, que el diario en cuestión me importaba una higa. Que le dieran por retambufa al periódico. Lo único que me quedaba era el orgullo, el hecho de obcecarme en lograr algo sólo por el goce de conseguirlo (como esos donjuanes que se ligan mujeres no por el placer del sexo, sino por el de la conquista). Les habrá sucedido alguna vez; el ciudadano de a pie que sale a comprar una bombilla y no lo logra: una hora después la bombilla le da igual, él lo que quiere es salirse con la suya, ganarle la batalla a los infortunios. Un empeño personal. Iba tan decidido a regresar a casa con el periódico bajo el brazo que, en un arrebato probablemente provocado por el principio de insolación y la sed, fantaseé con la posibilidad de, una vez comprado y leído el diario, untarle mermelada, mojarlo en el café y comerme hasta la última letra, para que me aprovechara. Al final conseguí un ejemplar en Sol. He aprendido la lección: en Madrid, en agosto, baja a comprar la prensa a las nueve de la mañana. Y eso he hecho hoy.

miércoles, agosto 02, 2006

Ya sabemos que hace calor (La Opinión)

La noticia más importante de los telediarios estivales, la noticia con la que abren a veces sus ediciones de sobremesa, el tema al que dedican entrevistas callejeras y reportajes de investigación y consultas con expertos, suele ser el calor. Que hace calor en verano. Que hace mucho calor. A mí me habían enseñado en la facultad que, en julio y en agosto, un bochorno brutal no era noticia, no era la excepción, sino la norma. No comprendo por qué en invierno, en mitad de enero, no abren los telediarios diciendo que la cosa está falta y hace mucho frío, enchufándole el micrófono a la gente, para que diga que sí, que hiela en todas partes y que combate dichas heladas mediante abrigos, bufandas y caldos de pollo. O sí lo sé: que en julio y agosto hay sequía de noticias (por las vacaciones de los políticos, la desidia veraniega, la frivolidad propia de la época, la falta de exposiciones y espectáculos, el letargo del mercado), y les toca tirar de lo más sencillo: salir a la calle y comprobar que el sol pega duro.
Me paseo por los telediarios y se me revuelve el estómago. El mundo va de culo, pero la cabecera de los informativos consiste en un análisis del calor. Ya lo mencioné de pasada en un artículo, pero hoy quiero entrar a fondo en el tema. Lo peor no son esas cabeceras de los telediarios, sino las entrevistas a quemarropa o a quemaboca que les hacen a los transeúntes. Las preguntas, obvias y patéticas: “¿Usted tiene calor?”, “¿Qué opina de estas temperaturas?”, “¿Cómo combate el calor en la playa?”. Las respuestas, del mismo pelo: “Pues sí, mire usted, es que hace mucho calor y así no se puede estar”, “Uy, hija, la calor a mí me marea, ¿qué voy a opinar?”, “Pues en la playa bebo agua, beber mucha agua, sí, y también me meto con la mujer bajo la sombrilla y, de vez en cuando, pues nos bañamos, ¿sabe usted?”. Este es el país en el que vivimos.
El colmo fue en un informativo del lunes. A un equipo de reporteros le dio por ir a una obra de Madrid, a entrevistar a los peones. Uno de ellos, cuando le preguntaron por el sol que le cae encima mientras está currando, ganándose los garbanzos en un infierno de cemento, grúas, polvo y botijos, contestó (no es literal): “Sí, aquí hace mucho calor, cuando estás trabajando, y no hay quien resista con este calor, y es lo que hay, que hace mucho calor”. Pero, ¿qué esperaban que contestara el buen hombre? A preguntas obvias, respuestas obvias. Aún fue peor cuando salió la experta de turno. Consejos de la experta: “El obrero debe llevar al trabajo una garrafa de dos litros de agua, tenerla junto a él y beber cada poco, hasta que se la acabe. Es la cantidad recomendada”. ¿Acaso nos hemos vuelto locos? Decirle a un currante de obra, que lleva años enfrascado en sus labores constructoras, sufriendo altas y bajas temperaturas, cómo tiene que hidratarse es tan ridículo como recordarle a un nadador profesional que debe sacar la cabeza del agua, cada poco, para tomar oxígeno. Alguien saldrá diciendo que un obrero murió hace días. Sí, de acuerdo: pero aquel hombre trabajaba en un infierno más duro, o sea, en un horno industrial. Menos mal que, durante el reportaje de los obreros, le preguntaron a un currante negro. Con sus palabras y media sonrisa en la cara puso los puntos sobre las íes. Llevaba el casco ladeado, como si fuese la gorra de rapero, y flipaba con la pregunta, tras venir de África, donde soportan un sol más terrible que el nuestro y no los sacan en la tele por eso, y donde no sólo se los come el calor sino también las moscas, y dijo algo como: “Sí, bueno, hace mucho calor, aquí, pero hay que ganarse la vida, hay que comer, hay que trabajar, ¿no?”. ¿Alguien se imagina a un reportero preguntándole a un esquimal cómo aguanta trabajar con ese frío?

martes, agosto 01, 2006

Sobre la narrativa estadounidense


Rodrigo Fresán (en la foto), escritor y crítico literario, es mi cicerone en el terreno de la narrativa contemporánea de Estados Unidos. Siempre procuro hacer caso de sus recomendaciones. Lector incansable, suele ventilarse los libros en su idioma original y en cuanto salen al mercado. Le envidio por ello. Una de las guías que suelo repasar de vez en cuando es su artículo El aquí y el ahora en veinticinco libros cardinales.
Muchos de los autores que recomienda los he buscado, comprado algunos de sus títulos y leído. Jamás me decepcionaron. Autores como Melissa Bank, Charles Baxter, Jonathan Safran Foer, Dave Eggers, Michael Chabon, Jonathan Lethem, Matthew Klam, Jeffrey Eugenides, David Foster Wallace, Jim Shepard, David Sedaris, Denis Johnson, George Saunders o Jonathan Franzen, brillan en mi biblioteca gracias a él.
Y libros tan potentes como (cito uno por cada autor) Manual de caza y pesca para chicas, El festín del amor, Todo está iluminado, Una historia conmovedora, asombrosa y genial, Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, Huérfanos de Brooklyn, Sam el Gato y otros relatos, Las vírgenes suicidas, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, Proyecto X, Mi vida en rose, Hijo de Jesús, Pastoralia o Las correcciones. Además, Fresán es un experto en Cheever y en Dylan. Ahora sólo me falta leer dos de los libros que tengo por ahí de su cosecha: Mantra y La velocidad de las cosas. El artículo-guía, aquí.

Un musical (La Opinión)

El musical “Mamma Mia!” lleva representándose en Madrid casi dos años. Jamás se me ocurrió ir a verlo: en principio porque tenía cierta reticencia a los musicales cantados en español (no así a los cantados en inglés), y porque la entrada de patio cuesta unos cuarenta y cinco mangos. Pero a veces ocurre así: le regalan a uno boletos para conciertos, o para preestrenos cinematográficos, o para fiestas de alto copete. Nos dieron, pues, entradas para el musical. A mí no me interesaba verlo, ya digo, pero a caballo regalado… sigan ustedes el refrán. Viernes, diez de la noche, platea, fila ocho, asientos centrados, el teatro lleno de público. ¿Quién lo rechazaría? Por si no lo saben, representan el musical en el Teatro Lope de Vega, en la Gran Vía, edificio donde hace meses vi actuar a La Sonrisa de Julia.
Admito que suelo ir algo preparado cada vez que entro en un espectáculo, que me miro la sinopsis, que me entero del reparto, que averiguo incluso la duración. En esta ocasión, sin embargo, no me molesté: sólo sabía que estaba basado en las canciones de ABBA. Y a mí ABBA no me disgusta, me recuerda el sabor de la infancia, me sabe a kitsch, a los buenos tiempos de Eurovisión (si es que alguna vez los hubo). Cuando se abrió el telón y una de las protagonistas se puso a cantar un tema pasteloso que me remitió a los temas de las heroínas de Disney, me dije: “Uy, Dios, me hará falta paciencia para afrontar esto hasta el final”. Pero no ocurrió así: es sólo la introducción, aportando una nota tranquila que luego, durante el resto del espectáculo, se encargan de desmentir. Disfruté, no sólo por la alegría de los temas y el entusiasmo del reparto, sino también, y como decía antes, porque las canciones me empujaron a un tiempo ya lejano en mi memoria. Para quien no conozca los tintes trágicos de su argumento (tintes pasados, no obstante, por el filtro de la comedia), los despacho en unos segundos: en una isla griega disponen los preparativos para la boda de Sophie y Sky (sí, sí, Sky, han leído bien); un día Sophie husmea en el diario de su soltera madre y descubre que ésta se soltó la melena en los tiempos del amor libre y tuvo ayuntamiento con tres hombres, y por separado, con lo cual nadie sabe quién de los tres podría ser el padre de la moza. Así que la hija se las arregla para invitarlos a la boda y, mediante la treta, descubrir quién de ellos la concibió y quién está dispuesto a asumir responsabilidades.
Otro de mis temores me asaltó nada más sentarnos en las butacas. Alguien me dijo que creía que la protagonista era la profesora aquella de “Operación Triunfo”, pero no: tuvimos suerte y, en esta función, la sustituía Ángels Jiménez. Jiménez encarna a Donna, la madre, y Mariona Castillo a Sophie, la hija. Repito que disfruté. El musical despide cierto delirio pop y festivo que obliga a salir del teatro con una sonrisa en la boca. Se me borró, además, la aversión hacia los musicales en español, y lamenté no haber visto otros célebres y recientes espectáculos exhibidos en Madrid, como “Cabaret” o “El Fantasma de la Ópera” (al de Mecano, en cambio, no iría gratuitamente ni tampoco por recomendación del médico). La única pega vino al final, cuando todos los actores se despiden del público cantando un par de temas: de sus butacas se levantaron dos o tres espectadores y se pusieron a menear el esqueleto en el pasillo, a un palmo del escenario. A mí, que la gente baile en un teatro o en un cine me pone de los nervios, despierta mi lado salvaje, y para colmo me embarga la vergüenza ajena. Si yo fuese otro, me hubiera levantado a darles un par de hostias, para que regresaran a sus asientos. Pero claro, odio el deporte y la violencia.

lunes, julio 31, 2006

Un problema veraniego (La Opinión)

La cuestión es la siguiente: tenemos a un padre, a una madre y a los hijos de ambos. Lo que se viene llamando una familia normal o tradicional. Pero los hijos, en este caso, deben ser pequeños, deben ser niños. Cuando llega el verano el padre y la madre, que están hasta la coronilla de trabajar y de vivir en tierras secas, ponen en práctica sus planes conjuntos: han esperado durante meses este momento y logran que sus vacaciones coincidan y deciden, entonces, viajar a alguna zona costera. Durante diez o quince días, quizá más o quizá menos, dependiendo de los posibles de la familia y de las ganas, van a estar entre playas, sombrillas, hamacas, aceites para el sol, “pescaíto frito”, cielos azules y sin nubes, brisa marina, toallas de baño, paellas, tintos de verano, cuerpos semidesnudos y proclamas publicitarias de vendedores ambulantes guiris con el soniquete en los labios de “Coca-Cola-Lemon-Orangsh-Servesafresca”. Pero, sobre todo, el padre y la madre buscan el alivio marítimo. Las olas, el baño refrescante, el horizonte azul, el salitre curativo, y los pies hundiéndose entre la arena y las algas de la orilla. Pero los hijos, que aún son niños, no quieren eso. De hecho, mire usted, por lo general odian el mar. Y ahí empieza el problema.
El problema empieza cuando toca, por la mañana, acaso muy temprano, preparar los bolsos e ir a la playa después del desayuno. Si el hotel o el apartamento en el que se aloja la familia no es muy malo, dispondrán de piscina, entre otros servicios. La piscina atrae a los niños como la luz a las polillas y la sangre a las moscas. Y los niños, en cuanto ven sus aguas ricas en cloro y sus orillas con cemento y sin arena, sólo quieren zambullirse dentro. Los padres comienzan siendo permisivos. “Venga, meteros un rato, pero en cuanto me tome una caña nos vamos a la playa”. Los críos, que se las saben todas, dicen que sí, sí, jefe, sí, papá, lo que tú digas. Dicen que sí con la boca y niegan con el cuerpo. Cuando los padres regresan de efectuar alguna compra o de beberse una caña fresca en el chiringuito más próximo, no hay manera de sacar a los chavales de la piscina. Con suerte, incluso habrán hecho amigos, otros niños de su edad a quienes, además, ponen de excusa: “Es que, si salgo, dejo solo a Manolín”. Entonces uno observa esa escena típica del verano y de las familias de interior que pasan sus vacaciones en la costa: los padres caminando por el bordillo, pidiendo a los chavales que salgan ya, oye, que ya está bien, que no hemos venido a Torremolinos para pasarnos el día en la piscina, y que piscina hay en nuestra ciudad e incluso en el pueblo de la abuela, y que uno no puede gastarse el dinero en hacer tantos kilómetros para que los hijos se pasen las horas en una piscina que encima esté llena de cloro y en la que todo el mundo se mea, oye, que el mar está ahí en frente, y fíjate que pureza y qué color y qué frescura, y que esto no hay padre que lo aguante, etcétera.
Los chavales, tras el rapapolvo, dirán: “Que sí, que sí, que ahora vamos. Un minuto más, sólo un minuto”. Y la mañana y la tarde transcurren, ante las miradas impotentes de la madre, que quiere que todos estén contentos pero juntos, y los visajes furiosos del padre, que observa compungido cómo se le van las vacaciones en ver a sus chavales bañarse en la piscina, una piscina de mierda, coño, oye, que encima es más pequeña que la del pueblo de la abuela, hasta dónde vamos a llegar. El padre se hace cruces y jura que no volverá. Mediada la tarde, los chavales ceden. Pero al día siguiente la escena se repite. Esa es una de las razones por las que algunos padres vuelven de vacaciones con los nervios triturados.

domingo, julio 30, 2006

La redención del patán (La Opinión)

Me he enganchado a algunas series de televisión: los dibujos animados de Superman, Batman y Spiderman, el Doctor House, “Cuentos de la cripta”, etcétera. Sin embargo, hoy quería hablarles de la primera (y única, de momento) temporada de una serie que no tardarán en emitir en La Sexta: “My Name Is Earl”, que traducirán, supongo, como “Me llamo Earl” o “Mi nombre es Earl”. Dado que mi antena no coge La Sexta, alguien me ha pasado la serie en versión original con subtítulos en español. Y es una auténtica delicia, una comedia de mala leche y buenas intenciones, humor gamberro y duelo entre el bien y el mal, una mezcla de los iconos freak, “Amelie” y los primeros filmes de Kevin Smith, especialmente “Mallrats”. Supongo que, cuando la estrenen en España, hará furor. Lo ha hecho en otros países. Este año fue nominada en un par de categorías importantes de los Globos de Oro y de los Emmys. Pero, si por algo quise ver la serie, es debido a la interpretación de su protagonista, Jason Lee, un divertido actor a quien los cinéfilos recordarán por sus papeles en “Persiguiendo a Amy”, “Dogma”, “Casi famosos”, “Vanilla Sky” o la citada “Mallrats”.
El episodio piloto es esencial. Earl Hickey (Jason Lee) es un patán de patillas, bigotazo y camisa de leñador, habituado desde niño a robar, mentir, emborracharse en los momentos menos indicados, pegar puñetazos a los jefes de sus esporádicos empleos, entre otras lindezas. En el piloto, Earl comete su última fechoría: roba a un hombre un billete de lotería premiado. Pero lo atropella un coche y lo envían al hospital. Allí reflexiona acerca de su vida, descubre el karma y éste se convierte en su máxima: “Haz cosas buenas y te sucederán cosas buenas; haz cosas malas y te sucederán cosas malas”. Earl elabora una lista con las atrocidades que ha cometido desde su infancia, y asume que le ha jodido la vida a medio pueblo: a sus padres, novias, ex mujer, hijastros, hermano, amigos, policía, vecinos, trabajadores. Una vez cobrado el dinero de la lotería, decide emplearlo para ayudar a las personas (de ahí mi referencia a “Amelie”) y recomponer las vidas que ha truncado. Porque todo cuanto hace origina una catástrofe. Si, por ejemplo, roba un coche, no sólo deja a un ciudadano hundido por el robo, sino que el tipo, al serle arrebatado el vehículo, llega tarde al trabajo, es despedido al día siguiente y como consecuencia se queda sin dinero y sin casa, y luego sin novia y sin futuro. El más afectado, probablemente, es su padre, a quien desde crío arruinó de todas las maneras posibles. Uno de los aspectos más divertidos es que, en cada capítulo, tenemos una dosis de mala leche (cuando, en flashback, nos muestran las locuras de Earl) y una dosis de buenas intenciones (el calvario que está dispuesto a pasar para devolver su dignidad y su vida a las personas a las que perjudicó).
Eso se completa con situaciones hilarantes y la compañía de estupendos personajes secundarios: Randy, su hermano, un muchacho no muy distinto de Forrest Gump, quien posee un modo de discurrir que suele salvarles la papeleta; una ex mujer dura y de barrio que tuvo dos hijos ilegítimos con Earl (uno, además, negro); el marido actual de ella, un camarero afro que vive con una sonrisa perenne en la boca; una hispana que limpia el motel donde se aloja Hickey; y un par de ladronzuelos. A ello debemos sumar las estrellas invitadas de algunos episodios, como Beau Bridges, Giovanni Ribisi o Juliette Lewis, y la banda sonora, con canciones de Lynyrd Skynyrd, George Thorogood, AC/DC, The Doors, Bob Marley, Creedence Clearwater Revival, Nilsson, Steppenwolf, Nancy Sinatra y Queen, entre otros.

sábado, julio 29, 2006

Talento, ambición y un poco de suerte

Así se titula el artículo sobre Raymond Carver de Revista de Libros.

Aprovecho para recomendar este suplemento, perteneciente al Diario El Mercurio, y el suplemento Radar Libros, del periódico Página 12. Ningún sábado me pierdo sus contenidos.

Estilo femenino (La Opinión)

Me fascina ese don que tienen casi todas las mujeres para que cualquier prenda u objeto les siente mejor que a todos los hombres. Lo llamo don, pero igual es una cualidad estética o, simplemente, un toque de estilo femenino. Vayámonos, para que ustedes comprendan lo que quiero decir, a una fiesta de Nochevieja, donde no faltan los disfraces, los matasuegras, los gorros de cartón y de papel y los afeites excesivos. Si un hombre (yo mismo, dado que ahora necesitamos voluntarios) aparece en la fiesta con un sombrero en la cabeza, ya sea hongo, de copa o de cowboy, entre el público que festeja suelen darse dos reacciones: uno, reírse de quien lo lleva; dos, hacerle fotos para que otro día él mismo vea lo ridículo que iba. Es posible que la idea de ponerse un sombrero para una fiesta sólo sea el enésimo intento de hacer el gamba. Ahora bien, en cuanto una mujer le pide el sombrero al voluntario y se lo pone, alrededor todo son parabienes, piropos masculinos y también femeninos, múltiples cámaras de fotos para que luego, ella, vea lo guapa que estaba. En las bodas y en las fiestas en las que los hombres llevamos corbata, en conjunto parecemos ejecutivos, tipos fríos y elegantes, pero estéticamente quedaríamos igual si nos sustituyesen la corbata por la soga. Cuando han corrido el champán y la alegría durante un par de horas, algunas mujeres toman prestadas esas corbatas y se las ponen. Y, oigan, no hay color. Aúnan elegancia con erotismo y una gota de vanguardia, ya que no se ajustan el nudo al cuello. No lo digo sólo yo, por ser heterosexual. Seguro que muchas mujeres me dan la razón.
Cuando la mujer se puso pantalón, el hombre supo de inmediato (exceptuando a los conservadores de siempre y a los beatos de turno) que le sentaba mejor que a él. Es una verdad descomunal, aunque en el fondo duela. No ha ocurrido así con la minifalda: a nosotros nos sienta como un tiro entre las cejas. Basta con ver a quienes se disfrazan de fulanas durante el carnaval (no olvidemos que, en carnaval, los caballeros no se disfrazan de damas, sino de meretrices). Y, ¿qué decir de la playa? En la playa, una chica en tanga es una diosa. Un tipo en tanga, en cambio, provoca deserciones masivas y gestos de repulsa. En cuanto las mujeres les ven el culo peludo al aire y la marcazón paquetera casi vomitan, las pobres. Un hombre que sujeta un revólver da una imagen de peligro y heroicidad; en una mujer sucede todo lo contrario, o sea, que no nos llega el peligro de la inminente matanza o del atraco, sino el peligro del morbo. Basta con ver las películas de cine negro, donde un asesino con pistola da miedo y una femme fatale empuñando una cuarenta y cinco nos embarga de cierto placer. O las gafas de sol que ocultan media cara. Con ellas puestas, un hombre parece un hampón con millones y una mujer parece una modelo en prácticas. Un millonario con un cigarro puro en los labios tiene pinta de ladrón, de vividor y de sinvergüenza, y una millonaria con el mismo vicio tiene aspecto de duquesa erótica.
Podríamos hablar de las pelucas. Si me pongo una peluca en una fiesta provocaré la hilaridad del personal, ya sea la peluca de buena factura o de imitación pobre. Si una chica se coloca la misma peluca sabrá cómo hacerlo, cómo llevarla, y en consecuencia le harán fotos y verterán en sus oídos el elixir del requiebro. Todos estos ejemplos pueden verse en las fotografías de estudio, en los reportajes de las revistas chic y de gran tirada, en los anuncios que van a la última: se contrata a una fémina, se la viste con aperos y trapos y adminículos de hombre y siempre sale como una reina. Y da igual de qué la vistan: de minero, de indio, de labriego, de pastor…