viernes, septiembre 13, 2024
Mercaderes del espacio, de Frederik Pohl y C. M. Kornbluth
No sé por qué no he leído antes esta inmensa novela, que va directamente a mi top de obras predilectas de ciencia ficción. Publicada en los años 50, me parece más actual que nunca: una sátira sobre el consumismo, la publicidad, el agotamiento de los recursos (los protagonistas quieren colonizar Venus para seguir explotando otros planetas), la esclavitud de muchos empleos y el modo de convencer al comprador para que el eslogan de cada producto se instale en su cabeza como un virus.
Atención al pasaje en que el protagonista (obligado a trabajar con la plebe tras haber vivido en uno de los escalafones más altos de la sociedad) descubre cómo lo endeudan con un contrato: cada paso que da y cada opción que elige, requiere a cambio un adelanto o un préstamo que no logra pagar por completo... pero esos pasos son necesarios para su supervivencia. Así que está atrapado, como esas prostitutas que siempre deben dinero y no pueden librarse hasta zanjar la deuda. En fin, la vida misma en clave de distopía. No os la perdáis.
[Minotauro. Traducción de Luis Domènech]
Aquí empieza nuestra historia, de Tobias Wolff
Hacía siglos que no leía a Tobias Wolff, de quien sobre todo os recomiendo la novela Vieja escuela, cualquier libro suyo de relatos y En el ejército del faraón (Vida de este chico me gustó menos de lo que esperaba, y curiosamente es el único libro de su obra que suelen reeditar en España).
Aquí empieza nuestra historia es una selección hecha por el propio escritor, que mezcla cuentos escogidos y cuentos inéditos (ojo, dado que es una selección faltan unos cuantos relatos importantes). Para mí es uno de los grandes, primero por cómo trata las relaciones y los conflictos entre las personas y segundo porque te mete en un paisaje y en un estado de ánimo con apenas dos pinceladas. Casi todos los cuentos son puras lecciones de estructura y narrativa. Para disfrutar con un maestro.
[Alfaguara. Traducción de Mariano Antolín Rato]
viernes, septiembre 06, 2024
El percherón mortal, de John Franklin Bardin
Uno de los mejores rescates del año. Cuando era chaval e iba con frecuencia a la biblioteca de mi ciudad, estuve dándole vueltas a los libros de John Franklin Bardin y leí alguno de ellos (no estoy seguro de cuál, puede que fuera El final de Philip Banter porque rodaron una película al respecto). Con los años y mi traslado a Madrid vi en las librerías de saldo varios ejemplares de Bardin, como fue el caso de los de otros grandes pero poco conocidos del género negro, y pienso en Marc Behm o Jerome Charyn, pero siempre aplazaba las compras. No sé por qué, pues en cambio sí fui pillando algunos títulos baratos de los otros dos autores. Supongo que las ediciones no me convencían. Ahora que Impedimenta, con su habitual edición exquisita, ha reeditado uno de ellos, me he apresurado a comprarlo y leerlo. Y espero que acaben rescatando los otros títulos de la trilogía (el mencionado Banter y Al salir del infierno).
El percherón mortal es una novela acojonante, llena de inventiva y de giros continuos e inesperados. Ninguna sinopsis le hace justicia porque caería en demasiados spoilers, y una de sus virtudes es cómo te sorprende en cada capítulo. Comienza, como es habitual en el género, con un tipo que acude al despacho de alguien… sólo que esta vez no es un detective privado sino un psiquiatra. El cliente quiere que le trate porque le suceden cosas tan extrañas que duda de su juicio. El psiquiatra, George Matthews, se implica hasta que se ve metido hasta el cuello en el caso.
No se puede contar mucho más. Mencionemos algunos de los elementos que conforman la novela: cicatrices, torturas, enanos, amnesia pasajera, caballos que cuestan una pasta, identidades perdidas o que se cruzan… Dos extractos:
-Puedo entenderlo perfectamente –dijo–. Como sabes probablemente, algunos criminólogos sostienen que muchas personalidades criminales pueden deberse a desfiguraciones físicas. Las cicatrices producen crímenes.
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Ahora sabía quiénes eran mis enemigos, aun cuando no supiera por qué eran mis enemigos.
[Impedimenta. Traducción de César Aira]






















