martes, septiembre 14, 2021
domingo, septiembre 12, 2021
Las setas y otros relatos de la Era Pulp, de Vicente Muñoz Álvarez
Para mí, la aparición de un nuevo libro de Vicente Muñoz Álvarez siempre es una grata noticia. Tanto en poesía como en narrativa o en ensayo, se trata de un autor que siempre habita en los márgenes de la industria literaria. Es alguien a quien no se puede comprar y que tampoco doblará el espinazo para meterse en una editorial gigante si las condiciones no le acomodan o van a convertirle en siervo del sistema. Eso implica, entre otras cosas, que sus textos no se acomoden a modas ni tendencias.
Las setas y otros relatos de la Era Pulp constituye un festival de guiños, homenajes y temáticas, un cúmulo de sorpresas siempre tamizadas por su particular visión y su estilo, que se nutren del cine de terror y la literatura underground, de lo incómodo y lo marginal, sin jamás olvidar sus referentes (Kerouac, Bernhard, Pavese, Fante, Burroughs, Blackwood, Poe, Céline…). La mayoría de los textos provienen de su época como colaborador en revistas y en fanzines: son, por tanto, cuentos libres de ataduras y de imposiciones. Varios de ellos ya habían aparecido en libros dispersos (por ejemplo, aquí aparecen algunos que ya estaban contenidos en El merodeador, quizá mi obra predilecta de Vicente); otros son inéditos. Y en todos se pasea por el lado oscuro del pulp: hay psicópatas, tipos que creen estar enfermos, solitarios insomnes, extraños monstruos que diezman tripulaciones, niños crueles, habitantes que oyen pasos en la vivienda…
José G. Cordonié apunta en el primer prólogo, muy acertadamente, que Vicente toma la tradición pulp y le da la vuelta, la reconstruye “con su propio estilo, con tramas o argumentos que tal vez hayas podido encontrar en otros libros o películas, pero no de esta manera, porque en estas páginas se presentan dados la vuelta, sin clichés, con distintos lenguajes y puntos de vista”.
Éste es un volumen para gozar, para volver a una época de cines de barrio, literatura de kiosco, cómics sangrientos y programas urdidos por Ibáñez Serrador: uno sale de él como de aquellas salas de sesión continua donde a veces estrenaban un raro programa doble con un filme de terror o aventuras de serie B y otro tan sólido como La naranja mecánica. Es decir: que uno se ha divertido, pero también ha reflexionado.
[Vérsatiles Editorial]
jueves, septiembre 09, 2021
Las Bellas Extranjeras, de Mircea Cărtărescu
Los escritores tienen sin embargo, a su disposición, los periódicos y las revistas y sus broncas se ven amplificadas a través de ellos hasta unas dimensiones grotescas. La regla principal que domina toda esta acumulación de odio, animadversión, venganzas y desprecio sonaría más o menos así: en el mundo literario se perdona casi todo, la falta de talento, la vileza, la hipocresía, la cobardía. Se consideran pecados humanos y son contemplados con tolerancia. Lo que no se te perdona jamás, a ningún precio, es el éxito.
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En el mundillo literario no importa quién seas o qué hagas, sino la forma en que apareces a ojos de los demás. Pero esta imagen, la mayoría de las veces grotesca, siempre falsa y ciertamente simplista, te la fabrican, minuciosamente, tus amigos y tus adversarios, a lo largo de una vida de convivencia. Los mediocres son los grandes vencedores en el capítulo de la imagen. Si oyes solo cosas buenas acerca de un escritor, si ves que todos lo quieren como a un hermano, puedes estar seguro de que nadie lo teme, de que todos le estrechan la mano para ser generosos con él pues, en cualquier caso, no representa un peligro. Los compañeros de profesión no se permiten nunca alabar a los que son mejores que ellos ni tampoco siquiera a los iguales. Por ese motivo, puesto que tienes también que alabar y no solo criticar si no quieres perder tu credibilidad, los alabados son elegidos con gran cuidado entre los inofensivos, entre los tiernos fabricantes de “sofisticados” destellos lingüísticos”, como decía Salinger, mientras que los verdaderamente buenos están rodeados por el famoso cordón sanitario: o bien no se habla sobre ellos en absoluto, o bien se habla mucho, pero a sus espaldas (que, como decía aquel: yo soy un hombre de una pieza, lo que tengo que decir lo digo a la espalda…), o bien se les somete –para que se les bajen los humos– a un encarnizado tiroteo de insultos tan pronto como uno los ve en el objetivo.
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La imagen de cada uno de negocia permanentemente entre grupos e individuos, como si todos tuvieran, para realizar tu retrato, un gran lienzo común donde cada uno contribuye con el contorno de las orejas, la forma de los ojos, el gesto de la boca, borrando lo que han hecho los demás, añadiendo líneas, manchas de color, hasta que la caricatura muestra toda su espléndida fealdad, una obra colectiva más expresiva de lo que tú hayas sido nunca. Todo es oral, fluido, turbulento, un tejido de cotilleos, rumores, calumnias y chismorreos que finalmente se parecen a ti tanto como se parece una muñeca vudú, esas que tienen tu cara y en la que tus enemigos clavan las agujas, haciéndote sentir pinchazos en el corazón y en el hígado.
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La ilusión más estúpida es pensar que la posteridad te hará justicia.
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Habitualmente, las cosas funcionan más o menos así: un autor escribe de forma excelente mientras es amigo de alguien. Cuando los amigos se pelean, empieza de repente a escribir mal. Cuando hacen las paces, ¡qué milagro! ¡Vuelve a escribir de maravilla, incluso mejor que antes! Así que oiréis siempre voces que alaban mis libros hasta un determinado momento, y que se lamentan después de mi decadencia actual.
[Impedimenta. Traducción de Marian Ochoa de Eribe]


























