lunes, noviembre 02, 2020
domingo, noviembre 01, 2020
jueves, octubre 29, 2020
Grandes esperanzas, de Kathy Acker
Me parece extraño que, en época de rescate y de reivindicación de autoras, una mujer tan rompedora como Kathy Acker continúe olvidada. O quizá no sea tan raro: sus obras se salen de los márgenes habituales, no contienen una trama al uso, utiliza en ellas las técnicas del cut-up a la manera de William Burroughs y logra una mezcolanza entre la cita, la reinterpretación de los clásicos, la ficción, la memoria, la pornografía y lo autobiográfico que deja perplejo y confuso al lector. Kathy Acker fue una escritora punk, revolucionaria y alejada de formalismos.
En España la empezaron a publicar en Anagrama: por casa tengo esas dos preciadas joyas, Aborto en la escuela y Don Quijote que fue un sueño. Años después, en la desaparecida Ediciones Escalera tradujeron El imperio de los sinsentidos. Y por fin, en este funesto 2020, la editorial Malas Tierras, acostumbrada al rescate y a la reivindicación (Robert Stone, Sara Gallardo, Leonard Michaels) pero también al descubrimiento de autores que aquí estaban inéditos (Chris Offutt, Claire Vaye Watkins, Pierre Guyotat, Ann Quin), nos trae Grandes esperanzas (precedido de un prólogo de Eileen Myles), que, como su título indica, parte del inolvidable clásico de Charles Dickens de título homónimo y lo deconstruye, lo altera y lo transforma a su antojo.
No es éste el lugar para contarles la vida de Acker… Pero aconsejo, a quienes tengan interés en su figura, que se dirijan al estupendo prólogo que Eloy Fernández Porta se marcó para la reedición de Aborto en la escuela: se puede leer completo en la web de Anagrama y es una guía adecuada sobre su obra; también Jordi Puntí escribió un breve y estupendo artículo sobre ella, hace un par de años. Con sendos textos se harán una idea de su calibre como escritora, de sus virtudes como mezcladora de brebajes literarios que confluyen en un cóctel explosivo.
En Grandes esperanzas Kathy Acker reinterpreta la novela de Dickens, pero la retuerce dolorosamente a su manera, la hace suya, la convierte en un delirio donde se conjugan los poemas, las cartas, las apropiaciones (ojo a los párrafos del Edén, Edén, Edén de Guyotat), los diálogos teatrales, los monólogos… Pip ya no es un personaje de una pieza, sino que se va convirtiendo en otros a medida que avanzamos en la narración: un niño, una mujer, un hombre, una niña… Saltos mortales entre la edad, el género y las identidades, saltos con pirueta entre el plagio y el dolor por el abandono de los padres. Veamos uno de los primeros párrafos:
Antes de que yo naciera, mi madre me odiaba porque mi padre la dejó (¿por quedarse embarazada?) y porque mi madre quería seguir siendo la niña de su madre en vez de ser mi madre. La imagen que tengo de mi madre es el origen de mi creatividad. Yo prefiero la palabra consciencia. La imagen de esa madre mezquina me está bloqueando la consciencia. Para adquirir una imagen distinta de mi madre, he de perdonar a mi madre por rechazarme y por suicidarse. La imagen del amor, hallada en uno de los grupos, es el perdón que transforma la necesidad en deseo.
Su madre como ser dañino, a quien odia y venera al mismo tiempo (Como odio a mi madre estoy dividiendo a las mujeres en vírgenes o putas… / Mi madre es la persona a la que más quiero), y su padre como representación de todos los hombres, a los que desea al mismo tiempo que detesta porque quieren herirla y no sólo causarle placer: Este es el sueño que tengo: huyo de unos hombres que intentan hacerme un daño irreparable.
Uno ama a Kathy Acker (aunque no siempre entienda su lógica narrativa) por párrafos como éstos:
No debemos avergonzarnos nunca de los sentimientos que nos hacen llorar, pues los sentimientos son la lluvia sobre el polvo cegador de la tierra: nuestros corazones duros y egoístas. Me siento mejor después de llorar: más consciente de quién soy, más abierta. Necesito muchísimo a mis amigos.
Ojalá Grandes esperanzas tenga cierto éxito y así en Malas Tierras puedan seguir publicando sus libros. Por cierto, la traducción del gran Ce Santiago vuelve a merecer un aplauso. Aquí va otro fragmento:
Todo el mundo me odia. Mi madre podría haber sido asesinada. Los hombres quieren violarme. Mi cuerpo siempre está enfermo. El mundo es el paraíso. El dolor no existe. El dolor proviene de la sesgada percepción humana. La de una persona feliz que no presta atención a sus propios deseos sino que piensa siempre en los demás. La represión provoca dolor. No tengo a nadie en este mundo. Todo acontecimiento está completamente separado del resto de acontecimientos. Si hay un número infinito de acontecimientos no relacionados, ¿dónde está la relación que posibilita el dolor?
Toda mi familia está muerta. No tengo ni idea de quién pretende hacerme daño y quién no.
[Malas Tierras. Traducción de Ce Santiago]
martes, octubre 27, 2020
Lo estás deseando, de Kristen Roupenian
Nuestro amigo vino la otra noche. Su horrible novia y él por fin habían roto. Era la tercera vez que lo dejaba con esa misma novia, pero insistía en que aquella iba a ser la definitiva. No paraba de dar vueltas por la cocina enumerando los diez mil tormentos y humillaciones insignificantes de los seis meses que había durado la relación, y mientras tanto nosotros asentíamos, nos mostrábamos preocupados y lo mirábamos con una expresión amistosa. Cuando se fue al baño para calmarse, nos desplomamos el uno sobre el otro con los ojos en blanco y simulando que nos ahorcábamos y nos pegábamos un tiro en la cabeza. Nos dijimos que escuchar las quejas de nuestro amigo sobre los pormenores de su ruptura era como escuchar los lamentos de un alcohólico sobre la resaca: sí, el sufrimiento era palpable, pero qué difícil es empatizar con alguien que desconoce hasta tal punto las causas de sus propios problemas.
[Del relato “Chico malo”]
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La película que él quería ver la proyectaban en el cine donde ella trabajaba, y por eso Margot le sugirió que fueran a verla al multicine de las afueras de la ciudad. Los estudiantes raras veces iban allí porque para llegar hacía falta coche. Robert pasó a recogerla en un Civic blanco embarrado; de los portavasos sobresalían numerosos envoltorios de chucherías. Al volante se mostró más callado de lo que ella hubiera esperado, apenas la miraba. No habían pasado ni cinco minutos cuando empezó a sentirse muy incómoda y, cuando entraron en la autopista, se le ocurrió que quizá la estuviera llevando a algún lugar para violarla y asesinarla. Al fin y al cabo, casi no lo conocía.
Justo cuando pensaba esto, él dijo:
-No te preocupes, no voy a matarte.
Y se preguntó si la incomodidad que se palpaba en el ambiente sería culpa de ella por comportarse con tanto nerviosismo y temor: el tipo de chica que cada vez que sale con alguien piensa que la van a asesinar.
-No pasa nada…, puedes matarme si quieres –dijo, y él se rió y le dio una palmadita en la pierna. Pero su silencio le seguía resultando desconcertante, como si se resistiera a todos sus entusiastas intentos de entablar algún tipo de conversación.
[Del relato “Un tipo con gatos”]
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Vale, esto pasó hace tiempo, cuando vivía en Baltimore y estaba jodidamente solo. Esta es mi única excusa, si es que tengo alguna: estaba en paro y alquilaba la habitación de un motel por semanas en la otra punta del país, muy lejos de toda la gente a la que conocía; vivía de las tarjetas de crédito y trataba de “descubrirme a mí mismo”. Con esto me refiero a que dedicaba la mayor parte del tiempo a estar colocado y borracho y pasaba dieciocho de las veinticuatro horas durmiendo.
En aquel momento, casi las únicas personas con las que hablaba con cierta regularidad eran las chicas que conocía en Tinder. Me quedaba en mi habitación bebiendo, viendo porno y jugando a videojuegos y de pronto me daba cuenta de que no había hablado con nadie de carne y hueso en una o dos semanas y de que, por supuesto, no había salido de la habitación ni me había cambiado de ropa ni comido algo que no viniera en una caja. Empezaba a deslizar el dedo por la pantalla en busca de una chica que me ayudara a volver a sentirme humano durante un tiempo.
[Del relato “Deseos suicidas”]
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Ella era de las que mordían. En la guardería mordía a los otros niños. Mordía a sus primos. Mordía a su madre. Con cuatro años iba a un médico especial dos veces por semana para “trabajar” en su afán canino. En la consulta del médico, Ellie hacía que dos muñecas se mordieran la una a la otra y después las muñecas hablaban de sus sensaciones al morder y ser mordidas.
[Del relato “Una chica de las que muerden”]
[Anagrama. Traducción de Lucía Barahona]
sábado, octubre 24, 2020
TerrorVisión, de Varios Autores. Edición de Jesús Palacios
Todo lo que incorpore el nombre de Jesús Palacios es sinónimo de garantía, ni lo duden: a ello contribuyen su estilo como escritor, su saber enciclopédico y sus muchas horas de cine y literatura. Con cierto retraso (2 años) he leído estos días, entre el placer y la devoción del fanático del género, su compendio de “Relatos que inspiraron el cine de horror moderno”, como indica el subtítulo. Estamos ante textos que él mismo ha espigado, y que previamente comenta para señalarnos sus orígenes, sus antecedentes y, lo que más nos importa en este caso, sus adaptaciones cinematográficas. El volumen va precedido por un prólogo de su cosecha, “Materiales oscuros. Sobre las raíces literarias del cine de horror moderno”, que es ya un prodigio de erudición y notable gusto por lo siniestro y lo perverso. Por si esto no fuera bastante, cada relato incorpora una nota explicativa en la que, como he indicado, nos sitúa en el contexto del cuento y en las posteriores adaptaciones (en algunos casos hubo varias, y a veces secuelas).
Si el lector de narrativa fantástica y de terror echa un vistazo al índice, comprobará que igual ya ha leído varios de los relatos, como me sucedió a mí con “El gato negro” de Edgar Allan Poe, “La pata de mono” de W. W. Jacobs, “Herbert West, reanimador” de H. P. Lovecraft, “Pesadilla a 20.000 pies” de Richard Matheson y “El Tren de la Carne de Medianoche” de Clive Barker, que (entre otras películas) fueron el material de partida de Historias de terror, Dead of Night, Re-Animator, un episodio de En los límites de la realidad y El vagón de la muerte. Pero no importa. Volver a leerlos es un auténtico placer: a menudo la relectura suele deparar mayores deleites cuando nos referimos a los clásicos.
Dicho esto, y sin que al lector le importe repetir en algunos casos, vamos con las numerosas sorpresas.
La primera de ellas es “Sawney Bean”, un relato anónimo basado en una leyenda escocesa que ha servido de fuente para filmes de temática caníbal: citemos, por ejemplo, Las colinas tienen ojos. Es admirable la carga de horror y de atrocidades que se concentran en un texto tan breve, (casi) tan retorcido como el perfil de algunos psicópatas de Twitter.
Para quienes adoramos la película homónima de David Lynch, el texto titulado “El hombre elefante” (un capítulo suelto de las memorias de Frederick Treves) también resulta glorioso, con las descripciones del entorno y los sinsabores que aquel individuo tuvo que tragar en su corta vida.
Menos amargo, pero más siniestro, es “El misterio de Islington” de Arthur Machen, que dio origen a una película que mi compadre Vicente Muñoz Álvarez lleva años recomendando y que, sin embargo, aún no he conseguido ver: El esqueleto de la Señora Morales; un cuento redondo y tan pérfido como el primer episodio de las Historias para no dormir del gran Narciso Ibáñez Serrador (recordemos: “El cumpleaños”); si lo cito es porque lo revisé hace unos días.
No me entusiasma el género de zombies (salvo algunos casos aislados: parodias, reinterpretaciones y cosas así) y por eso el relato de Alpheus Hyatt Verrill, “La plaga de los muertos vivientes”, me ha deleitado más que muchas de las películas de Fulci y Romero en las que influiría: en sus páginas confluyen diversos temas como el canibalismo, los doctores locos, los miembros cortados que adquieren vida independiente de los cuerpos a los que pertenecían…
Sin embargo, las mentes más crueles y retorcidas del género suelen ser las de los asiáticos. “La oruga”, el relato de Edogawa Rampo aquí incluido, es un paseo por el abismo del horror que supone volver de la guerra convertido en un tronco: un cuerpo sin brazos ni piernas, cuyo propietario además es sordomudo y regresó convertido en un despojo al que cuida su mujer, con la que mantiene frecuentes encuentros sexuales… En fin, algo asombroso y perturbador: como un cruce entre Freaks y El imperio de los sentidos.
Muy interesantes resultan los cuentos de los que (aunque no lo reconozcan en los créditos) picotearon los creadores de Alien: “Las criptas de Yoh-Vombis” (de Clark Ashton Smith) y “Oscuro destructor” (de A. E. Van Vogt), en los que encontramos momias gigantescas, civilizaciones alienígenas, ruinas que cobijan a criaturas parasitarias que se adhieren a las cabezas de los exploradores y monstruos que se esconden entre los pasillos de las naves. De los dos me quedaría con el primero: su lectura me ha hecho maldecirme a mí mismo por no haber comprado Hiperbórea, que sacó Valdemar en 2014.
Otras dos grandes sorpresas son los textos que inspiraron las películas La cosa de John Carpenter (no he visto la versión antigua) y Amenaza en la sombra de Nicolas Roeg (filme que me descubrió un colega hace no demasiado tiempo): “¿Quién anda ahí?”, de John W. Campbell Jr. y “No mires ahora”, de Daphne du Maurier. El primero es una novela corta, repleta de diálogos y de suspense, tan formidable como el largometraje citado. El segundo es más breve y, sin duda, uno de mis favoritos del libro: la historia de un matrimonio que viaja por Venecia tratando de aliviar el dolor por la muerte de su hija; allí encontrarán a dos videntes que juran ver el espíritu de la niña junto a ellos, y que les advierten: corren peligro y deberían salir cuanto antes de la ciudad. Para los despistados: Daphne du Maurier escribió Rebeca y el relato “Los pájaros”.
Supongo que muchos lectores del género conocerán “Del más allá”, de H. P. Lovecraft, pero yo no lo había leído. Lovecraft, bien traducido como aquí, siempre merece la pena. Al igual que Robert Bloch, el creador de Psicosis, con el relato “La calavera del marqués de Sade”, origen de un filme protagonizado por Peter Cushing y Christopher Lee que no estoy seguro de si vi en la infancia.
En suma, y para no agotar a las dos o tres personas que aún leen reseñas en estos tiempos de prisas, tweets y redes sociales: pillen este libro antes de que se agote; reléanlo, adórenlo, acarícienlo como si fuera el ídolo dorado de los hovitos cuando estaba en manos de Indiana Jones; regálenselo a los cinéfilos y/o a los lectores de raza: quedarán como caballeros (o como damas).
[Valdemar. Traducciones de Marta Lila Murillo, Mauro Armiño, Manuel Ortuño, José María Nebreda, Juan Antonio Molina Foix, Daniel Aguilar y Santiago García]
miércoles, octubre 21, 2020
Butes, de Pascal Quignard
Hay en toda música una llamada que yergue, una conminación temporal, un dinamismo que agita, que empuja a desplazarse, a levantarse y dirigirse hacia la fuente sonora. Butes es a la música (respecto de Afrodita) lo que Adonis a la caza (respecto de Afrodita). Estos dos héroes amantes de la diosa del amor responden a un deseo desconocido más vasto que el sexual que es la pasión exclusiva de Afrodita. Su deseo es más vasto que la reproducción social. De este modo se olvidan de Venus. Su búsqueda es periférica y claramente solitaria. Para el uno, es el encuentro con un jabalí. Para el otro, con un pájaro de mar.
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¿Quién tiene el valor de llegar hasta el final del mundo de la tristeza? La música.
Basta con consultar en el fondo de uno mismo la ternura inmediata que algunos sonidos que se siguen levantan de nuevo. Estos ritmos están ligados al corazón antes incluso de que el cuerpo conozca la respiración. Estos lazos no se desatan.
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Hay olvidados del recuerdo del mundo. Hay que ceder un poco de agua pura, es decir, un poco de lengua escrita, a los viejos nombres que ya no se pronuncian. Hay que inclinarse y exhumar las tumbas que se han perdido entre las hierbas y los siglos y las piedras. Hay que abrir un instante la puerta de un libro a estos héroes de la vida legendaria o a estos fantasmas de la vida histórica que han sido abandonados, bien porque sus ejemplos eran contrarios a la reproducción social, bien porque sus proezas despreciaban las elecciones estéticas más populares, bien porque su determinación contravenía los mandamientos religiosos que reúnen a las naciones en el vínculo poderoso de la guerra. Hay que dejar una silla vacía para los que han sido injustamente condenados al ostracismo. Hay que dejarles un poco de permanencia –un aumento de permanencia– en las “horas”, a pesar de los “milenios” que han desfilado ya desde su aparición. […]
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De pronto lo antiguo se precipita.
Lo antiguo cae de las nubes.
Es el rayo mismo.
El trueno es la voz de este animal enorme y extremadamente negro que se llama tormenta.
Los relámpagos saltan desde lo alto del cielo con el deseo de venir a tocar la tierra.
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La música comienza por murmurar al oído del que la ama y que se acerca al canto que le envuelve, donde consiente en perder su identidad y su lenguaje: Acordaos, un día, antaño, se perdió lo que se amaba. Acordaos que un día perdisteis todo de todo cuanto era amado. Acordaos que es infinitamente triste perder lo que se ama.
[Editorial Sexto Piso. Traducción de Miguel Morey y Carmen Pardo]


















