sábado, junio 13, 2020

martes, junio 09, 2020

Pura Vida / Ecuatoria / Peste & Cólera / Viva, de Patrick Deville



Pura Vida:

MANAGUA NICARAGUA IS A BEAUTIFUL TOWN

Esta frase, un poco absurda y ajena a cualquier realidad, se puede escuchar en una canción de la gran orquesta de Guy Lombardo, si se es un verdadero especialista en la música boogie de entreguerras.
Nicaragua estaba entonces ocupada por el ejército norteamericano, y puede que el país estuviera en vías de integración musical. Managua Nicaragua, para dárselas de Nashville Tennessee. En 1933, hostigados por la guerrilla del glorioso general Sandino, los marines volvían a hacerse a la mar. Y los Estados Unidos dejaban la gestión de sus salas de baile y de sus intereses, así como las sucias tareas correspondientes, en las buenas manos del general Somoza.
Algunos meses más tarde, en febrero de 1934, Somoza mandaba asesinar a Sandino.
Managua Nicaragua is a beautiful town, y la cortina de terciopelo rojo del gran music-hall de la historia se alza sobre un maestro de ceremonias de astroso traje y chistera, que acaba de prometer al público, bastón con empuñadura en mano, la maravillosa y terrible y sin embargo verídica historia de Nicaragua, mientras que la gran orquesta de Guy Lombardo se reúne detrás de él y afina sus instrumentos... Todavía se pueden escuchar algunos acordes de esa canción en El tercer hombre, de Carol Reed, por más que el filme, basado en una novela de Graham Greene, no tenga relación alguna con Nicaragua. Es otra orquesta la que lo toca al fondo de uno de esos bares de la Viena de posguerra, en la zona americana, delante de una pandilla de espías fumadores y depresivos.

[Anagrama. Traducción de José Manuel Fajardo]




Ecuatoria:

El lunes 2 de enero de 2006 la atmósfera resulta sorprendentemente clara y luminosa sobre el cabo Lopez, en la desembocadura del río Ogooué. La marea está baja. Hay avocetas que corren elegantemente sobre el espejo del limo en busca de moluscos y de otros diminutos restos, que parecen encantarles. A lo lejos se ven las maniobras de carga de los petroleros. Las rojas líneas de flotación se hunden, a medida que van llenándose las cubas, en las aguas intensamente azules de la terminal de Sogara.
Brazza sigue reposando en su tumba argelina.
Las dificultades –tanto arquitectónicas como diplomáticas– no paran de retrasar la construcción de su mausoleo a orillas del río Congo.

Hay materiales de perforación desechados o en desuso invadidos por la hierba. Algunos cocoteros. Atardece frente al Atlántico Sur, en la terraza de un establecimiento mediocre y barato que disfruta del privilegio, seguramente pasajero, de carecer de cualquier tipo de aparato musical. Lo regenta una muchacha tocada con un turbante, que permanece sentada muy derecha detrás de la caja registradora. Blande como un cetro una de esas raquetas eléctricas antimosquitos que están de moda en Gabón. Las alas chamuscadas y el cortocircuito provocan el chasquido de un destello violeta. Abro
L'Union, el periódico gabonés puesto a disposición de los clientes.

[Anagrama. Traducción de José Manuel Fajardo]




Peste & Cólera:

La vieja mano salpicada de manchas y con el pulgar amputado aparta el visillo de tisú. Tras una noche de insomnio, el alba bermeja, el címbalo glorioso. La habitación del hotel: blanco de nieve y oro pálido. A lo lejos, los travesaños de luz de la gran torre de hierro entre un poco de niebla. Abajo, el verde intenso de los árboles del Square Boucicaut. La ciudad está en calma en la primavera guerrera. Invadida por los refugiados. Esos que pensaban que su vida consistía en no moverse. La vieja mano suelta la falleba y agarra el asa de la maleta. Seis pisos más abajo, Yersin atraviesa la cúpula de cobre dorado y madera barnizada. Un cochero uniformado cierra tras él la puerta del taxi. Yersin no huye. Nunca ha huido. Este vuelo lo reservó hace meses en una agencia de Saigon.

Es un hombre que ahora está casi calvo, de barba blanca y ojos azules. Lleva cazadora, pantalón beige y camisa blanca con el cuello abierto. Los ventanales del aeropuerto de Le Bourget dan a la pista, donde se ve un hidroavión estacionado sobre sus ruedas. Una pequeña ballena blanca con un vientre redondo para doce pasajeros. La pasarela se apoya contra la carlinga por el lado izquierdo y eso es así porque los primeros aviadores eran jinetes, como lo fue Yersin. Él va a reencontrarse con sus pequeños caballos annamitas. Sobre los taburetes de la sala de espera se sienta un puñado de fugitivos. En el fondo de sus maletas, debajo de las camisas y de los trajes de noche, hay fajos de billetes y lingotes. Las tropas alemanas están a las puertas de París, pero esta gente, que observa el reloj de la pared y los que llevan en sus muñecas, es lo suficientemente rica como para no colaborar.

[Anagrama. Traducción de José Manuel Fajardo]




Viva:

Todo comienza y acaba con el ruido que hacen aquí los picadores de herrumbre. Los capitanes y los armadores desconfían de los marineros desocupados en los muelles. De ahí la pica, el bote de pintura y el pincel. El paisaje portuario es el de un filme de John Huston,
El tesoro de Sierra Madre. Grúas y pontones, puntales de carga y plataformas, palmeras y cocodrilos. Y el olor a petróleo y a suciedad grasienta, a brea y a alquitrán. Y una llovizna caliente que lo moja todo esta tarde, y la silueta furtiva de un hombre que no es Bogart, sino Sandino. A punto de cumplir los treinta, parece que tiene veinte; es frágil y de baja estatura. Sandino lleva atuendo de mecánico, con la llave inglesa en el bolsillo; comprueba que no le están siguiendo, se aleja de los diques rumbo al barrio de las cantinas, donde tiene lugar la reunión clandestina. Tras haber abandonado Nicaragua y corrido mundo durante bastante tiempo, el mecánico marinero Sandino deja su petate y descubre el anarcosindicalismo. Es obrero en la Huasteca Petroleum de Tampico.

Al fondo de los callejones del puerto se encienden las lámparas, los conspiradores se reúnen en la penumbra de una trastienda alrededor de Ret Marut, el más aguerrido. Éste ha llegado a México como fogonero a bordo de un navío noruego. Dice ser marino polaco o alemán, un revolucionario. Bajo la gorra proletaria se ve un rostro común, con un pequeño bigote que le da aspecto de anarquista de la banda del francés Bonnot. Al término de la Primera Guerra Mundial, Ret Marut participó en el intento de insurrección de Múnich. Condenado a muerte, desapareció y cambió de nombre con frecuencia, comenzó a escribir poemas y novelas, a combatir la soledad con el lápiz y a acumular cuadernos. Muy pronto enviará a Alemania
El tesoro de Sierra  Madre, cuya acción transcurre en Tampico, y que firma con uno de sus seudónimos: Traven. Utilizará decenas de ellos. Para la fotógrafa Tina Modotti, en México, él será Torsvan.

[Anagrama. Traducción de José Manuel Fajardo]

Trailer de Tommaso



Cartel de Bill & Ted Face the Music


Trailer de You Should Have Left


Peninsula: 3 carteles




viernes, junio 05, 2020

Bruce Jay Friedman (1930 - 2020)


Némesis, de Philip Roth



El primer caso de polio de aquel verano se produjo a comienzos de junio, poco después del Día de los Caídos, en un barrio italiano pobre que estaba en el otro extremo de la población donde nosotros vivíamos.

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-No soy médico, no soy científico. No sé por qué esta enfermedad ataca, ni creo que nadie lo sepa. Por eso todo el mundo trata de descubrir quién o qué es el culpable. Tratar de averiguar cuál es la causa para poder eliminarla.
-Pero ¿qué me dice de los italianos? ¡Tienen que haber sido los italianos!
-No, no, no creo tal cosa. Yo estaba allí cuando llegaron los italianos. No tuvieron ningún contacto con los niños. No fueron los italianos. Escuchen, no deben dejarse consumir por la preocupación ni por el temor. Lo importante es no infectar a los niños con el germen del temor. Vamos a superar esto, créame. Todos aportaremos nuestro granito de arena, mantendremos la calma y haremos todo lo que podamos para proteger a los niños, y saldremos de esto juntos.

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El boletín de la polio, que también emitía a diario la emisora de radio local, mantenía a los ciudadanos de Newark al corriente del número y la localización de cada nuevo caso en la ciudad. Hasta ese momento del verano, lo que la gente oía o leía nunca era lo que esperaba –que la epidemia estaba remitiendo–, sino más bien que el número de casos nuevos había vuelto a aumentar el día anterior. El impacto de las cifras era, naturalmente, descorazonador, aterrador y fatigoso, pues no se trataba de los números impersonales que uno estaba acostumbrado a oír por la radio o a leer en el periódico, esos números que servían para localizar una casa o registrar la edad de una persona o establecer el precio de unos zapatos. Aquellos eran los números aterradores que reflejaban el progreso de la horrible enfermedad y que, en los dieciséis barrios de Newark, se correspondían, en impacto, con las cifras de los muertos, heridos y desaparecidos en la guerra de verdad. Porque aquella era también una guerra de verdad, una guerra de matanza, ruina, desolación y perdición, una guerra con los estragos de la guerra: una guerra contra los niños de Newark.

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-Las cosas están mal, Eugene. La gente ha puesto el grito en el cielo. Están aterrados. Todo el mundo teme por sus hijos. Gracias a Dios que estás lejos. Los conductores de autobús de las líneas ocho y catorce no quieren ir a Weequahic a menos que les den mascarillas protectoras. Algunos no están dispuestos a ir de ninguna manera. Los carteros se niegan a llevar el correo. Los camioneros que transportan mercancías para los almacenes, las tiendas, las gasolineras, etcétera, tampoco quieren ir allá. Los forasteros pasan en coche con las ventanillas cerradas pese al calor que hace. Los antisemitas dicen que es por culpa de los judíos el que la polio se propague en esa zona. La culpa es de todos los judíos…, por eso Weequahic es el centro de la parálisis y por eso habría que aislar a los judíos. Se diría que algunos creen que la mejor manera de librarse de la epidemia de polio sería quemar Weequahic con todos los judíos dentro. Hay mucho resentimiento debido a las barbaridades que dice la gente a causa del miedo. Del miedo y del odio. Yo nací en la ciudad, y no había visto una cosa igual en toda mi vida. Es como si todo se viniera abajo.


[Debolsillo. Traducción de Jordi Fibla]

Cartel de Be Water


Banner de Days of the Bagnold Summer


miércoles, junio 03, 2020

Contar es escuchar, de Ursula K. Le Guin



La belleza siempre tiene reglas. Es un juego. Me molesta el juego de la belleza cuando veo que lo controla gente que gana fortunas sin preocuparse por los daños que causa a terceros. Lo odio cuando veo que provoca tanto malestar que la gente se mata de hambre y se deforma y se envenena. Buena parte del tiempo yo misma me pliego al juego en muy pequeña medida, al comprarme un nuevo lápiz de labios, al sentirme contenta con una blusa de seda nueva. No me volverá hermosa, pero es hermosa en sí misma, y me gusta llevarla puesta.

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La naturaleza transitoria de las comunicaciones de la Red alienta una libertad parecida a la de las conversaciones privadas. Las habladurías, el cotilleo, la grandilocuencia, las citas sin contrastar y las respuestas insolentes corren libremente por el ciberespacio, reduciendo las habilidades y/o los filtros que se consideraban necesarios para escribir ficción y textos basados en los hechos. El carácter cuasioral, seudónimo y transitorio de la escritura electrónica alienta a abdicar con facilidad de la responsabilidad que corresponde a la letra impresa. Pero puede que esa responsabilidad esté realmente fuera de lugar en la Red. Una nueva forma de escritura debe desarrollar su estética y ética propias. Eso está por venir.

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En una novela bien escrita hay gran cantidad de ritmos. Juntos, con sus contrapuntos y sincopas y ligazones, crean el ritmo de la novela, que no se asemeja a ningún otro, como los ritmos de un cuerpo humano crean con su interacción el ritmo singular de un cuerpo, una persona.

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La relación entre el escritor y el lector se ve como una cuestión de control y sometimiento. El escritor es El Maestro, el que domina, controla y manipula el interés y las emociones del lector. A muchos escritores les encanta esta idea.
Y los lectores perezosos quieren escritores dominantes. Desean que el escritor haga todo el trabajo mientras ellos se lo quedan mirando, como si de la televisión se tratara.
La mayoría de los best sellers están escritos para unos lectores dispuestos a ser consumidores pasivos. Con frecuencia, los resúmenes de la contracubierta del libro señalan la capacidad coercitiva y agresiva del texto: no podrás dejar de leer, te golpeará en el estómago, te electrizará, te volará la cabeza, se te parará el corazón. Ni que estuvieran hablando de tortura con electroshock.
Los tópicos acerca de cómo escribir provienen de la escritura de este tipo y del periodismo: "Atrapa a los lectores en el primer párrafo", "Sorpréndelos con una escena chocante", "Nunca les des tiempo para respirar", etcétera.

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Los escritores no escriben "para" nada, ni siquiera por amor al arte. Escriben. Los cantantes cantan, los bailarines bailan, los escritores escriben.

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Los escritores y profesores que anteponen el mercantilismo a la calidad degradan al escritor y su obra. Los talleres literarios que anteponen la comercialización y los contactos a la calidad degradan el arte.


[Círculo de Tiza. Traducción de Martín Schifino]

Lennie Niehaus (1929 - 2020)​


Cartel de The Last Days of American Crime


Cartel de Palm Springs


Jesús Pardo (1927 - 2020)


En Aleteia: Wendy



Cartel de Run with the Hunted