sábado, mayo 09, 2015

Cartel de Bone Tomahawk


Denis Johnson en El Cuaderno


Mi reseña sobre Sueños de trenes acaba de salir en 
el nº 68 de El Cuaderno.


London Has Fallen: primer cartel


Cartel de A Perfect Day


jueves, mayo 07, 2015

Sobrebeber, de Kingsley Amis


Yo ya había leído unos cuantos libros de Martin Amis (y espero leerlos casi todos: ahora mismo estoy terminando Experiencia), pero creo que no había leído ninguno de su padre: el igualmente prestigioso Kingsley Amis. El otro día compré sus Cuentos completos, en lujosa edición de Impedimenta y traducción de Raquel Vicedo, pero de momento he preferido empezar por Sobrebeber, magnífico y divertidísimo volumen que agrupa tres breves libros del autor que giran en torno al alcohol: Sobre el beber, El trago nuestro de cada día y El estado de tu copa.

Sobre el beber es un tratado exhaustivo sobre el alcohol: hay recetas de cócteles, formas típicas y diferentes de preparar tragos célebres, combinados que se inventaron el propio Amis y otros escritores, notas sobre la resaca, utensilios adecuados para el bebedor diario, guías para los compradores de vino, dietas para el beodo, anécdotas de la vida de Kingsley…

El trago nuestro de cada día es un compendio de los artículos y crónicas periodísticas que escribió en torno al alcohol. Él mismo advierte que hay temas e ideas que se repiten, pero en Kingsley Amis esto da igual porque siempre nos hace reír.

El estado de tu copa es una suma de cuestionarios sobre la bebida (usos, costumbres, clases de alcohol, datos históricos, cócteles, inventos…). Amis ofrece varias respuestas y el lector debe tratar de averiguarlas, de escoger la acertada. Las respuestas correctas se incluyen al final del libro.

Amis es el mayor experto que me he encontrado en la materia. Juraría que deja atrás a Charles Bukowski y a Ernest Hemingway. Fue una autoridad en la bebida. La mejor definición de la "resaca metafísica" (otra cosa es la "resaca física", con sus mareos y sus dolores de cabeza) es la suya:

Cuando esa mezcla de inefable de depresión, tristeza (no son lo mismo), angustia, desprecio de uno mismo, sensación de fracaso y miedo al futuro empiece a imponerse, recuerda que lo que tienes es resaca. No te estás poniendo enfermo, no has sufrido una leve lesión cerebral, no haces tan mal tu trabajo, tu familia y tus amigos no han tramado una conspiración de silencio a tu alrededor para que no descubras que eres un mierda, no estás viendo por fin cómo es realmente la vida y no hay por qué llorar por la leche derramada.

El libro contiene tanta sabiduría y tantos cometarios ácidos que constituye una diversión de principio a fin. Amis era un juerguista y un tipo mordaz, aunque su hijo sería aún más mordaz. Digamos que el padre tuvo una veta más humorística. Aquí va un ejemplo:

La Navidad es tradicionalmente un período en que nos portamos bien con nuestros semejantes y vamos por ahí repartiendo nuestra mejor voluntad. Pues bien, para ser amable con el prójimo necesito cuidar exquisitamente de mí mismo, y debo hacerlo dedicando particular atención a la esfera etílica. A tal efecto procuro acumular los pocos recursos básicos sin los cuales las santas pascuas serían una broma de mal gusto que me dejaría sin buena voluntad que distribuir.


[Malpaso Ediciones. Traducción de Ramón de España y Miquel Izquierdo]

Cartel de Irrational Man


The Lobster: 2 carteles



Hoy, en Madrid


Ant-Man: nuevo cartel


Ricki and the Flash: primer cartel


martes, mayo 05, 2015

Próximamente: Cuando Kafka hacía furor


De Anatole Broyard. En La Uña Rota.

Y el asno vio al ángel, de Nick Cave


Observé cómo aquellos hombres destruían sistemáticamente mi sendero personal. Y eran exactamente los mismos puercos que habían penetrado en mi ciénaga y asolado mi caverna hasta reducirla a cenizas. La misma canalla que había destrozado y aventado mis tesoros, todos los misterios que había amontonado, oscuras bolsas de maravillas acumuladas: antiguos caparazones, trémulos coleccionables emplumados, caja sobre caja de extraños y terribles secretos, huesos y picos quebradizos, ruidos atrapados, frágiles recompensas, aguas y glútenes, especímenes raspados tras toda una vida de existencia… todo lo que en algún momento había pensado, o hecho, o sido, estaba bajo tapa, tapón o cristal… todo lo que era yo… el esqueleto sobre el que colgaba mi pálida y pobre piel… desaparecido. Mi hogar, mierda, mis mismos huesos… desaparecidos. Pues en aquella violación arbitraria de mi ser, aquellos vándalos del alma se habían llevado consigo mi mismísimo pasado, mi historia… para dejar, en su lugar, una sombra. Un caparazón.


[Pre-Textos. Traducción de Javier Franco Aixela]

Trailer de Spike Island


The New Rijksmuseum: 2 carteles



lunes, mayo 04, 2015

El padre infiel, de Antonio Scurati


He aquí una novela muy actual, de un autor contemporáneo que nos habla de lo que significa ser padre a los 40 años, en un mundo metido de lleno en la crisis e inmerso en la pérdida de ciertos valores (el narrador y protagonista trata de explicarle a su padre por qué su generación es como es y por qué hay razones para el agotamiento… porque, entre otras cosas, no se han alcanzado las promesas que nos hicieron). Antonio Scurati, en un ejercicio que supongo que tiene bastante de autobiográfico, nos cuenta las tribulaciones de Glauco Revelli desde que él y su mujer deciden tener un niño, y todo lo que ello comporta: las clases de preparación al parto, el nacimiento del bebé, los años durmiendo poco, el alejamiento de la pareja desde el día que nace el hijo, el tiempo inolvidable que comparte con ese hijo (en este caso, una hija)… Unos fragmentos:

En ese momento, mi esposa Giulia y yo hacía ocho años que nos conocíamos; nos queríamos desde hacía siete (a decir verdad, siete yo y ella seis), llevábamos cinco de compromiso oficial, cuatro de casados, y hacía tres que éramos madre y padre de nuestra hija. Ahora, no obstante, ya no había nada que hacer. Todo había sucedido ya y habíamos fracasado en nuestra misión. En cuanto marido y mujer, ya no nos quedaba más que decidir si vivir o morir por algo en lo que, de todas formas, ya no creíamos.

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Un instante después de que tu prole haya llegado al mundo, pierdes el derecho a tu nombre y apellido. Todos cuantos gravitan en torno al núcleo del nacimiento –las comadronas, las enfermeras, los pediatras e incluso los otros padres– se dirigen a ti apostrofándote como "papá".

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Fumar está hasta tal punto prohibido que ya ni siquiera es necesario prohibirlo.

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Me refiero al método propuesto por un especialista catalán de fama mundial y por una brillante periodista, ofrecido en un librito titulado Duérmete niño, que promete resolver de manera sencilla y para siempre el insomnio de vuestro hijo. Un éxito internacional –lo veréis encabezando las listas de los libros más vendidos semana tras semana, mes tras mes, año tras año– seguido al pie de la letra por legiones de adeptos en toda Europa y América del Norte. Un pequeño libro exitoso para padres exitosos. Yo, sin embargo, al médico catalán y a su cómplice los aborrezco y los rechazo. Para mí son los nazis del sueño.

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El trauma funciona, no hay duda, pero precisamente por eso me mantendré fiel a la promesa: si mi hija llora quiere decir que sufre, y si sufre pondré fin a su sufrimiento. Ni siquiera el teatro del sufrimiento, ni su comedia bufa, carecen de su propio dolor secreto. Y, en consecuencia, calmaré el dolor, lo mitigaré como una divinidad airada. Tal vez temporalmente, tal vez haré que empeore, tal vez seré bálsamo, no cauterio, pero agarraré con los dientes los bordes de la herida y la coseré con los labios ensangrentados. Creo en el tratamiento, no en la curación. Soy un fracaso.
Y mi hija tiene que saber que si llora, su padre –este padre enfermo, esta madre fallida– no va a dejarla sola, no hasta que no exhale su último aliento. De mí por tanto no va a recibir ninguna crueldad funcional, ninguna sombra de abandono eficiente. Ya se ocupará de esto la vida, y pensará en ello la muerte. La mía, la suya, la de todos. Pero hasta entonces yo protesto. Y me resisto a ultranza a los nazis del sueño.

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Yo, ella, todos nosotros, asomándonos a esta nueva década, ya no esperábamos un ajuste de cuentas inminente, sino un lento y progresivo agotamiento. Cada uno de nosotros sabía que iba a ser más pobre, menos instruido, y estar más explotado, más desempleado que la generación anterior. En una palabra, ya no esperábamos nada. La primera década del milenio que comenzara con un apocalipsis político-religioso terminó con un apocalipsis económico. Hemos pasado en un fogonazo de la ley del profeta a la financiera, del síndrome del once de septiembre al del veintisiete de cada mes, de la hipoteca del terrorismo a la de la casa, de la ansiedad de la explosión al fantasma del desempleo. La década comenzó con los musulmanes y ha terminado con los chinos.

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Verás, papá, tienes que entendernos. Somos una generación despojada. No desilusionada, ni tampoco desencantada, porque nunca tuvimos tiempo para hacernos auténticas ilusiones ni para ningún encanto preliminar. Tenemos cuarenta años y somos adolescentes despojados. No seas severo con nosotros, papá. Lo que nos corroe es la discrepancia entre las expectativas largamente cultivadas por una infancia y una adolescencia saciadas y la realidad de un presente mezquino. Sufrimos el síndrome del pasado reciente. Hasta ayer, y durante toda la juventud, la vida parecía ir mejorando progresivamente. Luego, sin embargo, casi de repente, justo cuando llegábamos al culmen de la edad adulta, nos ha sorprendido una clara inversión de tendencia.


[Libros del Asteroide. Traducción de Xavier González]

Trailer de The Nightmare



Próximamente: Grimscribe


De Thomas Ligotti. En Valdemar.

Carteles de Terminator Genisys





The Fantastic Four: 4 carteles





jueves, abril 30, 2015

La furia, de Gene Kerrigan


He aquí otra sorpresa en el panorama de la novela de género negro. Sorpresa porque aquí no conocíamos al irlandés Gene Kerrigan, y porque su libro está ambientado en el Dublín contemporáneo, donde el narrador presta la misma atención a los policías que a los delincuentes, algo que me recuerda un poco al enorme Richard Price. El año pasado estuve en Dublín, de modo que algunos de los lugares que menciona Kerrigan los he conocido: pubs, edificios famosos, estatuas de celebridades…

Son 400 páginas, abundantes en diálogos, que el lector devora desde la primera frase. Kerrigan nos adentra en ese mundo que uno ni siquiera imagina cuando pisa Dublín, la ciudad de la música y los bares: ladrones que planean golpes más sofisticados, tiroteos con la policía, hombres asesinados en plena calle, cadenas de mando en las que comprobamos (como ya lo mostrara la serie The Wire) que la mierda siempre rueda hacia abajo… Aunque la cita que abre el libro pertenece a Raymond Chandler, hay algunos pasajes finales que me recuerdan a Dashiell Hammett y su clásico Cosecha roja: aquellos en los que el protagonista resolvía las cosas liando la madeja y haciendo ciertas trampas, soluciones que, en parte, son las que utilizará el poli principal, Bob Tidey, para poner orden aunque ello implique cargar su conciencia con la culpa. Y no digo más para evitar spoilers. Os dejo con unos extractos:

Bob Tidey se dedicaba al negocio del orden público, y cuando algo se iba a pique aparecían tipos duros y oportunistas, y alguien tenía que ponerlos en vereda. A él también le habían recortado el sueldo, pero podía soportarlo. Ya no tenía muchas necesidades.

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Quien no se arriesga no gana, era la opinión de Anthony Prendergast. De cada diez chivatazos que sigue un periodista, a lo mejor uno acaba siendo una noticia interesante. El resto… bueno, trabajas en un periódico, así que todo aquel al que le pica algo se cree que tú tienes que ir a rascarle. Algunos son personas decentes a las que las han jodido de verdad, y otros han emergido de la insondable ciénaga de la paranoia y la obsesión. El problema de las teorías de la conspiración es que cuando las rechazas, de inmediato se te acusa de ayudar a los conspiradores a eliminar la verdad. Y entonces tu nombre aparece en las páginas web, en la lista de los agentes de Satán.

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Tidey volvió a hablar con voz serena:
-En este país somos cojonudos a la hora de investigar lo que pasó hace mucho tiempo. Cada vez que algo nos incomoda, miramos hacia otro lado. Y cuando el hedor no desaparece, diez años más tarde, veinte, treinta, montamos una investigación, un tribunal, escribimos un informe que nadie lee, y punto final. A la hora de investigar el pasado, somos los primeros. Pero cuando algo ocurre, cuando necesitamos hacer algo, siempre hay alguien que nos dice que tenemos que ponernos el traje de patriota y callar la puta boca.


[Sajalín Editores. Traducción de Damià Alou]