Hace 18 horas
jueves, abril 30, 2015
miércoles, abril 29, 2015
El verano / Bodas, de Albert Camus
Albert Camus es uno de esos autores a los que procuro volver de vez en cuando. No sé dónde descubrí la referencia a este libro, una especie de compendio de varios artículos o varias crónicas (en la contraportada afirma que son cuentos; no es así, no creo que lo sean). Sí recuerdo que el escritor que lo citó mencionaba un breve texto de título hermoso, "Pequeña guía para ciudades sin pasado", que es una de las piezas de la primera parte, titulada precisamente "El verano". Probablemente lo leí en algún artículo de Enrique Vila-Matas, pero por desgracia no lo recuerdo con exactitud. El caso es que aquí encontramos evocaciones de infancia y de juventud, y sobre todo de paisajes que marcaron al niño y al joven que se convertiría en el hombre que escribió La peste. La edición que yo tengo es antigua, de Edhasa, pero parece que DeBolsillo lo ha reeditado. Cuatro fragmentos:
Las obras de un hombre representan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, pero casi nunca su propia historia, sobre todo cuando pretende ser autobiográfica. Ningún hombre se atrevió nunca a pintarse tal como es.
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Reconozco que constituye una gran locura, por lo demás casi siempre castigada, el volver a los lugares donde uno ha pasado su juventud y el pretender volver a vivir a los cuarenta años lo que uno amó o aquello de lo que uno gozó plenamente a los veinte. Pero ya sabía de esa locura.
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Para mí no hay ni uno solo de esos sesenta y nueve kilómetros de camino que no tenga recuerdos y no me produzca determinadas sensaciones. La infancia violenta, los ensueños de la adolescencia, las mañanas, las muchachas frescas, las playas, los jóvenes músculos siempre prontos a realizar su esfuerzo máximo, la ligera angustia del atardecer en un corazón de dieciséis años, el deseo de vivir, la gloria, y siempre el mismo cielo, a lo largo de los años, inextinguible de fuerza y de luz, insaciable él mismo, que devora una a una, durante meses, las víctimas que se le ofrecen en cruz sobre la playa a la hora fúnebre del mediodía.
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Ya no hay desiertos. Ya no hay islas. Su necesidad, sin embargo, se hace sentir. Para comprender al mundo es preciso a veces apartarse de él; para servir mejor a los hombres, tenerlos un momento a distancia. Pero, ¿dónde encontrar el lugar que la fuerza, la larga respiración necesitan, donde el espíritu se recoge y se mide el coraje? Quedan las grandes ciudades. Simplemente, aún se precisan condiciones.
[Edhasa. Traducciones de Alberto Luis Bixio, Jorge Zalamea y Aurora Bernárdez]
martes, abril 28, 2015
lunes, abril 27, 2015
Recuerdos, de Dazai Osamu
Pronto, reseña en Playtime. Y, como es habitual, unos extractos:
Ha sido gracias a la ayuda de los demás como he conseguido arreglármelas hasta ahora y es muy probable que las cosas continúen así en el futuro. Todo el mundo se ha preocupado por mí, mientras que yo me he pasado la vida como si nada. Me doy cuenta de que es muy probable que no tenga modo de devolver hasta el día de mi muerte, todas las deudas que he contraído con quienes me han ayudado, las obligaciones que les debo. Y eso duele. Han sido tantos los que me han ayudado, los que tanto han hecho por mí…
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Desde hacía un año, después de que mi casa de Tokio quedara arrasada por las bombas, vivía refugiado con mi familia en mi casa natal en la remota región de Tsugaru. Me quedaba todos los días dócilmente encerrado en la habitación del fondo. De vez en cuando, recibía la visita de tal o cual asociación para invitarme a pronunciar alguna conferencia o para participar en alguna reunión. Rechazaba las propuestas con el argumento de que seguramente encontrarían a alguien más apropiado que yo. Después bebía sake para dormir mejor y mi vida se reducía a la de un hombre retirado del mundo.
Antes de eso, durante los quince años que pasé en Tokio, frecuenté los locales más sórdidos de la ciudad donde se servía el peor alcohol. Me mezclé con bribones, maleantes, con gente despiadada. Por eso ya no me sorprendo cuando me cruzo con uno de ellos, pero aquel hombre me dejó atónito. Sin duda, algo había en él de extraordinario.
[Satori Ediciones. Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés]
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