jueves, julio 03, 2014

miércoles, julio 02, 2014

El mexicano, de Jack London


Uno de esos autores a los que uno regresa de vez en cuando y nunca pierden vigencia ni emoción es Jack London. Hace poco hablamos aquí de La fuerza de los fuertes, el relato que ilustró Mar del Valle y publicó Traspiés, y ahora es el turno de otro relato breve: El mexicano, con traducción de alguien cuyo primer libro también recomendé en este blog, es decir, Layla Martínez. El mexicano tiene 67 páginas y sólo me costó 3 euros, lo que considero una ganga en tiempos en los que algunos libros con la mitad de páginas cuestan el doble. Es un relato sobre la Revolución como trasfondo y el boxeo como escenario donde el protagonista se juega la piel, pero para mí es sin duda una historia sobre cómo algunas veces la rabia de los perdedores y de los desheredados acaba siendo más poderosa que el dinero, los chanchullos o la bota del poder. En este sentido, el protagonista me recuerda un poco al Paul Newman de la mítica Marcado por el odio, que vencía porque su odio interior estallaba a través de los puños. Gran cuento, ya digo, y además muy barato. Dos extractos:

Despreciaba el boxeo. Era el odioso juego de los odiosos gringos. Se había metido en aquello, dejando que le hiciesen picadillo en los entrenamientos, solo porque estaba muerto de hambre. El hecho de que estuviese asombrosamente dotado para el boxeo no significaba nada. Lo aborrecía. No había peleado por dinero hasta que entró en contacto con la Junta, pero entonces descubrió que era una forma sencilla de ganarlo. No era el primero que se descubría a sí mismo triunfando en una profesión que despreciaba.

**

Las armas estaban allí, delante de él. Cada uno de aquellos odiados rostros era un arma. Era por las armas por lo que peleaba. Él era las armas. Él era la Revolución. Luchaba por México entero.


[Piedra Papel Libros. Traducción de Layla Martínez]

Trailer de Cinemanovels



Indulgencia

En Madrid nunca es tarde.
No se logra la soledad totalitaria entre sus vecinos y sus calles.
Madrid es la amante de las tardes dulces y las lluvias cortas, las farolas naranjas, las terrazas pobladas aunque también es la puta de los bares abiertos y los consentimientos eternos, la puta que otorga ahogarse en alcoholes y en las sonrisas de nadie.
Por eso su indulgencia aplasta.
El tiempo en Madrid se dilata en el estrés del día y la estrechez de sus noches, y las semanas van pasando, dilatadas, con las mismas ansias intactas.
A la larga, nada se mueve. En brazos de la puta, uno no lucha.
Uno espera sin saber bien qué, pidiéndose otra caña, proyectándose en amigos y repitiendo una y otra vez lo que uno está a punto de hacer y nunca hace.
"Cuidado con la puta", pensé la otra noche en una de las tantas barras.
Y quise volver a enamorarme de la amante y la promesa de sus luces, y ser su amada digna, de palabras honestas y actos consecuentes. Deseé que me abrazara una vez más la rigidez de su amor noble y volver a ser merecedora de la historia de sus barrios y del paso de sus horas, azulejos, sillas viejas, desproporciones. Y ver en sus caras seres decentes, profundos, marcados, y regresar a la ciudadanía del sentido. Responsable.



Elisa Puerto, Sans Métrique

The Captive: 2º cartel


Paul Mazursky (1930 - 2014)


martes, julio 01, 2014

Hoy, en Gijón


Foxcatcher: 2º cartel


lunes, junio 30, 2014

Tengo una cita con la Muerte, de Varios Autores. Edición de Borja Aguiló y Ben Clark


Los editores y traductores de esta antología nos aclaran en la introducción el propósito de este libro: ¿Qué criterios ha seguido, entonces, esta selección? Por desgracia, sólo uno muy sencillo: todos los poetas que aparecen en Tengo una cita con la Muerte combatieron y murieron en la Gran Guerra, ya fuera en las trincheras o en el hospital. Así, lo que encontramos en dicha selección es un gran fresco sobre lo que ocurría en el barro, en las trincheras, en los corazones de los hombres que estaban a punto de morir y eran conscientes de ello. Algunos poemas funcionan como despedidas; otros, como paisaje de ese escenario bélico; otros, como epitafios por los compañeros ya caídos… Los poetas-soldados aquí reunidos supieron lo que era entrar en combate; no escribieron de la guerra sin haberla visto y padecido. El título, que proviene de un poema de Alan Seeger que colgaré aquí otro día, resulta perfecto. Vamos con dos ejemplos:

ANTES DE ENTRAR EN LA BATALLA

Por todas las glorias del día
y la fresca bendición de la tarde,
por ese último roce del sol que yacía
en las colinas cuando el día acababa,
por la belleza desbordada con esplendor
y las bendiciones recibidas sin cuidado,
por todos los días que he vivido
haz de mí, Señor, un soldado.

Por todos los miedos y esperanzas de los hombres,
y todas las maravillas que los poetas cantan,
las risas de los años despejados,
y cada cosa triste y adorable;
por las románticas edades atesoradas
con este esfuerzo suyo alto y noble,
por todas sus locas catástrofes
haz de mí, Señor, un hombre.

Yo, que en mi colina conocida
vi con ojos ignorantes
cientos de Tus atardeceres derramar
su fresco y bermejo sacrificio,
antes de que el sol oscile su espada de mediodía
debo ahora todo esto despedir;
por todos los placeres que voy a perderme,
ayúdame, Señor, ayúdame a morir.

WILLIAM NOEL HODGSON
escrito dos días antes de su muerte,
el 1 de julio de 1916

**

A MI HIJA BETTY

En días más sabios, mi querida flor, lanzada
a la belleza orgullosa, como era el orgullo de tu madre,
en ese deseado, retrasado e increíble tiempo,
te preguntarás por qué te abandoné, siendo mía,
y el querido corazón que era tu trono de bebé,
por jugármela con la muerte. Y, ¡oh!, te darán rimas
y razones: algunos lo llamarán sublime,
y otros lo declamarán con tono cómplice.
Así que aquí, mientras las dementes pistolas maldigan
por lo alto,
y los hombres exhaustos suspiren, con barro como
colchón y suelo,
sabe que nosotros, infelices, ahora con los muertos
infelices,
no morimos por una bandera, ni un rey, ni un emperador
sino por un sueño, nacido en la cabaña de un pastor,
y por la secreta Escritura de los pobres.

THOMAS MICHAEL KETTLE
escrito cuatro días antes de su muerte, 1916


[Ediciones Linteo. Traducción de Borja Aguiló y Ben Clark]

Dawn of the Planet of the Apes: 2º trailer


Guardians of the Galaxy: nuevo cartel


Sex Tape: 2º cartel


Trailer de The Internet's Own Boy: The Story of Aaron Swartz


Cartel de The Prince


viernes, junio 27, 2014

Lo poco que sé de Glafcos Zsarakis, de Vasilis Vasilicós


Cerca del final de esta extensa, política, metaliteraria, gran novela, el narrador explica sus intenciones:

Ya avisé desde el principio que no soy partidario de las biografías estáticas, que empiezan con el nacimiento del protagonista y concluyen con su muerte. Desde el primer momento, creo que dejé bien clara mi postura al respecto, recogiendo el material según me iba llegando. Así, el lector de mi estudio se convierte, en cierto modo, en mi cómplice y aliado, tropezando con los mismos escollos con que tropecé yo, sufriendo de las mismas repeticiones y viviendo, en general, una realidad no concretada desde la primera frase, lo cual supondría una estricta labor burguesa de preparación. No soy ni detractor ni defensor de ninguno de estos dos métodos, no sé cuál es el mejor. Me limito a exponer cómo trabajé yo.

A lo largo de 400 y pico páginas, Vasilis Vasilicós (autor de la célebre novela Z) reconstruye la vida del escritor Glafcos Zrasakis, pero, como en toda biografía, hay zonas grises, puntos que no logra aclarar (de ahí el título: Lo poco que sé…), y durante su escritura asistimos a su desarrollo, o a su "work in progress", como menciona la editorial en la solapa interior. Vasilicós trata de averiguar cómo y dónde murió Zrasakis: si fue en Berlín o si, como cuentan, se lo comieron unos caníbales en Papúa-Nueva Guinea. Este trabajo y esta búsqueda y esta recopilación de materiales le sirven de excusa al autor para trazar un recorrido político, literario e histórico por el siglo XX, cambiando de escenarios y de tiempos con la naturalidad del gran narrador. Pero hay algo que convierte al libro en un ejercicio de metaliteratura: en realidad Glafcos Zrasakis es una especie de álter ego de Vasilis Vasilicós, pero no son idénticos, con lo cual entramos en esa "novela de espejos" que tanto le gustan a Enrique Vila-Matas. También hacia el final, el narrador dice:

Mi hija, pues, me dijo abiertamente que, al no existir Zrasakis, por lógica yo debía de ser Zrasakis. El acuerdo que se establece entre el lector y el escritor se puede apoyar en dos presunciones: o bien Zrasakis realmente existió, en cuyo caso lo que escribo sobre él tiene la garantía de lo real, aunque sea en forma novelada, pero no es el caso, pues no hay una sola mención al nombre de Zrasakis en ninguna historia de la literatura; solo aparece el nombre de Lazaridis Marcos, autor de La cruz del sur y otras obras, pero que no tiene nada que ver con Marcos Lazaridis, el hermano de Glafcos que fue asesinado durante la guerra civil; o bien –segunda opción– Zrasakis nunca existió y lo creé yo a mi imagen y semejanza para poder expresarme más fácilmente, disfrazado de una tercera persona. Autodistanciado de mí mismo.

Pese a su extensión, en ningún momento el libro te agota. No cansa ni aburre, e incluso tiene bastante humor. A veces, eso sí, admito que me perdí un poco en los entresijos históricos y políticos de Grecia. Es, además, una "novela viajera", que transcurre en Berlín, en Atenas, en Nueva York… Muy recomendable, copio algunas frases que me han llamado la atención:

La izquierda le prometía un nuevo orden de cosas "futuro", pero de momento tenía que aguantar la explotación capitalista trabajando duro.

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"Las fronteras", escribe Zrasakis, "las fijan ríos, gargantas, barrancos. En las crestas de las montañas, en cambio, hay armonía".

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Porque solo cuando uno necesita de verdad al otro tiene sentido la coexistencia. Solo cuando uno no puede estar sin el otro se puede producir una unión para toda la vida. Solo cuando uno es incapaz de caminar sin el apoyo del otro hay comunión marital.

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Al contrario que la mujer europea, que tiene un solo marido en su vida pero atesora un buen número de aventuras eróticas, la estadounidense se casa muchas veces pero tiene el mismo número de experiencias que de maridos.

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¿No estamos diciendo siempre que el ser humano es un ser racional? Sí. Pero, al mismo tiempo, tenemos que tener en cuenta el factor tiempo. El tiempo es acumulación de un capital de frustraciones. Las frustraciones se traducen en odios y hostilidades, que en algún lado y en algún momento estallarán. Los odios y las hostilidades inconscientes son más peligrosos que los conscientes.

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Estamos en crisis. ¿No lo entendéis? El que la supere, será proclamado grande. Los demás dejarán tras de sí únicamente las huellas dispersas de su angustia.

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¿Así que eso era la vida? ¿Despertarse para ir a trabajar y después irse a dormir porque estuviste trabajando? Qué poco sentido tenía, ciertamente, todo eso; no definía más que la forma del vacío. Hasta los periódicos que leía le daban asco. Pero cuando no los leía creía que se estaba perdiendo algo que debía saber.


[Hoja de Lata. Traducción de Ángel Pérez González]

Good People: 2º cartel


The Expendables 3: cartel mexicano