sábado, septiembre 22, 2007

Fines de semana

El fin de semana pasado estuve en Zamora y alguien me preguntó con qué frecuencia solía regresar a la ciudad. Le respondí que una vez al mes. Y que, en realidad, me gustaría ir más a menudo. Por ejemplo, un fin de semana sí y otro no, como hacía en los tiempos en los que estudiaba en Salamanca. Me preguntó por qué, entonces, no iba más a mi tierra. Le dije la verdad, lo que ya he contado aquí más de una vez. Que el viaje desde Madrid es una paliza y el regreso es idéntico, o aún peor. Que en muy raras ocasiones tienes la suerte de tu lado y haces un viaje de dos horas y media. Lo mínimo suelen ser tres horas. De ahí para adelante. Te tropiezas con atascos para salir de Madrid y atascos para entrar en Madrid. Y eso no es lo peor. Lo peor es observar cómo conduce el personal. Jugándose el pellejo, caminando por el filo de la navaja a ciento treinta kilómetros por hora. Creyendo que son inmortales, que no les pasará nada. Adelantamientos suicidas, incumplimiento de las normas, coches que se pegan al culo del vehículo que tienen delante. Saliendo de Madrid, el pasado fin de semana, vimos un coche volcado. Con la policía alrededor. Estaba de lado, en la tierra de nadie que divide la autovía. Abollado, con los cristales rotos. Cuando pasamos ya se habían llevado, parece, al conductor y a los posibles ocupantes. Lo que ocurre es que, cuando le cuentas a alguien (que nunca hace el trayecto Madrid-Zamora) que ese viaje es una lata y que pierdes la tarde, ese alguien no suele creérselo. Siempre piensan que uno exagera. El último viernes logramos salir en torno a las cuatro de la tarde, creyendo que esa era la hora adecuada, el tiempo en que aún no habría tráfico. Pero había la misma caravana de coches que te encuentras a las seis o a las siete de la tarde.
Volvamos al principio. Insistiré en que me gusta ir a Zamora en fin de semana porque, saliendo de noche, me lo paso mejor en mi ciudad que en Madrid. Lo habré escrito veinte veces. Es una ventaja, créanme, moverte entre un montón de bares que distan apenas sólo unos minutos unos de otros (a veces ni eso: en Los Herreros tardas dos segundos en salir de un bar y entrar en el siguiente), sin recurrir a las caminatas, la búsqueda de un taxi o una parada de metro. Pero es que, además, el tamaño de la ciudad propicia los reencuentros nocturnos. Sales un rato y te acabas encontrando con quince amigos y con quince conocidos. Saludas, te paras, comentas la jugada. Charlas de esto y de aquello. Y así la noche va pasando. Lo que gusta de salir por las noches a unas cuantas personas (entre las que me cuento) es esa posibilidad: pegar la hebra, tener conversaciones con gente que igual no pensabas encontrarte, ver en unos minutos cómo nos va la vida a todos. Ya sé que en Madrid no es imposible esa situación. Pero para mí no es tan fácil. Para empezar, porque en la capital no tengo una vida social más allá de la que tengo con mis amigos zamoranos y sus parejas. Es decir: salvo ellos, no suelo toparme con nadie que conozca. Salvo una o dos amistades que, alguna vez, he visto en Malasaña.
Si el viaje fuera más corto, si no hubiese tantos atascos y tantos peligros añadidos, iría por Zamora casi todos los sábados. Aunque todos los sábados fueran iguales; y, aunque vaya una vez al mes, por cierto, siguen siéndolo. ¿Qué hice el último fin de semana allí? Más o menos lo de siempre. Cenar de tapas: patatas mixtas en el Tagore, montados de ternera con cabrales en el Kalima. Visitar algunos de mis garitos clásicos: Avalon, Park Life, etcétera. Lo de siempre, ya digo. Pero es que ese es el ritmo habitual de la ciudad. Parece que el tiempo no pasa.

viernes, septiembre 21, 2007

Paseos con Robert Walser, de Carl Seelig

Fragmento:
Habla con desprecio [Se refiere al poeta Robert Walser] del masivo reparto de premios literarios a principiantes, en boga hoy en día:
-Si los malcrían tan pronto, seguirán siendo niños eternamente. Para hacerse hombre se necesita sufrimiento, falta de reconocimiento, lucha. El Estado no puede convertirse en comadrona de los escritores.

Trailer de Southland Tales


A pesar de su reparto basura, tenemos ganas de ver esta película, el nuevo trabajo del director de Donnie Darko. Se acerca la fecha de estreno. El trailer: aquí.

Apenas tengo aliento

Apenas tengo aliento
para querer soñar otra vida
así,
atado
crudamente abatido sobre este palo
sobre el polvo,
y con este dolor de estar
royéndome,
como el zorro,
la pata prisionera.
Esto,
es claro como el agua,
duro como la piedra,
triste,
como saber que se muere la madre.
Justo Alejo, Desde este palo

De confesiones

La entrevista es un género periodístico escurridizo. Si se sabe ejecutar con maestría mejora el perfil del entrevistado. No pretendo decir que el entrevistado mejora como persona a nuestros ojos, a los ojos de los lectores y espectadores, sino que conocemos sus luces y sus sombras, sus matices y sus preocupaciones. Si se hace mal, lo que queda es algo parecido al churro. Un buen entrevistador es, me parece a mí, Juan Ramón Iborra. Compré hace unos años, cinco o seis o así, su libro “Confesionario”. Englobaba veinticinco entrevistas a escritores y un prólogo de Manuel Vázquez Montalbán. En la portada había una fotografía en sepia de una mano sosteniendo una pluma y escribiendo en un folio. En las primeras páginas constaba que el libro tendría una segunda parte: otras tantas entrevistas con otros tantos escritores. Lo leí, aguardé con ansiedad ese segundo libro y jamás supe del mismo. No lo encontré reseñado, no lo vi en las librerías. En suma, no tuve noticia de él y pensé que quizá no habían vendido suficientes ejemplares y que la continuación se había quedado en una caja, criando polvo en forma de manuscrito.
No es mi intención mencionar aquí la nómina de nombres que aparece en este primer volumen, porque se nos desbordaría el artículo; ya lo pondré, a su debido tiempo, en mi bitácora. El caso es que un par de semanas atrás me acerqué a la sección de saldos de una librería. Y allí, en medio de la morralla, encontré la segunda parte de “Confesionario”. Comprobé la edición: lo habían publicado sólo un año después que el primero. Lo vendían a unos cinco euros. Me lo llevé. Antes de empezarlo quise buscar el primer volumen, lo saqué de mi biblioteca y, para recordar, releí casi todas las entrevistas. Releí sólo aquellas que ahora me interesan.
Estoy por la mitad del segundo “Confesionario”. No conviene leer las entrevistas de golpe. Es un género que requiere ir despacio, un capítulo o dos al día, dependiendo de las ganas o el tiempo. Me parecen dos libros esclarecedores. Por supuesto, muchos de los narradores que salen no me interesan. No me interesa lo que escriban, pero sí lo que digan, porque Iborra sabe sacarle partido incluso a un tipo poco interesante. Hay, también, escritores de los que no he leído nada, pero me gustaron sus respuestas. Es el caso de Julian Barnes. Nunca he leído un libro suyo, y la entrevista es muy amena. Demuestra dos características propias del británico: flema e ironía. Barnes sabe, como sabe Martin Amis (también entrevistado aquí), que el mero hecho de ser escritor en Inglaterra ya supone que seas sospechoso y víctima de polémicas y acusaciones. Iluminadora resulta la entrevista con Ernesto Sábato, de quien yo veneré mucho “El túnel”. Pues bien, quizá a causa de la edad y de los achaques, Sábato aparece como un hombre olvidadizo, indeciso y torpe, triste y quejicoso, que no responde a la mitad de las preguntas, que vuelve loco al entrevistador, que no se entera de la vaina. Y es una pena porque, bueno, es Sábato, ya saben. Pero Iborra registra lo que aquel dice y hace. Las cuestiones planteadas a Günter Grass revelan que con “Pelando la cebolla” no es la primera vez que el alemán habla de su “vinculación con el nazismo en su juventud”. Hay personajes que me sobran, insisto, pero luego podemos encontrar en ambos libros a gente lúcida: James Ellroy, Seamus Heaney, Paul Bowles, Antonio Muñoz Molina, Sam Shepard, Paul Auster, Adolfo Bioy Casares o el ya citado Martin Amis, por mencionar unos cuantos. En breve aparecerá otro libro de confesiones que me interesa: una antología de entrevistas de The Paris Review.

jueves, septiembre 20, 2007

Subterráneos, de Vicente Luis Mora

Sería una lástima que este libro pasara desapercibido. Contiene relatos que a veces parecen ensayos y ensayos que cobran la forma de relatos. Tradición y vanguardias. Internet y Borges encerrados en sus páginas, por citar sólo un par de referencias. Ya lo advierte la nota inicial: "La estructura de este libro es carcelar; de cárceles circulares". Todos los personajes viven encerrados, asfixiados, con poco espacio para moverse: están en ciudades bajo tierra, o en prisiones, o en hoteles llenos de gente a la que nunca se ve por los pasillos, o aislados en su propia cabeza, o perdidos en un laberinto de hielo, o dentro de la red, en un sistema digital. Este es uno de esos libros que suponen aire fresco, pero que los críticos con abrigo que huele a alcanfor desterrarían de su biblioteca. Allá ellos.

El autor rompe los géneros, apuesta por relatos extraños (sirva de ejemplo ese breve cuento en el que sólo figuran los archivos de descarga del KaZaA, pero cuyos gustos retratan al personaje y elaboran el perfil del mismo), introduce recuadros a modo de post-it. Asomarse a estas historias encierra algo tenebroso. No son relatos de miedo, pero sí son muy inquietantes. Como escudriñar el fondo de una gruta sujetando sólo una cerilla.

Otro cartel de I'm Not There


Generaciones

Antes de morir, mi madre dijo mamá, ven
mientras me miraba sin verme;
yo dije mamá, quédate
abrazando su cuerpo diminuto
envuelto en pañales y olor a talco;
mi hija dijo mamá, no llores
y me acarició la cabeza consolándome.


Cuando mama murió, durante unos segundos
no tuvimos muy claros los lazos que nos unían,
no supimos quién se había ido
y quién se había quedado,
ni en qué momento de nuestras vidas
estábamos viviendo
o muriendo.

Ana Pérez Cañamares, Inédito

47

Los jóvenes marroquíes de mi barrio venden drogas. Necesitan llamar tu atención para que les compres. Te llaman continuamente. Te siguen durante unos metros. No te dejan en paz. Pero he aprendido que les revienta que no se les haga caso. Primero chistan: “Chist, chist”. Luego nombran la mercancía: “Costo, costo, hachís” o “Cocaína”. Llaman tu atención con insistencia: “Eh, tú”. Después, cuando ven desolados que ni siquiera les miras, pasan al insulto. Te llaman “Sordo” o “Primo” o “Cabrón”. Uno pasa de largo, no les mira, no vuelve la cabeza, efectivamente se hace el sordo. Y les hierve la sangre. Así es como uno triunfa sobre ellos. Ignorándolos. Si ignoras a un hombre, le habrás herido.

La situación no ha cambiado

Me ha llegado un correo electrónico del movimiento vecinal de mi barrio, o sea, Vecinos de Lavapiés. Se quejan porque la situación continúa siendo la misma. Antes del verano se habló largo y entendido (también aquí, en este rincón) del “Plan de Actuación Lavapiés”, mediante el que la policía y el Ayuntamiento preparaban un paquete de medidas para erradicar la delincuencia, la venta callejera de droga, las reyertas diarias, la suciedad de las calles, la indigencia, el deterioro gradual del espacio público. Se suponía que, en unos meses, las cosas iban a cambiar. Nada ha cambiado, sin embargo. Todo sigue igual. Tras el paréntesis del verano la gente ha vuelto a sus casas, a su barrio, y descubre que aquello eran promesas de humo. Es lo habitual: en los Ayuntamientos se promete mucho en temporada de elecciones, que es cuando el kilo de promesas sale barato y los responsables públicos se llenan la boca aceptando propuestas e iniciativas y jurando que van a resolver denuncias y problemas. Pasan las elecciones y, lo de siempre: si te he visto no me acuerdo.
Echando un vistazo al blog que los vecinos mantienen en la red, he leído una frase que antes, hace unos meses, se me había pasado por alto. Al parecer, el Jefe de la Policía Local, máximo responsable de ese “Plan de Actuación”, dijo que la presencia policial se había incrementado en la zona, pero que el plan “debe ir ajustándose en semanas sucesivas en función de las denuncias de los vecinos”. Denuncias de los vecinos. Es decir, que son las denuncias las que contribuirían a que dichas actuaciones fueran más contundentes. O, al menos, yo lo entiendo así. Sin embargo, a nadie le gusta andar denunciando. A nadie le gusta estar llamando cada noche a la policía porque acaba de presenciar una pelea brutal justo en el portal del edificio en el que vive. A nadie le gusta ser el chivato, por decirlo así. Cada ciudadano sabe de sobra que eso supone, al fin y al cabo, meterse en problemas. Lo que trato de decir es que no debería mandarse a la policía a patrullar el barrio en función del número de denuncias.
Que las cosas no han cambiado lo veo a diario desde que regresé tras el verano. Las broncas nocturnas de los camellos, que no suelen pegarse puñetazos, pero que, ya lo he comentado en más de una ocasión, gritan mucho, dan patadas a los coches y a las papeleras, vuelcan los contenedores, detienen el tráfico y cosas así. Una noche vi que un tipo había salido de su vehículo y estaba discutiendo con otro, o a punto de pegarse. Detrás de él se formó una cola de coches, los conductores no podían pasar y empezaron a aporrear el claxon. Eso, a las once de la noche, créanme que molesta un poco. En el escalón exterior de mi portal no es raro tropezarse con un hombre y una mujer, o con dos hombres, que se preparan una raya o un chino o lo que sea, y lo dejan todo perdido: el escalón y la acera lleno de papel de plata, de bolsas de basura, de colillas, de botellas vacías. Los alcohólicos de la plaza siguen durmiendo a la intemperie, entre colchones viejos, cartones y trapos. Pero la delincuencia y el menudeo de droga no son los únicos problemas. Porque está la suciedad. En las aceras y en el asfalto siempre se ven bostas (no siempre de perro, me temo), ríos de orín, muebles desportillados, botellas y envoltorios, adoquines rotos, papeleras volcadas. He visto cómo limpian las calles: simplemente, les dan un manguerazo. Y ya está. Pero la mierda, la roña, no sale sólo aplicando agua. Hay que frotar. Por eso me río cuando veo el lema de “Madrid limpio es capital”. Y están los policías: jóvenes y preparados, pero a los que supongo cansados de venir aquí a solucionar papeletas y a enfrentarse con la chusma.

miércoles, septiembre 19, 2007

Afterpop, de Eloy Fernández Porta

Eloy Fernández Porta ha escrito un libro que aúna pop y filosofía. Con un saber enciclopédico y un dominio natural para el análisis maneja autores, títulos y propuestas y los baraja de manera asombrosa, ofreciéndonos un juego en el que el lector se ilustra y se entretiene al mismo tiempo. De Afterpop. La literatura de la implosión mediática dijo Vicente Luis Mora que era "un libro denso, ambicioso y sugerente". Así es. Quizá quienes no conozcan los temas analizados se pierdan un poco, pero saldrán beneficiados porque se aprende mucho, y porque refresca que alguien, en el panorama literario español, sepa combinar el cómic, la filosofía, Julián Ríos, Los Simpson, Ray Loriga y Javier Marías, el ciberpunk, William Burroughs, la leyenda de las camisetas, la Coca-Cola, Baudrillard, Daniel Clowes... Eso sí, se echa en falta un índice onomástico.

Mañana y pasado, en Madrid



El Dorado

Volví a ver El Dorado (la buena, la de Howard Hawks, no el peñazo que hizo Saura), y me sigue entusiasmando. La entereza de John Wayne, hábil con el rifle, el revólver, el caballo, los enemigos y las mujeres. El arrojo de un jovencito James Caan que se tira de cabeza al peligro, aunque no sepa disparar. La veteranía irónica del viejo Arthur Hunnicutt. Y, sobre todo, ese inmenso Robert Mitchum cuyo personaje pasa por una etapa de sucio alcohólico con una vis cómica que pocos duros han tenido en una pantalla. Diálogos ágiles, contundentes, marca Hawks. Dijo Tarantino en una entrevista que ninguna película de Howard Hawks le aburría. Le damos la razón.

El cansancio del héroe

Cuando en Hollywood necesitan el auxilio económico que reportan las secuelas de las películas de acción y aventuras, pero la cuerda no da más de sí, entonces apelan al cansancio del héroe. Dado que no hay actores nuevos, jóvenes y significativos en el cine de tiros y explosiones, es más rentable (y depara más calidad) acudir a las viejas glorias para contarnos que siguen dando caña, aunque peinen canas, exhiban las primeras arrugas y empiecen a envejecer. Y, que conste, a nosotros en tanto que espectadores nos parece muy bien. Mejor un héroe maduro y algo cascado que no un yogurín que no soporta dos puñetazos en las costillas.
En “Die Hard 4.0” (aborrezco esa traducción de “Jungla de cristal”), el John McClane de Bruce Willis es un tipo que empieza a envejecer. Ha abandonado sus viejos hábitos: el tabaco y el alcohol. Lleva la cabeza pelada porque se ha quedado calvo y, además, porque los calvos están de moda. Es más grande, más voluminoso, pero demuestra que aún está en activo, que puede prepararlas pardas aunque sea con la ayuda del ordenador (y esto último posee doble sentido, si han visto la película: a McClane lo acompaña un actor joven, sangre nueva, que se dedica a los ordenadores, lo cual conecta con el público cachorro; pero también abundan las escenas en las que la acción está hecha por ordenadores). Nos gusta McClane. Ya nos gustaba cuando era joven, chulesco, fumador y borrachín. Pero la madurez le ha sentado bien. Cuando un héroe ha envejecido, y soporta como puede los golpes y las carreras, se vuelve más creíble porque resulta más humano. La escena clave de esta cuarta parte de las aventuras del policía se encuentra en el desencanto del protagonista. Cuando dice que no le gusta ser un héroe. Que a un héroe le dan una medalla, un par de palmaditas en la espalda y luego se olvidan de él. El cansancio, en este caso, más que en los dolores de espalda y el lumbago o las arrugas, se manifiesta en ese monólogo de McClane.
En la cuarta parte de “Arma letal” sucedió lo mismo. Tras el impacto de la primera película con un policía loco y suicida que se contrapone a un sargento viejo y extenuado empezaron a darle un toque de comedia (en la segunda y en la tercera parte), para luego, en el cuarto y último capítulo, añadirle cansancio y madurez a Martin Riggs, o sea, Mel Gibson. Aunque aún se jueguen el pellejo en cada escena, ese cansancio implica ciertos cambios hacia la madurez: Riggs decide tener un hijo y ya no fuma ni trata de suicidarse; McClane ha dejado, también, el tabaco y el alcohol, y empieza a preocuparse más que nunca por la relación con su hija. Pero este tipo de personaje, el héroe de acción que envejece y está cansado, no es nuevo. Está el western crepuscular. Y el propio Gibson había dado un apunte en el tercer “Mad Max”, con un personaje de sienes plateadas, que ha dejado de ser tan duro, que no es tan efectivo en la lucha (recurre a trucos para ganar a sus enemigos, como cuando usa un silbato para derrotar a su oponente de la Cúpula del Trueno), y que incluso se molesta en ayudar a unos críos. Cuando Hollywood recurre a la vejez del héroe, siempre le añade una pizca de comedia. No ocurre así en Europa, donde, por lo general, los héroes ya están cansados en la primera película e incluso son pesimistas. Véanse películas de policías europeos. Los personajes de Sylvester Stallone también han envejecido: “Rocky Balboa” y “John Rambo”, a punto de estrenarse. Pero dudo que su nuevo Rambo tenga humor. Es presumible que, en “Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull”, esa fatiga cómica del héroe sea una de las claves.

martes, septiembre 18, 2007

Poesía completa, de Tonino Guerra

Debo el descubrimiento de este libro a David González. Y luego a Ana Pérez Cañamares, que colgó varios poemas en su blog. Como he leído en alguna parte, es una pena que este poemario no haya encontrado apenas un hueco en la crítica cultural. No lo respalda una editorial grande, ya saben.
Tonino Guerra es el nombre que hay detrás de los guiones de un montón de clásicos del cine europeo: películas de Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, los hermanos Taviani, Francesco Rosi, Vittorio De Sica, Theo Angelopoulos... Esta edición cuenta con prólogo, notas y traducción de Juan Vicente Piqueras, y desde aquí aplaudimos su labor.
Los poemas de Guerra suelen transcurrir en un entorno campestre, en casas donde las arañas tejen sus "embudos de seda", el sol se filtra por las grietas, los gatos se suben a los árboles, las mariposas siempre están presentes. Es un canto a las poblaciones rurales, y a su abandono por parte de los habitantes. Una celebración serena y sutil de la vida y del aire libre. Es un libro que gustaría mucho a Julio Llamazares. Tonino Guerra cuenta numerosas historias, también, de condes, de hermanos que viven juntos, de iglesias abandonadas, de viajeros que quieren ver el mar, de hombres que luchan por su huerto. Dejo aquí uno de sus poemas:
LA MUERTE
Yo si pienso en la muerte
me muero de miedo
porque al morir se dejan demasiadas cosas
que después ya no vuelves a ver nunca más:
los amigos, los parientes, los árboles
del paseo que tienen ese olor
y toda la gente que has visto
aunque sea una sola vez.

Yo quisiera morirme en el invierno
mientras llueve
en uno de esos días que se hace de noche pronto
y por la calle los zapatos se te llenan de barro
y la gente se encierra en los cafés
alrededor de la estufa.

Música de trailers

Seguro que alguna vez te ha ocurrido. Ves un trailer y te engancha el tema instrumental o la canción que suena de fondo. Luego vas a ver la película y no sale ese tema o esa canción. Y suele ser porque casi todos los trailers usan música de películas más viejas. Así que te vuelves loco tratando de buscar determinado track.
En SoundtrackNet hay un apartado (Resources) con una amplia lista de trailers e indican qué temas y canciones contiene cada uno. Por ejemplo, podemos comprobar que el tema principal de Stargate, de David Arnold, ha sido utilizado ya en 20 ocasiones. Su puesto, sospecho, será ocupado por la BSO de The Fountain, de Clint Mansell, que ya he escuchado en los cines dos o tres veces. El link directo: aquí.

46

La receta infalible para que llenen una mesa de novedades con los libros de un escritor es morirse. Unos días después de su fallecimiento, encuentro en La Casa del Libro, en El Corte Inglés y en Fnac los libros de Francisco Umbral, antaño relegados a polvorientos rincones, a oscuros almacenes y a librerías de viejo. La muerte y el marketing son amigos inseparables.

Un circo mediático

No entiendo la repercusión del famoso caso de los McCann. Ella, por cierto, es una fotocopia inglesa de Melora Walters, actriz que interpreta a la chica que en “Magnolia”, de P. T. Anderson, se enamora del policía. No entiendo que se les esté prestando tanta atención. Hace unos días estuve viendo un telediario y un alto porcentaje del mismo estaba dedicado al caso. Tras hablar del tema, a continuación dieron otras noticias con muertos de por medio: casos de maltrato y asesinato, misteriosas desapariciones, homicidios callejeros y cosas así. Le dedicaron apenas unos segundos a cada uno. Los señores McCann han montado un circo mediático y nosotros les seguimos el juego. Copan los medios, copan las conversaciones, copan las bitácoras y los foros. Incluso interesan a los medios del corazón. Parece como si Madeleine McCann, ese ángel rubio de mirada donde se resumen la pureza y la inocencia, fuese el único caso de niña desaparecida y probablemente asesinada. La historia de la niña, de los padres que lloran pero también resultan ser sospechosos, vende. Vende periódicos, ocupa el segmento principal del tiempo de los telediarios. Es un circo. Un circo creado, no lo olvidemos, alrededor de la desaparición de una criatura. Quiere decirse que a estos temas no se les debería dar tanta publicidad, y menos si ha sido orquestada por sus padres y por los asesores de imagen.
En la prensa abundan los casos de desapariciones y de asesinatos sin resolver. ¿Cuántas veces hemos visto, caminando por las calles de nuestra ciudad, esos retratos donde aparece la foto de alguien debajo del lema “Desaparecido”? ¿Cuánta gente desaparece cada año? ¿Por qué no se monta el mismo tinglado? Porque los padres han organizado un circo, ya digo. Han cebado un anzuelo y nosotros lo hemos mordido. Basta con molestarse un poco y escudriñar los periódicos. Casos más horribles que el de Madeleine se leen todos los días en la prensa. Auténticos rompecabezas para los detectives y los investigadores, pero a los que no se confiere tanta publicidad. Pongamos el juicio de ese ruso que imaginaba que cada cuadrado del tablero de ajedrez correspondía a una víctima. Mató a unas sesenta personas y se quedó tan ancho. Lo acusaron de haber matado a cuarenta y nueve personas y él dijo que no, que no era así, que su currículum de psychokiller era más contundente, y alegó tener a sus espaldas sesenta y dos cadáveres. Pero no se le ha dado la misma publicidad que a los McCann porque no se trata de un señor con el glamour de los McCann. Y ni siquiera es necesario que nos vayamos tan lejos. Miren, por ejemplo, el caso de Susana Acebes, asesinada en Zamora hace ahora unos siete años. Aún no se ha encontrado al culpable o a los culpables. No se ha resuelto.
El asunto ha llegado tan lejos que incluso se elaboran encuestas para que los ingleses digan si creen que los McCann de marras son inocentes o culpables. Como si fuese el pueblo quien debe decidir, y no las pruebas, las investigaciones, las evidencias, los juicios. En un periódico decían que algunos analistas han calificado a esta cobertura mediática de “Pornografía trágica”. Insisto: cada día se esfuman personas, y muchas de ellas son niñas, cada día desaparecen y mueren un montón de pobres diablos, pero no se les da tanta cancha porque son eso mismo, pobres diablos, porque sus padres o sus parejas carecen del glamour de los McCann, de su habilidad para la promoción, de su ansia por aparecer en la tele. El dolor suele, y debe, sufrirse en silencio. Nunca ante las cámaras.

lunes, septiembre 17, 2007

Resumen

Las navajas duelen;
los ríos mojan;
los ácidos manchan;
y las drogas dan retortijones.
Las pistolas son ilegales;
las sogas fallan;
el gas huele fatal;
mejor es que vivas.
Dorothy Parker, Al diablo con el amor. Poemas para arreglar un corazón roto

Citas. 54

No, Zamora no se ha perdido en una hora. Pero sí se ha perdido en años y más años de cercos, de olvidos de sus posibilidades, de murallas de silencio para sus necesidades, de portillos por donde se han traicionado sus bienes y haciendas más comunes y por donde ha ido exportándose la flor de sus habitantes. Ni Peñatajada ni Duero han servido ya para contener tanta hemorragia. Los cercos actuales son de estructura más sutil: van por dentro.

Justo Alejo, Prosa errante