martes, septiembre 05, 2006

Libro: Vieja escuela, de Tobias Wolff


Esta es la portada del libro del que hablo en el artículo de abajo.
Menuda prosa la de Wolff, qué maestría y qué pureza al narrar...
Argumento, entrevista con el autor y primeras páginas en pdf, aquí.

Vieja escuela (La Opinión)

Algunos muchachos, cuando empiezan a escribir sus primeros cuentos y sus primeros poemas, se aventuran en un borroso camino de desorientación. No saben qué deben hacer, no saben a qué maestros imitar y, sobre todo, necesitan una maleta repleta de consejos que nadie les da respecto a la literatura. Es entonces cuando unos cuantos se deciden por las escuelas de escritura, o se compran manuales donde presuntamente les guían en aspectos como el estilo, el tiempo, el punto de vista. Allá cada cual, pero yo no los aconsejaría. Uno aprende a escribir, o al menos a encontrar su propio camino, de dos únicas maneras: leyendo mucho y escribiendo mucho. Pero sí aconsejaría, amén de otras muchas lecturas, la soberbia novela autobiográfica de Tobias Wolff, “Vieja escuela”. Me la habían recomendado un par de personas y resulta cierto cuanto me dijeron: es una maravilla. Su autor cuenta con algunos prestigiosos libros de memorias como “Vida de este chico” y “En el ejército del faraón”; el primero aún no lo he leído, pero sí el segundo, y cuenta la intervención del autor en la guerra de Vietnam. Pero, sobre todo, Wolff es autor de cuentos: entre otros, los de “De regreso al mundo” y “Cazadores en la nieve”. Es uno de los mejores cuentistas norteamericanos, con influencias de Raymond Carver, J. D. Salinger o Ernest Hemingway. Pero él no se erige en una mera imitación: está a la altura de sus maestros.
En “Vieja escuela” entramos en uno de esos colegios para pijos de los años sesenta, en el que el narrador y protagonista se siente fuera de lugar, un impostor al que no le sobra el dinero y subsiste allí gracias a las becas. No es rico y lo calla, es judío y lo oculta, y esas son precisamente las imposturas iniciales que marcarán su estancia en dicho colegio. Las primeras páginas de la novela recuerdan un poco a “El guardián entre el centeno” y a “El club de los poetas muertos”: en el primer caso, por el ambiente entre los compañeros y la descripción de los estudiantes, las habitaciones y el recinto en general, y, en el segundo caso, por la pasión que desarrollan los alumnos por la literatura y la poesía, una pasión fomentada por la competitividad y el honor (“Al no poder competir por una chica, competíamos por el honor literario”, afirma el narrador). Es decir, nos revela un ambiente en el que los muchachos soñaban con ser Fitzgerald, Faulkner o Hemingway y no, como ahora, famosos de “Operación Triunfo”.
La escuela, donde el prestigio de la literatura sobrepasa al derivado de las competiciones deportivas, programa cada año la visita de tres famosos escritores. Pero antes establece un concurso de cuentos y poemas entre los alumnos. El escritor visitante elige, con antelación, su texto favorito de entre los presentados. El ganador, así, tiene derecho a una charla privada con el escritor. Los invitados son Robert Frost, Ayn Rand y Ernest Hemingway. En los tres casos, el protagonista se desvelará por escribir algo que esté a la altura de sus ídolos. Tales escritores, creo, no están elegidos por Wolff al azar: Frost y Rand son los polos opuestos, el talento y la infamia, y Hemingway estaría en el punto medio de ambos. “Vieja escuela” toca, entonces, una diversidad de temas que atañen al escritor primerizo: el miedo al folio en blanco, la necesidad de escribir algo auténtico y sincero (“No se equivoquen, nos dijo, algo escrito con autenticidad es una cosa peligrosa. Puede cambiar sus vidas”, dice el director del colegio), el hallazgo de las heridas físicas y morales de los personajes, la huida del maniqueísmo, el aprendizaje, la culpa, la imitación y el plagio, las fronteras entre la verdad y la mentira, la leyenda y la realidad, la literatura con mayúsculas.

lunes, septiembre 04, 2006

Hablando de poesía (La Opinión)

Estábamos inmersos en la madrugada, en un pub zamorano, acodados en la barra, y me encontré con un tipo al que hacía tiempo que no veía. Mientras me despachaba una cerveza al chaleco, la última de aquella noche, él comenzó a hablar de poesía. No hay nada que me llene más que la poesía, no hay nada que me produzca tanta satisfacción, me dijo. Yo le recordé que él me había descubierto el poema “La ciudad”, de Cavafis, un año y medio antes, en otro garito nocturno. Él se sabía muchos versos de memoria, de otros poetas, además de Cavafis. Me recomendó algunos autores, y yo traté de recomendarle a otros. Estábamos allí, no sé si serían las siete de la mañana o quizá más tarde, y me pareció fascinante que a esa hora, y mientras alrededor todo era ruido y confusión, ebriedad y bailes modernos, estuviéramos charlando de algo tan atractivo y sólido como la poesía. No hay nada que le siente mejor a un tipo duro que la poesía. Un tipo duro que sepa construir un poema es invencible. Y, si no, miren a Quevedo: tan diestro en la espada como en la rima. O recuerden a Cyrano de Bergerac en la película que protagonizó Gerard Depardieu: eran más salvajes, más afilados, más sangrantes, sus versos, que sus estocadas. Y son más contundentes los poemas de Charles Bukowski sobre los infiernos de la existencia que los puñetazos que daba a otros borrachos en los callejones mugrientos y anexos a los tugurios en los que se bebía el mundo. Aquella madrugada, pues, fue así: hablando de poesía aunque la horrible música nos conminó a gritar para oírnos y entendernos. Al final se fue, mi viejo conocido, diciéndome: “No te doy más la paliza”. Al contrario, le aseguré, me encanta hablar de literatura.
Siempre me he considerado poco entendido en poesía. Estoy más acostumbrado a la prosa, al cuento y a la novela. Sin embargo, oí una vez que no hace falta entender el poema para que te guste. Por eso durante esta primavera, y sobre todo en este verano, he procurado alimentarme de poesía. Una vez que entras en la rueda, ya no puedes librarte. Tienes que seguir leyendo poemas, descubriendo autores. He tenido, además, la inmensa fortuna de no leer en los últimos tiempos poetas que me decepcionen. Los he leído en manuscritos inéditos, en bitácoras, en libros, en antologías, en revistas. Como si estuviera sediento o enfermo.
Voy a permitirme, pues, mencionar a los poetas que he leído en los últimos tiempos. A algunos autores los conozco personalmente, con otros sólo he contactado a través del correo electrónico, con otros será imposible mantener algún vínculo porque son extranjeros o porque están muertos. Los cito por dos razones: para agradecerles sus poemas y para que el lector que no los conozca procure descubrirlos. Así, he leído últimamente a los zamoranos Tomás Sánchez Santiago y “El que desordena”, Jesús Losada y sus versos para el catálogo de una exposición, el inédito David Refoyo y su aún no editado “Odio”, además de los textos que cuelga en su blog. A Vicente Muñoz Álvarez y su “Privado”, a David González y su “Ley de vida”, a Karmelo C. Iribarren y su antología “Seguro que esta historia te suena”, a Miriam Reyes y su “Espejo negro”, a Manuel Vilas y su “Resurrección”, a Antonio Pérez Morte y los poemas que de vez en cuando pone en su bitácora. Y a Charles Bukowski y sus “Poemas de la última noche de la tierra”, a Sharon Olds y “Los muertos y los vivos”, a José María Fonollosa y su “Destrucción de la mañana”. En breve llegarán a las librerías Raymond Carver y su viuda Tess Gallagher, con sendos libros de poesía. Al fin. Mientras tanto, creo que releeré la “Poesía completa” de Claudio Rodríguez.

domingo, septiembre 03, 2006

Salinger en Hermano Cerdo

Hermano Cerdo es una revista digital que dirige Mauricio Salvador. Yo suelo bajarme al disco duro todos los números. Incluye relatos, ensayos, crónicas.

En el nuevo número aparecen dos relatos traducidos (e inéditos) de J. D. Salinger. Son Ya aprenderé y Apuntes de un soldado de infantería. Ambos ambientados en el ejército; el primero recurda ligeramente a Bartleby y su frase repetida hasta la saciedad. Podéis leerlos aquí o aquí.

Es difícil encontrar los cuentos inéditos de Salinger. Yo me los bajé de internet hace tiempo, pero están en inglés y me da pereza leerlos, de momento. Pero poco a poco, y gracias a este tipo de iniciativas, van traduciéndose sus cuentos en las revistas: tengo por ahí algunos traducidos por Javier Marías y otros por Juan Bonilla.

Cosas sencillas. Placeres mundanos (La Opinión)

Últimos días en Zamora: me dediqué a aprovechar el tiempo y los paisajes, la gastronomía y algunos de mis rincones favoritos. Cosas que uno no puede hacer en Madrid. Sorbiendo en mi tierra hasta la última gota de paz. Cosas sencillas. Placeres mundanos. Las rememoro ahora, ante el teclado de mi ordenador, que ya me echaba de menos (o yo a él). Observar a mi gato asomado a la ventana, que a su vez observa ávido y con su instinto de cazador a los pájaros que cruzan por delante; atender a la maravilla y la precisión de cada uno de sus movimientos, de los paseos de su cola, de sus orejas percibiendo todos los ruidos de la habitación y de la calle, el modo en que se lava la cara o me espera para que lo persiga, la manera en que tiene de jugar con las moscas que se cuelan en la casa. Visitar Sanabria una vez más, sentir su brisa en el pellejo, remojarme en las aguas del Tera y del Lago, mirar cómo saltan las ranas desde las piedras y cómo los peces surcan el fondo, meterme por los rápidos y salir de allí premiado con golpes y magulladuras, visitar al gato rubio de la vez anterior y darle para comer el atún de otra lata de conservas, buscar moras y luego llevarme tres o cuatro a la boca, no perderme el sol mientras nos dice adiós antes de esconderse tras las montañas, atender a la carretera, ya de vuelta y por la noche, por si se cruza algún animal, y sí, se cruza, a lo lejos, un zorro agazapado que, por fortuna, se salva.
Cosas sencillas. Placeres mundanos. Pasear por el entorno del Castillo, en la ciudad, y probar los almendrucos, para averiguar si aún pueden comerse o si su interior ha adquirido ya dureza, la dureza de la cáscara de la almendra. Detenerme en algún mirador, con los barrios bajos a mis pies, y entretener la vista con el río, su superficie que parece inmóvil, que refleja los cielos, que desde lejos parece un espejo de hielo, contar una vez más los ojos del Puente de Piedra y, una vez más, olvidar cuántos son al reanudar la marcha. Pasear la vista por los tejados, oler los muros y las piedras, meterme por caminos en los que la arena cruja bajo mis pies. Caminar por una orilla del Duero, escuchando a los patos, atisbando los agujeros de las paredes, por ver si diviso alguna lagartija apresurada o muy quieta. Todo esto, por supuesto, debe hacerse con ojos nuevos, como si viéramos el río, los tejados, las lagartijas, los patos, por primera vez. Quien hace a diario estas rutas termina por no ver nada, deja de fijarse en los animales y en el modo en que el viento mueve las ramas.
Pasar una tarde en la piscina de Villaralbo, la piscina de mi adolescencia. Recorrer la carretera vieja que va hasta el pueblo, recordar sus curvas, sus campos de maíz, las fincas y las casas antiguas de los agricultores, comprobar que los baches donde rebotaba con la bicicleta o con el coche ya no existen. Cabrearme un poco al verificar, en persona, la cantidad de casas que están construyendo a un paso, a sólo un paso, de la piscina. De tal modo que desde las viviendas tendrán una buena vista, pero no desde la propia piscina. Incluir, en el último día en la ciudad, unos minutos de tapeo: patatas bravas, perdices con salsa, tiberios, pinchos morunos que piquen. Todas estas cosas que uno repite, casi apresuradamente, en los pocos días que pasa en la ciudad, son las que suelen hacer quienes viven fuera y vuelven de vez en cuando. En la calle, encontrarme gente con la que hablar de la ciudad. Están los que viven en ella y desean mudarse. Los que viven en ella y no abandonarían su tierra por nada del mundo. Los que ya no viven en ella y están deseando regresar, quizá cuando se jubilen. Los que ya no viven en ella y no quieren volver. Cosas sencillas. Placeres mundanos.

sábado, septiembre 02, 2006

Dos textos de Tomás



En el blog Club Leteo aparecen dos textos breves de Tomás Sánchez Santiago. Aconsejo leerlos. Aquí.

Si alguien, por cierto, no ha leído su libro ¿Para qué sirven los charcos?, no sé a qué espera.

Libro: 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff


Me habían recomendado un par de veces este libro y este verano me lo regaló una de mis tías. Tiene pocas páginas y está escrito bajo la forma epistolar, pero resulta genial la manera en que, a través de un puñado de cartas, nos cuentan tantas cosas: la pasión por los libros, el hambre después de la guerra, la soledad, el racionamiento de productos básicos, la familia, el contrapunto entre la cultura inglesa y la americana, el paso del tiempo y sus huellas, etcétera. En los ochenta vi la película basada en esta obra (la protagonizaban Anthony Hopkins y Anne Bancroft), La carta final, pero apenas la recuerdo. La novela se lee de una sentada y constituye una delicia para los lectores compulsivos.

Orgullo de Buscarini (La Opinión)

Algunos escritores, algunos poetas, obtienen su recompensa literaria muchos años después de su muerte. Es entonces cuando una o dos manos piadosas exhuman su obra del olvido y nos la dan a conocer, repasan la vida del autor maldito, escarban en las hemerotecas, lo resucitan. Hace un par de meses, quizá menos, apareció en las librerías “Orgullo. Poesía (in)completa”, volumen que reúne casi toda la producción poética de Armando Buscarini, ese niño loco de la bohemia que, a juzgar por los versos escritos en los dos hospitales psiquiátricos en los que estuvo recluido, no estaba tan chiflado. Que su obra está incompleta es debido a la dificultad de hallar ejemplares de algunos de sus libros, en algún caso inaccesibles, en algún caso ya perdidos, como se nos aclara en el oportuno prólogo. Buscarini fue uno de esos hombres cuya desgraciada vida resulta más interesante que su incomprendida bibliografía: la venta ambulante de sus libritos por los cafés y las tabernas, la miseria que lo mantuvo siempre al filo de la navaja, su reclusión en los manicomios, su falsa defunción anunciada en los periódicos, su arte de sablista de escritores tocados por la fama, su acopio de enfermedades.
El presente volumen, publicado por Ediciones del 4 de Agosto, ostenta una factura impecable. Una portada que aúna bohemia (esa capa de Buscarini, ese sombrero echado hacia atrás, ese rostro propio de las postales en sepia) y modernidad (el diseño y los colores), y unas primeras páginas que incluyen una introducción de Juan Manuel de Prada, quien ha rescatado al poeta en varias ocasiones, tanto en su novela “Las máscaras del héroe” como en artículos, semblanzas y antologías sobre Buscarini, e incluyen un prólogo de los hermanos Rubén y Diego Marín A., quienes se han encargado de la edición. Un trabajo exhaustivo que ha requerido entrevistas con expertos en los tortuosos años de la bohemia del poeta, búsquedas en las hemerotecas, investigaciones en aquellas universidades y bibliotecas en las que aún se conservaban ejemplares originales, e incluso consulta de sus expedientes médicos. Los hermanos Marín se han tomado la molestia, además, de preparar un diccionario onomástico de las dedicatorias, numerosísimas, que Buscarini endosaba a todo bicho viviente. En tal diccionario se nos informa brevemente de la identidad de esos homenajeados, entre los que se cuentan empresarios, poetas, escritores, periodistas, dramaturgos, toreros, actores y actrices, médicos, contertulios, profesores y cronistas, entre otros muchos que, merced a las dedicatorias estampadas en los libritos que vendía en los cafés, al menos comprarían un ejemplar o le servirían de mecenas: César González Ruano, los hermanos Álvarez Quintero, Emilio Carrere, Santiago Alba, Valle-Inclán, etcétera.
Armando Buscarini fue, por lo general, un poeta llorica y muy contaminado por el romanticismo becqueriano, obsesionado con el fracaso, con la gloria que se le escurría de las manos, con flores que se marchitan y lápidas bajo la luna, con mujeres vivas y sobre todo muertas, a las que llora en sus ataúdes. A sus versos les sobraban lamentos, amores, pajaritos y rosas, pero, como dice Prada en el introito, entre esa morralla “Buscarini deslizaba de vez en cuando algún poema vibrante de emoción, estremecido de una belleza maltrecha y aterida”. En este sentido, resulta cierto que, en esos poemas en los que se olvida de su condición de perdedor y dirige su mirada a otros ámbitos, y los describe, alcanza una altura envidiable. Sirvan de ejemplo “El cafetín. Los parias”, “Pesadilla”, “Poema rústico”, “Una calle”, “Castilla” o “Barrio de pescadores”. El esfuerzo de los hermanos Marín es encomiable.

viernes, septiembre 01, 2006

Libro: Incendios, de David Means


Los cuentos de David Means son, ciertamente, un poco extraños. En la mitad de ellos siempre hay alguien que muere, o alguien que recuerda a un muerto que no puede quitarse de la cabeza. Y justo entonces, hacia la mitad del libro, el narrador dice: No quiero que en mis cuentos muera nadie más. Y los restantes textos me gustan menos, o se me antojan aún más extraños. Me quedo, pues, con los primeros: Incidente en la vía férrea, agosto de 1995, con la imagen de un hombre que camina descalzo y de noche junto a la vía, para encontrar el destino fatídico que tal vez andaba buscando; Coito, con un tipo que no puede olvidar a su hermano muerto mientras hace el amor con una mujer; Lo que hicieron, con la tragedia que causa el afán de urbanizarlo todo; Lamento en el Oso Dormido, en la que un tipo rememora a un perdedor de su infancia, ya fallecido; La reacción, la de un individuo atrapado entre dos vagones de un tren en marcha; La interrupción, que cuenta cómo un mendigo se cuela en un banquete de boda para pillar algo de comida; o El cazador de gestos, que comienza así: Me interesa cómo se desenvuelve la gente en su vida cotidiana.

Desconectar (La Opinión)

Creo que fue en los primeros días de agosto cuando un político catalán, durante una entrevista para un diario nacional, soltó la siguiente declaración: “El verdadero descanso consiste en no leer los periódicos”. Cito de memoria, porque al día siguiente de hojear ese mismo periódico lo arrojé a la basura, para desatascar la casa de tanto papel. La frase, que el redactor de la entrevista subrayaba en letra negrita, me ha acompañado durante el mes de agosto. La he recordado a diario. Yo la extendería, no obstante, a todos los medios de comunicación: internet, radio, televisión. Y, aunque soy un fanático de los medios, especialmente de la prensa, la he comprendido en toda su dimensión. Sobre todo porque la practiqué: a menudo, durante estas semanas de agosto, compraba algún periódico y apenas repasaba los titulares. Como he estado de aquí para allá, escribiendo en ordenadores sin conexión a la red, o realizando consultas rápidas y breves en los cibercafés, apenas he tenido contacto con los medios digitales, con las bitácoras, con la tele, con los periódicos. Y es cierto que eso supone un descanso. Un descanso del mundo, claro.
Irse a un paraje deshabitado, por ejemplo, no tiene sentido si uno no abandona los telediarios, el periódico de su ciudad o los informativos de la radio. Porque, al abandonarlos, uno se pierde los incendios terribles que han torturado la fauna y la flora de Galicia, se pierde las imágenes de guerra, los planos de los prisioneros que ruegan por su vida, las habituales catástrofes veraniegas, los accidentes de coches y aviones, el discurso pocho de los políticos que interrumpen sus vacaciones para endosarnos una frase que desprestigie a su contrario, las detenciones de los maltratadores, la violación de una niña a manos de unos muchachos, los asesinatos de las mujeres durante esos brutales episodios de violencia doméstica, el careto del presunto asesino en serie que tiene el mismo rostro de enajenado y de ido que todos los psycho-killers americanos, las pateras atestadas de negros que se mueren, los trenes que descarrilan, los edificios que se derrumban, los ajustes de cuentas entre bandas, las tensiones entre algunos países, las declaraciones de quienes gobiernan y manejan el mundo. Resulta una tarea agotadora soportar todo este peso de desgracias y calamidades durante un año completo, día a día, sin volverse loco. Por eso el verdadero descanso consiste ya no en alejarse y ver otros paisajes y sentir aires nuevos (aunque también), sino en desconectar. De la radio, de la prensa, de la tele, de internet, del correo electrónico, e incluso del teléfono móvil, si fuéramos capaces. Ya digo que no me he alejado completamente de los medios; siempre había un vínculo, esa columna que mandar, ese diario al que echar un vistazo. Pero, en los días en que no he tenido ningún contacto con el exterior, es cierto que fui más feliz que en otras ocasiones. Una operación, en cualquier caso, similar a la del avestruz cuando esconde la cabeza y no quiere saber nada de nadie. Un engaño, sí, una huida del mundo, sí, pero que nos alivian durante unos días.
Algunas personas, recién terminadas sus vacaciones, te lo confiesan: se fueron a un pueblo y pasaron de los medios, aislándose de las noticias y del contacto exterior. No saben qué ha ocurrido en las últimas semanas. Mejor así. Sin desvelos, sin informaciones desgarradoras, sin ver cómo hacen pedazos el mundo. Aún existe gente que prefiere no descansar nunca, dedicarse a ayudar a los demás y sufrir con ellos. Es encomiable, no lo niego, pero de ese modo no se vive. Y, como dijo alguien, sólo tenemos una vida y hay que aprovecharla. Sólo una oportunidad.

jueves, agosto 31, 2006

Edición bilingüe de la poesía de Carver


Ya lo anunciamos aquí hace tiempo: la próxima publicación de una antología de poesía de Raymond Carver, titulada Todos nosotros. En la Casa del Libro dicen que estará a la venta el 11 de septiembre. Ese mismo día iré a buscarla. Copio y pego la información que aparece en la web de la CDL, para ir haciendo boca:
“Carver no escribe poesía de manera circunstancial entre relato y relato, más bien al revés: la poesía es para él un cauce espiritual del que se desvía para escribir sus relatos”, afirmaba su viuda, la poeta Tess Gallagher, en el prólogo de la edición original de All of us, la poesía completa del genial escritor norteamericano publicada en Londres en 1997, nueve años después de su muerte. Todos nosotros, presenta ahora por primera vez ante el lector español una amplia recopilación de esta obra poética, en versión bilingüe, que incluye los cuatro libros publicados por Raymond Carver, tres en vida y uno póstumo, dos de ellos inéditos en España. Una muestra que desvela con singular intensidad la variedad de registros del poeta y que repasa la peripecia vital de un Carver inquietante. Todos nosotros es un libro deslumbrante que dejará al lector emocionalmente exhausto.

Andar sin sobresaltos (La Opinión)

Una de las circunstancias más aprovechables de la tierra en la que nací, y en la que he pasado estos últimos días, es, a diferencia de Madrid, la seguridad por la calle. No significa que en Zamora no se den situaciones desagradables: peleas multitudinarias, intentos de violación, atracos a mano armada, algún tiroteo que otro, etcétera, pero desde luego se dan con menos frecuencia, o apenas suceden en los barrios del centro, alejados de la periferia y de las zonas deprimidas donde abundan la miseria, la desesperanza, la venta de drogas y el conflicto diario. Lo que digo es que suelo moverme, principalmente, por los barrios del centro. Y por sus calles, plazas y avenidas puede uno caminar sin sobresaltos, sin temor a las batallas campales entre borrachos diurnos o a los conflictos entre moriscos que se dedican a vender costo.
En la capital no salgo a la calle sin poner un ojo en cada esquina. Soy de natural desconfiado, pero es lo mínimo que uno debe hacer si quiere vivir en una gran ciudad llena de ruido y furia. Un ojo en cada esquina al salir del portal. Y luego un ojo delante y otro, siempre, detrás. Revisar la catadura de quienes te encuentras por delante y de quienes te pisan los talones. En Madrid uno hace como en cualquier otra ciudad actúan las mujeres solas con bolso bajo el brazo: mirar hacia atrás, por encima del hombro, a ver quién es el dueño de las pisadas que resuenan en la calle solitaria. Uno debe fijarse en los reflejos de los escaparates, en los espejos, en las puertas de los cajeros automáticos cubiertos y hasta en las ventanillas de los vehículos. Todo en función de una sola cosa: fijarse en el fulano que camina detrás. En Madrid no me fío ni de mi sombra, lo cual obedece a un afán de supervivencia. Desconfío del tipo que se acerca a pedirme fuego o un cigarro, aunque yo no fume y él no encuentre en mí las huellas clásicas del fumador (el paquete de tabaco sobresaliendo de un bolsillo de la camisa o de la camiseta, el pitillo entre los dedos o en la oreja o en los labios, la cabeza del mechero asomando del bolsillo pequeño de los pantalones). No me fío del que trata de pararme, del que me pregunta por una dirección del callejero, del que me chista para que mire en su dirección, de cualquiera que encabece la frase con una pregunta, con un reclamo. Es mejor, en la vida cotidiana de las grandes ciudades, ir siempre por delante. Por delante del prójimo, para que no te pille desprevenido. Y aún así puede cazarte en un descuido. Recuerdo un caso. Mis amigos estaban en una cafetería madrileña, acodados en la barra. En medio del corro que formaban sus pies y piernas depositaron unas bolsas. Cuando decidieron marcharse del local se dieron cuenta, ya tarde, de que alguna mano de dedos largos y sibilinos les había hurtado una de ellas.
En el autobús y en el metro uno debe ir palpándose cada poco los bolsillos, debe procurar tener siempre a mano el teléfono móvil, la cartera y demás objetos de valor. No oculto que salir a la calle con mil ojos es un esfuerzo a menudo insoportable, que te introduce cierta tensión en el cuerpo. Pero, como comentábamos en casa el otro día, los animales también viven así: con los sentidos siempre en alerta, con el olfato, la vista y el oído al servicio de cuanto ocurra a su alrededor. Temen a los elementos, no se fían de nada. Hay que aprender de ellos. Para cerciorarnos, observamos a nuestro gato. Incluso en un entorno que ya conoce desde hace años y que jamás presenta amenazas (o sea, la casa), no da más de dos pasos sin cerciorarse de que no hay peligro. Salgo a la calle, en Zamora, y nada de esto interrumpe mis paseos. No tengo que tener un ojo delante y otro detrás. Se agradece, de vez en cuando.

miércoles, agosto 30, 2006

Libro: Poemas de la última noche de la tierra, de Charles Bukowski


Charles Bukowski nunca falla. Ninguno de sus libros, si eres lector habitual de su obra, decepciona. En Poemas de la última noche de la tierra, en estupenda edición de Eduardo Moga, no encontramos su debilidad por el vino y las peleas y las mujeres (aunque tales temas sí aparecen), sino una honda preocupación por la muerte, la pureza de la escritura, el nihilismo, la infancia dominada por un padre violento y vulgar, etcétera. Son poemas muy narrativos, casi todos cuentan una historia autobiográfica o una manía del autor. Y, por encima de todo, estos poemas ásperos, salvajes y duros nos hablan de la vida y los infiernos que en ella hallamos.

Encuentro de antiguos alumnos (La Opinión)

Es raro que yo pase por mi ciudad y no baje un par de noches a Los Herreros, salvo causas de fuerza mayor: bodas, compromisos y cosas así. Los Herreros, no me da apuro reconocerlo, continúa siendo la calle de bares y bodegas donde más disfruto. Esto incluye no sólo a Zamora, sino a otras ciudades. Lo malo es que, como suelen decirme otras personas, por allí la gente es cada vez más joven, con lo cual es difícil toparse con caras conocidas. Sin embargo, el fin de semana anterior me ocurrió todo lo contrario: tal vez por las vacaciones de agosto del personal, o porque todos volvemos a los lugares donde nos hemos criado (y estoy orgulloso de haber cocido mi adolescencia y mi juventud en Los Herreros), se dieron un par de noches en las que nos juntamos unos cuantos de mi generación. Todos, curiosamente, habíamos asistido al Colegio Arias Gonzalo. Y ya se sabe que, cuando hay reunión de antiguos alumnos, salen a flote los recuerdos agridulces, los motes y la catadura de los profesores.
Mientras reímos y comentamos los caminos desiguales por los que nos ha conducido la vida, advierto que seguimos siendo los mismos, aquellos chavales de ojos despiertos que apenas han cambiado, excepto en lo concerniente al físico. Empiezan a salir a colación los motes que pusimos y que nos pusieron (muchos de ellos aún se conservan: quiero decir que aún los manejamos, todavía se utilizan), las sentencias de algunos maestros, la benevolencia de unos pocos profesores, los métodos para copiar en ciertos exámenes, las anécdotas que casi nadie ha olvidado, los nombres, los apellidos, las descripciones de alumnos, las bromas pesadas que hacíamos y los dibujos y caricaturas que un par de tipos y yo tramábamos en clase. Pero también comentamos las vejaciones y ese trato de palos por parte de los profesores que hoy conllevaría denuncias, pero que nosotros callábamos o contábamos a nuestros padres sin que fuesen capaces de creernos del todo, y, aunque no es la primera vez que escribo sobre ello, tampoco será la última: los capones en la cabeza, los tirones de patillas hasta que el maestro en cuestión nos hacía levantarnos del asiento, el lanzamiento de borrador desde la mano del docente hasta el pecho del alumno al que pillaba hablando, las collejas y el azote en el culo. Hay quien, todavía hoy, es partidario de educar a palos, soltando alguna galleta de vez en cuando. Pues bien, esto es lo que se consigue: que uno, al crecer, jamás lo olvide, y que tampoco perdone, que esa huella nunca se borre por muchos años que transcurran, por mucho tiempo que quememos.
Y, en nuestro recuerdo común, en esta reunión de antiguos compañeros de clase, otra evidencia: eran aún peores la humillación, el sabor de la derrota, el escarnio público, que el capón o el golpe del borrador. De esas humillaciones algunos sabemos mucho. Demasiado. Esperar junto a la pizarra, mientras la maestra en cuestión (una solterona revenida y maliciosa), iba asignando ceros, profetizando un futuro de analfabetismo, poniendo calificativos que el resto de los alumnos reía, para no llorar de miedo. Nos imponían títulos poco amables para un niño: burro, desastre, zángano, calamidad, holgazán. O entonaban bochornosas rimas ("Usted: vago se acuesta y vago se levanta"). Un tiempo que no hemos olvidado, que no se desdibuja en nuestra memoria, que permanece dentro de nosotros con más fuerza que los años de la adolescencia o la infancia fuera del colegio. Salvamos de la quema a un par de profesores. De cada uno de los demás, cuando los vemos por la calle, arrastrando su vejez y su ruina, sólo podemos pensar: "Sólo era un pobre hombre".

Turismo rural y mercados de la tierra (La Opinión)

Una vez en Zamora, de regreso para entretener unos días, tomo un café con el poeta de la tierra Jesús Losada. Transcurre lenta y plomiza la tarde, y ya no encuentro la lluvia de la semana anterior, sino un sol que ni siquiera es capaz de aliviar el toldo de la terraza en la que estamos sentados. Me cuenta Jesús algunos pormenores del curso de este año de la Universidad de Verano Hispano Portuguesa, celebrado a principios de agosto en Alcañices, el Castillo de Alba, Muelas del Pan y Tábara, que él dirige y en el que, para esta ocasión, centró en el tema "Historia y Literatura Fantástica: El Mundo de los Templarios". Durante cuatro días los participantes del curso asistieron a tertulias, comidas y cenas, conferencias, conciertos de guitarra y de música clásica, talleres de grabado a cargo de Lola Santos (quien, por cierto, junto con Manuel Angel Delgado, me acogió el año pasado en su casa de Valladolid, recién salido yo de una intervención quirúrgica y de un quirófano donde pasé las de Caín, demostrando así ambos una hospitalidad que uno no olvida). Los participantes, además, se alojaban en casas rurales. Vinieron de diversos lugares para asistir al curso: de Sevilla, Braganza, Madrid, León, Oporto, Zamora, entre otras ciudades. Para ellos, así, se abrió la posibilidad de hacer un poco de turismo rural, como alternativa a las clásicas vacaciones en la costa, con playas saturadas de bañistas y domingueros y con chiringuitos donde apesta a fritanga. Quiere decirse que, durante estos cursos, el alumno o viajero no sólo aprende y se culturiza: también recorre iglesias, castillos, hospederías, bibliotecas y parajes encantados y encantadores donde contagiarse de la calma aldeana y el equilibrio espiritual de estas tierras humildes e inolvidables. Es, por otra parte, una forma de acercamiento entre España y Portugal a través de La Raya.
Continuamos hablando, en esa tarde de café y sol, y aparece el tema del fallo del jurado del V Premio Internacional de Poesía "León Felipe", que convocan Celya y el Ayuntamiento de Tábara. Presentadas unas cuatrocientas obras al concurso, el premio se lo llevó Alicia González, madrileña, poeta y periodista, por su poemario "Satisfacciones de esclavo". De ahí a la polémica sólo hubo un paso, el que dieron erróneamente los programas del corazón y demás cazadores de chismorreo: al parecer, esta chica comparte nombre, apellido y profesión con la compañera de Rodrigo Rato (ayer, además, pudimos leer en este periódico la entrevista a la autora, en la que manifiesta su perplejidad ante la confusión). Los cazadores del chismorreo creyeron que el premio lo había ganado la costilla de Rato, y que, por tanto, estaba amañado. Erraron.
El poeta me regala un ejemplar de "Mercados. Zamora y Tras-Os-Montes", el catálogo de la exposición que se vio en la Iglesia de la Encarnación este verano. Está magníficamente diseñado por Q.estióndimagen Comunicación, incluye fotografías de Carmelo Calvo y seis poemas del propio Jesús. Lo miro y lo leo antes de ponerme manos a la obra con este artículo. Carmelo Calvo ha retratado en blanco y negro a las gentes de los mercados de Toro, Vimioso, Fuentesaúco, Benavente, San Vitero, Braganza, Bermillo, etcétera: gitanos, ropavejeros, tenderetes, frutas, balanzas antiguas, cencerros, ropa de oferta, botas, sacos de patatas, viejas ataviadas de negro, lluvia y sombras, plazas y rincones. Los poemas transmiten serenidad, como si uno leyera meditaciones a la sombra de un nogal. Nos hablan de esos mercados, con "Seres ambulantes con rostros endurecidos / y arrugados por las estrías del tiempo. / El luto de las mujeres. / La costura más íntima de su silencio".

lunes, agosto 28, 2006

Hombre con moscas (La Opinión)

Un restaurante de carretera. Un local enorme en el que sirven desayunos, comidas y cenas. Incluye un pequeño supermercado con prensa, juguetes, comestibles y libros. Tuvimos que parar a medio trayecto y entrar allí a reponer fuerzas. Algo de beber, algo de comer, una visita a los urinarios. Lo que hacen todos los viajeros. La gente, como en los demás bares de paso, alimenta el estómago, orina y conversa, sacia la sed del camino. Las camareras despachan la comida en bandejas. Los comensales se las llevan a la zona de las mesas. Hay un espacio reservado a los no fumadores y otro, más grande, para los fumadores. Tres o cuatro mesas están ocupadas: parejas que se sonríen, matrimonios con hijos adolescentes, grupos de amigos. Y entonces lo veo. Al solitario. Siempre hay uno.
El solitario es un hombre que parece haber nacido a principios del siglo pasado. Un hombre viejísimo, con la piel tan arrugada que su cara parece de cuero y, al mismo tiempo, de papel o de pergamino. Se sienta a una de las mesas. En medio ha colocado una copa, probablemente de whisky-cola. De vez en cuando, levanta el vaso de tubo y bebe. Fuma un cigarro de Ducados. Viste pantalones vaqueros y una camisa a cuadros, azules y blancos, un poco abierta en el pecho, un poco remangada en los brazos, para huir del calor de agosto que se agolpa en las mangas. Tiene, pues, al descubierto los brazos, las manos, la cara, el cuello y parte del pecho. La piel se le ha puesto muy morena. En exceso. No es el moreno de quien toma habitualmente el sol para broncearse, ni el moreno renegrido de quien trabaja en una obra durante jornadas terribles y larguísimas, sino el color bronco, polvoriento y seco de quienes vagan por los caminos, atraviesan despacio las cunetas o suelen recorrer el desierto sin cubrirse la cabeza. Posee un rostro enigmático y trazado por las arrugas, por surcos que podría haber hecho un carpintero con un buril. Surcos polvorientos que le confieren una máscara de cuero, en vez de una cara. Surcos que llevan años sin probar la caricia y la bendición del agua. Uno de esos rostros de los ancianos indios que vemos en los viejos westerns. Cuando abre la boca y chupa su pitillo se nota que ya no tiene dientes, o acaso sólo le queden algunas piezas. Su mirada es la misma que la de un perro abandonado en el arcén por una familia que se va de vacaciones; pero cuando ese perro lleva años viajando en solitario. Como un perro consciente de que los tiempos ya no volverán a ser los mismos. Una mirada poderosa, que atrae nuestra vista hacia él. Es la misma mirada que conservan quienes han renunciado a una vida alegre, y quienes soportan una larga condena en prisión, y quienes han visto cómo su mujer se largaba con otro después de cuarenta años de matrimonio. La frente es amplia, también negra por culpa del sol y el polvo. El pelo, blanco, con varios mechones revueltos, despeinados, en remolinos, como si le hubieran exprimido naranjas y limones en la cabeza. Su ropa está sucia y se le nota que hace años que no duerme en una cama. Me doy cuenta de que es un maldito, de que se trata de un hombre que probablemente vive en los caminos, o en una chabola próxima al restaurante. En cualquier caso, no es alguien con pertenencias.
Al irnos vemos la última pincelada de este hombre ruinoso y arruinado al que, en París, retratarían los pintores en los cafés: las moscas vuelan a su alrededor, en torno a su cabeza polvorienta, merodeando por sus hombros y sus mejillas. Atraídas por el hedor y la ruina. Hombre rodeado de moscas, como los mendigos de tebeo, como los negritos de Africa, como los cadáveres frescos.

domingo, agosto 27, 2006

La naturaleza engancha (La Opinión)

Hay quien es adicto a las drogas, o al tabaco, o al café, o al alcohol, o al juego, o a las sectas, pero también existen, creo yo, adicciones que no intoxican a quien es esclavo de ellas, como la adicción al deporte o a la lectura o al teatro o al cine, por citar sólo algunas. Hace poco, en Sanabria, recordé que una de las más fuertes es la adicción a la naturaleza. Lo había descubierto unos años atrás, pero no lo recordaba. Y ese olvido, me temo, es imperdonable. Años atrás, ya digo, y lo conté en un par de artículos: me llevaron al monte, a escuchar la berrea, y tuve la fortuna (casi un milagro) de ver ciervos, jabalíes y un lobo solitario y enigmático. La descarga de adrenalina que tuve aquella noche, oyendo los duelos posteriores a la berrea, discerniendo a los animales en la oscuridad, creo que no he vuelto a sentirla jamás. Alguien me dijo, esa misma noche, que por esa razón prefería las caminatas por los bosques y la caza antes que trasnochar yendo de bares. Es otra manera de ver la vida y es una manera muy acertada. Quienes han estado en comunión con la naturaleza, sospecho, pueden quedar enganchados para siempre. Es cierto.
Lo recordé en la sanabresa Laguna de Peces. Mientras mis amigos hacían volar una cometa me di una vuelta por el campo. Caminé unos metros entre las jaras. Al fondo del paisaje que miraba, en la ladera, mis ojos localizaron un rebaño de ovejas. Estaban muy lejos y supe que eran ovejas por su desplazamiento. Al principio sólo me parecieron puntos blancos e inmóviles, como si una mano enorme hubiera espolvoreado bolas de algodón por el valle verde. Se oía ladrar a algún perro, el perro guardián. Un poco más abajo localicé la cabaña del pastor. Una cabaña solitaria. Supuse que la vida en su interior supondría veranos espléndidos e inviernos terribles y angustiosos. Traté de imaginar la vida del pastor. ¿Viviría solo o con alguna mujer? En el primer caso, ¿mataría su soledad conversando con sus animales? ¿Hasta qué punto echaría de menos las ciudades o los pueblos? ¿Cómo era aquella vida, lejos de todo, lejos del mundo y de los hombres y sus odios? Sentí deseos de caminar hasta allí y preguntarle, de satisfacer mi curiosidad. Sin embargo, hacía frío y habíamos subido en bañador y chanclas, y no faltaba mucho para que anocheciera. El rebaño iba desplazándose hacia la izquierda del paisaje. Se respiraba serenidad. Y recordé, antes de meternos en los coches y alejarnos, que algunas personas están enganchadas a la naturaleza. Esa sería, supongo, una de las razones del pastor. Su modo de vida, sí, pero también su apego a la naturaleza, allí, a más de mil ochocientos metros de altura, sin otra cosa que el monte, la lluvia, el viento, sus mascotas y, a lo lejos, el incordio visual de los turistas.
La naturaleza engancha de un modo terrible. Supone, las más de las veces, un subidón. Claro que la naturaleza no está hecha para los tipos como yo, que necesitamos las librerías, los cines, los bares, las bibliotecas, los supermercados. Cuando uno ha estado paseando por los bosques y viviendo unos días a la sombra del sosiego, luego le cuesta irse. Cuesta desprenderse de aquello, resulta difícil alejarse. Cuando uno regresa a la ciudad, y a pesar de que la ciudad es el entorno donde ha crecido y donde necesita vivir, empieza a sentir el mono. El mono de volver atrás y meterse en el río hasta la cintura y de sentir el aire puro en el pelo. Sé que no descubro nada nuevo. Esto ya lo hizo Henry David Thoreau: el cuatro de julio de mil ochocientos cuarenta y cinco se fue a vivir a una cabaña en los bosques, cerca del Lago Walden, para meditar y vivir en carne propia los hechizos de la naturaleza.

sábado, agosto 26, 2006

Libro: La chica de al lado, de Jack Ketchum


Esta es la novela de la que hablo en el artículo de abajo.
He preferido poner una de las dos portadas originales, en inglés, porque me parece más atractiva que la española, publicada por La Factoría de Ideas. Ojalá sigan traduciendo más libros de Ketchum. Los aficionados al terror lo agradeceríamos.

Novela sobre la crueldad (La Opinión)

En España, y en literatura, el género fantástico y el de terror no gozan de mucho predicamento. Los mandamases de los suplementos culturales son incapaces de salirse de los clásicos: Edgar Allan Poe, Bram Stoker, Lovecraft y pocos más. Tres cuartos de lo mismo sucede con el cine de ambos géneros en este país. Y, curiosamente, casi todas las películas más taquilleras de la historia contienen elementos fantásticos: las sagas de "La guerra de las galaxias", "El Señor de los Anillos", "Parque Jurásico" o "Harry Potter". A mí ambos, el terror y el fantástico, se me antojan imprescindibles. En España, sin embargo, en los últimos años está funcionando una editorial que apuesta por las dos temáticas, a las que cabe sumar la ciencia-ficción y la novela de dragones y espadas. Se llama La Factoría de Ideas. Por supuesto, mi interés radica en su colección de terror y suspense. Porque dicha editorial está rescatando la obra de autores contemporáneos como Richard Matheson, Tom Piccirilli, Ramsey Campbell o Clive Barker (he pedido los dos primeros volúmenes de relatos de sus "Libros de sangre", mientras la editorial prepara el tercero y el cuarto). Acabo de leer, en esta colección, una novela de Jack Ketchum, "La chica de al lado": de ella y de su autor quería hablar hoy.
Supe de Ketchum gracias a Stephen King, quien siempre recomienda a los mejores escritores del género en su página web o en sus artículos para las revistas especializadas o en los prólogos a su propia obra. En Estados Unidos es un nombre conocido y reconocido con varios galardones, ya sea por sus novelas o por sus relatos. Dicen que, en sus historias, suele dejar al margen los elementos sobrenaturales para centrarse en el ser humano y su crueldad, porque es más realista y, es obvio, da más miedo. Porque cuanto atañe al ser humano en sus historias podría sucedernos a nosotros: asesinos, mujeres que enloquecen, torturadores.
Pero adentrémonos en "La chica de al lado". Parte de hechos reales, de una noticia acaecida en los sesenta que el autor encontró en los periódicos: las torturas de una mujer y sus hijos a sus dos sobrinas, en el sótano de la casa en la que se alojaban. Ketchum trasladó la acción a los cincuenta, se inventó algunos personajes e incluso dulcificó un poco las atrocidades cometidas por la familia. Aún así, puedo asegurar que el libro no es apto para estómagos débiles. Comienza describiéndonos uno de esos amables barrios que vemos en las películas de Tim Burton o en los cuentos de Carver y Cheever: esos suburbios donde todo es bonito por fuera pero está podrido por dentro, con casas que esconden secretos horribles y vidas truncadas. El chaval protagonista, narrador de los acontecimientos, conoce a dos niñas que han perdido a sus padres en un accidente, y que son acogidas por su tía. Pero la tía es una mujer que está enloqueciendo rápidamente, que permite que sus hijos menores beban cerveza y la ayuden a castigar a ambas muchachas. Pronto entran todos en un juego de violencia y sadismo que hace temblar al lector en algunos capítulos. Lo más aterrador no son las torturas que les infligen, ni los vericuetos de la mente enferma, sino el modo en que, en la novela, a los niños no se les enseña la diferencia entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto, lo cual recuerda a Golding y "El Señor de las Moscas". Niños crueles: sin duda uno de los temas más terroríficos ("¿Quién puede matar a un niño?", "El pueblo de los malditos") que conocemos. El crío curioso, aquí, ya no tiene entre manos una mosca a la que arrancar las alas, sino una niña. Ketchum posee un estilo telegráfico y sabe manejar bien las elipsis, y esto confiere más efectividad al conjunto.

viernes, agosto 25, 2006

Sin redención (La Opinión)

Podría pensarse que a los adoradores de los famosos y de las estrellas les encanta machacar a sus ídolos. Pero no es completamente cierto: todo es influencia de los medios de comunicación. Los medios tratan de dictarnos el camino. Lo triste es que la mayoría siguen (o seguimos) ese camino, sin detenernos a pensar que estamos siendo, de algún modo, manipulados. Esto sólo puede mostrarse con ejemplos de algunas de las estrellas cinematográficas, musicales y literarias a las que se está haciendo pedazos este verano. El problema, como trataré de demostrar, es que los mismos pecados de esas estrellas también los cometen otras celebridades que interesan menos a los medios, y por tanto no las machacan, y por tanto nosotros no las criticamos.
Tenemos a The Rolling Stones. Como decía acertadamente un lector en una carta dirigida al Abc, los medios trataron a los Stones como dioses, protagonistas de un espectáculo necesario, hasta que fallaron en Valladolid. A partir de ahí ya no eran dioses, sino demonios, protagonistas del espectáculo más bochornoso del mundo (o sea, cancelar los conciertos). Por supuesto, estuvo mal cancelar sus directos sólo unas horas antes, dejándonos a miles de seguidores en la estacada. Pero ahora acaba de hacerlo Keane (banda que, por cierto, me entusiasma), un grupo joven del panorama británico: ha suspendido su gira, que incluía Dublín, Ibiza, Edimburgo y algunas ciudades de Estados Unidos. La causa no ha sido una afonía, sino la terapia de rehabilitación de su cantante, metido hasta las cachas en las drogas. Me parece aún peor que la ronquera de los Stones. ¿Qué ocurre? Que a Keane, aunque vende muchos discos, no lo conoce todo el mundo. Su caída hacia las drogas y la cancelación de su gira no vende tanto en los medios como los Stones. Los medios han logrado que incluso gente sin pajolera idea de música y aún menos de rock hablara de ellos. Continuamente se cancelan conciertos por tonterías. Pero otros no venden periódicos; Jagger sí, lo cual supone una bendición y también una maldición. Tenemos a Mel Gibson. Volvió a caer en el alcohol y lo cazaron conduciendo beodo, soltando chorradas a la policía. Dice Roger Wolfe que los borrachos no dicen la verdad, sino sólo tonterías. Pero a Gibson hay dos cosas que no le perdonan: que "La Pasión de Cristo" arrasara y que sea un tipo que hace lo que le da la gana. Durante días los medios lo han machacado en su campaña de desprestigio. Dio igual que pidiera perdón y que solicitara ayuda. Lo hicieron añicos. Lo que la mayoría del público desconoce es que cada semana pescan a actores conduciendo borrachos, drogados, con revólveres en la guantera y una bolsa de coca bajo el asiento. Actores a los que persiguen, detienen, encarcelan: Robert Downey Jr., Haley Joel Osment, Christian Slater, Tom Sizemore, etcétera. Pero ellos no son tan conocidos. Son menos célebres, y por esa razón sus errores parecen menos perversos. Los medios no dirigen sus focos hacia ellos. Y nosotros no nos enteramos. Tenemos a Günter Grass, quemado durante años por un secreto que ahora confiesa. Cometió un error siendo un adolescente (¿y quién no?), un error brutal pero no imperdonable. Lo mismo les da que haya pedido disculpas, que se lamente y diga que merece el escarnio público.
No nos gusta que las celebridades quieran enmendarse. No aceptamos su redención. No queremos perdonarlas. No admitimos que, aunque artistas, son humanos con tendencia a repetir los errores que todos cometemos. Siempre necesitamos a alguien para hacerlo pedazos, para colgarle al hombro su cruz y obligarle a atravesar un camino de espinas. Y la orquesta, terrible y cruel, la dirigen los medios.