sábado, noviembre 20, 2021

A bote pronto, de Camilo José Cela

 

[…] ¿es compatible la sumisión, la obediencia, la mansedumbre, con el ejercicio de la literatura? El amansamiento de los escritores quizá pudiera coincidir con el sepulcro de la literatura.

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El éxito de la juventud estriba en su saludable filosofía de querer vivir y no conformarse con sobrevivir; después cuando el paso del tiempo la amansa y el consumismo la aplaca con su anegador y traidor excipiente, la juventud, que empieza ya a dejar de serlo, se compra un pisito en una amarga e impersonal ciudad dormitorio, se deja anestesiar por la política y sonríe a quien le da de comer o de votar: es el principio del fin, el mismo instante en que el conformismo aconseja sobrevivir aun a cambio de no vivir.

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La literatura se ha escrito siempre en la calle y por lo demás, los escritores no hacemos más cosa que ir apuntando en un papel lo que vemos, lo que oímos, lo que olemos, lo que tocamos, etc.; también lo que recordamos, adivinamos o inventamos.

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Lo que los viejos quieren, lo que los viejos queremos, es que se nos deje llevar la soledad y la vejez con dignidad y sin filialismos que son aún peores y más incómodos que los paternalismos. ¿Por qué se ha fomentado por el falaz Estado benefactor la evidencia de que los viejos se tengan que morir aparcados en una residencia o solos y olvidados en un piso en el que la muerte sólo es detectada por el nauseabundo olor a cadaverina?

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Mi más cordial y respetuosa enhorabuena a todos porque, cuando a un señor mayor todavía se le lee, es señal de que no todo está perdido.

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Los escritores, pese a los esfuerzos de no pocos y los desvelos de algunos, no solemos ser demasiado solidarios, se conoce que no va con nosotros el corporativismo ni el espíritu de cuerpo, y por eso, para luchar contra eso, me apresuro a dejar constancia del feliz evento.



[Seix Barral]

Nightmare Alley: cartel oficial

 


The Matrix Resurrections: 2 carteles

 



Cartel de Being the Ricardos

 


En Aleteia: La leyenda dorada, de Santiago de la Vorágine

 

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Encounter: 2 carteles

 



Trailer de The Outfit

 

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The Tender Bar: 2º cartel

 


miércoles, noviembre 17, 2021

Misterio y maneras, de Flannery O’Connor

 

 

El escritor puede elegir sobre qué quiere escribir, pero no lo que puede hacer vivir.

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El novelista no debe caracterizarse por su función, sino por su visión, y debemos recordar que esta visión ha de transmitirse, y que las limitaciones y puntos ciegos de su público afectarán, sin la menor duda, a su forma de poder mostrar lo que ve. Esto también acentúa la tendencia de la literatura a lo grotesco en nuestros días.
Los escritores que hablan en nombre de su época y conforme a ella pueden hablar con muchísima más facilidad y gracia que los que hablan contra las actitudes dominantes. Una vez recibí una carta de una anciana de California en la que me comunicaba que cuando el cansado lector llega por la noche a su casa, desea leer algo que le alegre el corazón. Y parece que ninguna de mis obras le había alegrado el corazón. Creo que si hubiese tenido el corazón en su sitio se le habría alegrado.  

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Sé de sobra que de entre quienes parecen tener interés en escribir, hay muy pocos a los que les interesa hacerlo bien. Les interesa publicar algo, y si es posible, forrarse en dos días. Les interesa ser escritores, no escribir. Les interesa ver sus nombres en letra impresa, no importa dónde. Y según parece, creen que eso se puede lograr aprendiendo ciertas cosas sobre los hábitos de trabajo, el mercado y los temas aceptables hoy.

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Creo que es verdad que en nuestros días resulta más lucrativo escribir obras lamentables que escribir bien. Hay algunos casos en los que bastaría aprender a escribir lo suficientemente mal para poder ganar un montón de dinero.

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La cuestión es que los materiales del escritor son los más humildes. La literatura trata de todo lo humano y nosotros estamos hechos de polvo, y si despreciáis mancharos de polvo, entonces no deberíais intentar escribir. No es un trabajo lo bastante grande para vosotros.
Pues bien, cuando el escritor finalmente se mete esta idea en la cabeza y la incorpora a sus hábitos, empieza a darse cuenta de lo duro que es escribir una obra literaria.

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Algunos tienen la idea de que se lee la historia, y luego se sale de ella para entrar en el significado. Pero, para el escritor, la historia en su conjunto es el significado, porque es una experiencia, no una abstracción.

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En realidad, la obra de arte existe al margen del autor desde el momento en que las palabras pasan al papel, y cuanto más completa sea la obra, menos importa quién la escribió y por qué. Si se estudia literatura, se tienen que buscar las intenciones del escritor en la obra, no en su vida.

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El cometido de todo escritor es empujar su talento hasta sus límites más extremos, pero entendiendo por esto los límites más extremos propios del talento que posee.

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Actualmente hay una notable tendencia a querer que todo el mundo escriba exactamente como todos los demás, que todos vean y muestren las mismas cosas de la misma forma al mismo público indiferenciado. Pero el escritor, si quiere hacer el mejor uso posible del talento que le ha sido dado, debe escribir a su propio nivel intelectual. Cualquier otra cosa no sería sino enterrar su talento. Esto no quiere decir que, dentro de sus limitaciones, no deba intentar llegar al mayor número posible de lectores, sino que no debe rebajar sus criterios para lograrlo.

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Cuesta mucho hacer entender a la gente que no se dedica a escribir que tener talento para la escritura no significa tener talento para escribir cualquier cosa.



[Ediciones Encuentro. Traducción de Esther Navío]

Trailer oficial de Don't Look Up

 

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The Hand of God: 3 carteles

 




Cartel de Wolf

 


lunes, noviembre 15, 2021

La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich

 

 

Los relatos de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible.

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Recordar es, sobre todo, un acto creativo. Al relatar, la gente crea, redacta, su vida. A veces añaden algunas líneas o reescriben. Entonces tengo que estar alerta. En guardia. Y al mismo tiempo, el dolor derrite cualquier nota de falsedad, la aniquila. ¡La temperatura es demasiado alta! He comprobado que la gente sencilla (las enfermeras, cocineras, lavanderas…) son las que se comportan con más sinceridad. Ellas –¿cómo explicarlo bien?– extraen las palabras de su interior en vez de usar las de los rotativos o las de los libros, toman sus propias palabras en vez de coger prestadas las ajenas. Y solo a partir de sus propios sufrimientos y vivencias. Los sentimientos y el lenguaje de las personas cultas, por muy extraño que parezca, a menudo son más vulnerables frente al moldeo del tiempo. Obedecen a una codificación genética. Están infectados por el conocimiento indirecto. De los mitos.


[Debate. Traducción de Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González]

Cartel de Adrienne

 


Silent Night: 2 carteles

 


The Hand of God: 2º cartel

 


miércoles, noviembre 10, 2021

martes, noviembre 09, 2021

Dean Stockwell (1936 - 2021)

 


lunes, noviembre 08, 2021

El discurso vacío, de Mario Levrero

 

 

Hay un gran reloj oculto que marca el mismo tiempo para todos los días, todos los meses, todos los años; un reloj que marca el ritmo de la sangre en las venas, de las palpitaciones del corazón, de los deseos prohibidos, y a veces –si el reloj lo dispone– permitidos con cuentagotas. La Vida, con su propia lógica, sus propios anhelos y necesidades, transcurre en alguna parte, pero no aquí. Aquí transcurre la improductiva soledad del preso, el frío interior que el verano no disipará. El tiempo no corre junto a nosotros ni nosotros sabemos jugar con el tiempo; el tiempo es sólo un asesino, lento pero seguro, que nos mira con un dejo de burla por debajo de su guadaña, y nos permite ir disfrutando en cómodas cuotas del frío que nos está esperando en la tumba que lleva nuestro nombre.

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Todo lo que tengo que hacer es indefinidamente postergable; lo que no puedo postergar un instante más es tratarme bien a mí mismo.

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Me pregunto cuánto tiempo más seguiré tolerando esta forma de “vida”, en la cual se ven desplazadas, postergadas indefinidamente, olvidadas –cuando no maltratadas– las cuestiones esenciales, profundas, verdaderas, auténticas –las razones por las cuales hemos sido creados. Me pregunto cuánto tiempo más seguiré esperando y desesperando. No estoy en una edad en que pueda permitirme el lujo de esperar demasiado –y hace ya demasiado tiempo que no me encuentro conmigo. Felices Fiestas.

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Así que estoy sin trabajo. No sé por qué es lo que más me perturba, si el hecho en sí de no tener trabajo, o la mirada de la gente que me rodea, la que de un modo u otro, por gestos, por comentarios, me hacen sentir que estoy en falta, que he pasado a ser
sospechoso.

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Cuando uno sabe que ha de abandonar un lugar para no volver, es imposible seguir viviendo en él cómodamente; por así decirlo, uno ya no está allí donde está, sino que vive proyectándose, cada vez con mayor fuerza, hacia el nuevo lugar donde va a vivir. Si miro mis libros es para pensar que debo hacer con ellos prolijos paquetes; y así pasa con todas las cosas. Si algo se pierde o se rompe, ya no se repone. Si un mueble está en un lugar inapropiado, ya no se cambia de lugar. Vivimos aquí provisoriamente, como en un hotel de paso, especulando todo el tiempo con los días y las horas que faltan para trasladarnos.


[DeBolsillo]  

Spider-Man: No Way Home: primer cartel

 


Trailer de Swan Song

 

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West Side Story: nuevo cartel

 


viernes, noviembre 05, 2021

Así se hacen las películas, de Sidney Lumet

 

 

Si hay un libro de cine que todo cinéfilo debería leer es éste, sin duda. No sé por qué he tardado tanto en comprarlo y, por fin, leerlo. Es uno de los mejores manuales sobre cómo se planifican, se escriben, se producen, se ensayan, se ruedan, se montan y se estrenan las películas en Norteamérica. Y lo cuenta, sin un ápice de tedio (al contrario: con el entusiasmo de un niño), Sidney Lumet, que para mí es uno de los grandes cineastas de todos los tiempos, cuyas películas suelen contener, salvo excepciones, la fuerza y la energía y la vitalidad propias del cine de los 60 y 70: un vigor que casi ya se ha perdido, y donde primaban siempre el guión, la historia y la honestidad de los personajes por encima de modas, tendencias y detalles políticamente correctos. Lumet fue el director de, entre otras, Doce hombres sin piedad, La colina, Serpico, Asesinato en el Orient Express, Tarde de perros, Network, La trampa de la muerte, Veredicto final, Un lugar en ninguna parte, Distrito 34: corrupción total, Antes que el diablo sepa que has muerto… ¿Sigo? El mismo Lumet reconoce que hubo algunas películas que le salieron mal, con las que no estuvo conforme por culpa de imposiciones o de prisas o porque no eran los proyectos adecuados para él.

El caso es que, mezclando anécdotas de su experiencia y aportando su sabiduría, Lumet escribió un libro que también deberían leer todos los espectadores, no sólo los cinéfilos. Así comprobarían lo difícil que es rodar una película, llevarla desde la idea que tiene un tipo (el guionista, al que luego irán relegando) hasta el estreno en el que todo el mundo quiere meter cuchara. No se lo pierdan. Aquí va un fragmento:   

La película final se forma con las tomas positivadas.
Pero y, ¿hasta qué punto me ocupo yo de la película? ¿Es
un Film de Sidney Lumet? Dependo del tiempo, del presupuesto, de lo que la actriz principal tenga de desayuno, de quién ande enamorado el actor principal. Dependo de talentos e idiosincrasias, estados de ánimos y egos, políticos y personalidades, de más de un centenar de tipos distintos. Y eso sólo al hacer la película. En este momento no mencionaré siquiera el estudio, la financiación, la distribución, el marketing…
¿Cuánta independencia tengo? Como cualquier jefe –y en el plató, yo soy el jefe–, lo soy sólo hasta cierto punto. Y eso es para mí lo emocionante. Estoy al frente de una comunidad a la que necesito desesperadamente, y ellos a mí lo mismo. Ahí está la gozada: en la experiencia compartida.



[Ediciones Rialp. Traducción de José María Aresté] 

The Power of the Dog: 2 carteles

 



Próximamente: Desde dentro

 

De Martin Amis. En Anagrama.

House of Gucci: 2 carteles

 



miércoles, noviembre 03, 2021

Stone Arabia, de Dana Spiotta

 

 

Cada vez que hacemos una foto, nos olvidamos de grabar ese momento en la memoria, en nuestras neuronas. Cuando hacemos una foto nos libramos en cierto modo de tener que recordar. “Voy a sacar una foto para recordar este momento”. Pero lo que haces en realidad es dejar ese momento fuera de la jurisdicción del cerebro y relegarlo a una Polaroid, o a un papel Kodak, pequeños recuadros medio desintegrados, pegados en álbumes. Tan fáciles de perder, olvidados en cajas amontonadas en un garaje húmedo. O sepultado en alguna carpeta de un dispositivo digital enorme, a la espera de que alguien la abra. Lo que has hecho es posponer el acto de mirar y, con ello, la conexión real con el momento; lo único que te queda es un recuerdo de segunda generación, el recuerdo de un hecho que en realidad no es más que el recuerdo de una fotografía de ese hecho. No se trata de un recuerdo auténtico y profundo, sino de uno falso y fugaz, y tu cerebro ni siquiera nota la diferencia.

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Las experiencias de verdad, las que nos marcan, no se desvanecen. Quedan grabadas para siempre en la carne, en los nervios, en las yemas de los dedos.


[Blackie Books. Traducción de Carles Andreu]

Cartel de The Humans

 


Moonfall: primer cartel

 


viernes, octubre 29, 2021

En El Palomitrón: El extraño viaje de Fernando Fernán Gómez

 

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Violet: 2 carteles

 



El pato mexicano, de James Crumley

 

-Oiga, señor Pines –respondí–, cuando compruebe sus grabaciones telefónicas, verá que solo quería hacerle unas preguntas sin tener al FBI pegado a mí. Eso es todo. –Agité mis cadenas–. Mi auténtico nombre es C. W. Sughrue, y soy un investigador privado de Meriwether, Montana. He pasado parte de mi vida de sargento en la Primera División de Caballería Aérea, así que vamos a dejarnos de chorradas, ¿de acuerdo? Haga que me quiten los envoltorios de regalo, ofrézcame una copa como está mandado, y deshágase de estos memos a los que paga de más. Le haré mis preguntas, y podremos trabar amistad, como un par de veteranos hablando de los viejos tiempos, los buenos chuminos de Saigón y los malos ratos en la selva.


[RBA Libros. Traducción de Antonio Iriarte]

En Aleteia: Flannery O'Connor y Misterio y maneras

 

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West Side Story: 2 carteles

 



miércoles, octubre 27, 2021

La única certeza, de Donal Ryan

 

 

Donal Ryan, un autor irlandés que en España nos dio a conocer Sajalín Editores, suele presentarnos en sus novelas a unos cuantos personajes que atraviesan situaciones que te dejan mal cuerpo durante la lectura. Ya vimos de qué era capaz en Corazón giratorio (2019) y en Un año en la vida de Johnsey Cunliffe (2020) y ahora se confirma su destreza literaria en La única certeza (2021). La primera estaba construida con los monólogos de varios personajes, ofreciendo así una multiplicidad de perspectivas de una misma localidad irlandesa. En la segunda había un único narrador en primera persona: el Johnsey Cunliffe del título. En la tercera se mantiene la narración en primera persona, pero en esta ocasión Ryan se ha metido en la piel de una mujer: Melody Shee, un personaje inmenso que nos va a contar su historia durante más o menos el tiempo del embarazo.

Melody, casada con un mastuerzo llamado Pat, tras atravesar un matrimonio que no llega a ninguna parte se acuesta con Martin, un joven gitano al que enseña a leer, y el resultado es un embarazo y un muchacho enamorado de ella hasta los huesos. Cuando su marido se va de casa y Martin desaparece por rencillas entre clanes nómadas, Melody se encuentra sola, sin rumbo, sin saber si gestar al niño o decidirse por el aborto o incluso el suicidio. Durante ese tiempo, mientras la barriga y la indecisión van aumentando, conoce a Mary, una joven gitana en la que halla cariño y comprensión. El otro personaje en el que se apoya para salir adelante es su padre. Éstos son sus únicos pilares en una localidad en la que casi todo es hostil: las vecinas que cotillean sobre lo que hace o deja de hacer, los tipos agresivos que no quieren pasarle un desliz, el tal Pat que aparece de vez en cuando para contarle lo mucho que está sufriendo, sus suegros que ahora la detestan…

Mediante La única certeza, sirviéndose de la voz narrativa de esta mujer que vive sola y desesperada, Donal Ryan mete su bisturí en las vidas de unos personajes marginales que tratan de sobrevivir a la soledad y a la maledicencia en un entorno adverso y asfixiante. Dignifica a los gitanos nómadas (aquí denominados “travellers”) de una manera muy parecida a la de Guy Ritchie en Snatch: respetando sus reglas y sus disputas y al mismo tiempo humanizándolos. Y nos conmueve al mostrarnos el desarrollo de esa relación marital del pasado en la que todo se ha ido marchitando hasta conseguir que la ruptura sea lo mejor que le puede pasar a un matrimonio. Pero hay algo más, que convierte a Melody en un personaje aún más humano porque está pagando sus errores mediante su conciencia: la imagen de una amiga del pasado, ya muerta, a la que ella no ayudó cuando más lo necesitaba. Un fragmento:      

Joder, Melody, ¿qué coño pasa?
Quita, le dije, me das asco. Y me di la vuelta de golpe para mirarlo a la cara. Tenía la boca medio abierta y se estaba pasando despacio el dedo índice por el labio superior. La mente le enviaba palabras que no pronunciaba, pues se habían quedado atrapadas en un atasco sináptico de sorpresa, confusión y repentino dolor.
¿De verdad?, fue lo único que consiguió decir. ¿Lo dices de verdad? La pregunta era apropiada.
Le susurré la respuesta apretando los dientes. Sí, Pat, me das asco. Me das mucho asco. Y ahí se quedó: lo dije y lo oyó, fui sincera y lo comprendió. Y así, aquellas palabras perdieron la capacidad de sorprendernos; abrimos la puerta a la posibilidad de ser vulgares, depravados; nuestro lenguaje degeneró. Y nos regodeamos. Permitimos que la rabia se convirtiera en algo vivo y desenfrenado; permitimos que se convirtiera en nuestro hijo, en la encarnación de nuestro dolor.




[Sajalín Editores. Traducción de Ana Crespo]

Cartel de A Mouthful of Air



Cartel de The Unforgivable

 


martes, octubre 26, 2021

Para ser escritor, de Dorothea Brande

 

Este libro no es ni siquiera un acompañamiento de las obras de ese tipo: es un prólogo a ellas. Si funciona, enseñará al principiante no a escribir, sino a convertirse en escritor, cosa que es muy diferente.

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La imagen del artista como un monstruo construido a partes iguales de niño engreído, mártir sufriente y
bon vivant, es un legado del siglo XIX, y se trata de una herencia notablemente bochornosa. Existe una idea del artista anterior y más sana, la idea del genio como una persona más versátil, más empática y más estudiosa que sus congéneres, más universal en sus gustos, menos a merced de las ideas de la multitud.

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Sin embargo, todo autor posee un tipo de personalidad dual muy afortunada, y es este hecho precisamente lo que le convierte en una figura tan desconcertante, fascinante e irritante para el hombre corriente que gusta de pensar que él, al menos, no tiene doblez. Pero no hay escándalo ni peligro en reconocer que tu carácter tiene más de un lado. Los diarios y las cartas de los hombres de genio están repletos de admisiones de que sus naturalezas son duales o múltiples: siempre está el trabajador cotidiano que camina, y el genio que vuela.

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Hasta que no hayan visto tu nombre en letras de molde una y otra vez puede que no recibas más que burlas por tus esfuerzos, si anuncias prematuramente tus intenciones de escribir.

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Puede que te resulte de mucha ayuda, antes de empezar a escribir, decidir una primera y una última frase para tu historia. Así podrás usar la primera frase como trampolín desde el que sumergirte en tu trabajo, y la última como una balsa hacia la que nadar.


[Círculo de Tiza. Traducción de Eva Cruz]