Hace 4 horas
viernes, marzo 13, 2015
jueves, marzo 12, 2015
Diarios (Tercer volumen: 2008 – 2010), de Iñaki Uriarte
Dicen que en el origen de las religiones y de las filosofías se encuentra el miedo a la muerte. No hace falta tanto. En la muerte pensamos poco. Es el sufrimiento lo que cuenta. Lo que está por todas partes. El alivio de un dolor de muelas justificaría la existencia de cualquier religión o filosofía.
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Ya llevo diez años con este diario. Hay días en que pienso que podría dejarlo, pero creo que se ha convertido en una adicción. Según Lejeune, existen autores de diarios que el 1 de enero queman lo escrito el año anterior. Les entiendo. Yo tomo estas notas con la certeza de que luego eliminaré gran parte de ellas. A menudo se dice que nadie escribe para no ser leído. Esto es falso. Somos muchos los que a veces escribimos solo para ordenar nuestros pensamientos, guardar memoria de algo, calmar los nervios, o por mil otras razones que no tienen nada que ver con la ambición de ser leídos. Probablemente entre los diaristas neuróticos somos mayoría.
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En Avilés. Al apoyarme en una pared me manché el tabardo de cal. Alguien, a quien acababan de presentarme, me dio unos tremendos golpes en la espalda para limpiarlo y me dijo: "Mira por dónde, una buena oportunidad para dar de hostias a un vasco".
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Se habla a menudo de una generación que, por primera vez, va a vivir peor que la de sus padres. No creo que sea la primera vez. Y, desde luego, no lo es en los casos individuales. Yo siempre supe, y no me importó, que iba a vivir "peor" que mis padres, quiero decir, con una menor disponibilidad de dinero.
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10 de agosto, en Benidorm.
Más o menos se cumplen tres meses desde que publiqué el libro y apenas he apuntado nada en este tiempo. Un día consigné aquí en tono marcoaureliano: "Si escribes despreocupadamente, publica también despreocupadamente". Una tontería. He estado los tres últimos meses pendiente de los Diarios, sus presentaciones y su repercusión.
[Pepitas de Calabaza]
martes, marzo 10, 2015
lunes, marzo 09, 2015
Niveles de vida, de Julian Barnes
Julian Barnes nos cuenta en Niveles de vida tres historias reales: la primera es sobre el fotógrafo Félix Tournachon, la segunda relata el amor de Fred Burnaby por la actriz Sarah Bernhardt y la tercera es acerca de la muerte de la mujer del propio Barnes. Las tres historias reales tienen algunos vínculos en común, partiendo de la sentencia con la que comienza el libro: Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia.
Y así, trenzando hilos, el escritor nos adentra en territorios resbaladizos y conectados entre ellos: amor, pérdida, viajes en globo, fotografía, formas de mirar el mundo desde las alturas, maneras de obtener otras perspectivas, de ver a Dios con los ojos de Nietzsche y mediante la cámara de Tournachon (que hacía fotografías aéreas), formas de perder o no perder la profundidad de las cosas, maneras de afrontar lo que uno pierde (A veces quieres seguir amando el dolor), cómo vivir los días del luto sin derrumbarse…
Julian Barnes te va preparando poco a poco en las dos primeras historias, entre vuelos por el cielo y amores no correspondidos, y entonces te clava su aguijón en la tercera, la que circula en torno a su esposa, y es ahí donde se despliega todo el dolor y estalla todo su talento. ¿Es cierto que este libro es una maravilla? Lo es. Y está repleto de frases para subrayar. Aquí van algunos posos de su lectura:
Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante.
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Félix Tournachon describe "las inmensidades silenciosas de espacio acogedor y benéfico, donde el hombre no está al alcance de ninguna fuerza humana ni ningún poder maligno, y donde se siente como si viviese por primera vez". En este espacio silencioso, moral, el aeronauta experimenta una salud física y también espiritual. La altitud "reduce todas las cosas a sus proporciones relativas, y a la Verdad". Se esfuman las cuitas, los remordimientos, las aversiones: "Con qué facilidad se disipan la indiferencia, el desprecio, la desmemoria… y surge el perdón".
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Cada historia de amor es en potencia una historia de aflicción. Si no al principio, más tarde. Si no para uno, para el otro. A veces para ambos.
Entonces, ¿por qué aspiramos continuamente al amor? Porque el amor es el punto de encuentro entre la verdad y la magia. La verdad, como en la fotografía; la magia, como en los globos aerostáticos.
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Pasaron treinta y siete días desde el diagnóstico hasta la muerte. En todo momento procuré no mirar a otro lado, siempre intenté afrontarlo; y de ello nació una especie de lucidez demente. Casi todas las noches, cuando salía del hospital, me sorprendía mirando con rencor a los pasajeros de un autobús que simplemente volvían a su casa al final de la jornada.
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Afrontamos mal la muerte, ese suceso banal y único: ya no la integramos como una parte de una pauta más amplia. Y, como dijo E. M. Forster: "Una muerte puede explicarse a sí misma, pero no arroja luz sobre otra".
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La aflicción es un estado humano, no médico, y aunque haya píldoras que nos ayuden a olvidarla –y todo lo demás–, no hay pastillas que la curen. Los afligidos no están deprimidos, sino sólo debida, adecuada, matemáticamente tristes ("el dolor es directamente proporcional al valor de lo que hemos perdido").
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Algunos amigos tienen tanto miedo al luto ajeno como a la muerte; te rehúyen como si temieran contagiarse. Algunos, sin saberlo, esperan a medias que tú asumas su duelo en su lugar.
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Hay muchas cosas que no nos matan pero nos debilitan para siempre. Pregunten a alguien que se ocupa de víctimas de torturas. Pregunten a asesores de mujeres violadas y a los que tratan la violencia de género. Miren alrededor a los que sufren trastornos emocionales causados por la simple vida cotidiana.
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El duelo reconfigura el tiempo, su duración, su textura, su función: un día no significa más que el siguiente, ¿y entonces por qué los han distinguido y les han puesto nombres distintos? También reconfigura el espacio. Has entrado en una nueva geografía, con mapas trazados por una nueva cartografía.
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Es lo que muchas veces no comprenden los que no han cruzado el trópico del duelo: el hecho de que alguien haya muerto puede significar que no está vivo, pero no significa que no exista.
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El dolor demuestra que no has olvidado; el dolor realza el sabor del recuerdo; el dolor es una prueba de amor.
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Pero en el duelo hay muchas trampas y peligros, y el tiempo no los atenúa. La autocompasión, el aislamiento, el desprecio del mundo, el egotismo de creerse excepcional: todos ellos aspectos de la vanidad.
[Anagrama. Traducción de Jaime Zulaika]
domingo, marzo 08, 2015
viernes, marzo 06, 2015
Hacer el bien, de Matt Sumell
Cuando tu madre se muere, el mundo se tambalea. Al menos durante un tiempo. Digamos que durante bastante tiempo, hasta que aprendes a sobrellevarlo. Es lo que le ocurre al narrador de esta novela, que intuyo comprende mucha carga autobiográfica. Pero supongo que habrá un 70% de ficción, dado que el protagonista es un cabrón de tomo y lomo, alguien con apenas moral, capaz de pegar a los suyos, de insultarlos, de hacer putadas a personas y a animales. Entonces su madre muere de cáncer y el mundo familiar, como digo, se tambalea, se resquebraja. Es sobre todo el padre (bebedor, tendente a la autodestrucción, minusválido por haber perdido una pierna en un accidente) quien peor lo lleva. Y, luego, uno de los hijos: el narrador, Alby. Y Alby nos cuenta su vida antes y después de esa muerte, y antes de la pérdida ya era un cabronazo, alguien que desde luego no hacía el bien, y después de la pérdida sigue siendo un cabronazo, alguien que, al menos, intenta hacer algunas cosas bien, como ayudar a su padre a salir del pozo, pero ahora Alby está perdido y roto de dolor y echa de menos a su madre aunque parezca un tipo duro.
En la literatura existen numerosas maneras de afrontar el dolor y exprimirlo en los textos. La opción de este escritor norteamericano pasa por la rabia, una rabia feroz, y ofrece un relato sin concesiones, poderoso y contundente, y además ha creado un personaje que a menudo nos cae mal… y sin embargo nos despierta la compasión. El gran acierto de este libro es que Matt Sumell ha encontrado la voz narrativa de un joven sin escrúpulos, pero con su corazoncito. Dos extractos:
-Yo la quiero –dijo–. Deberías alegrarte por mí.
-No, y precisamente porque yo te quiero a ti. Insisto, como hermano y como amigo: fóllate a más tías. A muchas más. A. J., todos los días hay millones de personas que se mueren y, en el último suspiro, miran a los seres queridos que se han reunido en torno a ellos y dicen "ay, joder, me estoy muriendo, me tendría que haber acostado con más personas". Pero a nadie le da por decir "ay, joder, me tendría que haber acostado con menos personas"… excepto en el caso, a lo mejor, de que se estén muriendo de sida, de cáncer de cuello uterino, o de que los hayan violado.
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Supongo que los cantantes de country han tratado de cuantificar el sufrimiento: cuántas cervezas se han bebido, cuántas lágrimas se han contado. Los médicos y las enfermeras utilizan escalas numéricas para medir el dolor, los abogados y los actuarios tienen tablas para calcular las indemnizaciones (si pierdes un dedo pulgar, por ejemplo, tienes derecho a unas setenta y cinco semanas de sueldo). Hasta los poetas recurren a las medidas, ya sea en forma de cucharadas de café o pies métricos. Por tanto, debo plantearme la posibilidad de que quizá consiga explicarme mejor utilizando números, de que exista alguna ecuación, alguna fórmula mediante la cual se pueda determinar la potencia del impacto que tuvo en mí la muerte de mi madre. Hasta tal punto quedó hecha añicos mi forma de entender el mundo, propia de un chaval blanco y mimado, a raíz de esa muerte, que estoy convencido de que las fuerzas del impulso y del peso tuvieron que intervenir de algún modo. A lo mejor un algoritmo explicaría con mayor precisión la forma en que su sufrimiento y su desaparición partieron el tiempo en un antes y un después, con ese algoritmo se podría calcular el inmenso valor que mi perro había adquirido para mí como consecuencia de esa muerte, podría plasmar el modo en que la muerte de Jason me daba la sensación de ser una muerte compuesta, unos intereses obtenidos a partir de una herida anterior. A lo mejor las matemáticas me podrían ayudar a entender por qué, después de sufrir tanto tiempo, no aprendo a sobrellevar mejor el sufrimiento. Porque no aprendo. Cada vez que aparece, no aprendo.
[Turner Publicaciones. Traducción de Ismael Attrache]
jueves, marzo 05, 2015
miércoles, marzo 04, 2015
Por una canción, cien canciones, de Liao Yiwu
Recomendaré estas memorias carcelarias del poeta y escritor chino Liao Yiwu en Playtime (supongo que mañana colgarán el texto en la web), así que de momento os dejo con algunos extractos:
-Echa una mirada al paisaje –me dijo el policía acompañante–. Este viaje te llevará a un lugar aún más aislado del mundo exterior.
Me sentí hundido. Toda esperanza había desaparecido de mi corazón. Incluso el tiempo parecía haberse puesto en nuestra contra cuando el sol y las nubes enviaron una lluvia caliente, impetuosa que ensuciaba las calles con un tono plomizo. Apreté inconscientemente la nariz contra la ventana, como un niño obligado a permanecer demasiado tiempo en casa por enfermedad. Las mujeres de esta ciudad de montaña paseaban tranquilamente por las calles, algunas con paraguas y otras con la cabeza despreocupadamente al descubierto. Me sentía entumecido.
Dentro de mí bullía el impulso de hacer pedazos la ventanilla con los puños y luchar por escapar. Habría querido correr y encontrar un lugar donde esconderme bajo uno de aquellos paraguas. Mi espíritu vagaba por las calles, inconsciente de mis grilletes.
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Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Había sabido por otros presos que esos infames calabozos, concebidos para los fugitivos o para quienes violaban gravemente las reglas de la prisión, eran conocidos como las "cárceles de la cárcel". Cada celda medía unos dos metros de largo, un metro de ancho y otro de alto. Una vez dentro no se veía la luz del día. Como un animal de cuatro patas, el preso sólo podía gatear, estar sentado o tumbado. Toda actividad estaba limitada a ese espacio diminuto, incluido el comer, hacer ejercicio y usar el váter. Después de un año ahí, la piel de los presos se volvía pálida y traslúcida, hasta el punto de que se podían ver a través de ella las venas azuladas, los huesos se volvían frágiles, y el pelo tan blanco como la escarcha.
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-La vida en la cárcel no es, en realidad, muy diferente de la vida fuera –añadió–. El círculo en el que estás encerrado es simplemente más pequeño.
[Sexto Piso. Traducción de María Tabuyo y Agustín López Tobajas]
martes, marzo 03, 2015
lunes, marzo 02, 2015
Nat Tate 1928-1960: El enigma de un artista americano, de William Boyd
Antes de nada, una advertencia: este breve libro, sutil y encantador y repleto de fotografías, es un fake, una invención, una falsa biografía, un artefacto ficticio. Lo cual no le resta méritos, sino todo lo contrario (unos cuantos famosos se tragaron la ficción cuando el propio William Boyd les leyó el texto). Pero lo advierto para quienes busquen una biografía real y se molesten cuando sepan que el personaje está inventado. Boyd hace convivir a Tate con poetas, pintores y otros artistas. Es un divertimento, una broma, y funciona. Ahí van dos fragmentos:
Nathwell (Nat) Tate nació el 7 de marzo de 1928, probablemente en Union Beach, Nueva Jersey. Su madre, Mary (Tager de soltera), le contó que su padre era un pescador de Nantucket que murió ahogado antes de que Nat naciera. Las reiteradas contradicciones y variantes de la historia (Nathwell padre fue, según el día, submarinista, buzo, ingeniero naval o marino mercante caído "en una guerra") persuadieron más tarde a su hijo de que era ilegítimo. Todas las versiones, sin embargo,
conducían al mar y, con ominoso simbolismo, la muerte siempre era la misma: por ahogamiento. El único pariente que Mary Tate parecía tener era una tía en Union Beach a quien Nat recordaba haber visitado unas pocas veces. En sus horas más negras fantaseaba con que su madre había sido una puta de los muelles y que él era el resultado de un rápido y carnal ayuntamiento de medianoche con un marinero. De ahí, sostenía, la coherencia de las identidades que ella otorgaba a su padre. Si ese hombre vivía aún, o quién era en realidad, es algo que Nat nunca llegaría a saber con certeza. Decidió que la imaginación de su madre "ahogaba" a aquel individuo como castigo y como estigma de su propia vergüenza. Es plausible, aunque quizá también aventurado, detectar aquí una posible fuente psicológica para los dibujos de El puente: ver los puentes (sencillos, nítidos, sólidos) como una manera de atravesar sin peligro las aguas oscuras y turbulentas que fluyen debajo, de caminar impoluto e intacto sobre los nauseabundos despojos arrastrados por la corriente del río.
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Pero algo empezó a ir muy mal, ya fuera por el trabajo o porque el abuso de la bebida comenzaba a hacer estragos (Tate nunca tomó demasiadas drogas) o tal vez llegó la largamente anticipada crisis nerviosa. A principios de enero, mientras Peter Barkasian e Irina estaban en Florida, sacó toda su obra del estudio, la casa y la habitación blindada y, con la entusiasta ayuda del guarda y de su hijo de doce años, la quemó entera durante la fría tarde del 8 de enero.
[Malpaso Editorial. Traducción de Andreu Jaume]
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