Hace 18 horas
domingo, julio 13, 2014
viernes, julio 11, 2014
Aforismos. Extraídos de la correspondencia, de Voltaire
Imagino que espigar todos estos aforismos y estas sentencias de entre las cartas de Voltaire habrá supuesto algo así como un trabajo de Hércules. Pero ha merecido la pena. Están escritos en el siglo XVIII, pero parece que fueron escritos ayer mismo: ésa es la actualidad de lo que escribieron genios como Voltaire. Ya hable de literatura, de monarquía, de amistad o de suicidio, la mayoría de sus frases son para enmarcar. No hay mucho más que decir porque un libro de aforismos es un compendio de oraciones, de dichos y de máximas. Basta con leer unos cuantos para cerciorarse de su talento y de su sarcasmo:
Hace cuarenta años y más que ejerzo el desdichado oficio de literato y hace cuarenta años que ando agobiado de enemigos.
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Podría hacer una biblioteca con los insultos que me han espetado y las calumnias que me han prodigado. […]
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Fundad una corporación. Una corporación siempre es respetable. Sublevaos y seréis los amos. Sé muy bien que ni Cicerón ni Locke se vieron sometidos a la obligación de presentar sus obras a los empleados de aduanas del pensamiento, indignos de leeros, pero no me acostumbro a ver cómo los necios aplastan a los sabios.
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Lo único que importa en este mundo infeliz es comernos el pan que nos toque a la sombra de nuestra propia higuera.
Todo lo demás es o necedad o empeño encarnizado.
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Conozco a mi público: el entusiasmo pasa, sólo la amistad permanece. Hoy aplauden, mañana se desilusionan, pasado mañana lapidan.
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La vida de un literato es un combate perpetuo y morimos con las armas en la mano.
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El final de la vida es triste. El principio no cuenta. Y lo que hay entre medias es casi siempre una tormenta.
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Debemos respetarnos lo suficiente como para no disgustarnos jamás abiertamente con los propios amigos y tener la suficiente prudencia como para no poner al alcance de aquellos a quienes hemos hecho un favor el que puedan perjudicarnos.
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Cuando se escribe la Historia, hay que decir la verdad y no tenerles miedo a quienes creen tener interés en oprimirla.
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Si la naturaleza no nos hubiera hecho un tanto frívolos, seríamos muy desdichados. Precisamente por que son frívolas, la mayoría de las personas no acaban ahorcándose.
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Hay que tener siempre el vientre despejado para que lo esté la cabeza. Nuestra alma inmortal necesita del retrete para pensar bien.
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No hay que proclamar el triunfo hasta que no sea completa la victoria: los perros que ladran podrían morder aún.
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Los literatos deberían ser todos hermanos; y la mayoría no son sino Caínes.
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A los muertos poco les importa la calumnia, pero a los vivos puede matarlos.
[Hermida Editores. Traducción de María Teresa Gallego y Amaya García]
jueves, julio 10, 2014
miércoles, julio 09, 2014
Atrapados en el paraíso, de Patxi Irurzun [Reedición. 2014]
Las ciudades, a veces, son como algunas personas. Uno intuye y determina de inmediato si congeniará con ellas o no. Manila y yo supimos desde el primer momento en que nos vimos que no nos íbamos a llevar bien. Por mucho que al principio ella ofreciera su mejor cara.
Lo primero que vi cuando el avión que me había alejado doce mil kilómetros y seis horas de una vida que, aunque todavía solo era un borrador, comenzaba a parecerse algo a lo que siempre había soñado, lo primero que vimos Josean y yo cuando ese avión se disponía a aterrizar en el aeropuerto internacional Ninoy Aquino, fue uno de esos espectaculares atardeceres tropicales que tan bien quedan en las fotos de las guías turísticas o en las descripciones de los libros de viajes: un telón de luz dorada; los rescoldos sanguinolentos de un sol herido de muerte; un pasillo iluminado en púrpura a través del cual, en cualquier momento, podía descolgarse una legión de angelitos… caídos, eso sí, pues no tardé en comprobar que semejante parafernalia solo servía para alumbrar un pandemónium de casitas destartaladas, chabolas, rascacielos abandonados… Manila, incluso desde el cielo, era un infierno: avenidas palpitantes, surcadas, como el torrente sanguíneo de un monstruo feo y peludo, por miles de vehículos: triciclos, autobuses, taxis, los coloridos y populares jeepneys… Todo ello envuelto en un nimbo de polución denso y oscuro.
**
Payatas parecía un lugar animado, con banderines de colores cruzando las calles y gente que iba y venía y te saludaba cariñosamente agitando un afilado gancho de metal.
El olor a basura era cada vez más intenso. Vimos asomar la primera de las montañas, un promontorio de color ceniciento, con tiras de plástico que crecían como plantas y el viento agitaba haciendo restallar en latigazos. Al pie de la montaña correteaba un riachuelo de aguas negras y espesas, alimentado por los jugos lixiviados que supuraba la basura. También se levantaban en algunos puntos columnitas de humo.
[…]
Parecía un escenario lunar, apocalíptico, tal vez porque en aquella montaña, que era en la cual dos años atrás había tenido lugar el accidente, no había nadie trabajando. Seguimos adelante por un camino asfaltado por latas que los scavengers arrojaban a las ruedas de los camiones –de esa manera les costaba mucho menos recogerlas y apilarlas– y que daba a parar a un nuevo checkpoint, desde el cual se controlaba el acceso a la segunda montaña.
[…]
Había personas de diferentes edades, pero todos, incluso los niños de siete u ocho años o los adultos de cuerpos atléticos, con esa musculación que no se modela en los gimnasios sino con el trabajo duro y diario, parecían viejísimos. Había algo que los igualaba en sus rostros, en sus miradas, y también algo que los igualaba con los rostros y las miradas de otros como ellos en otros países, Guatemala o Madagascar, que yo había visto en las fotos de Josean. Una especie de democracia de la pobreza. Un mismo sol de justicia que curtía en sus pieles el destino de sus vidas. Toda la historia del sufrimiento y la desigualdad, tan viejas como la del propio ser humano, alojadas al fondo de sus ojos.
**
Hubo, sobre todo, una de las chabolas que me llamó la atención. En realidad ni siquiera era una chabola, solo un colchón, o mejor, la espuma amarilla de un colchón tirada a cielo abierto. Sobre el colchón un hombre, sucio, desharrapado y con una nube espesa de moscas revoloteando a su alrededor, dormía plácidamente lo que parecía una gran borrachera, y a su lado una niña de tres o cuatro años, una pequeña princesita de los suburbios, enfundada en un inmaculado vestido rosa, con sus volantes, sus encajes, sus enaguas, saltaba entre carcajadas sobre el colchón, de modo que con cada uno de aquellos saltos la barriga del señor de las moscas se inflara y se desinflara.
[Nota: Patxi Irurzun acaba de reeditar, a lo grande y con algunos extras o bonus tracks incorporados al final, el que quizá sea su mejor libro, junto al diario Dios nunca reza. Era necesaria una nueva edición porque Atrapados en el paraíso era casi imposible de conseguir, y porque se trata de un reportaje o relato que todos deberíamos leer, pues nos muestra una cara poco amable del mundo, esa donde confluyen la pobreza y la podredumbre y una se alimenta de la otra. Yo antaño logré encontrar un ejemplar, del que puse un fragmento en este blog: aquí]
[Editorial Pamiela]
Cita
Tengo una cita con la Muerte
en alguna disputada barricada,
cuando la primavera vuelva con susurrante sombra
y las flores de manzano llenen el aire
-tengo una cita con la Muerte
cuando la primavera traiga los días hermosos y azules de vuelta-.
Puede ser que me coja de la mano
y que me lleve a su tierra oscura
y que cierre mis ojos y que apague mi aliento
-quizá pase a su lado en la quietud-.
Tengo una cita con la Muerte
en alguna descarnada ladera de colina arrasada,
cuando la primavera regrese, un año más,
y asomen las primeras flores en el prado.
Dios sabe que sería mejor estar bien cubiertos
en seda y ser tendidos con perfumes,
donde el amor palpita en sueño placentero,
pulso cercano al pulso, y aliento al aliento,
donde los despertares acallados son queridos...
Pero tengo una cita con la Muerte
a medianoche en algún pueblo en llamas,
cuando la primavera se encamine otra vez al norte,
y yo siempre soy fiel a mi palabra,
no faltaré a mi cita.
Alan Seeger, Tengo una cita con la Muerte, de Varios Autores. Edición de Borja Aguiló y Ben Clark
lunes, julio 07, 2014
Joyce en París o el arte de vender el Ulises, de Varios Autores
Los editores de Gallo Nero han publicado una edición especial de este libro: el formato es más grande de lo habitual en sus ediciones y las cubiertas tienen otro diseño. Pero es que libros como éste son especiales. Agrupa una serie de textos de distintos autores y varias fotografías de Gisèle Freund, y sirve para situarnos en el escenario de aquellos años parisinos en los que publicaron y consiguieron vender Ulises. Todo lo que atañe a James Joyce suele ser interesante.
Simone de Beauvoir abre el libro con un prólogo breve, pero iluminador. De todo cuanto dice me quedo con esta frase: Pese a los nubarrones que se cernían sobre Europa y el mundo, la literatura seguía siendo la refulgente estrella que guiaba nuestros pasos.
De Gisèle Freund, aparte de su serie de retratos sobre Joyce, se incluye un texto titulado "Fotografiar a Joyce", algo que no era fácil dado su repertorio de excusas para evitar ponerse delante de la cámara. Especialmente revelador me parece este pasaje:
Joyce me retuvo aún un rato, en apariencia aliviado de haberse librado de aquel suplicio. Habló de Finnegans Wake e hizo especulaciones acerca de su posible recepción por parte de crítica y público. De repente se le mudó la voz, se hizo más débil, como extenuada, y empezó a hablar de la muerte –de su muerte–, presumiendo que aquel sería su último libro.
Traté de infundirle ánimos. Le dije que todos los escritores se deprimen y sufren agotamiento después de largos períodos de concentración; que aún era joven, apenas cincuenta y seis años, mientras que los miembros "jóvenes" de la Academia Française tenían ya bien cumplidos los sesenta. Pero no quería que le consolara, y un toque de melancolía impregnó nuestra despedida.
V. B. Carleton nos habla de los últimos años de Joyce en París. En 1938, dice, Joyce entró en el período más trágico y oscuro de su vida. Fascinante resulta el retrato de Joyce como una especie de dandi doméstico:
En casa, Joyce siempre hacía gala de una elegancia algo excéntrica, fin-de-siècle, en el vestir: un batín de terciopelo púrpura o burdeos, un pañuelo gris alrededor del cuello y un chaleco recamado que había sido de su padre. En sus manos refinadas, que casi parecían no tener huesos, Joyce portaba varios anillos de oro muy trabajado con piedras preciosas engasgadas. Sus ojos claros, dañados por las continuas agresiones de iritis, glaucoma y cataratas, nunca perdieron del todo aquella mirada absolutamente inquisitiva, penetrante y un tanto perpleja, cuya belleza –irreal, diamantina– ni siquiera las gruesas lentes que se veía obligado a llevar conseguían distorsionar.
El último texto, y creo que el más extenso, es de Catherine Turner. Dibuja aquellos momentos en que los editores y los medios trataron de hacerle comprender al público que Ulises no era tan inaccesible como se pregonaba. Que no era tanta su dificultad de lectura. Y habla de cómo Sylvia Beach logró crear una especie de best-seller que a la vez era culto, maldito, polémico y erudito. Os dejo con un extracto de este libro que supone, para el escritor y para el amante de cómo se forjan los mitos, una delicia (y sobre todo para quienes antaño leímos Ulises con placer):
Una vez que Ulises hubo alcanzado la categoría de icono cultural, como Beach esperaba, las opiniones de la crítica ya apenas importaban. Por suerte, porque seguían lloviendo las críticas negativas y el libro seguía siendo vapuleado incluso por la crítica más progresista.
[Gallo Nero. Traducción de Regina López Muñoz]
viernes, julio 04, 2014
Miss Lonelyhearts / El día de la langosta, de Nathanael West
MISS LONELYHEARTS
Nunca me había llamado la atención esta novela breve de Nathanael West (de quien ya había leído El día de la langosta) porque, erróneamente, pensaba que iba sobre concursos de misses, o en todo caso, sobre la vida de una miss. Una tarde, hablando con Hilario J. Rodríguez, me dijo que era un libro que debería leer, que West es uno de los grandes olvidados, y que Harold Bloom lo ha analizado hasta el tuétano en sus ensayos. En efecto, Miss Lonelyhearts no va de concursos de belleza y es una narración notable y absorbente.
Miss Lonelyhearts es, en realidad, un hombre. Es el pseudónimo que utiliza el redactor del consultorio sentimental de un periódico. Y se ha metido tanto en el papel y lo han identificado tanto con ese personaje que lee cartas de desamor y amargura (cartas de los lectores, aclaro) que nunca sabemos su verdadero nombre. Todo el mundo lo conoce por ese alias. Pero este hombre lleva a la espalda un fardo enorme: esas misivas llenas de lamentos y de mujeres que buscan consejo y consuelo le deprimen. Podríamos decir que es una novela sobre el desencanto, sobre cómo un hombre hastiado pretende encontrar una vía de escape relacionándose con mujeres o cayendo enfermo para no ir al trabajo. El redactor no parece encontrar asideros para darle un sentido a su vida, y así se le escapan los días. Aquí van dos extractos:
Miss Lonelyhearts dejó de escucharlos. Sus amigos seguirían contando historias así hasta que estuvieran tan borrachos que no pudieran hablar. Eran conscientes de su infantilismo, pero no conocían otra forma de vengarse. En la universidad y tal vez un año después habían creído en la literatura y en la belleza y en la expresión personal como un fin absoluto. Al perder esta creencia lo habían perdido todo. Ni el dinero ni la fama significaban nada para ellos. No eran hombres de mundo.
**
-Tal vez te lo pueda explicar. Vamos a empezar desde el principio. Un hombre tiene un trabajo que consiste en dar consejos a los lectores. Su sección no tiene otra finalidad que la de aumentar la tirada y todos los demás periodistas la toman a broma. El periodista está contento con su trabajo porque de ahí puede pasar a hacer una columna de chismes, y además está harto de ser un reportero. También él piensa que su trabajo es una broma, pero después de varios meses ya no puede tomárselo a risa. Se da cuenta de que la mayoría de las cartas que recibe son ruegos profundamente humildes pidiendo consejos morales y espirituales, torpes expresiones de un auténtico sufrimiento. También descubre que sus corresponsales lo toman en serio. Por primera vez en la vida se ve obligado a revisar los valores que rigen su conducta. Y comprende que ya no está gastando una broma, sino que se ha convertido en su propia víctima.
EL DÍA DE LA LANGOSTA
Dado que la novela anterior la venden en un único volumen de bolsillo con el libro más famoso de West (quien, por cierto, falleció en accidente de tráfico al día siguiente de morir F. S. Fitzgerald, cuando acudía en coche al funeral de su viejo colega), es decir, El día de la langosta, he aprovechado para releerlo. También nos habla del desencanto. Si en la novela anterior el escenario era periodístico, aquí es cinematográfico: West nos cuenta las vidas de un puñado de personajes bastante freaks que tratan de sobrevivir en Hollywood mientras intentan atrapar una oportunidad. En esta novela es donde aparece por primera vez el nombre de Homer Simpson, un paleto del que todos se ríen, aunque Matt Groening dijo que no había leído la obra cuando se inventó al padre de la familia Simpson.
El día de la langosta despliega una serie de personajes raritos y de camino a la perdición. De cómo naufragan en ese ambiente de cine y de cómo tratan de sobrevivir tras la Depresión. El último capítulo, en el que una masa rugiente espera a las puertas de un teatro para asistir al estreno de una película y ver desfilar a las estrellas, es inolvidable y perturbador. Porque en los dos libros de West siempre hay algo que flota en el aire y está a punto de estallar… la frustración, que suele desembocar en violencia (hacia el final leemos: …todos esos pobres diablos que solo cobraban vida cuando les prometían milagros, y eso solo para caer en la violencia). Dos fragmentos:
Las lágrimas solo les sirven a los que todavía no han perdido la esperanza. Cuando acaban de llorar, se sienten mejor. Pero los que, como Homer, no esperan nada, aquellos cuya angustia es básica y permanente, nada bueno consiguen con llorar. Nada cambia para ellos. Normalmente lo saben, pero no pueden evitar las lágrimas.
**
Durante toda su vida habían sido esclavos de alguna tarea pesada y monótona, detrás de mesas de oficina y mostradores, en el campo y entre toda clase de máquinas tediosas, y habían ahorrado un centavo tras otro y soñado con el ocio del que disfrutarían cuando llegase la hora. Y luego, ese día llegaba. Recibían una pensión semanal de entre diez y quince dólares. ¿Adónde iban a ir sino a California, la tierra del sol y de las naranjas?
Una vez allí, descubrían que el sol no es suficiente. Y se cansaban de las naranjas, de los aguacates y hasta de las granadas. No ocurre nada. No saben qué hacer con su tiempo libre. No están mentalmente preparados para el ocio, ni tienen el dinero o la resistencia física que exige el placer. ¿Han vivido esclavizados durante tanto tiempo solo para ir de excursión a Iowa? ¿Qué más hay?
[DeBolsillo. Traducciones de Javier Alfaya & Barbara McShane y de Encarna Castejón]
jueves, julio 03, 2014
Lunar de viento, de Jason Maldonado
Naturaleza muerta
mi camino no será tu ruta
hacia el desierto
……….solo
………………..déjame solo
para hallar las soledades
de mis vidas y mis muertes
seré egoísta
con mi último aliento
no llores
el último espasmo de mi pecho
………abrirá capullos
………………en tu nombre
**
Hecatombe
todos fingimos
………..la muerte cada noche
para sentir la euforia matutina
de estar vivos
anomalía de siglos
reposada en sacos rellenos de hojas secas
hoy día
sobre una nube rectangular hecha colchón
al abrir los ojos
la hecatombe: sutil acritud de los desesperados
**
Cínica indolencia
difícil es pensar en la muerte
cuando se tiene cerca
a la distancia
……….en su lontananza burlesca
parece un simple cuento de brujas
pero estuvo allí
con su aliento de milenaria pestilencia
escarbando en mi nuca
más allá
del encuentro y las cuatro paredes
mientras la vida
florece
con cínica indolencia
[Fundación de Estudios Literarios Lector Cómplice]
miércoles, julio 02, 2014
El mexicano, de Jack London
Uno de esos autores a los que uno regresa de vez en cuando y nunca pierden vigencia ni emoción es Jack London. Hace poco hablamos aquí de La fuerza de los fuertes, el relato que ilustró Mar del Valle y publicó Traspiés, y ahora es el turno de otro relato breve: El mexicano, con traducción de alguien cuyo primer libro también recomendé en este blog, es decir, Layla Martínez. El mexicano tiene 67 páginas y sólo me costó 3 euros, lo que considero una ganga en tiempos en los que algunos libros con la mitad de páginas cuestan el doble. Es un relato sobre la Revolución como trasfondo y el boxeo como escenario donde el protagonista se juega la piel, pero para mí es sin duda una historia sobre cómo algunas veces la rabia de los perdedores y de los desheredados acaba siendo más poderosa que el dinero, los chanchullos o la bota del poder. En este sentido, el protagonista me recuerda un poco al Paul Newman de la mítica Marcado por el odio, que vencía porque su odio interior estallaba a través de los puños. Gran cuento, ya digo, y además muy barato. Dos extractos:
Despreciaba el boxeo. Era el odioso juego de los odiosos gringos. Se había metido en aquello, dejando que le hiciesen picadillo en los entrenamientos, solo porque estaba muerto de hambre. El hecho de que estuviese asombrosamente dotado para el boxeo no significaba nada. Lo aborrecía. No había peleado por dinero hasta que entró en contacto con la Junta, pero entonces descubrió que era una forma sencilla de ganarlo. No era el primero que se descubría a sí mismo triunfando en una profesión que despreciaba.
**
Las armas estaban allí, delante de él. Cada uno de aquellos odiados rostros era un arma. Era por las armas por lo que peleaba. Él era las armas. Él era la Revolución. Luchaba por México entero.
[Piedra Papel Libros. Traducción de Layla Martínez]
Indulgencia
En Madrid nunca es tarde.
No se logra la soledad totalitaria entre sus vecinos y sus calles.
Madrid es la amante de las tardes dulces y las lluvias cortas, las farolas naranjas, las terrazas pobladas aunque también es la puta de los bares abiertos y los consentimientos eternos, la puta que otorga ahogarse en alcoholes y en las sonrisas de nadie.
Por eso su indulgencia aplasta.
El tiempo en Madrid se dilata en el estrés del día y la estrechez de sus noches, y las semanas van pasando, dilatadas, con las mismas ansias intactas.
A la larga, nada se mueve. En brazos de la puta, uno no lucha.
Uno espera sin saber bien qué, pidiéndose otra caña, proyectándose en amigos y repitiendo una y otra vez lo que uno está a punto de hacer y nunca hace.
"Cuidado con la puta", pensé la otra noche en una de las tantas barras.
Y quise volver a enamorarme de la amante y la promesa de sus luces, y ser su amada digna, de palabras honestas y actos consecuentes. Deseé que me abrazara una vez más la rigidez de su amor noble y volver a ser merecedora de la historia de sus barrios y del paso de sus horas, azulejos, sillas viejas, desproporciones. Y ver en sus caras seres decentes, profundos, marcados, y regresar a la ciudadanía del sentido. Responsable.
Elisa Puerto, Sans Métrique
No se logra la soledad totalitaria entre sus vecinos y sus calles.
Madrid es la amante de las tardes dulces y las lluvias cortas, las farolas naranjas, las terrazas pobladas aunque también es la puta de los bares abiertos y los consentimientos eternos, la puta que otorga ahogarse en alcoholes y en las sonrisas de nadie.
Por eso su indulgencia aplasta.
El tiempo en Madrid se dilata en el estrés del día y la estrechez de sus noches, y las semanas van pasando, dilatadas, con las mismas ansias intactas.
A la larga, nada se mueve. En brazos de la puta, uno no lucha.
Uno espera sin saber bien qué, pidiéndose otra caña, proyectándose en amigos y repitiendo una y otra vez lo que uno está a punto de hacer y nunca hace.
"Cuidado con la puta", pensé la otra noche en una de las tantas barras.
Y quise volver a enamorarme de la amante y la promesa de sus luces, y ser su amada digna, de palabras honestas y actos consecuentes. Deseé que me abrazara una vez más la rigidez de su amor noble y volver a ser merecedora de la historia de sus barrios y del paso de sus horas, azulejos, sillas viejas, desproporciones. Y ver en sus caras seres decentes, profundos, marcados, y regresar a la ciudadanía del sentido. Responsable.
Elisa Puerto, Sans Métrique
martes, julio 01, 2014
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