jueves, septiembre 13, 2007

La carretera, de Cormac McCarthy


Permanecieron tumbados a la escucha. ¿Eres capaz de hacerlo? ¿Cuando llegue el momento? Cuando llegue el momento no habrá momento que valga. El momento es ahora. Maldice a Dios y muere. ¿Y si la pistola no dispara? Tiene que disparar. ¿Y si no dispara? ¿Podrías aplastar ese cráneo amado con una piedra? ¿Existe dentro de ti un ser semejante del cual tú no sabes nada? ¿Es posible? Estréchalo entre tus brazos. Así. El alma es ágil. Atráelo hacia ti. Dale un beso. Rápido.

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En La Bicha, un famoso bar del Barrio Húmedo de León abundan los carteles puestos por el dueño. Tomo nota de dos de ellos: “Si no tiene nada que hacer… por favor, no venga a hacerlo aquí” y “La Bicha: Lugar donde se cambia dinero por comida y bebida. A este bar se viene a comer. El que quiera joder, a la puta calle. Moscas cojoneras abstenerse. El dueño”. Un hombre con las cosas claras, ciertamente.

No se lo pierdan

Me han llegado ya algunos rumores o noticias por confirmar: parece que Vetusta Morla, una banda madrileña que no me cansaré de recomendar (y que cuenta con unos cuantos seguidores en mi tierra), tocará por fin en Zamora. Me dicen que será en el Avalon, gracias a los esfuerzos de Álvaro, que suele animar el cotarro musical trayendo a algunas de las mejores bandas, y solistas, del panorama. Quizá quienes viven fuera de la provincia (como uno) crean que ya no existe gente que suda la gota gorda para traer grupos de música. Se me ocurren tres personas, a bote pronto: Álvaro, del Avalon; Boris, del Berlín; y mi primo y sus socios, del Señor Baco. Habrá más, pero siempre que hablo con quienes se dedican a la música incluyen esos nombres en sus conversaciones. Porque celebran jam sessions, dan oportunidades a la gente joven, apuestan por los grupos locales… Ya saben, ese tipo de cosas que no hacen en el Ayuntamiento porque sólo les interesa apostar por el folclore.
Se baraja, como posible fecha del directo de Vetusta Morla, el jueves, día once de octubre, víspera de fiesta. No sé si podré estar: para mí el único inconveniente de los conciertos del Avalon es que suelen caer en jueves, aunque de ese modo se animan las noches laborables. Por cierto, me consta que en Zamora las noches de jueves ya no son tan mustias y tristonas como en mis tiempos mozos: ahora la gente sale de farra, sobre todo los estudiantes que vienen de fuera y pasan la semana en la ciudad. Salir de farra no es ningún pecado; tampoco un delito, aunque algunas personas traten de vestirlo así. El último directo de Vetusta Morla que vimos fue en la Sala Galileo Galilei de Madrid. Hay una diferencia fundamental entre los grupos malos y los grupos de calidad. Un grupo malo puede sonar más o menos bien en el disco, merced a los equipos de sonido y a toda la gente que trabaja detrás; pero, cuando sale al escenario a demostrar lo que vale, se nota que aquello suena peor que una traca de eructos. Prefiero no dar nombres de celebridades. Un grupo bueno, de calidad, con talento, puede sonar bien en el disco, merced a lo apuntado antes; pero, cuando sale al escenario a demostrar lo que vale, suena mejor que en las grabaciones. Vetusta Morla es uno de esos grupos. Escuchas sus maquetas, o sus discos de apenas cinco o seis canciones (compramos uno en el último directo), y te gustan. Pero en directo doblan la apuesta. Mejoran, entusiasman, hacen vibrar al personal. Confieso que la primera vez que fui a verlos, en un local madrileño, no iba muy convencido. No recordaba haber oído temas suyos. Y nos dejaron de piedra. Una de sus virtudes es que entre todos los componentes tocan y dominan una amplia variedad de instrumentos.
He leído en el blog de la banda que su primer LP oficial ya está grabado, se titula “Un día en el mundo”, y algunas discográficas andan interesadas en editarlo y distribuirlo. En esa misma bitácora han incluido una iniciativa que, en principio, podría ser adecuada para la promoción: se trata de habilitar un programa para que los internautas voten por su ciudad, por la ciudad en la que les gustaría ver tocando a Vetusta Morla. Dicen que su primer LP será una especie de recopilación de los últimos años de la historia de la banda. Espero que, al menos, aparezca ese tema magistral (y prácticamente imposible de conseguir) con el que suelen cerrar los conciertos y que se titula “La cuadratura del círculo”. Estén atentos, en Zamora, a esa fecha, si es que es la definitiva. No se pierdan el espectáculo.

miércoles, septiembre 12, 2007

Tendencias Web 2.0 en el sector editorial

Un par de meses atrás Dosdoce me invitó a participar en un estudio sobre el sector editorial en relación a las nuevas tecnologías. El estudio será presentado en el Liber. Mi gratitud hacia la gente de Dosdoce. Copio y pego la noticia completa que aparece en su web:
Este estudio analiza de qué manera las editoriales están incorporando las nuevas tecnologías web 2.0 en sus estrategias de comunicación y marketing del libro.
El próximo 4 de octubre presentaremos en
LIBER el estudio “Tendencias Web 2.0 en el sector editorial: Uso de las nuevas tecnologías en el fomento de la lectura y la promoción del libro”.
La presentación tendrá lugar durante el
taller sobre marketing online del libro que se celebrará en las jornadas organizadas por LIBER en Barcelona:Fecha: Jueves 4 de octubre de 2007
Hora: 10:00 AM
Lugar: Sala B Pabellón 2 del recinto de Montjuïc Barcelona
Duración de la presentación: 1 hora
Entrada: Gratuita, aforo limitado.
Reserva de plaza: Enviar un correo electrónico a
redaccion@dosdoce.com con los datos personales (nombre, editorial, email y teléfono de contacto) del asistente.
En noviembre de 2005 publicamos la
primera edición de este estudio con una excelente acogida en el sector cultural. A lo largo de los últimos dos años, los usuarios del portal cultural Dosdoce.com se han descargado más de 2.700 ejemplares del estudio. Cerca del 60% de las descargas pertenecen a entidades del sector (editoriales, gremios de editores, libreros, etc.), mientras que alrededor del 30% han sido realizadas por personas vinculadas al mundo académico (universidades, fundaciones, bibliotecas, etc.) y el 10% restante han descargadas por empresas relacionadas con entornos de consultoría, profesionales del sector del libro, etc.
La segunda edición de este estudio cuenta con varias novedades y sus contenidos se han dividido en tres grandes áreas.
En primer lugar, hemos llevado a cabo un amplio análisis sobre el grado de utilización de varias herramientas y aplicaciones tecnológicas por parte de las editoriales en sus planes de marketing online del libro. El resultado de este análisis ha sido posteriormente desglosado en ocho tablas:
Tabla 1. Análisis Sala de Prensa Virtual
Tabla 2. Fomento de la lectura: reseñas, comentarios, etc.
Tabla 3. Participación en blogs, foros, chats, etc.
Tabla 4. Política de enlaces con otras entidades culturales
Tabla 5. Participación en Redes Sociales
Tabla 6. Utilización de vídeos y podcasts
Tabla 7. Posicionamiento en buscadores
Tabla 8. Buscador interno
En segundo lugar, hemos llevado a cabo una valoración individual del sitio web de cada una de las 50 editoriales analizadas: Alberdania, Acantilado, Alfaguara, Almuzara, Alphadecay, Anagrama, Barataria, Bassarai, Belacqva, Bromera, Caballo de Troya, Cahoba, Candaya, Cossetania, Destino, Edaf, Ediciones del Viento, Ediciones Martínez Roca, Ediciones Urano, Editorial Crítica, El Tercer Nombre, Espasa, Funambulista, Gedisa, Grup62, KRK Ediciones, Legua editorial, Lengua de trapo, Libros del Asteroide, Melusina, Menoscuarto, Mondadori, Multiversa, Nerea, Océano, Odisea Editorial, Páginas de Espuma, Periférica, Pre-textos, Punto de lectura, RBA Libros, Rinoceronte, Salamandra, Seix Barral, Septem Ediciones, Siruela, Temas de hoy, Tropismos, Tusquets y 451 Editores.
Y la última sección de este estudio también incorpora novedades en relación con la anterior edición. En 2005 entrevistamos a los editores y/o responsables de comunicación de las editoriales analizadas. A la hora de elaborar el presente estudio nos planteamos cómo innovar esta sección con el fin de no repetirnos y aportar más valor a las editoriales y lectores de este estudio. Al final decidimos que sería muy interesante contar con la opinión de diferentes personas sobre temas de actualidad relacionados con las nuevas tecnologías y el fomento de la lectura y la promoción del libro. Con este motivo, invitamos a varios líderes de opinión, blogueros especializados en cultura, editores y periodistas de medios digitales, libreros, etc.
En esta sección encontraréis opiniones muy interesantes. Nosotros hemos aprendido mucho con las respuestas aportadas, desde breves anotaciones hasta profundas reflexiones pasando por otras que cuestionan incluso el enunciado de las preguntas. Creemos que será una de las secciones más leídas y comentadas del estudio.
Relación de personas que han participado en el estudio:
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Addenda et Corrigenda
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Adolfo Estalella
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Alberto Fernández
· Ángel María Herrera
· Antoni Gutiérrez-Rubí
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Antonio Fumero
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Aurelio Martín
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Chema García
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Daniel Martí Pellón
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David Boronat
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Doménico Chiappe
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Javier Casares
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Jesús Centeno
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Joaquín Rodríguez
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José A. Gómez Hernández
· José Ángel Barrueco
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Jose Fernando Leal
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José Luis Antúnez
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José María Barandiarán
· Juan Freire
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Juan L. Martín Prada
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Juan Luis Polo
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Juan Pablo Fuentes
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Juan Pedro Quiñonero
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Juliana Boersner
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Laura Castro Fernández
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Leroy Gutiérrez
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Manuel M. Almeida
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Marcos Taracido
· Martín Gómez
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Matías Fernández Dutto
· Mauricio Salvador
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Nacho Fernández
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Neus Arqués
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Octavio Botana Campos
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Octavio Isaac Rojas Orduña
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Pablo Odell
· Pau Llop Franch
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Ramón González Freís
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Roberto Enríquez
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Santos Domínguez
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Tíscar Lara
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Vicente Luis Mora
El equipo de Dosdoce quiere manifestar públicamente su agradecimiento a todas estas personas por su interés y participación en el estudio.

21 de septiembre: Carver y yo

Esa es la fecha anunciada por Bartleby Editores para distribuir en castellano, por fin, el libro de Tess Gallagher Soul Barnacles. Ten more years with Ray, con traducción de Jaime Priede. Titulado, en España, Carver y yo. Más información: aquí.

Esta tarde, en Madrid



Presentación de la nueva editorial del amigo Enrique Redel y de su primer lanzamiento. Librería La Central. Ronda de Atocha, 2. Madrid. 19:30 h.

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Así no hay quien escriba. Intento concentrarme, pero llaman constantemente al timbre del portero automático. Parece que soy el único que está en el edificio, y no es cierto. Primero llama el cartero de correos. Luego, el cartero del banco. Después, el cartero comercial. Más tarde, la del contador de la luz. Por último, alguien que dice: “¡Publicidad!” Y algún otro que se me olvida.

Veneno camuflado

En los últimos tiempos has cambiado de bebida para las noches de sábado, que es cuando (aunque no siempre) te echas unas copas al coleto. Te gustaba el whisky, pero descubriste que la ginebra refresca más porque, al estar mezclada con tónica, no deja la lengua pastosa como lo hace la combinación del whisky y la Coca-Cola. Probaste varias marcas, hasta que un amigo te descubrió la que quizá sea la mejor ginebra del mundo: Bombay Sapphire, que viene en una botella azul y que destilan en Londres. Una noche, en Sanabria, te pusiste a intentar traducir los ingredientes que ponen en la etiqueta: almendras y limones de España, regaliz de China, bayas de enebro de Italia, corteza de casia de Indochina, bayas de Java, entre otros. Te dio la impresión de que incluso era una bebida saludable; pero esto era una mentira porque el alcohol no suele ser saludable, salvo si hablamos del vino y la cerveza en moderadas cantidades. El caso es que esa ginebra, la más cara del mercado, no suele dejar resacas. Como te lo cuento. Sales una noche o acudes a un botellón y tomas unas copas y al día siguiente estás como si no hubiera pasado nada: siempre que no mezcles con otras bebidas, of course. O no estás tan afectado como en otras resacas.
Pero una noche, después de tomar en casa unas copas junto a tu grupo de amigos, decidís ir hasta los bares de la zona de Huertas. Entrar en un pub y tomaros la última. Es temprano, apenas ha pasado la medianoche y los garitos de allí no cerrarán hasta las tres. ¿Por qué no? Está bien dar una vuelta. Los bares de Huertas, lo sabes de sobra, tienen fama de servir garrafón. Garrafón en cantidades industriales, garrafón de ese que te deja para el pueblo, fuera de combate, como si un matón te hubiese dado una paliza. Pero te dices: “Bueno, hagamos una excepción, por un día”. En Huertas nunca sueles tomar copas: prefieres la cerveza de fabricación natural de Naturbier o alguno de esos cócteles en los que no tiran de garrafa. Pides una única copa. De Bombay Sapphire, la botella más cara, la ginebra que menos afecta. Pero, después de tomarla, ya no sabes ni quién eres. Vuelves a casa como si te hubieras bebido un barril de vino. Pero lo peor está por llegar, y sucede a la mañana siguiente. Dolor de cabeza y dolor de estómago. Un dolor de estómago brutal, igual que si hubieras ingerido una botella de matarratas. Un dolor que no se pasa de ninguna de las maneras: ni tomando manzanilla, ni alimentándose como es debido, ni echando una siesta. Ese dolor es un viejo conocido. Es la consecuencia del garrafón. Ya sabes de lo que hablo. Ya conoces a qué me refiero. En muchos bares siguen insistiendo en servirlo, en engañarnos, en cobrar un pastón por un brebaje que no se beberían ni las ratas. Lo peor es que a veces saben camuflar ese garrafón. Pero sólo a veces: recuerdas una noche, en tu ciudad natal, en que al probar la bebida ya sabías que te la estaban colando, que aquello era veneno, que sabía a rayos y a centellas. Dejaste la copa en la barra, aunque la habías pagado, la dejaste sin beber y te fuiste del garito. Protestar no hubiera servido de mucho.
Lo que no entiendes es cómo esto, de alguna manera, se sigue permitiendo, se sigue tolerando. En los medios de comunicación dicen a menudo que lo del garrafón en las copas de muchos bares es una leyenda urbana. Es lógico: se presentan con la cámara y el micro en la discoteca y aún creen que el camarero les va a sacar la botella mala. Pues no: el camarero y el dueño son listos y sacan la buena, esa que destinan a amigos y a clientes fijos. También a esos reporteros los engañan. Basta con conocerse la noche, con salir por ahí de farra, con indagar en los sitios.

martes, septiembre 11, 2007

Portadas exquisitas


The War of the World: Twentieth-Century Conflict and the Descent of the West, ensayo de Niall Ferguson. Traducido en España por Editorial Debate como La guerra del mundo: Los conflictos del siglo xx y el declive de occidente, 1904-1953.

Nuevos carteles de 30 Días de Noche





Cortesía de ShockTillYouDrop. Ya falta menos para el estreno de la adaptación de este cómic.

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Con la edad, las resacas ya no son lo que eran. Ahora son brutales y, al malestar físico, se suman diversos malestares emocionales: angustia vital, depresión pasajera, sentimiento de culpabilidad por asuntos del pasado, miedo del futuro. Y el insomnio acentuando cada una de esas dolencias.

Muchachada

Me parece que es a finales de septiembre cuando, en la segunda cadena de Televisión Española, estrenan el programa de extraño título “Muchachada Nui”. En la tele ya he visto algún anuncio: ese en el que Joaquín Reyes aparece disfrazado del cantante Bono; junto a él están Ernesto Sevilla, Julián López, Raúl Cimas y un cuarto tipo camuflado de africano y al que no he sido capaz de identificar por culpa del maquillaje, pero supongo que será Carlos Areces. Probablemente la mayoría de los espectadores de Televisión Española se hayan quedado atónitos al ver el anuncio de estos genios de la comedia. Y digo la mayoría porque “Muchachada Nui” no es otra cosa que una puesta al día, con dinero público, de “La Hora Chanante” y sus artífices, un programa de la Paramount Comedy del que hablé en este mismo espacio hace unos meses, declarándome fan de aquel show de gracejos, doblajes e imitaciones que poca gente conoce.
Lo que son las cosas. Desde que veo los viejos programas de “La Hora Chanante”, ya sea encontrándolos en algún canal, bajándolos de las redes de intercambio, acudiendo al YouTube o pidiendo a mis colegas que me pasen las cintas de vídeo donde grabaron algunos episodios, no faltan algunas personas que me llaman “freak” o dicen que es una clase de humor muy peculiar, que no les hace gracia. Reconozco que estamos ante un humor que no todo el mundo va a entender, o con el que no se va a identificar. En primer lugar, es necesario acomodar el oído a la jerga manchega (y también a palabros inventados) que utilizan Reyes y compañía, un vocabulario rico y plagado de palabras y expresiones como “viejuno”, “zanguango mangurrián”, “enratonao”, “golismera”, “gambitero”, “chotera”, “regomello”, etcétera. Además, se trata de un humor gamberro, pero inteligente: nada que ver con Los Morancos y cosas así. Lo que son las cosas, decía: porque, después de meses de tragarme todos los vídeos que he encontrado por ahí de “La Hora Chanante”, de creer que sería siempre para minorías, resulta que va una cadena pública y compra la idea. Y a mí me parece estupendo, porque, por los anuncios que he visto de “Muchachada Nui”, colgados ya en la red, el espíritu chanante se mantiene intacto: imitaciones, disfraces, caretas de “corchopán”, testimonios y demás.
Habrá algo que no me guste, pero de eso nadie tiene la culpa: algunos de los viejos personajes del antiguo programa no saldrán en el nuevo. Según parece, Paramount posee los derechos de esos personajes. Reyes ha dicho que pueden inventarse otros nuevos, o basarse en los antiguos. El caso es que nos quedamos sin Marlo y Claudio Brando, esa pareja de primos casposos, a lo Zipi y Zape, que gastan gafotas, padecen alopecia, dentadura llena de roña y “el pelo muerto”. Marlo y Claudio cantan ese tema que es, posiblemente, uno de los más descargados de la red: “Hijo de puta”. Marlo y Claudio son una parodia de dos perdedores, dos novatos sin cerebro. Tampoco estará Vicentín, la parodia del pastillero hortera de las discotecas. Pero sí estará El Gañán, lo cual es un consuelo. Reyes, Sevilla, López, Cimas y Areces se han hecho famosos en los últimos tiempos, gracias a sus colaboraciones en series y programas de otras cadenas: “Camera Café”, “Noche Hache”, “A pelo”, “Cuatrosfera”… Seguro que “Muchachada” está a la altura de “La Hora Chanante”. Eso espero. Espero, también, que no haya censura.

lunes, septiembre 10, 2007

Mis rincones oscuros, de James Ellroy

No existen muchas autobiografías tan sinceras como la de Ellroy. Se atreve a contarlo todo, sin pelos en la lengua: su obsesión por las mujeres (empezando por su madre, con la que fantaseaba, para luego masturbarse pensando en ella), las pajas que un amigo y él se hacían mutuamente cuando sólo eran chavales, sus robos en las tiendas, su desvío hacia el nazismo (en la adolescencia) para llamar la atención, sus broncas, sus breves temporadas en la cárcel, su alcoholismo hasta los 30 años...
Pero el libro se centra en su madre, y es el eje alrededor del que todo gira: su vida y su obra. Cuando era un niño, a su madre la asesinaron. Apareció muerta en su descampado. El caso nunca se resolvió, no atraparon al asesino. Luego Ellroy, obsesionado por esa historia y por su madre, a la que odiaba y deseaba a partes iguales, se obsesionó también con La Dalia Negra y con todas las mujeres asesinadas. Dejó de robar, se desintoxicó, se puso a escribir. El resto es conocido.
Ellroy divide su obra en cuatro capítulos: el que cuenta el descubrimiento del cadáver de su madre y la investigación inmediata; sus años de niño y adolescente problemático; la historia del detective que, años después, le ayudó a desempolvar los informes e intentar resolver el caso; y la investigación que hicieron él y el detective. Sólo hay un problema, y es la nómina tan exhaustiva de datos, nombres y fechas (propia de su obra, por otra parte) que lastran un poco la segunda mitad del libro.

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En una carta publicada en el periódico en el que colaboro, un lector escribe sobre una noticia que ignoraba, referida a mi ciudad. Dice así: “Según he podido leer en este periódico un Colegio Católico ha negado la matrícula a un niño de cinco años por apellidarse Infierno”. Yo ya creo cualquier cosa que suceda en mi tierra.

Las comedias de John Hughes

En cierta escena de “Death Proof” una mujer pregunta a otra: “¿Tú no veías películas de John Hughes?”, y la segunda responde: “Claro, soy una chica”. Pero en los ochenta no sólo las adolescentes iban a ver las películas de Hughes: también las veíamos y disfrutábamos los hombres (o los chavales, pues por entonces estábamos a medio hacer). Y las vieron directores que, de una u otra manera, le han rendido homenaje: Kevin Smith o Quentin Tarantino serían dos de los más destacados. Además, la influencia del cine ochentero de Hughes se nota en las comedias de adolescentes descerebrados de los noventa. Y he aquí el inconveniente de esta especie de remakes inconfesos: en los guiones de Hughes los protagonistas no eran descerebrados. Porque la gran virtud de este director y guionista fue tomarse en serio a los jóvenes, reflejar sus problemas y sus tristezas, comprender que sus mundos se derrumbaban por no poder llevar a una chica al baile, o por no ser aceptados socialmente en la escuela, o por tener padres que no los comprendían ni hablaban con ellos. Por eso las películas de Hughes, a pesar de la ropa y los peinados que gastan sus actores, hoy siguen funcionando. Sólo recuerdo un filme heredero de su espíritu: “Beautiful Girls”, de Ted Demme.
La crítica las maltrató en su momento. El público fue a verlas para echarse unas risas o porque estaban de moda. En la actualidad son de culto. Las vi en el cine, pero he vuelto a revisarlas para comprobar si habían perdido fuelle o si continuaban enganchándome. Casi todas me han gustado ahora más. Al menos, me he reconocido en esos adolescentes a la deriva. Hay dos facetas bien distintas de John Hughes: cuando dirige o cuando se limita sólo a producir. En sus producciones se nota su mano, su influencia, pero los directores que lo relevan no están a su altura. Basta citar (y me permito nombrar los títulos originales para que el lector lea las horrorosas traducciones) “La chica de rosa” (“Pretty in Pink”), “Una maravilla con clase” (“Some Kind of Wonderful”), “Dos cuñados desenfrenados” (“The Great Outdoors”) o “Solo en casa” (“Home Alone”). Por desgracia, en los noventa Hughes abandonó la dirección.
Pero vayamos con las ocho películas que dirigió. Empezó preocupándole el adolescente que se sentía un ser invisible y no lograba realizar sus sueños: la divertida “16 velas” (“Sixteen Candles”). Luego el adolescente con problemas de identidad, de aceptación, incapaz de encontrar su hueco en una sociedad que gusta de las etiquetas: “El club de los cinco” (“The Breakfast Club”), sin duda su obra maestra. Vino después el chico obsesionado por la mujer, la mujer perfecta que lo encamina a la búsqueda de sí mismo: “La mujer explosiva” (“Weird Science”), parodia gamberra de “Frankenstein”. De ahí pasó al estudiante que hace novillos y aprovecha un día como si fuera el último de su vida, en hábil metáfora del paso del tiempo: “Todo en un día” (“Ferris Bueller’s Day Off”). Ese fue el último paso en su retrato de la adolescencia, porque entonces le preocuparon los problemas del adulto. El trabajador angustiado por la compañía indeseable de uno de esos viajeros que a uno le amargan el trayecto: “Mejor solo que mal acompañado” (“Planes, Trains & Automobiles”). El hombre torturado por la decisión de casarse y tener hijos: “La loca aventura del matrimonio” (“She’s Having a Baby”). El hombre que se relaciona con sus sobrinos: “Solos con nuestro tío” (“Uncle Back”). Y, finalmente, el hombre que asume su paternidad, aunque no sea biológica: “La pequeña pícara” (“Curly Sue”). Si les da por revisar alguna, yo no me perdería “El club de los cinco”. Inolvidable. Fresca y repleta de hallazgos.

domingo, septiembre 09, 2007

Solidaridad

QUE TENGAS UNA BUENA NOCHE, de David González
Suelo salir a despedirla al descansillo. Cada noche.
Cuando sale a ganarse nuestro pan con el sudor de su frente.
En una mano lleva la bolsa, o bolsas, de la basura.
En la otra, o bajo el brazo, los dos periódicos del bar.
Suelo salir a despedirla al descansillo. Cada noche.
Cuando sale a ganarse nuestro pan con el sudor de su frente.
Le arreglo el pelo. Le coloco bien el cuello del abrigo.
La beso en los labios.
Que tengas una buena noche, le digo.
Mientras baja por la escalera, aún le recuerdo:
Si necesitas
algo,
me llamas. No importa qué hora sea. Me llamas.
Aguardo, todavía, a que desaparezca su espalda
y desaparezca, también, de la pared, la sombra de su espalda…

A que se apague la luz
y abajo, en el zaguán, se escuche un portazo. Solo entonces
entro en casa
y cierro la puerta.
Nota: Este es uno de mis poemas favoritos. También es uno de mis poemas favoritos de la poesía de David. Expresa, exactamente, cómo me siento cada mañana, de lunes a viernes. Respecto al título de esta entrada, basta con leerse estos posts (que me perdonen si me olvido de alguno): los de David G., David R., Ana, Jorge, Fernando, Kebran. Lo demás es caspa, ya me entiendes...

Fragmentos y anotaciones

Una clase de libro cuya lectura me satisface de una manera parecida a como lo hicieron las novelas de misterio y aventuras en mi infancia, es el que podríamos denominar libro de notas. De vistazos y anotaciones. No se trata de un diario en sentido estricto, aunque la observación cotidiana y la memoria juegan un papel muy importante, casi diría que definitivo. Tampoco es un prontuario de aforismos, aunque a menudo aparecen en sus páginas las sentencias concisas y explosivas. No es, en absoluto, un tratado filosófico, aunque varios chispazos de filosofía surgen de vez en cuando, aquí y allá. Creo que mi devoción por este género escurridizo y, para mí, difícil de definir, nació a la sombra de la lectura de “Para qué sirven los charcos”, obra de Tomás Sánchez Santiago de la que he hablado hasta la extenuación, y en la que por tanto no voy a insistir, pero que los lectores pueden completar con otro libro de Tomás ya mencionado aquí, “Los pormenores”. Pero demos un ejemplo. Éste, que es breve y tomo del último libro mencionado, y que se titula “Ante el agua”: “Cruzo temprano el puente. Y escucho abajo al agua sonar con estrépito de cascada, cerca de la azuda ya. Estaría cruzando eternamente ese puente. Para seguir oyendo la risa del agua. Para ver las arrugas del río, su dignidad antigua. Y, también, para no llegar nunca a la ciudad”.
Desde entonces trato de hallar, en las librerías, otros textos que reúnan estas características. Hace poco encontré uno que todavía no he leído, pero que de vez en cuando abro al azar para sorber algún fragmento: “En la belleza ajena”, una especie de diario de Adam Zagajewski en el que, sí, caben pequeños ensayos, aforismos y anotaciones sobre lo que el escritor ve en la ciudad. El único problema, si es que esto puede considerarse un problema, es la desigualdad en la extensión de los fragmentos y de las anotaciones de este tomo: al lado de frases de no más de diez o doce palabras conviven reflexiones que ocupan varias páginas. Escojo una breve: “Enfermedades en la infancia; fiebre, labios agrietados y el sabor del té tibio con limón”. En esta clase de libros no se desdeña el apunte onírico, el recuerdo de un tiempo feliz, la observación de lo que pone en los carteles de los comercios y de los muros.
La otra tarde iba buscando por las librerías un par de novedades. No las habían recibido aún, así que me entretuve en echar un vistazo a otros títulos. Me dio por acercarme a la sección de filosofía, y allí encontré (aunque no creo que “filosofía” pueda definirlo por completo) un libro titulado “Cool Memories”. Su autor era el filósofo Jean Baudrillard, de quien había oído hablar mucho pero a quien, de momento, no me había dado por leer: me interesó la filosofía en el instituto; ahora me interesa menos o prefiero otros géneros literarios. Llamó mi atención el título en inglés. Lo abrí. La revelación y la sorpresa se produjeron. Porque era exactamente la clase de libro de notas que yo andaba buscando. En la contraportada hay varias críticas. Una de ellas reza así: “Un enjambre espléndido de fragmentos, de confesiones, de nostalgias rigurosas, de sueños registrados desde el primer día del resto de su vida”. Luego he sabido que este diario abarca cinco años, en los ochenta; y que su autor escribió cuatro tomos más, que permanecen inéditos en España. Espero que Anagrama traduzca y publique el resto. He leído fragmentos al azar y topo con cosas como ésta: “La gloria junto al pueblo, a eso debemos aspirar. No encontrarás nada tan valioso como la mirada perdida de la charcutera que te ha visto en la televisión”.

sábado, septiembre 08, 2007

Al diablo con el amor. Poemas para arreglar un corazón roto, de VV.AA.

Advertencia: Que la portada de este libro no os engañe. A simple vista parece una novela rosa, pero no lo es. Las autoras que han preparado la edición, Mary D. Esselman y Elizabeth Ash Vélez, saben que la poesía alivia y consuela, y saben que puede hacerlo, también, tras las rupturas amorosas. Dividen su libro mediante las etapas posteriores: Furia, Tristeza, Odio, Falsas Esperanzas... Y, para cada etapa, recomiendan la lectura de varios poemas.
Sí, es un poco en plan autoayuda, pero compré este libro (y lo recomiendo) porque la selección de poetas (sobre todo en lengua inglesa) es magnífica. Poetas a los que admiro mucho, como Collins, Olds, Ash, Frost, etc.
Los anoto aquí todos: Yehuda Amichai, John Ash, Margaret Atwood, W. H. Auden, Gwendolyn Bennett, Kate Bingham, Elizabeth Bishop, Louise Bogan, William Edgar Bowers, Gwendolyn Brooks, Maturi Eruttalan, Sandra Cisneros, Lucille Clifton, Billy Collins, Carolyn Creedon, Juana Inés de la Cruz, e. e. cummings, Emily Dickinson, John Donne, Mark Doty, Michael Drayton, Michael Fried, Robert Frost, Louise Glück, Marilyn Hacker, Jane Hirsfield, A. E. Housman, Georgia Douglas Johnson, Jane Kenyon, Galway Kinnell, Kim Konopka, Steve Kowit, Philip Larkin, Denise Levertov, Anne McNaughton, Alice Meynell, Edwin Morgan, Robert Morgan, Howard Moss, Pablo Neruda, Sharon Olds, Mary Oliver, Dorothy Parker, Coventry Patmore, Marge Piercy, Marie Ponsot, William Shakespeare, Tom Simon, Joseph Stroud, May Swenson, Wislawa Szymborska, Norma Tilden, Miguel de Unamuno, Elizabeth Ash Vélez, Larry Vélez, Derek Walcott, William Carlos Williams, James Wright, William Butler Yeats y Yevgeny Yevtushenko.
Se puede ver la portada original (mucho mejor que la española): aquí. Y, en otro link, en pdf, viene el índice completo de autores y poemas: aquí.

Cartel de There Will Be Blood


La nueva película de Paul Thomas Anderson, basada en la novela Oil!, de Upton Sinclair (Edhasa va a editarla en enero). Con Daniel Day-Lewis. Se puede ver un breve trailer promocional: aquí.

Game 6


Anoche vi esta película, escrita por Don DeLillo. Es un guión original, no basado en ninguno de sus textos. Aspectos de la trama recuerdan a su novela Cosmópolis: un día entero en la vida de un hombre, ese hombre que habla con varias personas, que quiere cortarse el pelo, que presagia un desastre. No está mal, sobre todo por la sensación de desasosiego y la interpretación de Michael Keaton. El final, sin embargo, no me convenció: resulta un poco forzado.

En el abismo

He seguido con expectación el caso de ese escritor polaco, Krystian Bala, al que han considerado culpable del asesinato de Dariusz Janiszewski, muerto hace unos siete años. Como sabrán a estas alturas, lo curioso del juicio y de la acusación y del veredicto final no está en el asesinato en sí, sino en que Bala, al parecer, torturó a Janiszewski y lo arrojó al río y después lo narró con pelos y señales en una novela sobre el crimen perfecto. No tan perfecto: la policía leyó la novela y consideró los paralelismos entre la realidad y la ficción. El libro se titula “Amok”. Aunque no tienen pruebas materiales, lo han sentenciado a pasar veinticinco años a la sombra. Todo lo contrario que el protagonista de “Amok”, llamado Chris, quien sale indemne del asesinato de un empresario. Con pruebas materiales me refería a huellas, pelos o cosas así. Pero existen otras evidencias: la mujer de Bala fue amante de la víctima. El día de la muerte de Janiszewski, éste recibió una llamada desde un teléfono que también marcó el número de la madre del novelista. El móvil del fallecido fue vendido por Bala en una subasta. Etcétera.
En un artículo de Roberto Bolaño sobre dos autobiografías de escritores en lengua inglesa, a saber, Martin Amis y “Experiencia” y James Ellroy y “Mis rincones oscuros”, Bolaño cita a Nietzsche para hablar de la relación entre esos autores y los infiernos por los que pasaron, ya que una prima de Amis fue asesinada, y también lo fue la madre de Ellroy. Copio el párrafo: “Pero Amis, cuando se acerca al abismo, cierra los ojos, pues sabe, como buen universitario que ha leído a Nietzsche, que el abismo puede devolverle la mirada. Ellroy también lo sabe, aunque no haya leído a Nietzsche, y ahí radica la principal diferencia entre ambos: él mantiene los ojos abiertos. De hecho, no sólo mantiene los ojos abiertos, Ellroy es capaz de bailar la conga mientras el abismo le devuelve la mirada”. Por tanto, dos formas de relacionarse con los abismos y los infiernos: cerrando los ojos; o manteniéndolos abiertos. Digamos que Bala, el autor de “Amok”, ha roto estas reglas. Lo suyo no es abrir o cerrar los ojos al abismo, sino meterse en su interior, convertirse en el protagonista, en el monstruo, y luego contarlo en un libro con los ropajes de la ficción. Bailar la conga con el abismo. El autor ya no contempla o rechaza el horror, sino que él se convierte en el horror mismo. Digamos que esta novela, que gozó de gran éxito de ventas en su país, puede ser considerada ahora bajo otro prisma. Un prisma inmoral, cruel, pecaminoso, bastardo y canalla. Podríamos incluso hablar de un nuevo género: la snuff novel, o sea, lo que la snuff movie fue a las películas, pero con libros, un género asqueroso, por tanto, y esperemos que el último ejemplo de su especie.
Aunque el libro salió hace cuatro años, me conozco el paño: si no prohíben el texto ahora que conocemos la realidad, no faltará la editorial española que se apresure a traducirlo y a publicarlo. No lo olvidemos: se describe un crimen real y, por esa razón, dará morbo. Si aparece en castellano, y si tiene críticas buenas, incluso es posible que me lo lea. Como leí otro libro de dudosa moral, pero imprescindible: “El asesinato considerado como una de las bellas artes”. Pero, volviendo a los abismos, aconsejo la lectura de “Mis rincones oscuros” porque en ese libro de memorias el gran Ellroy cuenta varios casos de asesinatos cometidos en Los Ángeles. Cada vez que uno lee una página se da cuenta de que el mundo está aún peor de lo que pensaba, y que se cometen los crímenes más horrorosos que se puedan imaginar.

viernes, septiembre 07, 2007

The Spaghetti Western Database




Si amas el spaghetti western tanto como yo, ésta es tu página: SWDB.

Citas. 53




Cuando se cree que ya se ha perdido todo, aún es posible perder la dignidad.
Julián Ríos, Amores que atan

Frontera

Paso los últimos días de agosto y los primeros de septiembre deambulando por la ciudad, pero no hay mucho que hacer. En esos días inciertos se mete uno en la frontera que media entre los coletazos de un país paralizado por las vacaciones y el anuncio de la temporada otoñal, que suele venir cargada de cultura, de sobredosis de cultura que llena los vacíos que deja la huida del verano. No consigo encontrar en Madrid un garito en el que quiera perder las horas de mi tiempo, uno de esos sitios en los que no importa si ya han pasado dos o tres o cuatro horas porque, de todos modos, uno está a gusto. Seguro que los habrá, pero yo no los encuentro o no me acomodan. En Zamora tengo bares en los que podría echar raíces, raíces que salieran de mis pies y se incrustaran en el suelo: Avalon, Popanrol, Parklife, etcétera. No obstante, en la capital siempre paso, una vez a la semana, por Naturbier, una cervecería de la Plaza de Santa Ana. No es un garito como los que he citado, pero tiene un par de ventajas: está en una zona céntrica, que me queda cerca de casa; y la cerveza es natural, o sea, que la elaboran allí mismo, y la publicidad así lo atestigua: “La única cerveza natural elaborada en Madrid”. Hay rubia y hay tostada, y la sirven en dos tipos de recipientes: la jarra sencilla y la jarra doble. Conviene pasar por allí una tarde a la semana y beber una jarra pequeña de esa cerveza saludable, auténtica, fina al paladar.
También voy un par de veces al cine. El otoño me devolverá la satisfacción de los estrenos para adultos y para cinéfilos. No digo que no me guste el cine infantil, pero me satura el exceso de comedias tontas, de rompetaquillas, de secuelas y remakes sin mucho interés. Voy a ver “Caótica Ana” porque admiro las películas de Julio Medem. “Tierra” es una de mis obras favoritas. Hace años estuve obsesionado con ella. El vino que sabe a tierra, el hombre que se desdobla y se enamora de una rubia y de una pelirroja, el viejo que busca el fantasma de su mujer muerta, la chica a la que un jabalí le comió el corazón. Busco en “Caótica Ana” las escenas rodadas en Ibiza, pero apenas hay unos pocos planos: Es Vedrá, el interior de una discoteca, una calle con su mercado artesanal. Vuelvo a ver “Death Proof”, que, junto a “Planet Terror”, conforman lo mejor del verano, el homenaje doble e impactante a la gloriosa serie B, aquel cine de actores curtidos en la basura y de chicas que sacaban las tetas, de sangre, de vísceras y de resoluciones argumentales sin sentido.
En la sala ocurre, a veces, una cosa muy rara: cuando no son numeradas, el personal se sienta alrededor de uno. Quiero decir que uno suele entrar con antelación, cuando apenas hay gente en el patio de butacas. Y uno se sienta en la tercera o cuarta fila, no para comerse la pantalla, aunque también, sino para alejarse de las personas. Y cinco minutos después el público se ha ido sentando cerca de uno: en la fila de atrás y en la misma fila en la que está uno, acompañado. Como si tuvieran miedo. El resto de la sala queda vacía. Es, me temo, la tendencia natural de la gente a juntarse, el miedo a estar solos. Vicente va donde va la gente. Sucede lo mismo en las playas: observas que todos los bañistas han tendido las toallas y los bolsos casi unos encima de otros. Y tres metros más allá hay espacio, hay huecos en los que nadie se pone. Esto lo vengo observando en el Lago de Sanabria: cien personas apiñadas en un trozo de arena y, a tiro de piedra, calas y espacios donde no hay nadie. Frecuento, también, las librerías, a la caza de las novedades que nos esperan. Pero, a la hora de escribir esto, sólo ha aparecido el nuevo libro de cuentos de Woody Allen. Que no es poco.

jueves, septiembre 06, 2007

La BSO de Ibiza


Mientras escuchaba a Marea, a lo largo de la mañana, he recordado que, durante los días pasados en Ibiza, siempre sonaba este grupo en el coche de mi hermano, sobre todo el disco de la foto de arriba. Mientras en los pubs y en las discotecas sonaba la música machacona, impersonal, para zombies, nosotros nos limpiábamos los oídos con Marea.

Portadas exquisitas


40

Aliento, en cada actualización, es lo que siempre encuentro en la bitácora de mi colega Ana Pérez Cañamares, “El alma disponible”. Es un sitio que reconforta, como meter los pies en los calcetines cuando, en invierno, notas el frío en los huesos. Como entrar en esas tabernas en las que uno se siente como en casa.

Trailer de Shine A Light


Tras su extraordinario documental con Bob Dylan, Martin Scorsese ha rodado otro sobre The Rolling Stones. ¿Alguien da más? Trailer: aquí.

Su mayor enemigo

Probablemente la televisión sea el mayor enemigo del escritor, del poeta, del filósofo, y, a la vez, el único medio que le concede toda la publicidad que tal vez anhela. Hay y hubo unos cuantos escritores a quienes el vulgo sólo conoce por sus intervenciones televisivas, porque un día aciago los entrevistaron o salieron en un debate y soltaron frases desafortunadas o aquella tarde les asistía el mal humor y las cámaras estaban allí para recoger el momento histórico. Que no es tan histórico, pero la maquinaria televisiva nos hace creer que sí.
Tras la muerte de Francisco Umbral encontré en numerosos periódicos (ya fuese en el texto o incluso en los titulares) su célebre frase “Yo he venido aquí a hablar de mi libro”. Es cierto que dicha sentencia definía, en cierta manera, el egocentrismo de Umbral. Pero todos somos egocéntricos a nuestra manera. Y Umbral lo único que hizo, aquella vez, fue no dejarse torear en una plaza en la que había sido invitado sólo para hacer bulto, para subir la audiencia, y no para hablar de literatura, que es un tema que no interesa apenas a los espectadores, que no vende. No se dejó torear porque le habían hecho creer que iba a hablarse de libros y comprobó que no, que era todo un montaje y una excusa. Siempre me pareció una reacción valiente, aunque sobrada de furia. Si, en vez de protestar en directo, Umbral lo hubiese escrito al día siguiente en su columna, no hubiera utilizado la furia, sino la ironía. Mucha gente sólo conoce a Umbral por esa intervención. Para el vulgo, Umbral es el tipo de gafas de “Yo he venido aquí a hablar de mi libro”. Y, sin embargo, escribió grandes obras, también libros mediocres, y miles y miles de artículos, amén de las entrevistas, los esbozos biográficos y los reportajes de sus primeras andanzas periodísticas. Lo mismo podemos decir de Camilo José Cela. La mayoría de la gente no conoce el esplendor y la serenidad de “Viaje a la Alcarria” y “Pabellón de reposo”, ni la brutalidad de “Mazurca para dos muertos”, ni esas columnas para los periódicos en las que hizo malabarismos con la lengua y con palabras hoy en desuso. Pero la gente sabe que Cela afirmó en televisión que tenía una gran habilidad para absorber, por vía rectal, el agua de una palangana. “Cela: sí, hombre, el de la palangana”, me dicen algunas personas. “Pero, ¿has leído alguna de sus obras?”, pregunto yo. “No, porque me cae mal. Ya sólo con eso del culo y la palangana…” Ese es el daño que hace la televisión a los escritores. Sin olvidar al bueno de Fernando Arrabal, que la montó parda cuando acudió ebrio a un debate de televisión entre (supuestos) intelectuales. Y aquí reconozco mi culpa, pues me sé casi de memoria su intervención en dicho programa, pero no he leído otra cosa de su cosecha que algunos artículos y varias semblanzas. No olvido a Fernando Fernán-Gómez, que ha dirigido grandes películas como “El viaje a ninguna parte” (y que escribió la exquisita novela en que se basa aquella) o “El extraño viaje”, y que cuenta con admirables actuaciones, como su Lucas Trapaza en “El pícaro”, o sus papeles en “Belle epoque”, “La lengua de las mariposas” o “El abuelo”. Y, sin embargo, en España es más conocido por sus legendarios cabreos ante las cámaras.
La televisión es un arma de doble filo. Los hizo famosos, a todos ellos, de una manera que no hubieran logrado gracias a sus libros, o a sus películas, o a sus columnas, o a sus obras teatrales, pero al mismo tiempo mostró la cara más agria de cada uno, o la más tontorrona, o la más desafortunada. Cada vez que una cámara de televisión se acerca a un escritor, éste debería echarse a temblar.

miércoles, septiembre 05, 2007

Variaciones sobre Dylan




Próximamente: I'm Not There, de Todd Haynes. Trailer: aquí.

Los últimos paisajes

Fuimos a ver la exposición temporal del Museo Thyssen-Bornemisza sobre aquel genio loco y angustiado, Vincent Van Gogh: “Van Gogh. Los últimos paisajes”. Como su título indica, se exponen algunos de los últimos cuadros que el artista pintó antes de pegarse un tiro en el pecho y morir dos días después. En mayo de 1890 Van Gogh llegó al pueblecito de Auvers-sur-Oise, el escenario de su muerte, ya próxima. Había salido del manicomio y su hermano Theo (lean “Cartas a Theo”, si no lo conocen) le buscó este sitio en el que reinaba la tranquilidad, y en el que un doctor podría vigilarlo de cerca, mientras Vincent procuraba serenarse y pintar cuadros en un arrebato de creatividad muy prolífica. En el folleto que dan a la entrada cuentan que en Auvers-sur-Oise hizo “más de setenta cuadros y una treintena de dibujos”. La exposición es una maravilla. En estos paisajes apenas hay ya seres humanos, no hay campesinos ni paseantes. Sólo una o dos figuras aisladas en algunos lienzos. Van Gogh se preocupa por el contraste entre las casas viejas y las casas nuevas, pinta jardines y maizales azotados por el viento. En ciertos cuadros hay tanto colorido que dan ganas de aproximarse al lienzo y comerse los paisajes, los árboles, los cielos, los crepúsculos, los tejados de las viviendas, engullirlos como si fueran golosinas o frutos exóticos. Es asombroso que un hombre con el corazón hecho pedazos y la cabeza devorada por el fracaso, las zozobras y los tormentos, pintara esos paisajes floridos, alegres, llenos de vida, tan sólo unas semanas antes de pegarse un tiro.
Pero, si la exposición es una maravilla, no puedo decir lo mismo de la mayoría del público visitante. Para empezar, la sala está repleta de niños, cuya única tarea (y es lógico, pues son niños) es la de perseguirse y jugar, porque los padres los han llevado con ellos, no sé si para intentar inculcarles algo de pasión por el arte o para no dejarlos solos en casa. El colmo es una mujer que tiene a un crío en un cochecito, mientras el marido o el novio o quien sea mira los cuadros. El niño no deja de berrear y llorar durante la media hora larga en que intento disfrutar de la muestra. Un llanto brutal que deja sordo a cualquiera. Un llanto que molesta incluso a los sordos. La madre menea el carro, pero no se molesta en salir de la sala. Todos intentamos concentrarnos en un paisaje de cielo amarillo, o en un bosque en el que se recortan dos figuras, y nos resulta imposible, y la madre congrega miradas de odio. Un cartel pone “Se ruega silencio”. Hay gente que quizá no lo sabe, pero las exposiciones, así como el teatro, la lectura o el cine, requieren silencio para su disfrute. Pero no acaba ahí la cosa: queda la evidencia de que pocas personas saben observar un cuadro. En vez de alejarse unos metros para captar la esencia del óleo, el personal se apiña delante de cada lienzo, todos apretujados, con las narices metidas en la pintura, como si el cuadro fuera microscópico. Así que me coloco a cierta distancia, pero me resulta imposible ver el cuadro completo: la gente ha pegado la nariz y no goza del lienzo visto de lejos.
En la última sala vuelvo a enfurecerme. Es un mercado. Se necesita alguien que azote a los mercaderes y los eche del templo del arte. Porque, aquí, en esta sala, han convertido en el eje del merchandising a Van Gogh y a sus lienzos. Hay camisetas, tazas de café, bolsos, llaveros, etcétera. Es algo que no soporto. No soporto que un hombre que sufrió tanto, un artista masticado por la soledad y por el fracaso, que se cortó una oreja, que no vendía sus obras, que acabó suicidándose, sea hoy el motivo principal de esta maquinaria de consumo masivo.

martes, septiembre 04, 2007

Funny Games


Por fin he conseguido ver esta película. Nunca se estrenó en Zamora, jamás la pillé en la tele ni la encontré en vídeo ni en dvd (parece que, en este formato, salió hace sólo un año). Al final tuve que recurrir al Lphant. Michael Haneke coge las entrañas del espectador y se las retuerce, y parece decirle, como si fuera un drugo: "Videa bien, hermanito, porque aunque esto es ficción, parece real y podría pasarte a ti". Esta película te sacude. Sí, podría pasarle a cualquiera. Cuenta la simple historia de dos jóvenes psicópatas que se cuelan en la casa de campo de una familia, dispuestos a jugar con ellos, a ejercer su habilidad para la violencia y la humillación. Con ecos de A sangre fría, Reservoir Dogs y La naranja mecánica. Hay que verla.

Retorno al barrio

Retorno a Madrid. Retorno al barrio, que nos recibe con su espiral cotidiana de violencia y degradación. Tras un viaje matutino y sin tráfico ni incidentes, bajamos con el coche hacia Lavapiés. Detrás de nosotros se coloca un vehículo de la policía nacional, con la sirena en funcionamiento y lanzado hacia el barrio, probablemente a detener alguna pendencia o a hacer una redada. El lado izquierdo de la acera está protegido con pivotes. El lado derecho está lleno de coches aparcados y de remolques de obras. No hay salida, salvo pisar el acelerador y darse a una carrera alocada que desemboque en la plaza, donde uno se puede echar a un lado para que el coche de la policía siga su camino sin estorbos. Es la primera emoción al entrar en el barrio, el primer delirio, la señal inequívoca de que aquí siempre hay fiesta.
Mis noches vuelven a ser como antes: repletas de alcohólicos y de delincuentes. Mis tardes, también. Baja uno hasta el supermercado y, de paso, ve el comienzo de una gresca. Un borracho sin camiseta, con el pecho y la espalda desnudos, se empuja con otro tipo. Hay dos mujeres enzarzadas entre ellas. Un coche de la policía baja por la calle a todo trapo. Desde casa uno ve el desarrollo de la reyerta, que es algo que hacen todos los vecinos del barrio porque esto no es como la tele, aquí no hay trampa ni cartón, aquí la sangre es real y no hay dolor fingido. Los agentes los separan. Pero da igual. Uno de los hombres, el del torso desnudo, de cráneo afeitado y de unos cuarenta y tantos años, sale corriendo a pegarse con alguien. Un policía desenfunda la porra, pero no casca a nadie, o yo no lo veo. En la plaza hay gente durmiendo encima de los colchones, que habrán sido colonizados por los ácaros y las chinches. Una noche, un borracho arma un escándalo junto a nuestro portal. La vecina de arriba, que tiene que madrugar para ir al tajo y que está harta de pasarse las noches en vela, le grita cuatro improperios. Que deje de molestar. Que se vaya a otra parte. Que algunos madrugamos para ir al trabajo.
Otra vecina te dice que un hombre del barrio, uno que lleva trabajando aquí un montón de años, asegura que, cuando alguien se muda a Lavapiés, los delincuentes de poca monta se quedan con su cara, controlan a quienes viven en el barrio, y entonces estos (o sea nosotros, o sea yo) se convierten en intocables. No se les molesta, no se les roba. En el edificio en el que vivo estuvo alojada, antes de llegar e instalarme aquí, la modelo Cristina Piaget. Me cuentan que, al poco de mudarse al barrio (ahora vive en otra parte, no sé dónde, pero no en Lavapiés), algún desalmado le echó el ojo, pero otro tipo que estaba a su lado le dijo: “A ésa déjala, que es vecina del barrio”. De modo que, si uno es inquilino de la zona, se supone que no le pasa nada. Ahora entiendo por qué no corro peligro, y por qué paseo por las calles principales como si esto fuera una Disneylandia miserable. Otra noche de estas, tras el regreso a la capital, observo dos escenas justo debajo de mi balcón. A mi derecha hay unos moros, unos marroquíes, los que venden costo y hachís en las esquinas, que se empujan, se gritan, se enzarzan, pero nunca llegan a las manos. Siempre son los mismos. Los moros suelen ser de los de mucho ruido y pocas nueces. Prefieren dar patadas a los coches, tirar contenedores, y cosas así. Gestos. A mi izquierda, otros tres moros abren una o dos carteras robadas. Sacan el dinero, echan un vistazo a la documentación y luego lanzan todo (menos la pasta, claro) por una alcantarilla, por donde caerá hacia las cloacas y hacia un destino lleno de ratas, donde sus propietarios jamás podrán encontrar su dni.

lunes, septiembre 03, 2007

Los desiertos verdes, de Juan Gil Bengoa

Me parece, éste, un poemario valiente. Está dedicado a las víctimas del terrorismo, uno de los temas centrales del libro. Su autor, nacido en Bilbao, describe las situaciones de tensión y miedo en el País Vasco (Y todas las noches desde mi ventana / los siento navegar en el silencio / husmeando como gatos / en los bajos de mi coche), el alivio de pasear por otras tierras extranjeras (Sabía que en ese momento irrepetible / mi dicha eras tú / y saber que allí nadie nos iba / a venir por la espalda), la angustia cotidiana (Hay lugares / donde sien y nuca / son palabras / que estremecen / de veras). Pero también hay lugar para el amor y la nostalgia por quienes se fueron. Quizá por abordar un tema en el que, además, el poeta no cae en el panfleto, y lo trata con sutileza, el libro apenas ha tenido recepción crítica. Es una pena, porque necesitamos más libros como éste. Gil Bengoa ha publicado tres novelas y dirigido un cortometraje. Os dejo con un breve poema:
MAPAS
Pende sobre mi ánimo
la angustia y el recelo por el hacha
y la enroscada serpiente que traza
sinuosos límites al sueño.
Mis sueños hoy se reducen
a no vivir y soñar la vida,
evocar rincones de la memoria
e imaginar los lugares (esos puntitos mágicos
de los mapas) que tanto anhelo.

39

Tomás Hernández Castilla, gran poeta, gran amigo, gran persona, me llama por teléfono. Tomás me llama cada cierto tiempo. Suele hacerlo desde la cárcel de Topas, en Salamanca, desde su puesto de funcionario de prisiones a punto de jubilarse. Odia las cárceles y todo cuanto representan. Está asqueado de cuanto ha visto. Me habla de su Cuaderno de apuntes y meditaciones, a un paso de entrar en la imprenta, y que yo devoraré en cuanto salga a la luz. Cuando le hablo de las traiciones que he soportado en los últimos tiempos me dice: “Eso está bien. Está bien que te ocurra. A mí también me ha pasado. Nos sirve para saber que estamos solos”.

Clausura

El tercer día de nuestro viaje sopló un viento molesto, pero ya no hacía tanto frío y se detuvieron las lluvias, y pudimos bañarnos un rato. Comenzamos la mañana yendo a Santillana del Mar, preciosa localidad que yo ya conocía. En Santillana del Mar se encuentra uno con gatos que, en la calle, duermen siestas poco profundas, porque siempre estamos cerca los viajeros y los turistas para molestarlos, o sea, para hacerles unas fotos. Los gatos tienen el ceño fruncido, pero supongo que se han acostumbrado a que el personal les maree y se les acerque para tratar de darles una caricia o llamar su atención. Me gusta el olor a artesanía y a queso y a bollos que flota en las rúas de Santillana, y admiro la arquitectura y el trazado de las callejuelas, pero reconozco que es un pueblo devorado en exceso por el turismo. Sobran las tiendas de souvenirs, de cerámica, de figuritas y camisetas, pero entiendo que de algo hay que vivir. Santillana es un mercado de productos gastronómicos y de productos artesanos. Un gran mercado donde se ve mucha gente haciendo fotografías y consultando planos. Los comercios que no sobran, desde luego, son aquellos donde uno puede comprar las viandas típicas: tabletas de chocolate, tarros de anchoas, corbatas y sobaos, quesos, botellas de sidra, etcétera. Para comer, algunos de nosotros pedimos una “sartenada mitológica”. La que pedí consistía en huevos, patatas fritas, pimientos y lomo picado. De Santillana fuimos hasta Comillas, pero apenas rondamos por allí unos minutos. Fue una visita relámpago para ver El Capricho de Comillas, de Gaudí.
Y terminamos el día en San Vicente de la Barquera, otra vez. No hacía mal tiempo, aunque sí corría un viento muy molesto que empujaba cortinas de arena fina que azotaban y picaban las piernas, así que nos dimos un baño. Lo disfruté porque gozamos de una generosa ración de esas olas propias del Cantábrico que te doblan y te derriban, como si un gigante de agua nos estuviera dando una paliza a base de bofetones. Mientras nos secábamos al debilucho sol que asomaba a veces entre las nubes, el viento nos iba llenando de arena el cuerpo. Salimos de allí como si fuéramos croquetas hechas de arena. Y subimos a visitar el mercado medieval que aquel sábado celebraban en la parte antigua del pueblo. Cenamos de tapas en un garito donde servían pescados y mariscos.
El último día cántabro lo pasamos en Santander, antes de irnos a media tarde de regreso a Zamora. En esa última jornada hizo buen tiempo, en Los Tojos nos alumbraba un sol poderoso y con los cielos despejados que a mí me recordó que La Ley de Murphy siempre se cumple: hay un clima estupendo justo el día en que tienes que recoger los bártulos y largarte de la ciudad y concluir las vacaciones. Cuando abandonábamos la posada de Los Tojos, una señora que hacía sus labores a la puerta de una tienda de comestibles típicos nos preguntó: “¿No les da pena irse?” A uno siempre le da pena abandonar los lugares en los que se lo ha pasado en grande. Nos bañamos en la Playa del Sardinero. Me di cuenta de que no había mucha gente joven en la playa: abundaban las familias y los matrimonios de la tercera edad. Un colega me dijo que los jóvenes se congregaban en otra playa. No recuerdo si en mi primer viaje a Santander, hace años, estuve en ella o no. Pero da lo mismo. Cuando abandonábamos las tierras verdes de Cantabria, de vegetación espesa y húmeda, y en el paisaje comenzó a dibujarse la aridez de Castilla y León, me acometió la nostalgia del norte. Y la nostalgia del verano, que, con esta clausura, se me iba ya de las manos.

domingo, septiembre 02, 2007

Citas. 52

Escribo para limpiarme por dentro. Trato, por así decirlo, de apartar de mi corazón ciertos sentimientos, ciertas emociones, que me impiden mejorar como hombre, que me impiden convertirme en una persona buena, sencilla, humilde, sincera y honrada.
"Un poeta es, por de pronto, un hombre", decía Gabriel Celaya. Y yo lo suscribo. Soy un hombre. Exactamente igual que los demás hombres. Con sus mismos defectos y sus mismas virtudes. Y dentro del poema debo mostrarme ante mis posibles lectores tal y como soy. Sin trampa ni cartón.
David González, No doblar las rodillas: Siete proyectos críticos en la poesía española reciente

Arena de Santander

Durante nuestro segundo día en Cantabria tampoco pudimos bañarnos. Al abrir los postigos de la ventana de la habitación que me asignaron en la posada de Los Tojos vi un cielo negro, muy surtido de nubarrones. La lluvia azotaba el balcón. Al bajar a desayunar me encontré con Félix, el gato de la casa. Estaba echado en un sofá, con los ojos semicerrados, listo para un sueñecito. Pude acariciarlo, pero cuando intentaba hacerle unas fotos se largó a la calle. Salimos del pueblo a las once de la mañana. Tardaríamos unas doce horas en volver. Aquel día tocaba Santander.
Conocí Santander hace unos años, y supongo que después de aquella visita escribí algún artículo, pero no lo recuerdo con exactitud. En este viaje no merodeamos mucho por la ciudad de Luis López, fotógrafo, santanderino de nacimiento y zamorano de adopción. Estuvimos siempre cerca de las playas y del puerto, porque teníamos ansia de ver el mar, y de sumergirnos en sus aguas, y de pasear por la playa con los pies descalzos. Después de una caminata con las botas puestas bajamos hasta la arena. Sólo había un valiente bañándose, o quizá fuesen dos. Salvo esas personas, la playa estaba desierta. Hay que pisar la arena con los pies descalzos, como digo, porque es la única manera de liberarse por completo del yugo del calzado, de sentir la humedad y el frescor del mar. Paseamos por la playa así, ataviados de chaquetas y de jerseys para combatir el frío, pero con los pies al aire, que a veces metíamos en el agua para refrescarlos y que corriera la circulación. Comimos en un restaurante en el que pedí, de primer plato, una crema de marisco que no se la saltaría un gitano. Después de comer subimos hasta el Palacio de la Magdalena, que ofrece buenas vistas, y donde se celebran todos los veranos los cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Era uno de mis recuerdos: el paisaje desde allá arriba. Cerca de los jardines pasaban, de vez en cuando, parejas de policías a caballo. A mí me parece mucho más digno un policía subido en un caballo que, por ejemplo, en una bicicleta, como he visto no sé dónde. Me gusta la bicicleta, pero no me parece el vehículo ideal para los agentes. También pasamos por el pequeño zoo que hay en el Parque de la Magdalena, donde tienen y retienen patos, cisnes, focas, pingüinos y leones marinos. Las focas y los leones se limitaban a dormir, despanzurrados en la sombra. Alguno de ellos se puso a nadar, pero en general ni se movían. Una foca, tumbada en la arena, miraba con una especie de curiosidad rutinaria a quienes la observábamos desde arriba. Los pingüinos me encantan. Según rezaba el cartel, había varias clases de pingüinos. Parecían niños de etiqueta, vestidos con un frac para hacer la primera comunión. Pero, en cualquier caso, niños simpáticos. Los pingüinos aparecen ahora en casi todas las películas de dibujos animados.
Al lado, en la Playa del Camello, está la estatua del Niño del Tridente. Creo que se llama así. Se recorta sobre un peñasco cuya cima está rodeada de vegetación. Si no es de ese modo y equivoco los nombres, ya vendrá alguien a corregirme. Le hicimos unas cuantas fotografías al Niño del Tridente. Al ampliarlas y observar los detalles, la estatua da repeluzno, como si hubiera salido de un filme de horror. Le faltan los brazos y se le nota el cuerpo erosionado. De regreso a Los Tojos nos tocó padecer un temporal insoportable. Lluvia, relámpagos, niebla, viento. En la ascensión por las curvas tan cerradas entre Correpoco y Los Tojos se me hizo un nudo en la garganta. Fue un alivio, después de atravesar tramos en los que sólo se veían las señales luminosas de los quitamiedos del arcén, divisar las primeras luces del pueblo.

sábado, septiembre 01, 2007

Canciones de la gran deriva, de Vicente Muñoz Álvarez

Quizá sea éste el libro de V. que más me ha gustado, de cuantos he leído hasta ahora. O quizá lo digo porque es el último que he saboreado y, por tanto, del que conservo un recuerdo más fresco. En cualquier caso, me parece una joya: está publicado en la Colección Zigurat del Ateneo Obrero de Gijón. V. logra que uno se identifique con estos poemas de desolación y batallas que uno pierde en su lucha contra el tiempo y lo que depara el futuro. A pesar de sus fracasos, jamás deja que lo engulla esa máquina de tópicos y lavados de cerebro que es la sociedad. A pesar de todo, el narrador de este poemario continúa en la brecha, dispuesto a sufrir y a sobrevivir. Por cierto: a mí me sucedió exactamente lo mismo que describe Vicente en el poema titulado Del otro lado; quien lo conozca ya sabe a qué me refiero, y ocurrió hace ya muchos años, en mi ciudad, en esa época lejana en la que tuve coche propio, un destartalado R5 rojo de segunda mano.

8 de septiembre



Uno de los libros que con más expectación espero es La carretera, que sale a la venta el día 8 de septiembre. En la publicidad lo anuncian con una frase de mi colega Julio (pincha en la foto para leerla).

Berellín y Llanes

El primer día en Cantabria nos dirigimos a San Vicente de la Barquera, a comer en un pequeño restaurante en el que pedí, de primero, una paella de marisco, porque siempre que estoy cerca de la playa insisto en propinarle al estómago los productos que provengan del mar. No me alojé en la posada de Los Tojos hasta el anochecer, cuando llegamos molidos de juntar el viaje desde Zamora, los cortos paseos por San Vicente y la visita a Llanes, en Asturias. Demasiadas horas de carretera y de caminatas continuas. De camino a Llanes paramos en la playa de Berellín o Barnejo (pues por ambos nombres se la conoce), en Prellezo. La marea estaba baja, así que pudimos andar por entre las calas y los acantilados. Es uno de los rincones más bellos que he visto jamás. Un entorno de vegetación espesa, rocas erosionadas por las olas, arena fina y muy blanca, cavidades que parecen anticipar la entrada a grutas en las que podrían cobijarse esos cofres de corsarios que salen en las novelas de aventuras. Cada pocos pasos se tropieza uno con montones de algas y desperdicios del mar. El hedor a salitre, con marea baja, es bastante fuerte y un poco desagradable. Aquella tarde nos azotó un viento helado y cayeron algunas gotas de lluvia. Hubo que ponerse un jersey. Nada me hubiese gustado más que haberme dado un baño. Cuando nos marchamos de allí la marea empezaba a subir. Fue una tarde de tiempo desapacible.
En Llanes, después de aparcar los coches, fuimos paseando hasta el puerto, en cuya escollera se exhiben “Los Cubos de la Memoria” de Agustín Ibarrola, quien, durante el franquismo, estuvo algunas veces en la cárcel. Más de doscientos bloques de cemento, en los que ha pintado flores y frutas, maletas, hojas de cuaderno caídas, animales, alusiones históricas y, en fin, otros muchos motivos. Las olas rompen contra ellos y los lamen, mientras uno estudia el mar, lo absorbe con la mirada, huele el salitre y nota la brisa en el pelo. Me llamó la atención un cartel en el que advertían que nadie se responsabilizaba de los accidentes ocurridos en el puerto y en el rompeolas. Me llamó la atención que desde allí, desde la escollera, se divisaran un par de rocas que son calcadas o muy parecidas a las que salen en la película “Los Goonies”. Aquellos promontorios que coinciden con los agujeros del medallón de los protagonistas, y que procuran las claves para acceder a un mundo de secretos antiguos, tesoros escondidos y esqueletos de piratas. Esto no es una locura mía: cada amigo que se fijaba en esas grandes rocas, próximas a la orilla, decía lo mismo, o sea, que le recordaban a “Los Goonies”. Cerca de una lonja observamos a las gaviotas devorando las cabezas de pescado que los pescadores cortan y dejan en el agua. Se cebaban primero en los ojos, y luego metían el pico dentro de la cabeza, buscando las partes más blandas.
Nos sentamos, tras el paseo por la escollera, en una terraza, a tomar un café. Como no venía nadie a atendernos, fui hasta la barra. Allí había una muchacha, creo que cubana. Le pregunté, para salir de dudas: “¿Nos toman nota en la terraza o venimos a pedir aquí?”, y ella me dio una de las más extrañas respuestas que haya oído nunca: “No, mejor venís aquí a pedir, ya que aquí está todo”. Cenamos de pie, tapeando, de picoteo, en un par de bares en los que pedimos una tabla de quesos, chorizo a la sidra, patatas con cabrales, anchoas, calamares y, por supuesto, un par de botellas de sidra para acompañar. Aquella noche sopesamos la idea de ir una mañana a Gijón, pero luego lo pensamos con frialdad: son demasiados kilómetros sumando la ida y la vuelta, de Los Tojos a Gijón y de aquí a Los Tojos en el mismo día.