viernes, noviembre 17, 2006

El mágico prodigioso (La Opinión)

El Diablo de esta obra, seductor, mentiroso y sibilino, convence a los espectadores desde el primer minuto en que aparece en escena. En esta versión de “El mágico prodigioso” de Calderón de la Barca, estrenada en Madrid el miércoles por la tarde, el Diablo tiene voz y cuerpo de mujer. Todo un acierto que nos recuerda a ese Lucifer de “La Pasión de Cristo”, interpretado por una mujer de rasgos andróginos y cabeza afeitada al cero. El papel del Demonio en esta obra, con dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente y versión y composición musical del zamorano Daniel Pérez, recae sobre Beatriz Argüello. Ella despunta en un reparto que incluye a Jacobo Dicenta como Cipriano y a Cristina Pons como Justina, además de una breve intervención de Xavier Elorriaga en la piel del Gobernador de Antioquía, entre otros actores. Argüello ofrece una lección interpretativa magistral, y expone todas las caras que atribuimos al Diablo: unas veces, sensual, fascinante y atractivo, desplegando en sus movimientos tanto el erotismo como el engaño; otras, despótico, malvado, aterrador; pero también admirable, poderoso y grandilocuente. El Demonio tienta a Cipriano, un hombre enfrascado en la cultura y en los libros, para que se enamore de Justina. Después, ofrece a Cipriano comprarle su alma a cambio del amor de la muchacha. El mito de Fausto, que siempre da mucho juego, aparece aquí, en la obra de Calderón, envuelto en intrigas de alcoba y amores no correspondidos.
Se estrenó en Madrid el miércoles, como digo. A las ocho y media en el Teatro Albéniz, en el que yo nunca había estado. Me queda a menos de diez minutos de casa, andando. Las primeras personas a las que vi antes de entrar en el Albéniz son amigas y zamoranas: Daniel Pérez, director del Teatro Principal y responsable de la estupenda versión que se ha estrenado, y Mercedes López, con quien antaño compartí la tertulia cultural de Radio Zamora. Dentro del edificio me tocó asiento de entresuelo, en la primera fila, y desde allí pude divisar el patio de butacas. Entre el público estaban los actores Manuel Tejada, María Asquerino y Chete Lera; y el alcalde Antonio Vázquez y el concejal Pedro Roda. Supone un apoyo importante que Vázquez y Roda hayan acudido a ver la obra: hicieron lo correcto y es justo señalarlo.
“El mágico prodigioso”, amén de un texto bellísimo donde uno se quita el sombrero ante la destreza poética de Calderón, incluye una puesta en escena espectacular y repleta de efectos especiales: tormentas con rayos y truenos, cables para alzar a los actores o descender por ellos, telares y carracas, nieblas artificiales, juegos de luces y sombras. El único inconveniente fue la gran mayoría del público. No sé si es que todo el mundo estaba acatarrado o es que los espectadores pertenecían a la tercera edad, pero la frecuencia de las toses terminó por sacarme de quicio. Desde el entresuelo se oyen menos las declamaciones de los actores, y se hacía difícil seguirlo con el personal cediendo a sus ataques de tos. Deberían anunciar, en los teatros, caramelos que suavicen la garganta, o, si no, que la gente resfriada no acuda a ver estas obras hasta que sane. Vi también a un par de fulanos jugueteando con el móvil: ¡Cuánto daño han hecho los teléfonos móviles al cine y al teatro! Por culpa del concierto de toses, a veces me perdía varios versos, e incluso alguna vez perdí el hilo. Que los actores no se salieran de su papel con tanto jaleo de carrasperas me pareció una auténtica proeza. Pero ni siquiera eso pudo con los sentimientos que despierta la obra, y que, en los últimos tramos, emociona como los clásicos saben hacerlo. Enhorabuena.

jueves, noviembre 16, 2006

CineMad' 06


CineMad: XIII Semana de Cine Independiente y de Culto. Del 17 al 25 de noviembre. Entrada gratuita. Aforo limitado.
Descarga el programa aquí.

Citas. 12



No tener una meta es también una meta, y el hecho de buscar es también un objetivo, cualquiera que sea el objeto de la búsqueda.

Gao Xingjian, La Montaña del Alma

Tres momentos de gloria (La Opinión)

No estaba entre mis actores favoritos o, al menos, entre aquellos cuya carrera he procurado seguir de principio a fin. Jack Palance, un actor solvente, tenía un rostro de piedra en cuya piel se podían encender fósforos sin que se inmutara. En su angulosa cara se acentuaba mucho la calavera, y sus facciones eran más propias de una serpiente, como si alguno de sus antepasados hubiera sido un reptil. En un tebeo de Lucky Luke supieron hacerle la caricatura perfecta y, si no me falla la memoria, adjudicarle un papel de villano con pistolas. Pero Jack Palance protagonizó, ya fuera en el cine o en la vida real, tres momentos que a mí me parecen inolvidables. El primero, en su papel del revolucionario Jesús Raza para “Los profesionales”, cinta que vuelvo a ver de vez en cuando para comprobar que quedan pocos tipos duros como los de antaño (ahí estaban Burt Lancaster, Lee Marvin, Robert Ryan, Woody Strode, el propio Palance y la bella Claudia Cardinale, que era dura a su manera femenina). Concretamente, poco antes del final de este western atípico: en un desfiladero, Lancaster y Palance, heridos de bala y ahora enemigos, conversan sobre el significado de la revolución antes de volver a enfrentarse, y Palance dice: “La revolución es como la más bella historia de amor. Al principio, ella es una diosa, una causa pura; pero todos los amores tienen un terrible enemigo”. “El tiempo”, se adelanta su oponente. Y Palance/Raza sonríe y continúa: “Tú la ves tal como es. La revolución no es una diosa, sino una mujerzuela. Nunca ha sido pura, ni virtuosa, ni perfecta, así que huimos y encontramos otro amor, otra causa. Pero sólo son asuntos mezquinos; lujuria, pero no amor; pasión, pero sin compasión. Y sin un amor, sin una causa, no somos nada”. Su soliloquio continúa y él, herido en la pierna, bebe de una botella de tequila para apaciguar los ardores de la bala que le acaban de meter. Nunca estuvo más grande este actor que en ese momento espléndido de derrota y romanticismo.
Mi segundo momento favorito se encuentra en “Cowboys de ciudad”, donde interpretaba a un rudo vaquero llamado Curly y, para asustar a Billy Cristal, decía aquella frase que tanto nos hizo reír: “Mis boñigas son más grandes que las tuyas”. En esta película, los personajes de Cristal y Palance llegan a alcanzar cierto entendimiento, a pesar de sus rencillas y sus personalidades opuestas a lo largo del metraje. Palance, a lomos del caballo, con un pitillo en la comisura, pañuelo rojo al cuello y rostro de granito curtido por el sol de las praderas, le cuenta a Cristal el instante más apasionado de su vida, cuando vio a una mujer de lejos, supo que era su gran amor y se dio la vuelta para siempre. Con este papel, el actor volvía a hacer lo que mejor se le daba: un tipo duro que cobija un corazón de oro. Luego, debido al éxito de “Cowboys de ciudad”, y a que él ganó el Oscar al mejor secundario, se sacaron una secuela de la manga en la que él mismo hacía de su hermano gemelo. No quise verla, porque esas vueltas de tornillo a un guión se me antojan demasiado mediocres.
El tercero ya lo habrán adivinado, porque todo el mundo lo tiene en mente y en los obituarios que le han dedicado estos días en los medios lo rememoraban. En efecto, cuando subió a por su único Oscar y protagonizó una de esas escenas históricas de la vida real: para demostrar que, a pesar de la edad, estaba en perfecto estado físico, se tiró al suelo para hacer unas cuantas flexiones. He vuelto a ver el vídeo y sigo teniendo envidia: no creo que yo pudiera hacer ni la mitad. Alcanzó otros momentos grandiosos, pero estos son los que no olvidaré.

miércoles, noviembre 15, 2006

El Lector Sin Prisas (Blog)


Hoy comienza mi colaboración en El lector sin prisas, junto a los escritores Rafael González y Paco Sanguino, un blog alojado en el Grupo Epi (Grupo Editorial Prensa Ibérica), o sea, la empresa de la que forma parte el periódico en el que escribo artículos diarios: La Opinión de Zamora.

La finalidad es ir colgando, de vez en cuando, reseñas de libros. En palabras de Sanguino, y con su permiso: "No tienen por qué ser comentarios de novedades, el caso es reseñar lecturas que nos hayan deleitado, hace años o hace días. Pretende ser un blog eminentemente colaborativo y estamos abiertos a que cualquier interesado deje su reseña, al estilo de la experiencia de Auster con Creía que mi padre era Dios". Y, dirigido al lector: "Además, si te animas a hacer cualquier reseña de una lectura, te animamos a que nos la mandes. Siempre que sea necesario, seleccionaremos las más interesantes para que se unan a nuestro blog". Espero que os animéis.

He empezado con un comentario sobre Meridiano de sangre.

Figuras de acción (La Opinión)

Me cuesta desprenderme de ciertos objetos. Por ejemplo, de los juguetes. Algunos juguetes. La otra tarde, rebuscando entre mis pertenencias más antiguas, encontré unos cuantos muñecos articulados dentro de una caja de cartón. Se les llama también figuras de acción, y no pienso arrojarlas a la basura. No lo hice antes ni pienso ceder ahora. Son una muestra representativa de los juegos de la niñez. Los despliego ante mí, encima de la mesa del ordenador, para describirlos mientras hago el artículo. Hay tres ejemplares de Madelman. No les veo la fecha de fabricación por ningún lado, quizá porque eran españoles y los españoles somos así de dejados; a juzgar por los pies y otros rasgos, sospecho que son de finales de los setenta. Los tres tienen el mismo peinado de Burt Reynolds en “Deliverance”, y juntos parecen recién salidos de “Acción Mutante”. Al primero le falta el brazo derecho y la pierna izquierda; para colmo, un garfio sustituye a su mano izquierda, porque supongo que su oficio fue el de pirata. Ni siquiera le queda ropa y lleva esos calzoncillos que le ponían a estos muñecos y que parecen pañales de bebé. El segundo viste un mono amarillo y raído, similar al de Bruce Lee en “Juego con la muerte”, que luego homenajeó Tarantino en su “Kill Bill”; el tiempo y el uso le han machacado la cara, y un brazo y una pierna están sujetos gracias a unas tiras blancas de esparadrapo. El tercero es un sheriff sin roturas ni deficiencias. Que se haya conservado entero y limpio se me antoja un milagro.
Encontré asimismo un Big Jim. Varios chavales de mi generación no conocieron esta clase de juguete. Alguna gente, incluso, nunca saca los muñecos de sus cajas. Eso los revaloriza y luego puede venderlos por un pastón, como hacía el protagonista de la comedia “Virgen a los cuarenta”. En eBay, ese gran mercado donde pueden descubrirse innumerables objetos de coleccionista, venden un Big Jack en su caja, sin abrir ni estrenar, por unos sesenta euros. Big Jack era la versión afro de Big Jim, y recuerdo que tuve un ejemplar, con su sombrero, su machete y hasta un trozo de caña de azúcar. Big Jim y su colega Jack eran físicamente agraciados, menos feuchos que el Madelman y con más músculos. De entrada, al blanco lo habían peinado como a Robert Redford en “Dos hombres y un destino”, y eso favorece mucho. Al que encontré el otro día en la caja le falta una pierna. Al Big Jim yo lo torturaba con frecuencia, para que pareciese un héroe forjado en peleas y aventuras: con una cuchilla le hacía cortes en un bíceps y en la cara, ambos de goma, y luego aplicaba rotulador rojo a las heridas. Eso, a los ojos de los chavales, les confería otro empaque, como si fuesen soldados muy fatigados por las batallas. La pena es que, de esta colección, se me han extraviado algunos realmente graciosos, como El Increíble Doctor Acero, un fulano calvo y karateca cuya caja incluía una tabla para romper de un mandoble (la tabla era de plástico y con truco, claro). En eBay te soplan por este bicho unos cien euros. Y atesoré un Jerónimo del que sólo guardo la cabeza, con una melena despeinada y expresión de estreñido. Me gustaban menos los Geyperman, pero por casa hay algún superviviente. El Geyperman era demasiado alto y frío, pelón y artificial.
Me asombra que algunos conservemos durante tantos años estas figuras de acción. Hoy los coleccionistas pagan, como acabo de apuntar, precios desorbitados por estos muñecos. También conservo otros, pero mi norma es no venderlos. Además, los torturé tanto en mis juegos que parecen víctimas de guerra. La mayoría de mis muñecos articulados cumplirá treinta años dentro de unos meses.

martes, noviembre 14, 2006

Citas. 11


Es difícil que las personas inteligentes elogien las dictaduras, por la sencilla razón de que cuando una dictadura se pone en marcha lo primero que liquida es a la persona inteligente.
George Orwell, Orwell en España

Cómic: Batman: El largo Halloween, de Jeph Loeb y Tim Sale


Un asesino en serie siembra el terror en Gotham City: mata a la gente sólo los días festivos, siguiendo la gran tradición de otros psicópatas célebres. San Valentín, El Día de Acción de Gracias, El Día del Padre... Batman, el fiscal Harvey Dent y el comisario Jim Gordon juran unirse para atraparlo. El misterioso tipo se hace llamar Festivo, y suele dejar regalos en el escenario del crimen.
Este cómic por entregas es una puesta al día del género negro: por eso desfilan por sus viñetas los mafiosos y las mujeres que empuñan revólveres entre las sombras, y por eso encontramos ciertos guiños en el guión y en el dibujo a películas famosas. Cuando Festivo asesina, sus autores optan por dejar las viñetas en blanco y negro, con alguna pincelada de color, como homenaje al cine de la mafia. Aunque no me gustó tanto como Batman: Silencio, la historia mantiene al lector en vilo y en sus páginas aparece una galería jugosa de secundarios: El Espantapájaros, Catwoman, Julian Day, Joker, Enigma, Poison Ivy, Sombrero Loco, etcétera.

Volver (La Opinión)

Estuve el fin de semana en Zamora, fiel a mi visita mensual, y salí de farra las dos noches. En los bares, principalmente el sábado, no cabía ni una pulga. Con los amigos con quienes iba de copas, y luego con la gente que me iba encontrando en cada garito, no sé por qué, el tema siempre era el mismo: nuestra ciudad. No fue premeditado. Estábamos en el Avalon y un colega, que ha regresado a la provincia después de unos años viviendo en otros lugares, me dijo que estaba contento de haber vuelto. Quizá dentro de unos años me canse de la ciudad, contaba, pero de momento estoy muy bien. En el Mesón de Piedra salió el tema de Madrid y Zamora y la tortura del viaje entre ambos lugares, muy pesado por culpa del tráfico y las obras. Uno de mis amigos vivió en Madrid durante un año. Volvió a sus orígenes y no quiere saber nada de alojarse de nuevo en Madrid. Su novia tampoco, y su deseo es volver de la capital. Dijimos que las dos mejores ciudades para ir de bares y divertirse son Gijón y Zamora, es decir, urbes pequeñas y en las que no te veas obligado a tomar el metro, el taxi o el autobús nocturno para moverte entre los garitos y para regresar a casa. De hecho, yo mismo salgo de bares en Zamora todo lo que no salgo en Madrid, donde se gasta uno demasiado dinero. Pero lo mejor, y en eso coincidíamos todos, es que, cuando te das una vuelta por Los Herreros o por los pubs próximos a la Plaza Mayor, sueles toparte con caras conocidas y puedes charlar un rato, y eso es un lujo.
Continuamos la ruta: el Popanrol, La Bodeguilla, el Mesón del Chorizo, el Pintón. En el Pintón, un tipo al que hacía tiempo que no veía me contó que estaba encantado con su regreso a casa. Había estado trabajando fuera, en otras ciudades, y ahora tenía otra vez las cosas que antes añoraba: las visitas a su bar favorito de Los Herreros, encontrarse con sus colegas, recorrer la ciudad a pie. Seguimos visitando garitos. Y en el Señor Baco, que ahora regenta uno de mis primos, sucedió algo curioso. Dos de nosotros estábamos conversando junto a la barra y se nos acercó un chico con barba, a pedirnos fuego. No fumamos, así que le dijimos que no podíamos ayudarle. Casualmente, estábamos hablando de las virtudes de la ciudad (que las tiene, a pesar de sus imperfecciones), y el tipo, festivo y achispado, nos soltó: Eh, tíos, Zamora mola un montón. Yo le dije: Mira, precisamente estábamos hablando de eso. Preguntó: ¿De dónde sois vosotros? De Zamora, respondimos. Pero yo vivo en Madrid, añadí, desde hace poco. Y él añadió: Sí, yo soy de Madrid, pero he venido a ver a unos amigos y esto es la hostia, me encanta. Luego nos chocamos las manos, nos dimos palmadas, etcétera. Durante esas dos noches hablé con mucha gente, y a menudo el tema de la ciudad se inmiscuía en las conversaciones. Insisto en que no estaba premeditado, sino que vino dado por la situación. Cuando dos se encuentran y hace tiempo que no se ven, se intercambian las preguntas: ¿Qué tal por Madrid? ¿Y tú por Zamora?
El sábado, de madrugada, volví a casa envuelto en el cobijo encantador de la niebla. Se me helaron los huesos, pero fue un broche de oro. Por fin algunas personas de mi generación comienzan a encontrarse cómodas en la ciudad. Me alegro. Ya no hay tantas quejas, quizá porque, cuando se ha salido y se ha vuelto, como me dijo un colega, advierte uno que la tierra tira mucho. Lo único que puedo añadir es que, si solventas la depresión de las tardes laborables en Zamora, lo demás se lleva bien. Por mi parte, me encuentro cómodo en Madrid (a pesar de sus imperfecciones) porque soy cautivo de la variada oferta cultural que hay aquí; es su virtud.

lunes, noviembre 13, 2006

Cine inédito: Wolf Creek


Estupenda película de terror que descubrí gracias al blog Abandonad toda esperanza. Se trata de una producción australiana inspirada en hechos reales. Sí, de acuerdo, el argumento es el de siempre: tres jóvenes (dos mujeres y un hombre) van de excursión por un paisaje yermo, se les avería el coche y se topan con un psicópata. Pero, a cambio, tenemos algunas jugosas ventajas: el modo en que el director aprovecha los extensos parajes, los crepúsculos y las desérticas carreteras (algunos planos recuerdan a otro filme australiano: Mad Max); el suspense que va in crescendo, y que recuerda al reciente remake de Las colinas tienen ojos (de visión obligatoria para los amantes del género); y, sobre todo, el psicópata, una mezcla de redneck australiano y Cocodrilo Dundee.
No se entiende por qué no se ha distribuido en España, cuando supera a muchas de las películas de miedo que se estrenan habitualmente. Greg McLean, su director, ha optado por la sutileza, como en esas escenas en que sólo percibimos de manera fugaz un sótano sembrado de huesos. La acción tarda en comenzar, pero antes de hacerlo uno ya está sobrecogido. Anoche, después de verla, tuve pesadillas.

Guías alternativas para los lectores (La Opinión)

Los suplementos culturales de los grandes periódicos solían servirme de guía para comprar ciertos libros. Muchos lectores habituales también emplean este método. Compran el periódico, sacan el suplemento y se lo leen de arriba abajo. En una ocasión, visitando la librería de Miguel Núñez, en Zamora, él me dijo que las críticas y reseñas de los suplementos culturales del fin de semana se notaban al llegar el lunes: entonces, varios lectores iban a comprarle algunos de esos libros reseñados en las páginas de dichas publicaciones. Es por eso por lo que tienen tanto poder dichos suplementos. A cualquier editor independiente que le preguntes, te dirá que es muy difícil para él, por no decir imposible, conseguir que metan siquiera una reseña (ya no digamos una crítica o un análisis como Dios manda) en estos suplementos. Al parecer, eso está reservado a los enchufes, a los amiguismos y a otras transacciones de las grandes editoriales, las que tienen poder. Si no me creen, echen un vistazo a los suplementos y verán la abundancia de editoriales importantes o famosas que encabezan los libros reseñados. No lo critico, sólo lo señalo, dado que esto es ya una norma en otros ámbitos culturales. Todos van a sacar tajada y tonto el último, etcétera.
Sin embargo, esa costumbre está generando dos reacciones curiosas. La primera es que algunos lectores (es mi caso) ya apenas nos fijamos en las reseñas de estos suplementos, o no las leemos, pues va implícita la sospecha de que sólo aparecen las novedades de las editoriales grandes y, lo que resulta más pernicioso, que cada suplemento le proporcionará más espacio a los autores de su cuerda, o a los autores que tengan fichados en la editorial con la que el propio periódico comparte beneficios. Salvo excepciones lógicas, los suplementos carecen de sorpresa alguna. A veces, sí, atienden a novelas o libros de cuentos que están al margen del mercado. Pero son, ya digo, excepciones. Muchos de los libros que compro no los descubro en estos suplementos culturales de los periódicos de tirada nacional, sino buscando en otras fuentes. Y ese es el tema de la segunda reacción.
La segunda es que hoy, con la posibilidad de bucear en internet, y sobre todo en ese invento que son los blogs o bitácoras, muchos buscamos reseñas y críticas y análisis en lugares menos constreñidos por las necesidades de mercado. Es decir: el blog de un escritor, o de un lector de gustos exquisitos, o la bitácora del ciudadano de a pie medianamente entendido, me parecen ya más fiables que los suplementos al uso. Porque ahí sólo hay una cosa en juego: su gusto, o sea, un criterio que no viene impuesto desde fuera. El crítico tiene mala suerte porque le toca hacer esas críticas por encargo. El tipo que abre un blog decide qué lee y qué reseña; no le viene impuesto. Y esa diferencia me parece fundamental. En el caso, al menos, de quienes andamos todo el día buscando pepitas de oro en la red. Buscando esos libros ocultos que nos deparen la felicidad literaria. Y, últimamente, los encuentro en las reseñas de las bitácoras personales. Descubro poetas de los que no había oído hablar, me entero de libros que no verán en la lista de los diez más vendidos del mes, pero que valen la pena. Merece la pena descubrirlos, comprarlos, leerlos, disfrutarlos. De otro modo es posible que hubieran pasado desapercibidos. Las editoriales independientes o las más pequeñas se han dado cuenta de esto. Cuando leí “La Sombra del Viento”, apenas nadie le prestaba atención. Pero la descubrí en un foro en el que un puñado de lectores reivindicaba su lectura. De ahí nació su éxito. Que luego el libro guste o no, es otra historia.

domingo, noviembre 12, 2006

Indigentes (La Opinión)

Aquí ya no se libra nadie sin que le dediquen un día. Hoy, según me entero, es el Día de los Sin Techo, que es como llaman ahora a los vagabundos, a los mendigos, a los indigentes, a los limosneros y, en suma, a los pobres de toda la vida. Ocurre que nos americanizamos para lo malo, en lugar de para lo bueno, y de “homeless” hemos sacado lo de los Sin Techo, que a mí me pone enfermo porque me parece más gozoso utilizar los términos de siempre, es decir, los que he citado un poco antes y unos cuantos más. He dicho en la primera línea que aquí ya no se libra nadie de que le dediquen un día, pero acabo de caer en la cuenta de mi error: de momento, que yo sepa, no hay un Día del Heterosexual. Y poco más, porque hasta los llamados “frikis” tienen su día de celebración. Claro que, si alguien pide un Día del Hombre o un Día del Heterosexual, se le van a lanzar al cuello todos los colectivos políticamente correctos, acusándolo de machista, descerebrado y demás lindezas que se esgrimen cuando uno se reivindica como heterosexual.
En fin, que estamos en el Día de los Sin Techo. Al menos, esta iniciativa de Cáritas servirá para que la sociedad reflexione un poco, aunque no para que en la calle se deje de agredir a los mendigos. Al parecer, Cáritas ha denunciado un aumento de agresiones a quienes no tienen otro remedio que vivir a la intemperie. Al padecimiento diario de los problemas y enfermedades que estrangulan a los mendigos, tales como el hambre, el frío, los piojos, la caries, la suciedad, la gripe, las infecciones, se suma en la actualidad la agresión física o verbal. No sólo son mendigos, sino que les zurran la badana. Dicen que hay treinta mil personas en este país con esa condición de indigentes y a mí me parece que la mayoría están en Madrid. De todas las ciudades en las que he estado y recorrido, no hay ninguna otra con tanto mendigo. En casi todas las esquinas de Madrid hay un pobre durmiendo en el suelo, a la vera de un portal. Siempre que salgo a la calle y doy una vuelta, encuentro a varios de ellos. Duermen encima de cartones, se tapan con periódicos, algunos consiguen sacos viejos donde meterse a soñar, y otros, como los que pueblan mi barrio, arrastran colchones viejos y los ponen en la plaza, hasta que alguien se los lleva de allí (los colchones, no los mendigos). La noticia que más preocupa es que ha cambiado el perfil medio de los indigentes: son más jóvenes, la mitad de ellos tienen hijos y han cursado la educación secundaria. En estos tiempos que corren, si uno no se las apaña bien, puede pasar de ejecutivo a vagabundo en un abrir y cerrar de ojos. Se han dado casos. Se siguen dando.
Madrid da tantos pobres que parece de película. Pero es la realidad, y la realidad siempre es más triste de lo que nos habían contado en la infancia. Una tarde, por Sol, me crucé con un chaval indigente y sin brazos. Se mantenía en pie, y sujetaba con los dientes un vaso de plástico para que le echaran dentro la calderilla. Ese muchacho y una anciana de unos mil años, ataviada de negro y con un rostro de cien arrugas, quizá sean las cosas más fuertes que he visto por la capital. El lema de este día es el siguiente: “Sin techo, sin derechos. Hoy también duermo en la calle”, y la campaña la organizan Cáritas, la Federación de Asociaciones de Centros para la Integración y Ayuda a los Marginados y la sección española de la Federación Europea de Asociaciones Nacionales que trabajan con Personas sin Hogar. Desgraciadamente, para concienciarnos de este y otros problemas, tiene que salir un vocalista cortándose la melena.

sábado, noviembre 11, 2006

Cobertura (La Opinión)

Me resulta difícil digerir la amplia cobertura que se le está dando al tipo este, Bisbal, por haberse cortado la melena por una buena causa. No me parece noticia que un fulano vaya al peluquero o se corte él mismo los rizos, como ha sido el caso. Y así lo hemos encontrado en la prensa e incluso en la televisión: "Bisbal se corta los rizos por una buena causa". Menudo sacrificio. Como en este país somos así, el personal se ha apresurado a decir: "Fíjate, qué valiente. Qué buena causa. Ha señalado un problema que nadie quería ver y lo ha hecho sacrificando sus célebres rizos. Así se hace. Es un artistazo". Paridas semejantes son habituales en España, donde nos venden una maniobra de marketing con el envoltorio de "la buena causa" y nos la creemos. No dudo que el cantante denuncie de verdad la utilización de menores en conflictos armados, no dudo que le reviente ver a un crío con un fusil al hombro, igual que a los demás. Sí, va a dar un donativo con lo que recauden por el vídeo. Pero sospecho que han aprovechado que necesitaba un cambio de imagen para meterlo en un videoclip, vender más discos y proporcionarle una cobertura brutal. En el marketing se suelen utilizar esta clase de estrategias. ¿Acaso no han visto "La cortina de humo"? Pues eso.
Hago la prueba: pongo en el Google Noticias el nombre de este cantante. Me da setecientas veintinueve entradas; o sea, setecientas veintinueve noticias en los últimos días. En cambio, recibo un triste comunicado: el compositor Basil Poledouris ha muerto, a la tierna edad de sesenta y un años. Y, en mis búsquedas por Google, sólo encuentro un puñado de medios que se hayan hecho eco de la noticia. Y no estamos hablando de ningún "mindungui". Cualquiera con buen oído le dirá que Poledouris era un maestro. Componía música para las películas y para la televisión. Cualquier amante de las bandas sonoras está estos días de luto. A la mayoría de los lectores no le sonará el nombre. Pero han oído sus temas docenas de veces. Cito algunos de sus más celebrados títulos: "El lago azul", "El gran miércoles", "Conan el Bárbaro", "Conan el Destructor", "RoboCop", "Amanecer Rojo", "Adiós al rey", "La caza del Octubre Rojo". Tengo un par de colegas que afirman que la mejor banda sonora de la historia es la de "Conan el Bárbaro". Yo ya había visto la película varias veces, pero no recordaba la música. Volví a escucharla hace unos años y hoy está entre los discos que escucho habitualmente. Luego busqué por algunos portales de música de películas y la opinión de estos amigos no es la única: para mucha gente es el mejor soundtrack que existe. Poledouris ganó algunos premios, pero jamás el Oscar. Ahora que ha muerto, seguro que le dan un premio póstumo: justo cuando ya no le va a hacer falta, pues en los cementerios no se necesitan para nada los galardones y las medallas. Este compositor le dio tanta fuerza a Conan con sus temas que, sin esa música, el guerrero de Cimmeria ya no es el mismo; al menos en el cine. Este verano, por cierto, Poledouris participó en la segunda edición del Congreso Internacional de Música de Cine Ciudad de Ubeda.
Algunas mañanas, que se le dé cobertura a maniobras comerciales como la de Bisbal haciendo de peluquero de sí mismo (ya sé que sus fans se me echarán a la yugular), y se releguen otras noticias más importantes, le pone a uno de malhumor. Ya lo criticó una vez Arturo Pérez-Reverte en un artículo: esa manía de las modelos, las petardas y los petardos de hacer un gesto, posar dos minutos para la foto con un niño famélico y ganar puntos en su currículum. Mientras otros están de luto por los rizos tirados al mar, algunos lo estamos por el músico de "Conan".

viernes, noviembre 10, 2006

Libro: Hogar, dulce hogar, de Sam Lipsyte


He aquí un libro divertidísimo, admirado por Eugenides y Palahniuk. Sam Lipsyte, de quien en España sólo conocíamos ese estupendo cuento titulado El brazo malo, presenta una novela que algunos han querido ver como La conjura de los necios de nuestro tiempo.
Lewis Miner, el protagonista, es un perdedor a quien no le han ido bien las cosas, un auténtico loser (Soy bastante feliz a mi estilo infeliz). Cuando recibe en su buzón la revista de su instituto, decide escribir cartas en las que ajustar cuentas con antiguos profesores y alumnos. Cartas que, por supuesto, no le publican. Muchos de los ex alumnos son, ahora, celebridades, tíos que han salido adelante en el deporte, la música o la medicina. Miner, en cambio, se gana el jornal inventando falacias para una compañía de refrescos (y él los camufla como datos históricos). Ha llegado a un punto en el que acepta su situación: Mis desventuras me han enseñado a codiciar las cosas pequeñas, a apreciar, en resumen, el bailar con la más fea. Mientras escribe esas cartas, tiene encontronazos con algunos de esos profesores y alumnos, hasta llegar a la fiesta de reencuentro del final del libro, donde descubre que la vida no consiste en el éxito o el fracaso, sino en apurarla hasta las heces: Mirad. Me gusta cascármela. Un montón. Como comida basura. Soy un gordo de mierda. Antes me decía a mí mismo que no me podía permitir la comida buena, pero probablemente no sea más que pereza. O sea, ¿cuánto vale una lechuga? ¿O unos espárragos? Bebo demasiado. He perdido a mi prometida. Me estoy enamorando de otra mujer y es probable que la pierda también. Solía ser listo para mi edad, pero envejecí. Últimamente leo un libro y luego no me acuerdo de una palabra. Pero las frases malas de las películas estúpidas las recuerdo durante semanas. ¿He mencionado lo a menudo que me la casco? (...) Os diré una cosa. Voy a vivir mi vida, no a dejar que mi vida acabe conmigo. O mejor dicho, voy a vivirla hasta que acabe conmigo.
A destacar: la inventiva constante del narrador y el ingenio de los diálogos, muy en la línea de la comedia americana.

Citas. 10



En España podrá faltar el pan, pero el ingenio y el buen humor no se acaban.

Ramón del Valle-Inclán, Luces de bohemia

Próximos eventos (La Opinión)

La semana que viene está cargada de eventos que me interesan. Dudo que pueda acudir a todos. Mi intención es buena, aunque luego las cosas se tuerzan por culpa del olvido o la falta de tiempo. Por si acaso no pudiera asistir a todo, dejo aquí constancia de esas citas: quizá a alguien que viva en la capital le apetezca apuntarse. Me ha llegado por correo electrónico la presentación de una novela en la Librería El Bandido Doblemente Armado, que está por Fuencarral. El libro es “La vendedora de tornillos o Tratado de las almas impuras”, de Pilar Bellver. No la conozco ni he leído nada suyo, pero tengo el libro en casa y del primer vistazo se concluye que tiene buena pinta. A la Librería El Bandido voy de vez en cuando, a darme una vuelta por las estanterías, que están bien surtidas y a veces se encuentran rarezas, como el día que topé con “Los Ángeles del Infierno” de Tom Wolfe, libro que en Salamanca me harté de buscar. Es posible que mi visita dependa de si me he leído la novela o no, y dudo que me dé tiempo. No hay cosa más fea que acudir a una presentación en la que alguien le dice al autor que su libro es buenísimo sin haberlo leído. Se nota demasiado, como cuando en la facultad nos inventábamos el análisis de los libros-ladrillo que nadie leía.
El cartero me trajo la invitación al estreno en Madrid de la obra de teatro de Pedro Calderón de la Barca, “El mágico prodigioso”. Es la versión del zamorano y amigo Daniel Pérez, dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente. La cita es el miércoles por la tarde, en el Teatro Albéniz. Gente que vio este montaje en Zamora me ha hablado muy bien del mismo. En las paredes de los pasillos del metro madrileño ya cuelgan los carteles de la obra, en cuyo reparto figura Xavier Elorriaga, que a mí me parece uno de los grandes aunque se prodigue poco. Daniel ha adaptado el texto, según dicen, respetando a Calderón, pero haciendo más comprensible la obra para el público. No pude asistir al estreno en mi ciudad y ahora me ha llegado el momento de desquitarme. El primer día en que topé con uno de estos cartelones, en el metro, me paré para buscar el nombre de Daniel entre los créditos. Y sí, allí estaba. ¿Qué quieren que les diga? Me llenó de alegría. La obra permanecerá unas dos semanas en cartel.
El viernes comienza otra cita. Del diecisiete de noviembre hasta el veinticinco del mismo mes se celebra el Cinemad, la versión cinematográfica e independiente del Festimad. Es la edición número trece y la primera vez que me entero de la existencia de este festival. Acabo de consultar el programa y se me ha caído la baba. Quien quiera verlo al completo, que entre en la web de Cinemad. Apunto aquí lo más interesante, a mi juicio. Un maratón de la medianoche hasta la madrugada que abarca cuatro filmes: entre ellos, la última sensación de Sitges, “The Host”, “revival” del cine de monstruos dirigido por el autor de la brillante “Memorias de un asesino”, y una de Kim Ki-Duk, un asiático que me dejó maltrecho y extasiado con “La isla”; el problema es que para dicho maratón se requieren invitaciones por sorteo. La programación incluye cortometrajes de Nacho Vigalondo y de Koldo Serra, un ciclo sobre los “Nuevos malditos españoles”, películas inéditas de David Cronenberg y obras de Gus Van Sant, Elio Quiroga, Darío Argento, e incluso ponen esa maravilla de serie B titulada “Bubba Ho-Tep”, un divertimento basado en el cuento de Joe R. Lansdale, película que vi hace unas semanas y que rescata a un Elvis avejentado y con el rostro de Bruce Campbell. Algunas actividades coinciden. No obstante, procuraré entrar en un par de salas. Y el sábado, si nada se tuerce, una fiesta entre amigos zamoranos.

jueves, noviembre 09, 2006

La cima de Cormac McCarthy


El País, sobre The Road:
-Es el libro más oscuro de Cormac McCarthy, desde su negra portada hasta el paisaje sombrío que preside cada una de sus páginas, pero ha colocado al gran escritor norteamericano en las listas norteamericanas de best seller, superpobladas este otoño de libros nacidos para vender. The road ha sido saludada por la crítica como la obra maestra máxima del novelista magistral.
-El primer toque de atención sobre The road lo dio William Kennedy, el autor de Tallo de hierro, en su reseña de The New York Times Book Review. Kennedy no solamente elogiaba sin tasa la magnificencia literaria de The road, sino que señalaba que esta vez McCarthy había abandonado las complejidades sintácticas que generalmente hacen tan difícil su lectura para escribir en una prosa ritmada, de frases breves, nada abstrusas, y profetizaba que este libro iba a suponer para McCarthy muchísimos miles de lectores. William Kennedy acertó.
-The road transcurre en un mundo literalmente quemado por lo que sin duda fue un reciente holocausto nuclear. Un padre trata de salvar a su hijo emprendiendo con él "el camino" del título. Rodeados de un paisaje baldío, amenazados por bandas de caníbales, empujando un carrito de la compra donde guardan todas sus posesiones, atraviesan los lugares donde el padre pasó su infancia, recordada a veces en forma de breves bocetos del paraíso perdido, y avanzan hacia el sur, hacia el mar, huyendo de un frío "capaz que quebrar las rocas".
El niño tiene aproximadamente 10 años y el mundo sufrió un apocalipsis antes de que él tuviera conciencia. El padre le lleva de la mano por gasolineras abandonadas, supermercados desiertos donde tratan de encontrar latas de alubias, restos olvidados de alimentos, una lata de Coca-Cola cuyas burbujas, nuevas para el niño, constituyen un instante festivo en medio de la desolación.
Reportaje completo en El País, aquí.
[Nota: Leo este estupendo reportaje sobre McCarthy, autor del que no me cansaré de recomendar Meridiano de sangre, una especie de Peckinpah literario, cuando aún falta una semana para que aquí pongan a la venta su anterior novela, No es país para viejos]

Bajo la lluvia, sin miedo a mojarse (La Opinión)

Aspiro a ser uno de esos tipos que no corren bajo la lluvia. Y, a veces, lo soy. Cuando te has mojado durante tres o cuatro minutos, no es necesario correr a refugiarse bajo el alero de un soportal. Pero la lluvia, después de un rato de disfrute, cansa y te aproxima a la pulmonía o, en todo caso, a un catarro. Llegas a tu edificio convertido en un pez. Cuando salgo de casa, en pos de un libro que tienen en una librería de viejo, según el registro de su página web, no cae ni gota. Hago una parada en La Central, la librería moderna que tienen dentro del Museo Reina Sofía. Las escaleras crujen bajo mi peso cuando subo al segundo piso. Me llevo un libro de José María Conget, autor del que he oído mucho hablar. Luego me encamino hacia la librería de viejo, que está, según he consultado en un callejero, junto al Retiro. Mi intención es ir a pie, pero entonces comienza a llover y me lo pienso mejor. Entro en el metro de Atocha.
Dos transbordos después, salgo en una calle en la que ignoro si he estado alguna vez. Pregunto al dueño de un kiosco por la avenida donde se ubica esa librería. Dice que la encontraré al final de la calle en la que estamos. “Pero al final, al final del todo, ¿eh?”, recalca. Eso significa que está más lejos de lo que pensaba. Mientras tanto, llueve aún con más fuerza. Decido no cobijarme bajo los portales ni arrimarme a las paredes. Una vez mojado, ¿qué importa? Y, además: mis botas son viejas y no llevo uno de esos peinados de peluquería. De camino por el paseo central rodeado de árboles, miro hacia los comercios y restaurantes que hay a mi derecha y a mi izquierda. Veo uno que me viene al pelo, creo: Bar El Paleto. Porque tengo algo de paleto urbano que fue paleto de provincias; y lo digo con orgullo y en el buen sentido. Unos metros más adelante encuentro el mismo nombre para otro local: Restaurante El Paleto. E imagino que, por esa calle, se habrán perdido muchos individuos como yo, en tiempos remotos y cuando se llevaba la chaqueta de pana. Cuando llego a la librería, el hombre que hay dentro, el dueño, está colocando los libros de un par de pilas que arrancan del suelo. Saludo y espero cerca de él a que termine su labor y advierta que necesito preguntarle sobre un libro. Cuando han pasado unos minutos y me cercioro de que el vendedor está a lo suyo y no va a hacerme caso, decido investigar por mi cuenta entre los anaqueles, que despiden polvo y olor a papel antiguo y a cubierta añeja. Un olor, por otra parte, espiritualmente alimenticio. Que el tío no me haya hecho ni caso contiene la pirueta del azar: mientras busco en la narrativa extranjera, topo con un volumen de “Relatos” de Hemingway. Nueve euros. Edición del setenta y cinco, cuando uno sólo era un cachorro. Luego encuentro, en su estante correspondiente, lo que iba a buscar: la novela “Días sin huella”, en la que se basó la película de Billy Wilder del mismo título. Edición del año cuarenta y seis. Me llevo ambos.
En metro he tardado demasiado, y a menudo me aburre meterme en sus vagones. Prefiero la calle, incluso con lluvia, con desesperados y ruido de sirenas. Sigo los límites del Retiro y, veinte minutos después, concluyo que me he perdido, no consigo divisar una parada de metro y no sé dónde estoy, y la lluvia me ha convertido en un amago de anfibio. Sigo caminando, con ampollas en los pies por culpa de la humedad. Sigo caminando hasta topar con algo reconocible. En mi trayecto, veo borrachos que se alojan en los portales, jóvenes mugrientos de uñas negras y sin techo, solitarios que abren una litrona mientras conversan consigo mismos. Todo está en su sitio, me digo. Incluso yo, allí bajo la lluvia, sin correr a refugiarme.

miércoles, noviembre 08, 2006

The Lost Weekend


Tuve la suerte de ver, hace años y con motivo de su reestreno en mi ciudad, The Lost Weekend en pantalla grande. Recuerdo que me cautivó. En España la titularon Días sin huella, sumaba unas cuantas nominaciones y ganó cuatro Oscar (película, director, actor, guión). A pesar del cartel de la izquierda, la película está rodada en un maravilloso blanco y negro. Pertenece a la etapa oscura de Billy Wilder y es, sin duda, una auténtica obra maestra.

Antes de Leaving Las Vegas y de Barfly y de Días de vino y rosas, The Lost Weekend analizó (como ninguna otra lo ha hecho) las consecuencias del alcoholismo. Es un devastador retrato de un escritor alcohólico, a quien interpreta un Ray Milland roto, enfermo y desastrado, en el mejor papel de su carrera.

Después de aquel reestreno en cine, la pasaron en televisión y me grabé una copia. Como no estaba en dvd, hace poco la descargué de internet. Este fin de semana volví a verla, y esta tarde iré a comprarme la edición en dvd, que salió a la venta hace unos pocos meses. No ha perdido vigencia y cuantas más veces la veo, más me gusta.

The Lost Weekend, como su título indica, cuenta el fin de semana de un escritor alcoholizado, Don Birnam (Milland), quien, pese a los esfuerzos de su novia, de su hermano e incluso de su barman, no logra salir del infierno en el que se ha metido. Lo único que importa es la botella. Para procurarse siempre el trago, Birnam esconde las botellas en los rincones más insospechados de la casa, es capaz de empeñar cualquier objeto de valor para procurarse unos dólares e ir al bar, capaz de suplicar por un chupito, de mentir y de robar.

Una de las escenas más dolorosas es cuando, atrapado por la necesidad de beber, coge su máquina de escribir y recorre las calles en busca de una casa de empeño. O aquella otra en la que despierta en un hospital, rodeado de locos y de enfermos. En el YouTube alguien ha colgado algunas de las escenas más impactantes: el primer trago de la película, la explicación a su barman de su sentimiento de grandeza al beber, la compra de un par de botellas, la súplica por un sorbo o la noche en que es acosado por las alucinaciones del delirium tremens. Sugiero no perdérselas, son muy cortas.

Wilder nos ofrece un retrato descarnado, el de un hombre que cae en el alcohol una y otra vez, un hombre que no ve para sí mismo un futuro y que cuenta en la barra del bar algunos pasajes de su pasado. Los diálogos son una delicia, y la música que compuso Miklós Rózsa contiene algunas alusiones al suspense y al fantástico cuando la cámara enfoca los vasos, los círculos viciosos que estos dejan en la barra o las pesadillas reales.

Dos días después de volver a verla, busqué el libro en el que está basada. Lo escribió Charles Jackson y creo que es autobiográfico. Por fin lo encontré en una librería de viejo, próxima al Retiro. Por doce euros conseguí este ejemplar cuya portada veis a la izquierda. Es una edición argentina del año 46. Otra joya.

Si alguien no ha visto esta película, debería saber que es de visión obligatoria.

El Fotogramas (La Opinión)

Este mes cumple la revista Fotogramas unos juveniles sesenta años. Junto al ejemplar de noviembre regalan un especial para celebrar el cumpleaños, y en la portada figura una flamante Audrey Hepburn, como no podía ser de otra manera. En la adolescencia yo militaba en las filas de seguidores de Marilyn Monroe, pero ahora prefiero a Audrey Hepburn, y no quiere decir que mis gustos se hayan estilizado, sino que tardé años en descubrir “Desayuno con diamantes” y “Dos en la carretera”, dos de las películas en las que uno querría vivir para siempre. Trae dicho especial, en sus páginas, muchos reportajes, viejas portadas, fotografías lujosas, anécdotas y artículos de algunos colaboradores. El artículo que me ha enganchado en seguida, nada más abrir el especial, es el de Jaume Figueras, porque apunta que todos nos movemos por la vida con frases recurrentes y una de las más típicas, a principios de cada mes, viene a ser la de “¿Ha salido el Fotogramas?” Con el artículo incluido, porque quienes llevamos años comprando esta publicación tenemos nuestros propios códigos y lenguajes y manías. Una de mis manías es ir preguntando en los kioscos antes de que empiece el mes, ya que a veces la revista sale a la venta antes de lo esperado y suelo comprar mi ejemplar cuando aún está caliente.
Esto de “¿Ha salido el Fotogramas?” es una frase que los míos están hartos de oír de mi boca. Si enfermaba en la pubertad y debía guardar cama y estábamos a primeros de mes, mandaba a mi madre cada mañana al kiosco, a ver si había salido el Fotogramas. Hubo un tiempo adolescente en que a un amigo y a mí nos dio por acudir a un gimnasio; y a principios de cada mes, a las ocho de la mañana, forzaba a mi colega a acompañarme primero al kiosco de La Farola, en Zamora, por ver si había llegado la revista. Allí, Chema añadía paciencia a su amabilidad, y me contaba que no la habían traído, que igual la mandaban al día siguiente. A mí esos aplazamientos de veinticuatro horas, o más, me dejaban en un estado deplorable de ansiedad y de nervios. Durante una etapa, otra de mis locuras fue controlar a mis padres mientras hojeaban la revista, no fueran a arrugarle las hojas. Hasta que comprendí, claro, que si el tiempo acaba haciendo arrugas en nuestros rostros, otro tanto habría de pasar con el papel. Y dejé de preocuparme. Como la vida es un tiovivo, y somos fieles a nuestras costumbres aunque cambiemos de escenario, me he mudado de ciudad, pero sigo comprando el Fotogramas. De mi venerado kiosco de La Farola he pasado al de la plaza de este barrio madrileño, que siempre apesta a orines caducos, a sueños rotos y a cerveza derramada.
Hay acontecimientos que nunca se nos borran de la memoria: cuando hicimos la Primera Comunión, cuando nos desvirgamos (o nos desvirgaron), cuando obtuvimos el carnet de conducir, cuando lo de las Torres Gemelas, cuando compramos nuestro primer Fotogramas. Mi primer número de esta biblia lo adquirí en el verano del ochenta y tres, por culpa de una portada con Han Solo en “El retorno del jedi”. Ha llovido desde entonces, sí. Creo que no me falta ni un número, aunque igual he perdido alguno con tanta mudanza. Como he dejado escrito por ahí, luego heredé los ejemplares de los años setenta, llenos de tías en pelotas, que me sirvieron de acicate para mis calenturas inaugurales; hace años arrojé estos números a la basura, y me quedé con mi propia colección. Ahora ando con ganas de venderla porque el papel se me sale de las orejas, pero un ropavejero del Rastro me ha dicho que no me la compra. No sé si venderla por internet o quedármela, ya que su valor sentimental es altísimo.

martes, noviembre 07, 2006

Primer paso. 24 Noviembre

Citas. 9


Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo.
Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray

Cinco minutos (La Opinión)

Hablábamos aquí el otro día de las colas que uno debe guardar en las grandes ciudades, mientras se van erosionando su tiempo y su paciencia, que son dos cosas que no deberíamos despilfarrar. Pues bien, luego recordé que hemos soportado peores colas en la universidad (al menos, en la privada). La diferencia es que, si uno hace cola en Correos o en la fotocopiadora de El Corte Inglés, sabe que le llegará el momento de ser atendido. Y eso no ocurría en la universidad, cuando íbamos a hacer la matrícula o a entregar los papeles para pedir la beca. No ocurría porque lo suyo era estar allí cuatro mañanas enteras, y que te tocara el turno justo cuando las secretarias cerraban la puerta del chiringuito. Había que volver a casa, muchas veces empapados de la lluvia tras haber hecho cola en la calle desde las ocho de la mañana.
Todos los años nos quejábamos los alumnos, o los aspirantes a alumnos, de esta situación. No era nada agradable presentarse a las siete u ocho, tras el oportuno viaje en autobús desde otra ciudad, y padecer varias horas guardando una cola de gente joven y harta y al final no conseguir matricularse. Tras varios viajes, intentos y madrugones, por fin lograba uno meterse en los despachos. Había muchos alumnos esperando a matricularse, sí. Pero el problema no estaba en la cantidad de chavales con los papeles en la mano, sino en los cafés que tenían que tomarse las secretarias, que eran numerosos y duraban demasiado. “Voy a tomar el café, chicas”, era la frase que uno se acostumbraba a oír. Cuando una volvía, se iba otra, y así iban haciendo interminables turnos de café que retrasaban la cosa de la matrícula. Aún era peor en la solicitud de becas. En el negociado de becas solían atender unas cuantas señoras con hábito de marujas, con el pelo muy lacado y las uñas bien limadas. Por lo general, los estudiantes las poníamos a parir en la cola de los pasillos, y hasta algún valiente se atrevía a denunciar la situación en voz alta y acababa discutiendo con ellas.
Por culpa de aquello, algún año me quedé sin beca. Iba a pedir los papeles. Los rellenaba en casa. Cogía el autobús al día siguiente, o a los dos días, dependiendo de lo que me hubiera costado reunir el papeleo necesario. Me presentaba allí y guardaba una cola de la que todos salíamos con barba y las uñas largas. A veces, cuando estaba a punto de entrar en la oficina, una señora echaba el cierre y se iban a comer, cumpliendo a rajatabla el horario, y por la tarde no abrían. De nada servía que uno le explicara sus continuos viajes hasta allí sólo con el propósito de presentar los papeles. Cuando uno lograba entrar en el negociado, que olía a café, a tabaco y a sacarina, siempre decían que faltaba un papel. Y vuelta a empezar. En una de esas, por culpa de las colas, los cierres y los retrasos, me quedé sin beca, por entregar la solicitud por debajo de la puerta fuera de plazo. Ya sabemos que los trabajadores deben cumplir unos horarios, y que hay que irse a comer, pero a uno le amargaban el curso por cinco malditos minutos. Me he acordado viendo “Pequeña Miss Sunshine”, pequeña joya sobre una familia tronada. Los protagonistas entran en un edificio para inscribir a su niña en un concurso y el plazo ha terminado hace tres minutos. Piden a la encargada que les haga el favor, que han sufrido lo suyo durante el largo viaje, etcétera. Pero la señora revenida del mostrador se niega a atenderles, hasta que otro trabajador interviene: “No importa, yo los inscribiré. Sólo son cinco minutos. No pasa nada”. Menos mal que entre aquella recua de empleadas de la universidad siempre había alguna que era amable, hacía la vista gorda y no tenía cara de marujona. Lo agradecíamos mucho.

lunes, noviembre 06, 2006

Cine inédito: The Notorius Bettie Page


Mary Harron (American Psycho, Yo disparé a Andy Warhol) dirige este biopic sobre la famosa pin-up Bettie Page, a quien interpreta Gretchen Mol. La vida de esta mujer incluye su conversión en icono pop, su paso por las páginas de Playboy, el peso del puritanismo y sus fotografías de contenido masoquista.
Si algo hay que agradecerle a Harron es: el empleo de una fotografía a veces en blanco y negro y a veces en color que recuerda a una época esplendorosa del cine, la sutileza mostrada en algunas escenas y la elección de Gretchen Mol para ajustarse a la cara y el cuerpo de Page.
Sin embargo, el producto final se resiente demasiado de esa sutileza (que, ya digo, en ocasiones viene bien: por ejemplo, cuando evita mostrarnos cómo un grupo de pandilleros la viola), y lo que era una vida sórdida y ambientada en el lado oscuro de USA termina siendo un biopic demasiado blando, una película superficial que no explora a fondo los placeres, las alegrías, los sinsabores y las penurias de Bettie Page. ¡Se me cae la baba de pensar lo que Tim Burton hubiera hecho con el mismo material, o lo que podría hacer el mismo Scorsese, de quien llegó a rumorearse hace años que pretendía rodar un filme basado en su vida!
Floja, pero puede verse por el uso de la fotografía y la actuación de Mol. [Cuando terminó, y como no me había dejado buen regusto, lo arreglé volviendo a ver Angel Face, con Robert Mitchum y Jean Simmons, que sí es una película de verdad]

Mera especulación (La Opinión)

Siento una debilidad especial por las obras de Martin Scorsese. Nacimos el mismo día de noviembre, en la universidad me licencié con un proyecto titulado “Obsesiones de Martin Scorsese a través de su cine” y compartimos gustos, pues me chiflan las historias de gángsters, de desesperados, de fracasados y de soñadores que luchan por convertir sus sueños en realidad. Esa veneración me obliga a no ser objetivo. Si Scorsese decidiera rodar las páginas amarillas o un plano de tres horas del careto de Bush mintiendo con esa sonrisa de bellaco rehabilitado, me lo tragaría. Acababa de ofrecernos la primera parte de ese maravilloso documental que es “No Direction Home: Bob Dylan”, y ya nos ha legado otra obra perfecta: “The Departed”, que no pongo aquí el vulgar título español con el que la han bautizado para no cabrearme.
“The Departed” es, como siempre en Scorsese y a pesar de lo que digan sus detractores, nervio puro. Planos sorprendentes, una banda sonora con temas míticos, diálogos al estilo clásico, actores principales y secundarios que lo bordan, un montaje de montaña rusa, un subtexto que no pillan los que sólo van a ver tiros y muertos, y un retrato a la vez fiel y a la vez exagerado de sus protagonistas (que pueden ser cómicos, taxistas, yuppies que quieren regresar a su casa, pandilleros condenados a besar la lona antes de ganar un round, mafiosos, boxeadores o individuos de la alta sociedad infieles a sus esposas). Entre mis títulos favoritos está “Gangs of New York”, algo que comparto con pocos cinéfilos. Pero “The Departed” va un paso más allá. Es el “Goodfellas” del siglo XXI, en versión irlandesa y con menos vértigo de montaje. Una joya. Con un reparto de viejas glorias y jóvenes valores que quita el hipo. Aunque se lleva la palma Jack, que así lo han llamado en el Fotogramas porque no se necesita añadirle el apellido para que sepamos quién es. Jack Nicholson y Scorsese son tal para cual porque ambos son excesivos y talentudos. No quiero extenderme más sobre la película para no destriparla y para que cada uno saque sus propias conclusiones. De lo que quiero hablar en las siguientes líneas es de Scorsese y el Oscar.
Cada vez que este autor presenta un nuevo título, apostamos que le darán el Oscar. Y, cada año que estrena, erramos. He estudiado mucho la obra de Scorsese (ya digo que presenté un proyecto, y para hacerlo tuve que leer la bibliografía que había entonces, que no era tan abundante como la que hay ahora, y leer artículos, entrevistas y ensayos, y ver las películas con el mando del vídeo en la mano para congelar algunas imágenes) y, pese a ello, continúo dándole vueltas a la razón por la cual se le escapa ese premio, que no tiene por qué ser el más importante porque el más importante ya se lo dieron, o sea, la Palma de Oro del Festival de Cannes. Creo que tengo una respuesta, mera especulación. Los filmes con Oscar a la Mejor Película suelen emocionar, hacen que las señoras, las chicas y los hombres salgan llorando a moco tendido, y podemos comprobarlo viendo “Million Dollar Baby”, “El retorno del rey”, “Gladiator”, “Titanic”, “El paciente inglés” o “Memorias de África”. Aunque hay lógicas excepciones, en estos títulos y en otros el protagonista o muere de manera muy dramática o vive una historia de amor que acaba mal. En las historias de Scorsese, no. Emocionan, pero a su manera. Están diseñadas con demasiada frialdad, y nadie acaba echando lágrimas. Sus antihéroes mueren de forma abrupta, brutal y áspera y cuando menos se lo espera el espectador, y no nos da tiempo a sobrecogernos. “El aviador” y “La edad de la inocencia” estuvieron cerca del Oscar, pero Hollywood prefiere más sentimiento.

domingo, noviembre 05, 2006

El talento de la evasión


Reportaje de Bárbara Celis en El País. Sobre J. D. Salinger, Thomas Pynchon y Cormac McCarthy:
-McCarthy, autor entre otras de Todos los hermosos caballos, sólo ha concedido una entrevista en toda su vida, a The New York Times en 1992. Allí el escritor, de 69 años, declaró abiertamente su desinterés por el mundo literario y sus protagonistas y su entrega a una vida libre de ataduras que le ha llevado, más de una vez, a vivir en la miseria con tal de no transigir y aceptar, por ejemplo, invitaciones para comentar su obra en foros intelectuales.
-Ante la inminencia de su nueva obra, Pynchon se ha vuelto a poner de moda. En las librerías estadounidenses ya vuelven a resurgir sus libros. Se ha discutido sobre la veracidad o no de la sinopsis del libro, publicada en la librería online Amazon; sobre su extensión -se habla de 992 páginas y también de casi 1.200-; sobre su título, y cómo no, sobre su contenido y sus protagonistas.
-Salinger, autor del clásico El guardián entre el centeno, publicado en 1951, lleva desde aquel año huyendo de la prensa. La sensación de anonimato y oscuridad son la segunda propiedad prestada más valiosa de un escritor, proclamó hace varias décadas.
El reportaje completo, aquí.

Kavalier y Clay


Si alguien ha leído la estupenda novela de Michael Chabon, Las asombrosas aventuras de Kavailer y Clay (próximamente llevada al cine), o los cómics de El Escapista, también bajo los auspicios de Chabon, disfrutará con esta web: The Amazing Website of Kavalier & Clay. Portadas del libro, noticias, los orígenes de ambos personajes, artículos, próximos proyectos del autor, biografía... En suma, una gozada.
Los cómics, traducidos ya en España, no están mal. Pero no llegan a la altura de la novela, un magnífico fresco sobre los dibujantes de tebeos.

Citas. 8


La belleza hace verdaderos milagros. En una mujer hermosa, los defectos no nos repelen, sino que ejercen una extraordinaria atracción sobre nosotros. Incluso el vicio es un encanto en ellas.
Nikolai V. Gógol, La avenida del Nevá (incluido en La nariz y otros cuentos)

Aglomeraciones (La Opinión)

Dice uno de mis amigos que en Madrid no se puede hacer nada. Culturalmente hablando, aclaro yo; pero también respecto a otros órdenes, como pueden ser la compra o el tapeo o el deporte. Cuando llega el fin de semana, él procura buscarse las distracciones que a todos nos saben bien: teatro, cine, restaurantes. Pero es difícil acertar porque la capital es demasiado populosa y va a terminar pareciéndose a la urbe de “Blade Runner”. Me cuenta que pretende ir al teatro y el aforo está completo; para ir al teatro en esta ciudad hay que reservar entradas con una semana de antelación, salvo que uno quiera ponerse en la esquina derecha de la última fila y ver sólo medio escenario porque el otro medio lo tapa una columna. Él intenta ir al cine, pero aquí, salvo que lo tengas a cinco minutos de tu vivienda (como, por fortuna, es mi caso), hay que meterse en el coche, aguantar el castigo del tráfico, conducir con paciencia y el tiempo pegado a los talones, encontrar sitio en algún aparcamiento, afrontar las larguísimas colas para coger la entrada, llegar a la taquilla y ver que la sala donde uno iba a entrar ya está llena, decidirse por otra película, guardar otra cola en la puerta y otra más en el ambigú, si uno lleva sed y necesita un refresco, y luego soportar al becerro de la fila de atrás y al gigantón con cabeza de yunque que a uno le toca delante. Si quiere ir a un restaurante, se pasa media hora buscando en la guía algún garito con buen menú en el que haya mesa para dos o más; la gente va mucho a cenar y es un engorro si no has reservado, porque te quedas en la calle. Otra opción, que apuntábamos al principio, es la de irse de compras o de tapas o de excursión a un museo. Y el inconveniente es idéntico en todas partes: aguantar la cola. Creo que sólo he visto una vez la famosa Casa Labra sin una cola tan larga como el Monstruo del Lago Ness.
Este y otros colegas suelen contarme que resulta casi imposible hacer nada durante el fin de semana, a menos que lo tengas programado con siete u ocho días de antelación. Por eso la gente se escapa de Madrid el fin de semana. Y por eso algunos amigos míos, cuando van a Zamora, aprovechan para ir de cena, para ver los últimos estrenos de la cartelera, para tomarse unas tapas sin que tarden quince minutos en atenderte en la barra.
Es lo que hay. Si uno vive por aquí, debe aceptarlo. La oferta madrileña es variada, tan amplia que necesitaríamos varias vidas para asistir a todo. Y su problema es el exceso de ciudadanos que pululan por las calles y que quieren ir a los conciertos, a los restaurantes, a las discotecas, a los museos, a los cines, a las tiendas, a los bares, a los supermercados, a los teatros y al Rastro. En esta ciudad, en el único sitio donde no hay colas es para darles limosna a los mendigos (pero acabará poniéndose de moda, por suerte para ellos). Es la faceta a la que más me cuesta acostumbrarme. Eso de, por ejemplo, ir a sellar un sobre en Correos y que el tiempo total, desde que salgo de casa hasta que vuelvo, abarque una hora. Me cuesta acostumbrarme, pero ya lo he aceptado. Y, una vez que lo aceptas, lo demás viene rodado, aunque no te guste. Quienes venimos de ciudades pequeñas soportamos difícilmente las aglomeraciones. El colmo de este jaleo urbano es que, en las madrugadas del fin de semana, nos toca hacer cola para coger un taxi y regresar a casa, que las noches suelen ser frías y están llenas de desaprensivos. Ya lo dice Umbral, a quien leo mucho ahora que han abierto la hemeroteca de El Mundo: “Madrid, como todo conjunto urbano, tiene menos vida a medida que tiene más inmigrantes, más gente, más jaleo”.

sábado, noviembre 04, 2006

Citas. 7


Lo peor es que te preguntas de dónde vas a sacar bastantes fuerzas la mañana siguiente para seguir haciendo lo que has hecho la víspera y desde hace ya tanto tiempo, de dónde vas a sacar fuerzas para ese trajinar absurdo, para esos mil proyectos que nunca salen bien, esos intentos por salir de la necesidad agobiante, intentos siempre abortados, y todo ello para acabar convenciéndote una vez más de que el destino es invencible, de que hay que volver a caer al pie de la muralla, todas las noches, con la angustia del día siguiente, cada vez más precario, más sórdido.
Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche

Qué tiempos (La Opinión)

En Castellón han denunciado a unos mancebos que amenazaban e insultaban a una anciana para grabar sus reacciones en el móvil. En Alicante, un profesor de instituto sufrió una paliza (de parecerse a Michelle Pfeiffer en eso de “Mentes peligrosas”, tal vez lo hubieran violado) que grabó, también con el móvil, una amiga del agresor, antiguo alumno del centro donde trabaja el hombre; luego pretendían vender este material por cien euros. En Salamanca, otros dos chavales prefirieron correr menos riesgos y destrozaron una cabina de teléfonos mientras grababan el destrozo con el móvil; las cabinas de teléfonos son una especie en extinción y no se defienden, de ahí que el único riesgo fuera que los cazaran, como de hecho ocurrió más tarde. En Canadá han pescado a un tipo, un pederasta, que difundió en directo por internet sus escenas de violación a una menor. Otros prefieren divertirse sin dañar a otros, como esos tres marineros, dos hombres y una mujer, que hicieron su vídeo porno casero y lo colgaron en la red, lo cual ha supuesto su expulsión de la Armada.
Todas estas noticias, y muchas otras que van apareciendo cada semana, nos confirman que ya estábamos locos y que medio mundo tiene tendencias psicópatas, pero a la locura se le ha añadido un grado, que es el de la tecnología. ¿Qué es primero: las ganas de apalear al prójimo o las ganas de grabar lo que sea? ¿El huevo o la gallina? Uno cree que la violencia es la misma que la de hace años. Lo que pasa es que ahora el personal quiere tener imágenes de sus acciones, que suelen estar bañadas en sangre o en porno, y con eso la policía lleva medio trabajo hecho, pues la prueba del delito ya la ofrecen los criminales, que ya hay que ser tonto. Antaño, cuando el atraco de bandas a los bancos, o las palizas al salir de clase, o las violaciones, los malos se guardaban el secreto o se lo decían al tonto de la familia, que era quien luego daba el soplo a las autoridades; hoy no hace falta confesarle los pecados al tonto de la familia, al cura o a la novia, pues queda grabado en el móvil. Si se dan una vuelta por el famoso YouTube comprobarán que, entre las escenas míticas de películas, los vídeos de la tele, los pasajes memorables de la historia reciente o los videoclips, se ha colado mucha morralla: la de tipos que, por ejemplo, imitan a los de La Hora Chanante cuando estos imitan a los famosos. Dichos imitadores podían colgar material de su propia cosecha, pero no lo hacen porque es más fácil no ser creativo y, además, lo que importa es salir en el YouTube, en el blog de un colega y en cualquier rincón que guarde relaciones conyugales con la cámara de los teléfonos móviles.
Con esta tecnología, ocurre que aquí cada uno quiere grabar su película de cinco minutos o ser el protagonista de la misma. Lo malo es que no quieren ser Charlot, sino Rambo o Alex, el “drugo” jefe de “La naranja mecánica”, que hubiera sido feliz de poder grabar con el móvil las somantas que le daban él y sus colegas a los mendigos borrachos y a los viejos inválidos. Lo malo es que pocos quieren hacer reír ante la cámara y han preferido que sufra un tercero. Ni siquiera, estos chavales, han heredado las costumbres de los Jackass, que se hacen daño a sí mismos en pruebas brutales y escatológicas para servir sus penurias ante el objetivo. Son más listos que los Jackass, y de ahí que hayan optado por apalear a terceros. Si Warhol dijo que cada persona tendría en el futuro sus quince minutos de fama, actualmente lo que quiere el gallinero es tener sus quince minutos de vídeo en el YouTube o en el móvil de los amigotes. No sólo estamos de la olla; encima, lo grabamos. Qué tiempos.

viernes, noviembre 03, 2006

Libro: El amor ya no es contemporáneo, de David González

Este libro, una antología de poemas y relatos que abarca los años de producción de 1997 a 2004, no debería pasar por alto. Repito: no debería pasar por alto. Lo publicó Baile del Sol y lo precede un prólogo de Túa Blesa.
Leyendo esta antología, paseamos por algunos de los rincones oscuros de la biografía de David González, que se ha ido haciendo a sí mismo a medida que completaba su obra. Pero también hay hueco para los rincones claros. Es asombrosa su habilidad narrativa y poética para pasar (de un verso a otro, de una línea a otra) de la desesperanza a la ilusión, del vacío al amor, de la crueldad al perdón. Los temas que deambulan por el libro nos hablan de un poeta al que no podemos etiquetar, pues es capaz de manejar con soltura el minimalismo, la metáfora, el realismo sórdido, la evocación de tiempos mejores, etcétera; y entre esos temas encontramos la infancia, el pasado familiar, la delincuencia y el trapicheo, el paso por la cárcel, la enfermedad (diabetes, la suya; pero también nos habla de las dolencias de otros), la muerte, el trabajo, la miseria, el amor. En este sentido, y aunque había leído muchos poemas en otros libros, no conocía de David esa faceta carveriana para retratar una mañana de trabajo, la llegada de su pareja a casa, de madrugada, o la visita familiar a su piso; estos relatos y poemas resultan impecables, y basta leer Edad, La sabiduría del esclavo, Obediencia a la vida o Un hombre afortunado, por citar algunos.
Encabeza cada texto una cita de algún personaje (poeta, escritor, cantante, amigo), y de ese modo repasamos algunas de las lecturas de esa biblioteca ambulante que es David: ahí están Chukri, Fante, Salinger, Céline, Selby, Rimbaud, Kerouac, Fonollosa, Shepard, Bukowski, Gamoneda, Kafka… Recomiendo que lean este libro: cómprenlo, pídanlo prestado en la biblioteca, róbenlo, pero sumérjanse entre sus páginas; agradecerán caminar por el mundo de la mano de un hombre que ha vivido, amado, sufrido, luchado y leído mucho. Cierro con la magnífica dedicatoria de la última página:

Estos poemas están dedicados
a los hijos pródigos que jamás regresaron a casa,
a los que siempre besamos la lona del cuadrilátero
y a todos aquellos que, en épocas de sequía, tenemos
que bebernos nuestra propia saliva.

Citas. 6

Diecisiete meses de cárcel para un hombre acostumbrado al aire del mar, a la independencia del marino, al espacio, a la inmensidad, a lo infinito; caballero, diecisiete meses de cárcel es el mayor castigo que pueden merecer los crímenes más horribles del vocabulario humano.
Alexandre Dumas, El Conde de Montecristo

Esa visible oscuridad (La Opinión)

Ayer murió el escritor norteamericano William Styron, conocido por los lectores merced a “Las confesiones de Nat Turner” y “La decisión de Sophie”, novela de la cual se hizo una película a principios de los años ochenta que gozó de cierta celebridad; trabajaban en ella Kevin Kline y Meryl Streep, que se llevó el Oscar y el Globo por su papel. Ya no recuerdo si vi este largometraje en su momento porque tenía diez años y entonces me preocupaban más los filmes de aventuras que los dramas.
De William Styron, que se ha ido a los ochenta y un años por culpa de la neumonía, sólo he leído un libro. El resto de su producción literaria no me interesaba demasiado. Pero este libro, que da título al artículo, es una especie de ensayo autobiográfico o de crónica de un episodio en la vida de Styron: cuando comenzó a sufrir una brutal depresión que lo conduciría a rozar la locura y el suicidio. La muerte de su autor me ha recordado este volumen, “Esa visible oscuridad”, y he decidido rescatarlo de mi biblioteca para releer algunas de sus páginas, como homenaje póstumo. Es un título difícil de encontrar, y creo que lo compré en alguna librería de viejo, años ha. Su lectura interesará a quienes hayan sufrido síntomas de depresión, y también a cualquier lector curioso. Hay una diferencia entre sufrir una depresión y tener episodios aislados. Quiere decirse que todos tenemos algún día malo a la semana; el mío suele caer en lunes, cuando aún me duran el cansancio y la resaca de la farra del sábado. Creemos que es depresión, pero no debemos confundir ese malestar aislado con la enfermedad depresiva, que no se cura con sueño y pasando página, sino con diversos tratamientos que combatan el sufrimiento mental. Styron logró salir de la emboscada de la enfermedad, luego dio una conferencia y a partir de ahí escribió su libro. Los síntomas críticos le entraron cuando iba a recoger un premio en París, de lo cual se deduce que la depresión, contrariamente a las creencias populares, no entiende de ricos ni de pobres, de éxitos ni de fracasos. El escritor maneja en este ensayo unos cuantos conceptos que nos explican su estado de ánimo durante su larga lucha: malsana tristeza, abatimiento, odio a sí mismo, insomnio, malestar, desazón, ansiedad, estrés, tendencia al suicidio. Menciona, incluso, los nombres de muchos artistas que cayeron en el pozo infernal de la depresión y terminaron suicidándose: Virginia Woolf, Jack London, Cesare Pavese, Ernest Hemingway, Vachel Lindsay, Van Gogh, Sylvia Plath.
Me parece oportuno citar algunos párrafos del libro: “No todos habrían respondido como yo lo hice; la depresión, debe uno insistir constantemente, presenta tantas variaciones y tiene tantas y tan sutiles facetas –depende tanto, en suma, de la totalidad de causas y respuesta del individuo– que lo que para una persona es una panacea puede ser una trampa para otra”. O la línea en la que descubre que está sanando: “A la sazón se estaba entrando ya en el mes de febrero, y aunque todavía me encontraba flojo, supe que había emergido a la luz”, que deja clara su diferencia entre la depresión (oscuridad) y el restablecimiento (luz). William Styron sobrevivió a esa oscuridad, salió a la luz y, al final del libro, escribe: “Para los que han morado en la selva oscura de la depresión y conocido su indescriptible agonía, su retorno del abismo no es diferente al ascenso del poeta, subiendo penosamente más y más arriba hasta salir de las negras profundidades del infierno y emerger por fin a lo que él percibió como el claro mundo”. El día dos de este mes, años después de aquella tiniebla, ha caído en otra oscuridad de la que ya no se regresa.

jueves, noviembre 02, 2006

Frutos del Tiempo


Me piden alguna colaboración desde Frutos del Tiempo y me solicitan que difunda la propuesta: aceptan relatos, poemas, artículos. Mientras escarbo en mis archivos a la búsqueda de algún texto que enviarles, os dejo aquí el aviso y la dirección de la página. Os gustará, aunque la mayoría ya la conocéis por el blog de David, Algo que declarar. Web de Ediciones Frutos del Tiempo: aquí.
[Nota: Tras escribir este post, mandé un breve cuento a la revista. Y ya está colgado. Se puede leer en este enlace: Vuelve Anónimo]

Gladiadores del lumpen (La Opinión)

Con el calor de este otoño disfrazado de verano, uno vuelve a abrir las ventanas para que corra el aire. Pero he aquí que el mensaje callejero que le llega, de este Lavapiés multicultural y multirracial, no es únicamente el del vuelo apresurado de las palomas ni el del claxon de los coches que recorren el barrio, sino la música de la violencia entre los hombres, que posee más ruido que melodía. Entre los hombres, pero también entre las mujeres, entre los viejos y entre los chavales, y entre todo aquel que tenga un par de puños listos y una idea fija en la cabeza. Iba uno a empezar este artículo y ya escuchó en la plaza una serenata de gritos, sirenas de policía y ulular de ambulancias. Coches pasando bajo el balcón a toda velocidad, gente corriendo hacia un rincón que los edificios no nos permiten ver, transeúntes señalando con el dedo y los vehículos policiales que van pitando hacia allí. No ve uno lo que sucede, pero puede imaginarlo. Aquí, como ya se dijo, todos los días son fiesta. Desde la escritura de la primera línea de cada artículo hasta la última puede ocurrir cualquier cosa en el ambiente, y por eso esta columna puede empezar hablando de los pájaros y terminar con una gresca de traficantes de medio pelo, polis que están hasta la gorra de venir aquí y botellas que vuelan por el aire y se estrellan en la acera, en esa acera tan regada por orines humanos que hay que taparse la nariz como si fuera la peste.
El personal, en estas calles, siempre tiene una razón para pegarse. Mayormente, las pendencias se dan entre quienes trapichean y entre quienes van cocidos de vino de envase de cartón, pero hay de todo. Los borrachos blancos se pegan entre ellos. Los punkies vagabundos y alcoholizados abofetean a sus novias alcoholizadas. Los jovenzuelos árabes se sacuden entre ellos. Las señoras borrachas pegan a los ancianos borrachos. Los mendigos ebrios se insultan unos a otros y procuran derribarse en peleas en las que no se ve fuerza, sino abandono y falta de vida. Los negros discuten entre sí con una vitalidad propia de las películas de raperos y de los noticiarios de Los Ángeles. Las chinas del bazar se enzarzan con los moros que entran a la tienda a mangonearlas. Los hindúes, en cambio, siempre andan a lo suyo y quizá nadie se mete con ellos ni ellos con nadie. De momento, no suele darse la mezcla racial en estos cruces de espadas. Cada miembro de una raza tiende a pelearse con los miembros de la suya. Mientras no se envuelvan los colores, no saldremos de lo malo para ir a lo peor. Porque, cuando llegue el aciago día en que combatan de nuevo los moros y los cristianos en estas calles, habremos entrado en lo peor. La plaza se convierte, así, y merced a estas gestas, en el territorio comanche donde todo quisque aprieta los puños o arroja litronas o empuña un palo o persigue a su contrario. Se convierte en el anfiteatro en cuya arena pelean los gladiadores. Gladiadores ebrios, gladiadores camellos, gladiadores viejos, gladiadores mendigos, gladiadores parados, gladiadores jóvenes. Lumpen puro.
Basta que uno salga afuera para sentir el latido de la violencia, que no cesa. Algunas tardes parece que por las calles corre la gente como si se estuvieran celebrando los sanfermines. Pero se fija un poco y no hay toros ni corredores expertos, sólo adolescentes marroquíes que ajustan cuentas entre ellos, que se persiguen por el asfalto con palos y botellas, que en su furia golpean los capós de los coches y derriban los pequeños contenedores con tapa naranja. Los borrachos blancos, en cambio, están demasiado ciegos para perseguirse, y solucionan sus problemas sin correr. La violencia es una vieja enfermedad que crece y se extiende, que no para.

miércoles, noviembre 01, 2006

Citas. 5


¿Qué más te daba dónde hubieras ido a dar con tus huesos una vez muerto? ¿Qué más te daba si era en un sucio sumidero o en una torre de mármol o en la cima de una montaña? Estabas muerto, dormías el sueño eterno y esas cosas no te molestaban ya. Petróleo y agua te daban lo mismo que viento y aire. Dormías sencillamente el sueño eterno sin que te importara la manera cruel que tuviste de morir ni el que cayeras entre desechos. Yo mismo era parte ya de aquellos desechos.

Raymond Chandler, El sueño eterno

Timos digitales (La Opinión)

Las estafas digitales están de moda. La prensa nos ha alertado de ello. La más común consiste en enviar un falso correo electrónico a las direcciones de los particulares, y camuflarlo como si nos lo hubiera enviado un banco. Los estafadores diseñan una web y un e-mail copiado, punto por punto, de los bancos de España. Mandan luego el correo electrónico y le piden al destinatario que pinche en el link o enlace que ellos mismos sirven en el cuerpo del correo, y que consigne sus datos personales y sus números de cuenta. Tras esa operación, estos tunantes de teclado recogen la clave de la cuenta bancaria y se meten dentro y le sacan los ahorros. Pero la trampa se descubre si uno es desconfiado y lee la letra pequeña. El problema es que hay internautas que no leen la letra pequeña o son muy mayores y andan mal de la vista o son poco sagaces. Pero la estafa funciona con la gente de la tercera edad, que no está para dejarse los ojos en la pantalla del ordenador y no se le ocurre pedir ayuda al nieto de trece años, que es el que está al día del pescado que se mueve en la red. Yo he recibido unos cuantos de estos correos, incluso antes de que los denunciaran en los medios. Nunca me fié, porque he aprendido a desconfiar hasta de mi sombra.
Ayer me mandaron otro. Se trata del correo más pícaro y descarado que he recibido, y por eso quiero dejar constancia de él aquí, punto por punto. Les invito a acompañarme en este recorrido, para que sepan cómo desenmascarar a estos pillos. Analizaré el e-mail paso a paso. Está repleto de errores y de frases mal traducidas (la fuente proviene de otro país, así que lo han traducido con torpeza). Por ello, pido a los lectores que se fijen en la falta de concordancia y en los errores de redacción, y ruego a las teclistas y a los correctores que no cambien una coma de lo entrecomillado; de otro modo perdería el sentido. Empecemos. Se supone que el correo lo envía el Banco Santander, en el que nunca he tenido cuenta. Error garrafal por parte del estafador. En el comienzo, ni siquiera cita mi nombre y apellidos, lo cual haría cualquier banco, y ofrece un texto rico en errores y mala sintaxis: “Estimado cliente, ¡Es muy importante y obligatorio a leer! Posiblemente Usted notó que la semana pasada nuestro sitio www.gruposantander.es funcionaba inestable y se observaban frecuentes intermitencias. Hemos renovado nuestras instalaciones bancarias y ahora el problema está resuelta”. Este “el problema está resuelta” es delicioso por su ingenuidad. Luego continúa: “Pero para activar un sistema nuevo de protección de los datos y una capacidad de trabajo correcta de sus cuentas bancarias, le pedimos a Usted a introducir los detalles completos de la cuenta para que pudamos renovar nuestra base de los clientes y comprobar la capacidad de trabajo de nuestro nuevo sistema de protección de los datos. Si Usted no active su cuenta bancaria, no va a tener las posibilidades complementarias de la defensa de seguridad en su cuenta”. Lo de “pudamos” es antológico. Y el resto.
Sigamos: “Si Usted tiene una cuenta bancaria personal, pase a la referencia: http://www.gruposantander.es/particulares”. Pero, si uno pincha ese enlace, va a parar a una web falsa llamada www.grupasantander.hk. “Grupa”. Allí piden el NIF, la firma y la clave de nuestra cuenta. La cuestión es no descuidarse. Si uno conoce Whois.net, web que sirve para comprobar la procedencia de una página, basta teclear la dirección de “Grupasantander” y ver que el propietario es un tal Steve Copley, de USA, y cuyos datos no guardan relación con los registrados en el Whois.net de “Gruposantander”, de Madrid. Fácil, ¿verdad? Pues sólo hay que fijarse.