lunes, mayo 22, 2006

Amor o dinero (La Opinión)

Al final, en la encuesta organizada por la Escuela de Escritores para elegir la mejor palabra del castellano, salió ganadora “Amor”. Elvira Lindo, certera en sus crónicas y artículos, acaba de escribir que “Siempre se trata de una elección impostada”, y que, si buscáramos una palabra para designar el sentir colectivo de esta época, sería “Orgullo”. No lo niego, pero creo que predomina sobre el resto de las palabras, en el sentir colectivo de esta y otras épocas, “Dinero”. La apreciación no es mía. Lo escribió un lector en las Cartas al Director del diario El País. No guardo el ejemplar y se me olvidó anotar el nombre y apellidos de dicho lector. Una lástima, porque de él es el mérito y habría que nombrarlo aquí, en justa recompensa por darnos la idea o tema de este artículo. Venía a decir aquel lector, indignado, que, aunque la palabra escogida fuese “Amor”, esta elección mayoritaria no era sino una mentira inmensa, o una hipocresía, pues es otra palabra la que mueve el mundo y los intereses de una gran mayoría de los ciudadanos: “Dinero”. Estamos de acuerdo con él.
Mis mayores, a quienes suelo escuchar con atención por el saber que puedan procurarme, me han proporcionado en los últimos tiempos dos frases que vienen muy al pelo (las pronuncian siempre con resignación, y con el dolor que les supone soltar una verdad que quema y daña, y para que sepa que la vida no se parece a una película de Walt Disney, sino a una novela de William Faulkner): “El dinero es la llave que abre todas las puertas. Eso me lo dijo un cura” y “El dios más poderoso de los hombres es el dinero, lo he visto a diario”. Puede que no las haya escrito aquí con total fidelidad, y que incluso las haya adobado con una pizca de literatura, pero el mensaje en ambas es el mismo. Estamos con ellos y con ese lector, que sueltan verdades dolientes y afiladas. En este sentido, es posible que las novelas más realistas sean las novelas de género negro, donde las mujeres fatales, los detectives con estoicismo para encajar cientos de golpes y sentencias, los empresarios con veguero en los labios y los matones a sueldo sólo tienen un único objetivo: ganar pasta, lograr el botín, amasar dinero, y luego largarse con viento fresco.
Son verdades deprimentes, no lo niego. Pero el mundo funciona como lo hace por culpa del dinero, y no gracias al amor, por mucho que los votantes se empeñen. De otro modo no se entiende que, cuando muere un abuelo, las familias empleen más tiempo en repartirse la herencia o pelear por los bienes que dejó que en velar su cadáver o mantener su recuerdo caliente en la memoria. De otro modo no se entiende tanta mafia urbanística, tanto ladrón de guante blanco y corbata negra, tanta especulación. De otro modo no se entienden los timos y las estafas. Casi toda la gente que le para a uno por la calle es para pedirle dinero. Casi toda la gente de las empresas que le llama a uno por teléfono sólo tiene un motivo: hacer caja para sus jefes, aunque ellos te lo disfracen con el mensaje de buenas intenciones y el juramento de que hacen la llamada sólo para el beneficio del cliente, y así nos dan la paliza telefónica los del Círculo de Lectores o los de Amena, entre otros; pero sus empleados no tienen otro remedio: de lo contrario los largan a la calle, les dan la patada en el culo. Ofertas y paraísos a cambio de la entrega de nuestros ahorros. Hoy el personal vende el alma al diablo por una tarjeta de crédito. Con estos mimbres, no les extrañe que algunos idealistas nos refugiemos en el bálsamo de novelas como “El amor en los tiempos del cólera”, donde el protagonista se mueve por pasiones sentimentales y nunca monetarias.

domingo, mayo 21, 2006

A la sombra, en una terraza (La Opinión)

Estoy tomando una Coca-Cola en una terraza de Argumosa, una calle cuyos bares y aceras se atiborran en cuanto el calor aprieta. Converso con un zamorano que vive en Madrid, Arturo González. Nos hemos sentado a la sombra de las acacias, o al menos él me señala que son acacias. Nos despacha los refrescos un hindú silencioso (valga la redundancia), que regenta una casa de kebabs. A nuestro lado, y pese a la hora, las cuatro y pico de la tarde, varias personas comen al fresco, y el aroma sabroso y caliente de la comida hindú flota por entre las ramas y por encima de nuestras cabezas. Es la primera vez que veo a este zamorano, y entonces pienso en el azar y en todo eso. La sencilla historia de este encuentro es tal y como relato a continuación.
Días atrás descubrí a un autor catalán, exiliado en Francia, cuyas obras vuelven a publicarse en España: Jordi Bonells. Me dio por escribir un artículo al respecto, y luego conseguí uno de sus libros, magnífico y muy breve: "Esperando a Beckett". Arturo González emigró de Zamora cuando tenía dieciocho años, si la memoria no me falla. En París conoció a otro emigrado, Jordi Bonells. Estudiaron juntos la carrera de Sociología. Se hicieron amigos. Bonells le enseñó sus libros, y él habla maravillas, principalmente, de una novela aún inédita: no ha sido publicada en España, tampoco en Francia; pero todo se andará, supongo. Pasados los años, González se mudó a Madrid. A veces pasa por Zamora, a ver a la familia. Y, en su último viaje a nuestra ciudad, alguien le enseñó un recorte de mi reciente artículo, de aquel en el que hablaba del autor de "La segunda desaparición de Majorana", novela publicada ahora en castellano. Pero el azar no acaba ahí. Resulta que Arturo es primo de unos parientes míos. Todas esas conexiones (el origen, la familia lejana, Bonells) le empujaron a ponerse en contacto conmigo, a procurarme una dirección para que le escriba a Bonells, a hablarme de sus libros, a conversar sobre la tierra, la inmigración, las características del barrio, el azar, las editoriales, la familia, las novelas de Paul Auster.
Y aquí estamos, charlando de lo divino y de lo humano, bajo la brisa que empuja las ramas de las acacias y nos libera un poco del excesivo bochorno de uno de los días más calurosos de mayo, oliendo los asados de la cocina hindú, mirando a los transeúntes que caminan agobiados por la temperatura. Me dice que estuvo viviendo en un piso de Los Herreros, y le confieso que es una calle por la que siento mucha devoción. Mi familia materna vivió allí hace años, le cuento. Menciono mi segundo apellido, y se acuerda, y me revela que no sólo los conoció en aquella época, sino que posee un mueble hecho por las manos de mi abuelo, que era carpintero. Y que el mueble le ha acompañado siempre en sus viajes y en sus mudanzas. Dichas conexiones, dichos vínculos nos conducen al territorio del azar, que con tanta eficacia maneja Auster en sus novelas, de las que ambos somos admiradores. Bonells también habla de eso en su libro, al menos lo hace en las páginas del que yo he leído, y que fue escrito durante un mes y medio. Me pregunta, también, por el barrio. Le digo que me encanta, salvo por las reyertas y el tráfico de drogas, que entorpecen la calma y hacen que, ciertas tardes, uno vea sangre en las aceras, policías esposando a chavales y tíos con la cabeza abierta de un botellazo o de un palo (y horas después eso ocurrirá, de nuevo: dos jóvenes ensangrentados, dos ambulancias, coches y furgones de policía, cientos de curiosos). Luego le llevo hasta la librería de Argumosa. Caminamos bajo el sol, hasta la parada de metro. Al alejarme, pienso: "Otro paisano que tuvo que emigrar".

sábado, mayo 20, 2006

Floreros (La Opinión)

Tengo la impresión, algunas veces, de que pocos trabajos son tan degradantes para una mujer como el de servir de florero en los eventos. Las chicas en bikini que bailan en los espectáculos horteras de ciertos programas de televisión y cumplen la misma función que los decorados, pero sin necesidad de que un operador tire de sus hilos con el propósito de que se muevan. Las azafatas que ponen en los mostradores de las casetas de algunas ferias, cuyo cometido se ciñe a sonreír de oreja a oreja al tipo que pasa. Las acompañantes de las estrellas, que deben acudir a los preestrenos importantes con un doble requisito: exhibir un escote como una plaza de toros y dar palmadas al protagonista, o apoyarle un mano en el hombro; recordemos un ejemplo: el preestreno de la tercera parte de "Torrente", ocasión en la que Mariano Rajoy, que nunca supimos muy bien qué demonios pintaba allí, se hizo una foto con varios de estos floreros.
Conocemos la finalidad del trabajo de estas chicas, es decir, sabemos por qué las fichan los ejecutivos: para que alegren el paisaje. Sin embargo, y que conste que no tengo nada contra ellas, los organizadores deberían contratar, en los eventos literarios (presentaciones oficiales, fiestas fastuosas, ferias del libro), chicas que hayan leído algo más que las instrucciones de la caja de Tampax y la Ragazza. No lo digo en broma, ya que he ido recogiendo algunas perlas por ahí. Años atrás, en una fiesta de Plaza & Janés en El Retiro, salió una azafata a decir unas palabras de introducción. La chica, creo, era muy vistosa. Pero empezó a cometer tropelías al hablar. Cuando pronunció Plaza & Janés a la manera anglosajona, o sea, soltó Janes, como cuando decimos Tarzán y Jane, o James Bond, el personal se desparramó a reír. Imaginen el cuadro: hombres y mujeres muy leídos, editores, literatos, poetas, ejecutivos, y la pobre muchacha, tal vez creyendo que se ganaba un punto con su manejo del inglés, hizo el más espantoso de los ridículos. Unos cuantos se dieron codazos entre ellos, y todos nos cercioramos de que la muchacha, tal vez, sólo acostumbraba a leer la etiqueta del champú. Cometió otras barbaridades, aunque las he olvidado.
Repetiré que no tengo nada contra ellas. Pero a los fastos literarios hay que mandar a las que estén algo leídas, aunque no sean agraciadas. Donde más me he reído, a propósito del tema, fue en la Feria del Libro de Valladolid, en la que estuve hace unas semanas, metido en una caseta/escaparate. Cada pocos minutos una de esas mujeres florero debía anunciar, por megafonía, los actos y los nombres de quienes firmaban o participaban en aquellos. Las chicas se turnaban, de modo que los fallos eran distintos y, cada vez, más garrafales. Al escritor Tomás Val se obstinaron todas (salvo una) en llamarlo Thomas Val. Acaso, por el apellido nada frecuente, pensaron que era un extranjero, un hispanista británico que venía a dar una conferencia. Durante una hora compartí caseta con JM. Prado-Antúnez, natural de Baracaldo. Lo llamaron de varias maneras: Juan Manuel, José Manuel, José María, Prada-Antúnez, etcétera. Mi apellido siempre lo pronunciaron mal, de cuatro o cinco maneras distintas. Se inventaron, para nosotros, identidades nuevas y variadas. El editor les había dado a las chicas un papel, con nuestros nombres escritos con claridad y letras mayúsculas. Pero dio igual. Nos reímos mucho, eso sí. La mayor carcajada llegó cuando una de las señoritas-florero dijo: "Les recordamos que, en estos momentos, Novela Negra en carpa redonda". Menuda frase. La carpa quedaba a la vista de todo el mundo, incluso de las azafatas. Y la carpa, ya lo habrán imaginado, era rectangular.

viernes, mayo 19, 2006

Tebeosfera (La Opinión)

Manuel Barrero es zamorano y vive en Sevilla. Es de la quinta del sesenta y siete y en esta ciudad, Sevilla, se sacó la licenciatura en Ciencias Biológicas y el doctorado en Ciencias de la Comunicación. Trabaja como funcionario y también como redactor, asesor editorial y editor en el departamento de cómics de Planeta DeAgostini. Esta última faceta, ligada a la escritura y a la coordinación de libros sobre el género de las viñetas, es la que aquí nos interesa. Sostengo dos verdades sobre mi tierra (nuestra tierra común, en este caso), que nadie podría discutirme: en nuestra provincia nacieron muchísimos talentos exportables y el mundo está lleno de zamoranos, más de lo que algunos puedan pensar. Manuel me escribió un correo electrónico por nuestra afinidad a los tebeos y a las historietas, aunque debo señalar que él es un experto y yo un mero aficionado. Luego, hechas las presentaciones, tuvo la amabilidad y el gesto de enviarme el nuevo libro que ha coordinado y para el que ha escrito la introducción y un capítulo y hecho una entrevista. Se titula “Tebeosfera”, y estoy inmerso en su lectura.
“Tebeosfera”, publicado por Astiberri, una de las mejores editoriales en torno al cómic, es un compendio de artículos y estudios sobre las historietas en España, Argentina y Estados Unidos. Recoge parte de los trabajos que han ido colgando en la web del coordinador, o sea, Tebeosfera.com, donde los lectores encontrarán noticias, reseñas, estudios, críticas, novedades. Como ya he leído la introducción y el artículo de Barrero, me gustaría comentarlos aquí. En el introito aclara que no todos los trabajos compilados en el libro pueden leerse en la página web: algunos de ellos fueron escritos expresamente para este volumen. Su aportación resulta muy interesante y se titula “Viñetas republicanas en la guerra civil española”. Es, según sus palabras, “un escueto informe sobre las publicaciones ilustradas y para la infancia halladas en el Archivo General de la Guerra Civil Española”, cuando el archivo estaba en Salamanca. Nos viene a decir que el tebeo español, sus técnicas y sus estilos, no avanzó en los años de la contienda. Los editores de uno u otro bando publicaron semanarios humorísticos, tebeos panfletarios y propagandísticos, burlas del enemigo.
Cada trabajo se acompaña de pequeñas reproducciones de páginas de algunos tebeos. En el que aquí comento hay varios ejemplos muy divertidos: un Popeye mejicano que ayuda a los republicanos de Euskadi, un ejército de sublevados compuesto por moros, alemanes e italianos, líderes republicanos con apariencia de aves rapaces. La muestra más regocijante es la que presenta a Franco como un guía para los turistas de guerra, a quienes muestra un escenario destrozado por las bombas de los aliados; cuando una pareja da dinero al dictador, a cambio de sus servicios de cicerone, éste concluye con las palabras: “Con esto compro más aviones, mato más niños, vienen más turistas… ¡Ah! ¿Y dicen que soy pequeñito?” Como vemos, no se cortaban. Dibujantes republicanos y nacionales dibujaban a sus enemigos bajo la sombra de los tópicos, y los segundos optaban por animalizar a los soldados de la República en sus caricaturas. Un trabajo, pues, sugestivo y revelador. Mis ansias lectoras me piden que llegue pronto a otros capítulos de sumo interés, a priori: la historieta de terror en España, los superhéroes norteamericanos, la vida según Mafalda, los tebeos en la dictadura militar argentina. Barrero, que ha escrito libros sobre Alan Moore o Barry Windsor-Smith, bien se merece un poco de atención por nuestra parte.

jueves, mayo 18, 2006

Más sobre Renacimiento, nº 45-46


Fernando Iwasaki me ha dicho que, en su día, me enviaron el número de la revista donde sale mi relato. Pero, ahora recuerdo, por aquellas fechas me cambié de domicilio, y luego me vine a Madrid. Con tanto ajetreo ya he sabido que muchos paquetes y cartas nunca me llegaron. Eso sin contar con el hecho de que, en uno de los pisos de Zamora, me robaban siempre el periódico y el correo (lo del periódico se notaba mucho: a veces el papel de las esquinas quedaba enganchado en los bordes, convertido en jirones).
He pedido, no obstante, la revista a la editorial. Y he sumado al pedido la antología de poemas de Pedro Luis de Gálvez, Negro y Azul. Siempre he querido conseguir este libro, de un personaje fascinante (recordemos Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada).
PD: La foto de Iwasaki que acompaña a este texto la he sacado del muy recomendable blog de Iván Thays, el Moleskine Literario.

El granito (La Opinión)

Nos levantamos esta semana con un nuevo escándalo en Zamora. Desde fuera, estas cosas, las observamos con una mezcla de resignación, pena y cachondeo. El escándalo atañe a las obras de la calle Santa Clara. Dijeron que iban a poner pavimento de granito de Sayago y no han mentido en eso, pues nos cuentan que, efectivamente, hay granito de Sayago, esa gran tierra en la que uno, incluso, hunde algunas de sus raíces. El problema, la polémica, el chiste, viene de que parte de ese granito lo han comprado en China. No quisiera mostrar acritud, pero Sayago nos queda cerca y China no sé yo, para mí tengo, oiga, que nos cae un poco a trasmano. El concejal de la cosa se defiende aludiendo que lo importante no es la procedencia del material, sino que éste cumpla las características técnicas del contrato. En ese caso, amigo, si lo que importa es el cumplimiento, y no la procedencia, preferimos que pongan en el Ayuntamiento a unos cuantos chinos haciendo el papel de concejales, pues son más trabajadores que cualquier español, y no sólo cumplen los requisitos de trabajo y esfuerzo, sino que los superan. Igual otro gallo nos cantaba. Estaría bien que el concejal de marras fuera a los pueblos de Sayago y les dijera a los paisanos, a la cara, que da lo mismo el granito de allí que el de otra punta del mundo. Pero debe saber, antes de hacerlo, que los sayagueses somos huesos duros de roer, de mollera sólida y sobrado orgullo.
Siempre que hay escándalos por obras municipales, en cada ciudad española, acaban saliendo a flote los fraudes, las especulaciones, el mamoneo, las argucias para sacar tajada y ahorrarse unos euros. No sé, de momento, en qué parará todo esto, ni qué intenciones hay detrás. Lo que sé es que no debemos sorprendernos. Al fin y al cabo, en el Ayuntamiento siguen haciendo lo de siempre, o sea, darnos rata por liebre. Cuando anuncian que, en las Ferias y Fiestas de San Pedro, van a venir a tocar los grupos más punteros y más caros, los mejores del panorama musical, es sólo un cebo para que aplaudamos, ya que al final no suelen fichar a los que habían prometido, sino a otros, con menos prestigio y, sobre todo, menos caché. Cuando proclaman que nos van a dejar las plazas y los parques preciosos, y muy funcionales, las obras resultantes jamás están a la altura; nos quitan los árboles, nos despojan de las sombras, cultivan cuatro hierbas que forman una especie de jardín artificial, ponen bancos para que dos o tres jubilados se lean el Abc y les cambian los columpios a los niños. La promesa previa nunca se parece a la realidad posterior. Venden humo y se quedan tan anchos. Como con el famoso badén de la Avenida de Portugal, entre otros casos. Pero tampoco es culpa suya: es una de las condiciones de casi todos los políticos. Prometer una cosa y cumplir otra. En este sentido, y salvando las distancias, esa actitud política recuerda ligeramente a las promesas que los maltratadores hacen a sus mujeres, con la finalidad de que éstas vuelvan junto a ellos. Juran que cambiarán y, cuando ellas regresan a casa, lo único que se cambian es el peinado. Eso es vender humo.
Mientras tanto, mientras en la provincia sus habitantes tragan carros y carretas, el alcalde y sus muchachos se van a Galicia, a reunirse con dirigentes del PP de Orense y Pontevedra, y exigen juntos al Gobierno central que agilice o acelere las obras del AVE, que uniría Galicia con Madrid, pasando por Zamora. Muy bien, nos parece perfecto, ese interés. Pero sabemos de sobra que es otra cortina de humo para que los ciudadanos dirijan la vista a otro lugar, y así la mirada del pueblo no enfoque los fracasos municipales y las chapuzas habituales.

miércoles, mayo 17, 2006

Libro: Muerte de un viajante, de Arthur Miller



Volker Schlöndorff dirigió una adaptación televisiva de Muerte de un viajante, en los ochenta. Dustin Hoffman interpretaba a Willy Loman, y John Malkovich a uno de sus hijos. En España se estrenó en vídeo, y es la versión de la obra que yo había visto y la única que conocía.

Con motivo de la reedición del libro, a principios de este año, tenemos una buena excusa para leerlo. Opino que cada texto dramático debe ser, siempre, visto y leído, para completar los huecos que ambas versiones suelen tener.

La tragedia de Loman, un trabajador obsesionado con el éxito y con dejarse la piel en su empleo, buscando el éxito a toda costa, aún está vigente en estos tiempos.

Efemérides (La Opinión)

En otros países no sé, supongo que también, pero en España nos pasamos la vida de celebración en celebración. De tal modo que, gracias a las hemerotecas y a las efemérides, cada semana andamos conmemorando algo. Este año: el centenario de los nacimientos de Samuel Beckett y Arturo Uslar Pietri y del fallecimiento de Henrik Ibsen, el cincuentenario de la creación del héroe de Víctor Mora El Capitán Trueno y de la muerte de Pío Baroja y de la concesión del Premio Nobel a Juan Ramón Jiménez. Y muchos otros que no recojo aquí porque los desconozco y porque no me tengo por un almanaque andante. Estas celebraciones sirven a los periódicos para desempolvar las semblanzas y las biografías que guardaban en los cajones o en el disco duro de los ordenadores. Se utilizan en los suplementos culturales y en la sección correspondiente del periódico, justo el día en que tal autor cumple los años de su muerte o de su nacimiento, y luego se vuelven a guardar, hasta que pasen veinte o veinticinco años, o los que sean. Así, de celebración en celebración, de cincuentenario en cincuentenario, estamos todo el día paseando en procesión a los muertos célebres. Acaba cansando tanta recurrencia a las efemérides para llenar páginas. Los diez años desde que murió Fulano, los veinte desde que Mengano publicó tal novela o estrenó tal película, los cincuenta desde que nació Zutano, y en ese plan.
Sin embargo, le veo una ventaja al asunto. Sirve, primero, para que a los autores que el país tenía olvidados se les haga justicia, se saque sus libros de las estanterías, se relean o se lean por primera vez. Y sirve, segundo, o al menos a mí me viene de maravilla, para que las editoriales se acuerden de algunos clásicos contemporáneos, y rescaten su obra, que solía estar descatalogada o se había agotado. Si usted busca un libro de determinado autor, y no lo encuentra ni en las ferias de ocasión, no se preocupe: si es medianamente conocido ya llegará alguna fecha que los medios de comunicación celebren, y entonces las editoriales publicarán toda su obra, en ediciones flamantes, tan lujosas que no parecerán clásicos, sino novedades. A mí me viene bien, repito: así puedo acceder a ciertos títulos difíciles de encontrar en las librerías (no sé dónde he leído que, en la actualidad, cuando un libro cumple dos años se le considera viejo y lo retiran del mercado). Que se conmemoren cien años de Beckett ha hecho que Tusquets reedite sus “Relatos”, en una edición más vistosa o de más calidad que la antigua. Y que, en breve, reúnan toda su producción teatral en un único volumen. También comienzan a reeditar a Baroja en tomos de lujo, y a rescatar sus inéditos. Que se cumplan setenta años de la guerra civil (o incivil, que llaman, con acierto, algunos) ha llenado las librerías de novelas, ensayos, libros de historia y demás estudios, mamotretos y manuales acerca del tema. Con lo cual han reeditado, en edición de bolsillo, los tres tomos de “La forja de un rebelde”, que estaba cansado de buscar por ahí, sin éxito. La reedición es doblemente venturosa, pues el próximo año se cumplen cincuenta años de la muerte de su autor, Arturo Barea.
Está de actualidad, además, un libro conmemorativo sobre El Capitán Trueno, que ya lleva cincuenta años de vida y batallas a sus espaldas, como hemos dicho antes. El Capitán Trueno y El Jabato fueron dos de mis héroes infantiles, y la mayor parte de aquellos tebeos los cogí prestados de la Biblioteca Pública de Zamora. Hace un par de años el escultor José Luis Coomonte me regaló algunos ejemplares de El Cosaco Verde, otro héroe de Víctor Mora que, hasta entonces, no conocía.

martes, mayo 16, 2006

Noticia tardía: Un relato en Renacimiento


Hace un par de años le envié a Fernando Iwasaki (no perderse sus relatos de Ajuar funerario y Libro de mal amor) uno o dos cuentos, ya no recuerdo, para ver si podía publicarlos en la revista que dirige, Renacimiento.

Transcurrieron unos meses y no tuve noticias al respecto. Creí que no había vuelto a salir ningún número o que no me habrían incluido. Ahora, por esos azares de internet, encuentro que sí, que mi cuento apareció en el número 45-46, como consta en este índice. Se titula La tripulación del puente ferroviario. Aprecio mucho el cuento porque transcurre en un puente sobre el Duero, en Zamora. Como pensaba que aún era inédito, se lo envié hace poco al zamorano Ezequías Blanco, quien, si todo va bien, lo incluirá en el nuevo número de sus Cuadernos del Matemático. Le he escrito a Iwasaki, a ver si me dice dónde y cómo puedo hacerme con la revista.

Tesoros baratos (La Opinión)

A pesar de tener El Rastro a un paso de casa, frecuento poco este mercadillo de saldos, tesoros y morralla. El domingo pasado quise remediarlo y dimos una vuelta por allí. A la caza de alguna rareza. Las rarezas que suelo buscar atañen a la literatura y al cine, y a veces al cómic. Animado por las películas de serie B y Z, que consumía en la niñez, rebusco en unos cuantos cajones que alojan filmes en dvd. El puesto es sencillo: una mesa pequeña, las cajas de cartón y, dentro de ellas, las películas; y lo regenta un fulano con aspecto de haber participado como extra en las comedias de Terence Hill y Bud Spencer; ya saben, el típico individuo cuyo papel consistía en recibir tortas y puñetazos. Encuentro títulos gloriosos. Porque aún me entusiasma ver bodrios: bodrios de kung fu y del Oeste, y producciones casposas realizadas por equipos españoles a imitación de las grandes superproducciones de Hollywood, pero con un presupuesto de dos pesetas; el otro día recuperé, por ejemplo, la delirante y cochambrosa “Supersonic Man”, largometraje ibérico que vi de niño. En el cajón hallo maravillas de la caspa. Me hace reír el siguiente título, de artes marciales: “Li, cuello de acero”. La pena es que cuesta ocho euros, demasiado dinero para una obra que, a priori, será infumable y divertida. De modo que me alejo del puestecillo con las manos vacías.
Un señor que vende álbumes de cromos (colecciones completas, supongo), revistas usadas y antiguas (entre ellas, los viejos números de Fotogramas, en cuyas portadas siempre había una actriz en pelota), novelas pulp y magazines de bolsillo, tiene las mejores ofertas. Las novelas pulp de vaqueros te las deja por noventa céntimos; las románticas y de terror, por un euro y pico. Hay varias de Marcial Lafuente Estefanía pero, mientras reviso los títulos, una chica pide al hombre todas las que conserve de ese autor. Para mi sorpresa, encuentro una veintena de novelitas de Silver Kane. Me llevo cinco, atraído por los títulos que prometen un festín de tiros y de horrores: “Dale al gatillo, amigo”, “Machine Gun”, “La música del muerto”, “El demonio en el cerebro” y “La helada voz del infierno”. Yo no sabía nada de Silver Kane, pero andaba con ganas de comprar algo, merced a las recomendaciones de Montero Glez, quien últimamente lo cita mucho y le ha dedicado el cuento “Zapatitos de cemento”. De Silver Kane me sonaba el nombre, que asociaba a la literatura barata y entretenida que hacía furor antaño. De modo que busco información para ofrecérsela al lector curioso.
Silver Kane era el pseudónimo del escritor español Francisco González Ledesma, quien ganó el Premio Planeta por “Crónica sentimental en rojo”. En una entrevista que acabo de leer desvela el origen de dicho mote: “El editor me dijo que no podría firmar las novelas como González porque nadie me creería. Hacía falta un pseudónimo que sonara bien. Yo creé Silver Kane durante una madrugada de pobreza y trabajo, uniendo el nombre de un personaje de cómic que yo escribía (Silver Roy) y el apellido de un dibujante que admiraba (Milton Caniff)”. Kane, o González Ledesma, hizo las delicias de miles de lectores, y escribió unas cuatrocientas de estas novelas. Sólo por eso ya lo admiro. Este año ha publicado su autobiografía, “Memoria de mis calles”. También compro, a dos euros, “El tercer hombre”, de Graham Greene, y “Yo, el jurado”, de Mickey Spillane, que andaba buscando desde hacía años. De regreso, por la calle, me fijo en dos leyendas. Una, en el cristal de una taberna, junto a los anuncios de raciones y caldos: “Gallinejas – Entresijos – Finas – Zarajas”. La otra es un garabato en un muro: “Arriba las manos: esto es un contrato”.

lunes, mayo 15, 2006

Explotación y hostilidad (La Opinión)

En torno a los chinos que, en España, trabajan en las tiendas de venta al por mayor, en los restaurantes, en los kioscos y demás bazares, se ha ido creando un muro de historias y leyendas urbanas. Unas deben de ser ciertas y otras no. De lo que no cabe duda es de las divisiones internas: están los jefazos y los amos, y están los explotados y los esclavos. Los explotados pueden dar la cara al público, desempeñando oficios dignos o miserables, o pueden permanecer ocultos y en la sombra. Esto último es lo que destaparon la semana anterior en un taller textil de Valencia, donde la policía encontró a treinta chinos currando a destajo en una pequeña fábrica de planchado y confección, sometidos todos ellos a una estricta dieta de agua y arroz, que debían consumir en el puesto de trabajo para no perder tiempo; tampoco gozaban de ventilación.
Hace poco confiscaron una partida de productos chinos en mal estado, que entraban en el país para abastecer a dos restaurantes. Pero creo que aquí la distinción es la misma: por un lado quienes especulan y trafican en la sombra; por el otro, quienes dan la cara al público. Casi todos compramos en estos bazares. Aunque sabemos que los productos son una trampa, son de mala calidad, se caen a pedazos en cuanto pasan dos meses. Hagan la prueba: compren unas pantuflas, una vasija o un utensilio de limpieza o de cocina. Tuve unas zapatillas de andar por casa, adquiridas en el mercadillo gitano de Zamora, y me duraron años. Cogí unas nuevas, igualitas, del mismo color y todo, en uno de esos bazares asiáticos, en Madrid, y sólo han resistido dos o tres meses. Admiro la resistencia que tiene la segunda clase de chinos, o sea, los explotados y esclavos. Son capaces de resistir horas y horas, un día entero y parte de la noche, sin proferir una queja o un gesto de malestar, sin mostrar cansancio o debilidad, como si asumieran que la única vida posible es esa y no otra. Los tenderos de los kioscos que abren hasta la medianoche, además, tienen que aguantar carros y carretas: pandilleros, traficantes, borrachos, lunáticos. La otra noche asistí a uno de esos casos.
Eran las once y media y fuimos a por un refresco. A esa hora, los locales chinos son los únicos establecimientos donde puedes hacer compras de urgencia. El kiosco lo regentan dos chinas. Son imperturbables, se diría que carentes de emoción alguna. Por la puerta siempre merodean (y obstaculizan el acceso al local) los muchachos árabes que venden hachís y saben decir: “Chist, chist, costo, primo, buen costo”. Tengo observado que los alcohólicos españoles hacen sus compras en otro bazar más cercano. Este kiosco, en cambio, es zona donde abunda la variedad de razas. Sobre el mostrador se apoyaba un hombre negro, con abrigo y gorro de lana y síntomas de alcoholemia o vesania. Los negros que acostumbro a ver no son hostiles, pero este lo parecía. Le dieron una litrona metida en una bolsa y, tambaleándose, con el ceño fruncido, dijo: “Aquí falta segunda litrona. ¿Dónde está segunda litrona? Yo no quiero hacer daño a buena gente, no suelo hacer daño a buena gente, ¿eh? No me gusta hacer daño a buena gente”. En su voz había un deje de advertencia, como el tipo que se limpia las uñas con navaja mientras suelta: “No desearía que tuviéramos un problemilla”. Se mascaba la tragedia. Luego exigió: “Devuélveme el dinero”, pero él no les había dado nada, aún no había aflojado la mosca. Entonces una de ellas mudó el gesto. Se enfureció: “¡¿Dónde dinero?! ¿Eh? ¡¿Dónde dinero?!” El tipo sacó un billete, pagó y se fue. No sólo, pues, deben aguantar tantas horas en pie y tanto látigo manejado por los amos, sino además el robo, el engaño y la humillación de los clientes marginales.

domingo, mayo 14, 2006

Cruel y tierno (La Opinión)

El miércoles es Día del Espectador en el Nuevo Teatro Valle-Inclán. Dicho día de la semana la función de la Sala Valle-Inclán cuesta nueve euros; y la de la Sala Francisco Nieva, por ser más pequeña, siete euros con cincuenta céntimos. A mí me parece un precio razonable, incluso muy razonable, y supongo que al público también porque estuve el miércoles pasado allí dentro y la sala grande estaba llena, o casi llena, que siempre se nos pasa alguna butaca huérfana de espectador. Quería reservar entradas para el próximo miércoles, con intención de asistir a la obra que representan en la sala secundaria (“De repente, el último verano”, de Tennessee Williams), pero están agotadas. Es la primera vez que piso este teatro remodelado, sito en la Plaza de Lavapiés. Resulta curioso que, a un paso, convivan la cultura, los actores, la farándula y los textos dramáticos con el cartón de vino, el porro, el golferío, la reyerta y los andrajos. Pero así es. De momento, salvo las protestas vecinales de la tarde de la inauguración, la sangre no ha llegado al río, quiero decir al metro.
Fuimos a ver “Cruel y tierno”, de Martin Crimp, autor cuyo texto hace honor a las dos cualidades del título. La protagoniza una de mis actrices fetiche, la bellísima Aitana Sánchez-Gijón. Aitana S. está soberbia en su papel, como suele (aunque intuyo que, durante los dos primeros minutos, flojeó por los nervios). Es mucho más delgada al natural que en la pantalla, que ya es decir; por eso podemos afirmar que, sí, la cámara engorda un poco. Tiene los huesos frágiles, el perfil perfecto, los pómulos salientes, las mejillas levemente hundidas, como una muñeca a punto de romperse; sin embargo las apariencias engañan porque se trata de una mujer fuerte, carismática, de una pieza. En la obra sale Chisco Amado, un actor al que he admirado en el cine, sobre todo por su voz, rotunda, nasal, varonil. Otro de los intérpretes, cuyo trabajo no conocía, es Iñaki Font, que encarna al hijo de Aitana. Y luego tenemos al padre, El General, a quien da vida Gonzalo Cunill. Puedo asegurar que, en su interpretación, llevada al límite, infunde miedo en el espectador. En total, se juegan el pellejo unos doce actores.
La puesta en escena de “Cruel y tierno” es arriesgada y curiosa. Para empezar, no hay escenario al que subirse. Los actores están al nivel del suelo. El público se sienta en las gradas, que rodean a la pista por tres de sus lados, como si estuviéramos en el antiguo teatro romano. De modo que los personajes suelen quedar por debajo, y nunca más altos que el espectador. Debido a eso, cuando el público llega al patio buscando su asiento, los actores ya están dentro, dispersos entre el atrezzo, paseando por la sala mientras se concentran, o saludando a los espectadores que conocen. Cuando un actor sale de escena, si no debe cambiarse de vestuario o de peinado, se sienta entre el público, en las butacas reservadas para ellos; pero el público, al principio, no lo sabe. La protagonista, Aitana, se nos sentó delante en un momento dado, pues esta vez no logré reservar asiento en primera fila, sino en segunda. Prefiero no desvelar el argumento porque, así, quien no la haya visto se llevará alguna sorpresa. Sólo apuntar que la obra es brutal, que pone en escena varias situaciones algo violentas, y la tensión justa para que en la sala nadie se atreva a tragar saliva. Cuatro o cinco butacas más allá, y en la primera fila, estaban sentadas las actrices Irene Visedo (creo que sale en “Cuéntame”, pero yo la recuerdo de las películas) y Emma Suárez, rubia, hermosa y madura. Téngase en cuenta que para mí, mitómano hasta las cachas, ver en la misma sala a Aitana Sánchez-Gijón y a Emma Suárez supone rozar las nubes.

sábado, mayo 13, 2006

Fante y Bukowski, de nuevo en el cine


Este mes se estrenan en los cines españoles dos adaptaciones de sendos libros de John Fante y Charles Bukowski.
Para mí son sagrados y tengo pánico a lo que hayan podido hacer con sus obras.
De Ask the Dust, o Pregúntale al polvo, ya he leído las primeras críticas (entre negativas y regulares), y he visto algunas fotos y escenas. No presagia nada bueno. Para empezar, en España han cambiado "polvo" por "viento", de manera que aquí se titula Pregúntale al viento. Para ahorcar al responsable, vaya. Sigamos. Jamás imaginé a Colin Farrell en el papel de Arturo Bandini; siempre pensé en alguien más delgado, menos guaperas; en todo caso, menos glamouroso. La novela, sobre los infiernos de un escritor joven y novel, a la que se añade una pequeña historia de amor y odio, parece haber sido transformada aquí en la clásica historia de amor de Hollywood, en un pastel. El ambiente que recrea Fante es sórdido, crudo, sucio, polvoriento; en las fotos que he visto todo parece bonito, limpio, de postal. Miedo me da, ya digo. Y no sé si ir a verla, para no salir defraudado ni ver traicionado un libro que he leído varias veces.
De Factotum albergo mejores presagios. Para empezar, la protagoniza Matt Dillon, un valor seguro en el cine independiente (salvo cuando hace Herbie). Y las fotos y el cartel, que aquí he colgado, parece que están a tono con la novela de Bukowski. No hay rastro de glamour, ni de postales, ni de pretensiones, ni de ganas de aspirar al Oscar. Sólo lamento, a priori, que Dillon no aparezca más desaliñado, como Mickey Rourke en Barfly. Tampoco sé si iré a verla. Probablemente pique y acabe yendo a las dos, y salga deprimido. O no.
Nota: No es la primera vez que adaptan las obras de estos dos escritores. Basada en otra novela de Fante está Espera a la primavera, Bandini, producida por Coppola. De Bukowski hay más; cito aquí las más sonadas: Ordinaria locura, Barfly (El borracho) y Crazy Love.

Mutiladas (La Opinión)

Ya denunciamos aquí alguna vez la mutilación actual que está sufriendo el lenguaje escrito, en España. También en otros países, claro, pero resolvamos primero nuestros problemas y pasemos después a los del prójimo: hoy la gente se obstina en ir a reparar las carencias de los habitantes de países remotos, sin acaso advertir que también en su propio barrio hay paro, hambre e injusticia. Hay una manía actual, decía, que viene de los mensajes de los móviles, de los chats, los foros, los blogs y las páginas web (jerga que, me temo, será un enigma para la tercera edad), y que consiste en mutilar palabras, con la misma saña y crueldad con la que, de niños, les amputábamos las alas a las moscas. De igual modo que, sin esas muletas para el aire que son las alas, las moscas no podían abrirse camino por el mundo, tampoco las palabras están a salvo ni pueden orientarse cuando las despojan de sus tildes, de sus haches, de sus pacíficas ces (convertidas en violentas kas, y a mí la ka me gusta), de sus uves (es frecuente optar por la be cuando, quien redacta, duda si cierto vocablo lleva be o uve), etcétera.
Este problema parece que sólo preocupa, principalmente y por el momento, a los profesores. Los pobres deben estar hartos de corregir exámenes escritos con una prosa paralítica, que nace de los móviles y de los chats. Hartos, y derramando lágrimas cada vez que leen una frase repleta de palabras amputadas, de verbos y adjetivos a los que han arrancado las piernas y los brazos. Y supongo que no sabrán ni cómo solucionarlo. El problema es tan grave que incluso ahora las editoriales se apresuran a publicar libros que explican el lenguaje de los mensajes de los móviles. Manual de los mensajes, diccionario de abreviaturas de internet, y cosas así. Cuando lo que deberían hacer es publicar una guía que les explicara a los chavales de ahora, a los adolescentes, que, aunque en un chat suela escribirse “ola” y “xq”, lo correcto es poner “hola” y “porque”. Ya sabemos que se trata, en este lenguaje virtual, de ganar tiempo, que el tiempo es oro, etcétera. Pero, si uno se acostumbra en la adolescencia a plagar sus mensajes de faltas de ortografía y de amputaciones graves, dudo que la manía se le quite con los años. Si ustedes han navegado un poco por la red sabrán a lo que me refiero. A veces es imposible entender una frase en ciertos foros, y eso que uno está algo curtido en traducir esta carnicería de palabras al castellano con el que crecimos. Los adultos pretenden luchar ahora con todas sus fuerzas contra el botellón, pero se olvidan de otras lacras que afectan a los jóvenes: no saber redactar correctamente, no estar bien preparados para los garrotazos que les dará la vida, no haber aprendido a enfrentarse al desempleo, al desarraigo familiar y social, a la tragedia y al fracaso (más culpables de empujar a un hombre al alcoholismo que los botellones: basta con ver a los borrachos de mi barrio, que llegaron a esa situación por despido de su trabajo, por divorcio, por bancarrota, por depresión, pero no por culpa de sus guateques de juventud).
La amputación de la que hablo no sólo afecta a los niños y a los adolescentes, ni debemos achacar toda la culpa a internet y al resto de la tecnología. Viene de lejos, de antaño, y quizá por eso, en un artículo de hace años, reclamaba Francisco Umbral un Ministerio de la Ortografía para España. Lo reclamaba con urgencia. Viene de lejos y, hoy, hombres con toda la barba y con un trabajo fijo y la familia ya formada, le meten la navaja de la incorrección a las palabras, y también las mutilan, desangran y trocean. La mayoría estudió Ciencias. Dos semanas atrás comí en un restaurante toledano y la carta incluía tantas faltas de ortografía que no supe si reír o llorar.

viernes, mayo 12, 2006

Libro: Esperando a Beckett, de Jordi Bonells



Jordi Bonells utiliza a Bonells para hablar de Beckett y utiliza a Beckett para hablar de Bonells. Así, el autor nos revela que su vida ha estado muy ligada, por el azar y otras cuestiones que explica en las primeras páginas, con la figura y la literatura de Samuel Beckett. Nos cuenta el descubrimiento de su obra, cuando sólo era un muchacho y los libros comenzaron a convertirse en una obsesión. Y, en este retrato, los lectores empedernidos podemos sentirnos identificados.

Esperando a Beckett se incluye en ese género que cultivó el gran W. G. Sebald, y que ahora trabajan Safran Foer y Pierre Michon, entre otros, y en el que convergen la memoria, la investigación, la anécdota, las huellas de escritores y antepasados ilustres, las fotografías en blanco y negro. En suma, un espléndido libro. Pero, eso sí: mal anunciado por ahí, ya que no analiza la figura misteriosa de Beckett, sino la pasión por Beckett, que no es lo mismo.

Notas a pie de calle (La Opinión)

Los paseos, amén de ser saludables, le procuran a uno, las más de las veces, visiones deliciosas y excepcionales, insólitas y surrealistas. Un buen consignador de lo que encuentra, observa y anota en las calles es Raúl Guerra Garrido en “La Gran Vía es Nueva York”; otro de los grandes es Tomás Sánchez Santiago en su libro “Para qué sirven los charcos”. Yo sólo soy un mero imitador, pero intento cumplir las normas: recoger los avisos de las paredes, los gestos raros y sigilosos, las notas callejeras, los carteles con erratas y faltas de ortografía. Aquí adelanto otra muestra de mi pasión coleccionista, como si fuera una especie de botánico de la piel de las ciudades.
Sobre el dintel de una tienda de venta al por mayor, en la que dentro sólo hay vestidos de colores y camisas exóticas, cuelga un cartel que leo a menudo, maravillado por su ingenuidad y sus contradicciones, y que reza así, aunque en letras mayúsculas: “Casa de Bangladesh. Alimentación. Las ropas y moda de Indio, China, Árabe y España” (sic). Algún día, si tengo cámara, juro hacerle unas fotos. En el territorio habitado por quienes duermen a la intemperie, desayunan y meriendan y cenan vinazo y gastan piojos en las barbas, vislumbro a un hombre, desnutrido y con aspecto de haber ingresado hace lustros en el desempleo; está sentado en el bordillo de un local de giros telegráficos, y sostiene en las manos un libro. Una fotografía de ese individuo pobre, zarrapastroso y solitario, que seguramente recaudó el ejemplar de las basuras, y con la mirada perdida entre las páginas gastadas, debería ser la imagen principal de esas campañas que motivan a la lectura. El mensaje es obvio y no vamos a ponerlo aquí, para que no nos plagien el lema. Aunque, si el Ministerio de Educación y Cultura pusiera en marcha algo parecido, háganse cargo de que utilizarían a un modelo, con barba postiza y un libro recién comprado. Y no sería lo mismo. En un garito que suelo frecuentar, y donde alguna vez he visto a un par de actores, han colocado una pizarra en una de las columnas que sujetan el garito. En la pizarra han escrito: “No me tiren colillas (al suelo)”. Desafortunado aviso. Desafortunado porque se advierte que el dueño escribió sólo la primera frase, con ese pronombre que, sospecho, habrá provocado algunas bromas muy simpáticas, y luego habrá querido repararlo. O sea, y para que lo entiendan: algún gracioso leería “No me tiren colillas” y no se las arrojaría al camarero, pero sí al suelo. De ahí, es probable, salga el añadido entre paréntesis.
En las librerías grandes, las de las grandes superficies, el personal empleado suele dividirse en dos (si descartamos a las cajeras): las encargadas de atender al cliente y los guardias de seguridad. Las primeras acostumbran a abalanzarse sobre el mirón o comprador de traje y corbata que siempre termina pidiendo “El código Da Vinci” y el último Premio Planeta. Los segundos suelen acercarse y vigilar a los tipos de mi catadura, con pelo largo y chupa de cuero, que acaban comprando las obras completas de Flaubert y las nuevas ediciones de “Bajo el volcán”. No, no es un tópico. Y sí, es posible que yo hiciera lo mismo que ellos. En la pared de al lado de un cajero alguien ha pintado con un spray negro, en mayúsculas: “Gente durmiendo en la calle: esta es su democracia”. En efecto, a unos metros hay personas arrebujadas en mantas viejas, trapos rotos y cartones sucios. En la Gran Vía se alinean los limpiadores de zapatos. En las plataformas de madera en las que pone el pie el cliente hay leyendas escritas a mano. La que distrae mi atención es ésta: “Zapato limpio, persona elegante”.

jueves, mayo 11, 2006

Desaparecido, emigrado, maldito (La Opinión)

Jordi Bonells, escritor catalán, maldito en España, antaño arrastrado por las editoriales entre el barro del fracaso y de los rechazos, dolido en su día con su tierra y con el ninguneo, hoy celebrado en este país como uno de los “desaparecidos” de las letras españolas y, según él mismo, emigrado a Francia en el setenta como única forma de no desaparecer, “profesor de literaturas hispánicas en las universidades francesas”, según atestigua su editorial, prosista en castellano y ahora en francés, harto de humillaciones antiguas y desprecios a su obra, mente lúcida y crítica, finalista de varios premios importantes, hombre que vio publicados dos de sus libros en el ochenta y ocho y en el dos mil uno, respectivamente, ha sido rescatado por la Editorial Funambulista, con dos publicaciones en los anaqueles de las librerías, tituladas “La segunda desaparición de Majorana” y “Esperando a Beckett”, y su caso ilustra a la perfección la podredumbre intelectual de las grandes editoriales, que desdeñan algunos de los manuscritos arriesgados que luego los críticos celebran en otros países, como de hecho ha ocurrido en Francia, donde Bonells vive, trabaja y publica.
Circula por ahí una entrevista en la que el autor confiesa lo que siente por las tres lenguas que maneja, el castellano, el francés y el catalán, lo que piensa de las editoriales españolas que, podemos aventurar, casi se burlaron de él tras quedar finalista en varios premios y no ser considerados sus manuscritos para la publicación, salvo en los dos casos citados del ochenta y ocho y el dos mil uno, una entrevista en la que confirma su desarraigo (“Francés tampoco me siento, por más que ya hace treinta y cinco años que vivo en Francia, pero eso sí, es un país al que le tengo apego porque me lo ha dado todo, mientras que España y/o Cataluña no me ha dado nada… salvo ganas de morirme”), su descontento o su indiferencia y su resignación ante sus publicaciones en castellano (“A los editores españoles no les interesa lo que escribo y a los lectores españoles, por el poquísimo eco que mis novelas han tenido, tampoco. No me quejo, pero es así” y “Pero está claro que lo que yo escribo no pega aquí en España. ¡Qué se le va a hacer! Por mí no habrá quedado. Y la verdad es que ya ahora me da igual publicar o no publicar. Si publico, bien; si no publico, pues también”), su acertada visión sobre el panorama editorial, tan mercantil (“Si del Majorana se venden tres ejemplares, pues el editor se lo pensará muy mucho antes de publicarme otra cosa. Si resulta que vende tres millones, aunque le mande una mierda me la publicará de inmediato. Tiempo al tiempo”), su libertad como artista (“Continúo en mis trece porque no tengo necesidad de ir lamiendo el culo a nadie. Escribo lo que me da la gana”) y su crítica a casi todos los escritores españoles o, cuando menos, a los nombres más sonados o famosos.
El caso de Jordi Bonells no sólo ilustra esa ceguera de algunas editoriales, también ejemplifica un género que gusta en España, el de los hombres a quienes en su tierra no se hizo caso o se les dio la espalda (escritores y poetas, sí, y actrices y actores, cantantes, directores de cine, pintores, escultores, etcétera), y que, pasadas unas cuantas décadas, encuentran un hueco y respetabilidad en otros países, y entonces la crítica cultural española los aplaude y celebra, sólo ahora, cuando a ellos el éxito y los laureles y las palmadas en el hombro les dan igual y les resbalan, cuando no necesitan rescates que valgan y han hallado su lugar en el mundo, y ese malditismo se aplaude cuando el tipo ya peina canas y ha sufrido lo suyo, y, como uno también gusta de ese género y peca, uno saldrá a buscar por ahí algún libro de Bonells.

miércoles, mayo 10, 2006

Libro: La senda de nieve oculta, de Alberto Luque Cortina



Supe de este libro y de su autor gracias a los amigos Julio Valdeón y Oscar Esquivias. Por fin lo he conseguí, y me lo he leído de una sentada.

La senda de nieve oculta aglutina varios relatos ambientados en Latinoamérica, donde al parecer estuvo viviendo algunos años Alberto Luque, un narrador de raza, muy hábil en recrear escenarios exóticos y en reproducir jergas. El cuento que da título al libro es una tremenda, brutal disección de la locura de la selva, de lo que las entrañas de la jungla hacen en la mente humana, con ecos de Jack London y el Conrad de El corazón de las tinieblas. Sería una lástima que pasara desapercibido.

Tierras muy cercanas (La Opinión)

La asociación de comerciantes de Zamora pretende, mediante una campaña que utiliza los cebos de la calidad y la proximidad, atraer a los compradores portugueses a la provincia. Que vengan a la ciudad y compren, que la conozcan y gasten, que nos visiten y se dejen los cuartos. A mí esto me parece bien y no seré quien lo discuta; ni yo ni nadie. La campaña va destinada, principalmente, a los habitantes de Tras Os Montes, tierra serena, montaraz, bellísima y, a lo que me supongo, no muy visitada por los zamoranos (antaño eran más los que cruzaban la frontera para ir de compras que quienes la atravesaban para hacer turismo). Sobre esa región portuguesa existe un libro inolvidable, titulado así, “Tras Os Montes”, escrito por mi admirado Julio Llamazares en la piel de un viajero, un poco a la manera de otro libro necesario, el “Viaje a la Alcarria”. Para la campaña se destinan quince mil euros, aunque la cantidad del presupuesto la anoto sólo para quienes quieran tener conocimiento de la misma, que a mí el argumento de los presupuestos y de las subvenciones me hastía.
Comento la campaña y la noticia porque nos sirve para hablar hoy de Portugal. Parece que esa captación de clientes parte del hecho (no probado con estudios), o más bien de la sospecha, de que en los últimos tiempos aumenta el número de compradores portugueses que cruza la raya y viene a comprar a Zamora. No seré yo quien lo niegue. No obstante, he de admitir que esto jamás lo había oído. Desde la niñez uno albergaba dos sospechas: que los portugueses, de visitarnos, lo hacían como viajeros y turistas que vienen a conocer la tierra; y que los zamoranos, en nuestras visitas al otro lado, íbamos con la pretensión única de comprar toallas y ropa barata. “Vamos a Portugal esta tarde”, decían unos. “¿A qué?”, preguntaban otros. “A comprar toallas y pantalones”, era la respuesta. Por fortuna esa exclusividad mercantil está desapareciendo, lo cual debemos agradecer a gente como Julio Llamazares, gente que visitaba la tierra y conocía a nuestros vecinos y desmentía los topicazos, los rumores y las falsas impresiones. Cuando hoy preguntas acerca de los desplazamientos al país portugués, son más quienes dicen que quieren conocer la tierra y moverse por Lisboa o Braganza que quienes van sólo de compras. Alguien me dijo una vez que los españoles vivimos de espaldas a los portugueses; juntos y próximos, pero sin mirarnos a la cara. Años atrás asistí a algunas conferencias y encuentros hispano-lusos, como espectador y oyente, y también a alguna cena con portugueses, y tomé conciencia de ese alejamiento. En la actualidad hay zamoranos que perciben la distancia y se ponen a estudiar el idioma, para remediarlo. Sin embargo en las escuelas siempre se obstinaban en enseñarnos inglés, para que supiéramos chapurrear cuatro frases el día en que viajáramos a Londres.
Durante la celebración de La Noche de Max Estrella, cuyos pormenores aquí relaté, me presentaron al director de la Feria del Libro de Valladolid. “¿Eres de Zamora, entonces?”, inquirió. “Sí, de Zamora”, respondí, con ese orgullo pesimista que nos sale a quienes vivimos fuera (orgullosos de nuestras raíces y de nuestro pasado, pero apesadumbrados por la certeza de saber que es una tierra que empobrece o no levanta cabeza). “Bilingüe, ¿no?”, quiso saber mi interlocutor. “¿Perdón?” “Digo que allí sois bilingües, por aquello de la proximidad con Portugal. Habláis dos idiomas, ¿no?”. No lo decía en broma; lo preguntaba acaso con ingenuidad. “Pues no, la verdad es que no”, contesté. Pero aquello me dejó tundido. Me hubiera gustado decir: “Sí, manejo español y portugués; me adiestraron bien en el colegio”.

martes, mayo 09, 2006

Libro: Lavapiés ultramarinos, de J. R. Pérez-Rasilla


Encontré Lavapiés ultramarinos en La Libre, la librería del barrio donde vivo. A veces topa uno allí con rarezas y saldos, y volúmenes poco habituales en las grandes superficies. Me atrajo el título, también las palabras que leí al azar. Y no me ha defraudado.

Es uno de esos títulos que a uno le gustaría no estuvieran sólo destinados a las pequeñas librerías, perdidos en los márgenes literarios. Quiero decir que no es una novela (novela escrita en forma de pequeñas notas, cuentos y reflexiones) fácil de hallar en otras librerías, ni tampoco se le ha dado publicidad. Y recibió el Premio de Novela Casino de Mieres 2004. Su autor vive en Madrid, pero nació en Cantabria.

He de decir que, para mí, ha supuesto una pequeña delicia. Cuenta historias de los marginados que el autor observa en el barrio, habla de los yonquis, de los borrachos, de los indios, de los árabes, de los negros, de los chinos, de los vecinos, de las tiendas al por mayor, de las fiestas, de las costumbres, de los pisos donde conviven hacinados los inmigrantes (él sabe distinguir entre senegaleses y subsaharianos, entre marroquíes y magrebíes, etc; lo cual a mí, de momento, me es imposible). En suma, una radiografía del barrio, que gustará a quienes conocen el barrio y también a quienes no lo conocen ni lo han pisado jamás. Y bien escrito, que es lo que importa.

Salomé (La Opinión)

Cuenta Miguel Narros, el director de la nueva adaptación de “Salomé”, obra teatral de Oscar Wilde, que necesitaba o quería para su obra una Salomé “muy lolita, caprichosa y envidiosa”. Una mujer, pues, más joven que sus predecesoras en el papel y, además, rubia. La encontró en María Adánez, de cuya interpretación hablaremos luego. El equipo que estrenó en los escenarios españoles una versión contemporánea de este texto de Wilde, y que aún sigue su gira por España, es sorprendente, talentudo y lujoso. La dirección es de Miguel Narros, como ya hemos dicho. De la música se encarga José Nieto, compositor de la banda sonora de varias películas y ganador de numerosos galardones (la lista de Premios Goya que ha obtenido con su música es demasiado extensa para enumerarlos todos aquí). La coreografía, del prestigioso Víctor Ullate. En el reparto, el reclamo de caras conocidas: Millán Salcedo, Elisa Matilla y María Adánez. Entre las promesas, actores como Chema León y Raúl Prieto; recordemos que este último protagonizó la primera película del zamorano Manuel Sanabria: “La fiesta”, y que intervino en “Sinfín” haciendo un divertido cameo.
Vi “Salomé” la semana pasada. Me tocó desplazarme a Toledo, ya que su estreno en Madrid me pasó inadvertido o no me dio tiempo, no lo recuerdo. Fue en el Teatro de Rojas, un edificio modesto y atractivo, próximo a La Catedral. Por supuesto, en primera fila. A mí el teatro me gusta disfrutarlo en la primera fila del patio de butacas o, si acaso, en la segunda. De ese modo está uno cerca de los actores, se mete más en la historia y no tiene el inconveniente de soportar la visión de los cogotes ajenos ni de los espasmos de un tío que tose en la butaca de delante. En los cines procuro sentarme en la tercera o cuarta fila y es posible que esa sea la razón de la miopía galopante que padezco. Necesito estar, en el teatro, inmerso en un silencio sepulcral. Viendo “Salomé” le sonó a alguien un móvil; a una persona de la primera fila se le cayó un manojo de llaves, y el ruido que hizo al golpear contra el suelo me hizo sospechar que se trataba de un cerrajero o de un ex sereno, nostálgico de su oficio; no faltaron dos o tres tipos tosiendo y algún comentario entre los señores que tenía en la retaguardia. Estas cosas molestan mucho. Recomiendo, a la gente con catarro, que no vaya al teatro, o que lleve una ración de caramelos para la tos, sin sus correspondientes envoltorios.
Decía antes que la obra está adaptada al presente, lo cual es costumbre en estos tiempos, pero no afecta al libreto, ya que se trata, por lo general, de cambiar las espadas por pistolas y las túnicas por uniformes. Lo vimos en el “Hamlet” de Kenneth Branagh, o en el “Julio César” con Ralph Fiennes. La puesta en escena, la coreografía, la música, la dirección, todo me pareció delicioso. Pero lo que más brilla (aparte, desde luego, del texto clásico) es el reparto. Millán Salcedo está ajustado en un registro dramático, en su composición de un Herodes decadente y paranoico. Pero quienes sorprenden de veras son Chema León y María Adánez. El primero recrea un Yokanaán, o Juan el Bautista, que requiere desgaste físico, energía cuando lo sacan de su jaula y una voz poderosa cuando suelta profecías. La segunda, Adánez, ha dado un paso de gigante en su carrera. Estábamos acostumbrados a su faceta de comediante y, esta vez, la actriz ambiciona, baila, seduce, enamora, flirtea, maquina, traiciona, llora, y se convierte en una Salomé pequeñita, peligrosa, lasciva, bella y pérfida, de vestidos vaporosos. Requiere mucho valor el estar medio desnuda en un escenario, durante casi dos horas y soportando el peso de un papel dramático. Pero a ella le sobran el valor y el talento.

Libro: Encuentros con Samuel Beckett, de Charles Juliet



Charles Juliet mantuvo cuatro entrevistas con Samuel Beckett, en años distintos: 1968, 1973, 1975 y 1977. En dichos encuentros no sólo recoge algunas declaraciones del irlandés, sino también, y sobre todo, trata de entender y transmitir sus gestos, su reflexión callada, su silencio interminable. Se trata, por supuesto, de un hombre misterioso.

Siruela ha editado este librito (82 páginas), en su Biblioteca de Ensayo y en una edición impecable. Una joya minúscula.

lunes, mayo 08, 2006

Viejas glorias del rock (La Opinión)

Se avecina una magnífica temporada de conciertos. De rock y pop, digo. Ahora todos los grupos y cantantes ingleses o norteamericanos preparan gira y pasarán por España, algunos de ellos sólo para ofrecer un único concierto. No sólo los nuevos, sino también y sobre todo las viejas glorias. Me atrevo a dar mi propia explicación para este fenómeno: hoy apenas se venden discos. Entre las descargas piratas de la red, los archivos compartidos de las redes de intercambio, los amigos que te graban el disco y el top manta, son pocos los artistas superventas. Para ganar dinero y adaptarse a los nuevos tiempos les quedan dos salidas: una, ofrecer sus productos en la red mediante la audición gratuita (el nuevo trabajo de Neil Young, por ejemplo, puede escucharse entero al entrar en su página web) o la descarga, previo pago; dos, ir de gira por el mundo, dado que no es lo mismo asistir a un directo que verlo en video y la mayoría de los conciertos logran notables recaudaciones. Otros, más innovadores, incluyen en sus nuevos discos diversas argucias, desde un dvd de sus videos musicales hasta otra clase de regalos que no pueden bajarse de la red.
Se aproxima una buena temporada y he ido cogiendo entradas de aquí y de allá, y ahora mismo estoy endeudado hasta las cejas. Me han prestado el dinero, claro. Ver a un grupo famoso, en directo, ya cuesta entre los treinta y los setenta u ochenta euros. The Rolling Stones se subieron a la parra con el precio, pero iré a verlos porque llevo años intentando asistir al espectáculo de Mick Jagger y Keith Richards tocando encima de un escenario; por cierto, Richards, cada vez más pasado de rosca, estaba de vacaciones en la Isla Fiji y trató de trepar por una palmera; se cayó al suelo y, de premio a su hazaña, tiene un coágulo en el cerebro. Nunca he sabido cómo Richards se mantiene aún en pie después de todas las sustancias que se ha metido y se mete. Hasta ahora, nadie como Johnny Depp ha imitado con más acierto sus andares etílicos y su rostro ausente, en su encarnación de Jack Sparrow, en “Piratas del Caribe”.
Las viejas glorias, pues, se apuntan a venir a España: a The Rolling Stones hay que añadir The Who, Eagles, Sting, Iron Maiden, e incluso Guns N’ Roses. Incluyo a estos últimos por ser un grupo legendario y con bastantes años de antigüedad. A los Guns los vi hace años en Madrid. El telonero era Brian May. El directo fue para quitarse el sombrero. Lo que no sé es si Axl Rose sigue siendo el mismo, aunque en algunas fotos se le intuye con unos cuantos kilos de más y los primeros síntomas de la madurez. Lleva años prometiendo un nuevo disco y, en la discográfica que lo produce, han dicho que sí, que no es una invención: el nuevo trabajo existe. Será una joya, o, de lo contrario, una pérdida de tiempo. De la banda se fueron algunos componentes, como el imprescindible Slash. En nuestro país sólo ofrecerán un concierto, a finales de mes, en Madrid. Y acaban de mudar la fecha: será el veinticinco de mayo. Les contaré, en su momento. Por su parte, Bob Dylan tocará gratis en San Sebastián. Ni siquiera me planteo ir: supone darse una paliza de viaje y, al llegar, es posible que uno se encuentre con que no hay sitio, ocupado todo por quienes lleven una semana haciendo cola. Ya conocemos el problema de lo gratuito: puede que al evento asistan hasta las marujas y los jubilados. Esta semana Keane, uno de los grupos que mejor suenan en la actualidad, actúa en Madrid. La oportunidad se me ha escapado. Cuando me enteré del concierto, las entradas estaban agotadas. Tampoco pienso perderme a Red Hot Chili Peppers y a Peral Jam, ambos con nuevo trabajo a la venta.

domingo, mayo 07, 2006

Intrusiones nocturnas (La Opinión)

Puede que se esté poniendo de moda, o se haya puesto ya, esta fea manía de asaltar domicilios y chalets cuando los propietarios duermen en sus camas, ajenos a la banda que se les ha colado, a hurtadillas y con linternas, para desvalijar la caja fuerte y llevarse cuanto consideren de valor, que eso es asunto muy subjetivo y exclusivo de cada uno; a unas amigas mías solían robarles, del piso, sólo algo de ropa y comida. Antes las cosas se hacían de otra manera. Los ladrones, los ganzúas, los salteadores y demás ralea especializada en introducirse en las casas del prójimo esperaban, tras días de vigilancia, a que los inquilinos hicieran las maletas, bajaran las persianas, abandonasen al perro en la acera, se metieran en el coche y se fueran a la costa, a tomar el sol de julio, de agosto o de septiembre. Pero ahora parece que eso no es posible y todos tienen prisa. De ahí, supongo (de no tener paciencia para esperar a las vacaciones), que los asaltantes actuales prefieran colarse en los domicilios mientras escuchan un coro de ronquidos. Este latrocinio nocturno y con espectadores dormidos, eso sí, posee sus ventajas: se trabaja de noche, cuando hay menos peligro de que les sorprendan, y no se arriesgan a que el dueño aparezca y los pille con las manos en la masa, porque está en cama, sobando. Creo que no se ha dado ningún caso de sonambulismo en los chalets que han robado estos días.
La semana pasada nos informaba un periódico de que, en un plazo de noventa y seis horas, habían asaltado cuatro chalets en tres ciudades distintas, a mano armada y cubiertos con capuchas. Pero los cacos de estas noticias eran de otra índole, tal vez hechos de una pasta más dura e implacable. Ni siquiera esperaban a que el personal se echara a dormir. Se las apañan para sortear las medidas de seguridad y, si la familia está despierta, no dudan en amenazarla o en llevar a cabo eso del secuestro exprés. Según las estadísticas, las ciudades donde aumenta el número de asaltos domiciliarios son Barcelona y Madrid, seguidas de las zonas costeras. Hace meses vi, en televisión, un reportaje al respecto, sobre esta manía tan fea y tan poco deportiva de robar delante de los dueños, estén dormidos o despiertos. Una de las señoras, muerta de terror, la pobre, relataba a la cámara cómo debieron colarse los cuatreros por la ventana, brincando por los patios interiores y usando técnicas propias de un superhéroe sin poderes. Cuando mis amigos vivieron en Majadahonda, en una de esas casas de tres o cuatro pisos, también les entraron a robar. Pero esta vez fue fácil: las ventanas de la planta baja estaban abiertas y sólo tuvieron que meterse dentro y rapiñar varios objetos de valor. Algunos de mis amigos debían de estar en sus camas, durmiendo.
Lo cierto es que esto de las intrusiones nocturnas, estando el inquilino de cuerpo presente, es un viejo miedo del hombre. Cuando, en las películas, los protagonistas escuchan un ruido, en vez de asociarlo a los crujidos de la madera, los roedores o el viento, suelen preguntar: “¿Quién anda ahí?” En la vida real, en cambio, no solemos hacer la pregunta, sino salir por piernas y de puntillas. A propósito del tema, la semana pasada estuve viendo en dvd una película que me perdí en los cines. Se titula “El habitante incierto”, es de producción española y ha pasado desapercibida, por desgracia. Puedo jurar que, mientras la veía, de noche y con el piso a oscuras, se me pusieron los pelos de punta. Cuenta cómo, a un tipo que vive solo, se le cuela un intruso en su casa, un inmueble enorme y de varias plantas. Da miedo porque puede sucederle a cualquiera, y conlleva ruidos, pasos, sustos, sombras, imaginaciones.

sábado, mayo 06, 2006

Otra de parques y puentes (La Opinión)

Miedo me da cuando el alcalde de Zamora anuncia y admite que el puente nuevo (sí, el mismo puente que prometieron hace siglos) no va a gustar a todos los zamoranos. Si empezamos así, malo. Es cierto que nunca llueve a gusto de todo el mundo, ni aquí ni en ninguna parte; pero, si el propio edil suelta unas declaraciones pesimistas, significa que la cosa está fatal. Añade que, no obstante, es una cuestión de buen gusto y sentido común, lo cual nos indica que sí, que él y su equipo tienen buen gusto y sentido común, pero es posible que un porcentaje de los ciudadanos no lo tengan. Creo que esto es precipitarse. Primero tendremos que verlo. Habrá que ver el puente nuevo, cuando por fin esté construido, y luego sacar a colación los gustos y opiniones de cada uno, que no coincidirán. Al paso que va el asunto, algunos presenciaremos su inauguración con una barba blanca y muy crecida, como cuando, en los tebeos, Mortadelo y Filemón se hartan de esperar y les salen telarañas, bastón y una barba hasta las rodillas. También nos adelanta el alcalde que quieren un puente de hoy, hijo de su tiempo, o sea moderno. Miedo me da, insisto. Sospecho que la gente quiere un puente que resista y no afee el paisaje, es decir, un puente por el que se pueda cruzar y que tampoco sea un churro, que no sea una cosa vistosa y surrealista que sólo quede bien en las fotografías enmarcadas de los museos vanguardistas. Con esto de la modernidad igual nos echamos a temblar. Ya veremos.
Hay polémica, además, por las obras de Santa Clara y la Plaza de Castilla y León. Se comenta y se rumorea que a pocos gusta lo que se está haciendo allí. De momento, sólo lo he visto en fotografías (han creado una página web llamada “Zamora Chapuzas” y, aunque está en construcción, pueden verse las imágenes de algunos desaguisados del alcalde y sus muchachos, como la plaza en cuestión). Alguna gente incluso está indignada. Bueno, ¿y qué esperaban? ¿Alguien creyó que la obra iba a mejorar la ciudad o su imagen? Basta con observar los parques que han ido arrasando para luego convertirlos en réplicas antiestéticas y poco funcionales, donde predomina el mal gusto, el vacío, el cemento, el baldosín, el banco, donde escasean los árboles y la vegetación, donde se ha robado el encanto antiguo para sustituirlo por el color macilento de la burocracia; esto último significa, para quien se pierda, que cada parque que antaño parecía pertenecer al pueblo es hoy un parque que parece pertenecer a los chupatintas y a los opositores a premios vanguardistas; esto también significa, para quien se pierda, que le han hurtado el atractivo y ahora sólo sirve para que los ancianos se sienten y los niños se aburran como ostras. A los niños suele durarles la emoción de lo nuevo un par de días; después se hartan de lo bonito y prefieren lo práctico. Los columpios antiguos, los parques de toda la vida, hoy son sustituidos por parques insulsos.
Basta con ver otras obras, otros parques y plazas que provocan vergüenza ajena, y cuyo sentido uno es incapaz de explicar a quienes vienen de fuera y se quedan atónitos al descubrirlos. Volvemos a citarlos aquí: la Plaza de la Constitución, el Parque de San Martín de Arriba, la Plaza del Cuartel Viejo, el Parque de San Bernabé (creo que así se llama la calle, con vistas a San Martín de Abajo). Pero el alcalde no debe preocuparse de los gustos de los ciudadanos; siempre tendrá a mano gente dispuesta a pasarle el jabón por la columna vertebral, a contentarle, a decirle, incluso públicamente, que está haciendo grandes labores y sacrificios por Zamora.

viernes, mayo 05, 2006

Un agradable paraje (La Opinión)

Una lectora compulsiva, joven y amable, me adjunta en un correo electrónico la fotografía digital de un paisaje zamorano. Al parecer, leyó lo que yo había escrito hace poco en estas páginas, es decir, que me gusta topar con imágenes de la ciudad cuando navego por la red; esta manía o costumbre, además, supongo que atañe también a otras personas que viven fuera de la provincia. Abro el archivo adjunto y la imagen me gusta, me atrae, me serena. Pero además, para mí, posee doble significado.
El primer significado, el más antiguo, es que se trata de uno de mis parajes preferidos, de una de las orillas del río, el Duero que algunos, ahora, descubren en los simposios y homenajes. Es una fotografía que parece un cuadro, o una pintura convertida en imagen. Se discierne un trozo de la parte inferior del muro de piedra que separa la ribera del asfalto y las aceras, y, junto a él, el jardín pelado que acompaña al sendero de tierra por el que la gente pasea y los deportistas echan sus carreras. En primer plano se erige un arbolillo sin hojas, con las ramas negras apuntando al cielo y al agua, como una cabellera erizada y tenebrosa, algo gótica, y a la que le falta el aderezo de un cuervo posado en una de sus ramas; el arbolillo, pues, le insufla a la estampa un aire sombrío y siniestro, pero en cualquier caso rompedor y admirable. Entre el ramaje agarrotado se vislumbran, a lo lejos, el casco antiguo y La Catedral. Pero también se ve el cielo, muy azul y asperjado de unas cuantas nubes, y el río y la vegetación reseca de la otra orilla. Las aguas reflejan el cielo y sobre su lecho se recortan, además, las siluetas de los árboles. Al fondo, bajo los contornos de La Catedral y sus aledaños, se levanta férreo y frágil (sí, férreo y frágil, he dicho: igual que lo son los ancianos) el Puente de Piedra. Significa este paraje, pues, largas tardes de caminata y reflexión, de echarle los ojos encima a la espuma del río y de oír el menudeo de los patos.
Vayamos con el segundo significado. Quizá la lectora no sabe que justo allí, en torno a ese arbolito que despunta al principio de la imagen, hace años enterré a uno de mis gatos, un felino que vivía en los tejados y el patio de la casa de mis abuelos, y que acostumbraba a salir a la calle a golfear, a perseguir roedores por el río y a intentar montárselo con las gatas. Un coche o unos gamberros con petardos, que esto nunca se ha aclarado, le dieron puntilla. Así que fui y lo enterré junto al muro de piedra, por darle sepultura como Dios manda y rendir homenaje a su nombre, a su compañía y a su libertad. Los hombres y los animales debieran ser enterrados allá donde se sintieron libres. Aunque, bien pensado, sería un jaleo: a algunos se les antojaría ser sepultados bajo las iglesias donde se casaron y, a otros, bajo los juzgados donde se divorciaron, e incluso algunos pedirían que los metieran bajo las baldosas de un club de alterne, y entonces tendríamos un jaleo de tumbas y de malos olores. Sería un disparate. No obstante, las mascotas son pequeñas y aquí no disponen de un cementerio de animales, como en la novela del mismo título. Así que un perro, un gato, un canario, etcétera, no es malo llevarlos, cuando dan su último suspiro, a las orillas de los ríos, a los valles o a los bosques. Allá cada cual con sus caprichos, sus manías y sus voluntades, pero siempre me desagradó eso de pasar años acompañado de un animal y luego, cuando sucumbe, arrojarlo al retrete, al cubo de la basura o a un descampado lleno de ratas, como quien tira un pañuelo sucio, una lata de conservas vacía o la cola de la merluza que ha cenado. En todo caso, y para terminar esta disertación, agradezco a la lectora el envío y vuelvo a mirar la foto, que embruja.

jueves, mayo 04, 2006

Apuñalados (La Opinión)

Un chico murió apuñalado en el barrio donde vivo. Como he estado algunos días de aquí para allá apenas he puesto el pie en el piso, salvo para dormir. Eso me ha librado de intuir la que se debió preparar hace unos días. Acuchillaron, dos calles más allá del edificio donde habito, a un muchacho ecuatoriano. Lo descubro tarde, cuando incluso la policía ha capturado a los sospechosos. Leo algunas noticias acerca del asunto. Parece que fue una pelea entre bandas, como las que he presenciado de vez en cuando (pero ya he visto por aquí reyertas de bandas y reyertas de quienes no pertenecen a ninguna banda). Cuatro puñaladas en el abdomen, el tórax y el brazo izquierdo.
Las informaciones son escasas y un poco confusas. Primero dicen que ocurrió cerca de la estación de Atocha, pero entre la calle donde sucedió y la estación de Atocha hay un tramo, a pie, de unos diez o quince minutos. Son escasas porque, ya lo apunté alguna vez, de este barrio de Lavapiés sólo informan cuando algún mandamás viene a inaugurar las reaperturas del metro o del teatro. Aquí hay mucha miga, pero tal vez no interesa que se conozcan tantas barbaridades, tantas golferías y tantas broncas y miserias. Era cuestión de tiempo que algún individuo cayera en combate, en las batallas que por aquí se celebran. Durante el año que llevo en el barrio he visto al personal tirar de puños, de botellas, de palos, de machetes, de lo que sea que tengan a mano o bajo el sobaco o escondido en el abrigo. El mismo día, a otra hora, dieron de navajazos a otro chico ecuatoriano, en una zona de bares de copas del centro de Madrid. Se cree que, detrás de ambos crímenes, hay bandas latinas. No me sorprendería. El otro día leí que, en algunas tiendas de los chinos o de los hindúes, los camellos marroquíes entran como Pedro por su casa, toman cuanto se les antoja y dicen al tendero de turno que se lo apunten, que se lo fíen, que ya les pagarán. Por supuesto, no lo hacen. Y los dueños saben que llamar a la policía no solucionará las cosas. Los agentes pueden presentarse allí y los chavales darse a la fuga, pero al cabo de unas horas, y cuando los policías desaparezcan, regresarán a merodear por la puerta de esas tiendas, igual que las cucarachas de los sótanos huyen cuando uno enciende la luz y vuelven cuando reina de nuevo la oscuridad. A mí me agobia bastante intentar meterme en una tienda regentada por una china que curra doce horas, para comprar algún artículo de urgencia, y que la puerta se vea asediada de cinco o seis o siete camellos que han aprendido a ofrecer costo y cocaína en español. Algunos incluso tratan de interponerse entre uno y el local para asegurarse de que los vemos y de que hemos entendido su oferta.
Conozco de sobra la calle donde apuñalaron a ese muchacho, que dista un minuto de mi portal. Es otro mundo. Es raro ver una cara blanca o pálida. Todo son comercios de árabes, tiendas de chinos, bazares de aspecto hortera y sucio, locales que venden al por mayor, fulanos que se pasan la vida apostados en las esquinas, cuchitriles baratos donde se hacinan los inquilinos. En esa calle, hace años, hubo una especie de centro social llamado El Laboratorio, una antigua imprenta donde vivió un centenar de okupas hasta que la policía, en un gran despliegue, los desalojó. Entonces la calle se hizo popular por el movimiento social de los okupas y las manifestaciones que siguieron al desalojo. Fue en dicha vía, la calle del Amparo (aún no había consignado su nombre), donde comenzó el mercado mayorista, y luego, con el tiempo, se fue ramificando por los alrededores, como una sarna imparable. Sólo en esa calle, donde apuñalaron a un chico, habrá más de cien locales de venta al por mayor.

miércoles, mayo 03, 2006

Ciudad-Museo (La Opinión)

Uno de los días de este puente pasado estuve en Toledo. Sólo se tarda, desde Madrid y en coche, unos cuarenta minutos. No pisaba aquellas calles desde la época del Instituto Claudio Moyano de Zamora, cuando el profesor Juan Carlos Alba nos llevó allí de excursión. Aquella vez entramos en La Catedral, vimos “El entierro del Conde Orgaz”, aprendimos un poco de historia y nos metieron en diversos edificios e iglesias. Sin embargo, lo que más recuerdo es La Catedral y aquella pintura del Greco. Toledo, este fin de semana, estaba hasta los topes de turistas y de excursiones de jubilados con guía. No es ciudad, desde luego, de cuyo patrimonio pueda gozarse en una tarde. Hay demasiado que ver: iglesias, museos, mezquitas, baños árabes, sinagogas, conventos, ermitas, miradores, palacios, el río, el alcázar.
Pero a veces, no obstante, uno se va satisfecho de las ciudades si ha transitado sus calles antiguas y sus callejones repletos de recovecos, y leído los pintorescos nombres de los mismos. También tenía fresca en la memoria las cuestas, las empinadas cuestas del casco histórico y sus huellas visigóticas, romanas, cristianas, judías, árabes. Las cuestas que le dejan a uno, tras caminatas de varias horas, con los riñones tundidos y los pies muy recalentados. Las callejuelas angostas y empinadas suponen un bálsamo para la vista. A uno le entran ganas de recorrerlas de noche y embozado en una capa, y acaso con una espada colgada del cinto y tintineando en su vaina. Quiere decirse que rincones de este estilo, y de esta fuerza arquitectónica y estética, le dan ganas a cualquiera de retroceder unos siglos, de poblarlas tal y como eran. Uno de los problemas de viajar hasta Toledo y pasar allí el día es la dificultad de encontrar sitio para comer, salvo que uno quiera tirar de hamburguesa o de un bocadillo famélico de tasca. Los restaurantes están siempre llenos, con los turistas haciendo cola a la puerta para preguntarle a un camarero si hay sitio para que almuerce la familia. Cuando se acercan las dos del mediodía todo el mundo recorre estas preciosas calles antiguas y registra los menús y los precios de las pizarras, sin guardar en la mochila o en el bolsillo el mapa, o la guía de la ciudad, o el libro para el viajero de la península ibérica. Nosotros logramos comer a las cuatro, previa reserva. En el equipaje de la memoria (nunca acarreo la cámara de fotos, básicamente porque carezco de cámara de fotos) me traje algunas estampas que me alimentaron la vista: las reproducciones de mazapán de algunos monumentos emblemáticos, los dulces elaborados por las monjas, el claustro y las gárgolas y los jardines con naranjos del Monasterio San Juan de los Reyes, las esculturas de santos, el exterior de La Catedral (estaba cerrada cuando llegamos).
Pero me agobió el exceso de tiendas de souvenirs. No dudo que es una importante fuente de ingresos para muchas ciudades, pero sus numerosas camisetas, que son las mismas en todas partes, sus ajorcas, postales, figuras de toros, llaveros y miniaturas suelen afear el paseo de un viajero por las calles de los cascos antiguos de lugares como Segovia, La Alberca o la misma Toledo. Están hechos estos comercios, principalmente, para los extranjeros, que se van tan contentos con una postal típica y una sudadera con la silueta de un toro impreso en el pecho. Nunca entro en ellas, y me parecen el colmo del mal gusto. Cosa bien distinta son las tiendas que almacenan la gastronomía típica de cada región. Por eso celebro que, en mis paseos por la parte antigua de Zamora, no existan esos locales atestados de camisetas y jarrones y platos con frases y bromas sobre el vino y sobre los jefes de las empresas.

martes, mayo 02, 2006

Deseo bajo los olmos (La Opinión)

En el mundo artístico hay pocas situaciones tan deprimentes como ir al teatro y que sólo haya unas cuantas filas ocupadas. Pero es deprimente no sólo porque el escaso público no pueda proporcionar mucho calor con sus aplausos, también y además porque uno se pone en el pellejo de los actores que salen al escenario a dar el callo y a jugarse la piel, el sudor y la reputación, y no le gusta. Los actores teatrales necesitan al público del mismo modo que un ser vivo requiere alimento para subsistir. En Madrid hay ahora, en cartel, dos obras del maestro Eugene O’Neill, Premio Nobel de Literatura: “Largo viaje hacia la noche” y “Deseo bajo los olmos”. Ésta última es la que fui a ver el fin de semana y no me resulta grato decir que, en función de tarde y en sábado, éramos un par de puñados los espectadores que poblábamos las primera filas.
“Deseo bajo los olmos” es uno de esos textos de O’Neill que analizan un entorno familiar y cerrado, casi claustrofóbico. La obra cuenta el vuelco que se registra en los habitantes de una casona apartada del mundo cuando el padre, un hombre viudo, despótico, irascible, de tortazo fácil, acostumbrado a trabajar la tierra, lleva al hogar a su nueva esposa, una hermosa joven por la que uno de los hijos se siente atraído. O’Neill explora el núcleo familiar, nos habla del deseo, de la tierra, del amor y del odio, de la propiedad y la lucha por ella, de impulsos basados en la mitología griega. Ninguno de los personajes tiene nombre, ni conocemos su situación geográfica. Sólo que están en una vieja casa, ubicada en medio de los campos, desde cuyas ventanas pueden admirarse los olmos y los crepúsculos. Curiosamente, el día antes de estrenarse “Deseo…” me acababa de leer un libro que aglutina dos obras de O’Neill: “Aquí está el vendedor de hielo” y “Hughie”, ambas repletas de acotaciones y acompañadas de un estupendo estudio y traducción de Ana Antón-Pacheco. Es una lástima que apenas se encuentren en España más de dos o tres libretos del autor, cuando estamos ante un dramaturgo genial, que supo crear curiosidad y expectativa en las primeras líneas de diálogo.
En los papeles de los hijos del patriarca están Juanma Navas, Xavier Olza y Javier Collado, éste último dando rostro al muchacho obsesionado con su madre muerta y con la madrastra voluptuosa que irrumpe en la crispada vida hogareña. Joan Llaneras es un violinista ciego y con harapos que aparece entre las sombras. Supone una gozada verlo deslizarse por el escenario con su fisonomía e indumentaria (barba y melena gris, sombrero de copa, frac y pantalones andrajosos, guantes de dedos recortados, violín en mano), con movimientos sinuosos y frases que recuerdan a un Pepito Grillo de carne y hueso. El padre es un impresionante Manuel Tejada, quien a media obra rompe de un latigazo un cristal: no me pareció premeditado, sino fruto del impulso de su transformación. Observar a Tejada me hizo regresar a una época remota, cuando lo veía en series de televisión y en algunas comedias y películas del destape español. En los últimos tiempos, para el cine sólo lo han recuperado Álex de la Iglesia en “La comunidad” y José Luis Garci en “Tiovivo c. 1950”. Y luego tenemos, en el papel de esposa recién llegada a la casa, a la asturiana Beatriz Rico, de quien en mi adolescencia anduve medio enamoriscado. Para mí realiza en esta obra una gran interpretación, pues para este papel ha sabido reunir todas las cualidades que enriquecen a su jugoso personaje: ambición, perfidia, belleza, seducción, instinto maternal, etcétera. Cuando aparece en escena la temperatura aumenta de golpe.

lunes, mayo 01, 2006

Libro: Aquí está el vendedor de hielo / Hughie, de Eugene O'Neill



Eugene O'Neill es uno de los grandes dramaturgos de la historia. Lo bautizaron como "el padre del teatro norteamericano" y obtuvo el Premio Nobel. Esta edición de Cátedra acoge dos de sus obras.

En Aquí está el vendedor de hielo asistimos a las vidas truncadas de un grupo de alcohólicos, de parados y prostitutas que habitan el bar de la pensión de otro borrachín. Su vida se resume en beber y en albergar fantasías e ilusiones sobre el mañana. Un viajante, asiduo a la tasca, tratará de abrirles los ojos. A partir de ahí, la mierda que hay en sus pasados empieza a salir a flote.

Hughie es una obra corta, que sirve de colofón a la anterior. Es la madrugada. Un hombre entra al hotelucho que habita. En vez de subir a su habitación se dedica a contarle historias al conserje. Pero al conserje no le interesan sus monólogos, sino el ruido nocturno del exterior.

Las dos se complementan, de alguna manera, y nos hablan del pasado y del peligro de vivir cruzados de brazos y dedicados a soñar. Imprescindibles.

Guías de tapeo (La Opinión)

Me pasaron tres guías de las comidas en los restaurantes y de los bares de tapas de Madrid, documentos que hacen la boca agua sólo con echar un vistazo a las viandas y aperitivos que se ofrecen en cada taberna, figón y tasca. No he hecho aún uso de ellas, en parte porque las guardo en el ordenador y no las he impreso. En la primera de tales guías el índice es el que sigue: el nombre del garito, la calle en la que se ubica y un par de notas acerca del menú. La acompaña un diccionario de tapas para quienes ignoren los nombres. Yo me he leído este brevísimo glosario y debo decir que me procuró alimento para saciar mi feroz hambre literaria: la mayoría de las palabras consignadas suenan de maravilla, y unas cuantas no las había oído nunca. Anoto aquí algunas, conocidas o desconocidas: alboronía, alcahuciles, burgao, clochinas, flamenquines, marisco de gorrinera, pijotas, pulgas, urta, xoubas. Si se repite lo anterior varias veces seguidas, y como una letanía, se nos despierta la gula, pero luego creemos que es un conjuro diabólico. Otra de las guías es similar, pero añade números de teléfono y agrupa los locales según su zona. La tercera clasifica los restaurantes dependiendo del menú: si usted quiere saber dónde se come, por ejemplo, marmitako, o angulas, o mollejas, basta con pinchar en cada palabra y le lleva de inmediato a una lista de restaurantes y su dirección. Supongo que estos manuales pueden hallarse en la red.
En ninguna de las guías he visto la Taberna Los Gatos, a la que me llevaron la otra tarde. Puedo decir que se trata de uno de los bares más curiosos, típicos y castizos que he visitado en siglos. Un monumento al kitsch. Le dije a un amigo, antes de entrar en la taberna, que gusto de esta clase de viejos locales, decorados siempre con cabezas disecadas de morlacos y fotografías enmarcadas de antiguos toreros, con jamones y chorizos pendiendo por encima de la barra, con la variedad de raciones y precios escrita en los espejos, con anuncios en la puerta alertando que en el interior se sirve caldo de hueso, y él me respondió que le ocurría lo mismo, pero que en la actualidad están demasiado colonizados por los extranjeros, principalmente ingleses. Una vez dentro de Los Gatos lo confirmé: casi todos eran guiris, ingleses de palidez rojiza, alucinados por el grosor y la exquisitez de cada canapé, sorbiendo vinos tintos o claras, embebidos en la decoración ibérica, festiva y barroca de las paredes y de la barra. Y no era para menos, tomé nota mental de lo siguiente: camisetas de futbolistas, un álbum de fotos en el que aparecía Picasso tomándose un chisme en una terraza, cabezas de toro, figuras de toreros en miniatura, imágenes célebres de diestros famosos, trajes de luces, banderas de España, estampas de Vírgenes y de Cristos y de santos, objetos y cacharros del paleolítico, recortes de periódico, etcétera. La lista es interminable y mi memoria no se quedó con todo, había demasiados ornatos hispanos como para embarullársele a uno la vista, empachados los ojos de aderezos y antiguallas.
El inconveniente de estas tabernas, pues he visitado bastantes, es que los dueños saben de qué va el percal: va de guiris con posibles, cámara de fotos al cuello, un plano de Madrid y una bolsa de lona al hombro, debido a lo cual aquellos asignan precios intolerables a las raciones. Saben que los ingleses o los norteamericanos o los alemanes quieren darse un atracón de platos típicos, y así los timan y, de paso, a nosotros. Este modelo de guiri viajado y vacacional, habitante de las tascas castizas, bebe de las fuentes de Orson Welles y de Ernest Hemingway en España, o sea, que está loco por ir a los toros y calzarse un plato de callos y una botella de vino.