miércoles, marzo 22, 2006

Retablo de desgraciados (La Opinión)

En el centro de una plaza: una pareja de alcohólicos vagabundos, con el cartón de vino a mano, descansa día y noche sobre la rejilla de ventilación del metro; hombre y mujer, gorros de lana y harapos, una versión castiza y fea de “Los amantes del Pont-Neuf”; se acercan un chico y una chica y el primero toca en el hombro del individuo y pregunta: “Where are you from?” y la segunda traduce: “Pregunta que de dónde eres”. A las puertas de una iglesia, de rodillas, un muchacho oriundo de Zamora, que cambió hace años el limosneo en Santa Clara por el de Preciados, se lamenta con desgarros en la voz: “¡Por el amor de Dios, unas monedas para poder comer algo caliente!” A unos metros del Círculo de Bellas Artes pasa un señor de metro y medio, con la barba blanca hasta el pecho y una melena zarrapastrosa y rica en piojos, tirando de un carrito con cuatro trapos; almacena sabiduría en los párpados, y malditismo y tormento, cualidades, todas juntas, que lo asemejan a un Gandalf con hechuras de hobbit.
Un indigente joven y honesto, en plena Gran Vía, ha desplegado varios envases de plástico ante sus rodillas apoyadas en el suelo; detrás de cada envase hay una nota: “Esto es para comida”, “Esto es para vino”, “Esto es para porros”, etcétera; así la gente sabe en qué se gasta los euros, y le facilita la elección: la señora depositará sus céntimos en el del alimento, el golfo en el de la bebida y el que se finge moderno y enrollado en el del chocolate y la maría. En la misma plaza de antes y en la misma rejilla, unos días después: un fulano tumbado, con el tetrabrik de vinazo junto a sus piernas, con pinta de estar inconsciente o dormido; una lluvia muy fina cae sobre su cuerpo, macerándolo de frío y humedad. Un hombre sentado en la acera: alza un muñón y lo exhibe; debajo hay algún aviso donde revela lo que pide. Cerca de él otros mendigos sin piernas o sin manos, o sujetos por muletas, pero siempre torcidos, amputados, rotos, hambrientos o drogados o borrachos, desmigajándose lentamente ante el personal. Dentro del metro, en el pasillo entre la entrada y los andenes: una anciana de unos doscientos años, adobada de ropajes negros y surcos faciales, permanece de pie e inamovible, sosteniendo un cartón en el que ha escrito el nombre de la enfermedad que padece y su petición; sorprenden la caligrafía y la prosa: la palabra que designa su achaque es elegante, larga y está bien compuesta, pero en algún verbo se ha comido la hache. Frente a la puerta del edificio donde vive uno: un tipo duerme dentro de un coche, en el asiento del copiloto, se arrebuja en una manta; el mismo vehículo cuyos bajos usan los camellos moros, durante la tarde, para esconder la mercancía; quiere decir que el coche lo utilizan para varios cometidos, menos el de circular por ahí.
Una camioneta cargada de trastos, despojos, hierro viejo, muebles y cartones; el conductor utiliza un micrófono y un altavoz y anuncia: “Chiiiiiiaaaaaaaatarrero, oiga, chiiiiiiaaaaaaaatarrero, ha venido el chiiiiiiaaaaaaaatarrero”. Cincuentón, con barriga y aspecto de necesitar un trabajo o una clínica de rehabilitación, detiene a cada ciudadano: “Mire, me faltan sólo unos céntimos para comprar una botella de vino”. En mitad de las escaleras de entrada y salida del metro: un individuo negro, protegida la cabeza por un gorro, arrodillado en un escalón, la mano puesta con la palma derecha hacia arriba, las primeras gotas de una tormenta asperjándole el abrigo mientras a su alrededor hay un barullo de gente con prisa, zapatos y piernas, lluvia de folletos y octavillas. Unas prostitutas, en la esquina en la que alquilan sus servicios bucales, anales y vaginales, en animada charla, quemando el tiempo y la soledad.

martes, marzo 21, 2006

Revista Texturas


Angela Serna me pidió un análisis de El pájaro de la felicidad, de Pilar Miró, para el especial de su Revista Texturas.
Mi gratitud por citarme en el editorial. También podéis ver el índice de contenidos; nuestro amigoTomás Sánchez Santiago, poeta y escritor zamorano, incluye una entrevista.
Copio aquí el principio de mi aportación (lástima del precio de la revista, aunque tiene casi 200 páginas):

Cuando Pilar Miró dirige El pájaro de la felicidad, acaba de recoger los frutos de su regreso al cine con la adaptación de la novela de Antonio Muñoz Molina Beltenebros. Aquella película negrísima, protagonizada por Terence Stamp y Patsy Kensit, obtiene importantes galardones y le devuelve su lugar en el mundo cinematográfico. Hemos de recordar que en diez años sólo había rodado una cinta, Werther, su particular visión contemporánea del libro de Goethe.
Tras sus cargos como directora general del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Visuales y directora de Televisión Española, afronta la que quizá sea su etapa narrativa más sólida (y la última de su vida): la que conforman
Beltenebros, El pájaro de la felicidad, Tu nombre envenena mis sueños y El perro del hortelano, que le procuran premios y aplausos y críticas magníficas.

Montañas de folletos (La Opinión)

He leído en El País que cada mes se reparten en España unos doscientos millones de folletos en las calles y en los buzones. Demasiado papel. Para que luego digan que publicando libros acabamos con los bosques. El folleto que te enchufan en el buzón con intenciones de saturarle la boca se arroja a la papelera del portal o al cubo de la basura de casa. No es ningún problema, una vez que se ha acostumbrado uno. El verdadero incordio, en una ciudad enorme como Madrid, es el reparto en las calles. Caminar por la capital se parece sospechosamente a una carrera de obstáculos: hay que sortear a los cien fulanos que te meten un papelito entre los dedos, a los cincuenta tipos que te endosan una tarjeta para entrar a un garito en el que invitan a la segunda copa si pagas la primera, a los cuarenta que te piden limosna, a los veinte que intentan irrumpir en tu trayecto para que eches una firma para no sé qué o respondas a una encuesta que “sólo te llevará unos minutos” y luego dura media hora. Si se fijan bien, los transeúntes van por la Gran Vía haciendo zigzag, esquivando cada dos metros a los repartidores de publicidad, a los sablistas, a las de la pegatina de la voluntad, a los vagabundos, a los desesperados y a las buscadoras de firmas. Quienes trabajan repartiendo panfletos son estudiantes, chavales aún en paro, extranjeros, etcétera. Lo sé porque he tenido amigos que ejercieron este oficio ingrato y temporal.
Ya sabemos que es una pena que un tipo tenga que pasarse toda la mañana en una acera para ganarse unas miserables perras, pero después de una caminata de veinte o treinta minutos acaba uno harto, desesperado de ir alzando la mano y coger publicidad algo cochambrosa. Cuentan que esos folletos tienen uno de estos dos destinos: el suelo o la papelera municipal. En mi caso no suele ser así. Al principio, cuando un individuo amenaza en el horizonte con entregarme una de esas octavillas, me hago el despistado. Pero se las saben todas y logran que la cojas. Recibo el primer folleto y, casi inconscientemente, lo envío a un bolsillo de la chaqueta. Con el segundo sucede igual, y me da la impresión de que los repartidores se colocan lo más lejos posible de las papeleras, para que en ese lapso de tiempo mires el anuncio o lo guardes entre la ropa. Unos días después, al meter las manos en los bolsos, reparo en que el interior rebosa de papel. No imaginan la cantidad de mierda que, en dos tardes, te han dado. Algunos de estos folletos los leo: estimulan la carcajada. Se anuncian restaurantes de comida especializada, pizzerías, telechinos, clínicas de dudosa reputación, chamanes exóticos y brujas africanas, negocios de informática y tiendas de electrodomésticos, peluquerías y gimnasios, profesores particulares y cerrajeros, inmobiliarias y cibercafés, saldos y oportunidades. Aún es peor si uno recorre unos metros de acera, compra algo en un comercio y regresa por el mismo camino: es posible, entonces, que obtenga unos cuatro ejemplares de un folleto; dos a la ida y dos a la vuelta. Es frecuente andar por calles en las que uno pisa una alfombra de octavillas y fotocopias de videntes, clínicas y locales de comida rápida. La gente lo tira todo al suelo.
En Montera y sus inmediaciones suele verse otra clase de publicitarios. El perfil es el siguiente: varón, inmigrante, casi siempre negro. Les cuelgan dos cartelones, uno por delante y otro por detrás, y les hacen pasearse por ahí. Son los hombres anuncio, y en grandes letras hacen publicidad de joyerías y de venta de oro. Creo que es uno de los peores trabajos de la historia. Supongo que se sienten humillados, como carteles con piernas, como reclamos ambulantes.

lunes, marzo 20, 2006

La memoria felina (La Opinión)

Los gatos gozan de una memoria prodigiosa. La suya es una memoria consistente en olores y sensaciones. Tras sustituir el ordenador viejo por uno nuevo, llevé el otro de regreso a Zamora. Todo vuelve a su origen, a su punto de partida, y los objetos necesarios en nuestra vida no son una excepción. No me refiero a cacharros que uno no echaría de menos: las cuchillas de afeitar, el secador o la tostadora. Hablo de objetos que uno añoraría, como las máquinas de escribir, los coches de segunda mano, los armarios desvencijados. Las cosas se pueden sustituir unas por otras, pero contienen cierto valor sentimental. En especial si fueron parte de nuestro atrezzo de trabajo. Por eso guardo la máquina de escribir y guardaré el ordenador viejo, que tanto ha sudado bajo mi látigo. Lo instalé en el piso familiar, y lo hemos colocado en mi antiguo cuarto, en el que duermo en mis visitas a la ciudad. Me produce satisfacción este retorno: el monitor y el pc volviendo al sitio de antaño. Es la metáfora de los zamoranos emigrados a otros pastos: cuando les salen arrugas, bastón y reuma regresan al sosiego de sus orígenes. Lo cual no significa una jubilación de la vida. El ordenador aún sirve, como sirven los ancianos aunque la sociedad pretenda desterrarlos de la noria diaria, y lo usará la familia y podré escribir allí los artículos de vacaciones.
En cuanto metí el ordenador en la habitación el gato, mi fiel felino, se apresuró a oler sus costuras y rendijas. Lo reconocía. A los animales no les hacen falta las palabras para que los entendamos. Ese es su poder, y al mismo tiempo su debilidad. Lo puse sobre una mesa idéntica a la que había tenido allí. El equipo al completo: el ratón, la torre, el teclado, los altavoces, la pantalla cabezona. Como si nada hubiese cambiado. Tras los ajustes necesarios me tumbé en la cama a descansar y a leer, que significa, a veces, lo mismo. Al cabo de unos minutos me sentí observado. Los gatos son sibilinos y silenciosos, pero podemos advertir si nos están mirando. Aparté el libro de poesía de la cara, para buscar sus ojos de seda y acero verde. El gato se había sentado en la mesa, encima de la alfombrilla y junto al ratón, muy erguido y con la cola enroscada en torno a las patas delanteras. Me estudiaba, y descubrí un atisbo de serenidad y de anuencia en su mirada, de la que se desprendía lo siguiente: “Ahora todo ha vuelto a su cauce. Ahora hay orden aquí, el orden perdido se restablece”. Parecía, además, aguardar a que me levantase y pulsara los botones del teclado. Pensé en hacerlo, en incorporarme y encender la máquina y escuchar el rugido lastimero de los ventiladores, y en escribir este artículo con el felino haciéndome compañía, en su faceta de copiloto que apacigua y relaja. Lo hubiese hecho, pero era muy tarde, acababa de llegar de viaje y, al día siguiente, tocaba madrugar para ser miembro del jurado en un premio literario. No parecían las condiciones adecuadas.
Viendo al gato pensé en todos los animales que están abandonando o matando estos días, con el asunto de la gripe aviar. Cuando el abuelo envejece, la familia lo confina a un asilo; cuando enferma, lo manda al hospital. Si las mascotas envejecen o enferman se las sacrifica o se dejan en la calle, a su fortuna. El hombre moderno no hace sino huir de la enfermedad y de la muerte, de lo viejo y lo usado. Quiere librarse de virus y de entorpecimientos, y por eso deja en la cuneta o en una residencia al perro anciano, al gato que puede enfermar, al abuelo que chochea y al ordenador que se debilita. El hombre moderno tiene tanto miedo que rehúsa a los suyos. Tener una mascota supone un compromiso. Debemos pelear a su lado.

domingo, marzo 19, 2006

Pinturas sobrecogedoras (La Opinión)

La tarde en la que estuvimos escuchando a José Manuel Sánchez Ron y a Arturo Pérez-Reverte conversar sobre cuadros, varias veces pronunciaron la palabra “horror”. El horror de la guerra y en la guerra, el horror en la mirada y ante la caducidad del hombre. Me di cuenta, entonces, que siempre, cuando relacionamos el miedo con el arte, lo hacemos respecto a la literatura y el cine. Una película terrorífica, un cuento sobrecogedor, una novela angustiosa, etcétera. Sin embargo, y aunque algunas obras cinematográficas y literarias me han estremecido de horror, recordé que, en la infancia, determinados cuadros y grabados me provocaban tanto terror como las películas o los libros. Es curioso que casi todos pertenecían a las páginas de un par de volúmenes del Antiguo y del Nuevo Testamento, acompañados de ilustraciones, que solía repasar en la casa de mis abuelos paternos. En vez de leer la Biblia ojeaba algunos fragmentos, y la mirada quedaba prendida en esas pinturas terroríficas en las que el artista había convocado varios de los miedos del ser humano: plagas, soledad, tiniebla, muerte. Me perdonarán que no hable de nombres de artistas y de títulos de cuadros, sino de sensaciones: no dispongo de esos dos volúmenes, y creo que no he vuelto a revisar sus páginas desde la infancia.
La pintura más aterradora de aquellos libros era una ilustración de Jonás metido en las fauces del gran pez o ballena que lo engulle durante tres días y tres noches. El pez tenía un gran parecido con una colosal piraña, y las pirañas no poseen, precisamente, un careto amable o agraciado. Dentro de su boca abierta estaba el bueno de Jonás, la mirada baja y el rostro compungido. Aquella imagen nos contaba lo que sentía el profeta, nos otorgaba la idea de abismo y de soledad, del encierro terrible que supone para un hombre yacer vivo en el vientre de una criatura del mar. Palabras como martirio, horror y culpa bullían en el interior de uno cuando miraba esa tétrica ilustración. Otra de esas escenas se componía del retrato de los enfermos de las plagas que envía Dios mediante Moisés. Lo peor no eran los individuos retorciéndose de agonía o ya inertes, sino la sensación de abandono, el frío de la muerte, la angustia, la atmósfera crepuscular alrededor de los personajes. Había otros grabados, en ambos libros, que me provocaban escalofríos y alguna pesadilla de añadidura, pero no podía dejar de mirarlos. No recuerdo exactamente los demás: sólo pedazos sueltos, caras de personajes, paisajes siniestros, escenas de crimen, culpa y castigo.
Otro de los cuadros espeluznantes (y aquí salgo de las imágenes bíblicas) es “La isla de los muertos”, de Arnold Böcklin. De este tengo datos porque lo descubrí en la adolescencia e incluso me inspiró un breve escrito, inédito y púber, que conservo en algún cajón. Se trata de una obra de la que el pintor hizo varias versiones distintas. Supongo que me refiero a la más oscura de todas. Böcklin muestra una isla de piedra con túmulos y cipreses. Una barca está a punto de arribar allí, y dentro de la misma van el barquero y una figura envuelta en un sudario. Descubrí esta pintura terrible hace años: oyendo la composición de Rachmaninov del mismo título; la portada del disco era aquel cuadro. No puedo olvidar, en este recorrido apresurado y torpe por mis terrores pictóricos, numerosas composiciones de Caravaggio, artista siniestro que aterroriza con sus calaveras, cabezas cortadas, facciones grotescas y juegos de sombra. El poder de estas pinturas, del terror en el arte, es que le hechizan a uno, le obligan a no apartar los ojos, le dan una idea del abismo, del infierno, de las pesadillas.

sábado, marzo 18, 2006

Pop joven (La Opinión)

Hoy les quiero presentar a un grupo musical nuevo, aún cachorro pero ya con experiencia. Son zamoranos, por supuesto. Porque la provincia irá perdiendo habitantes cada año, y posibilidades, y futuro, y continuará sufriendo zarpazos, pero no deja de aparecer gente con talento en diversos artes y oficios. Con talento y con ganas. Lo que sucede es que a esta gente no la sabemos aprovechar, y al final se marchan o se quedan y desisten. En este problema tiene tanta culpa el público como los señores del Ayuntamiento: el primero por no enterarse o por pasar de todo; los segundos por su evidente falta de apoyo, pues se les da una higa que les vaya a pedir ayuda un chaval que quiere rodar un corto, un grupo que quiere tocar en las fiestas o cualquier tipo con una idea fresca y novedosa entre las manos. Al final siempre hay una negativa o un aplazamiento. Cada vez que cuento cuatro cosas de los músicos de la ciudad desmiento esa mala imagen que se ha pegado a la cabeza de nuestros mayores, respecto a su visión de la juventud: los chicos no sólo van de botellón, también les salen inquietudes por las orejas; pero casi nadie les da una oportunidad.
Apuntaba que es un grupo cachorro con experiencia, entendiendo por esto que la formación completa y actual, y el nombre, nacieron en septiembre del año pasado. Pero tres de sus componentes llevaban un tiempo trazando la ruta de sus canciones. Se llaman Miescondite (así, todo junto, formando una única palabra con gancho). Tocan pop. Escuchar rock le da a uno fuerzas; escuchar pop le proporciona a uno vitalidad. Dice un amigo mío que, cuando se entra a un garito y suena una canción pop, dan ganas de bailar, de abrazarse al personal, de brincar de alegría. El origen de Miescondite reside en el grupo Nihil, que estuvo años tocando en festivales alternativos y bares hasta su disolución en el dos mil cinco. Este grupo nuevo lo forman Luis Ramos (guitarras y voz: no confundir con el poeta y cantautor del mismo nombre) y Rodrigo Segurado (guitarras y coros), ambos de Nihil, a quienes se sumaron Iñaki Gómez (bajo y coros) y César Serrano (batería). Sus caras les sonarán del pub Popanrol, delante o detrás de la barra. Creo que fue el año pasado cuando, tomando algo en el Avalon, vi a los dos primeros subirse al escenario para marcarse una jam session. Miescondite, el nombre que han elegido, es curioso: suena un poco a soledad y a refugio. Por regla general los músicos suelen romperse la crisma buscando cómo llamarse. Debe ser una palabra, o varias, que les guste a todos, pero al mismo tiempo que capture la atención del público. Sacaron la palabra del título del blog de Iñaki Gómez.
Hace sólo unos meses, en enero, grabaron su primera maqueta en los estudios Valve Records: un trabajo titulado “Astral”, con cinco canciones que hablan de amor, sensaciones y desengaños. Escucho el disco mientras escribo estas líneas. La primera vez que lo puse fue en el viaje de Zamora a Madrid. Las canciones de esta maqueta me relajan, hacen que me deslice en un ensueño plácido, y son gratas compañeras de viaje, que es una cualidad esencial en los discos. Dice Iñaki que, en el directo, suenan más rápidas. Según parece, tienen un repertorio de unos catorce temas, que despliegan en los conciertos. En enero actuaron en el Avalon Café. El sábado, dieciocho de febrero, en el aniversario de la Sala Berlín, en un programa que incluyó música, monólogos y audiovisuales. Y en marzo, exactamente el próximo viernes, ofrecerán un concierto en el Numancia. Aprovechen y vayan a verlos. Se trata de pop joven, dos términos que saben a entusiasmo y a verano.

viernes, marzo 17, 2006

El cuchillo entre los dientes (La Opinión)

El miércoles por la tarde asistimos a la presentación de la última novela de Arturo Pérez-Reverte, “El pintor de batallas”, sobre la que dicen maravillas. Más que una presentación consistía en un coloquio entre el escritor y el científico José Manuel Sánchez Ron. El auditorio gigante del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía tuvo un lleno absoluto. Había sido programado para las ocho de la tarde y a las siete ya éramos parte de una cola kilométrica. Por suerte el Museo me queda a algo menos de diez minutos de casa, andando. Ambos académicos se subieron a un escenario desnudo, salvo por los dos butacones en los que estaban sentados, una mesilla para el agua y los cuadernos, un centro con flores y un atril. Parecía una obra de teatro, un pulso entre dos actores. Hay que tener arrestos para subirse ahí y hablarle a la gente de las gradas. Tal vez sea cosa mía, pero creo que durante los primeros minutos el Capitán estaba un poco nervioso. Lo intuyo porque, tras sentarse, hizo un gesto que hacemos algunos cuando nos acometen los nervios: mantener el pie derecho apoyado sólo en la punta del zapato. Pueden fijarse en las fotos que le hicieron para la prensa. Cuando el coloquio empezó a desplegarse ante nosotros con naturalidad, él bajó el pie, puso la planta sobre la tarima, preparado para el combate, pues la vida está repleta de guerras y batallas, y lo sabe de sobra, que lo ha vivido y lo ha escrito.
Para mí Pérez-Reverte no sólo es un gran escritor y un articulista preciso, un tipo que nada el océano con un cuchillo entre los dientes mientras le rodean los tiburones y le persiguen los piratas. Para mí es el Alexandre Dumas moderno, el hombre que nos entretiene y nos instruye y nos hace soñar contándonos relatos de guerra, de amores, de aventuras, de duelos y de quebrantos. Lo que le ocurrió al principio de su carrera literaria es que alcanzó el éxito en las ventas, que es cosa que los críticos de este país no perdonan. Ahora parece que sí, que le han perdonado y hasta le aplauden y admiran. Pero le ha tocado trabajar a fondo. Sánchez Ron dijo que el editor de un periódico había comparado la carrera literaria y periodística del Capitán con la carrera cinematográfica de Clint Eastwood: los dos han ido creciendo y siempre sorprenden en sus nuevos trabajos. Las primeras filas del salón de actos estaban reservadas para invitados del escritor y para los de Alfaguara, responsable del tinglado. Varios espadas acudieron a arroparle con su presencia: Ray Loriga, Javier Marías y Agustín Díaz-Yanes (acaba de dirigir “Alatriste”, con Viggo Mortensen) aparecieron juntos; luego llegaron Juan Cruz y Víctor García de la Concha, entre otros. A media función entró Carmelo Gómez. Quiero decir que aquello abundaba en artistas a quienes uno admira.
Fue un diálogo entre la experiencia vital (Pérez-Reverte) y la teoría científica (Ron), entre la calentura de quien ha caminado entre escenarios bélicos y la frialdad de quien analiza el universo con lupa. Partían de varios cuadros, mostrados mediante una pantalla para diapositivas. Pinturas de Goya o de Brueghel, desde las que desarrollar y contraponer sus visiones. A veces coincidían. “La tuya es una visión desesperanzadora”, dijo el científico. Me gustaron las reflexiones de los dos, pero me quedo con las del escritor. Para demostrar que no sólo era un hombre sin esperanza, y que siempre lucha, contó esto (y cito de memoria, arriesgándome al error): “Cuando el cosmos te apunta en la cabeza con una pistola, tienes dos opciones: quedarte quieto hasta que te mate o echar a correr. Es una carrera de quince metros, como la de los condenados a muerte, en la que caben el amor, la lealtad, la libertad…”

jueves, marzo 16, 2006

Bret Easton Ellis (La Opinión)

Me fascina el azar. La semana pasada salió a la venta “Lunar Park”, el nuevo libro de Bret Easton Ellis. Llevaba unos meses esperándolo, y lo compré en cuanto lo distribuyeron. De Ellis sólo he leído “American Psycho”. Pero esa novela inolvidable y salvaje hizo mella en mí: estaba en el instituto y se la presté a muchas personas, incluida mi profesora de literatura; busqué las canciones que mencionan en el libro y las oí por primera vez; y su lectura tuvo cierto influjo en mi segunda novela. Sus demás obras no me atrajeron por diversos motivos. Pero creo que la verdadera razón estriba en que el psicópata Patrick Bateman tuvo tal impacto en mi generación que ya no nos interesaron los otros textos de Ellis. Acaso pensábamos que no estarían a la altura. “Lunar Park” es un caso distinto: dicen que es medio autobiográfica y medio ficticia, en sus páginas aparecen elementos sobrenaturales, y supone una vuelta de tuerca a su obra.
El lunes coloqué en mi mesilla “Lunar Park”. Decidí que sería el libro que iba a empezar a leer el miércoles, cuando terminara otro que tenía entre manos. El miércoles iba a quedar con un amigo a quien debía un regalo. De modo que, la tarde del martes, en torno a las ocho, me fui aprisa a la Fnac. Iba pensando en pillarle un cómic y alguna novela. En el metro, sin embargo, me dije: “Sería conveniente comprarle algo difícil de encontrar; algún ejemplar raro que sólo se pesque en librerías de viejo”. Pero éstas, supuse, habrán cerrado. En el último piso de la Fnac empecé a buscar narrativa. Junto a la primera mesa de novedades, de pie, estaban una guardia de seguridad, un policía y un fulano trajeado y con cara de pocos amigos. Vigilaban. Me dio por fantasear: quizá haya un chiflado y han venido a detenerlo. Reparé en un puñado de personas, haciendo cola. Al principio de la cola vi a un caballero elegante y de facciones anglosajonas; su cara me resultaba familiar. El hombre, sentado a una mesa, firmaba ejemplares al personal. Seguro que es uno de esos pelmazos ingleses que han concebido el enésimo refrito de “El Código DaVinci” y “El nombre de la rosa”, pensé. Una estrella fugaz. Me alejaba hacia otra sección cuando reparé en que quienes ansiaban su autógrafo llevaban bajo el brazo “Lunar Park”. Retrocedí hasta el cartel. “Hoy. Firma de ejemplares. Bret Easton Ellis”. Maldije haberme comprado ya su último libro. Luego se me ocurrió que sería el regalo perfecto para mi colega: la rúbrica de una leyenda contemporánea.
Cogí “American Psycho”, e hice cola, y pude analizar la estupidez humana: algunos idiotas se ponían a la cola sin conocer la identidad del firmante. Un señor se acercó a hacerme preguntas: “¿Dónde puedo encontrar los libros de ese hombre?, ¿qué tipo de obras escribe?, ¿de qué tratan?” Quise responderle: “Oiga, no tengo la gorrita de encargado, déjeme en paz”. Pero contesté: “Es Bret Easton Ellis. Busque en autores extranjeros, en la E. Escribe novelas. Mire, allí encima tiene la última”. Patético. En la mesa, junto al escritor, había una chica; escuchaba los nombres españoles, los escribía en un cuaderno a rayas y se los mostraba a él. Yo dije “Hola” y “Es para Jorge” y, tras la firma, solté un fofo “Thank you”. “Thank you very much”, contestó él, sonriendo. Ellis, virtuoso retratista del lado oscuro de la alta sociedad yanqui, es un individuo largo, de rostro amable y travieso, algo envejecido a pesar de sus cuarenta y dos años, un tío en cuyos ojos se descifra que ha soportado la fama, el escándalo, la pérdida, el alcohol y las drogas, el éxito temprano, pero ha sobrevivido para contarlo mediante la literatura. Desprende magnetismo, me dije. Vestía un traje negro sin corbata y utilizaba una pluma negra. Escribió: “To Jorge. Best Wish. Bret Easton Ellis”.

miércoles, marzo 15, 2006

Para que esto no caduque (La Opinión)

Mientras otros, generalmente políticos, se llevan los laureles y la fama, en la provincia hay unos cuantos zamoranos casi desconocidos que continúan arrimando el hombro. Es gente anónima, o de la que sólo sabe uno si frecuenta ciertos círculos o si conoce a alguien que lo haga. Se puede luchar de muchas maneras en tu ciudad. Y una de ellas es apostando por la música y por lo joven. Me van a permitir que hoy les hable de una de esas personas: de Álvaro de Paz Barrio, un tipo del que podríamos decir que, si no existiera, habría que inventarlo (esta frase es muy típica, pero sirve para lo que queremos mostrar). Puede que lo conozcan del Avalon Café, su garito de la Calle de San Andrés, esa especie de galeón musical y club tabernario donde siempre se siente uno a gusto, ya sean las ocho de la tarde o las dos de la madrugada. Pero aquí deberíamos llamarlo Alvarito, que es como se le conoce. Una vez pregunté a Quique, gurú gastronómico del Bayadoliz, cómo se apellidaba: “Es para sacarte en un artículo y no sé cómo ponerte”. Me respondió, con su natural desparpajo: “Bah, ponme como te dé la gana”. En Zamora hay personas a las que todos conocemos sólo por su remoquete y, si decimos el nombre que viene en el carnet de identidad, la gente se despista, y ya no sabe de quién estás hablando. Ocurre lo mismo con los futbolistas.
Apuntaba que Álvaro arrima siempre el hombro. No se trata del clásico tipo al que le vas con varias ofertas e iniciativas y las rechaza una tras otra con excusas endebles. Es abierto, y esa mentalidad es imprescindible en una ciudad que se cae a pedazos cuando sacamos a colación los temas del trabajo y del futuro. En su local se celebran muchos conciertos, y él ha logrado una programación astuta y elegante que mantiene el equilibrio entre los grupos inéditos y los célebres, entre las bandas de fuera y las de la tierra, entre la vanguardia y la modernidad. Apuntemos que el suyo es uno de los pocos sitios donde las bandas zamoranas pueden tocar aún. Me cuenta un amigo mío, solista versado en este panorama y en muchos otros, que los grupos y los bares se encuentran con los problemas habituales: la inversión económica en cada concierto, el riesgo de que aparezca la policía y clausure la actuación y añada una receta, la incultura y la ignorancia musical. Son sus palabras: hay que pagar al técnico, al equipo, al grupo y, a veces, la multa. Álvaro, aparte de su apoyo diario a estas citas, tiene un estudio de grabación, masterización y montaje de audio llamado Valve Record, ubicado en el Complejo San Jerónimo del Barrio del Sepulcro. Con lo cual dispone del técnico y del equipo necesario para los conciertos. En el Café vende las maquetas, y pincha las canciones de otros músicos de la provincia, hayan grabado o no con él. De esta manera sus parroquianos vamos aprendiendo un poco a amaestrar el oído, para que practique lo de identificar a los nuestros. En otros sitios prefieren poner pachanga, éxitos pasajeros y remix de basura. Con su pan se lo coman.
Todo esto que cuento aquí son ventajas y ayudas. Para la ciudad, para la gente, para que no muera la oferta musical, para que la armonía nocturna funcione. He querido hablar de su cometido porque es frecuente que su nombre salga a relucir cuando converso con músicos: “Tocamos el jueves en el Avalon”, “Hay que darle las gracias a Álvaro”, “Grabaré con Álvaro, el del Avalon”. Como él, en la ciudad resisten unos cuantos, como si fueran galos que no se dejan abatir por la falta de perspectivas de la provincia. Luchan para que esto no caduque.

martes, marzo 14, 2006

Recomendación: Pobre cabrón, de Joe Matt



Esta es una novela gráfica que nadie debería perderse. No me reía tanto con un cómic desde mis tiempos de Mortadelo y Filemón: a carcajada limpia.

Joe Matt habla de sí mismo y de sus circunstancias: es un dibujante neurótico, maniático, egoísta, obsesionado con un modelo específico de mujer, incapaz de mantener una relación. Se pasa los días comiéndose la cabeza acerca de las chicas, pero nunca consigue llevarlas a la cama ni salir con ellas. Cuando por fin logra una cita no se atreve a besarlas; cuando se atreve a besarlas le rechazan, argumentando que, de momento, sólo hay amistad entre ellos; sus conocidos se cabrean porque los va sacando en un tebeo autobiográfico; no gana mucho con sus viñetas, pero sí lo suficiente para no tener que afrontar un trabajo de ocho horas. Vencido, su actitud consiste en regresar a casa después de las calabazas y masturbarse.

Matt, en la estela de otros grandes del cómic underground, como Robert Crumb, hace su propio retrato, pero en él vemos algunos de nuestros rasgos y de nuestras señas. En el fondo así somos los hombres, parece decirnos.

Piedra y soledad (La Opinión)

Estuve un día y medio en Zamora, respirando ese aire fresco de las ciudades con menos agobios y menos polución. Hay una cosa que se agradece mucho cuando uno camina por allí, y de la que sólo ahora me doy cuenta: ir topando, durante un paseo, con las fachadas de las iglesias. No tengo la costumbre de entrar a los templos; no necesito su interior, pero sí sus exteriores. Necesito, de vez en cuando, detenerme en ese espacio de luz y piedra y mirar arriba, hacia el campanario y el nido de las cigüeñas. Un señor va andando y encontrándose con viviendas, cafeterías y museos, y de pronto se tropieza con una iglesia, lo cual supone un respiro para la vista. Esto no me parece tan fácil en Madrid, donde no topas con las iglesias, sino que tienes que ir a buscarlas. Aproveché para ver la obra de construcción de pisos junto a la Iglesia de San Isidoro. No nos equivocábamos: están haciendo un churro, aunque sea un churro para ricos. Han constreñido el templo por un lado, de tal manera que uno sale por la puerta y casi se da de narices con estos edificios nuevos. Me asomé al pasillo que están dejando junto al mirador: es un mirador con vocación nocturna de alfombra para echar una meada, una vomitona o un polvo urgente. A San Isidoro le sobra este mamotreto de ladrillos que le están metiendo con calzador; visualmente le molesta tanto como nos incomoda a nosotros que se nos meta un trozo de carne entre dos muelas. Fiel a mi costumbre, al caer la noche del sábado fui a oler el río y a observar el espejo de luna y tiniebla que forma en alianza con los focos que iluminan el Puente de Piedra.
El inconveniente de mi visita fue que, de paso por la Plaza Mayor el viernes a las once de la noche, tuve la sensación de que estábamos a martes. Poca gente por la calle, los bares vacíos, la atmósfera helada y la plaza marchita por la soledad, como si fuera un perro abandonado en el arcén de una carretera solitaria. Al día siguiente tuve que hacer un viaje a Salamanca y daba gusto detenerse en la plaza que allí tienen: turistas, vecinos, colores, vida. Había un bullicio matutino que yo desearía para mi ciudad. Tenemos una Plaza Mayor desaprovechada; acaso se deberían colocar más bancos en medio, bancos portátiles para poder quitarlos cuando hay procesiones, cabalgatas y carnavales. En Salamanca, en cada banco frente al Ayuntamiento el personal crece alrededor como si fueran champiñones.
El sábado leíamos la noticia: cuando la Semana Santa entre en el calendario se paralizarán las obras de Santa Clara. Habrá parte de la calle terminada y la otra parte sin terminar, que es como suelen hacerse las cosas en política, o sea, a medias. Me pregunto qué pensarán los turistas cuando pasen por allí haciéndose la foto o buscando un hueco para no perderse la procesión. El ex teniente de alcalde fue aún más listo de lo que pensábamos: sale del cargo antes de que caiga el chaparrón y, así, se ha ido a comer chuletones a otra parte, aunque permanezca en el Ayuntamiento de actor secundario. Delante del Teatro Ramos Carrión ya han puesto el cartel que anuncia las obras. Lo cual no significa gran cosa, por supuesto. Me entero de que habrá, también, un paréntesis en la ejecución de trabajos en La Catedral, para Semana Santa. De modo que la ciudad seguirá estando a medio hacer, como ocurre con Madrid, donde vemos tantas obras empezadas y tan pocas terminadas. Pese a todo lo escrito atrás, pese a esa suma de escollos (calles en soledad, clima helado, obras mal hechas o en fase de desarrollo), nada me impide disfrutar de la ciudad y del calor entrañable, hogareño, balsámico, que nos transmite a quienes hemos vivido allí.

lunes, marzo 13, 2006

Recomendación: Regreso a Barrow, de Steve Niles y Ben Templesmith



Regreso a Barrow es la tercera y, por ahora, última parte de 30 días de noche y Días oscuros. Como su título indica, la acción vuelve a trasladarse al pueblo que atacaban los vampiros en la obra original. Los protagonistas son diferentes: un nuevo policía, su hijo y un par de ayudantes. Leída ya la trilogía me parece mejor el segundo capítulo, en cuanto al guión. Pero, sin duda, los dibujos más siniestros son los que muestran la oscuridad de Barrow. El mundo de los autores, Niles y Templesmith, siempre remite a nuestras más siniestras pesadillas.

Confesores (La Opinión)

Algunos días llaman al timbre y aparece por casa un técnico, y un electricista, y un experto que envían de la tienda a arreglar un chaperón o a montar unas puertas que estaban mal resueltas, según. Lo primero que me preguntan es si pueden pasar. Claro, adelante, pase. Luego dicen que sienten el retraso, que me avisaron que vendrían a una hora y han llegado cuarenta y cinco minutos tarde. Me explican algo que sé de memoria: es imposible conducir por este barrio, no hay quien encuentre un hueco para aparcar, he dado vueltas durante media hora, tuve que dejar el coche muy lejos y venir empujando la carretilla, etcétera. No se preocupe, suelo decir a cada uno; lo entiendo, y me conozco lo difícil que es dejar el vehículo en estas calles.
Luego les conduzco a la habitación donde van a trabajar. En los últimos meses he visto de todo: jóvenes amables y versados en informática, individuos que no logran solucionar lo que dejaron mal puesto, tipos que apenas son capaces de sumar dos y dos, operarios que al terminar la tarea me piden una escoba para barrer los desperdicios, hombres de pelo blanco que me tratan de usted (envejeciéndome con el trato). Nunca veo a mujeres. Es oficio de hombres, por mucho que hablemos de la revolución femenina y todo eso. Al final quien te pone las puertas y las persianas, los cajones de la cocina, el espejo del armario, la conexión a la red, suele ser un hombre. He descubierto, además, que quienes tienen menos de treinta años no han sido contaminados aún por la tacañería. Pervive en ellos la ingenuidad, y esa solidaridad propia de quien sabe cómo está el percal hoy día, lo cual se agradece. Mira, me cuentan, este fallo lo solucionas apagando y encendiendo el botón ese, pero si llama la empresa y te pregunta no digas que he venido, porque por esta bobada te van a clavar cincuenta o sesenta euros y no merece la pena. Muchos de ellos son conscientes de estar trabajando para negocios donde te hacen la ley y la trampa. Y por eso te echan un cable.
Cuando empiezan a trabajar elijo una de estas dos opciones: me voy al cuarto de al lado y les digo que me llamen si hay algún problema, o me quedo a ver lo que hacen e intento aprender algo. La escritura es un oficio ebrio de soledades. Siempre está uno solo y no habla con nadie, salvo, interiormente, con la pantalla que ofrece el simulacro de folio en blanco. Las mañanas, y parte de las tardes, soy un solitario unido al teclado. Por eso lo normal sería que, en cada una de estas apariciones de los técnicos, me pusiera a rajar con ellos como un condenado, diciendo esto y lo otro. Contándoles lo que sea, pero hablando. Sin embargo, son ellos quienes me eligen a mí para sus confesiones, y no al revés. Me quedo en silencio y asiento cada diez segundos. Lo cual demuestra que todos necesitamos, al menos, un oyente al día. Pienso en esa película, “Náufrago”, en la que un hombre atrapado en una isla desierta, para calmar la soledad, conversa con una pelota a la que le ha puesto ojos y boca. Estos visitantes hablan de diversos temas, aunque predominan los aspectos técnicos de su profesión. Dan consejos respecto a la compra de un ladrón nuevo, o sobre la limpieza de un mueble, o endosan en su cháchara algunos trucos informáticos. Existen personas a las que, cuando llega un obrero o un vendedor de enciclopedias a sus casas, las invitan a pasar y las utilizan de oyentes para sus cuitas, aunque al final no compren nada. Otras veces la situación es la inversa, y ahí tiene uno al técnico pegando la hebra sin parar. Me sucede, además, con los taxistas; unos cuantos no hablan ni por consejo médico, pero otros te cuentan dónde viven, o cómo es tal o cual barrio. Necesitan confesores. ¿Y quién no?

domingo, marzo 12, 2006

Mapa de sonidos (La Opinión)

Si hace buen tiempo, como en el momento en que escribo estas líneas, debe uno abrir la ventana y escuchar los sonidos del exterior. No se trata de salir al balcón ni de asomarse afuera. Sólo escuchar, pues las calles tienen su propio idioma y, al intentar oír lo que dicen, uno puede componer el mapa de sonidos de una ciudad. En Madrid, al menos en el barrio pendenciero y racial en el que vivo, suena casi siempre la misma serenata, esto es, la canción alarmista de las sirenas, urgente y repetitiva y molesta como un tema de la tuna. Las sirenas de la policía, de los bomberos, de los sanitarios, se unen en el aire y nos dan un conglomerado de timbres que nosotros traducimos en tragedia. Suenan y pensamos: arde un edificio, un señor ha matado a alguien, hay peleas en algún tugurio, un chaval se desangra tras puñalada traidora en el abdomen, y cosas así. Siendo niño, y cuando me traían a esta ciudad ruidosa y temible como un titán de acero y cristal, pasaba las noches de dos maneras: o en las casas de los familiares o en los cuartos pequeños e inhóspitos de los hoteles. En esos hoteles la habitación la ocupaba siempre esa canción nocturna de cuna: el lenguaje nervioso de las sirenas. Para mí, entonces, Madrid tenía letra de tango con navajeros y con asuntos resueltos a tiros. Notaba, por culpa de las sirenas, el aroma del peligro envolviendo la ciudad. Al idioma sonoro que escucho en la actualidad se le añade la música rifeña saliendo de las teterías, que me entusiasma (salvo que al dueño le de por ponernos el disco treinta veces seguidas, lo cual ocurrió una tarde y casi aprendo árabe de tanto oír lo mismo); y se le añaden las discusiones, los enigmas verbales de los borrachos de veinticuatro horas y siete días a la semana, la jerga sucia y montaraz de los camellos, el júbilo de guitarras y timbales de los jóvenes en la plaza, y alguna vecina en bronca con otra mujer, y el ladrido de un par de perros.
En Salamanca abría la ventana y me llegaba otra letra: la de una ciudad culta, alegre y juvenil. Pero esto era un engaño porque uno sólo estaba allí durante el curso, y sólo en esos meses es cuando se oyen diálogos de estudiantes, salvas ebrias de quienes hacen botellón, el jaleo habitual del tráfico de un lugar pequeño, el jolgorio de las excursiones de chavales atravesando las calles y visitando los edificios emblemáticos, y a veces las frases sueltas de los ingleses y de los alemanes con beca.
Me dirán que también depende de la zona o barrio en los que uno viva. Tendrán razón, por supuesto. Pero es que aquí no pretendo revisar el idioma sonoro que le llega a todo el mundo, porque en principio eso es imposible. Hablo de lo que a mí me entró en los oídos. Tanto en Zamora como en Salamanca he vivido en varias casas y en muy distintos barrios. Lo que uno oye al abrir las ventanas de su cuarto en Zamora suele ser pausado. Si es verano se escucha con claridad el canto de los pájaros. Se escucha la respiración sosegada de una ciudad que procura esquivar las prisas, que no está acostumbrada a las tragedias ni a las sirenas ni a los helicópteros sobrevolando los tejados, y se escuchan las bocinas de los coches cuando el tráfico es lento y hay atascos y el personal pierde los papeles, y se escucha el griterío de los niños cuando salen de los colegios. Lógicamente en Semana Santa la canción varía, y la ciudad habla otro idioma: conversaciones de miles de ciudadanos y turistas, melodía de tambores y trompetas, y cierto alboroto emocionado en el aire. Aquí, en Madrid, durante las vacaciones las calles suenan igual (o con más sirenas), o eso me ha parecido. El carnaval no trajo otra música que la habitual. El nivel de ruido cambia poco.

sábado, marzo 11, 2006

El cronista de los suburbios (La Opinión)

Sabía que iban a publicar, a principios de año, los cuentos completos de John Cheever. La otra tarde estudiaba, un poco aburrido, las mesas de novedades de una librería cuando los vi, como oasis en un desierto de morralla y frivolidades: dos tomos flamantes, nobles y voluminosos, suaves al tacto, dotados de cubiertas con una blancura envidiable (la blancura que todos quisiéramos tener en nuestros dientes, en nuestros corazones y en las portadas de nuestros libros). "Relatos", se titulan ambos. En la portada del primero hay un dibujo de una jaula abierta con un pájaro dentro; un pájaro amarillo. En la portada del segundo hay un dibujo de una maleta surtida de pegatinas y sellos; una maleta naranja. En el fondo ha sido una faena que los publicaran en dos partes: significa que uno se gasta el doble de dinero. Pero merece la pena, es una satisfacción para nosotros, los lectores de Cheever.
Según cuenta Rodrigo Fresán, quien se ocupa de las ediciones de su obra en Emecé, en el setenta y ocho se publicó "The Stories of John Cheever". Aquello supuso el paso a la gloria para su autor: a sus pies se rindió la crítica y el público. Tenía la portada en diversos tonos de rojo, con la sombra de una C mayúscula tras el título. Y un prólogo de su cosecha, incluido en la versión española. Lo llamaban "El Gran Libro Rojo", apunta Fresán. Si no he contado mal hay sesenta y un cuentos. He leído muchos de ellos, y son auténticas maravillas. No ahora, que acabo de adquirir los ejemplares, sino en otras ediciones. Mi primer contacto con la prosa de Cheever fue en alguna librería de viejo, o en una feria del libro de ocasión. Cogí los relatos de "El nadador" y la novela "En la cárcel de Falconer" (reeditado hoy como "Falconer"). Eran ediciones distintas y baratas. Libros olvidados, reliquias que hedían a papel viejo. Me gustó el primero, pero no tanto el segundo. Sé que es pecado y lo admito: prefiero el Cheever de los cuentos; el de las novelas me interesa menos. Meses atrás leí "Esto parece el paraíso", que, aunque contiene párrafos admirables, me supo a poco. Fresán también nos dio hace años la antología de historias cortas titulada "La geometría del amor". La edición era impecable, con una fotografía del escritor en portada, una imagen en blanco y negro en la que aparece Cheever con cara de pájaro de ojos cansados y luchadores, junto a las vías del ferrocarril. La traducción de esos dieciocho cuentos es distinta a la de "Relatos". Aún no sé cuál de las dos resulta más acertada.
En mi biblioteca no faltan sus "Diarios". Todavía no los he leído, aunque a veces abro el libro al azar y ojeo reflexiones. Me ocurre con mis escritores favoritos: aplazo siempre alguna obra para que en el futuro exista el placer de la lectura del último de los textos que desconozco. Tendrán que rodar una película sobre su vida para que el público compre sus cuentos. Fue un analista feroz de los suburbios, y su personalidad no escatimaba en complejidades: bisexual, alcohólico, amargado, depresivo, mezquino, solitario. La suya era una personalidad atormentada, y así sucede con los grandes artistas (no veo síntomas de tormento en las letras de Gala o la Etxebarría, por citar ejemplos). Suele arrancar con principios simples y luminosos: "Esto lo escribo en otra casa de campo a orillas del mar, sobre la costa. La ginebra y el whisky han marcado anillos en la mesa frente a la cual me siento. Hay poca luz". La lectura de sus cuentos induce a la ebriedad literaria. El los escribió con el vaso de whisky a mano y nosotros nos dejamos llevar, mecidos en la balsa de su prosa. Como su famoso nadador, en esa travesía de piscinas que tiene regusto onírico y metafórico.

viernes, marzo 10, 2006

La competición (La Opinión)

El acontecimiento de estos y de los próximos días va a ser el macrobotellón de Madrid, convocatoria multitudinaria a la que se han ido sumando chavales de otras ciudades mediante mensajes de móvil y correos electrónicos. El aviso no me ha llegado por ninguna vía porque, entre otras cosas, en mí la juventud ya sólo es una sombra que se evapora. Lo de este botellón a escala gigante es una fiesta para competir. Alguien ha pensado: veamos si somos capaces de reunir más personal que en Sevilla. El caso es que todo el mundo está escandalizado, las autoridades se llevan las manos a la cabeza, en las columnas de los periódicos se exhorta a prohibirlo, y el gallinero está revuelto. Un escándalo, oiga. Yo incluso estoy pensando en mandar hacer un traje para rasgármelo; para rasgarme las vestiduras, digo. No estoy en contra del botellón, pero tampoco a favor. Incluso si la cita fuera a las puertas de mi casa no me asustaría: veo botellones a diario, sólo que no son chavales quienes beben, sino alcohólicos de cincuenta años e indigentes que duermen sobre el suelo, tapados con trapos y cartones.
Digo que no estoy en contra porque, si el problema es el alcohol, como dice la Ministra de Sanidad, dicho problema se da todos los fines de semana en las discotecas, los bares, los parques y los pisos de estudiantes. La gracia del asunto es que se arma la gorda cuando los chavales quieren chupar del frasco en la calle, pero no cuando lo hacen en un garito o se meten rayas en los servicios. Ya saben: el caso no es fumar o beber, sino el lugar donde fumas o bebes. Esa hipocresía, probablemente, empuja a que los muchachos quieran celebrar la primavera en mogollón y con litronas.
Pero también he apuntado que no estoy a favor. Me explico. La idea que tengo de los botellones (de los que hice antaño) es distinta: una reunión de cuatro amigos en algún parque, o en un bosque, bebiendo un whisky que no es de garrafón y charlando mientras cae la luz de la luna sobre las cabezas, y huyendo de los ruidos, de la algarabía propia de las discotecas, del bullicio, de las peleas y de los empujones. Una reunión tranquila, pero más barata que si uno se fuese a un garito. En aquel entonces era normal: no teníamos un duro y tampoco una casa para juntarnos. Una reunión contraria a lo que sucede hoy en tantos pubs: la otra noche, por ejemplo, me largué asqueado de un bar madrileño; estaba lleno de gente que le pisaba a uno, se le caía encima, se chocaba sin querer, se le apretujaba contra el cogote; me sentí como si estuviese en la última fase de hundimiento del Titanic. Por eso un botellón en el que, en vez de cuatro amigos, haya cuatrocientos mil fulanos bebiendo hombro con hombro no me gusta un pelo. Basta con hacer cuentas: la suma de alcohol, adolescencia, desconocidos, inexperiencia con la botella y ganas de armarla sólo da problemas, rotura de caras y costillas, comas etílicos, mucho ruido y una montaña de basura en la calle. El botellón que a uno le gusta es ese en el que, al final, te vas de allí abrazado a tu panda, en plena exaltación de la amistad y sin armar broncas ni romper farolas. No tienes cerca a un ganapán que no conoces y a quien, si le pisas por descuido un callo del pie, te arma la de Troya. Participo en uno de esos botellones al año, el único, con mucha menos gente; y es un calvario tener a tantos tipos extraños y pendencieros cerca. Porque algunos, con dos copas encima, parecen salidos de la berrea. Creo que el asunto del próximo viernes se ha hinchado en los medios. Lo más dañino para fomentar ciertas actitudes, ideologías y costumbres es la publicidad; y las prohibiciones. Si esta especie de provocación etílico-festiva no tuviese respuesta, si no hubiera escándalo, quizá ni la convocarían.

jueves, marzo 09, 2006

Contactos (La Opinión)

Ha vuelto al ruedo político. Él: José María Aznar, ex presidente y orador en inglés, ha regresado para echar unos discursos en la convención celebrada en Ifema. Pero lo cierto es que nunca se fue: su sombra siempre ha planeado sobre su partido y sobre su actual candidato, como suelen hacerlo las sombras de los ex presidentes cuando dejan el cargo. Nunca se fue, para alivio de las señoras que le votaban y lo veían como el tío bueno del PP: o al menos eso le gritaban antaño en mitad de sus discursos. El otro día Aznar pretendió dar una imagen juvenil, fresca, lozana, saludable, desenfadada: sale en una foto sentado en el suelo, junto a un sonriente Rajoy, azote de rojos y registrador de la propiedad, tal que si estuvieran los dos viendo la enésima edición del concierto de Woodstock. Les faltan las chapas pacifistas, la cinta sujetando el pelo y una guitarra para los intermedios. En cambio, llevan traje y corbata, y quizá por eso no se han puesto ese sello característico de los pijos universitarios que es el jersey de pico encima de los hombros. Admitamos que la foto no es seria, principalmente cuando detrás de ambos se ven dos butacas vacías con sus respectivos nombres. Podían haberse sentado con el resto, pero hubieran parecido del montón. Alberto Ruiz-Gallardón, alcalde de Madrid y verdugo de árboles, aplaude, y se ríe mientras los mira. Pero Ruiz-Gallardón es hombre más sensato que sus colegas y sospecha uno que en el fondo, bajo la máscara humorística, se está muriendo de vergüenza al comprobar la actitud de sus jefes, quienes recuerdan a dos colegialas que no se han depilado el bigote.
Esta fue una de las entradas triunfales de Aznar, la más cachonda o simpática (debería poner esta última palabra entre comillas). Pero luego hubo otra: su discurso negando sus antiguas negociaciones con los etarras. Grave error, y se ha cubierto de gloria: la gente se ha apresurado a bucear en las hemerotecas, y le ha sacado los colores al partido (no a él, que se le da una higa) al mostrarnos viejas imágenes de sus declaraciones en la radio, en la televisión y en los periódicos. Ojo, no crean que sólo se han exhumado los titulares de noviembre del año noventa y ocho de El País: también los de Abc y El Mundo entrecomillaban lo que dijo entonces. En esos días un Aznar con el pelo menos negro que ahora, pero con el mismo aire de sospecha en los ojos, apuntaba que iba a autorizar “contactos secretos” con el entorno de la banda terrorista. Incluso se refirió “al llamado Movimiento de Liberación Nacional Vasco”. Por supuesto, desde el Partido Socialista, como hace ahora el Partido Popular, se quejaban de no haber sido consultados. Según un titular de Abc, sin embargo, los socialistas no cuestionaban la iniciativa de fondo, sino las formas.
El discurso de Aznar en la convención ha servido, además, para darle ánimos a Rajoy. Quien escribiera la soflama que él leyó ha demostrado que el jabón en la espalda es importante para que uno no se hunda. Pero sonó un poco a lástima, como si el líder actual del partido diera pena y Aznar, sabiendo que el de la barba nunca estará a su altura, procurase darle unas palmadas de aliento en el brazo. Volviendo a si Aznar contactó o dialogó con los terroristas, debemos darle una oportunidad al hombre: ya saben que la memoria nos juega malas pasadas a todos, y que uno puede cambiar de opinión de un día para otro. Sucede a menudo con algunos entrevistados, que en plena entrevista se les enciende la boca y al día siguiente, cuando leen lo que el reportero transcribió de su grabadora, llaman por teléfono para decir: “Oiga, que yo no he dicho eso”. Pues lo mismo con Aznar. Es un suponer.

miércoles, marzo 08, 2006

Recomendación: Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, de Michael Chabon


De Michael Chabon había leído Chicos prodigiosos, novela que adaptaron al cine con buenos resultados: era el retrato de un escritor maduro, niño prodigio de las letras en su juventud, que se atasca en un libro-monstruo cuyas páginas crecen sin que atisbe el final.
En Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay asistimos a la historia, a través de dos décadas, de dos primos judíos a quienes durante la Segunda Guerra Mundial se les ocurre inventar un cómic protagonizado por El Escapista, un superhéroe que combate a los nazis. De este modo pueden elevar la moral de los ciudadanos de Norteamérica, y de quienes han emigrado de Europa, y luchar contra Hitler, aunque sólo sea desde las viñetas irreales de una serie de tebeos.
El trabajo de Chabon es, como el título de su libro, asombroso. Nos adentramos de su mano en el mundillo del cómic de los 40, en los círculos artísticos del Nueva York de entonces (con apariciones de personajes reales: Orson Welles, Salvador Dalí, Stan Lee, Dolores del Río), en el absorbente territorio de ilusiones de los magos y los escapistas. Arranca en Praga, cuando uno de los primos, versado en escapismo, trata de encontrar El Gólem antes de huir a Estados Unidos: esa primera parte resulta soberbia, la mejor.
Chabon no sólo se ha documentado hasta un punto obsesivo (empapa la narración de exhaustivas descripciones y de detalles históricos, geográficos, culturales; incluso ha rescatado los nombres de los paquetes de cigarrillos, de las bebidas, de los superhéroes y los dibujantes que había en el mercado, de las teorías acerca del cómic), también aborda el universo de las viñetas hasta el hueso mismo. Nada se le escapa, e incluso crea a superhéroes nuevos e inventa aventuras para ellos. Conocemos a dibujantes, empresarios, guionistas, soldados, ricos, pintores, cineastas, policías, magos, escapistas. Uno de los protagonistas aprende, con los años, que los trucos de cartas y de sombreros no constituyen la verdader magia: la verdadera magia, descubre, es la capacidad de evasión que tiene el arte, el modo en que a veces nos cura ciertas heridas o nos ayuda a olvidar el pasado.
La novela recibió el Premio Pulitzer. Pero habría que reprocharle algo: su extensión. Las 733 páginas de la edición de bolsillo, tan prolijas en detalles, descripciones, personajes, superhéroes, historia, teoría del cómic, etc, terminan pesando en el lector. Y en el último tercio del libro uno empieza a cansarse, saturado de tantísima información.

Pero no supe su historia (La Opinión)

Tuve que hacer un recorrido algo largo en el metro. Como iba solo, y no siempre me divierte estudiar a la gente, cogí de casa un periódico para entretener la espera. Al entrar en el vagón vi que había varios asientos libres. No suelo ir sentado en mis viajes en metro, principalmente para permitir que ocupen la plaza las ancianas y las madres con coche de bebé. Pero esta vez era distinto: el trayecto me ocuparía veinte minutos o una media hora, y ya digo que sobraban sitios libres, por lo que me senté. Fui pasando las páginas del diario. El vagón estaba medio lleno (otros dirían medio vacío), y pronto se completaron todas las localidades: no hubo butaca sin culo encima.
A mitad de etapa empecé a oír un ruido extraño y fluvial, como si alguien estuviera regando con una manguera el interior del vagón o, peor aún, orinando en el suelo. El sonido provenía de los asientos de enfrente, en el lado derecho. Miré hacia allí, pero los viajeros que iban de pie me impedían descubrir la procedencia de aquel chorro que empezaba a preocupar a algunas personas. Entonces lo vi: detrás de un señor, agarrado a la barra, apareció un flujo de color rosa y textura espesa. En el piso cubierto de goma se estaba formando un charco. Advertí que alguien vomitaba, casi metiéndonos a los pasajeros un manguerazo. No sé si alcanzó a algún fulano, pero no me hubiera extrañado que más de cuatro zapatos se llenaran de las consiguientes salpicaduras. Las dos o tres personas de alrededor se apartaron. Los demás, entre divertidos y asqueados, descubrimos quién rociaba con sus jugos gástricos el vagón. Era una señora a la que no pude ver la cara, pues se dio la vuelta al terminar y, unos segundos más tarde, cuando se abrieron las puertas en la siguiente estación, salió al exterior. Hasta entonces sólo habían huido un par de viajeros, probablemente con el calzado húmedo de motitas y manchas. Pero con la apertura de puertas entró el aire, y se formó una corriente que nos trajo el hedor agresivo de la vomitona. No era pequeña. Consistía en un charco rosado, como de puré de polo de fresa, y abarcaba mucho espacio. El perfume que trajo la corriente hizo que las personas de alrededor se cambiaran de sitio, y se fueran acumulando en el lado contrario del vagón. Me gustó cómo lo hicieron, el modo en que abandonaron su sitio: de uno en uno, en silencio, casi de puntillas, con esa actitud callada y recogida que poseen los madrileños ante ciertas afrentas al buen gusto. Ninguno pronunció una palabra. Pensé que, de haber sucedido lo mismo en una ciudad pequeña, la gente hubiera montado un fenomenal tinglado, soltando blasfemias, juramentos, comentarios en voz alta y críticas corrosivas.
Yo no cambié de sitio. Me bastó con mirar de reojo, casi al borde de la náusea, aquella vomitona de fresa (es la atracción por el abismo), y con colocar una mano bajo la napia, con intenciones de no respirar el aroma trasnochado y desagradable que despedía el charco sobre el que los nuevos pasajeros ponían, inadvertidos, la suela de los zapatos. Durante el resto del viaje me preocuparon dos cosas. Una: la señora. ¿Era una borracha, una viajera mareada por el traqueteo, una mujer con indigestión? ¿Qué ocurrió luego con ella? ¿Cuál era su historia? ¿Salió bien parada? Dos: el contagio. Observar y oler una vomitona son dos factores que empujan al contagio. Ves, hueles, sientes arcadas y vomitas. Estuve preocupado: ¿y si alguien no reprime la náusea y pota, y nos mezclamos todos en una orgía de vómitos? No pasó nada. Aguantamos el tipo. Unos minutos después abandoné el vagón, pero en mi cabeza persistían los interrogantes: ¿Qué fue de aquella señora? ¿Cuál era su historia?

martes, marzo 07, 2006

Rostro robado (La Opinión)

El domingo anterior el compañero Antonio Civantos escribía en su columna sobre Truman Capote y sobre cómo ha sido atrapado dicho autor, y a título póstumo, entre las fauces brutales de esos monstruos llamados comercio y publicidad. Entre otras verdades como puños, apuntó lo siguiente: “Millones de personas que jamás habían oído hablar de este escritor americano, súbitamente, como buitres hambrientos, se lanzan en picado y en tropel sobre su agitada vida de niño perdido. Más que buscadores nos hemos vuelto depredadores de cultura”. Señalaba, además, ese resurgimiento en forma de reediciones de sus libros, ese boom del momento. Durante el último mes he observado dicho fenómeno en las librerías, en la televisión, en los periódicos. Estoy de acuerdo con él, y con la certeza de que nos han brindado una película magnífica y una interpretación que resucita a Capote. Andaba dándole vueltas a la idea de escribir un artículo de contenido similar. Dado que Antonio se me ha adelantado con buen oficio intentaré, sin embargo, aportar alguna idea nueva al respecto.
La primera consecuencia del boom es que a Truman Capote, pérfido y seductor donde los haya, le han robado el rostro. En un literato, desde luego, son más importantes las palabras que la fisonomía. Pero uno se siente mancillado al ver ese rapto, o esa sustitución. La cara que vemos estos días no es la suya, sino la del sensacional actor Philip Seymour Hoffman, incluso cuando hablan de los textos del tipo que nos regaló “Música para camaleones”. Citaré ejemplos. A la publicación de su correspondencia (“Un placer fugaz”) y de su novela inédita (“Crucero de verano”), una editorial ha sumado la reedición de la biografía de Gerald Clarke. Pero en la portada de esta última no figura el careto subversivo de aquel genio a quien le entusiasmaba ser un encantador de oídos en los saraos literarios y en las fiestas de alto copete. Su semblante ha sido sustituido por el cartel del filme. Añagazas para vender más, ya saben. Pero sigamos. En el suplemento cultural de un diario analizaban la “fiebre Capote”. Le dedicaron al escritor la portada y varias páginas, ofreciendo a los lectores fragmentos de sus cartas y de esa novela que ahora sale a la luz. Apenas escribían de la película; acompañaron aquellas páginas con seis fotos, pero en ninguna de ellas estaba él. El reportaje era de literatura, pero en los retratos salía Hoffman. El colmo fue cuando se me ocurrió mirar en la web de la Fnac: a los autores más célebres o con más currículum les preparan una ficha en la que incluyen unos apuntes biográficos, una imagen del rostro y los títulos disponibles en el almacén. En lugar de una instantánea de Truman Capote hay una del actor que lo interpreta, P. S. Hoffman. Como si le hubieran hurtado la personalidad, y conducido de manera feroz hacia la maquinaria de los mercados, pero además arrebatado la cara, soliviantando su memoria. Sospecho que habrá gente que ni siquiera sepa cómo eran las facciones de aquel maestro de lengua viperina.
Por otra parte, hemos de admitir que a algunos, al menos a quienes conocíamos parte de su obra, esta “fiebre Capote” (que será pasajera para la mayoría) nos ha venido de perlas: por la doble oportunidad de ver una película que hace justicia a un escritor y de conseguir algunos libros descatalogados o difíciles de encontrar hasta ahora. Así, el otro día topé con el volumen de conversaciones íntimas entre él y Lawrence Groble, que nunca había visto en las librerías. Pienso que al viejo Truman le hubiera divertido mucho todo este festín comercial a costa de su nombre. Como dijo Cela: “Que hablen de uno, aunque sea bien”.

lunes, marzo 06, 2006

Lo mejor de la revista Rolling Stone (La Opinión)

Ayer hablaba de uno de los maestros del periodismo, cuyas crónicas deberían estar traducidas en España y vendiéndose como rosquillas, al menos entre los estudiantes del oficio y entre todos aquellos que trabajan en la prensa. Hoy quisiera hablar de unos reportajes que sí fueron traducidos. Es un libro de hace diez u once años. Un tocho de casi seiscientas páginas. Conservo el recuerdo de la portada, muy colorista, algo hippie, y por supuesto del interior, páginas que también deberían entrar en el programa de estudios de Periodismo; aunque, si no me equivoco, en algunas universidades lo recomiendan.
Me refiero a “Lo mejor de Rolling Stone”. Es una antología de las crónicas y reportajes que dieron fama a la revista Rolling Stone, en su versión americana. La preparó Robert Love. He dicho que conservo el recuerdo del libro. En aquel entonces, cuando Ediciones B tradujo y publicó esta maravilla, sólo tenía telarañas en los bolsos. El libro era caro y me tocó recurrir a la Biblioteca Pública de Zamora, que tantas veces ha saciado mi sed de lectura (y la Biblioteca Municipal de San José Obrero). Aún no habían remozado el edificio y la sala de préstamo de adultos estaba en el piso inferior. En aquellos pasillos estrechos pasé muchas horas, hojeando los libros y llevándomelos a casa de tres en tres. Pero no nos desviemos: tomé el ejemplar y lo leí con asombro. Reúne reportajes exquisitos, algunos escritos por figuras reconocidas del oficio, como Ken Kesey (autor de “Alguien voló sobre el nido del cuco”), Robert Greenfield (de quien acaban de reeditar su “Viajando con los Rolling Stones”), Hunter S. Thompson (el inventor del periodismo gonzo, conocido por “Miedo y asco en Las Vegas” y “Los diarios del ron”), Tom Wolfe (no hacen falta presentaciones) o Joe Eszterhas (guionista de “Instinto básico”). Aquellos reportajes no sólo eran una muestra brillante de ese Nuevo Periodismo, salvaje y aventurero, creado por Wolfe, sino un retrato del país a través de algunos de sus personajes célebres. Conocíamos al motorista acróbata Evel Knievel, personaje que en los setenta tuve como ídolo, gracias a una película que retrataba sus hazañas; nos hablaban de Elvis, de Michael Jackson, de Ron Kovic (el lisiado en el que se basaron para “Nacido el cuatro de julio”), de Patti Hearst, del tráfico de drogas y asesinatos en los que se vio envuelto el actor porno John Holmes (en ese episodio se inspiraron para el filme “Wonderland”).
La otra tarde, por alguna razón, me vino a la cabeza este libro. He empezado a buscarlo por las librerías madrileñas, pero de momento no lo encuentro. Quisiera tenerlo para releer algunas de las crónicas. En la página de la Agencia Española del ISBN está registrado junto a la leyenda “Agotado”. Es lo que tienen los libros: si no se convierten en best-seller, en unos años se agotan o la editorial dice que están descatalogados. Unos cuantos van a las trituradoras, y otros a las librerías de saldo, donde luego los chalados como yo los encuentran y se los llevan a casa bajo el brazo, con la sensación dulce y excitante de quien descubre un viejo y pequeño tesoro. Para colmo, cuando pides en algunas librerías el título que nos ocupa debes explicar que se trata de una antología de Rolling Stone, la revista. Stone, no Stones. Es diferente. Una tarde se lo pedí a la chica del mostrador de una librería. Consultó el ordenador y me dijo: “Ese no figura, pero tenemos otros títulos disponibles de los Rolling Stones”. Y empezó a recitar títulos. No, perdone: la revista. Me refiero a la revista. Aún ando a la caza de un ejemplar, sin perder la esperanza. Deberían reeditarlo.

domingo, marzo 05, 2006

Soberbias crónicas (La Opinión)

Me resulta incomprensible que algunos textos (cuentos, reportajes, novelas) de autores emblemáticos de Norteamérica no hayan sido traducidos en nuestro país. Algunos de esos escritores han visto recuperada sólo una parte de su obra en España en los últimos años: sería el caso de mis admirados John Fante, Richard Matheson o John Cheever, aunque las editoriales Anagrama, Valdemar y Emecé, respectivamente, se están ocupando de una lenta, pero admirable, labor de rescate de sus novelas y cuentos; o de los menos conocidos Jim Shepard, Stephen Dobyns y Joe R. Lansdale, de quienes han publicado algunas muestras narrativas las editoriales Tropismos, Circe y RBA. Son unos cuantos nombres que, sin forzar la memoria, me vienen a la cabeza en el momento de escribir estas líneas. Hay muchos más.
Pero hoy quisiera traer aquí a colación el nombre del casi desconocido Joseph Mitchell, maestro del periodismo escrito, una de las plumas claves del The New Yorker, y modelo para muchos reporteros. Mitchell falleció en el noventa y seis, a la edad de ochenta y siete años. Compuso ensayos, crónicas, retratos y reportajes que podían leerse como si fueran novelas cortas. Supe de Mitchell hace años. El asunto fue así: el actor Stanley Tucci se propuso adaptar al cine dos de esas crónicas, y dirigió una película que sólo puede rescatarse en algunos videoclubes, titulada “El secreto de Joe Gould”. Tucci interpretaba a Mitchell, e Ian Holm a Gould. Anagrama tradujo sendas piezas, “El profesor Gaviota” y “El secreto de…” y las reunió en un mismo volumen. Cuando salieron a la venta, cogí el libro de la Biblioteca Pública de Zamora y lo devoré. Me pareció tan fascinante que le dediqué un artículo entero en la publicación zamorana “Alma de Punk”. La investigación de Mitchell había sido asombrosa: Joe Gould era un fulano indigente y bohemio que iba pregonando por las tabernas y las calles de Nueva York que estaba escribiendo la “Historia oral de nuestro tiempo”, según él, la obra más extensa que se hubiera redactado. Mitchell entabló amistad con el tipo y lo acompañó por los ambientes bohemios, esperando con avidez a contemplar esa obra que se iba gestando en cientos de libretas, sucias de ketchup y café, y escondidas en distintos puntos de la ciudad. Lo leí de la Biblioteca, pero un día de estos saldré a comprarlo: debe estar en mis estanterías y me gustaría releerlo.
Pensé que aquel libro supondría el rescate del resto de las crónicas de Mitchell. Pero no fue así. Solía escribir sobre la gente de la calle. Dos títulos deberían ser traducidos y publicados ya: “Up in the Old Hotel” y “My Ears Are Bent”. Bastaría, incluso, con el primero de ellos, una antología que excluye el segundo título. Para el estudiante de Periodismo, sospecho, constituirían uno de los pilares de su aprendizaje, mucho mejor que esos mamotretos teóricos que obligan a leer en las universidades, y que aburren incluso a los muertos. Mitchell escribió crónicas alucinantes sobre las ratas de Nueva York, sobre domadores de pulgas, sobre los mohawks que trabajaban en los rascacielos, sobre los mendigos. Según cuenta Rodrigo Fresán en uno de los números de Radar, el suplemento de Página 12, Mitchell, tras publicar la última crónica de Gould, no volvió a firmar nada más. Pasó treinta y dos años en silencio, aunque acudía al despacho del New Yorker y cobraba su sueldo. Al parecer, durante esos años se dedicó a recorrer compulsivamente las calles, recogiendo objetos de los escombros de los edificios derribados y de los solares. Pretendía catalogar las reliquias de un mundo en extinción. Esperemos que alguien se decida a traducir su obra.

sábado, marzo 04, 2006

Avelina Zarzalejos

Yo también odié a Avelina Zarzalejos, puesto que la amaba más que nadie.
Tenía flores prendidas en los cabellos, unos ojos verdes y medio rubios y usaba vestidos vaporosos que denunciaban la rosa de sus pezones. Era la hija pequeña de un terrateniente pendenciero y atrabiliario que chuleaba de leontina y antiparras con montura de oro viejo. Nieta de un ameritado general, que murió a cuernos de un morlaco bajo las luminarias de los festejos anuales, Avelina se perfumaba con pieles de durazno, como una heroína literaria, y poseía un caminar lento de pies descalzos o con sandalias muy breves de piso que la emparentaba a una musa mitológica.
Seguir leyendo el relato.
(Hace tiempo publicaron este cuento de mi cosecha en El Fungible. Especial Relatos 2003. El libro se regalaba en bibliotecas y centros culturales. Hoy he descubierto que está colgado en la red. Hay cuentos estupendos. Recomiendo leer casi todos. El que nos ocupa está influido por la lectura de Tirano Banderas. Intenté imitar el lenguaje para contar una historia de amor; no sé si conseguí ambos objetivos, pero el relato quedó finalista de un premio).

Tentación (La Opinión)

Las estaciones de metro que suelo frecuentar en mis trayectos bajo tierra están, casi siempre, abarrotadas de gente. Sucede que, de vez en cuando, uno entra en otras estaciones distintas, a horas de poco ajetreo. Y camina, solitario, por pasillos muy largos, cuyas paredes reflejan la silueta de uno; son conductos con cierto regusto a pesadilla, de esos que, en nuestros sueños, no parecen acabarse nunca. No hay nadie cuando los atravesamos, e incluso el fuerte eco de nuestras pisadas nos acongoja un poco. Nos traen a la memoria las fotos que hemos visto de los antiguos manicomios y de esas bases secretas y subterráneas que salen en las historias de espionaje. Pero, antes de avanzar por esas cavernas iluminadas con fluorescentes, uno debe sacar del bolsillo o de la cartera el bono de acceso. El bono de diez viajes que tantos habitantes de la ciudad cobijan entre sus pertenencias, y cuyo precio ha subido al comenzar el año. Entonces, mientras uno, con su pose de ciudadano ejemplar, introduce el ticket en la ranura de los torniquetes de entrada y salida, las ve.
Se trata de las personas que se cuelan. En esas estaciones en las que, a determinadas horas, no hay apenas un alma y ni siquiera se ven vigilantes junto a las puertas y han cerrado las taquillas que expenden los billetes, siempre observo la maniobra hábil de algunos, para colarse sin pagar un céntimo. Supongo que habrá de todo en este acto picaresco (delincuentes, mendigos, cantautores callejeros, pilluelos adolescentes). Pero siempre sorprendo a los mismos: matrimonios, gente ya talludita, personas sin pinta de habitar el otro lado de la ley. Lo de “sorprendo” es un decir, pues se cuelan con la naturalidad del mago repitiendo un viejo truco que nunca le falla. Por esta razón me apetecía contar la anécdota. Quienes uno ve colándose en el metro no ostentan el clásico perfil que nos imaginamos. Parece un acto sencillo: no es necesario ni siquiera saltar o pegar un bote, basta con acercarse al torniquete de salida, mover la barra en forma de asa cubista hacia uno y pasar al otro lado. Pero se necesitan arrestos para hacerlo. Observo a maridos entrados en años que se paran ante la barra, la abren, dejan paso a la señora y luego van detrás de ella. En el metro, pero también en casi toda la ciudad (hay estudios que lo demuestran), hay cámaras por doquier que registran nuestros movimientos. Hasta el punto, he leído, de que podrían reconstruir el itinerario de nuestras vidas juntando los videos que nos han filmado a diario. Por eso me parecen valientes esos matrimonios, y esas madres que se cuelan con el bebé.
En esas ocasiones me asalta siempre la tentación. La tentación de guardar el billete en el bolsillo e intentar colarme yo también. No para ahorrar unos céntimos, sino por el placer que conllevan estos actos. No disimulen, saben a los actos que me refiero, aunque nunca los llevemos a cabo, o sí. Esas tentaciones: colarse en una discoteca que cobra por entrar cuando el portero se distrae, hurtar cualquier objeto de las habitaciones de un hotel, meter en los bolsillos algún producto de una tienda en la que no hay guardias ni controles a la salida cuando el tendero nos da la espalda. Nos acomete una descarga de adrenalina, padecemos un sudor frío y el placer nos escala por el cuerpo. Pero no lo hacemos. O, al menos, yo ya no lo hago: en la adolescencia cedí a estas tentaciones unas cuantas veces. En el metro, cuando los señores se cuelan, estoy tentado de imitarles. Me vence la imaginación: fantaseo con que un guardia entra en el metro justo cuando muevo la barra, y me detiene, me denuncia, sacan las cintas como prueba y me hace pagar un pastón de multa. Así que no lo hago.

viernes, marzo 03, 2006

Melquíades Estrada y Alfredo García (Literaturas.com)


En una de las mejores películas de esta temporada, “Los tres entierros de Melquíades Estrada”, dirigida por Tommy Lee Jones y escrita por Guillermo Arriaga, hay algunas conexiones con otras obras cinematográficas y literarias que hacen las delicias del amante de cinéfilos y lectores. Principalmente las influencias literarias, pues Arriaga es escritor y Lee Jones ha confesado la influencia de algunos autores a la hora de dirigir su película. Así, en “Los tres entierros…” encontramos ese aire violento y brutal de las largas cabalgadas por la pradera que aparecen en las novelas de Cormac McCarthy, y también su visión sobre la violencia.
Pero, a mi juicio, esta exquisita película conecta, sobre todo, con uno de los grandes clásicos de Sam Peckinpah. Me refiero, por supuesto, a “¡Quiero la cabeza de Alfredo García!”, en la que su protagonista viajaba por los desiertos mexicanos con la cabeza de un hombre metida en una bolsa. Las moscas y la corrupción propia de la carne convertían su viaje en una especie de paranoia por el infierno; un infierno en el que hacía calor, silbaban las balas y todo olía a muerte. En “Los tres entierros de Melquíades Estrada” hallamos algo parecido: para empezar, la inclusión en el título del nombre del cadáver que sirve de excusa para desencadenar toda la acción; además, el periplo de los protagonistas con un muerto a cuestas, periplo que, por supuesto, cambiará sus vidas; en tercer lugar, ese México de paisajes polvorientos y habitados por hombres al margen; y, por último, la atmósfera malsana y crepuscular que se respira, y que tanto le gustaba al viejo Peckinpah.
Este filme, que contiene grandes interpretaciones de Tommy Lee Jones y de Barry Pepper (y un cameo del guionista), supone un acercamiento a algunos de los grandes temas de la literatura: el dolor, la culpa, la redención, la pérdida, la muerte. Arriaga y Lee Jones nos devuelven la pasión por un género en el que aún hay mucho que contar: ese género que casi cohabita con el western y que supone un retrato de la frontera entre Estados Unidos y México y sus personajes al filo de la navaja.
(Este texto pertenece al número de marzo de la revista Literaturas.Com)

Encontrar casa (La Opinión)

Cuando vi en algún sitio, no recuerdo si en un periódico o en un blog, el logotipo ese de Keli Finder pensé que se trataba de publicidad de una marca nueva de cereales para el desayuno de los chavales. Si se fijan bien, coinciden dos elementos: Keli se parece a Kellogg’s, los míticos cereales del doctor John Harvey Kellogg que todos hemos comido en la infancia; y el logotipo, las letras en estilo desenfadado y en rojo, también es clavado al de la caja de esa misma empresa. Puede que hayan intentado darle un toque sanote y juvenil (porque identificamos el nombre y tipo de letra de los Kellogg’s con un desayuno saludable, nutritivo y energético), pero lo único que hacen es despistar al personal. No lo digo por el parecido del logotipo, sino por la elección de las dos palabras extrañas o incomprensibles para mucha gente. Oiga, que estamos en España. Sí, ya sé que hay mucho inmigrante que necesita piso. Pero, repito: estamos en España. Alguna gente desconoce el inglés y la jerga. No miento: juro que tuve que preguntarle a alguien, antes de oír las explicaciones que daban respecto a la Finder de marras, qué significaba Keli. Significa “Casa”, en jerga, me dijeron. En cheli, o así. Porque Finder ya lo sabía, proviene del inglés, de To Find: es “Encontrar”. Keli Finder viene a ser algo como “Encontrar casa”, pero en guay, en enrollado, en jerga joven y sobradamente preparada.
Resulta que, lo sabrán de sobra cuando lean estas líneas, Keli Finder es el portal que han creado conjuntamente el Consejo de la Juventud y el Ministerio de Vivienda, y que, según se lee en su página, es “una herramienta pionera en nuestro país ya que es el primer portal que recoge y trata todas las convocatorias y ayudas en materia de acceso a la vivienda y anuncios oficiales sobre futuras viviendas que publican los ayuntamientos, las comunidades autónomas y el propio Estado”. El primer error es la elección del nombre, insisto: la mezcla esa de jerga vieja, en desuso, y de un palabro anglosajón. Y que conste: no soy de esas personas que odian la manera en que nuestro idioma se está impregnando (cada día más) de anglicismos. Me molesta un poco el exceso: que hables con un fulano de la calle y la mitad de sus palabras sean inglesas. Pero, por otro lado, hemos incorporado vocablos que resulta difícil no usar, principalmente los relacionados con la informática. Si tienen la costumbre, como yo, de ver películas norteamericanas en su idioma original, pero subtituladas en castellano, se habrán dado cuenta de algo: cuando los personajes hablan, van mojando sus diálogos de palabras en español, y eso también se encuentra en los libros escritos en USA; por lo general, el traductor nos pone una nota, o un asterisco junto a varias palabras en cursiva, y aclara: “En español, en el original”. Al otro lado del charco tienen la costumbre de meter en sus conversaciones jerga hispana. No veo mal que nosotros hagamos lo mismo. Al fin y al cabo es el spanglish, que tiene su gracia; pero la tiene en el habla callejera, no en temas serios que atañen a los ministerios del gobierno de un país.
Vamos con el segundo error. Lo decía Eva Hache en su programa: el problema no es encontrar piso, pues los hay a patadas; el problema es tener dinero para comprarlo o pagar cada mes el alquiler. No pueden conseguirte casa, dicen, pero ayudarán a buscarla: ofreciendo información y regalándote zapatillas. Juventud y vivienda son dos palabras que en estos tiempos, cuando van juntas en la misma frase, se convierten en patatas calientes. Esta iniciativa sólo servirá para hacer ruido, y para que se den cuenta de que el sistema para acercarse a los jóvenes no es “ser enrollado”.

jueves, marzo 02, 2006

Diane Arbus: la pesadilla americana (La Opinión)

Este es, sin duda alguna, el año de Diane Arbus. Admito que no conocía su trayectoria y su nombre no me sonaba o no lo recuerdo. La vida y la obra de esta fotógrafa están de moda. En las últimas semanas se han escrito reportajes en periódicos y en suplementos dominicales en torno a su trabajo, han reeditado su biografía (escrita por Patricia Bosworth), en Hollywood preparan “Fur”, una película sobre su leyenda, protagonizada por Nicole Kidman, y en Barcelona se exhibe, gracias a la Fundación La Caixa, la exposición “Diane Arbus. Revelaciones”. Dicha muestra comprende alrededor de doscientas imágenes, además de cartas, cámaras y cuadernos de notas. La exposición, dicen, no viajará a otras ciudades de España.
La peculiaridad, según leemos en los periódicos y según se advierte en sus fotografías (pueden consultarse en el Google Imágenes), radicaba en que Arbus se apasionó por el lado marginal y sórdido de la América de los años cincuenta y sesenta. El recorrido por sus criaturas es apasionante, ya que ella no tardó en desarrollar cierto gusto morboso por lo raro, influida por las obras “Alicia en el País de las Maravillas”, de Lewis Carroll, y “Freaks (La parada de los monstruos)”, de Tod Browning. Entre sus fotografiados hay mendigos, prostitutas, travestidos, enfermos mentales, enanos, gigantes, tragasables, mellizas, hombres atravesados por alfileres o con el cuerpo entero cubierto de tatuajes, familias de nudistas que no tenían reparo en mostrar su tonelada de michelines ante las cámaras. Un vistazo a las fotos supone una especie de viaje extraño, próximo al mundo de David Lynch, por territorios marginales y por las pesadillas que se incuban en los bajos fondos y en las barriadas. A Diane Arbus le entusiasmaban los excéntricos y los monstruos, y todo aquello que se alejara de su infancia de chica bien. Algunas de las imágenes ponen los pelos de punta: como esas niñas mellizas, tan parecidas a las niñas fantasmas que sacó Stanley Kubrick en los pasillos kilométricos de “El resplandor”, o la estampa siniestra de una mujer, en una silla de ruedas, que oculta sus facciones con una máscara terrorífica. Recopiló parte del material fatigando los vagones del metro, los circos, las chabolas, los hoteles y pensiones, los tugurios. En su colección se incluyen, además, retratos de gente famosa (Borges, Mia Farrow, Norman Mailer, etcétera). Pero en todas se refleja la humanidad de los retratados.
La imagen más perturbadora, o enigmática, o lo que prefieran, es la titulada “Gigante judío en casa con sus padres en el Bronx, Nueva York”. Tres personajes, como el título indica, habitan el cuarto, en el que vemos dos sofás, cortinas, una lámpara de pie y otra de mesilla, un par de cuadros. A la derecha está el padre, un hombre de bigote recortado, gafas de montura negra, traje y corbata. En el centro de la pieza, la madre: una señora gruesa, con gafas y un vestido sin mangas. A la izquierda, el gigante: lleva zapatones, se apoya con la mano derecha en un bastón, tiene el cabello rizado y una joroba que lo obliga a encorvarse y a parecer menos alto de lo que es. Los padres no le llegan a la altura del pecho. Lo que nos sacude son las miradas: en el perfil del gigante se adivina cierta sombra de pesar, como si fuera uno de esos hombres acostumbrados a masticar tragedias, burlas y depresiones; la madre lo observa con los ojos muy abiertos, casi alucinados. La autora dijo que había logrado captar una pesadilla recurrente de las mujeres encintas: cuando sueñan que van a concebir a un monstruo. La pesadilla, real, se consolida en los ojos maternos. Arbus, por cierto, se suicidó en el setenta y uno, tras ingerir barbitúricos y cortarse las venas en la bañera.

Recomendación: David Boring, de Daniel Clowes



Esta es la primera novela gráfica que leo de Daniel Clowes, autor de culto en el mundo del cómic, principalmente gracias a su exitosa Ghost World (que no conozco, aunque he visto la espléndida película del mismo título que dirigió Terry Zwigoff). Era consciente de que su autor cuenta historias un poco raras, enigmáticas, donde se cruzan personajes sin que sepamos muy bien el motivo.

No es fácil contar el argumento, ya que suceden todo tipo de cosas absurdas, y al mismo tiempo divertidas. David Boring es un tipo obsesionado, a quien le gustan las mujeres de belleza no convencional. Así, prefiere los culos anchos, las caderas grandes, y huye de la perfección. Sin embargo, en la primera página está haciendo el amor con una modelo, que no le entusiasma, pero así puede impresionar a alguno de sus amigos. Así es Boring. Convive en un piso junto a una lesbiana y no tarda en verse metido en problemas: se enamora de una tal Wanda, ella le deja, alguien le dispara a la cabeza, sobrevive y su madre lo lleva a una extraña isla donde empiezan a suceder asesinatos y amoríos. Clowes, la figura clave del undergorund, toca temas como el lesbianismo, el incesto, la infelicidad, la búsqueda del padre. Lo mejor: los dibujos y las reflexiones del joven protagonista. En alguna entrevista, Clowes ha dicho: "Por desgracia, yo soy un personaje de Daniel Clowes".

miércoles, marzo 01, 2006

Mal tiempo y buena cara (La Opinión)

Días de nieve. Se agradecen. El sábado pasé todo el día fuera de casa. Viajamos a la sierra madrileña y no había contado con la sorpresa de encontrar un paisaje nevado. Antes de partir olvidé que la nieve estaba cayendo en medio país. Ha sido un fin de semana algo desapacible: no hubo sólo nieve, sino también mucho frío, viento y lluvia. Estuve observando, de camino, la blancura de las montañas, de las cunetas, de los tejados, de los campos. Parecía un paisaje fantasmal o un paisaje de leche, como si lo que uno viera no fuese real, sino parte de un sueño. La nieve y la lluvia contienen ese poder. Al bajar del coche y poner los pies en tierra sentí ese crujido del que les hablé en otra ocasión. El crujido reconfortante de un sendero cubierto por la nieve. No iba preparado y mis zapatos, frágiles, no resistieron el empuje brutal del suelo helado. Se me calaron los calcetines. Cinco minutos más tarde los pies me dolían tanto que estuve tentado de pedir en una tasca una sopa caliente y echármela de tobillos para abajo. Entramos a comer a una bodega y, al salir, creo que un par de horas después, tuve que soportar una decepción: el paisaje blanco ya no lo era, había trocado su pureza por los tonos verdes de los bosques y los matojos. Se había fundido la nieve, por el sol o tal vez por la lluvia. La sensación fue extraña: interponer una puerta entre uno y el mundo y, transcurridas dos horas, encontrarse el paraje contrario. Me dio la sensación de que me había trasladado en el espacio, pero no en el tiempo, pues la luz era parecida antes y después: gris, lechosa, onírica, fantasmal, imprecisa.
Por la mañana, en cambio, en la ciudad había caído una lluvia fina, de esas lluvias impertinentes o mojabobos. Son las peores. Cree uno que no se moja porque caen cuatro gotas débiles, y no le importa no cubrirse, no guarecerse en un portal o bajo el toldo de una tienda, y entonces se queda a la intemperie, sin nada entre él y el cielo, y en cinco minutos está calado. Por la tarde esa lluvia incomodó a los transeúntes. La acompañó el viento, para hacer más desapacible el día.
Pero hubo suerte durante la noche y la madrugada: nevó en la ciudad. Caían copos del tamaño de una moneda de cien pesetas, aquel tipo de moneda que nos recordaba a los doblones de las novelas y películas de piratas. Si es difícil pillar un taxi libre a las tantas de la mañana de un sábado, la otra noche fue aún peor. A la hora de regreso a casa el metro estaba cerrado, y no hallé ninguna luz verde en las calles, la luz verde de los taxis libres, que en las noches heladas supone, cuando uno la ve, una emoción similar a la del caminante que divisa un oasis en el desierto. Avistar esas luces supone, si el clima nocturno es cruel, un faro en la tiniebla. Reconozco, no obstante, que no me amargó el hecho de no conseguir un taxi. Pude, así, caminar durante media hora mientras una lluvia de copos me envolvía. Toda la ciudad soportaba en la noche ese velo blanco, pero también unas ráfagas de viento. La nieve no cuajaba, y empezaron a formarse en las calles charcos grandes y pequeños riachuelos. Tuve la impresión de que regresaba a casa nadando. Y el resultado no fue muy distinto que si hubiera hecho unos largos en una piscina o atravesado un lago: se me empapó el pelo, se calaron otra vez los zapatos, incluso se humedecieron los pañuelos de papel que guardaba en los bolsillos del abrigo. Al entrar en casa me miré en el espejo, para comprobar si me habían crecido agallas y aletas dorsales. Afuera, el velo blanco iluminaba las calles y las fachadas de los edificios. Me pregunté cómo sería el paisaje, a esas horas, en mi ciudad, con la que estuvo cayendo.