Mi prólogo se puede leer completo: aquí.
"En lo que me concierne, no soy un escritor, soy alguien que escribe…" (Thomas Bernhard)
“La ley de los cerros era una carga, un peso terrible, como un collar de cuero para una mula de trabajo. Él se mantenía leal a un modo de conducta que era irrelevante, que quizá siempre lo había sido. A los cerros les daba igual y a él le importaba demasiado. Quizá había llegado la hora de echar el freno”, escribe el narrador en esta novela, nueva entrega de la serie sobre el ex investigador de homicidios Mick Hardin, tras Los cerros de la muerte, Los hijos de Shifty y La ley de los cerros, todas leídas y recomendadas en este blog, con el mismo equipo de ases detrás: Chris Offutt (autor), Javier Lucini (traductor), Sajalín (editores), y la misma destreza para estructurar una historia que, además de seguir los patrones del género, nos habla sobre todo de la vida en esas regiones donde habitan tipos duros y mujeres de armas tomar, y del desarraigo con el que carga su protagonista, alguien en cuya vida todo “era provisional”, y que para mí sigue siendo lo mejor de la saga. Otro pelotazo de Al Margen. Un fragmento del segundo capítulo que describe la situación de Hardin en esta entrega:
Mick Hardin iba por la estrecha carretera asfaltada que atravesaba los cerros en el vehículo oficial del condado. Había aceptado el cargo de sheriff hasta que su hermana se recuperase del balazo sufrido en acto de servicio. Era el todoterreno de Linda y del retrovisor colgaba un ambientador con la silueta del Bigfoot. Reproducía la popular imagen de la criatura tomada de perfil en plano americano, a media zancada y con la cabeza vuelta hacia el fotógrafo por encima del hombro peludo. El cartón despedía olor
a pino, o a lo que el fabricante consideraba que olían los pinos, que era algo a lo que no olía ningún árbol que Mick conociese. Antes lo había olisqueado tentativamente para ver si subyacía algún otro aroma bajo la intensa tufarada química, quizá un vago efluvio de tierra añeja o musgo en descomposición. Pero nada, solo aquel olor artificial a desinfectante barato para inodoros.
Linda había decidido pasar la convalecencia bajo el techo de Shifty Kissick, y Mick se había mudado a casa de su hermana. Todo en su vida era provisional, incluido el rol de sheriff. Podía tomarse por una especie de metáfora de los cerros de la zona oriental de Kentucky, la transitoriedad permanente. Lo único inconmovible era la propia naturaleza: acérrima, hermosa, benévola y cruel.
[Sajalín Editores. Traducción de Javier Lucini]
Éste es el único libro que tengo firmado por Francisco Umbral, una primera edición que compré en una caseta de la Feria del Libro de Madrid del año no-sé-cuántos, en la que yo era el único visitante (mientras las stars de turno que no son escritores congregaban colas interminables en otras casetas).
Fui aplazando su lectura porque es una de sus obras más voluminosas, pero por fin lo he desempolvado y lo he leído en estos días, por rememorar aquel encuentro de 2 minutos de la FLM. Son una especie de memorias, seguramente con bastante ficción... pero eso no le resta encanto ni talento. Es uno de sus libros más logrados y divertidos, donde pasa revista a poetas, folclóricas, cineastas, buscavidas, políticos, bohemios, periodistas y no sé cuánta gente más de los ambientes madrileños de los años 60, 70 y principios de los 80.
Da gusto leer textos de alguien como Umbral, y no lo digo por lo evidente (su prosa feroz y pulida, su humor socarrón, su ráfaga de metáforas): esta vez lo digo porque reconforta leer a alguien sin autocensura, sin un lenguaje políticamente correcto, sin cortarse un pelo incluso aunque a veces pueda ofendernos.
[Editorial Planeta]
En determinado pasaje de esta novela, la familia observa a una corneja cuyo nido cayó al suelo. Sin ese cobijo le será difícil salir adelante. Esto se convierte en una de las metáforas principales del libro: la madre acaba de abandonar al padre junto a 2 de sus hijas y está embarazada de nuevo y sin un hogar y nos preguntamos cómo puede una criatura (sea un ave o un bebé) criarse y crecer sin la protección de un nido. La novela de esta autora irlandesa refleja lo difícil que lo tienen todas esas mujeres que deciden poner fin a la relación con un marido peligroso y se echan a la calle sin ayudas, sin medios económicos, sin un apoyo laboral y con unos ahorros que apenas alcanzarán para unos días. Y, mientras tratan de salir adelante como pueden, el marido acecha, miente, merodea, se viste de oveja, implica a sus padres, prepara el terreno con abogados, acorta la distancia con la mujer... Una pesadilla que se repite a diario en muchos domicilios. Es un libro duro y emotivo que describe con precisión el miedo y la incertidumbre, con esa sequedad que poseen los autores irlandeses para mostrarnos el lado áspero de algunas vidas actuales. Un fragmento:
Cualquier cosa que diga será un error. Las palabras no sirven. Tiene que dejar el lenguaje atrás y pasar a la acción. Coge un trapo de cocina.
–¿Qué hostias haces ahora?
–Limpiar el fregadero. –Le tiemblan las manos–. Siento haberte ofendido. No era mi intención.
–No me jodas. No lo sientes en absoluto. ¿Qué coño te pasa? ¿Estás loca o qué? No me extraña que no tengas amigas. No te aguanto más.
–Ryan, por favor, ¿no podríamos…?
–He dicho que no te aguanto más.
Ryan se levanta, la silla chirría sobre las baldosas, la empuja tan fuerte que retumba al caer. Ciara se sobresalta.
Él la esquiva como si fuera una infección repugnante y lanza la taza al fregadero con tanta rabia que el asa se rompe y la espuma de jabón y las manos de Ciara se llenan de esquirlas de porcelana. Ryan sale de la cocina y da un portazo tan fuerte que la lámpara
se cae de la mesa. La bombilla revienta y la habitación se sume en la oscuridad.
Le tiemblan las manos, pero no suelta la bayeta. Fairy limón. El pulso le martillea en los oídos, ensordecedor. Ciara se ha convertido en la casa. En la silla volcada. En la bombilla hecha añicos. En el asa rota. Son sus huesos y su sangre.
[Sajalín Editores. Traducción de Maia Figueroa]