viernes, abril 01, 2011

La métrica del olvido, de Luis Ingelmo


Se sentaron los dos. Les ofrecí una copa, un vodka con hielo, con tónica, escocés con leche, lo que quisieran. Rechazaron todo. No bebían, dijeron los dos. La cosa tomaba mal rumbo. No beber por norma, por principio, es casi tan malo o peor que hacerlo por esa misma razón. Cualquier acción o palabra dicha o hecha por principio, porque sí, porque tiene que ser así, acaba llevando a la gente al frente, a la hoguera o a la cruz. Estaba claro que tenía delante de mí a dos sujetos peligrosísimos. Ellos tenían folletos. Tenían claridad de ideas. Tenían el alma en orden. Y, aún más, tenían fe. Yo no tenía nada de todo eso. Y estaba a punto de quemar mis libros, por los que aquella pelirroja había sentido un arrebato de admiración.

[Del relato “Una cuestión de principios”]

***

Dos enfermeras y un doctor rodeaban a mi abuelo. Habían abierto un biombo que le separaba de los otros dos inquilinos de la habitación. Al fin intimidad. Mi abuela aguardaba de pie en el pasillo, los brazos cruzados, la espalda contra la blanca pared. Le brillaban los ojos con lágrimas contenidas. Uno de mis tíos le pasó un brazo por encima del hombro. Y sin gemidos, sin hipo, sin un solo sonido en su garganta, mi abuela lloró por primera vez desde que mi abuelo había caído enfermo. Ahora ya podía hacerlo. Ya no tenía que seguir cargando ella sola con todo. La mano en el hombro la había ayudado a dejar el pesado madero en el suelo.

[Del relato “Réquiem por los que no se llaman Tomás”]