Hace 12 horas
viernes, agosto 22, 2014
martes, agosto 19, 2014
Carrefour es el Anticristo, de Ricardo Moreno Mira
[…]
Contengo un breve ataque violento. Lo reprimo. Me lo trago. La úlcera me quema en el estómago. Marco el 2. Las burocracias, como las religiones primitivas, practican la ciclicidad y el eterno retorno. Un "dejà vu" paranoide y brutal. Las grandes empresas son pequeños Estados, como pequeños Estados en miniatura. Copian ese delicioso aparato burocrático donde un hombre puede perder la razón y la calma fácilmente… Tratan de que pierdas la serenidad y la cabeza, o que desistas de cualquier empeño. Te arrojan a un laberinto de máquinas y robots parlantes hasta la extenuación.
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HABUC 1, 2
¿Cuándo serán consolados los enfermos, los tullidos, los idiotas?
¿Cuándo seremos saciados los que tenemos hambre y sed de Justicia?
¿Cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo?
¿A cuántos gilipollas más, uno tras otro, veré aún desfilar ante mis ojos…?
¿Cuánta sangre escupiremos, cuánta mierda aún tragaremos?
¿Hasta cuándo los "Hijos de Puta" nos mangonearán y pastorearán como borregos? ¿Cuántas pollas chuparemos? ¿Cuántas?
¿Cuántos culos lameremos? ¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo nos joderán, mangonearán, explotarán y exprimirán?
¿Hasta cuándo, Señor? ¿Cuándo será nuestro el Reino de los Cielos?
¿Cuándo seremos consolados? ¿Cuándo alcanzaremos misericordia?
¿Cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo tendré que oír los pedos, meadas, toses y gritos de mi vecino? ¿Hasta cuándo tendré que saludar a las clientas, marujas cabronas, hasta cuándo seré dependiente del Burger King, empleado de Zara, reponedor del Hiperber?
¿Hasta cuándo tendré que aguantar a los listos, a los que intentan joderme en el trabajo, a los que me putean cada mañana y cada tarde y cada noche? ¿A los que me engañan, a los que me pitan en el coche, a los que van despacio en la carretera?
¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo tendré que soportar 1.000.000 de imbéciles electrizados por el fútbol ante sus pantallas y en los gigantescos estadios de hormigón y acero?
¿Hasta cuándo tendré que aguantarme las ganas de partir, a uno de todos esos cabronazos que se rapan la calva y conducen coches tuneados, los morros?
¿Hasta cuándo me lavarán el cerebro un día y otro día con las misma canciones en la radio, El Canto del Loco y Alejandro Sanz, hasta tenerlas grabadas a fuego en mi mente?
¿Hasta cuándo me seguirán vendiendo y vendiendo cosas, Señor? ¿Hasta cuándo intentarán hacerme sentir culpable por comprarlas (por los chinos que trabajan por un plato de arroz y los pakistaníes que dan sus hijos en adopción por tener dinero para mantenernos vivos)?
¿Hasta cuándo dejarás que las hijas de puta marujas de mierda con "permanente" de 20 euros y chal sobre los hombros intenten desquiciarme en el trabajo?
¿Hasta cuándo iremos de compras al Carrefour y Mercadona, con tintineantes carritos de la compra, aguantando colas interminables y pagando como si fuésemos imbéciles, con caras de imbéciles?
¿Hasta cuándo seremos monigotes, carne de cañón, consumidores del Gran Mercado, y ciudadanos de la Puta Democracia?
¿Hasta cuándo los imbéciles leídos criticarán mis libros con comentarios como "tiene que limar sus ingenuidades" o "se acerca con buen ánimo a la gran poesía universal" o "tiene el mérito de crearse una mirada poética ante el mundo; lo cual en los tiempos que corren no carece de mérito?
¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo tendré que esperar para mandarlos a todos a la mierda?
¿Hasta cuándo veré morir a los buenos, a los que son generosos y sencillos; mientras las arpías y buitres, secos como la mojama o gordas como morsas, siguen aferrados a la vida, y disfrutándola?
¿Cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo?
¿Cuándo heredarán, Señor, los "mansos" la tierra?
[Ediciones Lupercalia]
viernes, agosto 15, 2014
Un relato en El Cuaderno
En julio salió un nº especial de relatos de verano de El Cuaderno. Y ahora, en agosto, ya está en la red la 2ª parte de este Summertime. Un verano de cuento y tengo el honor de participar con un relato, "Al final de la carretera". Por lo que yo sé, ahora la edición es exclusivamente digital y de pago. Aquí va el enlace.
Nuevas maneras de matar a tu madre, de Colm Tóibín
Se reúnen en este tomo unos 15 ensayos del irlandés Colm Tóibín. Uno de los vínculos temáticos (y el principal) es el de las relaciones entre varios escritores célebres y sus familias, y de cómo algunos trataron de borrar de su obra la influencia (perniciosa o benigna, según el caso) de su padre o de su madre, o de cómo los ensalzaron en sus textos de ficción, o de cómo sufrieron su ausencia desde su juventud. Según cuenta Tóibín, por ejemplo Jane Austen y Henry James sustituyeron el papel materno en muchos de sus libros por el personaje de una o varias tías, tías de los protagonistas que son esenciales en el desarrollo de la trama. Casi todos los ensayos son fascinantes porque están muy bien narrados y porque el autor parte con ventaja dado que el material de partida es jugoso: véanse las historias familiares de Thomas Mann y los suyos, o todo ese pasado negro que John Cheever escondía bajo la alfombra y que descubrimos leyendo sus diarios, o la relación entre Tennessee Williams y su hermana, o las tensiones entre W. B. Yeats y su padre…
Otro de los vínculos temáticos es Henry James. Aunque el libro se divide en 3 partes (una especie de intro sobre James y Austen, historias sobre escritores de Irlanda e historias sobre escritores de otros países), la sombra del primero planea por todo el volumen, y a menudo es citado; Tóibín es un experto en Henry James, del que ya escribió The master. Retrato del novelista adulto.
Y un tercer vínculo es la homosexualidad. Aunque no todos los autores sobre los que trata este libro fueron homosexuales, sí lo fueron la mayoría, o bien eran bisexuales o llevaron una doble vida. Aparte de los citados, encontramos historias y anécdotas sobre Sebastian Barry, Brian Moore, Roddy Doyle, Jorge Luis Borges, James Baldwin o Hart Crane. Muy interesante. Muy recomendable. Tres fragmentos:
En familias como los Yeats y los James, en las que las discusiones sobre el arte y el estilo formaban parte de la vida emocional y se tenía en gran estima la escritura, los ataques al tono de la poesía y la prosa podían utilizarse para enmascarar otros ataques o volverlos más virulentos. La crítica literaria llegó a ser la moneda con que se pagaban antiguas enemistades familiares.
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[…] en junio de 1921, John Butler Yeats escribió a su hijo, que rondaba los cincuenta y cinco:
Nunca eres más feliz ni son más oportunas tus palabras que cuando en la conversación describes la vida y haces comentarios sobre ella. Pero cuando escribes poesía es como si te pusieras el frac, por así decirlo, y te obcecaras y olvidaras qué resulta vulgar en un hombre con frac. Estoy convencido de que algún día escribirás una obra sobre la vida real donde la poesía será la inspiración, como lo es la propaganda en las obras de G. B. Shaw. Lo mejor de la vida es el juego de la vida, y algún día un poeta descubrirá que es así. Confío en que tú seas ese poeta. Es más fácil escribir poesía alejada de la vida, pero es infinitamente más emocionante escribir poesía de la vida.
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La lasitud es uno de los grandes temas de Beckett. En agosto de 1930, cuando trabajaba en el libro sobre Proust, escribió: "No puedo hacer esta jodida cosa. No sé si empezar por el final o por el principio". En diciembre, una vez acabado el libro, escribió al editor de Londres para decirle que no había añadido nada. "No puedo hacer nada aquí, ni leer ni pensar ni escribir. De manera que dentro de un par de días se lo mandaré por correo sin haber introducido prácticamente ningún cambio. Debo disculparme por lo absurdo que ha sido todo el proceso. Esperaba que la parálisis me proporcionara un distanciamiento más generoso". El mes siguiente, explicó por carta a MacGreevy: "No consigo escribir nada. La frase más simple es una tortura". Poco después volvió a ponerse en contacto con MacGreevy desde Londres: "Si lograse idear algún pretexto para escribir un poema, un relato o lo que fuera, me sentiría bien. Supongo que estoy bien. Pero a veces me asusta la idea de que se me haya curado la comezón de escribir. Supongo que es por este sitio del carajo y este tiempo del carajo". Al cabo de dos semanas, nada había cambiado: "No me veo capaz de escribir diez o doce palabras seguidas sobre ningún tema". Un año más tarde, de regreso en Irlanda, seguía sin haber el menor avance. "Me resulta cada vez más difícil escribir y creo que en consecuencia escribo cada vez peor". En 1934, confió por carta a su primo: "No puedo trabajar, de la misma manera que un hombre no puede hurgarse la nariz y enhebrar una aguja al mismo tiempo. De modo que ya casi he desistido".
[Lumen. Traducción de Patricia Antón de Vez]
jueves, agosto 14, 2014
La cama pintada, de Donald Hall
Un par de meses atrás recomendé aquí Without, el sobrecogedor poemario que Donald Hall escribió tras la muerte de su mujer, la poeta Jane Kenyon. La cama pintada es una especie de continuación de aquel libro, o mejor dicho: un poemario que complementa a Without. Aunque hay diferencias: los poemas ya no se centran en la enfermedad, sino en el tiempo posterior al funeral, en "la vida después de la muerte", como se titula una de las partes del volumen. También hay momentos en los que el poeta recuerda su vida junto a ella, o poemas muy extensos en los que se mezcla el pasado con el presente para hablarnos de la infancia del autor, de la casa en la que vivió junto a ella, de la naturaleza y de cómo todo se va marchitando tras una ausencia. Aquí, sin embargo, hay cierta esperanza, simbolizada en los poemas del último apartado, en los que Hall cuenta sus aventuras sexuales, y cómo se va recobrando tras la pérdida al renacer el deseo. El primer verso del último poeta, no obstante, golpea: Envejecer es perderlo todo. Como golpean estos versos de la parte central: Piensas que la muerte / de ellos es lo peor / que te podía pasar. // Y además no resucitan.
SILLA PLEGABLE
La última vez que Jane se mostró en público
fue en el funeral de nuestro primo
Curtis, muerto con tres días
en los brazos de su madre.
Yo llevaba una silla plegable
y Jane se agarraba firme
mientras cruzábamos por el hielo
con el viento más frío del año
hasta la tumba del niño.
Jane se sentó tiritando, con lágrimas,
pálida y envuelta en abatimiento
y lana. Nuestros vecinos
y nuestros primos nos saludaban con la cabeza,
nos sonreían y desviaban la mirada. Sabían
quién los iba a reunir allí la vez siguiente.
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LA LABOR DE LA MUERTE
Me despierto cuando el perro gime. Me pincho
el dedo. Me inyecto insulina.
Me coloco la dentadura.
Me fumo un cigarrillo.
Me inquieto y me estremezco.
Le doy de comer al viejo perro. Escribo versos
sobre la autocompasión. Me traen el Boston Globe.
Bebo café. Me como un bagel. Leo
apresuradamente.
Me fumo un cigarro.
Nunca me olvido
de comparar mi paciencia con la del Santo Job.
Alargo la tarde.
Paseo al perro. No escribo.
Apago la luz.
Me fumo un cigarrillo
mirando el crepúsculo.
Espero a que salga la jodida luna.
Caliento la lasaña. Paseo y maldigo.
Bebo oporto
para resistir la soledad.
Me fumo un cigarrillo.
Duermo. Sudo.
Tengo pesadillas hasta que el perro gimotea.
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EL TACTO
Los meses de ausencia se van ligero.
En sueños toco su piel
y me despierto al amanecer, furioso
una vez más de saber
que era su almohada
lo que emulaba el roce de una muerta.
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SOL
Los dos lo vivimos: Aquel día fue una isla,
colmada de rocas y faros y amantes,
en el océano espléndido. En el continente
las gentes se dedicaban a sus asuntos, engullían
el Times, mirando por encima del café y del pan de avena,
mientras que nosotros subíamos por la pasarela
hacia un sueño particular de satisfacciones, como si la dicha de un día
pudiera unirnos tanto como el dolor,
como si el rompeolas fuese un banquete sin
saciedad, como si pudiéramos pasear cogidos de la mano
sin nadie alrededor, como si el silencio y el viento
azul se convirtieran en una cala atlántica en la que bañarse,
y el aire se transformara en pequeñas mariposas
color púrpura revoloteando entre las flores de la maleza.
Cuando volvimos a los cafés de la ciudad ya anochecida
nuestra intimidad se vio colmada rodeados de desconocidos.
[Valparaíso Ediciones. Traducción de Juan José Vélez Otero]
miércoles, agosto 13, 2014
Bulevar 20, de Miguel Alcázar
Gabriel
[…]
Yo me noto sonriendo pero estoy mirando alrededor de mis amigos, fijándome en la gente que nos rodea, observando desde mi posición privilegiada este bulevar repleto de veinteañeros como yo. A estas horas el bar está ya bastante lleno, y la gente está distribuida en pequeños grupos de amigos y conocidos. Cada uno de estos grupos parece responder a una organización diseñada por un estilista temático, con un criterio selectivo sobre los aburridos grupos sociales de la España de hoy en día: los pijos están con los pijos, los pelonchos –grupo bastante amplio que puede ir desde el perroflauta al jipijo– con los pelonchos, los deportistas están todos juntos, e ídem con los de tribus urbanas antiguas (mods, rockers, retros). Otros grupos más radicales, como los góticos y los bakalas, están en otros sitios (en la Taberna del Tao o en las discotecas del polígono) y luego están las chicas normales que, como el normal de Sergio, también están juntas. Lo que me fascina es la homegeneización, cómo todos parecen haber pasado un casting muy exigente para poder formar parte del grupo en el que están, en el que todos pueden vestir igual y tener las mismas referencias culturales (sabes que a los pijos les gusta El Canto del Loco, sabes que a los porreros les gusta Melendi) y en el que pueden obtener una cohesión de grupo que les permita sentirse parte de algo mayor que ellos mismos y funcionar en sociedad, del mismo modo que en las fotos de Facebook, etiquetados.
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Eduardo
La chica es superguapa, una auténtica princesa, y les digo voy a por birra solo pa' poderla ver. Según me acerco caminando –sus ojos como llorando– me pregunto qué le pasa y qué es lo que podré hacer. La maría que llevo dentro, y el saberme de papeo que la vergüenza es algo feo que no me puede vencer, me llevan hasta ella, sin prisa o ligereza, queriendo ante esta chica hacerme bien valer. Mientras me espero a que esté libre, de treintañeros comealpiste, me fijo en lo preciosa, en lo guapísima que es, y cuando se gira lo hace, sin color en las mejillas, y eso sí que es un crimen, se lo tendré que devolver. "Hola, guapetona", con sonrisa bobalicona; "¿qué es lo que quieres?", más arisca que un ciempiés. "Quiero una cerveza y que sepas que estás muy buena", ella me mira y me sonríe: "desde aquí a marihuana puedo oler". Sonando los doble uve, yo sonrío ante el cumplido, y es que está todo clarito, ya la empiezo a convencer. Cuando le digo "es una lástima que seas la camarera", ella me sonríe y suelta un "claro, ya lo sé". Me pregunta "y qué me pierdo", a lo cual no le contesto, pero para mis adentros pienso "pronto vas a ver".
[Varasek Ediciones]
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