Hace 15 horas
martes, mayo 22, 2012
lunes, mayo 21, 2012
Hierático, de Fco. Javier Pérez
Llegué a una playa de arena blanca que no reconocía. Me arrastré
fuera del agua, llevándome conmigo, adherida a la ropa, una pátina de vertidos
tóxicos y excrementos líquidos. Sentía náuseas, pero no pensaba meterme los
dedos en la garganta para provocarme el vómito. Me incorporé y eché a caminar. Un
crujido bajo la bota derecha. Agaché la cabeza y comprobé por qué nunca había
oído hablar antes de una cala de arena blanca en alguna parte de la ciudad,
donde sin duda los pocos románticos que quedasen acudirían a celebrar sus
happenings de medianoche. Acababa de pisar la calavera fosilizada de una
gaviota. La playa era un cementerio natural para aquellos a quienes sólo el mar
rendía homenaje arrastrando sus restos a la orilla. La arena, polvo de hueso y
ceniza. Apreté el paso. Salí de la playa abriéndome paso entre una barrera de
arbustos bajos, siempre con la cabeza alzada, tratando de encontrar un punto
mediante el cual orientarme. Me resistía a reflexionar. Me resistía a cualquier
acción, incluso la de meter las manos en los bolsillos del tres cuartos para
comprobar si algo de aquella purpurina hipnótica se había depositado allí, con
tal de que la mente no se me perdiese tratando de reseguir el dibujo de puntos
entre la absurda escaramuza con Nommo y el ahora. El ahora venía marcado por
llegar a alguna parte, a poder ser segura, en la que adecentarme, sentarme y,
si me sentía de humor, cortarme las venas o algo así. Al otro lado de la
barrera vegetal, aparecí en mitad de un cinturón de autopista de cuatro
carriles. Bailoteé sobre el asfalto para sacudirme los restos de polvo de hueso
de las botas. Por lo visto, estaba en algún punto de la Avenida Diagonal. Pero todo
lo que me rodeaba era radicalmente distinto a lo que estaba acostumbrado. Como en
combinación con el extraño cielo, que a pesar de lo cálido de su coloración me
provocaba un escalofrío entre la columna y la entrepierna, los edificios habían
mutado. Rojizas, de textura cárnica, allí donde solía haber balcones, las
fachadas de pisos a medio derruir estaban pobladas de tentáculos que goteaban
un líquido blancuzco; las puertas de entrada eran bocas verticales rodeadas de
vello oscuro, duro, grueso y brillante, algunas alargadas y otras perfectamente
redondas y cerradas: el encalado granate, surcado por arrugas desordenadas y finas
líneas epidérmicas como capilares excitados, exudaba una sustancia oleosa de
perfume almizclado; una vibración de espejismo recorría todo el paisaje.
Ralph Fiennes es Charles Dickens en The Invisible Woman
Ralph Fiennes interpreta a Charles Dickens en la película The Invisible Woman, basada en la célebre biografía de Claire Tomalin que, esta semana, Aguilar pondrá a la venta en España.
viernes, mayo 18, 2012
This Must Be the Place
Por lo que he podido leer por ahí, esta película del escritor y
cineasta Paolo Sorrentino provoca dos reacciones opuestas: o la amas o la
odias. Yo la vi hace unos días y estoy en la primera categoría, aunque
reconozco que, al principio, con ese personaje tan incómodo al que da vida Sean
Penn, tenía mis reservas. Pero, a partir de un punto, el protagonista debe
viajar a Estados Unidos y la película se libera de sus corsés, la mirada del
director se amplía y el personaje de Penn evoluciona. Llega un punto en el que
no nos parece tan ridículo.
Cheyenne (un extraordinario Sean Penn, que borda su papel y
coloca a su personaje en las fronteras entre lo ridículo y lo sublime) es un
cantante retirado y deprimido, una especie de copia de Robert Smith, el solista
de The Cure (incluso, en cierta ocasión, cuando debe mentir, dice que se llama
John Smith, en un guiño evidente a R.S.), un tipo que se mueve por la calle
como un fantasma, que se viste de gótico o de siniestro, que se maquilla a
diario y que, en el exterior, despierta la mofa, la admiración y el recelo, dependiendo
de quién lo mire. Un día recibe la noticia de la inminente muerte de su padre,
un judío que estuvo en los campos de concentración nazis, y Cheyenne viaja a
Estados Unidos. Es, a partir de entonces, cuando las claves que el director
había sembrado se van abriendo: emerge el pasado de Cheyenne, que sólo podíamos
intuir, y se van conformando los territorios por los que se mueve el personaje.
Hay también algo muy atractivo, al menos para mí, en este
filme: la mirada del extranjero. La mirada del europeo sobre Estados Unidos. Sorrentino
pasea la cámara por EE.UU. al más puro estilo Win Wenders. Cheyenne se topa con
un montón de tipos raros, aún más extraños que él. Lo que les pasa es sólo
sugerido, en la mayoría de los casos: de esos personajes apenas sabremos nada,
son como esbozos, como jirones que han quedado en la sala de montaje o en el
borrador del guión o en la cabeza de Sorrentino (ahí es donde se le nota el
oficio de novelista: esa multitud de historias de personajes secundarios que,
en la película, no se despliegan, logrando que aún parezca más enigmática de lo
que es).
No faltan, tampoco, ciertas sentencias gloriosas que oímos
por boca de Penn. La que más impacta es aquella en la que le dice a una
camarera que se ha conformado con ese trabajo tras la barra: Sin darnos cuenta, pasamos de una edad en la
que decimos «Mi vida será así» a una edad en la que decimos «Así es la vida».
jueves, mayo 17, 2012
El temor del cielo, de Fleur Jaeggy
La niña crecía sin
que le faltara nada. Y ahora, en la cama, estaba muy enfadada con sus padres.
Saben que no puede dormirse sin el beso de buenas noches. Hacia las cuatro de
la madrugada Porzia entró en su habitación. Se sentó en la cama. Mamá y papá ya
no volverían nunca. La niña, la señorita, grita de rabia. Porzia debe decirle
por qué no le han dado el beso de buenas noches. Es lo único importante.
Porzia, durante un instante, piensa que se ha vuelto loca. ¿Es posible que no
haya entendido que los padres están muertos? Los han encontrado en el lago,
dijo midiendo las palabras. Si eso es cierto, si responde a la verdad, Doris
quiere verlos. Los verá, piensa Porzia, en los dos ataúdes, arreglados, con los
rostros cubiertos por un velo. Porzia acaricia a la niña. Agotada por la
noticia y por el horror, los párpados exhaustos, se duerme. Tal vez sea verdad,
que están muertos. Porzia permanece aún unos momentos en la habitación, hasta
que la respiración se vuelve tranquila y regular.
[Del relato “Porzia”]
[Traducción de Flavia Company]
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