sábado, junio 17, 2023

Los últimos días de los hombres perro, de Brad Watson

 

Brad Watson, se sabe leyendo este libro de relatos, tenía una sensibilidad especial para capturar las inquietudes tanto de los humanos como de los animales y los múltiples conflictos en torno a ellos. Eso me atrajo en cuanto tuve noticia de esta novedad de Dirty Works. Reconozco que también me embarga cierta debilidad por las vidas truncadas: Watson murió a los 64 tacos, lo que sin duda a mí me interesa porque me abre interrogantes y especulaciones (¿cuántas obras habría escrito de llegar a los 90?, ¿su calidad iría en ascenso o en declive?, ¿hubiera abandonado la escritura?, etcétera).  

Los últimos días de los hombres perro, con traducción de Javier Lucini, reúne 8 magníficos relatos que se abren con una cita de David Gordon White sobre el perro como álter ego del hombre. En todas las historias hay canes. Pero no en todas adquieren la misma importancia. A veces son el motor central (por ejemplo, en “Una bendición”, en el que una pareja se desplaza hasta una casa de campo para comprar un perro; o en “Bill”, donde a una anciana le comunican que su caniche está muy viejo y “habría que dormirlo”), y en otras ocasiones son sólo accesorios o “personajes secundarios” (como en “Un retiro”, en el que dos tipos van de caza y se llevan a una perra para que cobre las piezas mientras hablan de sus cosas).

Algo que me gusta mucho de Watson, y que suele ser propio de escritores como Raymond Carver y en ocasiones de Richard Ford, es su naturalidad para tratar 2 temas o conflictos en una misma historia: véase el caso de aquel cuento de Carver en el que un matrimonio tiene que lidiar con un pastelero borde y con el accidente de su hijo. El caso ejemplar de Watson es “El velatorio”, donde encontramos 2 líneas narrativas: Sam trata de encontrar a una perra moribunda y maloliente que merodea por su propiedad y, además, recibe una caja enorme de la que sale una voz (la de su ex novia, que ha decidido enviarse por correo postal) ante la confusión del protagonista: “¿Por qué cojones te has enviado en una caja?”. A Marcia, la chica, le pareció “un toque creativo”. Así que Sam tiene que resolver dos problemas, al estilo carveriano: encontrar al animal y tal vez reconciliarse con su ex.

Watson captura en estas historias muchos males de las vidas cotidianas: el dolor de las parejas que se disolvieron, la gente de la tercera edad que va afrontando las cosas como puede, los tipos encantados de oírse contar historias ante un público de amistades que trasiega alcohol, los sueños rotos y las infidelidades… De vez en cuando se permite cierto toque lírico que le va como un guante a la narración. Veamos un ejemplo para cerrar este comentario:

Entonces nos tambalearemos de vuelta a la casa ruinosa y a nuestras camas. Y todos nuestros sueños rodarán hacia la depresión del centro del caserón y se estancarán allí, mezclándose con las corrientes que se cuelan por debajo de las puertas, con las hojas desmenuzadas del año pasado, los escíncidos reptantes y los sueños de los perros, que seguro sueñan con la persecución, la caza, las perras en celo, la mezcolanza de viejos rastros con sus propios olores mohosos.



[Dirty Works. Traducción de Javier Lucini]    

Glenda Jackson (1936 - 2023)

 


En Aleteia: Paul Schrader: los trayectos de la culpa a la expiación

 

Aquí

Cartel del reestreno de Oldboy

 


Mission: Impossible - Dead Reckoning Part One: más carteles

 





miércoles, junio 14, 2023

Cormac McCarthy (1933 - 2023)

 


Para ser novelista, de John Gardner

 

 

Para la mayoría de la gente, incluso para quienes no leen excesivamente, el ser escritor tiene algo especial y vagamente mágico, y les cuesta creer que alguien a quien conocen personalmente –y bastante corriente en muchos aspectos– pueda serlo. Suelen sentir por el joven escritor una mezcla de cariñosa admiración y de lástima, ya que les parece que el pobre es un inadaptado. Que yo sepa, ninguna actividad humana requiere más tiempo que escribir, y es muy raro que alguien llegue a ser un escritor de renombre sin pasar varias horas al día sentado ante la máquina. (Incluso al profesional de éxito le puede costar un rato entrar en situación; se tarda horas en escribir unas cuantas páginas en borrador, y muchísimas en revisarlas hasta dejarlas en condiciones de poderlas leer varias veces sin retocarlas.) Por necesidad, el escritor, a diferencia de algunos de sus amigos, no deja de trabajar a las cinco; si tiene mujer e hijos, no puede dedicarles tanto tiempo como su vecino a los suyos, y si es digno de su profesión, se siente culpable por ello. Debido a la dificultad que entraña su arte, el escritor no prosperará tan notoriamente como los demás: mientras sus amigos de colegio o de la universidad se convierten en socios de prestigiosos despachos de abogados o abren sus propias funerarias, él puede estar aún sudando su primera novela. Incluso habiendo publicado uno o dos relatos en revistas acreditadas, el escritor duda de sí mismo. En los años que he pasado dedicado a la enseñanza una y otra vez he visto a jóvenes escritores con talento evidente mortificarse casi hasta el anquilosamiento por creer que no cumplían con sus obligaciones familiares y sociales, por creer –aun habiendo conseguido publicar varias narraciones– que estaban haciendo castillos en el aire. Cada negativa por parte de un editor es un chasco tremendo, y un discreto comentario de apremio por parte de algún familiar –“¿No te parece que ya va siendo hora de que tengáis un hijo, Martha?”– puede desatar una crisis. Sólo la fortaleza de carácter, reforzada por el aliento de los pocos que creen en él, permitirá al escritor superar esta mala época. El escritor debe convencerse como sea de que sí se toma en serio la vida, tan en serio que está dispuesto a correr grandes riesgos. Debe encontrar la forma –con humor malicioso o de cualquier otra manera– de repeler los ataques que con buena o mala intención se le dirigen.

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El escritor sigue enviando sus originales, y sigue y sigue, y no hace más que recibir negativas, manuscritas o impresas, hasta que llega un momento en que, como muchos otros tan prometedores como él, desiste. Sus profesores y compañeros de clase le alaban, su mujer no entiende las negativas; pero la desesperación del escritor se impone. Es algo terrible pasarse cinco o incluso diez años escribiendo y que nadie acepte lo que se ha escrito. (Lo sé por experiencia.) Así que, al final, otro buen escritor que se pierde. (Que a nadie se le ocurra hacer caso a quienes dicen que todo buen escritor acaba consiguiendo publicar.) En tan precaria situación, cuando se está a punto de renunciar, el escritor necesita tres cosas: la seguridad, confirmada por alguien cuya opinión respete, de que lo que escribe tiene calidad para ser publicado; una idea clara de cómo funciona el mundo editorial, para que la situación le afecte lo menos posible; y todo el respaldo posible por parte de sus profesores y amigos. Y hay otra cosa que, desde luego, no le perjudicará: un “contacto”, un escritor, agente o crítico famoso que le pueda ayudar.

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Para el escritor o la escritora, no hay mejor manera de mantenerse que vivir de su cónyuge. Lo malo es que, psicológicamente al menos, es duro, aun cuando al citado cónyuge le sobren los medios. A ninguna de las falsas lecciones de nuestra cultura se le da más importancia que a la que dice que hay que ser independiente. De ahí que el escritor novel o aún desconocido, a quien bastante trabajo le cuesta creer en sí mismo, tenga que soportar, además, la carga de la vergüenza.

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Quien no esté dispuesto a escribir como un verdadero artista, principalmente por necesidad, hará bien en dirigir sus esfuerzos hacia cualquier otra cosa.



[Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja. Traducción de Víctor Conill]

Cartel de Suitable Flesh

 


Ghostbusters: Afterlife 2: primer cartel

 


En Aleteia: Las últimas estrellas de Hollywood (The Last Movie Stars)

 

Aquí

Cartel de Coup de chance

 


Expend4bles: primer cartel

 


John Romita Sr. (1930 - 2023​)

 


Mission: Impossible - Dead Reckoning Part One (): 4 carteles

 





Treat Williams (1951 - 2023)

 


Tiene algo de casa tomada

Tiene algo de casa tomada. La
lámpara que de pronto
no se enciende más, las cosas que dejan de funcionar
y como podemos sustituimos unas por otras. El deterioro que causa
el paso del tiempo, los días ya meses, y sin poder avisar
a nadie. Nosotros dentro. En esta casa tomada, tomada también
por nuestra soledad, nuestra tristeza, el desánimo inadvertido pero tenaz
que nos va inundando con los días. Casa tomada
estos días y nuestra vida en ella, también ya
casa tomada los poemas.


Santiago Montobbio, Los poemas están abiertos

Cartel de They Cloned Tyrone

 


Nuccio Ordine (1958 - 2023)

 


lunes, junio 05, 2023

Amor sin fin, de Scott Spencer

 

De niño, en el cine de mis abuelos, vi la película Amor sin fin que dirigió Franco Zeffirelli y protagonizaron Brooke Shields, Martin Hewitt y unos debutantes Tom Cruise y James Spader (era la primera película de Cruise y la segunda de Spader). Mi recuerdo, que podría estar equivocado, me retrotrae a una historia un poco ñoña sobre los amores y las calenturas de una pareja de adolescentes. Nunca me fijé en que estaba basada en una novela del escritor norteamericano Scott Spencer. Hasta ahora, que acaba de llegar a España en traducción y edición de Muñeca Infinita, una de mis editoriales favoritas de los últimos años.

No sé si mi recuerdo está deformado o no, pero la novela es otra cosa. Algo radicalmente distinto. Algo amargo, duro, con conexiones con Alguien voló sobre el nido del cuco y las novelas sobre tipos neuróticos y obsesionados con una mujer. Si Zeffirelli mostraba, sobre todo, la historia de amor que la novela nos cuenta en forma de flashbacks (por así decirlo), en estilo indirecto y en orden cronológico (con el incendio del inicio situado a mitad de película), Scott Spencer arranca ya con la tragedia, y poco a poco alterna el pasado con el presente.

Nos sitúa en el momento en que un muchacho, David Axelrod, el narrador del libro, prende fuego a la casa de los familiares de su novia, Jade Butterfield, porque el padre de ella le ha prohibido verla y acercarse por allí durante un mes. El amor de David por Jade le vuelve loco, le mete en paranoias, en obsesiones, le obliga a cometer actos de los que luego se arrepiente pero son irreparables y acarrean consecuencias como la comisaría, el calabozo, los juicios, el ingreso en hospitales para reparar su salud mental…

Es decir, no estamos ante la típica novela de amor sino todo lo contrario. Durante más de medio libro David entra y sale de sanatorios, mantiene una relación tensa con sus padres y recuerda algunos episodios de sus amoríos y cómo se obsesionó con Jade pero también con el hermano y los padres de ella. A medida que avanza la narración, y aunque a Axelrod no le está permitido acercarse a la familia, irá buscando huellas y rastros y domicilios y teléfonos, como si fuera un perturbado, una especie de psicópata romántico, para ver de nuevo a Jade y tratar de recuperar la vieja amistad con sus familiares.

A lo largo de 560 páginas Scott Spencer construye toda una vida, la de David Axelrod, matizada siempre por un amor adolescente que se le escapó de las manos, que lo condujo a vulnerar la ley, hacer daño a las personas de su entorno y cometer actos ilegales e inmorales. Es una historia que mezcla sexo, amor, neurosis, obsesión y combina los ingredientes de una manera asombrosa. Spencer convierte este material en una novela mayúscula, en la que se palpa entre líneas que, entre el amor y el odio, hay una línea tan fina que a menudo somos incapaces de reconocerla. Así arranca:

Cuando tenía diecisiete años, obedeciendo los mandatos más urgentes de mi corazón, me alejé del camino de la vida normal y en un momento arruiné todo lo que amaba; lo amaba tan profundamente que, cuando el amor se interrumpió, cuando el incorpóreo cuerpo del amor retrocedió aterrorizado y mi propio cuerpo fue encerrado, a todos les costó creer que alguien tan joven pudiera sufrir de manera tan irrevocable. Pero ahora han pasado los años y la noche del 12 de agosto de 1967 todavía divide mi vida.



[Muñeca Infinita. Traducción de Inmaculada Pérez Parra]

Barry Newman (1930 - 2023)