sábado, octubre 29, 2016

Los reconocimientos, de William Gaddis



A un libro como Los reconocimientos hay que acercarse con fe. Fe en la literatura. Fe en las posibilidades del autor. Porque consta de casi 1.400 páginas. Yo tengo fe de sobra en el tema, lo que ocurre es que no siempre dispone uno de tiempo. Y un tocho de tal calibre, que exige tanto al lector (atención, tiempo, brazos fuertes), requiere que nos entreguemos a él sin pausa, leyendo varias horas diarias (y eso lo pude hacer a principios de septiembre). Yo ya había leído todo lo que publicó Sexto Piso de William Gaddis y me faltaba esta novela, que fui aplazando porque se cruzan lecturas y porque hay que estar muy preparado para sumergirse en un viaje tan largo, tan completo y tan dificultoso.

Es curiosa mi relación con William Gass y William Gaddis, pues cuando, antaño, frecuentaba casi a diario la Biblioteca Pública de mi ciudad de origen, veía las obras de ambos que aquí publicó Alfaguara (cuando Alfaguara era otra cosa, un proyecto más literario que comercial) y siempre estaba tentado de llevármelos, pero luego los dejaba para otra ocasión porque parecían densos en todos los sentidos. Lo más gracioso es que yo no había oído hablar jamás de Gass ni de Gaddis. Pero me atraían mucho aquellas ediciones.

Los grandes libros no pueden explicarse, nos dice Gass en el prólogo. Y es cierto que explicar Los reconocimientos es una tarea vana, dada la multiplicidad de capas, de personajes, de historias, de alegorías, de citas y de referencias que encontramos en la novela. Podemos resumir, en líneas generales, sus intenciones: arranca con un sacerdote que enterró a su mujer en un pueblo de España, continúa con su hijo (quien acaba dedicándose a falsificar cuadros) y deriva hacia otros ámbitos y personajes, ramificándose en otras tramas y en otras ciudades (París, Nueva York, Madrid, Roma, etcétera), invocando en sus páginas a un montón de personajes mediante los que nos explica, entre otros muchos factores, la crisis de valores del siglo XX, donde todo es susceptible de ser copiado y plagiado y falseado, en una etapa de tiempos oscuros en los que ya no importaba la veracidad de una imagen, sino sólo la posibilidad de la misma; donde no importaba ser un autor, sino parecerlo: un retrato ácido por el que pululan los impostores, los falsificadores, los jetas, los vividores del tres al cuarto, los críticos incapaces de crear, los listillos y los que son capaces de vender su alma (o a su madre) al Diablo. Como vemos, la cosa no ha cambiado mucho en el siglo XXI.

No he querido indagar en las influencias literarias de Gaddis cuando escribió este libro a los veintitantos años (una proeza absoluta), pero mientras la leía me resonaban tres autores: James Joyce (sobre todo por Ulises), Thomas Wolfe (sobre todo por El ángel que nos mira) y John Dos Passos (sobre todo por Manhattan Transfer). A mi entender, posee la mirada moderna y vanguardista y revolucionaria del primero pero alojada en la estructura clásica del segundo, sin olvidar ese recurso del tercero consistente en hilar una amalgama a menudo confusa de voces y sonidos.

Es el libro que más me ha gustado de Gaddis porque coincido con lo que me dijo José Luis Amores unos días antes de que yo empezara a leerlo: que, durante la narración, siempre están ocurriendo cosas, a la manera tradicional de, no sé, Dumas y Dickens: hay subtramas, continuos cambios de escenario, diálogos que parecen interminables y a la vez son muy divertidos, observaciones corrosivas del autor, personajes que se diluyen o pierden su nombre, gente que aparece y desaparece como sucede en nuestras vidas… No obstante, y como me suele suceder en los mamotretos que rondan el millar de páginas, reconozco que me costó afrontar las últimas 400: literalmente tenía la cabeza tan saturada de datos y de referencias que necesitaba salir de la lectura cuanto antes.

No debo explicar más. No debo contar más. Esto hay que experimentarlo. Aquí van algunos pasajes (téngase en cuenta que las sentencias más interesantes suelen estar en boca de los personajes; casi todo lo que copio a continuación son retazos de diálogos o de monólogos), tanto de la novela como del prólogo: 

Del prólogo de William H. Gass:

Hay quien cree que hay que mejorar la crítica, pero yo opino que la culpa es de la especie, que se rodea de mentiras y llama a esas mentiras cultura, del mismo modo que las ardillas construyen sus nidos con ramitas cortadas y hojas secas y después se esconden dentro. En cualquier caso, como observó el filósofo alemán Lichtenberg, cuando un lector se duerme sobre un libro y al chocar su cabeza con él suena a hueco, no siempre es el libro el que carece de cerebro.
[…]
Si usted es lo bastante ruin, el mundo puede convertirlo en un príncipe. No son los mansos quienes heredarán la tierra, sino los falsos.

De la novela de William Gaddis:

¿Qué es lo que quieren de un hombre que no hayan sacado de su obra? ¿Qué es lo que esperan? ¿Qué queda de él cuando ha hecho su obra? ¿Qué es cualquier artista sino las heces de su obra, los escombros humanos que la obra arrastra consigo? ¿Qué queda del hombre cuando la obra está acabada sino escombros de disculpa?

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No deberías conocer a la gente si no tienes nada que compartir con ella.

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-Para una mujer –dijo ella–, ¿crees que es fácil para una mujer? […] Simplemente ser una mujer, ¿sabes por lo que tiene que pasar una mujer? No lo sabes, pero ¿lo sabes? ¿Te lo puedes imaginar? Simplemente intentar que las cosas sigan adelante, simplemente… Un hombre puede hacer lo que le dé le gana. ¡Oh, sí, un hombre! Pero una mujer ni siquiera puede entrar sola en un bar, no puede levantarse y dejarlo todo sin más, comprar un pasaje de barco y marcharse a París si quiere, no puede…
-¿Por qué no? –preguntó Otto, poniéndose en pie.
-Porque no puede, porque la sociedad… y además, físicamente, ¿crees que es fácil ser una mujer?
-No, no, no lo creo.
Otto dio un paso hacia atrás, como amenazado con ello.
-¿Y sabes lo peor? –siguió ella–. ¿Sabes lo más duro de todo? La espera. Una mujer siempre está esperando. Siempre… está esperando.

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-¿Qué te pasa? ¿Estás cansado? ¿Arny…? Oh, me gustaría que te cansaras haciendo algo que te guste.
-Uno no se gana la vida haciendo algo que le guste.

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La originalidad es un recurso que la gente sin talento utiliza para impresionar a otra gente sin talento, y para protegerse de la gente con talento…

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España es una tierra para cruzar huyendo.

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Nadie te guarda tanto rencor como quien te ha querido.

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Todo el mundo tiene esa sensación cuando mira una obra de arte y está bien, esa súbita familiaridad, una especie de… reconocimiento, como si la estuvieran creando ellos mismos, como si se estuviera creando a través de ellos mientras la miran o la escuchan, ¿y ha de ser pecado el querer haber creado belleza?

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-Es un crítico. Escribe sobre libros o no sé qué puñetas. Ahora vamos.
Pero Benny se sacudió del hombro el brazo de Ellery.
-¿Cuánto hace que vio salir el sol por última vez? –preguntó. Luego siguió–: Cómo lo habría hecho usted. Así es como es todo, ¿verdad? Cómo lo habría hecho usted. No cómo debería haberse hecho, sino cómo lo habría hecho usted. Así es como trabaja cuando critica un libro, ¿verdad? Cómo lo habría hecho usted, porque no lo hizo, porque aún tiene miedo de admitir que no puede hacerlo por sí mismo.

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-Bueno, yo tengo un amigo que es físico, y se ha convertido. Ahora escribe canciones.
-Pretende ser un músico serio. Be-bop, si puedes llamar música a eso.
-Igual que ella escribe rimas, y lo llama poesía.


[Sexto Piso. Traducción de Juan Antonio Santos. Traducción del prólogo de Mariano Peyrou]  


Allied: 2º cartel


viernes, octubre 28, 2016

Thom Jones (1945 - 2016)


Cartel de Fences


Rules Don't Apply: 2º cartel


Cartel de Burn Country


Michael Massee (1955 - 2016)


miércoles, octubre 26, 2016

En Playtime / El Plural: Mike Wilson


Leñador: aquí.

Trailer de Logan


Cartel de Allied


Leñador, de Mike Wilson


Combatí en una guerra, hace décadas en un archipiélago, y combatí en el cuadrilátero, hace años en las noches de la ciudad. Fracasé en las islas y en el ring. Me fui del país, buscando alejarme de todo, de la oscuridad, del pasado, de la claustrofobia, necesitaba respirar. Veía cosas que me hacían mal, escuchaba voces, me estaba perdiendo, extraviando en mi cabeza.
Huí hasta llegar a los bosques de Yukón. Me recibieron en un campamento de leñadores. Hombres grandes, barbudos, cuya lengua tosca gravitaba entre el inglés y el francés. Usaban herramientas tradicionales para talar pinos. Eran hombres rudos.
Los leñadores me otorgaron un hacha, filo de acero. El cabo era de olmo liso, la madera oscurecida por años de uso. Pesaba más de lo que aparentaba.
Aprendí cosas.

**

Lesiones. Las enfermedades, heridas e infecciones abundan en el campamento. Los médicos no frecuentan el Yukón por lo aislado, la escasa población y la falta de recursos económicos. La vida del leñador es una existencia cimentada en la pobreza: se trabaja, se come, se bebe, hay refugio, pero nadie puede ahorrar. Se sobrevive. […]

**

Me enseñaron a leer los anillos de los tocones. Busqué un árbol recién talado y lo primero que hice fue estudiar el corte hasta hallar el círculo que se formó cuando llegué al campamento. Apoyé la uña en la línea y me quedé así por varios minutos, sentado enfrente del tocón, señalando mi llegada.
Ese anillo era el límite. Lo que yacía de ahí hacia el centro registraba otra vida, la que intento abandonar, es madera oscura, colonizada por memorias inciertas y una identidad frágil. Trazo una línea con el dedo hacia la orilla, hacia la corteza, hacia el presente. Comprendo que no hay regreso. Eso me calma, la idea de abandonar los anillos oscuros.
Un grupo de leñadores pasa caminando rumbo a la próxima faena, no me miran, siguen caminando, me pasan de largo. Eso está bien, el no ser visto, ser parte del paisaje, ser el bosque.

**

Dieta. Desde que dejé el campamento y partí rumbo al norte, he tenido que recurrir a una variedad de métodos para alimentarme debidamente, dado que ya no cuento con la comida preparada por los leñadores. Quizás la fuente más confiable de alimento es el riachuelo. Afortunadamente es la época en que los salmones nadan río arriba con el fin de desovar. […] Humedales como pantanos y ciénagas no son una buena fuente de agua potable, dado que consisten en agua estancada o semi-estancada; condiciones que favorecen el crecimiento de bacterias, parásitos, virus, organismos y patógenos que pueden producir malestar y resultar en enfermedades como malaria, giardiasis o cólera.

**

Cuando camino por el bosque a veces me olvido de mí mismo. Como si mi cuerpo se desplazara mientras mi mente de distribuye por el territorio. No es que no preste atención a lo que hago, quizá todo lo contrario, es como si estuviera más presente que antes, solamente que ahora mi estado no se distingue de las cosas en mi entorno.
Cada lugar en el que estoy se ve configurado según mi presencia, así como a su vez el lugar me modifica, me transforma. Me desplazo y cambio, y el bosque cambia porque yo he estado en él y yo me transfiguro porque el bosque ha estado en mí.
Al estar en el territorio, al avanzar en él, siento que me disuelvo, que me agrando, que soy una brisa en el paisaje, y que soy el paisaje. Es una sensación que me da tranquilidad, como si mi entorno también la sintiera, no por mí, sino por el ser de las cosas.


[Errata Naturae]

Próximamente: El gigante enterrado


De Kazuo Ishiguro. En Anagrama.

Man Down: primer cartel


A United Kingdom: 3 carteles




lunes, octubre 24, 2016

Will Scarlet no era dios, de Laura Fjäder



SOLTAR LASTRE

La gente pesa.
Los amantes pesan,
sus brazos pesan,
su respiración pesa,
su cuerpo,
una vez conocido,
también pesa.

Por eso duermo sola

**

POLÍTICAS DE SUFRIMIENTO

Llegará ese momento explosivo, cósmico y sangriento en el que alguien sufrirá.

Te lo dije.
No hubo tramo de mi cuerpo que no advirtiera del peligro.

Te lo dije antes de que me inundaras con saliva.
Debiste haber seguido el camino de migas de pan tierno, el de las amadas inciertas, perdidas, malditas, que te roban el sueño.

Que yo duermo bajo pieles muy distintas y he amado cada una de las manos que han revuelto mis adentros.

**

En el amor está inscrito el desamor
como en la vida está inscrita la muerte.
CRISTINA PERI ROSSI.

QUIERES SER FELIZ?

Mi querido.

No sabes nada aún:
tus dolores son camino de vida.

Quieres ser feliz?

Bebe de todos los afectos,
recuerda solamente algunos.

No hay más.

Lamento ser yo
quien te lo diga:

jamás podrás ponerte a salvo.

Duele

Así que sufre un poco ahora
y llora la inconstancia
cuando nadie te vea.

Arráncate la piel
para airearla en el patio,
que se le quede el olor a mar.

Después
busca algo que te sirva de luz,
y vístete,
nuevo entero.

No hay más.


[Suburbia Ediciones]

Cartel de Seasons


Trailer de Loving


Cartel de Rainbow Time


sábado, octubre 22, 2016

Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos, de Eugenio Baroncelli


Éste es uno de los libros con los que más he disfrutado últimamente, y me acompañó en mis viajes de verano. Eugenio Baroncelli sigue la senda de Marcel Schwob y nos ofrece un abanico de vidas (267, como el título indica) de las que extrae lo mejor o lo más singular o lo más atractivo o literario. Pero, allá donde Schwob construía textos largos, Baroncelli opta por la síntesis, por la miniatura, de tal manera que cada semblanza puede ocupar apenas unas líneas o dos páginas, dependiendo del criterio del autor. Por aquí encontramos a Herman Melville, H. P. Lovecraft, Jean Renoir, Sylvia Plath, Bruno Schulz, Max Brod, Samuel Beckett, la reina de Saba, Alejandra Pizarnik, Cecil Day-Lewis, Mahoma, Alfonsina Storni o Harrt Crane. Nombres conocidos, pero también otros que el autor ha sacado de su entorno, es posible que a veces de su imaginación, y de gente a la que conoció o de celebridades que hoy han dejado de serlo.

Los detalles que Baroncelli elige para dar varias pinceladas a una biografía son fascinantes, e incluso de las vidas vulgares, anodinas, es capaz de extraer el zumo literario preciso para que el libro nos entusiasme. Es un volumen para releer al azar, un compendio de personajes que no sé por qué no ha tenido más éxito. Y debería. 


[Periférica. Traducción de Natalia Zarco]

Arrival: nuevo cartel