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lunes, mayo 23, 2016
jueves, mayo 19, 2016
Volt, de Alan Heatchock
Unos fragmentos de este contundente libro de relatos, que hoy recomiendo en Playtime / El Plural:
-Tengo algo que proponerte –dijo Ham–. Así que escúchame.
Winslow agarró el cuchillo y miró a Ham.
-Eres el tipo más duro que he conocido en mi vida. Y verás –proyectó un pulgar hacia el corral–, esos chavales de ahí fuera quieren apostar cien pavos a que su chico puede tumbarte de un puñetazo. –Ham golpeó el tarugo con los nudillos–. Conozco a ese muchacho. Es grande como un autobús, pero lo que tiene de grande lo tiene de nenaza –dijo–. ¿Qué me dices, Red? ¿Cuarenta para mí y sesenta para ti?
La sangre brillaba en las manos de Winslow. Se odiaba a sí mismo. Todo esto me lo tengo bien merecido, pensó. Soltó el cuchillo, asintió a Ham.
Winslow siguió a Ham hasta la puerta donde se habían reunido los chicos dando brincos como cachorros. El que le sacaba una cabeza a los demás, ancho como una puerta, arrojó a un lado su chaqueta universitaria verde y dorada e hizo crujir su puño rollizo. Ham situó a Winslow contra la cerca. El chico se plantó ante él.
-Esto va por Harold –le bufó.
Winslow indicó con un gesto que estaba preparado.
Un gancho como un ladrillo atado a una cadena lo lanzó contra la cerca y le hizo rebotar hacia adelante, pero se mantuvo en pie. Exhaló a través de los dientes. Inhaló con calma. La voz de Ham sonó por encima de las maldiciones de los chicos. "Este es mi salvaje. Mi roca".
[Del relato "El mercancías detenido"]
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-¿Alguna vez has sentido que se te va la olla? –dijo Hep–. ¿Cómo si no hubiese una sola persona en el mundo que pudiera entenderte? Creo que estoy loco. De verdad que pienso que tengo que estarlo. –Walt miró a Hep a la cara, inundada de reflejos metálicos–. A veces me gustaría estar en las películas –dijo–. No ser famoso ni nada de eso. Solo estar hecho de luz. Entonces nadie me conocería salvo por lo que viesen en la pantalla. Solo sería luz sobre la gran pantalla, no un hombre, para nada.
A Walt se le empezaron a calentar las orejas.
-Yo un día me largaré –dijo–. Al oeste. Puedes venir conmigo si quieres. –Su voz sonó ansiosa, insegura–. Podemos cuidar el uno del otro.
Walt oyó voces abajo, en la carretera, Lonnie y las chicas les estaban gritando que se diesen prisa. La luz de la luna envolvió a Hep.
-No importa –dijo Hep, las lágrimas se le acumulaban en el ojo partido–. Quedarse o marcharse, es lo mismo. Yo me largué al extranjero a matar chavales que no eran como yo porque odiaban a otros chavales que tampoco eran como ellos. ¿Y qué cambió eso? Mete a un chaval negro en ese bar, o a uno de esos judíos, y ya verás lo que pasa. No me importa lo que diga Lonnie. Quema mil boleras, quema todo el puto mundo si quieres, pero nada va a cambiar.
[Del relato "Fort Apache"]
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Vernon sintió que de su corazón, agrietado y roto, brotaba una gran oleada de regocijo, porque entendió que era posible vivir sin recuperar a los tuyos.
[Del relato "Los renacidos"]
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Se tocó la mejilla, sus ojos se volvieron hacia la luz de la ventana.
-Te piensas que algunos son malos y punto, balas perdidas o lo que sea, pero en un momento dado fueron el bebé de alguien, mamaron del pezón de una madre, como todo el mundo. Luego algo prendió un voltio en su interior y jamás volvieron a ser los mismos. Te pensarás que a un hombre como Harlan le dará igual lo que piense su madre. Pero yo le rechacé y él jamás se recuperó de eso. –Winnie bajó la mirada y cruzó las piernas, pareció replegarse sobre sí misma. Al momento levantó los ojos, echó los hombros hacia atrás–. ¿Tienes hijos? –le preguntó a Helen.
-No he tenido ocasión.
Winnie asintió.
-Me lo imaginaba –dijo ella–. Nunca fue lo tuyo, lo de los sentimientos, si no recuerdo mal.
Helen la miró sabiendo que lo había dicho para herirla.
[Del relato "Voltio"]
[Dirty Works. Traducción de Javier Lucini]
miércoles, mayo 18, 2016
lunes, mayo 16, 2016
El viaje a Echo Spring, de Olivia Laing
Este ensayo ya me interesaba antes de que se publicara en España porque su autora, Olivia Laing, se propuso analizar los vínculos entre el alcohol y la literatura fijándose en la obra y en la vida de seis grandes autores: F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Tennessee Williams, John Berryman, John Cheever y Raymond Carver (aunque yo no conocía a Berryman y he buscado y no encuentro rastro de traducción alguna de sus poemas en España, y pese a ello su historia es una de las más sórdidas del libro pues el poeta tenía tendencia a la autodestrucción). Laing voló a Estados Unidos y estableció una ruta por el mapa norteamericano que unía algunos de los puntos por donde estos escritores y dramaturgos se habían movido, por sitios donde malvivieron y crearon. El título lo explica al principio:
Había una frase de La gata [sobre el tejado de zinc] en particular que se me quedó grabada. Brick, el borracho, es convocado por su padre. Big Daddy le suelta un discurso y al cabo de un rato Brick necesita su muleta. "¿Adónde vas?" pregunta Big Daddy, y Brick contesta: "Voy a hacer un pequeño viaje a Echo Spring". Físicamente, Echo Spring es el nombre en clave para el mueble bar, sacado de la marca de bourbon que contiene. Simbólicamente, sin embargo, se refiere a algo totalmente diferente: quizás al estado de silencio o a la erradicación de pensamientos conflictivos que, al menos temporalmente, se consigue con la cantidad suficiente de bebida.
Olivia Laing, además, y como hizo por ejemplo Helen Macdonald en H de halcón, nos cuenta cómo viaja, a quién conoce, lo que lee y lo que siente, de tal manera que no estamos sólo ante un libro de no ficción, sino que también hay vetas autobiográficas, algo que ya he dicho que a mí me apasiona. Muy recomendable para cualquier fan de la obra de uno o de varios de los autores a los que Laing menciona. Dos extractos:
La palabra viaje también parecía importante. Muchos alcohólicos, entre ellos los escritores que me interesaban, han sido viajeros incansables y han recorrido a lo largo y ancho sus propias naciones como espíritus inquietos, e incluso otros países del mundo. Igual que a Cheever, me parecía posible trazar el curso de algunas de estas desasosegadas vidas mediante un viaje físico por Estados Unidos.
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Cada uno de esos lugares había sido una estación de paso o escala en el que se había desarrollado alguna de las sucesivas fases de la adicción al alcohol de los protagonistas. Viajando en orden por esos lugares, pensé, sería posible construir una especie de mapa topográfico del alcoholismo, dibujando su contorno desde los placeres de la embriaguez hasta la extenuante crueldad del proceso de desintoxicación. A medida que viajase por el país, moviéndome entre libros y vidas, tenía la esperanza de acercarme a comprender lo que significa la adicción al alcohol o, al menos, a descubrir qué había significado el alcohol para los que habían luchado contra él y a los que, en algunos casos, había destruido.
[Ático de los Libros. Traducción de Núria de la Rosa]
viernes, mayo 13, 2016
Inocentes y otras, de Dana Spiotta
Varios extractos (la novela la comento en Playtime / El Plural):
En lugar de hacer películas, yo vivía con mi enorme novio. Respiraba cinematografía, la ingería, la interiorizaba. Pasaba los días imaginando las películas que quería hacer y las noches amando a mi novio.
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He dicho que esto era una historia de amor, y de hecho empieza así: con mi amor por el cine, tan puro como cualquier otro que haya conocido. Hacer cine, ver cine, pensar en cine. Me convierto en una máquina de cine, en una creadora monocular. Es como si durante toda la vida hubiera sido una goma elástica tensa que alguien estiraba hacia atrás, alejándome cada vez más de la vida que deseaba, pero en cuanto me han soltado he salido disparada. Ya no me dedico a desear, sino a hacer. ¿Y qué es lo que hago? Rodar películas que me emocionan y me satisfacen, y que ocasionalmente me frustran; y durante mucho tiempo eso me parece suficiente.
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¿Era justo, correcto o una buena idea contar con –o siquiera considerar– que el espectador dispondría de un recuerdo concreto? Aunque ¿no era lo que hacían todas las películas, contar con el recuerdo compartido de todo lo que habíamos visto en otras películas?
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Cuanto más tiempo pasabas observando a una persona o una cosa que conocías, más extraña se volvía.
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Cuando vio Barry Lyndon con diecisiete años le pareció un horror. Con diecinueve, en cambio, le pareció preciosa. Es lo que pasa con las películas. No son ellas las que cambian, sino tú. La inmutabilidad de una película (o de un libro, o de una pieza musical) es algo con lo que uno puede medir su evolución. Es uno de los efectos que tienen las grandes obras de arte: aguardan a que regreses a ellas y te muestran quién eres, cada vez alguien ligeramente distinto. Cuando se trata de tu propia película, en cambio, la obra no es inmutable. Sientes que forma parte de ti, y por tanto, que cambia contigo. La filmación, la edición, la proyección… Todo te parece distinto.
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Las cosas existen, pero filmarlas, el acto en sí, las transforma.
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En cualquier caso, no se podía hablar sin imaginar. Y si la imaginación precedía a la realidad, la decepción era inevitable, ¿no?
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Una película es una idea sobre el mundo. Meadow lo veía así, pero también sabía que, aunque la gente sepa cosas, las imágenes invalidan ese conocimiento. En ese sentido, la verdad del cine es engañosa; puede decir una cosa y, al mismo tiempo, mostrar algo totalmente distinto. Y, como espectador, puedes estar seguro de que te creerás lo que hayas visto.
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Durante toda su vida, a Jelly le había encantado la oscuridad de los cines, la había necesitado. Las sombras de la pantalla le permitían olvidarse de que tenía un cuerpo, olvidarse de que estaba en un lugar concreto.
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No hay nada como una enfermedad mortal para sentir que te has curado de todo lo demás.
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Durante los tráilers, Carrie sintió la oleada de emoción que solía invadirla siempre que estaba en un cine a oscuras, contemplando la gran pantalla. Sin pausas, sin mirar el móvil. En realidad, era muy distinto a estar en casa, amodorrándose en el sofá; estar en una sala de cine con otras personas, prestando toda su atención a la película. Era casi religioso, y a veces se le olvidaba lo mucho que le gustaba.
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¿Puede una imagen transmitir algo innombrable, imposible, invisible? ¿Qué es una imagen si no está modulada por una conciencia, por una percepción? Algo más discreto, más simple: una persona con un rostro franco –cualquier persona, cualquier rostro–, sentada a solas. ¿Hasta dónde podía llegar la sencillez, la humildad de una imagen?
[Turner Libros. Traducción de Carles Andreu]
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