jueves, octubre 08, 2020
lunes, octubre 05, 2020
Magia del caos para escépticos, de Carlos Atanes
Desde siempre me han interesado los espacios limítrofes, las zonas de transición, los bordes borrosos entre materias a priori opuestas. Los cuartos de tono entre las teclas blancas y las teclas negras. Los intersticios de la realidad. Hay un espacio ambiguo, brumoso, que alberga un potencial enorme de fecundidad intelectual, ahí donde convergen la ciencia actual, el arte más autoconsciente y lo que tradicionalmente ha venido considerándose magia. En ese territorio deambulan las visiones más osadas de los físicos y los cosmólogos, la intuición de los artistas verdaderamente visionarios y también las inquietudes filosóficas de los magos menos acomodaticios. En esa incierta región del conocimiento es donde hay que ubicar la magia del caos. No es de extrañar, pues, que entre sus fundadores y practicantes se hallen no pocos científicos y artistas, algunos de singular talento.
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La magia consiste en gran medida, aunque dicho así quizá suene alarmante, en el influjo sobre las mentes, la propia y/o las ajenas.
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Las cosas, en magia, no ocurren porque sí. Ocurren porque el mago ordena la ejecución de una obra a una entidad dotada de poder para ejecutarla o porque manipula energías, fuerzas o símbolos que causan una transformación. Es decir, extiende su voluntad en acto y ese acto tiene consecuencias.
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De manera irrebatible y yo diría que obvia, y sin negar pero tampoco afirmar la existencia de espíritus o energías sutiles, es decir, sin entrar a discutir esa existencia, la magia del caos se asienta sobre creencias fundamentales, creencias que no cuestiona: las que integran el Gran Paradigma. Pero incluso cuando no fuera así, llegados al caso más extremo, todavía quedaría una creencia nuclear que la magia del caos nunca podría dejar de lado, de puro tautológica: la creencia en que, no importa cómo ni por qué, la magia funciona.
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La apofenia –tendencia a percibir sentido infundado en sucesos aleatorios– y su pariente cercana, la pareidolia –fenómeno por el que percibimos erróneamente una forma reconocible en una imagen aleatoria– son actos creativos. No es un sentido adjetival, sino sustantivo: son generadoras de realidad.
[Dilatando Mentes Editorial]
jueves, octubre 01, 2020
Papeles pegados, de George Perros
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Lo que somos es lo que pensamos sin querer y nos guía en el momento que nos creíamos perdidos. Pensamientos-pájaro.
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Escribir es renunciar al mundo implorando al mundo que no renuncie a nosotros.
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Seguro que soy un tipo atacante. Por varias razones:
I. No me gusta lo que escribo. Pero escribo.
II. Sólo me sienta bien la soledad, como un traje que no descarta ni la bufanda ni el abrigo.
III. Me considero muy normal, no entiendo nada mis dificultades.
IV. Hay que reinventar el amor. Sí.
Tengo todos los días la sensación de que no tengo arreglo. Imposible enderezar el timón. Que se endereza solo. Un poco humillante.
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Siempre hay que apostar por el talento propio. Incluso estando seguros de carecer de alguno para los demás. Siempre se tiene para uno mismo.
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El suicidio no es quererse morir, es querer desaparecer.
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Lo mejor que puede esperarse de un libro es que nos pida releerlo. Hasta la muerte. Nunca terminaremos de leerlo. Hay en el lenguaje algo intraducible. Su propia fuerza. Como la de la naturaleza. Hay naturaleza en el lenguaje. Ningún natural. Naturaleza. ¿Pero por qué se firma lo que se escribe?
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Amaos los unos a los otros e idos al carajo.
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Los artistas que se niegan a conocer la obra de sus contemporáneos por temor a ser influidos, es un poco como si un hombre no quisiera ver a ninguna mujer por temor de engañar a la suya.
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Escribir bien no significa nada. Hoy sólo se puede desear romper totalmente. No es fácil. No hay que hacerlo adrede, sino vivir. Lo que aprecio en un escritor es lo que se le escapa, a partir de una eliminación. La literatura no tiene sentido si no es monstruosa. Escribir es Balzac, es Hugo, es Proust. Alocados dragadores.
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El ingenio es escribir cuando no se tiene ganas de escribir. Sino de vivir.
[Árdora Ediciones. Traducción de Loreto Casado]
lunes, septiembre 28, 2020
La lección de música, de Pascal Quignard
¿A qué se llama muda en el ser humano? La muda se produce a los trece o catorce años en los muchachos y entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y cinco años en las mujeres, de una forma más o menos apreciable. Podemos definir la muda masculina de la siguiente forma: enfermedad sonora que sólo cura con la castración; ligada al desarrollo de los genitales, la muda está en relación con la amenaza que pesa sobre éstos.
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Las mujeres se perpetúan y mueren en el soprano, su voz es un reinado, un sol que no muere. Los hombres pierden su voz de niño, son los seres con dos voces, una suerte de canto a dos voces. Se les puede definir a partir de la pubertad como humanos a los que la voz ha abandonado en forma de muda. En ellos, la infancia, el “no-lenguaje”, y lo real son la vestimenta de una serpiente.
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A las mujeres la voz les es fiel, a los hombres la voz les es infiel. Un destino biológico los ha sometido, en el mismo seno de su voz, a ser traicionados. Les ha impuesto ser abandonados. Les ha impuesto mudar. Les ha impuesto cambiar.
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Durante los años 1726, 1727 y 1728, [Marin Marais] prácticamente había dejado de hablar. Como los viejos que, para justificar la muerte o para soportar la proximidad cada vez más acuciante y temible de su fin, levantan a manos llenas mil motivos de odio al mundo, que dejan en contra de su voluntad, pretendía haber susurrado un canto a unos oídos que ya no se inscribían en faz alguna; que, sin que supiera cómo, era cual poeta que escribiera versos en una lengua de un pueblo que hubiese sido diezmado en una noche; que el arte de la viola había conocido su más elevado estadio cuando el público cesó de prestarle atención; que había escrito sobre el agua, a contracorriente, en el movimiento imposible que va incesantemente de nuevo hacia la fuente.
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El tiempo tiene tres dimensiones. La voz de los hombres tiene dos estaciones; luego, la voz de los hombres se abisma, se hunde de una sola vez en el silencio. Dios es eterno; era niño; era soprano; no conocía aún el lenguaje; era Dios, estaba en un pesebre, y llegaron ellos, se les llamaba los reyes magos, eran tres, ofrecieron al joven dios el pasado para echar de menos, de manera que sufriese, el futuro para desear, de manera que sufriese, el presente para ser abrumado por uno y otro, de manera que sufriese.
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La primera muda es el nacimiento. Aquel que nace se libera, como puede, de un despojo que sobrevive. La voz de los hombres conoce dos caídas. Su infancia, como el spolium, el madero caído, la piel, el vellón, la vestimenta, el botín perdidos. Es el no lenguaje de la infancia. Luego viene el canto. La voz. El libro. La sonata. La estatua.
Las voces de los hombres son sacrificadas dos veces, una en la muda y la otra en la muerte. La última no tiene experiencia. Su espacio ya no es el cuerpo, sino una sepultura. La otra muda, al final de la infancia, es el grito del propio sacrificio. […]
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El rostro de Chang Lien se había vuelto carmesí, y se irritó violentamente con su alumno.
-¿Qué es eso de rezar ante el sepulcro de vuestros instrumentos? ¡Los instrumentos ya son sepulcros! Tomad, pedid al intendente Fu una ligatura de sapeques e id a buscar de mi parte al restaurador. Pedidle una guitarra de tres cuerdas rota y mal que bien arreglada. Pedidle un laúd reventado y mal que bien remendado. Tomad los más simples instrumentos de música y ejercitaos de nuevo con ellos. Recordad el tiempo en que vuestra voz estaba rota. Recordad vuestra voz cuando se quebró por el recuerdo de vuestros instrumentos rotos. Vuestro laúd, de tiempos del nacimiento de los proverbios, es como una cáscara de nuez. Es preciso partirla para comer el fruto. Recordad que en la música el sonido no es el fruto.
[Editorial Funambulista. Traducción de Ascensión Cuesta]
jueves, septiembre 24, 2020
Letra muerta, de Linda Lê
Soy como esos hijos que llevan a su madre enferma hasta una cima, la dejan morir allí y se vuelven solos, pero allá donde vayan sienten el peso de la madre muerta en sus espaldas, el aliento de la madre muerta sobre el cuello, las manos de la madre muerta cogiendo sus hombros.
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Mientras el padre vive, sus palabras nos llegan amortiguadas. Mientras el padre vive, sus palabras no matan. Y ahora que han dejado de llegar esas cartas, ahora que sujeto entre mis manos las hojas del archivo de mi padre, me parece oír que de esas páginas se alza una voz que me juzga, me condena. Murió solo, vivió solo. Su soledad me acusa.
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¿Qué siente un hombre cuando tiene la certeza de que va a irse en muy poco tiempo? ¿Deforma su rostro la mueca del miedo? ¿Intenta retener la vida con las manos? ¿Establece el balance de una existencia donde no hubo otra cosa que sufrimiento y espera? ¿Se levanta cada mañana con ese miedo lacerándole el vientre?
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No hay espectáculo más triste que una joven al borde de una tumba mientras rumia sus pérdidas. Imagínala, Sirio: mira cómo dobla la cabeza, sus rodillas flaquean, sus ojos están secos, su corazón anegado por las lágrimas. Fue arrancada de la vida sin haberla entregado aún a la muerte.
[Akal Ediciones. Traducción de Daniel Sarasola]
jueves, septiembre 17, 2020
El club, de Leonard Michaels
-Una oportunidad para socializar de forma regular fuera de nuestros trabajos y matrimonios. Nada que ver con los grupos de mujeres.
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Por miserable que suene, cualquier oportunidad de socializar que no tuviera que ver con mujer, hijos, casa y trabajo parecía una forma de adulterio. No era un crimen. Pero tampoco legítimo.
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Clubes de hombres. Grupos de mujeres. Sugerían trastornos irremediables. Pensé en Sócrates: en cómo los chicos, y no su mujer, lo adoraban. Y en Karl Marx yendo por ahí con Engels mientras Jenny se quedaba en casa con los niños. Quizá a los hombres les iba el ocio más que a las mujeres. Un club de hombres, comparado con uno de mujeres, era ocio. Frívolo; casi un insulto. Dejaba fuera a las mujeres. Pero estaba dándole demasiadas vueltas. Un club de hombres no excluía a las mujeres. Tampoco excluía a los canguros. Solo incluía a los hombres. Me lo imaginé explicándole esto a Sarah. “Verás, a los hombres les encanta el ocio”. No sonaba convincente.
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Volví a pensar en las mujeres. Ira, identidad, política, derechos, injusticias. Las envidiaba. Parecía interesante formar parte de un colectivo en desventaja de nuestra sociedad. Las desventajas te dan algo por lo que luchar, te hacen moralmente superior, te dan seriedad. ¿Qué nos quedaba a los hombres hoy día? Ya lo tenían todo. ¿Necesitaban clubes? La mera visión de dos hombres juntos sugiere un club.
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-Hasta ahora –dije–, he escuchado tres historias sobre lo mismo. Cavanaugh lo llama amor. Yo lo llamo historias sobre la otra mujer. Con esto me refiero a la mujer que no es tu esposa. A vosotros solo os resulta interesante la otra. Si antes no hubiera una esposa, no podría haber otra mujer. […]
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-¿Quiere hablar contigo? –pregunté.
-Soy médico. Incluso en las fiestas la gente se acerca a pedirme opinión. “Terry, no debería hablar de asuntos profesionales en estas circunstancias, pero mi tía Sophie tiene una verruga en el culo. Quiere que lo sepas”.
-¿Y qué pasa con Nicki? Estaba llorando al teléfono –dijo Kramer.
-Siempre hace lo mismo. La historia de Marilyn me ha recordado a una pelea que tuvimos cuando estaba en la facultad de Medicina de Montreal. Vivíamos en un piso de dos habitaciones encima de una tienda de alimentación. Fue un sábado por la mañana. Estaba estudiando en la mesa de la cocina. ¿Puedo contar esta historia?
-Solo si es deprimente –dijo Berliner.
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-[…] La forma en que las relaciones entre las personas fracasan, cualquiera pensaría que se juntan para separarse y tener algo de qué hablar después. No hay nada que decir sobre una relación que va bien, ¿no? ¿Quién querría escucharlo? En cuanto al matrimonio, es una naturaleza muerta. Como esta mesa con platos y copas. No se mueve. Te encuentras con un viejo amigo, le das la mano y dices: “¿Qué tal?”. Él dice: “Me casé el mes pasado”. Se te rompe el corazón. Pobre chico. No solo no pasa nada, sino que pronto será un desgraciado. “Genial”, dices. Ya te mueres por librarte de él. No es que no te caiga bien, pero es horrible estar ahí mintiendo…, es decir, incapaz de contarle realmente qué es de tu vida. Que tienes seis relaciones, planeas un viaje a Roma y acabas de comprarte un nuevo Porsche. Él quiere que vayas a cenar y conocer a su mujer, pero no sabes cuándo. Lo llamarás, dices. Él te suplica que no te olvides. Lo prometes, pero no vas a llamar nunca. Nunca. Antes llamarías a la morgue de la ciudad. […]
[Malas Tierras. Traducción de Nicolás Cañete]

















































