viernes, marzo 03, 2023

Carta al padre y otros escritos, de Franz Kafka

 

De “Carta al padre”:

Queridísimo padre:
Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe darte una respuesta, en parte precisamente por el miedo que te tengo, en parte porque para explicar los motivos de ese miedo necesito muchos pormenores que no puedo tener medianamente presentes cuando hablo. Y si intento aquí responderte por escrito, sólo será de un modo muy imperfecto, porque el miedo y sus secuelas me disminuyen frente a ti, incluso escribiendo, y porque la amplitud de la materia supera mi memoria y mi capacidad de raciocinio.

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Para mí siempre fue incomprensible tu absoluta falta de sensibilidad para echar de ver qué dolor y qué vergüenza podías causarme con tus palabras y con tus juicios de valor, era como si no tuvieses conciencia alguna de tu poder. Por supuesto que yo también te he ofendido a ti con mis palabras, pero yo lo sabía siempre; me dolía, pero no podía dominarme, no podía morderme la lengua, me estaba ya arrepintiendo mientras decía la palabra. Pero tú te lanzabas sin más al ataque con tus palabras, nadie te daba lástima, ni al decirlas ni después de haberlas dicho; uno estaba completamente indefenso frente a ti.


De “Fragmentos de cuadernos y hojas sueltas”:

¿Quién es? ¿Quién camina bajo los árboles del malecón? ¿Quién está completamente perdido? ¿Quién no puede ya salvarse? ¿De quién es la tumba donde crece la hierba? Sueños han llegado, han venido bajando el río, escalan la pared del malecón sirviéndose de una escalerilla. Nos quedamos parados, hablamos con ellos, saben muchas cosas, pero lo que no saben es de dónde vienen. El aire es tibio en esta tarde de otoño. Se dirigen al río y alzan los brazos. ¿Por qué alzan los brazos en lugar de abrazarnos con ellos?

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Bajo cada intención yace agazapada la enfermedad, como debajo de la hoja del árbol. Si te inclinas para verla y ella se siente descubierta, aparece de un salto, la maldad delgada y silenciosa, y en lugar de que la aplastes, lo que quiere es que la fecundes.

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De acuerdo con mi carácter, yo sólo puedo aceptar un mandato que no me haya dado nadie. No puedo vivir sino en esa contradicción, siempre y sólo en contradicción. Pero eso seguramente vale para todos, pues viviendo se muere, muriendo se vive.

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17 de septiembre de 1920. Sólo hay meta, no hay camino. Lo que llamamos camino es vacilación.

-Continuamente estás hablando de la muerte y no te mueres.
-Y sin embargo voy a morir. Estoy diciendo mi canto final. El canto de unos es más largo, el canto de otros es más corto. Pero la diferencia nunca pasa de unas pocas palabras.


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La vida es un continuo desviar, que ni siquiera nos permite reflexionar y preguntarnos de qué nos desvía.

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Yo lucho; nadie lo sabe; algunos lo adivinan, eso es inevitable; pero saber, no lo sabe nadie. Cumplo mis deberes cotidianos, me pueden criticar por ser un poco distraído, pero no mucho. Todo el mundo lucha, evidentemente, pero yo más que los demás; la mayoría de la gente lucha como durmiendo, como cuando en medio del sueño se mueve la mano para ahuyentar una visión, pero yo he dado un paso al frente y lucho empleando concienzuda y escrupulosamente todas mis fuerzas. ¿Por qué me he separado de la masa, ruidosa en sí, pero en este aspecto angustiosamente silenciosa? ¿Por qué he atraído la atención hacia mí? ¿Por qué soy ahora el número uno en la lista del enemigo? No lo sé. Otra vida no me pareció digna de ser vivida. La historia militar llama a tales personas soldados natos. Y sin embargo no es así, yo no espero alcanzar la victoria y no me gusta combatir por combatir, sino porque es lo único que hay que hacer. En este sentido, sin embargo, me gusta más de lo que soy capaz de disfrutar, me causa más deleite del que puedo regalar, y tal vez yo sucumba no a consecuencia del combate sino de ese deleite.

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Escribir como forma de oración.




[Alianza Editorial. Traducción de Carmen Gauger]