viernes, noviembre 18, 2022

El Imperio de los signos, de Roland Barthes

 

 

¿Por qué el Japón? Porque es el país de la escritura: de todos los países que el autor ha podido conocer, el Japón es el único en el que ha encontrado el trabajo del signo más cercano a sus convicciones y a sus fantasmas o, si se prefiere, el más alejado de los disgustos, las irritaciones y las negaciones que suscita en él la mediocridad occidental. El signo japonés es fuerte: admirablemente regulado, dispuesto, fijado, nunca se naturaliza o se racionaliza. El signo japonés está vacío: su significado huye, no hay dios ni verdad, ni moral en el fondo en estos significantes que reinan sin contrapartida. Y sobre todo, la calidad superior de este signo, la nobleza de su afirmación y la gracia erótica con que se dibuja, están situadas por todas partes, sobre los objetos y sobre las conductas más banales, las que de ordinario remitimos a la insignificancia o a la vulgaridad. Aquí no habrá, pues, que buscar el lugar del signo por el lado de sus ámbitos institucionales: no será cuestión de arte, ni de folklore, ni siquiera de “civilización” (no se opondrá el Japón feudal al Japón técnico). Será cuestión de la ciudad, del almacén, del teatro, de los buenos modales, de los jardines, de la violencia; será cuestión de ciertos gestos, ciertas comidas, ciertos poemas; será cuestión de los rostros, de los ojos y de los pinceles con que todo esto se escribe pero no se pinta.

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Esta ciudad sólo se puede conocer por una actividad de tipo etnográfico: es necesario orientarse en ella no mediante un libro, la dirección, sino por el andar, la vista, la costumbre, la experiencia: una vez descubierta, la ciudad es intensa y frágil, no podrá encontrarse de nuevo más que a través del recuerdo de la huella que ha dejado en nosotros: visitar un lugar por vez primera es como empezar a escribirlo: al no estar escrita la dirección, será preciso que ella misma cree su propia escritura.

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La brevedad del haikú no es formal; el haikú no es un pensamiento rico reducido a una forma breve, sino un acontecimiento breve que encuentra de golpe su forma justa.

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[…] el haikú posee la pureza, la esfericidad y el vacío mismos de una nota musical […]



[Seix Barral. Traducción de Adolfo García Ortega]