lunes, abril 08, 2013

Hacer el amor, de Jean-Philippe Toussaint



La Editorial Siberia arranca con dos propuestas muy interesantes y en ediciones de lujo (pastas duras, cubiertas atractivas, papel de calidad, buenos traductores). Yo ya he leído las dos. Empecemos por ésta, Hacer el amor, donde a pesar de su título (aunque los personajes sí hacen el amor) en realidad nos adentramos en la dolorosa ruptura de una pareja. El narrador y su novia, Marie, viajan a Tokio por motivos laborales. Nada más llegar a la ciudad ambos saben que lo suyo se ha acabado. Por circunstancias que nunca nos son reveladas, él acaba de dejarla. Pero aún comparten la habitación, la estancia en Tokio, los últimos jirones de lo que ya está muriendo, la última vez que se tocan y se acuestan aunque la tristeza y lo inevitable ya hayan irrumpido entre los dos: porque eso es lo más cautivador del libro, la manera en que se nos describe cómo una pareja que ha estado junta durante años trata de despedirse, de pasar página, de alejarse. Y por eso posponen el momento del adiós, lo alargan entre las lágrimas de ella y el deseo de él: salen a divertirse en la noche, beben y caminan bajo la lluvia y bajo la nieve, se meten mano en plena calle. Cualquiera que haya vivido una ruptura después de años de relación se sentirá identificado.

El segundo aspecto que más me ha gustado atañe a la descripción de Tokio. Un Tokio con lluvia y con nieve, con neones cuyas luces invaden el dormitorio del hotel, con leves terremotos que acentúan la sensación de ruina sentimental de la pareja, con cierto caos y cierto enigma que nos recuerda un poco a la película Lost in Translation (la descripción del hotel; el deambular del narrador por el edificio, en plena noche, aunque en vez de bajar al pub del hotel sube al último piso, a bañarse en la piscina a una hora en la que nadie más lo hace; las incursiones de ambos por la ciudad, buscando algo que comer).

Y en tercer lugar está la prosa. Toussaint describe acciones y personajes y lugares continuamente, pero sin caer en el tedio o en la monotonía. Y lo hace mediante una prosa muy cuidada, exquisita. A lo que ayuda la competente traducción de David Martín Copé. Hacer el amor, por cierto, es la primera entrega de una trilogía sobre dicha pareja; los otros dos libros se publicaron antes. Para saber más os emplazo a este artículo de Fernando P. Fuenteamor. Y os dejo con varios extractos:

Pero no hice nada, no la besé, no la besé una sola vez aquella noche; nunca he sabido expresar mis sentimientos. Vi la lágrima disiparse sobre su mejilla y cerré los ojos pensando, en efecto, que quizá ya no la amaba.

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Era tarde, puede que pasadas las tres de la mañana, y hacíamos el amor, hacíamos el amor lentamente en la oscuridad de la habitación, atravesada aún por largas estelas de luz roja y sombras negras que dejaban sobre las paredes el rastro de su paso. La cara de Marie, inclinada en la penumbra, con los cabellos desordenados en el tumulto de las sábanas deshechas, de los albornoces y los vestidos enmarañados a nuestro alrededor, permanecía como retirada de nuestro abrazo, abandonada en la esquina de un cojín, con los labios apretados, sin renunciar en ningún momento a esa terrible expresión de angustia grave y muda que yo conocía.

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Y disfrutando de mi perspectiva excepcional sobre la ciudad, deseé con todas mis fuerzas que llegara ese terremoto tan temido, que sobreviniera al instante, en aquel preciso segundo, y que lo hiciera desaparecer todo allí mismo, ante mis ojos, reduciendo Tokio a cenizas, ruinas y desolación, acabando con la ciudad y con mi cansancio, el tiempo y mis amores muertos.

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A medida que avanzábamos el barrio se iba animando, cada vez había más bares, más neones, coches que rodaban con lentitud por calles desiertas, olor a sopa y a tako-yaki, sex-shops, sótanos vigilados por captores de clientes y gorilas, tipos pequeños con las chaquetas cruzadas o grandullones con trenzas, cara de pocos amigos y grandes parkas rellenas de plumas.

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Y a pesar de mi inmenso cansancio esperaba que no amaneciera en Tokio ese día, que no amaneciera nunca más y que el tiempo se detuviera en ese momento, en aquel restaurante de Shinjuku donde nos sentíamos tan bien, cálidamente envueltos en la ilusoria protección de la noche, porque sabía que la llegada del día traería consigo la prueba de que el tiempo pasaba, irremediable y destructor, y que había pasado sobre nuestro amor.

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Nos amábamos pero ya no nos soportábamos más. Es lo que ocurría con nuestro amor: aunque en general nos hacíamos más bien que mal, el poco daño que nos hacíamos se había vuelto insoportable.

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La vejez es uno de los estados más difíciles de asociar con uno mismo, o al menos –ya que yo no era aún realmente viejo, iba a cumplir cuarenta años dentro de unos meses– el final incontestable de las características de la juventud legibles en los rasgos de la propia cara.

[Editorial Siberia. Traducción de David Martín Copé]