jueves, febrero 07, 2013

Polvo en el neón, de Carlos Castán. Fotos de Dominique Leyva



Conducir por cualquier carretera sin excesivas ganas de llegar a puerto puede ser en sí todo un destino. […] Puede que no todo vaya bien, quizá las cosas se hayan torcido últimamente más allá de lo deseable, pero ahí estamos pese a todo, en la brega, contra el viento, sin quedarnos quietos, con la guantera llena de mapas y música, dejando atrás, como si nada, los grandes carteles que a cada paso indican encrucijadas y bifurcaciones, lanzados sin miedo hacia las tormentas que nos esperan y las sombras que vendrán. 




Hey, John, amigo, ya que no voy a despellejarte vivo ni a aplastarte los sesos con un trozo de roca como me pide el cuerpo, haz el favor al menos de cuidarla bien. Volverá su tristeza antigua, más tarde o más temprano, sus miedos de niña, las ganas de llorar. Es muy extraño esto porque me robas todo y sin embargo no tendrás nada de lo que yo he tenido. Hay tantas mujeres en una mujer: no sabrás ver a la que yo veía; cuando te refugies en ella, no apoyarás tu cabeza sobre el mismo corazón. Te llevas otra cosa aunque viva en su piel, otra mirada, otro aire, algo diferente a lo que yo he perdido.




El amor siempre requiere poner sobre la mesa la idea de futuro. Y al deseo lo pudre tan pronto como puede, y pide a cambio flores, masajes en la espalda, reclama paseos con las manos unidas por calles y vergeles, y toda esa confusión de proyectos, facturas y violines.  



A la edad de Sally, a la de él mismo, el amor es un simple no saber, tener de repente miedo a un tren que se va y las horas que vendrán tras su partida, una oscuridad al llegar a casa que se mete en los huesos como niebla. Dudar es ya amar.

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Se quedó pensando en cómo puede la luz irse de alguien, cómo de la noche a la mañana resbala de un ser toda esa belleza que tanto dolía, qué solo se queda un esqueleto a veces.