jueves, agosto 09, 2012

El chico que diste por muerto, de Javier Ponce Gambirazio



La estabilidad me asusta.
Estoy acostumbrado a mi carromato mutante, a una casa sin cimientos. Vivo una vida prestada y temo que en algún momento alguien tire de la alfombra.
Garabateo las cosas que se quedaron por hacer. Acaricio la idea de irme, de abandonar todo una vez más y caminar por la vida descalzo de afectos. Pero a mi edad estoy fuera del mercado y la calle está cada día más peligrosa. Las bandas organizadas se han apropiado de las esquinas y trabajar de manera independiente te obliga a guarecerte en los suburbios donde la delincuencia y el hambre terminan con lo poco que se pueda ganar.
Naufrago en el intento de remover costras que no terminan de caerse y dibujar un pentagrama que se parezca a Bernardo. Vuelvo a encerrarme.
Lady Soroche trae una nota de mi maestro:
Nada hay más importante que tú. Si no estás bien, nada puede estarlo. Hasta la mejor luz se vuelve sombra si no la puedes disfrutar. Te dejo unos vasos azules que puedes estrellar contra la pared. Te quiero bien.

**

Tal vez el cielo no sea tan maravilloso como prometen y sea imposible bajar la guardia. Quizás hay una segunda muerte que viene después y no existe el descanso eterno, sino un miedo que no termina nunca.