miércoles, mayo 23, 2012

Por qué el mundo funciona perfectamente sin mí, de Joost Vandecasteele



De vez en cuando ocurre así: alguna editorial independiente traduce a algún autor del que nunca habíamos oído hablar y se convierte en la sensación de la temporada (pienso, por ejemplo, en Anna Starobinets, en Ben Brooks o en Svetislav Basara, por citar algunos). Eso va a suceder, espero, con Joost Vandecasteele, quien pronto estará en la Feria del Libro de Madrid firmando ejemplares de este compendio de relatos con conexiones entre ellos.

Por qué el mundo funciona perfectamente sin mí contiene diez relatos. Sorprendentes. Deslumbrantes. Cómicos. Futuristas. Cañeros. Sórdidos. Se le ha comparado con varios autores. Yo lo veo muy próximo a J. G. Ballard: distopías, mundos en descomposición, arquitecturas imposibles… Pero con más rabia, con más exabruptos y rudeza. Los narradores de Vandecasteele no suelen cortarse un pelo y dicen las cosas sin tapujos: el lector encontrará a menudo palabras como “semen”, “coño” y “polla”. También hablan mucho de sexo en el libro, y lo practican, como en el texto que abre el volumen, y en el que el narrador nos cuenta: Mi tarea había llegado a su fin. Le había extirpado a Dios del cuerpo a aquella chica con sexo guarro e historias tristes. Mi primer exorcismo completado con éxito.

Los relatos tienen conexiones entre sí, como digo (una y otra vez vuelven a aparecer algunos de los personajes y todo se articula en torno a una ciudad que ha crecido tanto que resulta irreal), y sus protagonistas se mueven por ahí entre promesas de nuevas sectas, ataques terroristas de “ateos fundamentalistas” y famosos en declive que ahora deben prostituirse para ganar algún dinero. No falta en estas historias la lucha por sobrevivir en el territorio inhóspito de la ciudad y en el laberinto en el que se ha convertido cada centro comercial: laberintos verticales, que crecen hacia arriba hasta límites insoportables, como en ese cuento del fabuloso libro Risas peligrosas (de Steven Millhauser), titulado “La Torre”. Hay algún relato que empieza como una novela de Douglas Coupland o de Bret Easton Ellis, con el protagonista en busca de sexo, drogas y desenfreno, y termina como el Soy leyenda de Richard Matheson, a la caza de comida y de supervivientes. A cada renglón, el autor es capaz de desconcertarnos y de sorprendernos. Y siempre está esa ciudad que muta:

Yo me refiero más a los pequeños inconvenientes del día a día, molestias minúsculas que se van acumulando y multiplicando, síntomas de una ciudad que ya no es capaz de soportar su propio peso.
[…]
Jack dice que exagero. Según él los engranajes de esta metrópolis nunca dejarán de funcionar.
-Esta ciudad ha crecido más allá de nuestro control y es capaz de sobrevivir a cualquier forma de terror humano. Se ha convertido en algo indestructible con vida propia, como el monstruo del doctor Frankenstein, y seguirá existiendo con o sin nosotros.
Puede que Jack tenga razón.

Tampoco escasea el humor. Un humor negro que siempre bordea lo políticamente incorrecto, y que a veces parece el resultado de una cuchillada… Un extracto de este libro absolutamente recomendable:

Sigo navegando y descargando archivos en un intento de averiguar cómo ha caído El Cielo 2.0. Algunos mensajes hablan de una incursión troyana y otros de un ataque frontal, pero nadie es capaz de aportar pruebas concretas.
Hasta que encuentro un banner que promete imágenes sin censurar de la batalla. Pincho sobre él temiendo lo peor. En un vídeo formato YouTube veo la Casa Blanca de los Loomans en llamas. Nuestro once de septiembre particular. Más tarde, la televisión emite el vídeo una y otra vez.


[Traducción de Gonzalo Fernández]