martes, enero 10, 2012

Los inquilinos, de Bernard Malamud


Hace tiempo vi una película que no se estrenó en España: The Tenants, con Dylan McDermott y Snoop Dogg. Cuenta la historia de dos escritores rivales que trabajan en un edificio abandonado. La premisa era buena; la peli, floja. Se inspiraba en una novela de Bernard Malamud. Hace poco conseguí un ejemplar (estaba descatalogada). La publicó Destino. En breve la reeditan en El Aleph. Es un libro dotado de la fuerza que le faltaba a la película. Y refleja a la perfección al escritor: las manías, los hábitos, las locuras, la obsesión. Nuestras parejas la entenderían perfectamente, si la leyeran.

Un escritor judío se resiste a abandonar el edificio en el que vive. Van a derribarlo y todos los vecinos han aceptado marcharse para que lo derriben. Salvo este hombre, obsesionado con acabar su libro antes de la mudanza. Poco después se cuela de manera ilegal en el edificio otro escritor primerizo: un negro decidido a escribir un libro. A partir de ese punto nos encontramos en terreno conocido: la rivalidad entre ambos, los consejos mutuos sobre la obra en marcha (lo que deviene en rencores si se dicen las verdades), el tema de la dualidad, los desvelos y las angustias, las costumbres de cada escritor, el tema de la creación y sus lastres. Un escritor metido en plena faena, en plena construcción de su obra, a veces es peligroso. Malamud lo sabía. Dos extractos:

A pesar de haber estado sentado ante su mesa durante horas, aquel día, por primera vez en más de un año, Lesser había sido incapaz de escribir una sola frase. Era como si el libro le exigiera que dijera más de lo que sabía; no podía hacer frente a sus despiadadas exigencias. Cada palabra pesaba como una roca. Cuando uno lleva diez años escribiendo un libro, el tiempo añade tiempo a cada palabra; pesan como rocas. El peso de esperar el final, de convertirse en libro. Por mucho que luchara por proseguir, el pensamiento y las decisiones se le resistían; Lesser sentía que la depresión se posaba en su cabeza como un cuervo enfermo. Cuando no conseguía escribir, dudaba de su propio yo y esta duda se manifestaba con reservas sobre la calidad de su talento y entonces se preguntaba si sería talento real o una mera ilusión que él había mantenido para seguir escribiendo. Y cuando dudaba de sí mismo no podía escribir. Sentado ante la mesa bajo la brillante luz de la mañana, mientras hojeaba las páginas escritas el día anterior, le habían entrado ganas de vomitar: lenguaje, forma, su plan, su finalidad. Aquel maldito, incompleto, interminable libro, lo mareaba. La disciplina de escribir, la vida totalmente entregada y en última instancia limitada del escritor.

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-Realmente, Harry, no haces otra cosa que estar sentado sobre el culo escribiendo. Cuando vienes aquí, te sientas sobre el culo y lees.
-Pero no cuando estamos en la cama.
-Las cosas van así. Primero escribes, después lees, luego dedicas un poco de tiempo a echar un polvo, después vuelves a casa. Pero ¿qué vida hago yo? ¿Por qué no te tiras al libro y así ahorramos tiempo?
-La única manera de terminar un libro es no dejándolo. Si leo tus novelas policíacas, es para distraerme de la mía, aunque el sólo hecho de tener un libro en la mano me hace pensar en el mío. Pero mi intención es buena.


[Traducción de José Miguel Velloso]