jueves, julio 14, 2011

París insólito, de Jean-Paul Clébert y Patrice Molinard


No os perdáis este libro, inexplicablemente inédito hasta ahora. Jean-Paul Clébert, que fue presidiario, escritor y vagabundo (y que aún vive) lo editó en los años 50. Su prosa, visceral, intensa, sucia, excesiva, recuerda un poco a la de Louis-Ferdinand Céline. Henry Miller admiraba este documento de no ficción, una crónica del lado miserable de París y sus putas, sus borrachos, sus clochards, sus trabajadores... Lo interesante del libro no es que abogue por las sombras de París (al fin y al cabo, lo han hecho otros muchos), sino que el propio Clébert lo vivió, alojándose a menudo en pisos hacinados, o durmiendo en bancos. Y lo cuenta con una prosa caliente y rabiosa. Incluye unas 115 fotos tomadas por Patrice Molinard, quien, junto al autor, visitó muchos de los rincones parisinos de los que habla. Recomendación absoluta.

Allí hay muchas posibilidades de hallar sitios para dormir, un montón de matorrales, habitáculos de arena, protegidos del viento, del frío y de la lluvia, donde me instalo confortablemente. Al otro lado, un hatajo de sombras negras señala un campo de clochards, sacos de patatas sujetos con cuerdas y formando tienda de campaña sin techo entre los que duermen, jaman, escupen, pimplan, monologan cuatro o cinco individuos de sexo indefinido. Su presencia resulta tranquilizadora. Porque en ese lugar quizá poético, pero en cualquier caso siniestro, la vida es a pesar de todo peligrosa. Entre las matas de cizaña se pasean silenciosos vagabundos. Personajes inquietantes que surgen bruscamente en lo alto de la zanja y permanecen inmóviles, dudando en acercarse (¿con qué intenciones? Nunca se sabe de antemano: un atraco pese a la evidente escasez de bienes que puede ofrecer un durmiente solitario sin más equipaje que un morral caótico, juegos eróticos no de homosexuales sino de hombres faltos y obsesos, o simplemente ganas de plática y de soledad en común).

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Por no hablar de las putas, aquellas que a medianoche, a la una de la mañana, se hartaban de salmodias y balanceos sobre uno y otro pie en la esquina de la calle, sin haber hecho un solo cliente, y acudían a mirar cómo apagábamos las luces y cubríamos con lonas los motores, sus compinches, sus colegas, y cuando lo veían todo negro y no se encontraban con ánimos para volver al curro, cuando un tío les gustaba y les invadía la nostalgia de un coito compartido, lo plantaban todo, nos íbamos de picos pardos y tirábamos la casa por la ventana, nos gastábamos la paga de la semana, ellas la de la víspera, compartiéndolo todo amistosamente, hasta las cuatro o las cinco de la mañana. Recorríamos todos los bistrós, soplábamos como descosidos después de que cerraran los locales, con las cortinas corridas, el dueño invitando a su ronda, discutíamos con los falsos duros, macarras y hampones de pacotilla, camorristas de tres al cuarto, vestidos con ropas chillonas de mariconas, que consentían en beber con nosotros, pero sin familiaridades, los muy gilipollas, porque no nos consideraban gente liberada, como ellos, sino explotados. Nos acostábamos con las mujeres, las hacíamos gozar, se entregaban con fruición, los revolcones se prolongaban hasta bastante después del amanecer, se oían de una a otra piltra, nos hablábamos… Y al día siguiente, con la jeta un tanto macilenta, volvíamos al curro, la parte más puñetera, revisar los motores, asunto en el que yo estaba pez, y limpiar la pista, lo cual hacía con cara de asco.


[Traducción de Javier Albiñana]