jueves, mayo 26, 2011

El Innombrable, de Samuel Beckett



Dice Frederick R. Karl en el extenso prólogo a este libro: Como expresión de la desesperanza de la postguerra, de desesperación cósmica y más que ninguna otra obra de nuestro tiempo –exceptuando acaso la de Céline–, la trilogía de Beckett capta el nihilismo y el pesimismo del hombre que no cree ni en Dios ni en sí mismo. Sus personajes tienen buenas intenciones y, al contrario de los de Céline, no sienten el odio.

Tercer libro de esa trilogía (cuyos primeros volúmenes ya recomendamos aquí: Molloy y Malone muere), El Innombrable supone una lectura aún más compleja que sus precedentes. Encontramos a un narrador que va contando historias y que nos desconcierta cuando se describe (o se llama) de una manera y luego se describe (y se llama) de otra manera distinta. Su existencia sólo se mide por las palabras, porque habla, existe. Se mide por sus preguntas y sus inquietudes (así comienza la novela: ¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin preguntármelo. Decir yo. Sin pensarlo. Llamar a esto preguntas, hipótesis. Ir adelante, llamar a esto ir, llamar a esto adelante). El narrador cae continuamente en contradicciones. Desdice en una línea lo que acaba de contar en la anterior. Pero ni siquiera tiene muy clara su identidad ni el lugar que ocupa, como demuestra este extracto:   

Pero no desespero de poder un día salvarme sin callarme. Y ese día, no sé por qué, podré callarme, podré acabar, lo sé. Sí, ahí reside la esperanza, una vez más, de no hacerme, de no perderme, de seguir aquí, donde me he dicho que estoy desde siempre, pues corría prisa decir algo, acabar aquí sería maravilloso. Pero ¿es de desear? Sí, es de desear, acabar es de desear, acabar sería maravilloso, quienquiera que yo sea, dondequiera que yo esté.


[Traducción de R. Santos Torroella]