lunes, diciembre 13, 2010

Lamentaciones de un prepucio, de Shalom Auslander


De joven, me decían que cuando muriera y fuera al Cielo los ángeles me llevarían a un inmenso museo lleno de cuadros que nunca había visto, cuadros que habrían sido creados por todos los espermatozoides artísticos que había desperdiciado en mi vida. A continuación los ángeles me llevarían a una enorme biblioteca llena de libros que nunca había leído, libros que habrían sido escritos por todos los prolíficos espermatozoides que había desperdiciado en mi vida. A continuación los ángeles me llevarían a una enorme casa de oración, llena de cientos de miles de judíos que rezaban y estudiaban, judíos que habrían nacido si yo no los hubiera matado, no los hubiera desperdiciado, no los hubiera limpiado con un calcetín sucio durante el repugnante fracaso de mi despreciable vida (hay más o menos cincuenta millones de espermatozoides en cada eyaculación; lo que hace un total de nueve Holocaustos en cada paja. Yo estaba alcanzando la pubertad cuando me lo contaron, o la pubertad me estaba alcanzando a mí, y cometía ese genocidio, de media, tres o cuatro veces al día). Me contaban que, cuando muriera y fuera al Cielo, me hervirían vivo en unas inmensas tinas con todo el semen que había desperdiciado en mi vida. Me contaban que, cuando muriera y fuera al Cielo, todas las armas de todos los espermatozoides que había desperdiciado en mi vida me perseguirían por el firmamento a lo largo de toda la eternidad. No hace falta que te ordenen para jugar a este juego –¡vamos, inténtalo!–, todo lo que necesitas es terror, estar ávido de sangre y apreciar la ironía violenta y horripilante.


[Traducción de Damià Alou]