lunes, marzo 09, 2020

Festín de serpientes, de Harry Crews



El rodeo de serpientes de cascabel llevaba celebrándose desde tiempos inmemoriales, pero hasta hacía más o menos doce años se había tratado de una cosa meramente local, unos cuantos vecinos y unos cuantos granjeros de los alrededores. Se organizaba un pícnic y puede que una carrera de sacos o una competición de tiro y arrastre con caballos, y luego todo el mundo se metía en el bosque a ver cuántas serpientes de cascabel podían extraer de la tierra. Se zampaban las serpientes, bebían un poco de whisky de maíz y con eso se daban por contentos hasta el año siguiente.

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Pero la artesana más espectacular, la que lograba convocar a un público más numeroso para admirar su trabajo y la que ponía los precios más altos, era una ancianita con un gorro blanco que se sentaba en una mecedora de asiento de mimbre y se dedicaba a hacer mosaicos con los cascabeles de las serpientes. Había varios expuestos, uno, el más grande, de aproximadamente un metro cuadrado, representaba a un ciervo pateando a una cascabel hasta matarla. Había necesitado los cascabeles de mil ciento sesenta y dos serpientes para acabarlo, y la ancianita del gorro blanco, que jamás alzaba los ojos del lienzo extendido sobre el que estaba trabajando, pedía nada menos que tres mil dólares por él.

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El mundo podía carecer de muchas cosas, pero de hijoputas atontados con más dinero del que les convenía andaba más que sobrado.

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-¿Has ido últimamente a ver a tu padre, hijo?
-Sí, señor, la última vez hace apenas unas horas. Está bien. ¿Y a usted cómo le va?
El entrenador Tump escupió un largo chorro de jugo de tabaco, trasladó el bolo de una mejilla a otra con la lengua, se ajustó las pelotas y dijo:
-Me va de cine. Pero lo que en realidad quería preguntarte es cómo anda Tuff, el perro de tu padre.
-Entrenando duro, entrenador Tump, entrenando duro de verdad.
-Válgame Dios, siempre lo he dicho, a los perros de tu padre no hay quien los tumbe. Salen a pelear y no se andan con gilipolleces.
-Mi padre tiene pensado retirar a Tuff. Tiene claro que lo va a retirar y que va a ser el semental jefe, el capo de todos los pitbulls.
-Eso no lo duda nadie, hijo.

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Era su vida. Su vida era lo que le aterraba. No veía cómo iba a ser capaz de vivir lo que le quedaba. Se sentía inconmensurablemente abatido. Todo se desmoronaba. Todo se desintegraba a su alrededor, podía distinguir las grietas y los jirones.


[Dirty Works. Traducción de Javier Lucini]

Max von Sydow (1929 - 2020)


Black Widow: cartel oficial


José Jiménez Lozano (1930 - 2020)​


domingo, marzo 08, 2020

La historia de mis dientes, de Valeria Luiselli


Ésta es la historia de mis dientes. Es mi carta familiar a la posteridad, mi ensayo sobre los coleccionables y el reciclaje radical. Primero vienen el Principio, el Medio y el Fin, como en cualquier historia. Ya luego vienen las Parabólicas, Hiperbólicas, Elípticas, y todo lo demás. Y después de eso no sé qué viene. Posiblemente la ignominia, la muerte, y más tarde, la fama post mortem: pero de eso ya no me va a tocar decir nada en primera persona.

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Así empecé a viajar. Carretera se volvió un hombre de mundo. Tomé cursos y talleres a lo largo y ancho de la República y hasta del Continente. Diríase que me volví un coleccionista de cursos: Primeros Auxilios, Control de Ansiedad, Nutrición y Hábitos Alimenticios, Escucha y Comunicación Asertiva, Creatividad Administrativa, Photoshop, Nuevas Masculinidades, Programación Neurolingüística, Diversidad Sexual. Fue una época de oro. Hasta que se acabó, como todo lo bonito y bello.

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Yo desde entonces siempre he pensado que el infierno son las personas temibles en quienes te puedes convertir un día. Ésas son las que más miedo dan.

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Carretera fue dueño de una colección de objetos inimaginablemente rica y diversa que un día iba a ofrecer en una gran subasta final. Pero la subasta nunca se hizo, por razones que detallaré más adelante. Antes, debo decir que Carretera era un hombre que amaba los objetos de este mundo. Su amor por ellos iba más allá de su valor material real; los valoraba por aquello que de algún modo, en silencio, encerraban. Desde muy chico obedeció su impulso por el coleccionismo meticuloso de todo cuanto le parecía coleccionable, desde las monedas que encontraba tiradas en las banquetas y los botones que se desprendían de las camisas de sus compañeros de escuela, hasta las uñas de su padre y el negro y largo pelo de su madre.


[Sexto Piso]

Cartel de Blood Quantum


Trailer de Lost Transmissions


En Aleteia: Revisando Contagio



The Hunt: 2 carteles



viernes, marzo 06, 2020

Cerco II. Ole, Tom Roger y Paula, de Carl Frode Tiller



Formar parte de una serie te proporciona seguridad sobre quién eres y quién vas a ser, da sentido a tu vida y, en mi opinión, esto es precisamente lo que le falta y lo que necesita gente como Jørgen, estoy convencido de que la carencia de todo esto es lo que le hace dar tantos tumbos.

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Aunque Lasse no fuera afeminado en sus gestos ni en su manera de ser, era sin duda un hombre sensible, por ejemplo, y el hecho de que se atreviera a llevar el pelo largo y a vestir de colores, y de que no pretendiera en absoluto parecer duro, fuerte o valiente, constituía una provocación para más de uno de los hombres que cada día se esforzaban por cumplir con todas las obligaciones y prohibiciones que les imponía el machismo.

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-Creo que toda la gente de nuestra edad tiene momentos así de vez en cuando –digo, volviéndome de nuevo hacia Per, tengo que darle pie–. Al fin y al cabo, estamos en esa edad en la que empezamos a darnos cuenta de que somos mortales y de que no vamos a alcanzar todas las metas que nos propusimos en su día –añado–. Mucha gente se lleva un buen palo cuando se da cuenta –continúo. De alguna manera intento ponérselo un poco más fácil normalizando lo que le agobia. Aunque no sepa exactamente qué es, no creo andar muy desencaminado.

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Intenta reconstruirme. Trata de hacerme creer que soy mejor de lo que soy. Pero no puedo más. No soporto seguir engañándome. Sé quién soy y me doy ganas de vomitar. Y me pone enfermo nuestro romanticismo de cloaca. Esta imagen que tratamos de darnos de nosotros mismos. Intentamos vernos como una de esas parejas white trash que a veces aparecen en las películas. Personas castigadas por la vida, pero que siguen adelante como buenamente pueden. Personas que a veces se hieren y se maltratan, pero que, pese a todo, se quieren más que nadie. Qué chorrada. No lo aguanto más.

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Otterøya no es un sitio muy grande, ya sabes, y la mayoría de la gente os recuerda tanto a ti como a Berit y a Erik, tendrías que haber visto cómo se entregaron a la tarea de contar historias de los viejos tiempos. De repente, personas que llevan mucho tiempo más muertas que vivas se animaron. Hablaron largo y tendido sobre las relaciones familiares, sobre el trabajo y la vida cotidiana, sobre nacimientos y muertes, sobre los buenos tiempos y los malos, sobre accidentes y tragedias, sobre el progreso y el optimismo.


[Sajalín Editores. Traducción de Cristina Gómez y Øyvind Fossan]

Trailer de Greyhound



Cartel de Antebellum


martes, marzo 03, 2020

Los ingrávidos, de Valeria Luiselli


Ahora escribo de noche, cuando los dos niños están dormidos y ya es lícito fumar, beber y dejar que entren las corrientes de aire. Antes escribía todo el tiempo, a cualquier hora, porque mi cuerpo me pertenecía. Mis piernas eran largas, fuertes u flacas. Era propio ofrecerlas: a quien fuera, a la escritura.

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Las novelas son de largo aliento. Eso quieren los novelistas. Nadie sabe exactamente lo que significa pero todos dicen: largo aliento. Yo tengo una bebé y un niño mediano. No me dejan respirar. Todo lo que escribo es –tiene que ser– de corto aliento. Poco aire.

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En esta casa se va el agua. El niño mediano dice que el fantasma es quien se acaba la reserva de la cisterna. Dice que es un fantasma que se murió de sed y que por eso se toma toda el agua de la casa.

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Dejar una vida. Dinamitar todo. No, no todo: dinamitar el metro cuadrado que uno ocupaba entre la gente. Más bien: dejar sillas vacías en las mesas que se compartían con las amistades, no a modo de metáfora, sino en verdad, dejar una silla, volverse un hueco para los amigos, permitir que el círculo de silencio en torno a uno se ensanche y se llene de especulaciones. Lo que pocos entienden es que uno deja una vida para empezar otra.

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En el metro, camino a casa, vi por última vez a Owen. Creo que me saludó con una mano. Pero ya no me importaba, ya no sentí ningún entusiasmo. El fantasma, me quedaba claro, era yo.


[Sexto Piso]

Cartel de Sometimes Always Never


En Aleteia: Waves. Un momento en el tiempo


Trailers de Artemis Fowl



Cartel de Resistance


En Aleteia: La llamada de lo salvaje



Cartel de The Other Lamb