lunes, agosto 13, 2007

Esos pasajeros

Un amigo poeta me dijo hace poco algo así: si uno viaja con frecuencia por el mundo, al final se le quita el miedo a volar. Se refería al miedo a volar en su sentido real y en su sentido metafórico. Hay que ver mundo, eso es indiscutible. Sólo los viajeros (y, en cierto modo, los turistas) pueden comprender las dimensiones del planeta y su amplio catálogo de variedades, pueden aprender a no mirarse tanto el ombligo y a reconocer que en todas partes cuecen habas y que existen sitios maravillosos por doquier. Hay personas que, sin haber salido jamás de su pueblo (o de su ciudad, que para el caso viene a ser lo mismo), creen que su pueblo o su ciudad son lo mejor del mundo, pero esa percepción sólo es culpa del desconocimiento. Me apasiona viajar, sobre todo desde que, tras una ración brutal de viajes de infancia junto a mis abuelos, caí en la rutina de no salir jamás de mi provincia o de las provincias cercanas, como Salamanca. Y estoy perdiendo el temor a subirme a un avión. En mis dos últimos vuelos ni siquiera me he preocupado mucho, me han faltado el nerviosismo, el miedo a las alturas y los pensamientos fúnebres. La receta es sencilla: olvidarse, relajar el cuerpo, pensar que todo es cuestión del azar y que ese no será tu día malo, permitir que todo fluya y, por supuesto, distraer el viaje leyendo un libro. El despegue me sigue alterando un poco el estómago, pero ya no tanto como hace un año o menos. Lo único que me afectan son las turbulencias.
Se pueden superar los vértigos y los miedos a subirse a un avión, con paciencia y a fuerza de viajar una y otra vez y acostumbrarse. El vértigo es extraño, o al menos lo es el que yo padezco: si miro el paisaje de luces de Madrid en la noche, desde la ventanilla del avión, me siento tranquilo, sereno, hasta podría decir relajado si no fuese una de mis exageraciones; en cambio, si me asomo al balcón de un décimo piso y miro el asfalto me entra el mareo, lo cual ocurre también si pongo el pie al borde de un acantilado y trato de mirar abajo. Supongo que guarda relación con las protecciones: en el avión vas sentado, sujeto a la butaca con el cinturón, confortable en su vientre, y te separa del abismo un armatoste; en el balcón sólo hay una barandilla baja y frágil.
Lo que no se puede superar de ningún modo es el comportamiento de ciertos pasajeros. En el penúltimo vuelo se me sentó al lado una chica. Nada más sentarse, puso los pies calzados en el respaldo de la butaca delantera, sin que ninguna azafata le reprochara su conducta. Cuando anunciaron que apagáramos los móviles, busqué el mío para comprobar una vez más que lo llevaba apagado, y supongo que al hacerlo, al mover la mano y el brazo para buscar el bolsillo de los vaqueros, debí rozar a la chica con el codo. Un acto involuntario, mal calculado. Un roce de nada, tan ligero que creí que no hacía falta disculparse, como suelo hacer. Quizá eso fue lo que la condujo a mirarme fijamente durante unos minutos. No soporto que un desconocido me observe el perfil sin que crucemos una palabra. Después bajó los pies del asiento delantero y se dedicó a menear una pierna, con ese tic característico de quien tiene prisa por llegar a alguna parte y no se le cuece el arroz. Luego, con su brazo izquierdo, invadió la diminuta zona del apoyabrazos que me correspondía. Con esos mimbres, es fácil que uno olvide que está surcando los cielos. En el último vuelo nos tocó, detrás, una de esas niñas resabiadas que se dedican a dar pataditas a los asientos de delante. Plas-plas-plas. Una lata. Miras hacia atrás, la madre advierte tu fastidio y ni siquiera regaña a su hija. Ya soporto volar. Pero, ¿podré soportar a algunas personas?

Tambores de Benirràs

El penúltimo día de nuestro viaje nos llevaron en coche a la Cala de Benirràs, en los alrededores de San Miguel. El paisaje de espesa vegetación de las colinas, los islotes próximos y los barcos, los acantilados que rodean el agua cristalina y la celebración dominical de los hippies con sus tambores fueron lo mejor de la isla, junto a las imprescindibles vistas exóticas desde las murallas de la ciudad, lugar desde el que, por cierto, divisamos la roca contra la que chocó el carguero que llevaba una gran cantidad de fuel y gasóleo en sus bodegas.
En Benirràs se celebra, cada domingo, un homenaje al sol. Unas horas antes del crepúsculo dos o tres personas comienzan a tocar los tambores y otros instrumentos de percusión. A medida que transcurren los minutos, van sumándose otros participantes. El único problema es que ese rincón, aunque no es fácil llegar a él (se debe ir con alguien que viva en Ibiza o que te dé las indicaciones oportunas, pues no es precisamente un lugar de paso), está masificado. En cuanto empieza el descenso por carretera ya se ven coches aparcados en los arcenes de ambos lados, lo cual dificulta el tránsito de los vehículos. Tras dejar el coche y bajar unos cuantos metros a pie, nosotros nos dirigimos a las rocas y nos instalamos a merendar bajo una techumbre en la que había amarradas un par de lanchas. Los hippies de al lado comían ensaladas de lechuga y pepino y nosotros merendamos queso curado y chorizo casero de Zamora, que nos dejaron los paladares llenos de un gusto bronco y picante. Luego, tras el tentempié, nos acercamos a la caseta principal de la playa, en cuya puerta van colocándose quienes tocan los tambores, los platillos, los timbales, los bongos. Se trata de una orgía musical, en la que la gente empieza mirando y siguiendo los ritmos continuos con la cabeza o con un pie y termina bailando al son de los tambores. Siempre hay alguien que lleva la batuta, que dirige el cotarro; el resto sigue la pauta que marca. Estábamos allí, disfrutando de esa música, cuando llegó un negro, creo que del Congo, o eso entendí, y le prestaron un tambor. En un minuto se hizo con el ritmo. Marcó él las pautas, condujo a los percusionistas por donde le dio la gana y se hizo el amo. Lógico, lo lleva en la sangre, habrá tocado los timbales desde niño, allá en su pueblo. Hay dos estampas frecuentes en esta celebración: hombre hippy con rastas y el torso desnudo, manejando un tambor; chica hippy en tanga, con los senos al aire y un porro en los labios. Se supone que quienes palmean los tambores ya se han fumado, antes de tocar, su ración de trompetas, porque lo que en esa cala fuma la gente parecen trompetas y fagotes.
Me fijé en el público que, de pie o sentado, asistía absorto al espectáculo, mientras el sol se escondía en el horizonte: y vi a la mismísima Verónica Zemanova (y quien quiera entender, que entienda). Iba acompañada de un tipo de rostro ruinoso, cargado de espaldas y bastante parecido al Mickey Rourke de ahora. Ella es una belleza que mejora al natural. Creo que cuanto vi en Benirràs son los últimos reductos hippies, pero hippies de verdad, no neohippies forrados. Viejos con pinta de chamán, hombres muy fumados y provistos de rastas canosas, tipos con músculos de tanto darle al tambor, familias que sólo comen productos vegetales, niños desnudos que se encaraman a los cuellos de sus padres mientras ellos tocan, mujeres desinhibidas y mucha marihuana. Por la playa se multiplican los puestos de collares, pulseras y baratijas. Venden pastel de hachís, mojitos y cervezas. Hay malabares con fuego y otros pasatiempos. La gente se queda allí a pasar la noche, en un ambiente místico, delicioso.

viernes, agosto 10, 2007

Ratatouille




Obra maestra. Imprescindibles personajes como Anton Ego (segunda imagen), doblado por Peter O'Toole, o Skinner (tercera imagen), doblado por Ian Holm. Con el tiempo, se convertirá en un clásico de la animación. Página oficial.

Playas y calas (y 2)

Seguimos con esos lugares en los que me he bañado, tomado el sol y quemado la piel. Estuve en un rincón nudista (nosotros no nos quitamos los bañadores, claro), en Cala Salada, a unos metros de una de las casas de los Duques de Alba. Los bañistas iban en bolas. Las mujeres se habían arreglado el pubis. Algunos tipos se echaban barro en el cuerpo. Un tipo estaba con su novia, los dos desnudos sobre una roca, y el hombre se empalmó. Eso me dijeron, pero no quise mirar. Un señor de alrededor de setenta años también estaba en cueros vivos y se tiró al agua con la vitalidad de un chaval. Algunos jóvenes se arrojaban de cabeza al mar desde las rocas. No cubría mucho, así que mientras se lanzaban una y otra vez pensé que, seguramente, no habían visto “Mar adentro”. Tres o cuatro lesbianas desnudas y perfectas jugueteaban en el agua, algunas personas fumaban porros en la orilla y yo me pasé todo el tiempo nadando entre las rocas, a la búsqueda de lapas y cangrejos. Me he bañado siempre en chanclas: por allí hay un montón de erizos y no quiero repetir una experiencia desagradable de la infancia, cuando en una playa de Benidorm pisé un erizo y ni siquiera el médico de urgencias pudo extraerme los pinchos de los dedos de los pies, que sólo salieron después de varias semanas de tiempo, paciencia y abluciones con yodo. Esa cala me pareció otro pequeño paraíso: un rincón bellísimo, aguas muy claras, barcos al fondo, casas blancas de millonarios construidas entre la vegetación y sólo el sonido de las olas rompiéndole la cara a las rocas. Por fortuna, no todo el mundo hacía nudismo, y así nosotros no pasamos el apuro de ser los únicos que llevaban puesto el bañador.
A Cala Conta ya la nombré en otro artículo. Pero cuando escribí aquello no me había bañado aún. Sólo habíamos visto, de lejos, la exótica casa de Elle MacPherson. Volvimos un par de veces, a bañarnos. Nos aproximamos a la mansión todo lo que estaba permitido: entre la casa, donde un jardinero regaba las plantas, y nosotros, sólo había una pequeña cala donde la modelo tiene una plataforma de madera con tumbonas y sombrillas para tomar el sol. Es allí donde la han pillado alguna que otra vez en top less. Ese rincón es fabuloso, parecido a las historias de piratas que nos gusta leer: islotes, barcos, unas puestas de sol magníficas, acantilados y unas aguas de color turquesa. Una tarde, mientras nos bañábamos allí, en una de las pequeñas playas de Cala Conta, observamos las maniobras de un fotógrafo profesional (o su cámara me dio esa impresión). El tipo se acercaba a las chicas que se tostaban los senos, hablaba con ellas y, si accedían, les tomaba fotografías en poses sensuales. Muchas de ellas negaron con la cabeza, pero el tío fue afortunado: un grupo de siete u ocho chicas accedió a quitarse el biquini y las cosió a fotos, juntas y por separado, metidas en el agua o tumbadas en la orilla. Vaya usted a saber para qué eran las fotos: tal vez para alguna revista de hombres, de esas que hacen el Especial Chicas de Ibiza, o quizá para traficar con ellas en internet. Tras la sesión hablaron un rato, no sé si para pagarles. Igual era un cazatalentos. Pero dudo mucho que las muchachas de ese grupo hubieran alcanzado la mayoría de edad. Sospecho que rondaban los dieciséis años.
En la bahía de la Cala del Moro se encuentra el célebre Café del Mar. No había sitio para ver la puesta de sol, así que nos desplazamos al Rey de Copas, un garito que queda al lado. Bebimos mojitos mientras el sol se ocultaba. El dj nos gustó: mezclaba temas clásicos de cine con chill-out. Se llamaba Ramón Castells y nos regaló dos discos con sus mezclas. Las puestas de sol, allí, son inolvidables.

jueves, agosto 09, 2007

Portadas exquisitas

The Honeymoon's Over: True Stories of Love, Marriage, and Divorce, de Varios Autores, edición de Andrea Chapin y Sally Wofford-Girand. Inédito en España.

Playas y calas (1)

Ya en Madrid, mientras escribo estas palabras añoro el agua y las rocas de Ibiza. El agua y las rocas, sí, pero no la arena, que me pone demasiado nervioso. La arena se mete por todas partes y siempre sale uno de la playa, de cualquier playa, con granos de arena en el bañador y entre los dedos de los pies. En cuanto pisé una de esas calas me dijeron que en la isla hay mucho culto al cuerpo. Y lo comprobé en persona. Casi todos los hombres van morenos, están musculados, lucen tatuajes en los bíceps y en la espalda y piercings en las orejas, se depilan el torso y los brazos y, algunos, incluso las piernas. No se ve mucho pelo entre esos individuos que luego acuden a la discoteca en bañador y chanclas, con las gafas de sol puestas y una camiseta de tirantes. No es raro verlos en Amnesia o en Space sólo en bermudas, desnudos de cintura para arriba. Allí no hay complejos y nadie mira mal al resto. Lo normal es el nudismo. Casi todas las mujeres están más morenas aún, se han trabajado los cuerpos en los gimnasios y no tienen grasa, también enseñan sus tatuajes y sus piercings y toman el sol en top less. Parece que el top less es más frecuente entre las españolas que entre las extranjeras. Alguien que vive allí me dijo que éstas últimas son más recatadas. Por doquier hay un festival de senos y bíceps. Mi ausencia de músculos, mis cuatro pelos en el pecho y mi palidez de los primeros días en la isla me daban un poco de vergüenza.
Me he bañado en varios sitios, y no sé si recordaré los nombres de todos ellos. Recuerdo la playa de Las Salinas, donde tipos de la tercera edad o rondándola iban en tanga, donde vi a una paparazzi con la cámara en ristre fijándose en los barcos y yates que había atracados cerca de la orilla, donde un chico recogía a las pijas en una moto de agua para irlas llevando de una en una a un barco (ellas con el bolso colgando del hombro y un sombrero vaquero). Se lleva mucho el sombrero vaquero hecho de paja, que es muy hortera, pero que a las mujeres les sienta bien. Ese día intentamos comer en el chiringuito de la playa y no pudimos, no quisimos: los precios de los bocadillos y de los sándwiches eran propios de ricachones. Recuerdo un mercadillo hippy en Es Canar, cerca de Santa Eulalia, con vendedores muy auténticos, ropa ibicenca y abalorios. Recuerdo, porque allí nos bañamos varios días, la Cala del Moro, que distaba cinco minutos a pie del apartamento en el que nos alojamos. Insisto en que prefiero las calas y la incomodidad de las rocas antes que la playa. En las calas, además, siempre hay poca gente y no te comes el codo del vecino de toalla.
En la madrugada del sábado al domingo, tras llegar a casa bastante ebrios después de coger un taxi a las puertas de Amnesia, me tumbé en la colchoneta hinchable en la que dormía y, como no lograba conciliar el sueño, me levanté, me puse el bañador y las chanclas, coloqué la toalla sobre el hombro y me fui a esa cala, la del Moro. Los borrachos extranjeros aún daban tumbos de regreso a sus hoteles y yo me eché, solo y adormilado, en las rocas. Estaba amaneciendo y era lo que necesitaba ver: los primeros rayos de luz. Mientras clareaba quise dormir un poco, pero la proximidad de tres gaviotas observándome, a sólo unos metros, como si estuviéramos en “Los pájaros”, me persuadió de conciliar el sueño. Cuando se fueron, cerré los ojos y dormí unas cuantas horas, mientras el sol empezaba a calentar las aguas. El rumor de las olas era un acicate para el sueño. Al despertar, el sol ya pegaba fuerte. Así que, de vez en cuando, me metía en el agua a refrescarme. El problema es que había olvidado coger el bronceador, y se me quemaron la espalda, los antebrazos y las piernas.

miércoles, agosto 08, 2007

Hank Over: Mensaje de Vicente Muñoz Álvarez


Copio y pego:
Estimados compañeros: como sabéis, Patxi Irurzun y yo acabamos de cerrar una antología homenaje a Charles Bukowski, Hank Over: resaca, que se publicará en la primavera próxima. Durante cerca de un año Patxi y yo seleccionamos los textos de los autores que consideramos más representativos para la ocasión, siendo conscientes de que la nómina posible era mucho mayor y más diversa. Precisamente por eso, en vistas de las ausencias y los muchos textos que nos siguen llegando, hemos abierto el espacio hankover.blogspot.com. Nuestra intención es dar salida en él, hasta que salga el libro, a textos e ilustraciones relacionados con Bukowski, tanto de los propios antologados como de los muchos otros que merecieron estar, para facturar un blog a la altura de la celebración. Hacemos extensible la invitación a ilustradores ( caricaturas, comics, retratos o ilustraciones de Hank ), escritores y poetas, ensayistas, fotógrafos, tripulantes & simpatizantes & amigos, y os rogamos que difundáis este mensaje entre la gente que os parezca interesante para este proyecto. De aquí a la primavera próxima esperamos vuestros trabajos. Pueden ser, además, el germen de nuevos proyectos... Salud y pura vida. Vicentevinalia.

En días idénticos a nubes, de Ana Pérez Cañamares

Leí este libro hace años. Luego lo presenté en la Biblioteca Pública de Zamora. Sólo estaban cuatro amigos míos, las directoras del centro, algún curioso y un viejo que dormía al fondo (y no es broma), pero Ana hechizó a todos. Escribí un texto de presentación que luego se publicó en algún ejemplar del periódico gratuito Alma de Punk. Ayer, rebuscando entre mis papeles, lo encontré. Así que toca compartirlo; espero que motive a leer el libro de Ana a quienes aún no lo conozcan. Aquí va:

En algún lugar he encontrado una de las numerosas citas que definen ese período confuso de hallazgos y equívocos que conocemos con el nombre de adolescencia. Pertenece al escritor argentino Guillermo Martínez y dice así: “La edad de los absolutos, la edad de la contaminación necesaria, la edad en que se llora cuando los demás ríen y se ríe cuando los demás lloran”.
Ana Pérez Cañamares, partiendo de esa época de brillos y lágrimas, disecciona los traumas, las dudas, los amores, las pasiones, los naufragios propios del adolescente en éste su primer libro (cautivador, hermoso) de cuentos, “En días idénticos a nubes”, cuyo título es un préstamo del primer verso de un poema de Luis Cernuda que comienza diciendo: “Adolescente fui en días idénticos a nubes”. A la cita del poeta la acompaña una afirmación rotunda de Ramón Gómez de la Serna: “La adolescencia es cosa bárbara”.
“En días idénticos a nubes” reúne veinte cuentos escritos a lo largo de varios años, a cuyo trazo exquisito en la prosa se ha pegado el esmero botánico con que la autora cultiva el haiku y el microrrelato o cuento hiperbreve. Ana Pérez suele decir que nunca tuvo conciencia de que estos cuentos podrían formar un libro hasta poco antes de su publicación, con lo cual ella ha ido haciendo el libro sin darse cuenta mientras el libro también la hacía a ella, la alimentaba con sus experiencias acaso reales o inventadas, pero ya convertidas en un magma de literatura.
En todos ellos, quizá porque la escritora ha leído mucho, late la sombra de numerosos autores, pero sobre todo la de Raymond Carver, uno de los grandes obreros de la sugerencia en el cuento y uno de los responsables del mal llamado realismo sucio. En todos ellos, el lector hallará un rescoldo de sus propias vivencias, un aroma familiar, igual que si estos relatos pudieran retratarnos a cada uno de nosotros, un espejo en el que poder vislumbrarse. Quien piense que estamos ante el libro autobiográfico de Ana, yerra en su propuesta. Hay autobiografía, desde luego, como la hay siempre más o menos emboscada en toda novela, en todo cuento, pero su autora no se limita a mostrarnos un catálogo de heridas y cicatrices tópicas de las adolescentes, sino, por el contrario, huye del tópico y se calza además los zapatos de los muchachos, nos hace convivir con sus miedos y sus frustraciones, podemos adentrarnos como en una gruta conocida pero sin embargo inexplorada y ella nos lleva de la mano mediante su tono lírico, contenido, y así entramos en el pensamiento de los chicos y de las chicas, o nos conduce a través de la narración objetiva en tercera persona, en actitud de vigilante apostada en ese minuto en el que alguien pierde su inocencia.
Si en todas estas historias se nutre la autora del trágico mundo de la adolescencia, otros temas son comunes en los relatos: el incesto que, similar a un escalofrío de pecado y deseo, planea ávido de víctimas por encima de algunos adolescentes, que aquí aparecen enamorados de sus hermanos o sosteniendo un duelo musical de erotismo y clandestinidad con sus tías, sumidos en el sudor de las alcobas oscuras donde se fraguan las siestas y los secretos. También hay espacio para la muerte, para los primeros besos (cito textualmente) “con sabor a chicle de menta”, para ese pulso doloroso que el adolescente mantiene entre su ansia de descubrimientos, su inocencia y su ignorancia, espacio para el dolor y para los amores platónicos, para las excursiones y las acampadas, cuando se nos sobrecoge el corazón las primeras veces por esa emoción intensa en la que se juntan la noche estrellada, el júbilo de la amistad y el calor de la carne próxima.
Con los relatos de “En días idénticos a nubes” el adulto regresa a un mundo antiguo, el de su pasado, y el adolescente confundido verá algunas pinceladas de su retrato, absorto en esa especie de espejo donde se reflejan personajes con los que podemos identificarnos. Es un libro, pues, que no admite distinciones de edad.
Ana Pérez Cañamares dice, en una entrevista para la revista Literaturas: “Recuerdo la época de la adolescencia sobre todo como intensa, de una intensidad casi dolorosa. Creo que en general se dan dos circunstancias: todavía tienes restos de curiosidad infantil, los ojos están abiertos a todo, con lo cual la vida te entra a borbotones; y sin embargo no se tienen las herramientas o la capacidad crítica o de análisis para ponerle freno a todo eso que te inunda”.
Hay dolor en el libro, desde luego, pero también una fina ironía, la que, acaso sin pretenderlo, asume el adolescente para defenderse de ese mundo que aún no alcanza a comprender ni abrazar. Sirva de ejemplo la carta que la protagonista de “Las lilas blancas” le envía a su novio y cuya advertencia final rompe con la lírica y la tristeza de las líneas precedentes, la carta que dice así: “Yo te quiero más que a nadie, David, te querré siempre, lo que pasa es que aún me acuerdo mucho del abuelo, mira que morirse cuando sólo llevábamos quince días juntos, estaba allí muerto, en aquella sala que parecía una cápsula de hibernación como las de las naves en las pelis, a punto de despegar hacia el más allá, y yo venga a pensar en verte, con tantas ganas que hasta me parecía que los demás fueran a adivinarme los pensamientos, y de no llorar al abuelo cuando tocaba no he podido olvidarte en todo este tiempo, pero yo te quiero, David, más que a nadie, no puedo esperar a que acabe el verano. ¡Como te líes con una de Santander, os mato a los dos!”
Por último, me gustaría apuntar que en este libro el lector encontrará, entre otros, la desoladora historia de una muchacha enamorada de su hermano homosexual; el relato del descubrimiento de los secretos ocultos en el ámbito familiar, en aquella España donde comenzaba a surgir la esperanza en el horizonte mientras el dictador tenía urgentes aspiraciones a cadáver; el cuento de un muchacho atraído por el erotismo que desprende la madre de uno de sus amigos.
Pero dejemos que sea el lector quien vaya descubriendo, al igual que los personajes descubren las ambiguas facetas de los sentimientos, las historias que anidan en este libro, plagado de finales abiertos, donde imperan la sugerencia, el equilibrio y esa cosa bárbara que es la adolescencia.

Más discotecas

Te gusten o no, se deben visitar las discotecas y los grandes pubs ibicencos. Es una de sus señas de identidad: es necesario ver la fauna que por allí se mueve. Al final no pudimos entrar en Pachá. Mis familiares habían entrado gratis una noche de la semana anterior, en el mes de julio, gracias a la inclusión en las listas de invitados. Pero yo no tuve suerte: en agosto restringen esas listas, por la masificación, y la entrada cuesta un ojo de la cara, de modo que me fui con algo de envidia porque esos familiares me contaron cómo es por dentro, y me hablaron de los famosos que merodean por sus barras y de las diversas salas para bailar. Por algo Pachá es un clásico.
Una noche estuvimos en el Keeper, un bar de copas situado en el Paseo de Juan Carlos I. Queda muy cerca de Pachá. Al pasar en coche por esa disco, por cierto, vimos la furgoneta en la que suele viajar Paulina Rubio con sus amistades: también la vi al terminar el concierto de The Rolling Stones en Madrid. Paulina Rubio no se pierde una. El Keeper es uno de esos locales que gozan de prestigio, un sitio tradicional con terrazas en las que distraer la madrugada. El ambiente es distinto al de otros bares en los que estuvimos: aquí la clientela incluye menos jóvenes. Al entrar vimos al famoso Marc Ostarcevic bailando con tres muchachas a la vez, en plan playboy latino. Yo no lo reconocí porque no sabía quién era: aún debo aprender unas cuantas lecciones sobre cotilleo. Cerca de la puerta de entrada al garito hay un pequeño tiovivo al que, de vez en cuando, se sube la gente y los demás mueven el cacharro. Un poco más allá, una especie de barra en la que se menean los bailarines: primero, una chica; después subió a bailar otra gogó con dos fulanos de torso desnudo con los que simulaba hacerse un trío. Me gustó la música: Aretha Franklin, Depeche Mode, Michael Jackson, etcétera.
El sábado entramos en Amnesia, una de las mejores discotecas de la isla. Antes de ir allí, seguimos el ritual que ya conté el otro día: nos apostamos en las terrazas de la calle Barcelona, cerca del puerto de Ibiza, a ver pasar a la gente y tomar copas. Es lo que llaman “El Paseo”, donde los ganchos de cada bar te hacen sus ofertas para que te sientes en sus terrazas y consumas (cobran comisión por cada cliente que logren sentar en sus bares). Ese sábado las chicas que hacen de gancho iban con muy poca ropa. Cualquier cosa vale con tal de engatusar y atraer la atención de los paseantes. También hay hombres-gancho, pero ellos van recatados y, como carecen de escotes y de buenas piernas, tienen que valerse de otras habilidades: generalmente, echándole mucho morro. Aunque parezca que no hay una mesa libre, ellos se las arreglan para traerte una en menos de diez segundos. Después fuimos a Amnesia. A las puertas de esta discoteca, a las tantas de la madrugada los pastilleros se montan en sus coches, o esperan fuera de ellos con la música atronadora de sus equipos, bailando para que se les pase un poco el cuelgue. Unos metros más allá del carril de entrada y salida les espera la guardia civil, para registrarlos y hacerles controles de alcoholemia. Amnesia es otra locura. Dicen que su origen está en los setenta, cuando los hippies inauguraron un bar en el que escuchar a los mejores músicos de rock de esa década; uno de ellos era Antonio Escohotado, autor de “Aprendiendo de las drogas”, entre otros libros. Antes de ese bar, Amnesia fue una casa construida en los últimos años del siglo XVIII. He leído en una guía que en este local se inventó el “acid-house” ibicenco. Cerca de la madrugada ofrecieron un espectáculo apoteósico en una de las salas: alrededor de cuarenta gogós bailando en una pasarela. Es otro mundo. Una experiencia única.

martes, agosto 07, 2007

De vuelta


Ya estoy de vuelta en Madrid. Me quedaré por aquí un par de días, aprovechando que son las fiestas de Lavapiés. Antes de nada: mi agradecimiento a la gente que estos días me ha nombrado en sus bitácoras: Asfoso, Alfonso X. Rabanal (que sigue celebrando su aniversario con sorteo de libros), Deblin y, por supuesto, a todos los colaboradores y compañeros de Hank Over, que ya le están dando cancha al libro en sus blogs. Arriba, ilustración de J. Kalvellido.

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Mientras busco un libro en la sección de biografías y memorias, escucho a un dependiente de la Fnac decir: “Anoche soñé que me mataban. Era la primera vez, tío. El primer sueño en el que me matan. Después de matarme, el sueño continuaba sin mí, pero yo lo veía todo”.

Algunas discotecas de Ibiza

Otro día hablaré de las playas y las calas. Hoy y mañana me gustaría hablar de las discotecas, uno de los grandes señuelos para atraer al turismo. Las discotecas de Ibiza son famosas en el mundo entero y reconozco que, antes de llegar a la isla, no me interesaba visitarlas. Pero no me arrepiento de haberlas recorrido: hay que verlas, pasar dentro unas horas, asombrarse. Lo que uno se encuentra allí es un mundo aparte, como si hubiéramos aterrizado en otro planeta, repleto de gente extraña. De momento, hablaré de tres sitios célebres: Privilege, Bora Bora y Space.
Privilege es la discoteca más grande del mundo. No es broma: así está registrada en el Libro Guiness de los Récords y en su interior caben diez mil personas. Está situada en la carretera de San Rafael y tiene unas catorce barras, un montón de salas para recorrer, pistas y terrazas, tiendas en algunos rincones e incluso una piscina en mitad de una de las salas. En las discotecas no suelo consumir nada porque los precios son prohibitivos. La noche que estuvimos en Privilege había un espectáculo curioso. Una mujer, ataviada con un vestido con un vuelo del tamaño de un paracaídas (y no exagero, incluso quizá fuese más grande), y maquillada al estilo vampiro, era elevada desde el techo mediante unos cables. Al subir, el vuelo del vestido se abría y la gente agarraba los picos de esa falda con tamaño de carpa de circo. Yo no daba crédito. En la entrada nos registraron. Los porteros registran los bolsos de las mujeres y a los hombres los cachean, les tocan los bolsillos, las perneras del pantalón, etcétera. Buscan armas y drogas, supongo. El Bora Bora es un chiringuito de playa que hace las veces de discoteca. No hace falta pagar nada en la puerta. Dentro suelen estar jóvenes de entre veinte y treinta años, aunque se ven algunos guiris más mayores. Fuimos a las ocho de la tarde y ya estaba la pista repleta de “colgaos”, que sólo llevaban puesto el bañador, las chanclas y las imprescindibles gafas de sol para esquivar la luz y proteger los ojos de sus hábitos noctámbulos. Si dos chicas se ponen a bailar juntas, los tipos de alrededor las animan y vitorean, para ver si suben de tono y se lían. Cada vez que un avión pasa por encima de la terraza, a tan sólo unos metros de altura, el público levanta los brazos y aclama su llegada a la isla. Todo el mundo va puesto. Están colocados hasta las cejas, soportan varios días sin dormir y bailan como zombies o vampiros con gafas de sol, como al principio de “Blade”. Los hombres llevan el torso desnudo y las mujeres danzan en biquini. Música house, chunda-chunda y el personal bailando en trance. Allí vi a un tipo joven y rubio con esta pinta: coleta, mochila a la espalda, chanclas y calzoncillos marcapaquete, un cuerpo flaco y una barriga enorme.
En Space asistimos a la fiesta de La Troya. Space está, como el Bora Bora, en Playa d’en Bossa. Space y su clientela pertenecen a otro universo. También estaba todo el mundo colgado: caras de zombie y gafas de sol. Dentro hay tiendas y sillones para masajes. Y numerosos espectáculos: jóvenes y viejos travestidos, tipos musculosos que bailan en jaulas y se sacan el falo erecto, chicas espectaculares haciendo un despelote integral, travestíes con disfraz de enfermeras, tíos con bozal y sujetos con cadenas, drag-queens, una mujer casi anciana moviendo una bandera (esa señora rubia que sale en el programa de Pocholo), y La Troya entrando con zancos en la jaula y animando al personal. Un show sádico, perturbador e infernal, con bailarines para cada gusto sexual. Allí dentro tuve que apartarme un par de veces para huir de los gays, fulanos cuadrados que no se cortan un pelo para intentar ligar con uno.

Locura festiva o paz espiritual

Una parada obligatoria está en la calle Barcelona y alrededores, cerca del puerto de Ibiza, donde uno mira los barcos y los yates y, durante unos minutos, envidia a quienes están forrados de pasta. Todo el mundo pasa por allí, o eso parece. Las terrazas suelen estar llenas y las tiendas de ornatos, de piezas de cerámica y de ropa continúan abiertas de noche; hay garitos donde sirven kebabs, pizzas y bocadillos, y no es difícil ver deambulando por esas calles a los famosos. La segunda vez que estuvimos allí pasó un hombre elegante de pelo blanco, muy erguido, agarrado de la mano de una mujer, y detrás de ellos merodeaban un par de paparazzis, levantando las cámaras con trípode por encima de la gente para fotografiarles el cogote a estos dos supuestos famosos, que no sé quiénes eran. A veces pasa alguna persona con un rostro que a uno le resulta familiar: es posible que sea un director de cine, o un productor, o un empresario conocido. En esas terrazas se empieza uno a embriagar con facilidad: como decíamos ayer, por el precio de una copa te ponen otra y te invitan a un chupito. Así, basta sentarse en dos terrazas para haber bebido cuatro copas y dos chupitos.
La gente se sienta a la puerta de esos pubs y se dedica a conversar y a ver pasar al personal. Pasan tantas rarezas y tantas bellezas que a uno le cuesta no frotarse los ojos. Una noche llegamos pronto, lo bastante para comprobar cómo anuncian las fiestas de las macrodiscotecas. Son desfiles encabezados por tipos que sujetan estandartes, en los que pregonan las fiestas de marras. Detrás caminan los participantes: las gogós, los bailarines y, en general, todos los que contribuyen al espectáculo. Chicas y chicos disfrazados o medio desnudos, algunos de los cuales permiten a la gente verles el culo, los senos, el torso, la espalda. El desfile más extraño fue el que anunciaba la fiesta de La Troya, que hicieron en la discoteca Space, y de la que hablaré mañana. En ese cortejo de carácter erótico y sadomasoquista vi de todo: un fulano que llevaba puesta una horrible careta de goma y la cabeza metida en una jaula para pájaros, y dos o tres adminículos propios de médico (un fonendoscopio, un gorro de operar), y un tanga, y unas botas y el resto del cuerpo en bolas; un par de travestíes de casi dos metros de altura que iban vestidas de enfermeras; un hombre enorme con un casco de caballero dotado de cuernos de cabra, y una cola de animal, y botas y atuendo negro, y un bastón en la mano; otro tipo con el culo al aire, y chicas con las tetas casi fuera o con ropa transparente, y gente con máscaras de cuero, látigos, correas, bozales y una extraña parafernalia que mezclaba el sadismo con la cirugía. Detrás de ellos llegaba La Troya, un hombre maquillado de mujer que cobra un pastón por cada una de sus intervenciones, que llena la Space, y que avanzaba por la calle vestido de blanco, con una peluca blanca de paciente loco, encaramado a unos zancos que terminaban en patines, y a quien rodeaban al menos cinco guardaespaldas que le ayudaban a no caer y a apartar a la gente para que pudiera pasar deslizándose por la calle. Una locura digna de ver.
Muy distinto, pero igual de enriquecedor, es apostarse en la playa del Bar Khumaras para observar la puesta de sol. Es un ambiente más tranquilo, con música chill-out y el personal sentado en la terraza o en la playa. Hay puestos de baratijas y sirven cócteles, y se puede cenar, fumar una pipa de agua con tabaco de sabores frutales o comerse los crepes que hace un matrimonio francés que no se entera ni del No-Do. Cuando el sol se esconde, la gente sentada en la playa aplaude. Cae la noche y uno conversa mejor, gracias a la paz, la brisa y el rumor del oleaje.

En Ibiza

Escribo estas líneas en Ibiza, en el apartamento de un familiar. Llevo aquí desde el martes por la noche, cuando aterrizamos a bordo de un avión en el que la tripulación iba de muy buen humor, incluidos el sobrecargo y las azafatas. Tengo los hombros quemados y la piel llena de sal. Cuesta acostumbrarse al ritmo de la ciudad: salir por ahí durante horas, acostarse cerca del alba, dormir de día en habitaciones sin persianas, con las ventanas abiertas por las que se filtran el sol y el ruido, pero que deben mantenerse abiertas para no ahogarse de calor. Por la calle a la que da el balcón y el cuarto en el que duermo y escribo pasan, temprano, coches, motocicletas y camiones de la limpieza que causan un escándalo espantoso; enfrente hay un hotel colonizado por los guiris jóvenes, que aguantan horas y horas de juerga, dando voces, y desde aquí puede verse la piscina, rodeada de hamacas y sombrillas. Duermo lo justo para no caerme. Por fortuna, en el equipaje incluí mis tapones de espuma para los oídos. Así, aunque haya luz, no oigo el ruido. De vez en cuando uno tiene que abandonar ese ritmo frenético de discotecas y playas, irse a la cama pronto, dormir ocho horas y recuperar fuerzas para, a la mañana siguiente, ponerse ante el ordenador portátil y escribir otra tanda de artículos y enviarlos desde un cibercafé. Me alojo en San Antonio, un pueblo en cuyos hoteles, apartamentos y pisos alquilados pasan el verano los extranjeros: ingleses y alemanes, sobre todo. Les gusta emborracharse a muerte y armar broncas. La primera noche, en un puesto de perritos calientes, vi a una yanqui borracha comerse un revoltijo de patatas fritas, queso, col, lechuga, tomate, maíz, mayonesa y ketchup, y encima le echó vinagre.
La primera impresión que uno recibe al recorrer la ciudad, sus pueblos y sus playas, es que Ibiza se sostiene sobre dos pilares básicos: sexo y dinero. De ellos deriva el resto: alcohol, drogas, fiesta, la jet y los hippies, los comercios de ropa y colgantes, etcétera. Los trabajadores se rompen el lomo durante horas y horas, sostienen y levantan la ciudad y así los millonarios sólo tienen que llegar, elegir un sitio exótico y mandar que les construyan una casa, como la mansión de Elle MacPherson en Cala Conta, uno de los rincones más bellos y espirituales que he visitado. Una noche nos contó una chica bastante joven, llegada hace tiempo de Galicia, cómo distribuía su trabajo: por la tarde recorría los garitos repartiendo publicidad, invitaciones y flyers para las discotecas, y por la noche estaba de relaciones públicas a la puerta de un pub cercano al puerto. “Mañana trabajo dieciséis horas, y ya no puedo con el culo”, nos dijo. Ese curro de relaciones públicas consiste en enganchar clientela para que se siente en la terraza del garito en el que trabajan: ofrecen, por ejemplo, por X cantidad de dinero, la posibilidad de consumir dos copas por el precio de una y además invitan a un chupito; en otras terrazas, por la consumición regalan entradas o descuentos para las discotecas.
Entiende uno, en cuanto sale del avión y pone el pie en la isla, por qué atrae tanto turismo, tanto millonario, tanto famoso: aquí encuentras lo que quieras. Es un paraíso. Paisajes inolvidables y calas solitarias para quienes prefieren la tranquilidad; discotecas gigantes en las que pinchan los dj’s más famosos del mundo; garitos que cierran a las seis de la mañana pero abren dos horas después, a las ocho; infinitas posibilidades sexuales, desde garitos en donde se ofrecen intercambios de parejas hasta clubes donde las prostitutas de lujo cuestan un riñón; hay espacio para los pastilleros, los colgados, las estrellas, los borrachines, los hippies, los buscavidas. Aquí se ve de todo. Porque, en cuanto baja del avión, la gente se desinhibe.

sábado, agosto 04, 2007

Hank Over (Resaca): noticias


-Blog sobre este próximo libro de homenaje a Charles Bukowski, en edición coordinada por Vicente Muñoz Álvarez y Patxi Irurzun: aquí.
-Lista definitiva de autores: Eva Vaz, Hernán Migoya, Miquel Silvestre, Raúl Núñez ,Vicente Luis Mora, David González, Sergi Puertas, Alfonso Xen Rabanal, Karmelo Iribarren, José Angel Barrueco, José Daniel Espejo Balanza, Vicente Muñoz Alvarez, Lluís Pons Mora, Javier Marroquín, Agustín Fernández Mallo, Josu Arteaga, Pablo Casares, Kike Babas, Kike Turrón, Pablo G. Bao, Ignacio Escuín Borao, Ana Pérez Cañamares, Kutxi Romero, José Manuel Vara, Lucas Rodríguez Luís, David Murders, Manuel Vilas, Roxana Popelka, Sofía Castañón, Sor Kampana, Angel Petisme, Salvador Gutierrez Solís, Nacho Abad, Safrika, Patxi Irurzun, Abel Debritto y Eloy Fernández Porta.
-Ya tenemos editor para el libro, un editor importante del que ya os hablaremos.
[Nota: Agradecimientos a Vicente Muñoz Álvarez, Patxi Irurzun y David González por la noticia, el dibujo de Miguel Ángel Martín y la lista de autores]

La familia amarilla

Uno de los escasos placeres que aún me proporciona la televisión es saltar de canal en canal para irme encontrando algunas de las mejores series de dibujos animados de la historia. "South Park", "Futurama", "Padre de familia" y mi favorita, "Los Simpson", of course. No las sigo capítulo a capítulo porque resulta imposible por culpa de la dictadura de la programación de las cadenas, que ponen los episodios en desorden y los repiten hasta la saciedad, hasta que nos hartamos. Al igual que dejé de seguir "Friends" después de años de fidelidad: la repetición sistemática de las primeras temporadas y esa manía de programar tres capítulos en un día me hicieron desistir. Lo que hago ahora es encender la tele y ver lo que encuentre, con preferencia por "Los Simpson", después por "Padre de familia", para llegar a "Futurama" y a "South Park".
"Los Simpson" me sigue pareciendo la mejor de estas series por varias razones. En primer lugar, es la más antigua de las citadas. Ha sentado unas bases, ha creado escuela y eso es innegable. "Padre de familia" proviene de la familia amarilla, y en ella y en "South Park" tratan de ser más bestias y más políticamente incorrectos, y lo logran, pero el verdadero talento no reside sólo en la provocación. Sin "Los Simpson" no existirían otras series nacidas bajo su sombra. En segundo lugar, nadie encarna mejor los valores del norteamericano medio que Homer Simpson. A mí me encanta la familia Griffin, pero sus personajes salen del realismo para entrar en un mundo fantástico: un perro que habla, que es más educado que sus dueños, que bebe cócteles y lee el periódico, y un bebé gruñón con la cabeza de melón o de balón de rugby, que suelta tacos y amenaza a su madre. Alguien dirá que los personajes de Springfield son amarillos, lo cual los aparta del realismo, y tendrá razón. En tercer lugar, "Los Simpson" aún ostentan un récord que no han alcanzado (ni alcanzarán) las otras series citadas, que a mí me entusiasman, por cierto: Homer y su familia gustan a todo el mundo, desde niños a adultos, desde freaks a intelectuales, desde músicos a escritores, pasando por políticos, filósofos y poetas. No sucede así con el resto: mucha gente se escandaliza con los tacos de "South Park"; algunas personas me han repetido su odio hacia "Padre de familia" por las burradas que sueltan sus personajes; y "Futurama" sólo puede ser comprendida en toda su dimensión si uno conoce al dedillo los guiños culturales que sueltan (con especial preferencia por el cine), porque sólo así se pillan las alusiones y uno puede reír el chiste; conozco gente que, ante "Futurama", no coge ciertas bromas. Ha de comprenderse que hablo de personas de distintas edades, no sólo de mi generación.
"Los Simpson", la película, es una obra que llevábamos siglos esperando. Creará polémica y división de opiniones. Debo confesar que me reí de principio a fin, y que supuso un gran goce reencontrarme con esos personajes en la pantalla grande. Disfruté mucho con la película, pero hay algo que la lastra un poco: su falta de argumento. Han metido cuchara más de quince guionistas, y eso se nota porque parece que se han preocupado más por introducir gracejos que por crear un argumento más complejo. En ese sentido, la película es un capítulo hinchado. Pero ya digo que me gustó. Volveré a verla. Posiblemente sólo sea un aperitivo para lo que vendrá, como lo fue el decepcionante "Episodio I: La amenaza fantasma".

viernes, agosto 03, 2007

Desde donde escribo



El domingo aparecerá en el periódico mi primer artículo sobre Ibiza. Saludos a todo el mundo.

Kevin K.

A mediados de abril nos sacudió la noticia acerca de un estudiante chino que había matado a más de treinta personas y herido a quince en la Universidad Politécnica de Virginia. Tras la matanza, el tipo se suicidó. Como es habitual, entonces todos especulamos con las razones del oriental para tomar las pistolas y cepillarse a tanta gente. En algunos medios le echaban la culpa al cine, o al desarraigo propio de los adolescentes. Algunos culpábamos a la facilidad para conseguir armas en Estados Unidos. En cualquier caso, si no me equivoco, aquella tragedia obtuvo el récord en esto de los asesinatos colectivos de estudiantes norteamericanos.
Para ese mismo mes, abril, Anagrama anunciaba la traducción de una novela escrita por la autora Lionel Shriver, con la que había obtenido el Premio Orange: "Tenemos que hablar de Kevin". No vi el libro en abril, ni en mayo. Nadie dijo nada, pero sospecho que retrasaron la salida de la novela al mercado porque Shriver abordaba en sus páginas el mismo tema: la matanza perpetrada por un adolescente en su instituto. A principios de julio, David González me recomendó ese libro. Lo cual me hace suponer que lo distribuyeron a finales de junio. Aunque esperaba con impaciencia su aparición, no necesariamente pensaba comprarlo; haría como hago siempre, acercarme a una librería, abrir sus páginas al azar, leer el principio y algún fragmento aislado, analizar la contraportada, etcétera. La recomendación de David hizo que fuera a comprarlo sin miramientos. Lo devoré en unos días. Su lectura (además de la sabiduría narrativa de la autora, de su trabajada prosa, de sus referencias a la cultura pop, de las sorpresas que deparan los recovecos de su argumento, de su análisis psicológico, de la responsabilidad materna y de su crítica a ciertos valores americanos), su lectura, digo, abre nuevos caminos en cuanto a las excusas de esos chavales para entrar armados hasta los dientes en sus escuelas y cargarse a quienes se les pongan por delante. A veces, simplemente no hay excusas. O no existe una razón específica, sino una suma de circunstancias que empujan a un crío a cometer un asesinato masivo. Lo hacen porque sí.
Una de las numerosas sorpresas del libro de Shriver es su relación de casos similares. El personaje que cuenta los hechos, Eva, la madre del niño conflictivo y perverso, los enumera. Lo que sorprende en ese inventario es la cantidad de casos que existen. Pero nosotros no lo sabíamos. Shriver critica este hecho: que esas matanzas sólo salgan en los medios de todo el mundo y obtengan una amplia cobertura dependiendo del número de víctimas. Si ha habido pocas víctimas, o sólo unos cuantos heridos, el crimen apenas tiene repercusión. Aunque existen casos en otros países, probablemente Estados Unidos es el lugar donde son más frecuentes estas matanzas. El libro echa la culpa a las armas de fuego. Para ello recurre a Kevin Khatchadourian, el hijo de Eva, quien asesina a sus compañeros de clase con una ballesta. Cualquier chaval puede coger el cuchillo de la cocina y matar a sus padres. Las pistolas sólo facilitan el trámite. No falta en su libro el debate: nunca nos queda claro si Kevin es malo por naturaleza o si son la educación y la convivencia con su familia las que le conducen al asesinato. Pero Shriver sí ataca de frente a la fama y a la manía de querer salir en la televisión.

Canarias en llamas

Se queman las Islas Canarias. Viajé en un par de ocasiones a Tenerife, hace unos años: primero para ir a visitar a un amigo y pasar allí una semana, más o menos; después, para asistir a la boda de ese mismo amigo. Todo paraje que arde nos provoca una herida en el alma, pero es más dolorosa si conocíamos el lugar en cuestión. El sábado pasado, en Zamora, asistí al bautizo de los hijos de ese amigo, que ya no vive en Tenerife, sino en Madrid. Entre los invitados estaban unos cuantos canarios a los que habíamos conocido durante las celebraciones de aquella boda. Vinieron a pasar el fin de semana a nuestra ciudad y creo que se llevaron una grata impresión, aderezada de cenas en restaurantes, comidas en bodegas, trayectos en piragua, estancia en una casa rural con piscina, etcétera. Estos días, esos mismos canarios han vuelto a una tierra agostada por el fuego, Tenerife, que arde y ha provocado la evacuación de más de cuatro mil personas. Mi amigo se casó con una canaria, y tuvieron hijos, y ahora los familiares de ella, a quienes volví a ver en mi tierra, deberán soportar el llanto y el desconsuelo de ver los parajes tinerfeños envueltos en llamas.
La primera vez que estuve en Tenerife me alojé durante una semana en un pueblo, cuyo nombre no logro recordar. Por la noche salíamos de juerga. Siete u ocho noches de parranda continua, un récord que a mi edad ya es difícil superar. Visitamos el norte y el sur. El norte repleto de estudiantes y de viajeros. El sur, de turistas y de guiris, extranjeros rubios y jóvenes que estaban siempre muy borrachos, y que eran capaces (los hombres) de pegarse entre ellos mientras sostenían en la mano una lata de cerveza alemana, y que eran capaces (las mujeres) de orinar en una acera, al lado de la gente, y de tirarse borrachas en el suelo, sin evitar que les viésemos los muslos y las bragas. Me fui, en el avión de regreso, con las manos agujereadas de los pinchos de los higos chumbos que me dio por recoger en las montañas. Protegí las manos con una bolsa y algo de ropa, pero no bastó: volví a la península con los dedos como el rostro de Pinhead, el líder cenobita de "Hellraiser". Pasamos cuatro o cinco días en la isla; visitamos el Teide; comimos las mejores chuletas de ternera que he probado en mi vida, hechas a la lumbre, en una finca próxima al Teide, las comimos con las manos porque no había cubiertos; visitamos casas ajenas y nos alojamos en un hotel céntrico; nos bañamos en la playa, dormimos muy poco y, de vuelta, perdimos el avión y nos hicieron el favor de conseguirnos plazas gratuitas en los huecos libres del vuelo que salía unas veinticuatro horas después. Ya lo conté en su momento en dos artículos, escritos a mano, antes de subirme al avión, bajo la lámpara de una cocina de un piso prestado, sin haber dormido, hecho papilla y con todos mis colegas roncando alrededor, durmiendo en el suelo, hacinados como pobres diablos en una noche sofocante.
En Tenerife viven, además, dos de mis amigos. Dos zamoranos. Uno de ellos echó allí raíces: mujer e hija. El otro, con quien estuve hace poco, partirá dentro de unos meses para Afganistán. La segunda vez que estuve allí, los canarios que conozco se portaron muy bien en su papel de anfitriones. No olvidaré las playas, el cielo ni las "papas arrugás". Las Islas Canarias arden y nos atragantan el verano.

Homenaje a Bergman y a otros caídos

Yo imagino, aunque sé que es mucho imaginar, que a Ingmar Bergman se le apareció, una noche de este verano (no un "verano con Mónica", sino con Eva Bergman, su hija, quien le acompañó en los últimos momentos para cerrar sus ojos), la Muerte en persona, no con la imagen de la calavera que tanto hemos imaginado, sino como él mismo la representó en "El séptimo sello", con un rostro gélido, de pómulos afilados, labios sensuales, una frente amplia y el mentón partido y carnoso, y que le propuso una partida de ajedrez, porque ya no era la persona quien proponía a la Muerte jugarse la vida sobre el tablero, como hizo el caballero Antonius Block (Max Von Sydow) durante la terrible Peste Negra, a su regreso de las Cruzadas, no, ya no era la persona, el hombre, Bergman, quien proponía la partida, sino la propia Muerte con rostro pálido de individuo y mirada de censor, que le ofrece una oportunidad para el jaque mate, y Bergman quizá acepta el reto, pero ya no es el mismo hombre, yace hundido desde el fallecimiento de su esposa Ingrid Von Rosen, que se fue en el noventa y cinco dejándole un testamento de tristezas y soledades.
Yo imagino, aunque sé que es mucho imaginar, lo triste que resulta morirse en verano, como lo han hecho esta semana tres hombres de cine, tres catedrales del séptimo arte y del séptimo sello, a saber, Ingmar Bergman, Michel Serrault, Michelangelo Antonioni, porque en verano domina un sol bajo el que sólo apetece tumbarse a echar una siesta, leer un buen libro, comer fruta fresca a la sombra de un árbol, introducirse despacio en un lago, aunque en la Isla de Faarö, el retiro de Bergman en el Mar Báltico, el verano es más fresco y menos agobiante, pero cualquier cosa vale de excusa para no morirse, e imagino que es difícil aceptar la muerte en otoño porque los adioses son más duros cuando alrededor caen las hojas y el paisaje cobra un tono ocre, y no es fácil morirse en invierno porque hace demasiado frío y donde mejor se está es con los tuyos y al amparo de un brasero, y en primavera ya no digamos, en primavera hay demasiadas flores y demasiadas sonrisas como para ponerse manos a la obra con las despedidas, pero la Muerte hace lo que quiere, y así habrá ofrecido una partida de ajedrez a Bergman y quizá otras tantas a Serrault y a Antonioni, y hablo de las estaciones y de la extinción de la vida porque Bergman mencionaba las estaciones en algunos títulos, hizo "Sonata de otoño" y "Sonrisas de una noche de verano" y "Un verano con Mónica" y "Juegos de verano", pero no sabemos si vio en un sueño su propio cadáver, como le ocurrió al médico de "Fresas salvajes".
Yo imagino, aunque sé que es mucho imaginar, que esta será una semana terrible para los cineastas, pero el más afectado es Woody Allen, que homenajeó y parodió e imitó a Bergman, y que rueda ahora en Asturias, pero cualquier cinéfilo que conozca los clásicos se sentirá mal, porque en estos tres muertos encontramos obras maestras y obras encomiables, ya desde la belleza misma de los títulos, "El silencio", "Más allá de las nubes", "Gritos y susurros", "El manantial de la doncella", "La noche", "Persona", "La carcoma", "Crónica de un amor", "El rostro", "La sed", "El eclipse", "La aventura", "La chica de París", e imagino que, tras perder esa partida, al sueco le hubiese gustado que despidiéramos este homenaje con palabras de su libro "Las mejores intenciones", que aún no he leído, allá donde dice, refiriéndose a las fotos de sus antepasados: "Pero sobre todo los rostros. Me meto en las imágenes y toco a las personas, a las que recuerdo y a aquellas de las que no sé nada".